| Lógica
Los diferentes
internamientos de los ámbitos de encierro a través de los cuales
pasa el individuo constituyen variables independientes: se da por
hecho que en cada ocasión se empieza desde cero; y aunque existe
un lenguaje común para todos estos lugares, éste es analógico.
Por otro lado, los diferentes mecanismos de control son variaciones
inseparables que integran un sistema de geometría variable cuyo
lenguaje es numérico (no necesariamente binario). Los encierros
son moldes, vaciados bien diferenciados, pero los controles
constituyen una modulación, como una figura de molde autodeformante
que sin cesar cambiara de un momento a otro o como un tamiz cuya
malla se transmutara de un punto a otro. Esto resulta obvio en lo
que respecta a los salarios: la fábrica era un cuerpo que contenía
sus fuerzas internas en un nivel de equilibrio: el más alto en términos
de producción, el más bajo en términos de sueldos. Pero en una sociedad
de control, la corporación ha tomado el lugar de la fábrica y la
corporación es un espíritu, un gas. Sin duda la fábrica ya estaba
familiarizada con el sistema de las bonificaciones, pero la corporación
se mueve más a fondo, para imponer una modulación de cada salario,
en estados de perpetua metaestabilidad que operan mediante el reto,
el concurso y las altamente cómicas sesiones en grupo. Si los concursos
televisivos más idiotas logran ser tan populares, esto se debe a
que expresan con gran precisión la situación corporativa. La fábrica
constituía a individuos en un solo cuerpo, por lo que el patrón
se encontraba con la doble ventaja de poder supervisar por separado
a cada uno de los elementos de la masa al tiempo que a los sindicatos
capaces de movilizar una resistencia masiva; pero la empresa continuamente
presenta la más enconada rivalidad como una forma sana de emulación,
una excelente fuerza motivacional que enfrenta a los individuos
unos con otros y que corre a través de cada uno de ellos, dividiéndolos
desde dentro. El principio modulador de "sueldo según el mérito"
no ha sido poco tentador para el mismo sistema educativo nacional.
En efecto, así como la corporación suplanta a la fábrica, la capacitación
perpetua tiende a suplantar la escuela y el control continuo
al examen. Y este es el modo más seguro de poner a la escuela en
manos de la corporación.
En las sociedades
disciplinarias uno siempre tenía que empezar de nuevo (del colegio
al cuartel, del cuartel a la fábrica), en tanto que en las sociedades
de control uno nunca da por terminado nada: la corporación, el sistema
educativo, el servicio militar son estados metaestables que coexisten
en una sola e idéntica modulación, como un sistema universal de
deformación. En El proceso, Kafka -quien ya se había colocado
en el punto eje entre dos tipos de formación social- realiza una
descripción de las más temibles formas judiciales: la aparente
absolución de las sociedades disciplinarias (entre dos encarcelamientos),
y la prórroga ilimitada por parte de las sociedades de control
(en variación continua), dos modalidades radicalmente diferentes
de la vida jurídica. Y si nuestro sistema legal es vacilante, si
él mismo se encuentra en crisis, se debe a que estamos abandonando
uno para ingresar en el otro. Las sociedades disciplinarias tienen
dos polos: la rúbrica que designa al individuo y el número
o numeración administrativa que indica la posición que éste ocupa
dentro de la masa. Esto es así porque las disciplinas jamás
vieron incompatibilidad alguna entre ambos y porque el poder individualiza
al mismo tiempo que amasa, es decir, constituye a aquellos sobre
quienes ejerce poder en un solo cuerpo a la vez que moldea la individualidad
de cada uno de sus integrantes. (Foucault vio el origen de esta
doble carga en el poder pastoral del sacerdote -el rebaño y cada
uno de sus animales-, pero luego el poder civil aparece y por otros
medios se convierte en "sacerdote laico".) La rúbrica o el número
han dejado de ser lo más importante en las sociedades de control
y han dado lugar a un código: una contraseña, mientras que
las sociedades disciplinarias se regulan mediante consignas
(tanto desde el punto de vista de la integración como desde el de
la resistencia). El lenguaje numérico del control está compuesto
de códigos que dan acceso a la información, o que lo niegan. Ya
no estamos tratando con una dualidad masa/individuo: los individuos
han pasado a ser "dividuos", y las masas meros elementos de un muestreo,
datos, mercados o "bancos". Tal vez sea el dinero lo que
mejor expresa la diferencia entre estas dos sociedades, ya que la
disciplina siempre remitía al dinero en moneda acuñada, que fija
al oro como estándar numérico, en tanto que el control está relacionado
con las tasas de cambio en flotación, moduladas de acuerdo con tasas
establecidas por un conjunto de divisas estándar. El viejo topo
monetario es el animal de los ámbitos de encierro, pero el de las
sociedades de control es la serpiente. Hemos pasado de un animal
a otro, del topo a la serpiente, en el sistema bajo el cual vivimos,
pero también en nuestra manera de vivir y de relacionarnos con los
otros. El hombre disciplinario era un productor discontinuo de energía,
pero el hombre del control es ondulatorio, está en órbita, en una
red continua. En todos lados el surf ocupa el lugar de prácticas
deportivas más antiguas.
