Lo primero
que se reconoce es la pérdida de la patria y de la lengua
en un medio nuevo, pérdida que Conrad hace aparecer, con
toda severidad, como irredimible, inexorablemente angustiosa,
despiadada, intratable, siempre aguda, razón por la cual
me he pasado años leyendo y escribiendo sobre Conrad como
en un cantus firmus, un bajo obstinado en mis numerosas
experiencias. Durante años parecía estar yo pasando
por el mismo tipo de vivencia en los trabajos que realicé,
pero siempre a través de los escritos de otros. No fue
sino hasta comienzos del otoño de 1991 cuando un desagradable
diagnóstico me reveló de pronto lo que debí
haber sabido de la mortalidad antes de intentar encontrarle sentido
a mi propia vida, conforme su fin, de manera alarmante, parecía
estar cada vez más próximo. Unos meses después,
tratando todavía de asimilar mi nueva condición,
me puse a escribir una larga carta explicativa a mi madre, fallecida
hacía casi dos años; una carta que dio inicio a
un intento tardío de imponerle una narración a la
vida que yo había dejado casi librada a sus propios recursos,
desorganizada, esparcida, sin un centro. Había hecho una
carrera decente en la universidad, había escrito bastante,
había adquirido una reputación nada envidiable (la
del "profesor del terror") por mis escritos, mis discursos
y mi participación en asuntos palestinos y, en general,
del Medio Oriente, del Islam y en contra del imperialismo, pero
rara vez me detuve a ordenar ese desbarajuste. Trabajaba compulsivamente,
rara vez tomé vacaciones, pues no me gustaban, e hice lo
que hice sin preocuparme mayor cosa (si acaso llegaba a preocuparme)
de problemas como la esterilidad, la depresión o la falta
de productividad del escritor.
Entonces,
de buenas a primeras me di cuenta de que apenas tenía tiempo
para investigar una vida cuyas excentricidades había aceptado
como tantos otros hechos de la naturaleza. Una vez más
reconocí que Conrad se me había adelantado, salvo
porque él fue un europeo que dejó su Polonia natal
y se convirtió en inglés, por lo que para él
la mudanza tuvo lugar más o menos dentro del mismo mundo.
Yo nací en Jerusalén donde pasé la mayor
parte de mis años formativos y, después de 1948,
en Egipto, cuando se refugió allá toda mi familia.
Sin embargo, mi educación elemental transcurrió
en escuelas coloniales de elite, instituciones públicas
inglesas que los británicos destinaban a educar generaciones
de árabes con vínculos naturales con la Gran Bretaña.
La última a la que asistí antes de salir del Oriente
Medio hacia Estados Unidos fue el Victoria College, en El Cairo,
escuela que, en efecto, se fundó para educar a la clase
gobernante de árabes y levantinos que habrían de
asumir el poder tras la retirada de los ingleses. Entre mis contemporáneos
y condiscípulos estuvieron el rey Hussein de Jordania,
varios jóvenes jordanos, egipcios, sirios y sauditas que
luego fueron ministros, primeros ministros y hombres de negocios
destacados, como Michel Shalhoub, jefe de prefectos de la escuela
y torturador principal cuando yo era un muchacho relativamente
joven, y al cual todo mundo ha visto en la pantalla como Omar
Sharif.
Una
vez que se ingresaba al VC, le daban a uno
el manual de la escuela, el cual consistía en una serie
de normas concernientes a todos los aspectos de la vida escolar:
el tipo de uniforme que usaríamos, el equipo necesario
para los deportes, las fechas de las festividades escolares, los
horarios de autobuses, etc. Pero la primera regla, proclamada
en la primera página del manual, rezaba: "El inglés
es el idioma de la escuela; los estudiantes que sean sorprendidos
hablando en cualquier otro idioma serán castigados".
Sin embargo, entre los estudiantes no había hablantes nativos
del inglés. Mientras que los maestros eran todos británicos,
nosotros éramos una tropa heterogénea de árabes
de varios tipos, armenios, griegos, italianos, judíos y
turcos, cada quien con su propia lengua materna que la escuela
había proscrito expresamente. No obstante, todos o casi
todos nosotros hablábamos árabe muchos hablaban
árabe y francés por lo que podíamos
refugiarnos en una lengua común, desafiando lo que nos
parecía una rigidez colonial injusta. Al terminar la segunda
guerra mundial, el poder imperial británico se aproximaba
a su fin, hecho al que no éramos ajenos, aunque no puedo
recordar a ningún estudiante de mi generación que
hubiera sido capaz de expresarlo con la debida claridad.
