Con la
muerte de mis padres finalizó mi propedéutico. Vendría
mi turno. Diez años después, una mañana,
sentado en el trabajo, vino un relámpago que casi me fulminó.
Me quedé largo rato clavado en la silla. No entendí
lo que había sentido, de dónde y por qué
venía. Había llegado el tiempo de las preguntas
sin respuestas. Pasado el relámpago, continué con
mis haceres y mis ensueños habituales. Fue un aviso. Nacido
bajo el signo de Cáncer, aquel relámpago había
marcado el inicio de un cáncer. Sin saberlo entonces, comenzaba
mi agonía. A las pocas semanas aquel dolor se fue haciendo
más y más persistente. Duraba cada vez más
y se ausentaba cada vez menos. Poco a poco me fue invadiendo,
y en ese apoderarse de mí, crecía sin descanso en
intensidad. Mi metamorfosis se realizaba en silencio. El cáncer
es idéntico al proceso de ser poseído. No diré
"por los demonios" porque no estamos en el siglo XVII.
Algo, un algo implacable se apodera de quien lo
padece, crece a expensas de lo que uno reconoce como su propio
cuerpo, pero eso que cobra vida no es en realidad parte del cuerpo
que uno es. Presencié atento, pues era visible, el crecimiento
de un tumor en mí, esa parte de mi cuerpo que no era parte
mía hasta que lo fue.
Pasé
por las manos de varios médicos. Cada uno de ellos recorrió
todos los diagnósticos posibles, menos uno. Me inflaron
de antibióticos y de cuanta porquería se les ocurrió
que fuera yo a comprar en la farmacia. El dolor espiritual es
simplemente una patraña, una derivación tramposa
del único dolor que existe: el dolor físico y la
inimaginable exasperación que trae consigo. La experiencia
del dolor acarrea ciertas vivencias prodigiosas. Cuando creía
llegar al límite de lo que podía soportar, el dolor,
ya continuo, en ningún momento desaparecía, aumentaba
un poco más. De este círculo no había salida.
Sucedió entonces el mayor de los prodigios. Ese dolor produjo
la disgregación de mi persona. ¿Por cuánto
tiempo? Ahí no había tiempo. Ya no había
voluntad contra el dolor. No tenía esperanza alguna de
que disminuyera. No era a mí a quien le dolía. Fuera
de mí, regado en añicos, y fuera del tiempo, sin
futuro ya que me trajera una promesa de alivio, era un solo instante
dilatado, repitiéndose una y otra vez, y mi conciencia
fija, absorta, en esa parte de mi cuerpo de la que emanaba una
sensación tan poderosa que las otras partes ya no existían.
Todo lo que me rodeaba enmudeció. La única presencia
era esta vorágine que me devoraba. Permanecí en
un sofá. La imagen que conservo de mí está
relacionada con la mirada animal de mi madre. Me quedé
ahí, hecho un ovillo, en la postura de un animal acorralado,
jadeante, moribundo. No cabe duda: el dolor es el éxtasis.
Hay
otras imágenes que me raptan cuando las evoco. No voy a
escatimárselas. En la mesa de operaciones, anestesiado
pero consciente, flotando gracias al cocktail llamado "valemadres"
que me habían dado, le contaba un chiste de paletos en
Madrid al cirujano mientras él se dedicaba a su negocio.
De pronto, interrumpí el chiste para mirar extasiado un
montón de gasas y esparadrapos que colgaban de la pared.
Le pregunté que si esa sangre era mía. Me dijo que
sí. Seguí mirando ese amasijo ensangrentado. Fuera
de mí, flotando, el éxtasis.