Los distintos
tipos de máquina fácilmente encuentran su paralelo en cada tipo
de sociedad, y no porque las máquinas sean determinantes, sino porque
expresan aquellas formas sociales capaces de generarlas y ponerlas
en uso. Las viejas sociedades de soberanía (supremacía) utilizaban
una maquinaria simple: palancas, poleas, relojes; pero las nuevas
sociedades disciplinarias se equiparon con máquinas que funcionan
a base de energía, con su correspondiente peligro pasivo de entropía
y el peligro activo de sabotaje. Las sociedades de control operan
con máquinas de un tercer tipo: las computadoras, cuyo peligro pasivo
radica en la sobresaturación y el activo en la piratería o la introducción
de virus. Esta evolución tecnológica deberá ser, en un sentido todavía
más profundo, una mutación del capitalismo, mutación ya bien conocida
o familiar que podría resumirse de la siguiente manera: el capitalismo
decimonónico es un capitalismo de la concentración, dirigido a la
producción y la propiedad. Por ello erige la fábrica como un lugar
de encierro, con el capitalista como propietario de los medios de
producción, pero también, y de modo progresivo, de otros espacios
concebidos por analogía (la casa familiar del obrero, la escuela).
En lo que respecta a los mercados, éstos son conquistados a veces
con la especialización, a veces con la colonización, a veces con
la reducción de los costos de producción. Pero en la presente situación,
el capitalismo ya no participa en la producción, y la relega a menudo
al Tercer Mundo, incluso cuando se trata de formas complejas de
producción textil, metalúrgica o petrolera. Es un capitalismo de
producción de un orden superior. Ya no compra las materias primas
y tampoco vende los productos terminados: compra los productos terminados
o ensambla las partes. Lo que quiere vender son servicios, pero
lo que le interesa comprar son acciones. Este ya no es un capitalismo
para la producción sino para el producto, es decir: para la venta
o el mercado. Así, su naturaleza es esencialmente dispersante, mientras
que la fábrica ha cedido el paso a la corporación. La familia, la
escuela, el ejército, la fábrica han dejado de ser espacios analógicos
bien definidos que convergen en un propietario -poder estatal o
privado- para convertirse en figuras -deformables y transformables-
de una única corporación que ahora solamente tiene accionistas.
Incluso el arte ha abandonado los ámbitos de encierro para ingresar
en los circuitos abiertos de la banca. Las conquistas del mercado
se efectúan con una apropiación del control y ya no a través de
una capacitación disciplinaria; con la fijación de las tasas cambiarias,
mucho antes que con la reducción de los costos; con la transformación
del producto antes que con la especialización en la producción.
De ese modo, la corrupción adquiere un renovado poderío. La mercadotecnia
se ha convertido en el núcleo o el "alma" de la corporación. Se
nos enseña que las corporaciones están dotadas de un alma, lo cual
constituye una de las noticias más aterradoras para el mundo. La
operación de los mercados es actualmente el instrumento del control
social, el mismo que da forma a la insolente raza de nuestros amos.
