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Liliana regresó al comedor, se detuvo, prolongando
el momento, en el centro de la habitación, y desde ahí preguntó:
¿Quién es?
El ejército. Abran o tiramos la puerta.
Fue Gustavo el que abrió. De inmediato, como ráfaga oscura, unos
doce hombres invadieron la sala comedor. El teniente que comandaba
el operativo se encaminó directamente a la recámara. Liliana lo
siguió y se paró en el umbral de la puerta, observando los movimientos
del uniformado. Su cara le resultaba conocida, no había dudas, pero,
de dónde. Tal vez vivía en el barrio de la casa paterna, o era amigo
de los militares que compartían la medianera de la casa paterna,
se habría quizá emboscado entre las manifestaciones, las asambleas,
los bares que constituían los sucesivos puntos de reunión para las
discusiones políticas. Todo eso antes del golpe, porque después,
los acuerdos y decisiones cada vez más escasos, en franca
desintegración se resolvían muros adentro de casas igualmente
emboscadas, estableciendo una fatal analogía con las cárceles y
calabozos. Aquel teniente también podría haber sido, en otro tiempo,
uno de esos asiduos rostros que circulaban por la 9 de julio, o
la avenida General Paz: en las cuatro esquinas de ese céntrico cruce
entre ambas vías los muchachos guapérrimos solían pararse, y mostrarse,
a la pesca de alguna muchacha bonita. Córdoba era, y sigue siendo,
una ciudad relativamente pequeña.
El hombre veinticinco años a lo sumo entró directamente
a la recámara. Revisó con ligeresa el clóset y después sacó y leyó
atentamente, uno por uno, todos los papeles que estaban en el primer
cajón de la cómoda, pegada al lugar de la cama que habitualmente
ocupaba Gustavo. Liliana, con su camisón verde claro, seguía inmóvil
en el rellano de la puerta, la respiración cada vez más en vilo,
esperando el momento en el que el teniente sacara la bolsa de plástico
azul, apoyada, ella lo sabía bien, sobre el borde del cajón, al
alcance de la mano de Gustavo. El hombre de contextura fuerte,
no muy alto, rostro recio y armónico le ordenó:
No puede estar ahí, vaya a sentarse y no se mueva. Liliana
caminó lentamente hacia el comedor: sobre el sillón de mimbre, entre
la ventana y la biblioteca, Gustavo mantenía una actitud firme,
tensamente serena.
Algunos soldados deambulaban por la sala semivacía sin saber bien
qué hacer con las escasas copas distribuidas en la vitrina, mientras
otros, en el comedor, buscaban entre los libros de la biblioteca.
Separaron los tres tomos de las poesías completas de Maiacovsky.
Con su habitual tendencia a no obedecer, Liliana siguió al soldado
que se metió en la penumbra del jardín trasero y regresó, siempre
unos pasos detrás de él, cuando éste se dirigía a la otra habitación:
Ese es el cuarto de mi hijita, le ruego que no la despierte.
No se preocupe, no lo voy a revisar. La voz sonaba suave.
Gustavo seguía sentado sobre el sillón de mimbre pensando que,
por el medido estilo del procedimiento, seguramente no moverían
el refrigerador, es decir, no accederían al lugar clave que podía
transformar por entero la requisa. En otros operativos, aquellos
en los que buscaban armas, levantaban pisos y patios, rompían armarios
y muros, destruían, en suma, la casa, llevándose todo objeto de
valor incluidos sus habitantes. Entre tanto, otros soldados deambulaban
sin saber bien qué hacer por la sala, abriendo y cerrando los cajones
del escritorio. Recostada sobre su superficie, expectante, con un
ojo abierto y el otro semicerrado, la gata parecía a la espera.
El teniente que comandaba el operativo salió de la recámara. Tenía
entre las manos una primera versión (en Lettera 32, tachaduras y
agregados a mano con la imposible letra de Gustavo) de un poema
bastante abstracto en el que, pese a ello, sobresalían algunos datos
bien comprensibles: la casa sindical, el nombre de Pablo.
Usted viene con nosotros, puede vestirse- dijo dirigiéndose
a Gustavo.
