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Al fin está en tierra rusa,1 amabilísimo Nikolai Vasilevich, al fin le escribo ¡y no al extranjero! ¡Seis años! Es suficiente. Pero, ¿cómo hablarle ahora? Mucho quedó sin decir, y las palabras no dichas se quedan en el alma o dejan en ésta su huella. En cualquier caso, es necesario una sinceridad absoluta: sin ésa no pueden haber relaciones francas. Yo debo decirle todo lo que tengo en el alma. Es mejor no ponerse de acuerdo o ponerse de acuerdo de una vez. Particularmente, cuando se tuvo una relación estrecha con una persona, la sinceridad absoluta es una necesidad imperiosa; quien piensa seriamente en una amistad estrecha, ése no se avergonzará ni se contendrá para decir, en su opinión, toda la verdad. Usted lo sabe por sí mismo, pienso, y no hay más nada que decir al respecto.
Le escribí una extensa carta tras la salida a la luz de su libro; era demasiado ruda; tenía escrito bastante, pero aún no la terminé y además la perdí. Pensando que acaso eso era lo mejor, que acaso no se debe dar rienda suelta a la indignación cuando el alma está sólo llena de indignación, no comencé una nueva carta. Pero ahora está usted en Rusia, y su sencilla esquela2 surtió tan buen efecto en la familia que la indignación, en cuanto me parece, no me cegará. El padrecito también piensa en su esquela; encuentra sus líneas sencillas y amistosas. Nikolai Vasilevich, no tengo nada que decir sobre nuestra amistad o la mía, aunque me parece que usted la percibía como una especie de apego subordinado por mi parte, cosa que nunca hubo: en esa clase de sentimiento no hay firmeza ni profundidad, no puede haber verdad y, lo fundamental, no hay libertad. Sea como sea, desde hace unos dos o tres años, no más acaso, ya no me pareció el mismo de antes. No pienso que yo me equivocaba, pienso que usted cambió. Si ve una presunción en mis palabras se equivoca. Sus importantes, e incluso pretenciosas cartas, con su profundidad de pensamiento, frecuentemente aparente, frecuentemente falso, sus benéficos encargos respecto a su ficticio secreto, su perturbador prólogo a la segunda edición de Las almas muertas y, finalmente, su libro, que lo resume todo, me alejaron mucho de su persona. Yo lo ataqué a usted en casa y en sociedad casi con la misma pasión con que antes lo defendía. No sé si le habrán llegado rumores al respecto pienso que sí le llegaron. Sus cartas posteriores aumentaron más aun la indignación. El conocer a Smirnova, su pupila, me explicó más aún su persona, su visión, su estado de alma y su doctrina falsa y mentirosa, totalmente opuesta a la sinceridad y la sencillez. Cuando se habla de su libro, pienso, se habla asimismo de todo lo que hay de no bueno en usted.
En todo lo que escribió en sus cartas y en
su libro, en particular, veo, ante todo, un defecto fundamental: la mentira. La mentira no en el sentido del engaño
ni en el sentido del error, no, sino en el sentido de la
insinceridad ante todo. La mentira interna del hombre ante
sí mismo, la complejidad y dualidad que aparece ante el mundo
y ante el hombre mismo tan pronto éste se expresa esa mentira
como algo íntegro. Por eso éste no es menos culpable;
es culpable porque permitió esa mentira; es culpable porque
no la advirtió y la mostró aun con ostentación
y secreto orgullo. Esa mentira, la mentira interna, se disfraza
ante todo con la ropa de la verdad, la sinceridad, la sencillez
y la franqueza. Así es su libro. La mentira en los franceses,
en ese pueblo de niños, de niños ridículos
y deplorables (no en el sentido interno de la palabra, sino en el
de su inmadurez externa) adopta formas ampulosas, se disfraza de
efecto, y resulta inocente por la limitación de su pueblo.