Conmigo
las cosas se complicaban, porque aunque mis padres eran palestinos
de Nazaret mi madre, mi padre de Jerusalén,
mi padre había obtenido la ciudadanía estadounidense
durante la primera guerra mundial, cuando sirvió en la
American Expeditionary Force, al mando de Pershing en Francia.
Había salido primero de Palestina, que entonces era provincia
otomana, en 1911, a la edad de 16 años, para evitar que
lo alistaran para combatir en Bulgaria. Así que se fue
a Estados Unidos, estudió y trabajó ahí unos
años, luego regresó a Palestina en 1919 para dedicarse
a los negocios al lado de su primo. Además, con un apellido
árabe tan poco excepcional como Said, unido a un nombre
de pila improbablemente británico (mi madre admiraba mucho
al príncipe de Gales en 1935, año en que nací),
fui un estudiante engorrosamente anómalo durante mis primeros
años: un palestino que asistía a la escuela en Egipto,
con nombre inglés, pasaporte estadounidense y ninguna identidad
definida. Para colmo de males, el árabe mi lengua
materna y el inglés la de la escuela
se mezclaban de manera inextricable: nunca he sabido cuál
fue mi primera lengua ni me he sentido completamente a gusto con
ninguna, aunque sueñe en ambas. Cada vez que pronuncio
una frase en inglés me descubro pensándola en árabe,
y viceversa.
Todas
estas cosas que me pasaban por la cabeza en esos meses posteriores
a mi diagnóstico me revelaron la necesidad de pensar sobre
ciertas cosas finales. Pero lo hice en una forma que para mí
era característica. Autor al fin de un libro intitulado
Beginnings, me remonté a mis primeros días
de niño en Jerusalén, El Cairo y Dhour el Shweir,
pueblito montañés del Líbano que odiaba pero
al que mi padre nos llevaba año tras año a pasar
los veranos. Me vi reviviendo los novelescos dilemas de mi juventud,
mi sensación de duda y de hallarme fuera de lugar, de sentirme
siempre colocado en el rincón equivocado, en un lugar que
parecía escurrírseme cuando trataba de definirlo
o describirlo. ¿Por qué, recuerdo haberme preguntado,
no había tenido un origen simple, totalmente egipcio o
totalmente algo, en lugar de tener que enfrentarme todos los días
a esas molestas preguntas que remitían a palabras que parecían
carecer de un origen estable? La peor parte de mi situación,
la cual sólo se exacerbó con el paso del tiempo,
fue la relación conflictiva entre ingleses y árabes,
con la que Conrad no se tuvo que enfrentar, puesto que su tránsito
del polaco al inglés, pasando por el francés, se
efectuó completamente dentro de los límites europeos.
Toda
mi educación fue anglocéntrica, y tanto que yo sabía
mucho más sobre historia y geografía británica
e incluso india (materias obligatorias) que lo que sabía
de historia y geografía del mundo árabe. Aunque
me enseñaron a creer y pensar como alumno inglés,
también me enseñaron a comprender que era extranjero,
un Otro no europeo, educado por mis superiores a entender mi condición
y no aspirar a ser británico. La línea divisoria
entre Nosotros y Ellos era lingüística, cultural,
racial y étnica. Y las cosas no mejoraban para mí
por el hecho de haber nacido y haber sido bautizado y confirmado
en el seno de la iglesia anglicana, donde cantar himnos belicosos
como "Adelante soldados de Cristo" y "Desde las
nevadas montañas de Groenlandia" más bien me
colocaba en el doble papel de agresor y agredido. Ser a un tiempo
moro y cristiano era como estar permanentemente en guerra civil.
En la
primavera de 1951 me expulsaron por pendenciero del Victoria College,
lo que no significaba otra cosa sino que yo era más visible
y más fácilmente atrapable que los otros niños
en las escaramuzas de costumbre entre míster Griffith,
míster Hill, míster Lowe, míster Brown, míster
Maundrell, míster Gatley y todos los demás maestros
ingleses, de un lado, y nosotros, los chicos de la escuela, del
otro. En el fondo también nos percatábamos de que
el viejo mundo árabe se estaba desmoronando: había
caído Palestina, Egipto se tambaleaba bajo la corrupción
generalizada del rey Faruk y su corte (la revolución que
llevó a poner a Gamal Abdel Nasser y a sus oficiales libres
habría de ocurrir en julio de 1952), Siria pasaba por una
serie vertiginosa de golpes militares; Irán, cuyo sha estaba
casado entonces con la hermana de Faruk, tuvo su primera gran
crisis en 1951, etc. Las perspectivas de los descastados como
nosotros eran tan inciertas que mi padre decidió que lo
mejor sería mandarme tan lejos como fuera posible: de hecho,
a una escuela austera y puritana en el extremo noroeste de Massachusetts.
