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Por lo demás, nada se pierde y quizá se gane algo si nos interrogamos en torno al casi silencio que, exceptuadas las importantes referencias antes mencionadas, parecería rodear a esa noción. Y, sea dicho de paso, siempre se corre el riesgo de que, por declararla constitutivamente inaprehensible, se la utilice con excesiva desenvoltura. Una desenvoltura tanto más peligrosa cuanto que dicha noción nos lleva a un locus neurálgico del deconstruccionismo político: el sujeto
La decisión nos es presentada siguiendo también en esto filiaciones conocidas como un instante de ruptura, sin fundamento y sin memoria. Su sentido connota las ideas de cortadura brusca y violenta, de instante abrupto que zanja, que tranche, como dice Francisco Naishtat, que "corta por lo sano". Pero esta primera aproximación, por pertinente que sea, resulta claramente insuficiente. Ella nos informa sobre las connotaciones de la noción de decisión, pero muy poco acerca de su sentido efectivo. ¿Qué es en resumidas cuentas una decisión?
Para muchos autores, el concepto de decisión debe ser subsumido bajo el más general, de acción. La decisión debe ser considerada, dicho en términos simples, como un tipo particular de acción. No obstante, aun si damos por válida esta tesis, que algunos rechazan con razones atendibles, deberíamos, por una parte, hacernos cargo de que coexisten hoy en el pensamiento filosófico y sociológico múltiples y a menudo incompatibles teorizaciones sobre la acción; por otra parte, en caso de que superáramos aceptablemente el escollo que representa la existencia de esa pluralidad, deberíamos también determinar cuál sería lo específico de ese tipo de acción que llamamos decisión. Problemas todos ellos que todavía están a la espera de ser encarados y resueltos.
Si esto
es así, si de algunos autores cercanos a nuestras preocupaciones no
emerge con claridad una clara elucidación de la figura de decisión,
podemos apoyarnos en esta carencia para convocar a otros pensadores
que, desde perspectivas diferentes de las hasta ahora mencionadas,
se han abocado explícitamente a examinar los tópicos en cuestión.
Tal el caso de Paul Ricoeur y de lo que para abreviar llamaremos su
"escuela". Permítaseme presentar brevemente el planteo de Ricoeur.
Su punto de partida es la tesis de la existencia de un lenguaje específico
de la acción, de una semántica natural de la acción.2 Para Ricoeur ese lenguaje posee un status trascendental, en la medida
en que los marcos de análisis que proporciona, los juegos discursivos
que autoriza, en fin, los esquemas de interpretación a los que permite
acceder, lo habilitan para dar sentido y, en esa medida, contribuir
a constituir a la acción como tal, así como también para llevar a
cabo descripciones de cursos de acción concretos, no sólo en el habla
cotidiana, sino también en el discurso de las propias ciencias sociales.
Lo propio de ese lenguaje consiste por una parte en su léxico,
que incluye nociones tales como motivo, intención, deseo, deliberación,
cálculo, voluntad, finalidad, etcétera, por otra, en el hecho de
que dicho léxico está organizado en redes conceptuales semánticamente
interconectadas. Todo ello habilita a dicho lenguaje para: a) describir,
interpretar y explicar acciones individuales y eventualmente
colectivas; b) permitir al observador de la acción plantear un conjunto
de preguntas a los actores: ¿quién ha hecho qué cosa?, ¿cuáles fueron
sus razones para actuar como lo hizo?, ¿de qué modo encaró su accion?,
¿bajo qué circunstancias actuó?, ¿qué resultados esperaba obtener?,
etcétera. En otras palabras, y dado que (a) y (b) están manifiestamente
entrelazados, diremos que el lenguaje natural de la acción permite
a los actores reconstituir de un modo completo y comprensible un
curso de acción dado. De modo tal que dicho lenguaje no ha de ser
considerado como algo exterior ni segundo respecto a la acción,
sino como una instancia interna, organizadora, constitutiva de la
acción. Vuelvo en seguida sobre este punto. Por último (c), la semántica
natural de la acción proporciona instrumentos aptos para construir
teorías generales de la acción. Es sabido que, en su momento, las
ciencias sociales y en particular la sociología de inspiración
funcionalista utilizaron masivamente los recursos de esta
semántica allí donde les tocó analizar procesos de acción.
