Historia de la
herencia
He estudiado
por algunos años la creación y el desarrollo del
concepto de herencia biológica desde la emergencia del
proyecto naturalizador de este ámbito con las disputas
médicas en Francia en torno a las enfermedades hereditarias
en el siglo XVIII, y la confección,
en el transcurso del siglo XIX francés,
de una estructura causal típica de lo hereditario que fue
recuperada entre otros por los británicos decimonónicos
Darwin y Galton, y por los germánicos Haeckel y Weismann,
para inaugurar el espacio de teorización que devino genética
con el reciclamiento de Mendel a principios de este siglo.
En este
ensayo me interesa bosquejar cómo una constante presencia
de valores sociales y culturales ha dejado sus huellas en nuestras
teorías de la herencia biológica, cómo sucesivas
decisiones sobre cómo constituir el espacio de descripciones,
y qué aspectos de las regularidades registradas enfatizar
y cargar de capacidad explicativa y eficacia causal han estado,
en distintas épocas, teñidas de valoraciones. Específicamente
de valoraciones respecto a la bondad o maldad de ciertos rasgos
individuales de humanos, así como los de tipos humanos,
y de grupos humanos genealógicamente definidos, como familias,
razas, etnias, naciones.
Antes
de proseguir, quisiera dejar claro que no intento con esto defender
una versión antiobjetivista de las teorías de la
herencia, sino mostrar, en el espíritu por ejemplo del
Hacking reciente, que ciertas revisiones históricas pueden
eliminar la apariencia de inevitabilidad de las teorías,
o sus énfasis causalexplicativos, haciendo ver que ciertos
caminos pudieron no haberse tomado, ya que ciertos otros eran
alternativas viables, razonables e igualmente objetivables. O,
para decirlo más en general, que los fenómenos naturales
restringen o imponen la postura de algunas de las manivelas de
sus representaciones, pero dejan más grados de libertad
a otras, donde las posiciones son negociadas y fijadas por realidades
duras más modificables, como los valores.
El ensayo
de Ian Hacking al que me acabo de referir termina afirmando algo
que podría usarse como epígrafe en este trabajo:
"La semántica podrá darle curiosidad [y de
comer, agregaría yo] al lógico, pero la acción
está en la dinámica de las clasificaciones".
Como algunos conceptos científicos que han interesado a
Hacking, el de herencia biológica es uno que inevitablemente
produce clasificaciones, pero también prejuicios y aun
movimientos sociopolíticos. De algún modo ello está
en su naturaleza íntima, en su estructura causal básica,
y en las metáforas sucesivas que ha suscitado. Metáforas
tales como los "lazos de sangre", la "herencia
ancestral", el "patrimonio hereditario", el "pool
genético", "el genoma humano", el "gen
egoísta", han llevado siempre asociadas arquitecturas
causales reduccionistas, que sugieren exclusiones y deseos de
limpieza rápida, como de anuncio de detergente, de problemas
complejos.
Hablo
en el título de un juego de espejos. Me refiero en realidad
a dos juegos. Uno es el de la interacción, o determinación
mutua entre, por un lado, la creciente necesidad en los dos siglos
pasados dentro de las ciencias biológicas de separar la
trasmisión hereditaria de rasgos físicos y psíquicos
de padres a hijos como un dominio de investigación nítido
y causalmente independiente, y, por otro lado, en el mismo lapso,
la creciente ansiedad de las élites y grupos gobernantes
europeos respecto a la "calidad" de las poblaciones
humanas de sus países, ante las mezclas de razas y lo que
veían como la proliferación de taras y debilidades
constitucionales hereditarias. Otro juego de espejos es entre
el análisis histórico de estos fenómenos
y la situación contemporánea, en donde las herramientas
técnicas y el conocimiento de la herencia molecular nos
plantea nuevos (o en apariencia nuevos) y difíciles dilemas.
Herencia y valores
En un
elocuente pasaje de sus memorias (Le Vent Paraclet), Michel
Tournier nos descubre el interés humano, ético y
político que encuentra en la dicotomía herenciamedio
ambiente, que lo llevó a explorar el tema de la gemelaridad
en su obra maestra Méteores. Cito extensamente:
Herencia
y ambiente. Existen sin duda pocas dicotomías tan densas
y cargadas de consecuencias como ésta. La controversia
es, claro, primeramente biológica. El ser vivo no es
a fin de cuentas sino una fórmula hereditaria sometida
durante toda su existencia a las caricias y a las tarascadas
de los medios que atraviesa. Johann Mendel e Ivan Pavlov nos
dieron sus claves para descifrar el asunto. El primero una clave
genética, el segundo una clave ambiental... Pero el debate
supera con mucho los lindes del laboratorio, y alcanza todos
los dominios, empezando por el de las opciones políticas
(aunque se hable de la pérdida del sentido de la dicotomía
entre derecha e izquierda) mientras ambos polos del pensamiento
biológico sigan atrayendo partidarios, habrá una
biología de derechas, que todo lo atribuirá a
la herencia, y una biología de izquierdas, que sostendrá
que lo definitorio es el ambiente. Por extensión, siempre
habrá una derecha y una izquierda políticas.