Ese
día de principios de septiembre de 1951 en que mi madre
y mi padre me dejaron a las puertas de esa escuela y de inmediato
partieron hacia el Oriente Medio quizás haya sido el más
triste de mi vida. Y no es que la atmósfera de la escuela
haya sido rígida y abiertamente moralista, sino que al
parecer yo era el único niño que no era estadounidense
por nacimiento, que no hablaba con el acento debido y que no había
crecido con el beisbol, el basketbol y el futbol. Por primera
vez se me privaba del medio lingüístico al que me
había acogido ante las hostiles atenciones de los anglosajones
cuya lengua no era la mía y que no tenían reparo
en considerarme de una raza inferior y mal vista. Quienquiera
que haya sufrido las molestias diarias de la rutina colonial sabrá
a qué me refiero. Una de las primeras cosas que hice fue
buscar a un maestro de origen egipcio cuyo nombre me había
dado una familia amiga de El Cairo. "Habla con Ned",
me habían dicho, "y él te hará sentir
de inmediato como en tu casa". En la soleada tarde de un
sábado emprendí la larga caminata hasta la casa
de Ned, me presenté ante un hombre moreno y nervudo que
fungía también de entrenador de tenis y le dije
que Freddie Maluf de El Cairo me había mandado a buscarlo.
"Sí, claro", dijo el entrenador de tenis con
un tono más bien frío, "Freddie". De inmediato
me puse a hablar en árabe, pero Ned hizo un ademán
para interrumpirme: "No, hermano, aquí no se habla
árabe. Dejé todo eso cuando llegué a Estados
Unidos". Y ahí acabó la cosa.
Como
venía bien educado del Victoria College, me fue bastante
bien en el internado de Massachusetts, y obtuve el primero o segundo
lugar en una clase de unos 160 muchachos. Pero también
me descubrieron deficiencias morales, como si misteriosamente
hubiera algo que no anduviera muy bien conmigo. Cuando me gradué,
por ejemplo, se me negó la oportunidad de pronunciar ya
fuera el discurso de bienvenida o el de despedida porque, se dijo,
no era yo apto para tal honor juicio moral que desde entonces
se me dificulta entender y perdonar. A pesar de que regresé
al Oriente Medio en las vacaciones (mi familia siguió viviendo
allá y en 1963 se fue de Egipto al Líbano), me fui
haciendo por completo occidental; tanto en la preparatoria como
en la universidad estudié literatura, música y filosofía,
pero nada de eso tenía que ver con mis propias tradiciones.
En los años cincuenta y principios de los sesenta los estudiantes
del mundo árabe se dedicaban casi invariablemente a la
ciencia y eran doctores, ingenieros o especialistas en el Oriente
Medio, y se graduaban en sitios como Princeton y Harvard y luego,
en su mayoría, volvían a sus países para
enseñar en las universidades. Y, por una u otra razón,
casi no los frecuentaba, y esto naturalmente aumentaba mi marginación
respecto de mi propia lengua y mis raíces. Cuando llegué
a Nueva York a dar clases en Columbia, en el otoño de 1963,
me tenían por un maestro con antecedentes árabes
exóticos aunque un tanto intrascendentes recuerdo
que para la mayoría de mis amigos y colegas resultaba más
fácil no decirme "árabe" ni, desde luego,
"palestino", ya que "medio-oriental" era más
fácil y vago, además de ser un término que
a nadie ofende. Un amigo que ya enseñaba en Columbia me
dijo después que cuando me contrataron les dijeron a los
del departamento que yo era ¡un judío de Alejandría!
Recuerdo la sensación de ser aceptado, incluso procurado,
por colegas mayores de Columbia, que salvo una o dos excepciones,
me veían como un académico joven y prometedor, incluso
muy prometedor, de "nuestra" cultura. Como entonces
no había actividad política que se centrara en el
mundo árabe, advertí que mis intereses en la docencia
y la investigación, canónicos aunque ligeramente
heterodoxos, me mantenían dentro del redil.