¿Pues qué? Pues que en usted también se desató
la naturaleza de la mentira, usted también tiene unas frases
tan ampulosas y álgidas que es extraño no lo haya
notado por sí mismo. Pero usted no es francés y esas
frases, en usted, no resultan ni cómicas ni inocentes, sino
perturbadoras. La mentira miente como verdad y el orgullo se disfraza
de humildad. Se tocan las profundidades morales y ambos males coinciden.
Así es su libro una vez más. ¿O no ve el terrible
orgullo vestido de harapos que muestra éste como un atuendo
lujoso? En su libro no hay, incluso, ni ese arduo camino de sincera
humillación por el que llega una persona, frecuentemente
con dolor, hasta la humildad, aunque a veces, ahí mismo,
peque de orgullo; eso sin hablar de que usted, al principio, se
puso avergonzado los harapos del espíritu y después
los ostentó como si fueran alhajas. No, a usted francamente
le gustó la humildad, francamente se enamoró de los
harapos; adoptó la humildad y se cubrió de harapos
con toda satisfacción; la consiguió sin esfuerzo ni
lucha: usted comprendió la belleza de la humildad.
El espejo interno se le aferró y lo acompañó
a todas partes, hasta en los movimientos internos de su alma; alcanzó
a mirarse por un instante en ese espejo. Usted muerde el polvo y
se ve a sí mismo cómo muerde el polvo.
¡Oh, el espejo, el espejo interno! ¡Oh, la coquetería
interna! Es peor que la externa. Conozco ese pecado: yo mismo lo
sufro. Pero me parece que lo veo y, por lo tanto, no predico la
humildad, pues la valoro demasiado y no me hago el humilde. Desde
hace tiempo aprecio mucho la sencillez, y cada día la aprecio
más y más. Yo no veo sencillez en usted. Después:
sus propias ideas son falsas; ha llegado a posiciones increíbles.
Así es su carta sobre las siete partes,3
inconcebible, perturbadora; ¡oh, cuanta picardía
y afectación hay en ésta! Así es su carta a
Zhukovski,4 una carta totalmente opuesta,
en mi opinión, a la fe ortodoxa. ¡Y todavía
hay muchos lugares falsos por su sentido en sus cartas!
No me voy a extender en detalles, más bien le voy a señalar
aún otro gran error suyo: el desprecio por el pueblo, por
el simple pueblo ruso, por el campesino. Eso se expresa en su prólogo
a la segunda edición de Las almas muertas, eso se
expresa en sus cartas, en su libro, particularmente en su sermón
al terrateniente,5 donde se muestra de forma
grosera e inculta un pueblo desconocido y, por desgracia, hasta
ignorado por usted, y donde se sitúa por encima al terrateniente
como terrateniente en el plano moral. ¡Qué extraña
aristocracia moral, qué extraño fundamento del valor
espiritual! Sólo le falta decir que quien tiene más
almas es superior en el plano moral. Esa es una falta grave: la
preferencia por el público y el desprecio por el pueblo.6 ¿Conoce la famosa expresión del comisario de policía:
"El público adelante, el pueblo atrás"?
Eso podría convertirse en el epígrafe de la historia
de Pedro, eso se escucha en su libro. ¿Pero acaso no sabe
usted, que habla de sencillez y humildad, que sencillez y humildad
hay sólo en el campesino ruso? Por eso es tan grande, y
superior a todos nosotros, superior a los escritores y a quienes
hablan a tontas y a locas sobre él sin conocerlo. ¿Cómo
pudo suceder que usted, Nikolai Vasilevich, un hombre ruso, no comprende,
no conoce de tal modo al pueblo ruso, que usted, tan sincero en
sus obras, se hizo tan profundamente insincero? La respuesta a esto
es sencilla. ¿Acaso no fue usted quien con falsa sabiduría
abandonó su tierra, se fue de Rusia y no estuvo en ésta
seis años, no respiró su aire sagrado y moral? ¿Acaso
no fue usted, prófugo de su tierra natal, quien vivió
en Occidente y aspiró sus vapores pestilentes? ¿O
piensa que el medio donde se encuentra una persona no significa
nada para ella? ¿Acaso no fue usted quien se disponía
a viajar a Jerusalén, a pasar seis años donde el santo
Pedro, en la Roma católica o en otras tierras? Usted no se
preparó para esa hazaña ni en la catedral de Uspenskii,
ni en la de Sofía, ni en la Rusia ortodoxa, ni en el desierto,
¡y mire lo que produjeron estos seis años! La hazaña
está consumada. No hablo ni me atreveré a hablar de
ésta, le hablo de su proceder antes de esa hazaña.
