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Así pues, los
físicos no se han dejado amilanar por las fealdades de su
modelo estándar, que consideran contingentes. Eso no significa,
sin embargo, que hayan renunciado a formular otros modelos. Uno
de ellos comienza hoy a competir fuertemente con el modelo estándar:
la teoría de cuerdas. Se trata de una teoría muy poderosa
matemáticamente, aunque tan complicada que sus defensores
se han visto forzados a hacerle unas cuantas simplificaciones, lo
que ha dado como resultado que hoy haya al menos dos "versiones"
de la teoría. Con todo, parece casi imposible probar experimentalmente
la teoría de cuerdas, al menos con los medios que hoy tenemos
a mano.
No daré más
detalles de esta teoría. Baste citarla para mostrar que los
físicos se encuentran indecisos ante una pequeña oferta
de teorías que se presentan como las mejores candidatas a
trazar la tabla de las partículas y, consecuentemente, a
expresar las leyes de la física de una forma única,
coherente y sin remiendos. Lo malo del asunto es que, para decidir
si una de ellas (el modelo estándar) es o no la verdadera
Teoría Final, se requiere de mucho dinero. La falta de recursos
para construir un acelerador de partículas capaz de dirimir
esta cuestión no sólo ha restado espectacularidad
y emoción a la física de los últimos años
sino que, según Weinberg, la ha colocado en una suerte de
impasse que ha hecho disminuir el número de estudiantes de
física en los Estados Unidos.
El
superacelerador
Para aquilatar sus
aproximaciones a una tabla final de las partículas, los físicos
necesitan probar experimentalmente la validez de los principios
que emplean para formularla. En el momento actual de la teoría,
esto implica construir un acelerador mucho más potente (y
por lo tanto mucho más caro) que cualquiera de los hechos
hasta hoy. Con él se podría alcanzar una energía
que nos permitiera probar la existencia o inexistencia de una partícula
esencial para la solidez de la tabla: el bosón de Higgs.
En caso de existir, este bosón daría cuenta de la
forma en que se rompe la simetría entre las fuerzas electromagnética
y débil (es decir, probaría experimentalmente que
las dos fuerzas son, por encima de cierta energía, una misma
y única fuerza, lo que a su vez nos permitiría resolver
un misterio básico de la teoría atómica: por
qué las partículas tienen las cargas que tienen y
no otras.
Algunos proyectos para
construir un acelerador lo suficientemente poderoso para resolver
esta cuestión han rebasado la etapa del mero diseño
en Europa (el llamado LEP, que funcionará
en Ginebra) y en los Estados Unidos (el Supercolisionador Super
Conductor, o SSC). En cuanto al SSC, ha sido
motivo de una larga y agria polémica. Los distintos bandos
se preguntan si vale la pena destinar un presupuesto de ocho mil
millones de dólares (en la versión más optimista),
repartidos a lo largo de una década, para construir un acelerador
tan poderoso. Según lo describe Weinberg, el SSC
sería un óvalo subterráneo de 83 kilómetros
de largo (comparable al periférico de Washington), por el
que correrían en direcciones opuestas dos delgados rayos
de protones de 20 billones de voltios cada uno, dirigidos en su
ruta curva por 3 840 imanes y enfocados por otros 888 imanes (en
total, los imanes requerirían de 41 500 toneladas de acero,
19 400 km de cable superconductor y dos mil millones de litros de
helio líquido para enfriarlos).
Después de años
de debate, el Congreso estadounidense se hizo finalmente eco de
la opinión de muchos físicos y muchos administradores
y el 30 de septiembre de 1993 decidió revocar el presupuesto
acordado para la construcción del SSC, cuyas obras estaban
en marcha desde 1989. En opinión de los físicos opuestos
al SSC, el proyecto habría absorbido prácticamente
todo el dinero asignado a las investigaciones físicas, dejando
"secos" a los proyectos de la llamada "física
pequeña". Este argumento no convence, desde luego, a
Steven Weinberg. Y no es extraño. Él, Abdus Salam
y Sheldon Glashow compartieron el premio Nobel de física
justamente por enunciar la teoría que reúne a las
fuerzas electromagnética y débil en un solo concepto,
el de fuerza electrodébil. Se entiende, pues, que para él
sea importante la construcción de un acelerador capaz de
demostrar la existencia o inexistencia del bosón de Higgs.