Esta última característica -que no carece de relación con el punto
anterior- merece ser subrayada. Reflexionando acerca de este doble
funcionamiento cognitivo de la semántica natural de la acción, uno
de los más perspicaces intérpretes del pensamiento de Ricoeur nos
referimos a Louis Quéré señala lo siguiente: "en cierto modo,
el lenguaje de la acción configura un tipo de entidad social particular,
al mismo tiempo que proporciona los instrumentos apropiados para
dar cuenta de ella" (El subrayado es mío).
"En cierto modo", aclara Quéré, precaución ésta que le permite
distanciarse críticamente respecto de dos posiciones simétricas
y opuestas. Distancia, por una parte, respecto de la prescripción
durkhemniana que prohíbe drásticamente hacer uso de "conceptos que
se han formado fuera de la ciencia y en virtud de necesidades que
nada tienen de científico"; distancia, por otra, respecto de la
tendencia "natural", también mencionada por Quéré, de elevar la
semántica natural de la acción, de manera espontánea o reflexiva,
al rango de marco conceptual y metodológico "científicamente formado",
de modo tal que la sociología podría describir y explicar la acción
social con el solo recurso de esa semántica.
La primera posición "ruptura epistemológica" es de
toda evidencia inconducente: eliminar la dimensión discursiva inherente
a la acción equivale lisa y llanamente a mutilar a esta última y
a construir un mero "artefacto" irrelevante, un objeto alucinatorio.
Por tal razón, esa posición no es hoy asumida explícitamente por
ninguna corriente sociológica; a lo sumo, hallaremos autores y escuelas
que, por la índole de sus preocupaciones, no toman en cuenta el
concepto de acción, o que, por razones teóricas de principio, lo
rechazan. La segunda posición adoptar la semántica natural
como "teoría"de la acción encuentra su más célebre representante
en Talcott Parsons.3 Es claro, en efecto,
que la teoría parsonsiana de la acción hace suyo, sistematizándolo,
el marco general que le ofrece de la semántica natural de la acción
como esquema conceptual de base. Ello surge claramente en el momento
en que Parsons inserta, entre la regularidad de los comportamientos
y la sociedad de la cual se postula que es la fuente de esas
regularidades, las dos instancias de la motivación y de la
orientación subjetiva de los actores. La construcción social de
tales motivaciones y orientaciones subjetivas importa especialmente
a Parsons, dado que ella desbroza el camino para la solución de
lo que llama el problema "hobbesiano" del orden social.
Es notorio que dicha teoría hace suyos los supuestos de la semántica
natural de la acción y que, incluso, utiliza a veces literalmente
su léxico y su gramática. Ella elabora, en efecto, un cuadro interpretativo
de los mecanismos sociales de definición de las motivaciones y las
metas de los agentes concebidos como resortes subjetivos de
la acción, cuadro que sólo se distingue por su carácter más
organizado y sistemático de aquel que construye espontáneamente
el discurso del actor mismo.
De este modo, Parsons y muchos otros incurren en la
tentación empirista de utilizar para analizar la acción a una las
dimensiones constitutivas de la acción como tal. Habíamos señalado
en efecto que la semántica natural de la acción no es algo exterior
a la acción como tal, sino que forma constitutivamente parte de
ella. Esto significa, entre otras cosas, que la semántica natural
de la acción contribuye a organizar la acción en tanto tal según
una secuencia coherente y dotada de sentido, permite al actor comprender
su recorrido (su comienzo, su transcurso, su fin) y, por vía de
consecuencia, habilita también al actor para describirla: nadie
podría actuar sin tener una idea "narrable" de lo que se ha propuesto
hacer. Es fácil entonces, y hasta parece legítimo, apropiarse de
ese lenguaje para convertirlo al precio de algunas operaciones
de sistematización y de algún refinamiento terminológico en
lenguaje teórico o científico de descripción de la acción. Cerraremos
este punto, haciendo notar que -obviamente- no se trata, para Quéré,
de recaer en esa tentación a la que sucumbe Parsons. Pero tampoco
de operar un "corte epistemológico" respecto del lenguaje natural
de la acción, dejando a éste de lado y "suplantándolo" por un lenguaje
científico. Se trata de algo más complejo. Con arreglo a este enfoque,
la semántica natural de la acción no es descalificada ni mucho menos
excluida, sino reinterpretada como una dimensión constitutiva de
la estructura del campo práctico en donde ella interviene. De forma
tal que su significado podría ser elucidado a través del conocimiento
de ese campo práctico que ella misma contribuye a instituir.4
Ahora bien, ¿por qué introducir en este desarrollo a la semántica
natural de la acción? La respuesta a esta pregunta nos permitirá
aproximarnos a nuestro tema.