El cambio
realmente grande ocurrió con la guerra árabeisraelí
de 1967, que coincidió con un periodo de activismo político
intenso en la universidad, a propósito de los derechos
civiles y la guerra de Vietnam. Naturalmente me vi comprometido
en ambos frentes pero, para mí, existía además
la dificultad de tratar de llamar la atención sobre la
causa palestina. Luego de la derrota árabe hubo un vigoroso
resurgimiento del nacionalismo palestino, incorporado al movimiento
de resistencia localizado sobre todo en Jordania y los territorios
recientemente ocupados. Varios amigos y miembros de mi familia
se habían unido al movimiento, y cuando visité Jordania
en 1968, 1969 y 1970 me hallaba entre un grupo de contemporáneos
que pensaban como yo. Sin embargo, en Estados Unidos no compartían
mis ideas políticas; con pocas excepciones, tanto de activistas
en favor de la paz como de simpatizantes de Martin Luther King.
Por primera vez me sentí realmente dividido entre las presiones
recién avivadas de mis raíces y mi idioma, y las
complicadas exigencias de un medio estadounidense que menospreciaba,
y de hecho despreciaba, lo que yo tenía que decir sobre
la lucha en favor de la justicia palestina, la cual era considerada
antisemita y fascistoide.
En 1972
tuve un sabático y la oportunidad de pasar un año
en Beirut, donde invertí casi todo el tiempo en estudiar
filología y literatura árabes, lo que nunca antes
había hecho, al menos no con esa profundidad, obedeciendo
al sentimiento de que había yo dejado que creciera demasiado
la disparidad entre mi identidad adquirida y la cultura en que
había nacido, y de la cual había sido apartado.
En otras palabras, sentía una necesidad tanto existencial
como política de poner una parte de mí mismo en
armonía con la otra, ya que la discusión sobre lo
que había se había llamado "el Oriente Medio"
se transformó en un debate entre israelíes y palestinos,
en el que irónicamente me vi enfrascado en virtud tanto
de mi capacidad para hablar como académico e intelectual
estadounidense, como del accidente de mi nacimiento. A mediados
de los años setenta me encontraba en la compleja aunque
nada envidiable situación de hablar en nombre de dos partidos
diametralmente opuestos, uno occidental y el otro árabe.
Hasta
donde recuerdo, me había permitido prescindir del cobijo
que resguardaba o albergaba a mis contemporáneos. No sé
si eso se debía a que yo era de veras diferente, objetivamente
forastero, o a que por temperamento era yo un solitario; el hecho
es que si bien me apegué a todo tipo de procedimientos
y rutinas institucionales porque así creía que debía
hacerlo, algo dentro de mí se resistía a ello. No
sé qué me hizo contenerme, pero incluso cuando llegué
a estar en la soledad más miserable o al margen de cualquier
relación social, me aferré con toda el alma a mi
apartamiento. Puedo haber envidiado amigos cuya lengua era una
u otra, o que habían pasado toda la vida en el mismo lugar,
o que habían triunfado socialmente, o que tenían
una verdadera filiación, pero no recuerdo haber pensado
jamás que cualquiera de esas posibilidades estuviera a
mi alcance. Y no es que me considerara especial, sino que más
bien yo no encajaba en las situaciones en que me hallaba y, al
mismo tiempo, tampoco me desagradaba demasiado tal estado de cosas.
Además, siempre había propendido al autodidactismo
y a diversas formas de inadaptación intelectual. En parte,
era ese dejo de irresponsabilidad, desde su muy peculiar ángulo
de visión, lo que me atraía a escritores y artistas
como Conrad, Vico, Adorno, Swift, Adonis, Hopkins, Auerbach, Glenn
Gould, cuyos estilos o maneras de pensar eran intensamente individualistas
e imposibles de imitar,
para quienes el medio de expresión, ya fuera la música
o la palabra, tenía una carga de excentricidad, gran elaboración,
y una muy grande conciencia de sí mismo. Lo que me impresionaba
de ellos no era el simple hecho de su inventiva, sino que su empeño
se localizaba deliberada y esmeradamente dentro de una historia
general que ellos habían indagado ab origine.