En este sentido, su libro Sueños de una teoría final
es (como The God Particle, de Leon Lederman), un alegato en favor
del SSC, una suerte de panfleto largo y sesudo a favor de la "física
grande". Pero es también una diatriba "Contra la
filosofía", según declara sin miramientos el
título de su séptimo capítulo. Esto me parece
importante, no sólo porque el alegato contra la filosofía
aparece en el contexto de una polémica de orden político
y financiero sino, sobre todo, porque no es la primera vez que,
llegados a un punto en el que creen que su ciencia se acerca al
glorioso final que siempre han soñado, los físicos
la emprenden violentamente contra la filosofía. Hagamos un
poco de historia.
Los
fines de siglo se parecen
Fin del XVIII.
En 1883 Ernst Mach (cuyo nombre entendemos hoy como sinónimo
de "velocidad del sonido") publicó un libro fundamental
para el desarrollo del empirismo científico: La mecánica.
Historia crítica de su desarrollo. En él decía
que "Los enciclopedistas franceses del siglo XVIII
imaginaron hallarse cerca de la explicación final
del mundo por medio de los principios físicos y mecánicos;
Laplace llegó incluso a concebir una mente competente para
predecir el progreso de la naturaleza por toda la eternidad, si
fueran conocidas las masas y las velocidades". Tales esperanzas
estaban fundadas en la mecánica de Newton y filosóficamente
hallaban un sustento conforme con la filosofía de la Ilustración
y, más particularmente, con la teoría del conocimiento
de Kant, de modo que nadie podría decir que no fuesen sólidas
esperanzas. Pero no se cumplieron.
Fin del XIX.
Un siglo después en la época en que Mach publicaba
su Mecánica, los físicos hicieron cundir
de nuevo la idea de que era posible enunciar en unas cuantas fórmulas
todas las leyes de la naturaleza. Su optimismo se basaba en que
ahora, además de la mecánica de Newton, contaban con
la teoría electromagnética de Maxwell. Pero si aquello
no significaba que los físicos se convertirían de
pronto en un ejército de desempleados era, simplemente, porque
aún quedaban muchos detalles por resolver. Decía Albert
Michelson, en un discurso pronunciado en la Universidad de Chicago
en 1894:
Aunque nunca es seguro
afirmar que el futuro de la Ciencia Física no nos reserva
maravillas aún más sorprendentes que las del pasado,
parece probable que la mayoría de los grandes principios
subyacentes hayan sido firmemente establecidos y que haya que
buscar los próximos adelantos principalmente en la aplicación
rigurosa de estos principios a todos los fenómenos que
se nos pongan a la vista [...] Un físico eminente ha señalado
que las futuras verdades de la ciencia física deben ser
buscadas en la sexta posición de los decimales.
Michelson recibió
el premio Nobel de física en 1907, pero fue también,
paradójicamente, coautor de un experimento tan singular
que para "explicarlo" fue necesaria una teoría
revolucionaria: la relatividad especial. Con todo, la aparente
suficiencia de su discurso muestra una diferencia notable con
respecto a lo que había ocurrido apenas un siglo antes:
a finales del siglo XIX la filosofía
ya sólo acompañaba a la ciencia, si acaso, muy a
regañadientes. Hermann von Helmholtz (autor de la primera
exposición general de lo que hoy conocemos como "principio
de conservación de la energía") describía
así el asunto en sus Conferencias de 1862:
Es indudable que
a fines del siglo último, cuando la filosofía
kantiana reinaba de un modo supremo, tal cisma [entre la filosofía
natural y las ciencias] no se hubiera proclamado jamás;
antes al contrario, la filosofía de Kant descansaba exactamente
sobre el mismo terreno que las ciencias físicas [...]