El control es de corto plazo y de tasas aceleradas en los volúmenes
de ventas, pero también es continuo e ilimitado, en tanto que la
disciplina era de larga duración, infinita y discontinua. El hombre
deja de ser el hombre enclaustrado y se convierte en el hombre endeudado.
Es verdad que el capitalismo ha conservado como una de sus constantes
la extrema pobreza de tres cuartas partes de la humanidad, demasiado
pobre para caer en deuda, demasiado numerosa para ser recluida:
el control no sólo tendrá que vérselas con la erosión de las fronteras,
sino con los estallidos al interior de las ciudades perdidas o los
guetos.
Programa
La concepción
de un mecanismo de control que proporcione, en un instante dado,
la ubicación de cualquier elemento dentro de un ámbito abierto (ya
sea animal en una reserva o humano en una corporación, como con
collarín electrónico) no necesariamente pertenece a la ciencia-ficción.
Félix Guattari se ha imaginado una ciudad en donde uno podría salir
de su departamento, alejarse de su calle, de su colonia, todo gracias
a su tarjeta electrónica (dividual), que se encarga de hacer que
se levante una barrera equis; pero dicha tarjeta podría lo mismo
ser rechazada tal o cual día o a ciertas horas: lo que cuenta no
es tanto la barrera en sí sino la computadora que rastrea la ubicación
-lícita o ilícita- de cada persona y efectúa una modulación universal.
Un estudio
socio-tecnológico de los mecanismos de control, registrados desde
su etapa de gestación, tendría que ser categórico y describir lo
que ya está en proceso de sustitución de los ámbitos disciplinarios
de encierro, cuya crisis se anuncia por todas partes. Pudiera ser
que los métodos más antiguos, tomados en préstamo de las anteriores
sociedades basadas en el principio de soberanía, vuelvan al frente,
pero no sin las modificaciones necesarias. Lo que cuenta es que
estamos al principio de algo. En el sistema carcelario: el
intento por dar con castigos en "sustitución", al menos en lo que
toca a delitos menores, y el uso de collarines electrónicos que
obligan al convicto a permanecer en casa durante ciertas horas del
día. Para el sistema escolar: formas continuas de control,
y los efectos sobre la escuela de la capacitación perpetua, el abandono
correspondiente de todo tipo de investigación universitaria y la
introducción de la "corporación" en todos los niveles del ámbito
educativo. Para el sistema hospitalario: la nueva medicina
"sin doctor ni paciente" que separa a los potencialmente enfermos
y a los sujetos en riesgo, lo que de ninguna manera da fe de la
individuación -como dicen- sino que sustituye al individuo o cuerpo
numérico con el código de un material "dividual" sujeto a control.
En el sistema corporativo: nuevos métodos para manipular
el dinero, las ganancias y los humanos que ya no pasan por la criba
de las viejas formas fabriles. Estos son apenas mínimos ejemplos,
pero que habrán de permitir una mejor comprensión de lo que se quiere
decir con crisis de las instituciones, a saber: la instalación progresiva
y dispersa de un nuevo sistema de dominación. Una de las cuestiones
más importantes será la tocante a la ineptitud de los sindicatos:
atados a la totalidad de su historia de lucha contra las disciplinas
o al interior de los ámbitos de encierro, ¿lograrán adaptarse o
cederán el paso a nuevas formas de resistencia frente a las sociedades
de control? ¿Podemos ya distinguir los contornos borrosos de las
formas que vienen, capaces de poner en jaque las dichas de la mercadotecnia?
No deja de ser extraño que muchos jóvenes se jacten de sentirse
"motivados": solicitan una y otra vez cursos y capacitación permanente.
Les toca a ellos descubrir qué es aquello a lo que se les obliga
servir, de la misma manera en que sus mayores descubrieron -no sin
dificultad- el telos de las disciplinas. Los serpenteos de
una víbora son más complejos que los túneles de una topera.
Traducción
de Sergio Negrete Salinas
Gilles Deleuze,"Post
scriptum",
Fractal
n° 19, octubre-diciembre,
2000, año 4, volumen V, pp. 69-77.
|