Conforme
me fui permitiendo asumir la voz profesional del académico
estadounidense a modo de enterrar mi pasado difícil e inasimilable,
comencé a pensar y a escribir en contrapunto, usando las
mitades contrarias de mi experiencia como árabe y como
estadounidense, ya para que colaboraran entre sí o para
que funcionaran una en contra de la otra. Esta tendencia comenzó
a configurarse después de 1967, y si bien fue difícil,
también resultó emocionante. Lo que instigó
el cambio inicial en mi sentido de individualidad y en el lenguaje
que usaba fue darme cuenta de que al ajustarme a las exigencias
de la vida en el crisol estadounidense había tenido yo
que aceptar, de grado o por fuerza, el principio de anulación
del que habla Adorno con tanta perspicacia en Minima Moralia.
La
vida pasada de los emigrados, como sabemos, acaba por anularse.
Anteriormente era la orden de aprehensión, hoy es la
experiencia intelectual lo que se declara intransferible e innaturalizable.
Todo aquello que no se reifica, no puede contarse ni medirse,
deja de existir. Sin embargo, por si esto fuera poco, la reificación
se difunde hasta su opuesto, la vida que no puede actualizarse
directamente; todo lo que vive tan sólo como pensamiento
y memoria. Para eso se ha inventado un rubro especial. Se le
llama "ascendencia" y aparece en el cuestionario como
un apéndice, después del sexo, la edad y la profesión.
Para completar su violación, la vida es remolcada por
el automóvil triunfal de las Estadísticas Unidas
y hasta el pasado deja de estar a salvo del presente, ya que
el recuerdo que éste tiene de aquél lo relega
por segunda vez al olvido.
Tanto
mi familia como yo vivimos apolíticamente la catástrofe
de 1948 (entonces tenía yo 12 años). Durante los
veinte años que siguieron al despojo y expulsión
de sus hogares y su territorio, la mayoría de los palestinos
tuvieron que vivir como refugiados, resignándose no a su
pasado el cual estaba perdido, anulado sino a su presente.
No se piense que trato de insinuar que aquella vida de estudiante
que aprendía a hablar y acuñar una lengua que me
permitiera vivir como ciudadano estadounidense entrañara
nada comparable al sufrimiento de la primera generación
de palestinos refugiados, esparcidos por todo el mundo árabe,
donde las leyes les hacían imposible naturalizarse, incapaces
de trabajar, de viajar, obligados a registrarse y registrarse
cada mes con la policía, forzados muchos de ellos a vivir
en infames campos de concentración como Sabra y Shatila
de Beirut, sitios en que ocurrieron las matanzas 34 años
después. Sin embargo, lo que yo experimenté fue
la supresión de una historia mientras todos a mi alrededor
celebraban la victoria de Israel, su espada terrible y repentina,
como elocuentemente lo expresó Barbara Tuchman, a expensas
de los primeros habitantes de Palestina, quienes ahora se ven
forzados una y otra vez a demostrar que alguna vez existieron.
"No hay palestinos", dijo Golda Meir en 1969, y eso
fue para mí, como para muchos otros, el desafío
un tanto insensato de impugnarla, de comenzar a organizar la historia
de pérdidas y expoliaciones que había que extraer,
minuto a minuto, palabra a palabra, pulgada a pulgada, de la historia
verdadera del poblamiento, la existencia y los logros de Israel.
Me encontraba trabajando en un elemento casi completamente negativo,
la no existencia, la no historia que tenía yo que volver
visible pese a los ocultamientos, las deformaciones y los ninguneos.
Inevitablemente,
esto me llevó a reconsiderar la escritura y el idioma,
que hasta entonces, para mí, estaban animados por un texto
o tema dado: la historia de la novela, por ejemplo, o la idea
de la narración como tema de la ficción en prosa.
Lo que ahora me preocupaba era cómo se constituye el tema,
cómo puede formarse el lenguaje: la escritura como construcción
de realidades que sirven de instrumento a uno u otro propósito.
Era el mundo del poder y las representaciones, un mundo que llegaba
a la existencia como una serie de decisiones tomadas por escritores,
políticos, filósofos, para indicar o insinuar una
realidad y borrar al mismo tiempo otras. El primer intento que
hice de este tipo fue un ensayo corto que escribí en 1968,
intitulado "The Arab Portrayed", en el que pintaba al
árabe según lo han manejado en el periodismo y en
ciertos escritos académicos para eludir cualquier discusión
de la historia y la experiencia como yo y muchos otros árabes
las hemos vivido. También escribí un estudio extenso
sobre la ficción árabe en prosa, posterior a 1948,
en el cual daba cuenta de la fragmentaria y deficiente calidad
de la línea narrativa.