De acuerdo con su doctrina, un principio descubierto a priori
por la razón pura se transformaba en una regla aplicable
al método de la razón pura, y nada más,
aunque pudiera no contener ningún conocimiento real y
positivo. La Filosofía de la identidad de Hegel
fue más temeraria: partiendo de la tesis de que no sólo
los fenómenos espirituales, sino incluso el mundo real
la naturaleza y el hombre, eran el resultado de
un acto del pensamiento por parte de una mente creadora, similar
desde luego a la mente humana, sostenía que ésta
era capaz, incluso sin la guía de la experiencia externa,
de comprender los pensamientos del Creador y volverlos a descubrir
en su propia actividad interna. [...] Pero [...] no existe prueba
de que fueran correctas las hipótesis de identidad que
constituyen su punto de partida. Los hechos de la naturaleza
habrían constituido su prueba decisiva [...] y fue en
este punto donde la filosofía de Hegel, nos aventuramos
a decir, falló por completo. [...] Convencido el mismo
Hegel de la importancia de ganar a su causa a los cultivadores
de la ciencia física, arremetió con vehemencia
y acrimonia contra los filósofos naturalistas y de un
modo especial contra Isaac Newton [...] Los filósofos
acusaron a los científicos de estrechez de miras, y los
hombres de ciencia tildaron a los filósofos de extravagantes.
Y en esta pugna muchos hombres de ciencia se apresuraron a despojar
a sus trabajos de todo bagaje e influencia filosóficos,
en tanto que otros, incluidos algunos de extraordinaria perspicacia,
fueron aún más lejos y condenaron a la filosofía
en su conjunto, no ya como meramente inútil, sino incluso
perjudicial.
Fin del XX. A
fines del siglo XX las cosas no parecen muy
distintas. En 1980, cuando fue recibido como Lucasian Professor
en la Universidad de Cambridge, Stephen Hawking pronunció
un discurso comparable al de Michelson. En él sugirió
que la física teórica llegaría a su fin al
mismo tiempo que el siglo. La última línea de ese
discurso dice: "Quizá esté ya a la vista el fin
de los físicos teóricos, si no es que el de la física
teórica". Aunque Hawking ha moderado su optimismo desde
entonces y ahora prefiere suponer que la Teoría Final no
será enunciada antes del año 2010, los motivos que
esgrimía en 1980 siguen vigentes y alegran el corazón
de no pocos físicos. En su opinión, la física
está muy cerca de realizar el viejo sueño de Demócrito
que, expresado en términos del siglo XX,
no es otra cosa que unir la teoría cuántica con la
relatividad general y ofrecer así una sola descripción
para las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza (la fuerte,
la débil, la electromagnética y la gravitacional).
En cuanto a la filosofía, basta echarle un ojo al último
libro de Steven Weinberg para comprobar que la desconfianza de los
científicos por los filósofos no ha hecho sino crecer
a lo largo del último siglo. Dice Weinberg: "No sé
de nadie que haya participado activamente en el avance de
la física en el periodo de la posguerra; de nadie
así cuya investigación haya sido auxiliada significativamente
por el trabajo de los filósofos". Pero no sólo
él combate en este terreno. En su famosísima Historia
del tiempo dice Hawking:
[...] en los siglos
diecinueve y veinte la ciencia se volvió demasiado técnica
y matemática para los filósofos; de hecho, para
todos, excepto unos cuantos especialistas. Los filósofos
redujeron tanto la amplitud de sus investigaciones que Wittgenstein,
el filósofo más famoso de este siglo, dijo: "La
única tarea que le queda a la filosofía es el análisis
del lenguaje". ¡Qué bajón desde la gran
tradición de la filosofía, de Aristóteles
a Kant!