No hay un nombre más sagrado que el de la Fe, y mientras
más sagrado es ese nombre más dolorosa es su prevaricación:
así veo su proceder durante estos seis años. Considero
su libro la expresión total de todo el mal que se apoderó
de usted en Occidente. Usted tuvo tratos con el Occidente, con esa
encarnación de la mentira, y esa mentira lo penetró a usted.
Hay, me parece, otra razón: usted pecó ante su dignidad,
su talento, su creación. Al dejar de escribir y pensar
en la hazaña de la vida se convirtió a sí mismo,
como hazaña de su vida privada, en objeto de creación;
pero esa es otra cuestión, y lo que era verdadero en el arte
se hizo falso en la vida. El arte no es la vida. El arte es un engaño:
acaso sea verdadero como engaño, pero se convertirá
simplemente en un engaño tan pronto se traslade a la vida.
El arte está dividido por dentro inevitablemente: la vida
es un todo vivo. Un actor es sencillo en escena, pero el actor más
natural, en la vida, es un actor de todas formas. Su pecado es el
pecado del artista. El artista se liberó de su objeto de
creación, dirigió su creación a sí mismo
y comenzó a trabajarse de una u otra forma, exactamente igual
a un actor, que interpreta excelentemente su papel y que, tras dejar
de actuar, comienza a actuar de sí mismo en la vida. A usted,
sobre todo, le encantó como dije anteriormente la belleza
artística de la hazaña, se entregó a ésta,
a esa peligrosa belleza que tanto disminuye la fe y el sentimiento,
e incorporó a su persona esa imagen tan seductora, tan hermosa
y tan falsa como una verdad real de la vida real.
Esto es lo que pienso de usted, y se lo digo directamente. Pero
sálveme Dios de pronunciar una sentencia en su contra: al
contrario, estoy seguro de que la santa Rusia es benévola
con su persona.
Le he escrito tanto sobre usted que ya es hora de escribirle sobre
mí; por lo demás, quisiera decirle lo que pienso ahora,
lo que tengo en el alma. Hace tanto tiempo que no hablamos. Aunque,
por lo que le he escrito de su persona ya tendrá una noción
de mis ideas, quiero escribirle propiamente sobre mí, aunque
sea un poco, en cuanto quepa en esta hoja. Quizás entonces
usted también me escriba.
Soy el mismo: estoy más aún por la tierra rusa, estoy
más aún contra Occidente, pero me parece que mi visión
de uno y de otro se ha aclarado y que conozco más. La bella
mentira y los bellos efectos de Occidente, que por lo mismo excluyen
ya la verdad, me son repugnantes en extremo. La pertenencia inevitable
a Occidente es un cliché, aunque no está
en éste la mentira de su fundamento. ¡Pero qué
poder tiene ese cliché sobre el hombre! En su honor se hacen
muchas cosas brillantes aunque, en esencia, infructíferas.