El
antiguo régimen basaba los privilegios sociales en los
ancestros, en los títulos de nobleza y su transmisión
de padres a hijos, así como los oficios, y la riqueza;
y eso se extendía hasta el más alto don, la corona
real. Varios siglos antes de que existiera biología alguna
digna de tal nombre, y de que se postularan los primeros principios
de la genética, estaba ya la herencia en los cimientos
del edificio social. Para ser claros, se trata de herencia en
el sentido más amplio de la palabra, pues por la adopción
se podían injertar nuevas ramas al árbol familiar,
que adquirían de inmediato todos los derechos de los
descendientes auténticos. El racismo se hallaba aún
lejos.
Aun
reconociendo que esta asociación simple de la dicotomía
biológica con las geometrías políticas no
nos lleva muy lejos, hay que ver que aquí, y en los párrafos
siguientes de ese texto, Tournier conecta de un modo habilísimo
los temas centrales en el desarrollo del concepto de herencia
biológica: las transiciones que llevaron de una concepción
laxa, metafórica, relativamente tradicional de herencia
física, ligada más a accidentes que a esencias,
hacia una serie de concepciones cada vez más deterministas
que desembocaron en Auschwitz. Transformaciones que hicieron de
un adjetivo ("hereditario") aplicable en general a los
rasgos y curiosidades físicas que solían asociarse
a aquello que se trae de familia, un sustantivo que refería
una presencia dominante en la naturaleza que pudo ser llamada
sin exageración por Oscar Wilde "el único dios
cuyo verdadero nombre conocemos". Demiurgo al que solemos
asociar con cadenas de pestes y con avalanchas de virtudes y valores.
La medida
del valor en relación con los atributos genéticos
(i. e. de la herencia) es, escribió en los años
cincuenta el genetista norteamericano H. J. Muller, "todo
aquello que tiende a hacer más noble la naturaleza del
hombre, más capaz, más armoniosa, más cooperativa
y simpática, más feliz y más hermosa".
Muller, como muchos biólogos de su época, aún
durante la segunda postguerra siguió pensando que la genética
de transmisión, que su generación había logrado
casi terminar, autorizaba la creencia en la determinación
genética relativamente simple y directa de la mayoría
de los caracteres del ser humano, de modo que un proceso de cernido
eugenesista, bien orquestado (que usase técnicas de clonación
por ejemplo, y acudiese, claro, a la persuasión racional
y no a la coacción) podría en pocas generaciones
cambiar dramáticamente la calidad de toda una población.
En un delirio de optimismo Muller escribió:
Por
fortuna, los hombres habrán creado con toda probabilidad
una unión o comunidad mundial antes de que técnicas
semejantes proliferen. Pues si las gentes de una nación
llegasen a ser capaces de aplicarlas con inteligencia y de modo
generalizado, aun sólo unas pocas décadas antes
que el resto del mundo, podrían alcanzar muy poco tiempo
después tan elevado nivel en su capacidades que se volverían
virtualmente invencibles. El mundo no se puede dar el lujo de
tener a naciones separadas arrojando a los cielos sus sputniks
independientes.
Si el
proyecto es moldear, sintonizar la naturaleza humana a nuestros
valores ("universales") controlando su atributos hereditarios,
el genetista, piensa Muller, lo puede hacer de manera civilizada.
Como se sabe, la de Muller es sólo una versión relativamente
reciente entre una muy larga, y a menudo poco edificante, serie
de inferencias con estructura similar. De la creencia en que hay
algo físico (llamémoslo un factor causal)
en ciertos individuos que claramente está asociado con
cualidades deseables, o indeseables, de su cuerpo o de su psique;
y de la creencia de que ese factor causal puede o suele ser comunicado
de algún modo a los descendientes de ese individuo, a través
de los gametos por ejemplo (y por lo tanto el vástago "hereda"
las cualidades asociadas al factor), se pasa a la creencia de
que evitando que se transfieran a los descendientes los factores
nocivos y promoviendo que se transfieran los positivos, se ejercerá
una influencia determinante en la constitución y en la
salud mental y física de grupos genealógicos enteros:
familias, clanes, tribus, razas y aun naciones.