No es de extrañar
que Hawking y Weinberg la emprendan contra un filósofo que
escribió que "Para asombrarse, el hombre y quizá
los pueblos debe despertar. La ciencia es un medio para adormecerlo
de nuevo". Pero ¿qué dirían de Leibnitz,
que escribió algo parecido?: "Toda pasión deja
de ser una pasión en cuanto tenemos una idea clara y distinta
de ella. Es la ciencia lo que mata la pasión". Y es
la ciencia, también, lo que en el siglo XX
quiere matar a la filosofía.
El
bajón filosófico
El pensamiento del siglo
XX podría caracterizarse, de manera
muy esquemática, con unas cuantas ideas básicas. Aunque
muchas de ellas son en realidad producto del XIX,
ha sido nuestro siglo el que les ha sacado jugo. Así, la
historia de las maravillas y atrocidades de nuestra época
sería incomprensible sin nociones como la de deseo y la de
falsa conciencia (el inconsciente de Freud, la ideología
de Marx, la voluntad de poder de Nietzsche), la de lucha de clases,
la de arbitrariedad del signo lingüístico, la de evolución
natural, la de equivalencia entre masa y energía, la de espaciotiempo,
la de cuanto de acción, la de incertidumbre en las mediciones
físicas... La lista no es exhaustiva, desde luego, pero nos
permite vislumbrar dos cosas, en principio contradictorias. Por
una parte, que parece haber un aire de familia, por así decir,
entre algunas de estas ideas. Por ejemplo, entre la arbitrariedad
lingüística y la incertidumbre física, que ven
ambas dos caras de una misma moneda y concluyen que no es posible
o no es pertinente considerar esas dos caras a la vez (ni en física
pueden tratarse al mismo tiempo la velocidad y la posición
de un electrón ni en lingüística pueden tratarse
de la misma manera el plano del significante y el del significado).
Pero por otra parte la lista deja ver también una falta de
solidaridad entre las nociones que se ocupan de fenómenos
naturales y las que tratan fenómenos humanos. Esto es, sin
duda, una consecuencia más del recelo con que durante al
menos dos siglos se han mirado mutuamente los científicos
y los filósofos. Pero las consecuencias de esta divergencia
no son simétricas: es verdad que los filósofos se
han refugiado cada vez más en las llamadas "ciencias
sociales", pero de vez en cuando se ocupan de cuestiones científicas
(aunque sea sólo como historiadores); los científicos,
en cambio, han llegado tan lejos en sus especulaciones teóricas
que hoy se hacen las mismas preguntas "metafísicas"
que la gente común relaciona con la religión o con
la filosofía (¿cómo empezó el universo?,
¿qué es la vida?, etc.), pero sólo atienden
muy de soslayo a la historia filosófica de estas ideas. En
otras palabras, los físicos avanzan sobre un terreno que
antes evitaron como a la peste y que hoy ven como un coto privado.
"Para quienes no ven conflicto alguno entre ciencia y religión
dice Weinberg, la retirada de la religión del
terreno que ocupa la ciencia es casi completa". Sin embargo,
a juzgar por la manera en que algunos físicos nos reseñan
sus primeros pasos por las tierras filosóficas, avanzan aún
a tientas y como haciendo de cuenta que el mapa más reciente
de ese terreno fue hecho en Grecia hace 2 500 años. Ni Hawking
ni Weinberg, por ejemplo, tienen empacho alguno en mostrarnos cómo
se dan a la sencilla tarea de meditar sobre Dios y la religión
desde el punto de vista de la física. Tal vez valga la pena
detenerse en este punto y, citando el título del undécimo
capítulo de Sueños de una teoría final, preguntarnos
"¿Y qué hay de Dios?".