Esa mentira ha penetrado la verdad de la vida rusa. En nuestro país
existe una influencia occidental que cede gradualmente ante el espíritu
ruso. Y, ¿cómo no va éste a fortalecerse, cuando
aquella condesciende a todos los vicios del hombre, libera del trabajo
y la sencillez de la verdad y ofrece una mentira ligera, bella e
ingeniosa? Los últimos acontecimientos de Europa occidental
han mostrado toda su pudrición.7 Quizás
ahora perciba nuestra sociedad el mal de la influencia occidental,
y viendo que está entre nosotros tratará de liberarse
de ésta con todas sus tentaciones y de acercarse a la vida
popular rusa. Soy el mismo, pero he cambiado mucho Nikolai Vasilevich.
Abandoné la filosofía alemana; la historia y la vida
rusas se me hicieron más cercanas y, lo principal, lo fundamental
para mí es eso sobre lo que usted piensa y habla, la
fe, la fe ortodoxa. Confieso que cuando hallé en su libro
sus palabras que la atacaban, eso me ofendió aun más.
Yo, al parecer, estoy más serio, aunque no en mi aspecto
exterior, creo. ¿Leyó el artículo de Jomiakov
en el Moskovski Sbornik?8 Usted enfocó
muy erróneamente la corriente rusa: a juzgar por sus palabras,
expresadas con bastante superficialidad, se ve que no la conoce
en absoluto.9 Espero que no tome a mal esta
carta. Yo le escribo como antes. Adiós, amabilísimo
Nikolai Vasilevich, lo abrazo.
Con la esperanza de ser aún vuestro, Konstantín Aksakov.
Gogol a K.S. Aksakov
Vasilevka, 3 de junio de 1848.
La sinceridad ante todo, Konstantín Sergueevich. Ya que fue
sincero en su carta y dijo todo lo que tenía en la mente,
pues debo decirle asimismo las impresiones que me dejó la
lectura de su carta. En primer lugar, me asombró un poco
que, en lugar de darme noticias suyas, se extendiera sobre de mi
libro, del que ya suponía no escuchar nada más tras
mi regreso a la patria. Yo pensaba que habían terminado todos
los rumores y que éste había caído en el olvido.
No obstante, leí con atención sus tres largas páginas.
Mucho de su contenido me dio a entender que, desde que nos separamos,
estudió (por vía histórica y filosófica)
el ser natural del hombre ruso y que, probablemente, llegó
a no pocas conclusiones importantes.
Ansío, con gran impaciencia también, leer su drama
que aún no tengo en mis manos. Aquí tiene aun otra
idea que me vino a la mente cuando leía estas palabras de
su carta: "El defecto principal del libro (el mío) está,
en esencia, en que es una mentira". Esto es lo que pensé:
pero, ¿quién de nosotros puede expresarse tan categóricamente
excepto sólo quien está seguro de tener la verdad
en la mano? ¿Cómo puede alguien (excepto, acaso, quien
habla por el espíritu santo) discernir qué es mentira
y qué es verdad? ¿Cómo puede un hombre, semejante
a los otros, apasionado, que se equivoca a cada paso, emitir un
juicio justo a otro en este sentido? ¿Cómo puede él,
inexperto conocedor del corazón, llamar mentira total, de
principio a fin, cualquier tipo de confesión espiritual?
Él, que es en sí mismo una mentira, según las
palabras del apóstol Pablo. ¿Acaso piensa que en sus
juicios sobre mi libro no se puede ocultar asimismo una mentira?
Por el tiempo cuando editaba mi libro, me parecía que lo
editaba a favor de la pura verdad, pero cuando pasó cierto
tiempo después de la edición me dio vergüenza
por muchas, muchas cosas, y no tuve ánimo ni para mirarlo.
¿Acaso con usted también no puede suceder lo mismo?