Cuando hacemos uso, con o sin intención analítica, de los recursos
de la semántica natural, ponemos en relación, de manera generalmente
espontánea, un evento singular, identificado como tal o cual acción
determinada, con un actor, postulado como sujeto de esta acción;
por otra parte, referimos esta acción a los motivos, los deseos,
los objetivos y las capacidades de dicho sujeto, con la idea de
que ellas nos permitirán explicarla o comprenderla.
Así, cuando por ejemplo decimos que "Juan decidió dejar la universidad
y aceptar el empleo que le ofrecían en la compañía X",
tenemos presente que Juan es poco afecto a los estudios, que tiene
o cree tener capacidad de dirección y de ejecución, que tiene urgentes
deseos de progresar rápidamente, etcétera
El hecho de que haya decidido lo que decidió (y aquí entendemos
"decidir" simplemente como elegir y adoptar un curso de acción)
resulta de este modo comprensible: así lo relatamos nosotros, así
lo relata el propio Juan, así permite comprenderlo, constituirlo
y describirlo la semántica natural de la acción.
Propongamos ahora como ejemplo a alguien más afecto a complicar
las cosas, alguien que desconfía del lenguaje o, mejor, que quiere
jugar un poco con él y quizás, entre juego y juego, intentar ir
más allá de la semántica natural de la acción. No pretende romper
con ella, no se propone destruirla ni deconstruirla, sino más bien
sondear sus posibilidades y límites, sus eventuales paradojas, sus
pequeñas trampas, sus imposibilidades. Seguir el camino de la semántica
natural, el hilo del lenguaje, como dice Francisco Naishtat, para
investigar acerca de sus modos de empleo.
Supongamos que nuestra intención sea explorar el campo semántico
de la decisión examinando las formas y variantes de su uso.
Ya aquí hemos introducido casi sin proponérnoslo, justamente sin
tener la intención, la expresión "tener la intención de". Y dado
que la hemos hecho comparecer, aprovechemos su presencia para compararla
con la expresión "decidir". Puedo decir: "tengo la intención de
hacer tal o cual acción"; puedo también decir: "decido hacer tal
o cual acción". Advertimos que esas expresiones se parecen; pero
también advertimos que no son equivalentes. "Tener la intención
de", aunque se aplica a actos, siendo en esto semejante a la decisión,
no constituye ella misma un acto. En cambio, aun para el lenguaje
natural, la decisión es considerada como un acto. ¿Un acto de lenguaje?
Esto es, ¿un performativo, un acto ilocucionario o bien perlocucionario?
En mi opinión, no forzosamente. Por ejemplo, puedo abstenerme
de anunciar públicamente mi decisión de dejar de fumar y mantenerla
en secreto, para no comprometerme ante los otros y convertirla en
una cuasi promesa. Finalmente, si soy consecuente con mi decisión,
me descubrirán no fumando, pero eso tomará tiempo. La decisión es
un acto; ese acto puede encarnarse, o puede deber
quizás encarnarse, por así decir, en un acto de lenguaje; pero se
trata sólo de una posibilidad, que se tornaría obligatoria sólo
en casos muy particulares.