En los
años setenta enseñé un curso de literatura
europea y estadounidense en Columbia y otras partes, y poco a
poco me metí en los mundos políticos e ideológicos
de la política mediooriental e internacional. Cabe mencionar
aquí que durante mis cuarenta años de maestro nunca
enseñé más que el canon occidental; nada
sobre el Oriente Medio. Mucho tiempo he ambicionado dar un curso
de literatura árabe moderna, pero nunca se me ha hecho,
y cuando menos durante 30 años he planeado un seminario
sobre Vico y sobre Ibn Jaldún, el gran historiógrafo
y filósofo de la historia del siglo XIV. Pero mi sentido
de identidad como maestro de literatura occidental ha excluido
este otro aspecto de mi actividad por lo que se refiere al aula.
Irónicamente, el que haya seguido escribiendo y enseñando
mi materia les ha dado a los patrocinadores y las autoridades
universitarias que me han invitado como conferenciante una excusa
para hacer caso omiso de mi embarazosa actividad política
al pedirme expresamente enseñar temas literarios. Y hay
quienes se han referido a mis esfuerzos en pro de mi pueblo, sin
decir jamás de qué pueblo se trata. "Palestino"
era aún una palabra que se prefería evitar.
Incluso
en el mundo árabe, lo palestino me ha granjeado un oprobio
considerable. Cuando en 1985 la Liga de la Defensa Judía
me llamó nazi, le prendieron fuego a mi cubículo
de la universidad y mi familia y yo recibimos incontables amenazas
de muerte; pero cuando Anuar Sadat y Yaser Arafat me nombraron
representante palestino en las negociaciones para la paz (sin
haberme consultado jamás) y me resultó imposible
salir de mi departamento debido a la cantidad de reporteros que
me rodeaban, fui objeto de una hostilidad extrema por parte de
la izquierda nacionalista, pues me consideraban demasiado liberal
en relación con Palestina y la idea de coexistencia entre
los judíos israelíes y los árabes palestinos.
He sido consecuente en mi creencia de que no existe opción
militar para ninguno de los bandos, que la única solución
es un proceso de reconciliación pacífica, y justicia
por lo que los palestinos han tenido que sufrir en una guerra
de expoliación y ocupación militar. Critiqué
también enérgicamente el uso de frases hechas como
"la lucha armada", así como el aventurerismo
revolucionario que ha causado la muerte de gente inocente y en
nada ayudó a la causa política de los palestinos.
"El predicamento actual de la vida privada se demuestra en
su propio escenario", escribió Adorno. "La vivienda,
en su sentido más propio, es ahora imposible. Las casas
tradicionales en que crecimos se han vuelto intolerables: cada
detalle de comodidad se paga con la traición al conocimiento;
cada vestigio de refugio, con el pacto obligado de los intereses
familiares". Y de modo aún más inflexible,
continuaba:
La
casa pertenece al pasado... La mejor actitud al respecto, en
estas circunstancias, sigue siendo la no comprometida, mantenerse
al margen: llevar una vida privada, en la medida en que el orden
social y las necesidades propias no tolerarán otra cosa,
pero sin conferirle importancia como algo socialmente sustancial
e individualmente apropiado. "Parte de mi buena suerte
es incluso no ser propietario de una casa", escribió
Nietzsche en La gaya ciencia. Hoy deberíamos agregar:
parte de la moral es no sentirse a gusto en el propio hogar.
En cuanto
a mí, no he podido vivir una vida sin compromiso o al margen:
no he vacilado en declarar mi simpatía por una causa sumamente
impopular. Por otra parte, siempre me he reservado el derecho
a ser crítico, aun cuando la crítica haya estado
en conflicto con la solidaridad o con lo que otros esperaban en
nombre de la lealtad a la nación. Existe una incomodidad
definida, casi palpable, frente a esa posición, especialmente
dado el carácter irreconciliable de los dos partidos y
de las dos vidas que estos han exigido.