Con su jean azul, su saco de pana color tabaco, la mano en dirección
al bolsillo delantero del abrigo para colocar esa especie de dedo
extra que siempre portaba consigo, el vaporizador, Gustavo seguía
firme, callado, entero.
Liliana preguntó por qué sólo a él.
Hay orden de captura contra su esposo dijo el teniente.
¿Quién la libró?
El coronel Saldívar, usted firme aquí.
¿Por qué tengo que firmar?
Porque es testigo del operativo.
¿A dónde lo llevan?
A la Cuarta Brigada Aerotransportada.
-Mi marido es asmático, permítanle llevar sus medicamentos.
Allá le proveerán lo que necesite.
Sentado en la parte trasera de un enorme camión, rodeado de hombres
cuyos fusiles formaban un extraña composición de diagonales, mirando
a su mujer a través de la oscuridad, Gustavo se alejaba en medio
de la madrugada. Sólo en ese momento Liliana lo vio desvalido. "Diez
años, con suerte serán diez años", pensó, sin comprender nada: si
el teniente pasó tanto tiempo dentro del cuarto seguramente había
urgado todo y entonces, ¿por qué no hubo un cambio en la forma del
allanamiento, por qué no la llevaron también a ella, qué estaba
ocurriendo? No entendía nada, pero estas cosas rondaron por su cabeza
antes, durante el transcurso del operativo, mientras ella esperaba,
en ese estado en el que el miedo sobrepasa al miedo para dar lugar
a un estado neutro. Por eso ahora, después de constatar inexplicablemente
el hecho de que el teniente no ordenara una transformación del allanamiento,
mientras Gustavo miraba a Liliana parada en mitad de la calle y
Liliana miraba a Gustavo rodeado por fusiles que creaban, junto
a los uniformes color caqui de los soldados envueltos en la penumbra
un raro juego compositivo (increíble que pueda emerger, existir,
¡existir! algún rasgo estético en ese momento, pero eso lo pensó
Liliana mucho tiempo más tarde); por eso ahora su tenue esperanza
se dirimía, con suerte, en diez años. Un ahogado, estático sentimiento
de espanto la fijó al suelo gris de la calle, hasta que el camión
dobló la esquina y se volvió invisible.
Entró a la casa. En su recámara, la niña seguía completamente dormida.
Cerró la puerta que daba al patio, cerró la puerta principal, y
en medio de la noche y del miedo atravesó corriendo las seis cuadras
que la separaban del sitio donde vivía Simón Peretz, jefe de redacción
del diario en el que trabajaba Gustavo.
En el interior de la hermosa y sencilla casa, construida sobre
la margen izquierda de un amplio y selvático jardín, se encendió
una luz y fue Simón apodado La Chancha por su gordura
quien apareció en la entrada. Liliana buscó el teléfono y marcó
el número de Estela, la prima de Gustavo: conocía las relaciones
de su marido con algunos altos jefes del ejército, pero ignoraba
la intimidad del primo Ricardo con el comandante de la Cuarta Brigada:
ambos matrimonios cenaban juntos una vez por semana.
¡Ahora mismo llamo a Angélica! contestó la voz llorosa
de Estela. Angélica: esposa del comandante de la Cuarta Brigada
Aerotransportada: qué nombre, qué ironía, parecía dictado por un
azar en contraste, siniestramente enlazado a ese otro azar, elíptico,
incierto, del lugar en el que depositarían ¿depositarían?, a Gustavo.
Porque Liliana, y Peretz, sabían, sospechaban, sabían, que la Cuarta
Brigada era una coartada, un nombre en ese momento abstracto, falaz,
pese a su negra, concreta realidad. Sobre la clara madera de la
mesa que ocupaba el centro del comedor resaltaba una charola de
scons. Elisa la delicada, elegante y bella mujer de Péretz
se deslizó hacia la cocina y preparó café, que Liliana apenas probó:
se acercaba la hora de la primera mamila. Era necesario volver a
la casa, esta vez acompañada por Simón en su coche. Liliana hechó
un vistazo sobre la niña aún dormida y fue directamente al cajón
de la cómoda, el mismo que el teniente ese muchacho apuesto
de cara tan conocida como inubicable había revisado con total
detallismo, papel por papel, hoja por hoja. Y allí estaba, inmutable,
perfectamente envuelta en su bolsa de plástico azul, exactamente
en su sitio, al alcance de la mano de Gustavo, colocada dos días
antes por Liliana, la calibre treinta y dos que Gustavo, durante
el operativo, creía aún oculta debajo del refrigerador.