¿Acaso usted también no es un hombre? ¿Cómo
puede decir que su visión actual es impecable y correcta,
o que no la cambiará jamás, cuando al ir por el mismo
camino de la investigación puede encontrar nuevas facetas
que no advirtió, y a consecuencia de las cuales su propia
visión no será totalmente la misma, y lo que parecía
antes un todo resultará sólo una parte del
todo? No, Konstantín Sergueevich, existe un espíritu
seductor, un espíritu tentador que no duerme y actúa
tanto alrededor de usted como de mí y ¡ay!, está
con mayor frecuencia cerca de nosotros cuando pensamos que está
lejos, que nos liberamos de él y de la mentira y que la propia
verdad habla por nuestra boca. Estas son las ideas que me vinieron
a la mente cuando leía su condena al libro que hasta el presente
no tengo ánimo para mirar. También le diré
que ahora me da terror cada vez que escucho a un hombre exponer
su conclusión con demasiada firmeza, como una verdad absoluta
e irrevocable. Me parece mejor hablar con menos firmeza, pero ofrecer
más pruebas.
Su drama lo leeré con atención, y le doy mi palabra
de no ocultar mi opinión. Me será aun más interesante
porque, probablemente, encontraré en éste una clarísima
exposición de todo lo que me dice en su carta de forma un
tanto ambigua y oscura. Adiós, Konstantín Sergueevich.
¡Con la ayuda de Dios! Alguna vez hablaremos de muchas cosas
en persona y eso, probablemente, será mejor que todas estas
digresiones epistolarias. Por ahora, no se enoje con las críticas
de las revistas ni tampoco las llame consecuencias de la enemistad,
la envidia y demás. En cada una de éstas puede haber
esa porción de verdad que sólo al principio encandila
los ojos, pero que si se lee varias veces se tornará objetiva
y útil.
Sinceramente, deseándole bienestar y queriéndolo,
N.G.
K.S. Aksakov a Gogol
Abramtzevo (¿), mediados de junio, primera mitad
de julio de 1848.
¡Amabilísimo Nikolai Vasilevich! Recibí su respuesta
a mi carta. Esperaba que la tomaría de otra forma pero, ¿qué
hacer? La palabra "mentira", al parecer, tampoco la entendió
bien; yo escribí exactamente: "mentira no en el sentido
de engaño ni en el sentido de error". Me es muy penoso
si esa carta le dejó una impresión desagradable que
no fue capaz de disipar por sí misma. Por lo demás,
las aclaraciones por escrito, la mayoría de las veces, confunden
más aún, por eso dejaré de hablar sobre mi
carta.
Me escribe que aguarda con ansiedad mi drama y espera hallar en
éste mi visión del hombre ruso -lo que es la verdad,
en mi opinión. En efecto, en el drama se expresó todo
eso, pero si se expresó clara y legiblemente, eso no lo sé.
No soy un artista y puede ser, incluso, que mi drama esté
escrito ilegiblemente y por eso, confieso, no sé qué
le parecerá éste, si se le mostrará la idea
secreta y el espíritu del drama. En éste aparece un
gran acontecimiento que no parece grande, que concluye sin ningún
tipo de efecto, sin ningún tipo de adornos heroicos pero
en eso, precisamente, estriba toda su fuerza. Es esa sencillez
sobre la que, acaso, ningún pueblo del mundo tiene idea y
que es la cualidad del pueblo ruso. Todo es sencillo, todo parece
aun más pequeño de lo que es. Lo deslucido es también
una cualidad del espíritu ruso. Una gran hazaña se
realiza de forma deslucida. Oh, quién entendiera la grandeza
de esa sencillez ante la que palidecen todas las hazañas
del mundo. Y quien no la entendiera diría: "Permítame,
pero, ¿qué hay en la historia rusa, qué hay
en el hombre ruso?" A esa clase de gente es mejor señalarle
no la fuerza moral, que es superior a todo, sino el mapa geográfico,
pues ésta, al ver la superficie enorme, se pone a reflexionar
involuntariamente, sin adivinar que esa es sólo la peor parte
de la fuerza que vive en el espíritu, de la fuerza interna.