El resultado
neto en mis escritos ha sido intentar una mayor transparencia,
liberarme de la jerga académica y, cuando se trata de asuntos
difíciles, no ocultarme detrás del eufemismo y el
circunloquio. A este tono le he llamado "mundanidad",
pero no me refiero al manoseado savoir faire del cosmopolita,
sino a la actitud enterada y valiente de quien explora el mundo
en que vive. Términos cognados derivados de Vico y Auerbach
han sido "secular" y "secularismo" aplicados
a asuntos "terrenales"; en estas palabras, derivadas
de la tradición materialista italiana que viene desde Lucrecio
hasta Gramsci y Lampedusa, descubrí un importante correctivo
a la tradición idealista alemana de sintetizar los términos
antitéticos, como vemos en Hegel, Marx, Lukács y
Habermas. Porque "terrenal" no denotaba tan sólo
este mundo histórico hecho de hombres y mujeres y no de
Dios ni del "genio de la nación" como lo llamaba
Herder, sino que hablaba de un fundamento territorial de mi argumento
y mi idioma que provenía del intento de entender las geografías
imaginarias ideadas y luego impuestas por la fuerza a países
y pueblos lejanos. En Orientalism y en Culture and Imperialism,
y luego de nuevo en los cinco o seis libros abiertamente políticos
sobre Palestina y el mundo islámico que escribí
por la misma época, sentí que había venido
elaborando un yo que revelaba al público occidental cosas
que hasta entonces habían estado ocultas o no se habían
ventilado en absoluto. Así, al hablar sobre Oriente, hasta
entonces considerado un simple hecho de la naturaleza, traté
de develar la inveterada y multiforme obsesión geográfica
por un mundo a menudo inaccesible que ayudó a Europa a
definirse por el hecho de ser su opuesto. De igual manera, creo
que Palestina, territorio borrado en el proceso de construir otra
sociedad, podría restaurarse como un acto de resistencia
política a la injusticia y el olvido.
A veces
me daba cuenta de que me había convertido en una criatura
peculiar para muchos, incluso algunos amigos, que suponían
que ser palestino equivalía a ser algo mítico como
el unicornio o una variante desahuciada del ser humano. Una psicóloga
de Boston especialista en solución de conflictos, a quien
traté en varios seminarios en los que participaron palestinos
e israelíes, una vez me llamó desde Greenwich Village
para preguntarme si podía venir a la ciudad a visitarme.
Al llegar, entró, vio con incredulidad mi piano y, con
un dejo de decepción, me dijo "Ah, de veras toca usted
el piano", y luego se volvió en actitud de marcharse.
Cuando le pregunté si quería tomar una taza de té
antes de irse (después de todo, le dije, ha venido usted
desde muy lejos como para una visita tan corta) me dijo que no
tenía tiempo. "Sólo vine a ver cómo
vive usted", me dijo, sin asomo de ironía. Otra vez,
un publicista de otra ciudad se negó a firmar mi contrato
hasta que hubiera yo comido con él. Cuando le pregunté
a su ayudante por qué era tan importante que comiera conmigo,
me informó que el señor quería ver cómo
me comportaba yo a la mesa. Por fortuna, ninguna de esas experiencias
me afectó demasiado: siempre tenía yo prisa por
preparar una clase o cumplir con algún plazo, y a propósito
evitaba hacerme las preguntas que habrían acabado por llevarme
a una depresión irremediable. En todo caso, la Intifada
palestina que surgió en diciembre de 1987 confirmó
a nuestro pueblo en una vía aún más extrema
y exigente que todo lo que yo haya podido decir. Sin embargo,
no mucho tiempo después me había convertido en una
personalidad emblemática, arrastrado por unos cuantos centenares
de palabras escritas o por una declaración de diez segundos
como testimonio de "lo que dicen los palestinos", y
estaba decidido a huir de ese papel, sobre todo por mis desacuerdos
con la dirigencia de la OLP de finales de los años ochenta.
No sé
si llamar a esto una permanente autoinvención o una inquietud
constante. De cualquier modo, la tengo en gran aprecio. La identidad
como tal es un tema de lo más aburrido que se pueda imaginar.
Nada parece menos interesante que el autoestudio narcisista que
hoy por hoy pasa en muchos lugares por política de identidad,
o por estudios étnicos, o por afirmación de las
raíces, orgullo cultural, nacionalismo exaltado, etc. Tenemos
que defender a los pueblos e identidades amenazadas con la extinción
o sometidos por ser considerados inferiores, pero eso es muy diferente
de agrandar un pasado que se inventó por motivos presentes.
Nosotros,
los intelectuales estadounidenses, le debemos a nuestro país
luchar en contra del antiintelectualismo ramplón, de las
amenazas, la injusticia y el provincialismo que lo desprestigian
como la última superpotencia. Es mucho más emocionante
tratar de transformarnos en algo diferente que insistir en las
virtudes de ser estadounidense en el sentido ideológico.