Mi recuperación
tuvo lugar en el Pasillo de la Muerte. Paseando de aquí
para allá, porque a güevo debía de caminar,
varias puertas tenían toda clase de advertencias. No tardé
mucho en darme cuenta de lo que se trataba. Cuando las advertencias
desaparecían, el enfermo de sida que ocupara la habitación
había muerto. Estaba en el lugar correcto. La mayoría
de los pacientes de aquel piso nos repartíamos la gloria
de ser sidosos o cancerosos. Durante uno de esos paseos, sorprendí
la conversación entre dos doctores. Hablaban del fiambre
de la cama equis. Dio la casualidad de que el fiambre de la cama
equis era yo. Se sintieron como cucarachas cuando me vieron. No
me enojé porque tenían toda la razón. Así
me sentía: un auténtico fiambre. En aquella sala
de médicos había un pizarrón. En él
estaba escrito mi nombre entre otros nombres selectos. Debajo
aparecía detallada la ruta crítica de mi estado
crítico. Verme allí me llenó de orgullo absolutamente
infantil.
Todo
lo anterior, propedéutico y tumor incluidos, se convirtió
en un juego de niños. Apenas algo recuperado, me visitó
un grupo de batas blancas. Desde que ingresé en el hospital,
hice un trato explícito con cuanto doctor me revisó
y habló conmigo. "Nada de rodeos". "Las
cosas como son, y punto. Me las dicen, y listo". "Nada
de mandarme recados con terceros". Cada vez que repetía
esto, la verdad por dentro me orinaba del terror. Dicho y hecho.
Así que después de entrar, el jefe bata blanca me
soltó a bocajarro: "usted necesita quimioterapia".
Días después pregunté al oncólogo
cuáles podían ser los efectos colaterales. Inocente
de mí. No eran colaterales, sino letales. Enlistó
las secuelas que podían dejarme la bleomicina y el cisplatino.
La lista, no exagero, fue tenebrosa. "O sea", le pregunté,
"la quimioterapia, o me mata o me salva". Como respuesta
recibí un sí lacónico. No era momento para
sarcasmos. "¿Cuando comenzamos?" "Cuando
consiga usted los medicamentos". Eché un volado, pedí
sol y me salió sol.
Otra
imagen que me arroba es el ritual sangriento con el que iniciaba
cada sesión de la quimioterapia. Una aguja descomunal me
penetraba por el cuello hasta la yugular, y por el interior de
ese arpón, el médico deslizaba una sonda hasta el
corazón. Por ahí entraban los venenos que me administraban
durante cinco días. Era una fiesta de sangre derramada;
era el horror puro, y era también el éxtasis. La
quimioterapia fue el paroxismo. Pasar por ese ritual sangriento
una vez, otra vez, otra vez y saber de antemano lo que me esperaba.
En esos meses regresé con mayor intensidad a la condición
de animal acorralado, jadeante, moribundo. Terminaba los venenos,
diez días en casa para ponerme en forma es un decir
y ¡venga, a conquistar el mundo!, volvía al trabajo,
organizaba una exposición, me ocupaba de un ciclo de cine,
grillaba con éste o con aquél, y al cabo de dos
semanas, cerraba el escritorio, cerraba la puerta de la oficina,
cerraba mi vida y el mundo se cerraba. Era hora de regresar a
mi agonía. La repetición de este ritual ha sido,
quizá, la experiencia más fascinante que he vivido.
Condujo a su clímax la disgregación de mi persona.
Estados que no intentaré describir porque son indescriptibles.
Desdoblamientos, doblamientos, múltiples Ignacios que yacían
o caminaban al lado de múltiples Ignacios. Vacíos,
náuseas, vómitos, caídas arriba en un cielo
negro que me trituraba y me engullía. Debo a Sealtiel haber
encontrado el nombre preciso de esta vorágine: es el desorden
de Dios, un desorden que nada ni nadie puede combatir. Incontables
veces me fundí con el cuerpo de mi padre y con el cuerpo
de mi madre. Yo era mi padre; yo era mi madre; fui la inhumanidad
sobrecogedora de su mirada antes de morir. En esto, justo en esto,
reside mi fascinación: haberme acercado a mi morir pero
sin llegar a fallecer. Para no olvidarlo, para volver a vivirlo
según mi capricho y mi antojo. Ha sido igualmente fascinante
esa comunión entera con ellos, haber sido ellos más
de una vez en el paroxismo del dolor, haberlos encontrado en esa
condición sin tiempo, sin futuro, sin promesas, en la que
reina una lógica que sobrepasa la razón y la humanidad.