Por otra parte, la decisión es reduplicable, puedo decidir decidir;
y puedo también obviamente decidir no decidir. El lenguaje natural
tolera y acuerda sentido a esas fórmulas. Por el contrario, se niega
a admitir la expresión "tengo la intención de tener la intención
de"; tampoco considera viable "decido tener la intención de" (hacer
tal o cual cosa.).
Existen por otra parte muchas otras restricciones que dan a la
noción de decisión sus reglas habituales de uso en el habla cotidiana.
Enumeremos algunas, que nos interesan especialmente:
I no puedo decidir creer;
II no puedo decidir desear;
III no puedo decidir amar u odiar; y, por último,
IV no puedo decidir olvidar.
Nos permitirán por último agregar, por razones que se harán visibles
más adelante, dos otras reglas cuya aplicación es, por así decir,
"facultativa":
V En primer lugar, se tiende a suponer, salvo aclaración explícita
en contrario, que toda decisión es el producto de una deliberación
previa.
VI Finalmente, es habitual, aunque no forzoso, suponer también
que toda decisión es el resultado de la elección entre alternativas
relativamente bien definidas.
El juego podría seguir un buen trecho más, pero lo interrumpiremos
aquí, porque lo expuesto bastará, creemos, para lo que intentamos
mostrar.
En efecto, es tiempo ya de trasladarse del terreno de la vida
cotidiana al de la política. No con ánimo de complicar innecesariamente
las cosas, sino al contrario, diremos, siguiendo en esto antecedentes
conocidos, que no interpretamos a la política al menos
en este texto con el sentido "débil", habitual en ciertas
teorías sociológicas con vocación topográfica, esto es, como un
"subsistema" regional con funciones específicas y limitadas la
"regulación"del sistema social ni tampoco como una una "superestructura"
del edificio social, sino con un sentido ontológico fuerte: como
la dimensión de contingencia inherente a lo social, dimensión de
apertura que hace posible, en particular, el cuestionamiento incipiente
o radical, parcial o total del principio estructurante de
una sociedad, de su pacto social fundamental, ya sea para reafirmarlo,
ya para subvertirlo y reemplazarlo por un nuevo pacto, para instituir
un nuevo orden. No es una parte, no es un subsistema, es una propiedad
constitutiva de lo social. Concedamos empero que es posible mantener
los dos significados y llamar, siguiendo en esto a tradiciones conocidas,
lo político a esa dimensión de contingencia y de apertura
y la política al subsistema regional regulador de la sociedad
que suele postular y analizar la sociología.
Sin embargo, como el lector puede preverlo, nosotros quisiéramos
reflexionar acerca de las propiedades de la decisión en tanto operación
inherente a lo político y de las modalidades específicas
en que se ejerce su intervención. Nuestra previsible hipótesis al
respecto es que el sentido de la decisión en lo político difiere
en puntos fundamentales del sentido que posee la decisión en la
semántica natural de la acción.5 Yendo directamente
al meollo de la cuestión, propondremos las siguientes sub-hipótesis:
I En primer lugar, la Decisión específicamente política no es el
producto de una deliberación. De haber deliberación, la Decisión
interviene lo indicamos al comienzo de este trabajo
como una irrupción, una interrupción, un corte (y no como una inferencia
o una conclusión lógica, calculable, de la deliberación). Hay escribe
Derrida una "irreductibilidad de la urgencia precipitativa
en la decisión".6 Por el contrario, la semántica
natural de la acción no parece tan perentoria en lo que concierne
al ejercicio de la decisión.
II En segundo lugar, a diferencia de la decisión definida según
las reglas de la semántica natural, la decisión política no puede
ser asimilada a una elección entre alternativas. Más bien la posibilidad
misma de la elección entre alternativas y, por tanto, el campo global
en que tal elección tendría eventualmente que operarse son efectos
de la decisión política. La decisión política es en ese sentido
instituyente.