Habiendo perdido un país sin la esperanza inmediata de
recuperarlo, no hallo mayor gusto en cultivar un nuevo jardín,
ni en buscar otra asociación a la cual afiliarme. Adorno
me ha enseñado que la reconciliación a la fuerza
es cobarde y falsa: mejor una causa perdida que una triunfante,
más satisfactorio el sentimiento de lo provisional y contingente
una casa alquilada, por ejemplo, que la solidez que
confiere la propiedad permanente. Esa es la razón de que
los dandies aventureros como Oscar Wilde o Baudelaire se me hagan
intrínsecamente más interesantes
que los panegiristas de las virtudes establecidas como Wordsworth
o Carlyle.
Durante
los últimos cinco años he escrito dos columnas al
mes para la prensa árabe; y a pesar de mi política
extremadamente antirreligiosa con frecuencia se dice en el ámbito
del Islam que soy su partidario y algunos de los partidos islámicos
me consideran su defensor. Nada podría estar más
lejos de la verdad, como no es más cierto que haya sido
yo defensor del terrorismo. La calidad prismática de los
escritos de uno cuando no pertenece a ningún bando, o cuando
no es partidario absoluto de una causa, es difícil de manejar,
pero en eso también he aceptado la irreconciliabilidad
de los diversos aspectos que están en conflicto, o que
al menos no armonizan del todo, de lo que en conjunto he venido
apoyando. Günther Grass define en una frase este predicamento:
el del "intelectual sin mandato". Una situación
complicada ocurrió en 1993 cuando, luego de parecer que
era yo el portavoz aceptado de la lucha palestina, escribí
cada vez más tajantemente sobre mis desacuerdos con Arafat
y su grupo. En seguida se me tildó de contrario a la paz
porque tuve el poco tacto de opinar que el tratado de Oslo tenía
profundas fallas. Ahora que todo se ha calmado, muy a menudo se
me pregunta qué se siente acabar teniendo la razón,
pero yo fui el más sorprendido de todos: la profecía
no figura entre mis armas.
Durante
los últimos tres o cuatro años he intentado escribir
los recuerdos de mis primeros años es decir, los
prepolíticos más que nada porque creo que
son una historia que vale la pena rescatar y conmemorar, toda
vez que los tres lugares en que crecí han dejado de existir.
Palestina es ahora Israel; el Líbano, luego de veinte años
de guerra civil, a duras penas podría ser hoy el sitio
tieso y aburrido que era cuando pasábamos nuestros veranos
encerrados en Dhour el Shweir; y el Egipto colonial y monárquico
desapareció en 1952. Mis recuerdos de esos días
y esos lugares siguen siendo de lo más vívido, llenos
de pequeños detalles que conservé como entre las
pastas de un libro, llenos también de sentimientos callados
producto de situaciones y acontecimientos que ocurrieron hace
decenios pero que parecen estar esperando la ocasión de
manifestarse. Conrad dice en Nostromo que el deseo aguarda
en todo corazón la oportunidad de escribir de una vez por
todas la verdadera historia de lo que ocurrió, y esto es
en verdad lo que me llevó a escribir mis memorias, de la
misma manera como me puse a escribir una carta para mi madre muerta,
movido por el deseo de comunicarle algo terriblemente importante
a quien fue una presencia primordial en mi vida. "En su texto",
Adorno dice:
el
escritor pone casa ... Para quien ya no tiene patria, la escritura
se convierte en un lugar donde vivir ... [Pero] la exigencia
de hacerse fuerte contra la autoconmiseración supone
la necesidad técnica de contrarrestar cualquier relajamiento
de la tensión intelectual mediante un estado de alerta
máxima, y eliminar cualquier cosa que haya comenzado
a incrustarse en la obra o a desviarse de su propósito,
por más que haya podido servir en un principio (por ejemplo
un chisme) para generar esa atmósfera cálida que
facilita el desarrollo de la historia, pero que ya perdió
su miga y su sabor. Al final, al escritor ni siquiera se le
permite vivir en sus escritos.
Cuando
mucho se consigue una satisfacción provisional la
cual se oculta muy pronto tras la duda y una necesidad de
reescribir y rehacer que vuelve el texto inhabitable. Sin embargo,
es mejor eso que el sopor de la satisfacción y la finalidad
de la muerte.
Traducido
del inglés por Jorge Brash
©
Edward Said. London Review of Books,
7 de mayo de 1998
Edward
Sid, "Entre dos mundos", Fractal
n° 9, abril- junio, 1998, año
3, volumen III, pp. 93-112.