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| Frida Robles Ponce
Reinaldo Arenas: la memoria de un escritor delirante
Donde penas y dichas no sean más que nombres, |
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Todo le viene a la memoria ahora.
Sin poder evitarlo, suspira y llora. Hoy estoy destrozada. No hay más. Me fracturé, escuetamente me derrumbo. Tristemente sorprendida. Ya me voy sanando, me voy dando cuenta. Me reconstruyo, siento el desvelo, la despedida. La tenue luz me duele. ¿Qué decir? Que estoy desolada, la soledad se siente como ritmos rápidos y tristemente repetidos. No puedo más que regocijarme en mi tristeza. Pero, ¿cómo empezó esta narración? No lo sé bien, hay momentos mágicos, tan claros que te deslumbran, no los puedes recordar en su totalidad. Uno de esos momentos fue el encuentro con Reinaldo Arenas. Estaba en la estantería de la biblioteca, abrí un libro con curiosidad…
Ahí estaba: mi infancia. Tenía que leer ese libro, decía demasiado. Leer a Reinaldo Arenas es como imagino una sesión intensa con el psicoanalista. Te pregunta, te recuerda, te señala. Es místico, catártico. Reinaldo Arenas escribe lo que me importa. Escribe de sexo, de infancia, de tristeza y reconstrucción. Yo no tengo más que decirle gracias. Le agradezco leyéndolo, escribiendo este ensayo.
EL INICIO, EL FIN: LA NOSTALGIA ¿Es el principio o el fin? Ahora lo veremos. El principio y el fin.
La antesala de la muerte es el último fenómeno de la vida, el que empuja a pensar en la construcción de esa vida que está a punto de extinguirse. Es en ese momento donde la muerte da sentido a la vida, intentamos atrapar la muerte en la vida misma. Esperar lo que no se puede esperar: la muerte, la imposibilidad del encuentro. Hacer un recuento de una vida ir, en su búsqueda, encontrando la vida para encontrar la muerte. El escritor de una autobiografía prefigura la muerte que aún no ha sido e inventa la vida que ya no recuerda. La inmanencia de la muerte conlleva nostalgia. “Un acontecimiento nos afectó, nos hizo impresión, y la marca afectiva permanece en nuestro espíritu.”(2) ¿Por qué somos recelosos de la muerte? ¿Qué nos obliga a recordar? ¿Qué vislumbra la melancolía, la nostalgia?
La nostalgia evoca la sensación del recuerdo, el presentimiento de que algo realmente sucedió. Lo presiento, lo recuerdo, lo añoro. No tenemos nada mejor que la memoria para garantizar que algo ocurrió. Estamos convencidos de nuestra vida, nosotros vivimos, la muerte sólo nos provoca nostalgia de lo vivido. La posible inexistencia reafirma la existencia. ¿Morir no implica vivir? ¿La finitud no implica haber transcurrido en el tiempo? “Es lanzarse hacia él con un deseo compulsivo, repetitivo y nostálgico, un deseo irreprimible de retorno al origen, una morriña, una nostalgia de retorno al lugar más arcaico del comienzo absoluto.”(4) No existiría la necesidad de hacer un recuento de no ser por la finitud. La nostalgia llega como llega la tristeza. En un instante y te empieza a poseer, a invadir:
La nostalgia crea memoria, obliga recuerdos. El autobiógrafo se obliga a reconstruir su vida, pero ésta siempre es vista desde el futuro. El escritor está, en cierto sentido, fuera de su vida. Se ve a sí mismo como personaje de una novela que debe narrar. Es su legado, su continuación. La vida siempre quiere vivir, es su condición. Esta necesidad de continuar la vida es lo que Derrida denomina pulsión de archivo. Ésta únicamente comienza con la pulsión de muerte. No habría deseo de archivo sin la finitud radical, sin la posibilidad de un olvido. Reinaldo Arenas necesita escribir su vida antes que anochezca, antes que la muerte arrasé con su oscuridad.
LA INFANCIA Y LA ALUCINACIÓN
¿Quién nos enseñará a decantar, a clarificar la alegría del recuerdo? ¿A dónde se fue nuestra vida? ¿Dónde reside? La única respuesta posible es la memoria. Pero ¿qué es la memoria? ¿De qué es parte? ¿Dónde la podemos encontrar? La memoria es una región de la imaginación. La memoria trabaja siguiendo las huellas de la imaginación. “[…] entre dos objetivos, dos intencionalidades: uno, el de la imaginación, dirigida hacia lo fantástico, la ficción, lo irreal, lo imposible, lo utópico; otro, el de la memoria, hacia la realidad anterior […]”(6) ¿Cómo manejar los abusos de la memoria? ¿De la imaginación? Si la memoria reside en la imaginación y el único resquicio de prueba de vida es el recuerdo ¿cómo obligar a la memoria a que sea fiel? La trampa del imaginario, como la denomina Ricoeur, consiste en que la memoria no puede ignorar que ella, al estar configurada de imágenes, se acerca a la alucinación. Lo que el recuerdo reclama como sensible no puede ser correspondido. Ahí se encuentra el dilema: ¿cómo creer en lo que la memoria nos dicta si se inscribe en el ámbito de lo alucinante? “Aunque todo aquello era producto de mi imaginación, durante mucho tiempo la imagen de mi abuelo desnudo fue para mí una gran obsesión”.(7) Reinaldo Arenas sabe que lo alucinante es parte de la memoria. ¿Cómo separar el alucine de la realidad?