Divulgación
de Dios
Hace unos años,
un entrevistador desapercibido le preguntó a Jacques Lacan
si creía que el psicoanálisis se convertiría
en una religión. Lacan respondió que no, que al final
triunfaría la religión verdadera. Atónito,
el entrevistador preguntó cuál era la religión
verdadera. Lacan dijo sin vacilar: el cristianismo, por supuesto.
Es ley de la prensa
publicar con gran boato las opiniones de las personas famosas o
notables. No importa realmente sobre qué ni qué opinen:
lo que de veras vende es la autoridad que esas personas tienen por
haberse distinguido en alguna actividad. Esto tiene un peso especial
cuando la figura que opina se dedica a actividades "serias"
(distintas, básicamente, del espectáculo). Pero no
son los periodistas los únicos culpables. Lo mismo ocurre
cuando un científico prescinde del entrevistador y se lanza
por cuenta propia a difundir sus ideas en un libro destinado al
público general. Suele haber en ello algo de divulgación
y algo de autobiografía (cuando no también algo de
franca propaganda). En palabras de Wittgenstein, "Los escritos
científicopopulares de nuestros hombres de ciencia no son
la expresión del trabajo arduo, sino el descanso en los laureles".
Tal es sin duda el caso de Weinberg, pero también el de las
obras de divulgación científica y de opinión
general publicadas a principios de este siglo (Einstein, Heisenberg
y Gamow, por sólo mencionar físicos). ¿Puede
decirse, sin embargo, que no hay diferencias entre ellos y que la
visión general de Einstein, por ejemplo, coincide con la
de Weinberg? Responderé con un ejemplo: Paul Valéry
consideraba que Einstein era un artista de primer orden, pero dudo
mucho que hoy pudiese tener la misma opinión de Steven Weinberg.
Y no sólo en razón de la "genialidad" de
cada uno sino, sobre todo, de la ligereza o el comedimiento de sus
palabras en cuanto tratan temas "metafísicos".
Pongamos unos cuantos ejemplos.
Suelen citarse dos
frases de Einstein en las que se menciona a Dios. En la primera
el propio Einstein declaraba al New York Times que creía
en "el Dios de Spinoza, que se revela a Sí mismo en
la ordenada armonía de lo que existe; no en un Dios que se
interesa en los destinos y los actos de los seres humanos";
en la segunda mostraba su desconfianza del principio de incertidumbre
de Heisenberg diciendo que "El buen Dios no juega a los dados
con el universo". Como puede verse en sus ensayos, Einstein
concebía al "Dios de Spinoza" como la armonía
y unidad de la naturaleza cosa que en la terminología
de Weinberg se llama "reduccionismo", aunque a veces
este concepto resulta más bien sinónimo de "condiciones
iniciales del universo". En cualquier caso, al hablar de Dios,
Einstein y sus contemporáneos esquivaban prudentemente todo
conflicto directo con la religión y se contentaban con tomar
el concepto como una especie de "testigo" filosófico
para sus teorías. Así, el concepto de Dios funcionaba
más o menos como lo hace hoy el llamado "principio antrópico",
según el cual no puede ser válida ninguna teoría
científica que nos impida trazar la historia del universo
hasta dar con la humanidad. Ambos conceptos son extrafísicos
(o, dicho con propiedad, metafísicos) en el sentido en que
ninguno de ellos es resultado de una medición, pero no por
ello dejan de modelar un pensamiento y definir una actitud homogénea
frente a dos visiones que, como hemos visto, se han repelido ya
durante siglos: la ciencia y la moral. Einstein escribió
en De mis últimos años:
Cuanto más
imbuido está un hombre de la ordenada regularidad de todos
los acontecimientos, más firme se hace su convicción
de que nada queda, por causas de diversa naturaleza, fuera de
esta ordenada regularidad. Para él no existe ley humana
o divina que actúe como causa de acontecimientos naturales.