III En tercer lugar, la Decisión en lo político es por definición
paradójica: como dice bien Niklas Luhmann "...se da una paradoja
cuando las condiciones de posibilidad de una operación son, al mismo
tiempo, condiciones de su imposibilidad". Ahora bien, "...ese momento
'imposible'" que para decirlo con palabras de Slavoj Zizek
nos pone frente a la responsabilidad de decidir sin garantías, nos
fuerza a la decisión, "es el momento de la subjetividad: 'sujeto'es
un nombre de esa X paradójica, que sólo puede
existir en la medida en que su plena realización esté bloqueada
[de lo contrario, el sujeto devendría sustancia, diríamos a lo Hegel];
esa X insondable a la que se llama, a la
que de pronto se pide cuentas, arrojada a una posición de responsabilidad,
a la urgencia de decidir en esos momentos de indecidibilidad" (El
subrayado es mío).
IV En cambio, ciertas constricciones del lenguaje y del hacer
de la vida cotidiana y que la semántica natural de la acción
registra no afectan a la Decisión política: es en efecto posible
que se pueda, en lo político, decidir odiar y hacer odiar; o decidir
creer y hacer creer. Al respecto, en la novela 1984, de George Orwell,
se hallarán instrucciones altamente eficaces para asegurar el éxito
de tales decisiones.
V En política es concebible, por último, decidir olvidar. Este
es un punto particularmente delicado; un punto delicado especialmente
para nosotros, que hemos tenido que sobrellevar, como otros países
del continente y del mundo, un régimen autoritario y criminal entre
1976 y 1983. No es un secreto que tales regímenes se han caracterizado
sistemáticamente por el intento de suprimir la memoria de crímenes
horrendos de que eran responsables; de imponer el silencio y el
olvido destruyendo monumentos, documentos y vidas. De modo tal que
ligar la política a la posibilidad de decidir olvidar parece de
entrada una operación sospechosa o, al menos, ante la cual hay que
estar alerta.
De todas maneras, antes de abordar este último punto debemos resolver
el primero, esto es, establecer si esa posibilidad de decidir olvidar
existe efectivamente en el terreno de lo político. Precisamente
sobre este tópico, escribe Tzvetan Todorov:
Tras comprender que la conquista de las tierras y de los hombres
pasaba por la conquista de la información y la comunicación, las
tiranías del siglo XX han sistematizado su
apropiación de la memoria y han aspirado a controlarla hasta en
sus rincones más recónditos. Estas tentativas han fracasado en ocasiones,
pero es verdad que en otros casos (que por definición somos incapaces
de enumerar) los vestigios del pasado han sido eliminados con éxito.(T.
Todorov, Los abusos de la memoria)
Pese a estar esencialmente de acuerdo con este texto de Todorov,
no dejo por ello de percibir la suerte de paradoja que habita la
tesis de que, por una parte, en ciertos casos la operación generadora
de olvido ha sido exitosa y, por otra, puesto que ha sido exitosa
no podemos enumerar los casos ["olvidados'] en cuestión. [Hay un
viejo chiste que cita Lacan, creo que en el Seminario sobre la
Carta Robada, acerca del hombre que se retira a una isla para
olvidar. "Para olvidar ¿qué? Pues lo ha olvidado."]
Creo que Todorov quiere decir que no podemos referirnos a esos
casos sino de manera alusiva y equívoca, como sabiendo que no sabemos
de qué estamos concreta, sustantivamente, hablando. Creemos que
es pertinente, para aclarar este punto, citar al eminente historiador
Yosef Hayim Yerushalmi:
...Lo que llamamos olvido en el sentido colectivo aparece cuando
ciertos grupos humanos no logran -voluntaria o pasivamente, por
rechazo, indiferencia o indolencia, o bien a causa de una catástrofe
histórica que interrumpió el curso de los días o de las cosas- transmitir
a la posteridad lo que aprendieron del pasado.7
Y agrega más abajo:
...hay una clase de olvido cuya naturaleza era tal que las fuentes
jamás podían mencionarlo. Pues recaía sobre cosas en ocasiones de
una gran potencia, que fueron real y absolutamente olvidadas, es
decir, que hasta su olvido se olvidó. Por ejemplo, cuando en el
antiguo Israel echo raíces el monoteísmo, todo el vasto y rico mundo
de la mitología pagana del Cercano Oriente cayó en el olvido, de
suerte que lo único que quedó de ella fue la caricatura que nos
legaron los Profetas: la pura idolatría: el culto de "maderas"y
"piedras inanimadas". (Y. Yerushalmi, Reflexiones sobre el olvido)
Es decir que la Decisión pública de olvidar puede acarrear en la
realidad efectos permanentes e irreversibles de olvido.