Este fragmento de Celestino antes del alba explicita claramente el problema que se inserta en la alucinación: ¿son visiones o no lo son?
EL AMANECER: LA RECONSTRUCCIÓN Amanecerá en mis párpados apretados. Como anuncia Ricoeur a lo largo de su obra, la memoria sigue siendo el guardián de la paseidad de la historia. La memoria contiene una función propiamente temporalizadora. El recuerdo tiene dos acepciones: como algo que aparece y se convierte en afección, y el recuerdo como un objeto de búsqueda, como una recolección. ¿Qué intenta la búsqueda del recuerdo sino la iluminación? ¿La reconstrucción no es una metáfora del amanecer? Reinaldo Arenas siempre hace alusión al anochecer y al amanecer. Yo entiendo más el problema del amanecer. Para mí las mañanas siempre han sido trágicas, en el momento en que uno abre los ojos no sabe nada, todo es borroso, incierto. Necesitas reconstruir dónde estás, quién eres. Es aquí donde mi abrupta introducción cobra sentido; este escrito surgió en un amanecer. Un amanecer catártico. La mañana de la despedida del último amor. Me vi en la necesidad de re-construirme y re-tantear ese amor fugitivo, casi instantáneo. Me recordó lo funesto de cada despertar. “CORO DE BRUJAS: ‘No me despertéis si tengo la dicha de dormir a la hora en que los pájaros inician sus gorjeos. Para mí todas las auroras son pálidas bajo mi cobertor de seda verde’.”(9) No puedo evitar insertar otra cita: “No sé bien dónde estoy: al principio creo que en La Habana; luego, en el campo. Cuando abro los ojos todo se ve un poco borroso. Sólo ahora que oigo el mar me doy cuenta que estoy en la playa y que Héctor duerme a mi lado”.(10) Y traigo Otra vez el mar a colación porque este libro tuvo que ser reconstruido en tres ocasiones, desapareció por múltiples razones, y es aquí donde Reinaldo Arenas evoca con mayor profundidad lo característico del amanecer, del alumbrar y la búsqueda. ¿Cómo se alumbra lo negro? Inventándolo, imaginándolo. La imagen es dadora de luz; alumbra a través de la creencia en una realidad anterior. Reinaldo Arenas intenta reconstruirse escribiendo una autobiografía. “Yo tenía dos años. Estaba desnudo, de pie; me inclinaba sobre el suelo y pasaba la lengua por la tierra. El primer sabor que recuerdo es el sabor a tierra.”(11) El momento de escritura supone la impresión de un hecho pasado, por lo que la memoria revive ese pasado que no presenció. Se rememora en el presente, bajo una apariencia de presente, lo pasado. La memoria responde a la exigencia del pasado, lo restablece y lo construye en el futuro. La memoria piensa en el pasado el futuro. La vida es vista desde su resultado. Se mira desde lo otro. Yo ya no soy el mismo. El mismo, al reconstruirse, se convierte en otro. La memoria narrada recuerda bajo una estructura. Intenta encapsular su carácter alucinante. Es ahí donde la memoria se torna en testimonio, en estructura, en reclamo: “La libertad era una cosa de la que se hablaba casi incesantemente pero que no se ejercía; había libertad para decir que había libertad o para ensalzar al régimen, pero jamás para criticarlo”.(12)
LO AUSENTE Y LO PRESENTE: EL INSTANTE La memoria es un presente que no termina nunca de pasar.
¿Pasó o no pasó? La condición del pasado es la “paseidad”, pero cómo comprobar ese pasar. ¿Cómo es que reconocemos a una persona, un lugar, un paisaje? Nosotros lo sentimos, sabemos que algo sucedió, fuimos partícipes del hecho. El pasado dejó una impronta en nosotros y la sentimos. ¿Cómo lograr la credibilidad? Yo lo viví, lo siento, lo sé; claro que no lo sé a ciencia cierta, se me escapa, se vuelve imaginación. ¿Cómo compartir mi vivencia? ¿De qué forma comprobar mi transcurso en el tiempo, mi existencia?
Según Ricoeur la verdad es espectral. La exigencia de verdad del pasado nunca puede ser explicada. Es la imagen de lo muerto. La memoria es la conciencia de lo ausente, su búsqueda se refleja en el recuerdo. Reinaldo Arenas juega con el recuerdo, con la sensación –con ese cosquilleo– que insita al nostálgico a recordar.