Días después Liliana supo, por comentarios de los vecinos, que
además del jeep y el camión estacionados frente a la vivienda durante
esa madrugada del 22 de octubre, el lado opuesto de la manzana estaba
ocupado por otro jeep y otro de los grandes camiones, previendo
una huida a través de los fondos de la casa.
El enorme vehículo en el que transportaban a Gustavo cruzó el
vado de la Sagrada Familia y en los primeros tramos de un camino
periférico, probablemente el que conducía al campo porque
coincidía con la dirección en la que estaba el campo, sucedió
otro de los milagros de ese día: un desperfecto mecánico obligó
a cambiar decisiones. El camión emprendió el retorno a la ciudad
rumbo a barrio Güemes. Encerraron a Gustavo en el piso de un cuarto
vacío: una semana antes el ejército había tomado esa vieja casa
en la que, previamente a la balacera, funcionaba la imprenta de
uno de los grupos guerrilleros que operaban en la ciudad. Pasó cuarenta
horas en esa, a esa altura, "benigna" prisión, sentado contra la
pared; un día y medio en el que pensó en su hija, en los nudos atávicos
por los que, estúpidamente, decía para sí mismo, no se había marchado
antes, en la insistencia de Liliana por salir, escapar; el llamado
de los amigos que ya estaban en México; en Pablo, desaparecido ocho
meses antes, justo el 24 de marzo, la noche del golpe, o en las
primeras horas del 25, al parecer, fusilado de inmediato, en el
campo. Quiere creer el rumor, prefiere, tristemente, esa versión,
hay una diferencia obvia entre ser fusilado y lo otro. Después el
testimonio de un torturado agregará el comentario del milico: "mirá
bien este libro porque fue del chancho Salamanca", es decir, de
Pablo. "Fue", trata de asirse al vocablo y a su tiempo verbal, como
si éste focalizara el acto rápido, incruento. El recuerdo intercala
imágenes: la niña, Pablo, las discusiones con Liliana en torno a
la partida, la madre.
Gustavo fue liberado y dejado hasta la navidad de ese año
bajo arresto domiciliario probablemente gracias a la conjunción
de varios hechos: se movilizaron los dos sindicatos de prensa, una
comisión de Amnistía Internacional visitaba por esos días la ciudad,
la decisiva intervención del primo Ricardo. ¿Y qué más? ¿Su pertenencia
a una renombrada, influyente familia local? ¿Su evidente condición
de no fierrero, es decir, su no pertenencia a ningún grupo armado?
Quién sabe. Pero lo que aún permanece en el enigma, aquello que
durante muchos años después fue, y sigue siendo, motivo de conjeturas
entre Liliana y Gustavo, abarca una pregunta indescifrable: ¿qué
sucedió esa noche? ¿Cómo es posible que aquel teniente rozara probablemente
la bolsa de plástico azul y no la abriera? Lo cierto es que ese
raro, incomprensible acto de omisión colocó, de por vida, a la familia
que habitaba la casa allanada, en la oscilante línea de los sobrevivientes.
¿Cuál línea?, ¿cuál? o zona. ¿Qué zona? ¿Dónde estamos realmente?
¿Dónde empieza, se asienta y termina esa línea, masa o zona fantasmal?
¿Fantasmal? ¿Qué significa este término inapropiadamente literario?
La única línea brutalmente frontal, zozobrante a la vez, es la que
une y separa a los muertos de los vivos, los que aún no suturan
la derrota y, lo que es peor, no pueden conservar, y preservar,
ese acto tan elemental como esencial, opuesto al exterminio, que
es el de ver, tocar, estar al lado, ver morir a sus muertos.
Lelia Driben,"Aquella
madrugada",
Fractal
n° 19, octubre-diciembre,
2000, año 4, volumen V, pp. 59-66.
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