Ahora bien, no se nos escapa que los ejemplos citados (desprecio
de los Profetas por la mitología pagana y, sobre todo, regímenes
totalitarios) son muy poco edificantes y tienden más bien a reforzar
la idea de que hay algo oscuro y negativo en la operación de poner
en relación lo político con el olvido. Esta idea, por lo demás,
no es arbitraria. Por el hecho mismo de que los regímenes totalitarios
acuerdan al control y a menudo a la anulación de la memoria un carácter
prioritario, quienes resisten a ellos acuerdan también un carácter
prioritario a la tarea de sabotear esa empresa. El antes citado
Todorov señala que la comprensión de los regímenes totalitarios
y, en particular, de su institución más radical, los campos, constituía
un modo de supevivencia para quienes eran sus víctimas. Pero además,
informar, difundir conocimiento sobre los campos era asimismo una
forma a menudo eficaz de combatirlos. Se puede entonces comprender
fácilmente por qué todo enemigo del autoritarismo y del totalitarismo
ha acordado tanto valor a la memoria y "por qué todo acto de reminiscencia,
por humilde que fuese, ha sido asociado con la resistencia antitotalitaria".
Aun así, mi opinión es que esa relación entre política y olvido
merece ser pensada y profundizada y que, de pensar y ahondar en
esa relación, veremos que de ella no se desprenden contenidos inconfesables
ni conclusiones alarmantes. Hay "patologías de la memoria" dice
agudamente Yerushalmi; yo añadiría: "hay también una cierta salubridad
del olvido".
Pero debo agregar en seguida que para mantener ambas fórmulas como
válidas, y en esto también coincido con Todorov es preciso
previamente efectuar la elemental operación de rechazar la oposición
entre memoria y olvido. Estimo sin embargo que este rechazo no puede
ser demasiado costoso, puesto que si, en ocasiones, el habla cotidiana
contrapone la una al otro, la memoria al olvido, en otras, al contrario,
postula una realidad más compleja: la memoria no designaría aquello
que simplemente se conserva en tanto opuesto a aquello que se suprime
(el olvido), sino que designaría la relación, la interacción entre
uno y otro polo.
En efecto, la memoria en tanto que tal implica por fuerza una selección.
Ciertas cosas se retienen, otras se dejan de lado, se marginan y
fnalmente se olvidan. Borges imaginó la figura de Funes el memorioso,
pero esta misma ficción hace pensar que la retención integral de
pasado es algo imposible y, seguramente, también espantoso. Borges
caracteriza al relato Funes el memorioso como una "larga metáfora
del insomnio", pero también nos ha hecho sentir en otras páginas
el horror infinito, intolerable, del insomnio, esa "vigilia espantosa".
Las sociedades y quizá también los individuos viven y construyen
su identidad seleccionando elementos de lo que será su pasado y
relegando otros. Y aquello que condenamos de los regímenes totalitarios
no es el hecho de que seleccionen ciertos hechos y aspectos del
pasado en desmedro de otros nosotros no podríamos actuar de
otro modo sino, en primer y principal lugar, que pretendan
arrogarse el monopolio de la selección, el monopolio de construir
la memoria, de decidir lo que será retenido y lo que será suprimido.
Y en segundo lugar, por supuesto, el que busquen utilizar ese monopolio
para inventar un pasado que los justifique o al menos los excuse
y, de paso, ya que estamos, los beneficie. Pero todas las sociedades
construyen su memoria y por ende su identidad seleccionando, en
la forma de una específica interacción entre lo que han decidido
retener y lo que han decidido olvidar.
