GUIDO L. TAMAYO

Ars poética

 

Li Ching empuñó con destreza la última espada y con rápido gesto atravesó el cajón de negra y hermosa caoba. Después vino el aplauso cerrado, la celebración del prodigio, la genuflexión agradecida del mago y su saludable consorte. Caído el telón y ya desierta la sala, del antiguo cajón de fina madera empezó a brotar un surco de sangre que fue a manchar la pulcra superficie del escenario.