No falta un capítulo sobre el Turín así llamado "racional" de la Fiat y del Politécnico, en donde destaca un "antifascista declarado" como Gustavo Colonnetti. En el libro se encuentran también noticias minuciosas sobre varios sucesos culturales turineses, que no tienen nada que ver con el fascismo, como La Slavia, los dos pequeños editores Ribet y Buratti, y la inteligente, cosmopolita y provocadoramente antifascista Biblioteca Europea de Antonicelli-Frassinelli. También el futurismo, que merece un capítulo, se presenta como una corriente artística que "nunca será acogida por Mussolini".
En el campo del arte, se da amplio espacio a las enseñanzas de Lionello Venturi, uno de los pocos profesores que rechaza el juramento impuesto por el fascismo, y a la escuela "antifascista" de los "seis pintores", con Carlo Levi entre otros, el famoso grupo que se forma bajo la guía moral e intelectual de Felice Casorati, amigo de Gobetti.
¿Y la cultura fascista? Toda se halla concentrada en el capítulo que tiene por protagonista a Pietro Gorgolini y su órgano oficial Il Nazionale. Resulta que ni el primero ni el segundo dejaron una huella duradera en la cultura turinesa. Sólo al final del libro el manto negro del fascismo baja sobre nuestra ciudad con la reaparición del viejo y cada vez menos autorizado Cesare Maria de Vecchi, historiador de la monarquía saboyana y del Resurgimiento. Pero es una aparición de la que un testigo como yo sólo recuerda algunos chistes que circulaban en aquel entonces entre aquellos detestables intelectuales fascistas. Tal vez d'Orsi no los conoce pero, si le place, podría contarle alguno. Considero, por lo tanto, tener buenas razones para confirmar el juicio sobre la ausencia de una cultura fascista (juicio en el que me da gusto coincidir con Massimo Salvadori), resumido en el librito Treinta años de historia de la cultura en Turín, que d'Orsi se propuso refutar.
Ya dije que la interpretación de un Turín fascista de hueso duro sirve de apoyo al mismo d'Orsi: el severo juicio que hace sobre esta cuestión en las últimas páginas de su libro, cuando sostiene que muy pocos fueron fieles al lema gobettiano: "salvar la dignidad antes que la genialidad", arroja una luz siniestra sobre todo el asunto. ¿Y cómo no admitir que hubo acuerdos y arreglos? En lo que a mi concierne, ya hice público mi mea culpa.*
Pero a veces el censor va, aparentemente sin razón, más allá de la señal cuando afirma, por ejemplo, que la mayoría de los que no se comprometieron lo hicieron por necesidad o incluso por casualidad; o bien que el único de los "seis pintores" que no estaba inscrito en el partido era Carlo Levi, aunque también tenía credencial, la del sindicato. Y si Levi se comprometió en la lucha contra el fascismo, lo hizo quién sabe por qué, con "cierta superficialidad" y superficialmente se me antojaría agregar que fue arrestado y enviado al exilio.
Angelo d'Orsi
comete el error, se lo hago notar como amigo, de confundir el comportamiento
práctico, a menudo reprochable, de la mayoría de los intelectuales,
con las obras que, a pesar del escudo en el ojal, éstos escribían
en los mismos años. Confusión imperdonable. El célebre Vittorio Cian
enseñaba, en el curso al que asistí en la época, el Cortesano de Baldassarre Castiglione; y el finísimo crítico y literato Ferdinando
Neri, quien era también, siendo fascista, director de la Facultad
de Letras, dejaba apreciar en sus límpidas clases la poesía francesa
del siglo XV. ¿Por otra parte, cuál es el argumento
del libro: la "cultura" en Turín, como se lee en el título, o la condescendencia
de los hombres de la cultura con el fascismo? ¿Acaso no son dos problemas
completamente diferentes? Además, en este centenar de páginas raramente
se deja entrever cuáles fueron las condiciones de vida en un Estado
policiaco, sobre todo para los intelectuales y periodistas que no
podían desarrollar su trabajo sin tener la credencial del partido
fascista. De esta manera, se termina por invertir la relación entre
la víctima y el perseguidor. Fabio Levi escribió en este mismo periódico
[La Stampa] acerca del pobre judío fascista que terminó en
un campo de concentración: "Si, por ejemplo, muchos judíos fueron
inducidos al bautismo por la persecución racial, ¿a quién se debe
atribuir la responsabilidad de aquel acto: al convertido o a su perseguidor?"
En alguna ocasión afirmé, pero hoy lo repito con fuerza, que históricamente
es mucho más indecente que un secretario de educación pública, inspirado
nada menos que en Giovanni Gentile, haya impuesto a los profesores
universitarios el juramento de fidelidad al régimen que el hecho
de que sólo unos cuantos se hayan rehusado a jurar. Si el ingreso
al partido era condición necesaria para poder enseñar, ¿quién era
la víctima y quien el culpable: el profesor que solicitaba la credencial
o el régimen que se la había impuesto? En las páginas del libro,
el acusado de abominación nunca es el régimen despótico, sino siempre
quien se le somete. Sé bien que se corre el riesgo de caer en el
error de expresar juicios sumarios sobre el comportamiento blando
y a menudo vil de muchos intelectuales en aquellos años, sin haberlo
vivido en persona y juzgándolos desde una situación completamente
diferente, en la cual se puede hablar mal de los poderosos del día
sin sufrir ninguna consecuencia. ¿Pero d'Orsi sabe o no sabe que
el filósofo Piero Martinetti fue arrestado porque secuestraron una
carta en la que se alegraba de que yo hubiese aceptado colaborar
con la Revista de Filosofía que era, según él, una de las
pocas revistas aún libres? ¿Sabe o no sabe que el abogado Carlo
Vinca, mi buen amigo, fue arrestado porque una noche en una amigable
conversación en una sala de amigos pronunció un juicio desdeñoso
sobre Mussolini? Y podría fácilmente citar muchos otros casos. ¿Sabe
o no sabe -y sí lo sabe muy bien- que Vittorio Foa fue condenado
a veinte años en prisión, lugar donde permaneció por ocho años,
desde 1935 hasta 1943, por haber realizado actos de propaganda oral
y escrita en contra del régimen?
Sólo en un reciente artículo, que apareció en Liberazzione el
20 de mayo, d'Orsi se hace la pregunta: "¿Qué habría elegido yo
si hubiera estado en el lugar de un profesor universitario en 1931,
entre un odioso juramento de fidelidad a Mussolini y la pérdida
del puesto?" Y responde que no se puede emitir condenas morales
sobre el comportamiento de los intelectuales de aquel entonces.
¿Pero qué es si no una condena moral, y además con un despiadado
juicio definitivo, la que se lee en las últimas líneas del libro:
"El hombre de cultura [...] creyó poder renunciar tranquilamente a
su propia dignidad, no sólo contribuyendo de tal manera a la consolidación
del régimen mussoliniano, sino también para sentar las bases de
una ejercicio servil [...] de su propio papel"?
Así fue como el libro de un antifascista militante, como d'Orsi
en diferentes ocasiones se ha declarado y efectivamente lo es, terminó
provocando el artículo anónimo del periódico Il Foglio del pasado
10 de mayo intitulado: "El fascismo finalmente no era tan malo".
Sin más qué decir, un buen resultado.
Traducción del italiano de Clara Ferri.
Norberto Bobbio,
"La
historia vista por los perseguidores",
Fractal n° 20, enero-mrzo,
2001, año 5, volumen VI, pp. 141-145.
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