CONCLUSIÓN: ACERCA DEL SUJETO
Señalamos antes que la decisión política era también el momento
de emergencia del sujeto: "sujeto" decíamos, citando a Zizek
es un nombre de esa X insondable e imposible
en su plena realización, a la que se convoca, a la que de pronto
se pide cuentas, arrojada a una posición de responsabilidad, a la
urgencia de decidir en esos momentos de indecidibilidad. Ahora bien,
¿qué sujeto es el que así se constituye? Seguramente, no aquel que
nos propone y hasta cierto punto nos impone la semántica natural
de la acción, ese "actor" individual con motivaciones, orientaciones,
objetivos, con medios, fines y valores, que puede elegir racional
o irracionalmente. Por supuesto, la Decisión puede ser la ocasión
de constitución de un sujeto simbólico "individual", de caso
trillado un líder carismático. Pero el líder carismático lo
es porque tiene el poder de decidir y lo ejerce con éxito, no por
sus motivaciones y orientaciones "psicológicas".
Nos interesa sin embargo explorar aquí otra posibilidad, para
muchos más problemática y más polémica, a saber, la posibilidad
de constitución, a través de la decisión política, de sujetos colectivos.
Y, para ello, tomaré apoyo en un artículo de Franscisco Naishtat
que, desde una perspectiva pragmática, y apoyada en una concepción
ampliada de la teoría estándard de los actos de habla, aborda explícita
y pormenorizadamente la cuestión. Dice al respecto Naishtat:
...¿qué es lo que está oculto en nuestras formas normales de hablar
de la accion colectiva? Lo que aquí está oculto es la doble performatividad
de la decisión. Los Nosotros, en efecto, son simultáneamente ese
hablante que enuncia el acto del cual es sujeto, y el resultado
ilocucionario de esa enunciación: en la decisión colectiva,
o en la declaración común de intención. Cuando proferimos:
"decidimos, nos los aquí reunidos..." hay una doble dirección
de la enunciación...que nos interesa enfatizar, a saber, la ipseidad
[en el sentido de Ricoeur] del nosotros como núcleo performativamente
constituido de un sujeto colectivo [bajo la forma del pacto]...y
simultáneamente, la decisión colectiva." (Francisco Naishtat,
Etica política de la acción colectiva).
Naishtat afirma que el uso que se hace aquí del sujeto colectivo,
y que sintácticamente se exhibe en el pronombre personal de la primera
persona del plural, o también en la conjugación del verbo, es pragmáticamente
irreductible, puesto que la afirmación "Nosotros, las personas aquí
reunidas decidimos declararnos en huelga" no puede ser sustituida
sin perjuicio por "yo decido declararme en huelga junto con
o junto a Pedro, Juan, María y Silvia".
La declaración de decisión colectiva sanciona la emergencia de
una figura nueva, a saber, el sujeto del pacto, el cual surge como
efecto de la enunciación, del mismo modo que con Austin la promesa
individual aparecía como efecto de su enunciación. Con tal declaración
se da pues visibilidad al pacto y a la decisión que, por el mismo
movimiento, se torna decisión colectiva. Así pues, del pacto nace
la figura de un sujeto inédito, de un sujeto colectivo.
En nuestra opinión, el interés de este enfoque que, tomando apoyo
en el giro pragmático inaugurado por el último Wittgenstein, se
inclina sobre los problemas de la decisión y de la constitución
de los sujetos colectivos, radica no sólo en el hecho de que asesta
un golpe definitivo a las últimas ilusiones que aún mantenían malamente
en pie al llamado "individualismo metodológico", sino en su productividad
teórica y política propia. Así, por ejemplo, esa vieja preocupación
sartreana por los grupos y las series y, más precisamente, por las
modalidades de constitución de aquellos colectivos que Sartre llamaba
en la Critique de la Raison Dialectique el "grupo en fusión" y el
"grupo juramentado"; aquella trabajosa y a veces terca reflexión,
pronto borrada por el estructuralismo entonces triunfante; aquel
pensamiento que, en palabras quizá no del todo erradas de Claude
Lévi-Strauss, se había extraviado "en los impasses de la psicología
social", falto de instrumentos diremos nosotros para
pensar la dimensión performativa y constitutiva del lenguaje (y)
de la decisión, puede ahora ser restituido en su fecundidad largo
tiempo silenciada y reactualizado con ayuda de todo aquello que
la indagación filosófica y política nos ha aportado de nuevo.