Sin duda, la doctrina de un Dios personal que se interpone en
los acontecimientos naturales nunca podría ser refutada,
en el real sentido de la palabra, por la ciencia, pues esta doctrina
puede refugiarse siempre en dominios en que el conocimiento científico
aún no ha puesto el pie.
Esta posición
podría ser forzada hasta hacerla coincidir con la de Hawking,
según el cual "si el universo se halla realmente autocontenido,
y no tiene límites ni bordes, no tendría entonces
principio ni final: simplemente sería. ¿Qué
lugar habría, entonces, para un creador?". Pero también
podría tocarse, más moderadamente, con la opinión
de Von Helmholtz sobre el fracaso del hegelianismo; es decir, con
el punto en que los científicos observan una división
entre el mundo moral y el mundo físico. Stephen Jay Gould
advierte la misma disyuntiva filosófica en un artículo
publicado en el Scientific American (julio de 1992): "La
ciencia dice se ocupa de la realidad fáctica,
mientras que las religiones tratan de la moralidad humana".
Para Weinberg, en cambio, la disyuntiva es entre un oscuro callejón
sin salida y el luminoso camino de las verdades simples: "Tiendo
a estar de acuerdo con Gould en la mayoría de las cosas,
pero creo que aquí va demasiado lejos; el significado de
la religión está definido por lo que la gente religiosa
cree de hecho, y la gran mayoría de la gente religiosa del
mundo se sorprendería de ver que la religión no tiene
nada que ver con la realidad fáctica". De este modo,
los argumentos de Weinberg no pueden sino concluir que "las
lecciones de la experiencia religiosa [...] están indeleblemente
marcadas con el sello del wishful thinking".
Pero ¿no hay
algo curioso en estos razonamientos? Si despojáramos a la
física de su valor epistemológico del mismo
modo en que Weinberg despoja a la religión de todo valor
teológico, convirtiéndola en algo apenas más
complejo que una mera superstición; digo, si elimináramos
la epistemología, nos encontraríamos también
con que el significado de la física se reduce a lo que los
físicos creen de hecho. Y los físicos como todos
sabemos y el mismo Weinberg muestra una y otra vez han creído
muchas cosas absurdas. El antes citado Ernst Mach de quien
Einstein se decía "devoto estudiante" consideraba
absurda la idea de átomo; en 1910, en el curso de un debate
con Max Plank, dijo que "si la creencia en la realidad de los
átomos es tan crucial, entonces renuncio al modo físico
de pensar. No seré ya más un físico profesional,
y retiro mis credenciales científicas". Einstein, ya
lo hemos visto, consideró absurdo el principio de incertidumbre
de Heisenberg, y Heisenberg, a su vez, cuestionó la existencia
del quark. ¿Qué pensaríamos hoy si Lederman
no hubiese confirmado experimentalmente la existencia del quark?
¿Seguiríamos
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buscándolo o
ya nos habríamos resignado a decir que no fue más
que una hipótesis fallida, una "creencia"? Esa
misma pregunta nos planteamos hoy en cuanto al bosón de Higgs,
pero a ese respecto podemos adelantar un resultado: no es probable
que la respuesta, sea cual sea, cambie en absoluto el sistema de
pensamiento de la física, aunque en uno de los casos nos
veremos forzados a desechar la teoría electrodébil
de WeinbergSalam. Y ésta es quizá otra diferencia
con Einstein. Aun cuando sus teorías no se hubiesen verificado,
la física había ya sufrido una transformación
radical en su manera de pensar. Paul Valéry pone estas palabras
en boca de los personajes que dialogan en La idea fija:
Todo eso es
muy bonito dijo el doctor, ¿pero si ese gran
trabajo no es verificable, si la experiencia lo desmiente un buen
día?... No es más que una curiosidad para especialistas.
Si esta obra
admirable palidece, no por ello habrá transformado menos
radicalmente todas nuestras ideas sobre la naturaleza física
[...] Podemos apreciar como geómetras lo que desechamos
como físicos.