Así entiendo los hechos interregnos, así entiendo
al hombre ruso y al pueblo ruso. Estas palabras no agotan aún
mi idea, esto es sólo una parte pero una parte, en mi opinión,
inalienable. Si hubiera querido expresar en el drama mi idea como
una teoría, entonces no hubiera tenido la razón: pero
ésta no es una teoría, ésta simplemente es,
en cuanto puedo entender. Como confirmación, puedo decir
que eso, al principio, me afligió, esa falta de efecto, y
que sólo después vi toda su grandeza. En la historia
rusa no hay una sola frase -todo es simple y pura acción,
hasta Pedro, por supuesto- pero a partir de él yo no llamo
rusa nuestra historia. El pueblo ruso actuó en ésta
como recluta y por dinero. He pensado mucho en el poder del cliché
sobre el hombre. El Occidente es quien lo experimenta más:
se compone todo de clichecitos, a toda acción suya siempre
le pone un rótulo y, a veces, a partir del rótulo,
empieza y termina todo el asunto. Mientras éste fue joven
fue bello, aunque siempre fue falso en sus poses, pero ahora se
acostumbró ya tanto a mentir que necesita de toda clase de
medios irritantes para darse energía; no tiene energía,
no tiene convicciones y, sin eso, sólo con clichecitos, no
se llega lejos. Además, Occidente es actualmente repugnante,
se atormenta, incluso, sin ningún interés.
Le envío un pequeño artículo, escrito mes y
medio atrás, donde expreso mis principios cívicos
fundamentales.10 Dígame su opinión.
Adiós, amabilísimo Nikolai Vasilevich.
¿Cuándo vendrá a Moscú? Lo abrazo, suyo,
Konstantín Aksakov.
[P.D.] Tengo mucho que decirle aún, pero la censura es terriblemente
severa.
* Las fechas corresponden a la alusión a
la carta de Gogol del 3 de junio de 1848, y del hecho que la carta
de Gogol a S. T. Aksakov del 12 de julio de 1848 no es conocida
por éste aún.)
Aksakov, Konstantín Sergueevich, hijo de S.T. Aksakov, poeta,
crítico, publicista, dramaturgo, líder del movimiento
eslavófilo.
NOTAS
1. Gogol regresó a Rusia en abril de 1848.
El 9 de mayo arribó a Vasilevka.
2. No se conservó
3. El artículo "Cómo puede ser
útil la esposa al esposo en la vida común del hogar
ante el actual estado de cosas en Rusia", donde Gogol recomendaba
como un medio para llevar exitosamente las cuestiones hogareñas
la división del dinero en siete partes correspondientes a
las diversas esferas de gasto.
4. El capítulo " Ilustración
de los Pasajes selectos..."
5. El capítulo "El terrateniente ruso".
6. Este tema fue desarrollado por K.S. Aksakov en
el artículo "Una experiencia sobre los sinónimos.
El público, el pueblo", que provocó la clausura
del periódico Molva, donde fue publicado (Molva,
1857, núm. 36). Aksakov escribió: "El público
parece, en relación con el pueblo, como su expresión
privilegiada pero, en realidad, el público es la tergiversación
de las ideas del pueblo (...) el público sólo tiene
cien años, pero el pueblo no tiene edad." El origen
de la anécdota del "pueblo y el "público"
se vinculaba al nombre de Gogol (Shenrok, t.4, p.511).
7. Se refiere a los acontecimientos revolucionarios
de 1848.
8. "Sobre la posibilidad de la escuela artística
rusa" (Moskovski literaturni i ushoni sbornik na 1848
god., M., 1847).
9. Probablemente, se refiere al capítulo
" Discusiones de los Pasajes selectos..."
10 Se refiere, posiblemente, al artículo
de K.S. Aksakov "Sobre la polémica literaria actual",
prohibido por la censura en 1848 y publicado sólo en 1863
(Rus, núm.7).
Nota y traducción del ruso
de René Portas
becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.
Nikolai Gogol, "Cartas polémicas",Fractal
n° 19, octubre-diciembre,
2000, año 4, volumen V, pp. 53-58.
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