Quisiéra concluir formulando dos observaciones con carácter de
hipótesis, abiertas a la discusión. Sin duda, el sujeto colectivo
al que nos hemos referido es de un tipo muy específico. Es, para
decirlo rápidamente, el sujeto colectivo que emerge de esa forma
particular de intervención que es la protesta social. Una forma
que es ya pública, pero que es sólo incipientemente política. Una
forma, además, que no tiene aún que habérselas con las paradojas
y las potencialidades de la representación. Una forma, en fin, relativamente
poco compleja, aunque ya inscripta en una memoria y un espacio míticos
y que, de desarrollarse, reclama siempre y acaba por construir un
discurso propio.
Es a partir de allí segunda observación, a partir de
la necesaria constitución de ese discurso, donde la semántica natural
de la acción tiene en mi opinión, un papel que jugar. Un papel difícil
de definir y a la vez, imposible de rehuir. Y esto vale no sólo
para la protesta social, sino para toda empresa política.
Pero, como suele decirse, ésa es otra historia.
NOTAS
1. Y cuyas resonancias reaparecen en un
importante artículo de Jorge Dotti sobre el decisionismo:
"Carente de universales determinantes que condicionen apriorísticamente
el acto de voluntad, la decisión es pura forma" bajo
la figura de la revolución "creación ex
nihilo", "milagro político"; y es también,
desde luego, afirmación de la libertad.
2. Este punto de partida será, como
veremos, diferentemente retrabajado e interpretado por otros autores,
situados en términos generales dentro de la órbita
de la reflexión de Ricoeur. Me refiero a los sociólogos
y antropólogos reunidos alrededor de la revista Raisons
Pratiques, en particular a Louis Quéré, Patrick
Pharo, Laurent Thévenot y Nicolas Dodier.
3. En su formulación clásica,
y más difundida, expuesta en La estructura de la acción
social y en Hacia una teoría general de la acción.
4. Señalo al paso, pues el tema escapa
al objeto específico de nuestra ponencia, que esta postura
plantea, como es obvio, la pregunta epistemológica acerca
del lenguaje teórico con el cual esta reinterpretación
se llevaría a cabo. Quéré aclara en parte este
punto, haciendo referencia a la etnometodología de Garfinkel
y subrayando la necesidad de un análisis "gramatical"
de inspiración wittgensteiniana de la acción como
coadyuvantes indispensables, pero dejando, en lo esencial, la cuestión
abierta.
5. Como veremos al final, esto no implica
subestimar a esta última, herramienta indispensable, entre
otras cosas, para la intervención ideológico-política.
6. Lo que no significa que toda decisión
política ha de ser por fuerza infundada.
7. El párrafo continúa como
sigue: "Todos los mandamientos y órdenes de 'recordar'
y de 'no olvidar' que se dirigieron al pueblo judío no habrían
tenido ningún efecto si los ritos y relatos históricos
no se hubiesen convertido en el canon de la Torá torah,
lo recuerdo, significaba literalmente 'enseñanza', en el
sentido más amplio y si la Torá a su vez no
hubiese cesado de renovarse como Tradición".
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
Jacques Derrida, Force de loi, París, 1994.
Jorge Dotti, "Sobre el decisionismo. A diez años de la muerte de
Carl Schmitt", en Espacios, núm.17, Buenos Aires, diciembre
de 1995.
Emilio de Ipola, "La acción en problemas", en Sociedad,
núm. 15, Facultad de Ciencias Sociales, Buenos Aires, mayo de 2000.
Ernesto Laclau, Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro
tiempo, Buenos Aires, 1990.
Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, Hegemony & socialist strategy,
1985.
Francisco Naishtat (mimeo), 1995-1996, Buenos Aires, Facultad
de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.
, Etica política de la acción colectiva, publicación
de la Universidad de La Plata, La Plata, 2000, pp. 6-7.
George Orwell, 1984. Talcott Parsons, La estructura de la acción
social, Madrid, 1968.
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