Pero, ¿qué
significa apreciar como geómetras? En palabras de Einstein,
citadas otra vez por Valéry, "La distancia entre la
teoría y la experiencia es tal que es necesario encontrar
puntos de vista de arquitectura". ¿Podríamos
ver en estos "puntos de vista de arquitectura" algo así
como el concepto de simetría que se emplea hoy para describir
a las partículas, más cercano de los cuerpos sólidos
de Platón que de los átomos de Leucipo y Demócrito?
Heisenberg, al expresar sus dudas en cuanto a la existencia del
quark, lo exponía así:
Pero aun cuando se
descubrieran los quarks, serían a su vez divisibles, por
lo que sabemos, en dos quarks y un antiquark, etc., es decir,
no serían más elementales que el protón.
Así de difícil es liberarse de una vieja tradición.
Lo que realmente hace falta es un cambio en los conceptos fundamentales.
Tendremos que abandonar la filosofía de Demócrito
y el concepto de partícula elemental. Y en lugar de ello
deberíamos aceptar el concepto de simetrías fundamentales
que deriva de la filosofía de Platón. [...] Con
todo, no creo que aparte de este cambio conceptual vaya a haber
ninguna ruptura espectacular.
El
lenguaje del modelo
Hemos visto ya que
los físicos hablan de "Dios" y del "principio
antrópico" a pesar de que no pueden dar una definición
precisa de ellos. Los usan con manga ancha y sin muchas preocupaciones;
no son más que "una manera de hablar" de sus propias
teorías. Pero esto les resulta desagradable a los más
rigurosos, para quienes la ciencia no sólo es la forma
de hablar sino que es, de hecho, la forma en que habla el universo.
La idea, según Wittgenstein, ha arraigado: "Los hombres
de hoy creen que los científicos están ahí
para enseñarles; los poetas y los músicos, para alegrarlos.
Que éstos tengan algo que enseñarles es algo
que no se les ocurre". A Weinberg, ya lo hemos visto, no le
parece que haya nada que aprender de la filosofía y lo más
que llega a apreciar en filósofos como Wittgenstein y Feyerabend
es que sean "una lectura entretenida". ¡Y eso que
hablamos de filosofía, no de lengua natural! En cuanto a
esta última, dice Weinberg: "tan irrelevante es la filosofía
de la mecánica cuántica para su uso que uno empieza
a sospechar que todas las cuestiones profundas sobre el significado
de la medición están realmente vacías, que
nos han sido imbuidas por nuestro lenguaje, un lenguaje que se desarrolló
en un mundo casi enteramente gobernado por la mecánica clásica".
Su argumento es harto simple y consiste en reprochar al lenguaje
sus prejuicios alegando algo así como: "todos decimos
que el Sol sale por el Oriente y se oculta por el Poniente, como
si diera vueltas alrededor de la Tierra, pero la ciencia prueba
que esta ilusión se debe a que la Tierra gira sobre su propio
eje". Muy bien, pero si lo que queremos es discutir cómo
se construye el modelo de la física y no simplemente
sancionar la vieja disputa entre las verdades científicas
y las creencias populares (que para Weinberg son, en este caso,
construcciones lingüísticas), entonces habrá
que preguntarse por las leyes que rigen (o, si es el caso, que hacen
necesaria) la relación entre el lenguaje y la mecánica
newtoniana. En efecto, ¿se trata acaso de una relación
natural?, ¿la mecánica newtoniana determina al lenguaje,
o es al revés y el lenguaje determina a la mecánica
newtoniana? En términos más generales: ¿qué
relación hay entre el lenguaje científico y la lengua
natural? ¿Es realmente posible comprender al primero sin
implicar necesariamente a la segunda?
Weinberg no se pregunta
este tipo de cosas. Por eso no es extraño que coincida con
Hawking en su desprecio por las teorías de Wittgenstein.