Otra vivencia de una comunión inigualable fue la impotencia
de Aline por aliviar mi dolor durante aquellos días y aquellas
noches, incrementado por ese dolor sin tregua que nos causaba
su impotencia y mi impotencia.
Y luego,
la Ciudad Doliente. Lasciate ogni speranza voi chentrate.
Dejad toda esperanza, vosotros los que entráis. Este
verso de Dante debería estar escrito en la entrada de la
consulta de Oncología en Nutrición. Desde hace diez
años, innumerables veces he vuelto al infierno. Jamás
he permitido que Aline me acompañara; quien no esté
condenado a ver lo que hay dentro, mejor. Además, existe
un pacto tácito entre los habitantes de la Ciudad Doliente.
No nos gustan los extraños. También nosotros tenemos
nuestra vanidad, que es inversamente proporcional a la
masacre que un día sufrió nuestra persona. Cada
cual, en su asiento, se dedica a rumiar su memoria. Existe entre
todos una profunda comunión. Nadie cruza palabra con nadie.
Los otros son el espejo donde cada cual se abisma contemplándose.
La suma de todos esos desastres vivientes es abrumadora. Es el
éxtasis.
Y esto,
¿qué tiene que ver con Bataille? Todo. Bataille
es el único escritor que nunca he necesitado entender.
Cuando lo leo, me fundo con sus frases, me disgrego en ellas.
Por ejemplo: "El dolor me ha formado el carácter";
otra, "Me duermo; después de una hora, despierto.
La sangre, mientras dormía, ha chorreado de mi boca, ha
inundado la almohada y las sábanas entre los pliegues
de las sábanas se esconden coágulos semisecos, o
viscosos y negros. Permanezco aburrido, fatigado. Me imagino una
hemorragia seguida quizá de la muerte. ¡Por qué
no! No quiero morir, o pienso más bien:
la muerte es sucia".
¿Qué
me ha enseñado Bataille? Una sola cosa. La carcaja da como
única respuesta que me coloca a la altura del desorden
de Dios.
¿Qué
vio mi madre poco antes de morir? Hace tiempo, mi hija Leonor
resolvió este misterio. Habíamos visto juntos la
película En busca del valle dorado, la historia de un brontosaurio
bebé, un cuello largo cuya mamá había muerto
tras luchar contra el Tiranosaurio Rex. En una ocasión
posterior, sin venir a cuento, mientras íbamos en coche
por Insurgentes, me preguntó desde sus cuatro años
de edad si su otra abuela, mi madre, había muerto por haber
luchado contra el Tiranosaurio Rex. Casi nos estrellamos. ¡Eureka!
Eso fue lo que vio mi madre. La quijada desmesuradamente abierta
del Tiranosaurio momentos antes de atacarla, despedazarla y devorarla.
Ante el aliento nauseabundo que la envolvía, ella sólo
pudo ofrecer la inhumanidad de su mirada. En cuanto a mí,
ráfagas de ese tufo asqueroso me han acariciado. Hasta
ahora, los dos hemos tenido nuestras escaramuzas. Ha sido mi suerte
que finalizaran en empate. Sin embargo, cuando ocurra el combate
final, no me engaño, ya sé quién ganara.
¿Por
qué he contado todo esto? Porque al recordar ese desorden
de Dios vuelvo a vivirlo, y el revivirlo me estremece al mismo
tiempo que me mata de la risa. Porque quiero celebrar estos diez
años en que aún no me ha llegado la hora de combatir
a muerte contra el Tiranosaurio Rex.
idiazser@avantel.net
Ignacio Díaz de la Serna, "El desorden de
Dios", Fractal n° 9, abril-junio, 1998, año 3, volumen III, pp.
11-18.