¿Qué lleva a un escritor a escribir sus memorias? Un instante, ese instante mágico en donde se recuerda, pero se recuerda para olvidarse inmediatamente. Lo busca, pretende alcanzarlo: imposible. La única respuesta es llenar los olvidos de la memoria con la imaginación. Poblar el vacío con imágenes. Construir tiempo, construir espacio: narrarse.
EL FIN, EL INICIO: EL ARCHIVO Mas queda una parte de verdad; un pedazo o un granito de verdad respiran La historia pretende “hacer historia”, así como nosotros pretendemos “hacer memoria”. Estas dos creaciones difieren en el hecho de que la historia no goza la capacidad de recordar por sí sola. El “pequeño milagro del recuerdo” no existe para la historia. Únicamente a través del testigo es que la historia puede tener el equivalente del recuerdo. El testimonio apela al otro para corroborar la veracidad de su memoria. El otro otorga el crédito del testimonio y así se reproduce la capacidad memorativa. Es en este efecto donde nos tenemos que preguntar: ¿El tiempo es una conciencia personal o colectiva? ¿Por qué necesitamos historia? Una vez más pulsión de muerte.
El historiador, al igual que el que escribe sus memorias, es un nostálgico. Busca y no encuentra. Requiere reconstruir una memoria colectiva, reafirmándose en el testimonio y el vestigio, como el escritor en su recuerdo. “Sueña con ese lugar irremplazable, la ceniza misma, donde la impronta singular, como una firma, apenas se distingue de la impresión. Ésa es entonces la condición de singularidad, el idioma, el secreto, el testimonio.”(16) La obra de Reinaldo Arenas puede ser considerada un testimonio. Su obra literaria es un reclamo en contra del régimen castrista. Él mismo nombra sus escritos como denuncias, como reivindicadores de la “libertad”. “Aunque el poeta perezca, el testimonio de la escritura que deja es testimonio de su triunfo que ennoblece y a la vez es patrimonio del género humano”.(17) Reinaldo Arenas sufrió diversas penitencias, la prisión, el rechazo, la humillación, la discriminación y el exilio. Sus memorias pueden ser utilizadas como vestigio histórico. ¿Qué mejor testimonio que su carta de despedida antes de cometer suicidio?
Carta de despedida
La autobiografía de este autor cubano “hace memoria” de los sufrimientos de América Latina. De sus exilios, sus dictadores, sus represiones. Reinaldo Arenas invoca a la remembranza, a la re-construcción de una historia latinoamericana. Su voz es su legado, pero para que ésta se convierta en memoria colectiva, tiene que ser escuchada. “El vínculo con el tiempo es concebido siempre en singular-plural. Lo que significa que hay que ser dos al menos para olvidar, es decir, para administrar el tiempo”.(19)
CONCLUSIÓN: EL OLVIDO FELIZ Ya puedo dormir tranquilo con mi gran hacha
El recordar nos duele. La remembranza implica un trabajo de duelo. El olvido es el reto a superar, pero también la condición del recuerdo. ¿Qué pasaría si no olvidáramos? ¿Es el olvido una disfunción? El olvido ayuda a sepultar el pasado, a crear futuro, nos permite avanzar. ¿No es el olvido el que permite nuestra existencia? Y si vivieras en la absoluta condena de revivir lo vivido, ¿si no existiera pasado existiría “yo”? ¿La vida sería vida sin muerte? “Ése es el miedo que yo tengo: que seamos eternos, porque entonces sí que no tenemos escapatoria.”(20) Para mí el olvido es la entrega final, la escapatoria… es un olvido feliz. –Vamos a dormirnos de nuevo para ver si se te vuelve a ocurrir la idea. Y si se te ocurre me llamas corriendo. –Está bien. Ya estoy dormido. –Yo también. –Ya estoy soñando. –Ya estoy soñando. –¡Aquí está la idea! –¡Ya la oigo! Pero se me olvida enseguida, una palabra hace páfata y se lleva a la otra, y de la única que me acuerdo siempre es de la última. Trata de meter todo el sueño en una sola palabra para ver si así no se nos olvida.(21)
Bibliografía Reinaldo Arenas, Antes que anochezca, Autobiografía, Barcelona, 5ª edición, Tusquets Editores (Colección andanzas), 1995 (1992). ______, Celestino antes del alba, Barcelona, Tusquets Editores (Colección Andanzas), 2000, 238 pp. ______, Otra vez el mar, Barcelona, Tusquets Editores (Colección Andanzas), 2002. Jacques Derrida, Mal de archivo. Una impresión freudiana, Tr. del francés de Paco Vidarte, Madrid, Editorial Trotta (Colección estructuras y procesos), 1997 (1995). Paul Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido, Tr. del francés de Agustín Neira, Madrid, Editorial Trotta (Colección Estructuras y Procesos), 2003 (2000).
NOTAS (1) Reinaldo Arenas, Celestino antes del alba, Barcelona, Tusquets, 2000, p. 12.
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