Su peor ataque contra el filósofo se resume en este párrafo:
Ludwig Wittgenstein,
negando aun la posibilidad de explicar un hecho cualquiera sobre
la base de cualquier otro hecho, nos advertía que "en
la base de toda la visión moderna del mundo yace la ilusión
de que las así llamadas leyes de la naturaleza son las
explicaciones de los fenómenos naturales". Tales advertencias
me dejan frío. Decirle a un físico que las leyes
de la naturaleza no son explicaciones de los fenómenos
naturales es como decirle a un tigre que acecha a su presa que
toda la carne es pasto.
Bien por el doctor Weinberg,
pero ¿deja la carne de ser pasto simplemente porque el tigre
no cree que lo sea? ¿Se trata, en suma, de un asunto de meras
creencias? Así parece. En cuanto deja de pisar el sólido
terreno de la física, Weinberg opina, pero jamás
da un juicio. En este sentido no pisa nunca realmente tierras filosóficas,
como tampoco lo hacen Hawking ni Lederman. Y no es extraño.
Aunque es un físico teórico, es también un
hombre práctico y se considera orgullosamente reduccionista:
"Para mí el reduccionismo no es una guía para
los programas de investigación dice sino una
actitud ante la naturaleza misma"; es decir, una actitud para
la cual todos los principios científicos pueden ser expresados
en "un conjunto simple de leyes interconectadas". Y así
volvemos, una vez más, a la Teoría de Todo.
Todo
y todo
En la expresión
"Teoría de Todo", la palabra "Todo",
con mayúscula inicial, significa "leyes fundamentales";
es decir, bastante menos que cuando empleamos normalmente la palabra
"todo", con minúsculas. La expresión es
equívoca porque el público general tiende a ver en
ella una promesa descabellada; a saber, que con unas cuantas fórmulas
podremos describir todos los fenómenos físicos del
universo, desde el átomo de hidrógeno hasta el vaivén
de las mareas y el caprichoso latir del corazón. Esto, desde
luego, no será así. La formulación física
de Todo es la formulación de unos cuantos principios
que subyacen en todos los fenómenos naturales, pero ello
no significa que siempre vaya a ser pertinente emplear sus ecuaciones
para describir un fenómeno determinado, como no es pertinente
emplear la teoría de la relatividad para describir la caída
de una manzana. En este sentido, no es del todo absurdo imaginar
que la formulación final de una Teoría de Todo encontrará
escasas oportunidades de aplicación a los fenómenos
presentes y se contentará, sobre todo, con explicar cómo
el universo llegó a ser lo que es; es decir, por qué
es históricamente simétrico, homogéneo
y armonioso.
La pompa con que se
ha anunciado la inminente aparición de una Teoría
Final sugiere que la historia de la humanidad se dividirá
en antes y después de esa Teoría, pero nos hace olvidar
que otras teorías también merecerían llevar,
con toda justicia, el nombre de Teoría de Todo. En su tiempo,
como vimos al principio de estas páginas, la tabla periódica
de Mendeleiev fue una Teoría de Todo (y en el nivel molecular
lo sigue siendo), como lo son a su modo la teoría de la evolución
y el modelo de los ácidos mensajeros. No quiero decir que
estas teorías no hayan dado un vuelco al corazón de
los hombres; sino que de ellas no hay que esperar algo que sólo
existe en los libros de divulgación científica, pero
no en la teoría misma. Si a algunos físicos les gusta
adoptar la posición hegeliana (según la vimos descrita
por Hermann von Helmholtz) y decir que estamos a punto de comprender
"el pensamiento de Dios", aceptemos la metáfora
como lo que es: una metáfora, no una teoría. Porque
para una verdadera teoría física no existe una cosa
tal como "el pensamiento de Dios".
fscamelo@prodigy.net.mx
Francisco Segovia,
"El
sueño de Weinberg", Fractal
n° 9, abril-junio,
1998, año 3, volumen II, pp. 41-60.
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