La idea
de elegir a los mejores individuos para que se reproduzcan y dejar
fuera del comercio reproductivo a los que tienen rasgos indeseables
es vieja. La comparación, por ejemplo, con la práctica
tenaz de los ganaderos es muy antigua, y numerosas propuestas
de lo que se suele llamar la protoeugenesia, desde la antigüedad
hasta el siglo XVIII, usaron la socarrona
comparación entre el obsesivo cuidado que ponían
las gentes para elegir el tipo de animales que querían
reproducir y el descuido con que reproducían su propia
especie. Como escribió el médico francés
Charron, hace más de cien años: "Ya que los
hombres se hacen aventureramente, y al azar, no es de maravillarse
que con tan poca frecuencia se los encuentre uno bellos, o buenos,
o sanos, o sabios, es decir bien hechos".
Pero
de la práctica continua de elegir a los progenitores para
procurar propiciar características deseables en los hijos
no se infería automáticamente (como podría
parecerle a nuestro sentido común posdarwiniano) que ello
trajera consecuencias importantes en toda la especie. El mismo
Darwin se maravillaba de que ciertos criadores pudieran ver los
beneficios inmediatos que resultaban de sus prácticas sin
entender ni aceptar los efectos de la conducta selectiva reiterada
a lo largo de muchas generaciones. Es decir, la dramática
transformación de los tipos.
La inferencia
que pedía Darwin a sus colegas no es obvia, pues requiere
aceptar una idea de herencia biológica más causalmente
eficaz y abarcadora, que en sus días sólo era compartida
por unos pocos médicos y naturalistas. La idea de que la
transmisión hereditaria es una función biológica
constante que, para usar terminología anacrónica,
recorre todas las cualidades y rasgos físicos y conductuales
del progenitor para transportarlos, con mayor o menor eficacia,
hacia el acto de fecundación y la primera formación
del nuevo ser. Los afanes de Darwin en su teoría de la
pangénesis, así como los de Galton y Weismann después,
intentaron sustanciar teóricamente esta visión derivada
de una larga y minuciosa acumulación de datos e historias
hereditarias.
Tener
al alcance de la mano el poder de conformar, diseñar, elegir
las características de algunos individuos eligiendo a sus
padres es distinto de tener el poder de dirigir la evolución
de grupos genealógicos, desde familias hasta especies.
Ambos "poderes" dependen a su vez de un marco teórico
en el que una causalidad relativamente simple fluye unidireccionalmente
de los factores hereditarios hacia las características
físicas y mentales, y que permite la intervención
selectiva eficaz.
Al parecer
hay dos preguntas involucradas en el problema. Una es la de la
realidad y las minucias causales de los mecanismos subyacentes
que se encargan de la transmisión hereditaria. Otra, la
de la deseabilidad de que se "aplique" el conocimiento
de los mismos en un proyecto de mejoramiento de los individuos
y de los grupos humanos. La segunda cuestión parece, de
entrada, independiente de la primera. Pero no lo es del todo.
Las actitudes ante lo segundo están en acción ya
en la respuesta y en la conformación de la estructura causal-explicativa
que elegimos. Si entre los aspectos que influyen nuestra búsqueda
y decisión respecto a los esquemas causales está
el explicar o proponer ciertos controles o ingenierías
deseables, elegiremos esquemas que los hagan por lo menos concebibles.
La historia de nuestras visiones de la herencia está colmada
de ese tipo de decisiones. Desde el primer endurecimiento o reificación
del concepto por parte de los médicos y alienistas franceses
del siglo pasado, preocupados por aislar un elemento teórico
determinista que hiciese de numerosos malestares físicos
y sociales, como la propensión a la gota o a la locura,
algo manejable por los especialistas de su profesión; pasando
por los biólogos darwinistas de finales del siglo pasado
y principios de éste, convencidos de que para que los argumentos
seleccionistas (para los cuales había mucha y muy buena
evidencia) acabaran de ser convincentes, necesitaban estar acoplados
a una teoría de la herencia dura, no lamarckiana, en la
que no hubiese mezclas, y las tendencias estadísticas a
la reversión hacia la media pudieran ser eficazmente contrarrestadas
por la selección direccional; hasta llegar a nuestros genetistas
moleculares contemporáneos, convencidos de que una gran
cantidad de efectos y características de nuestros cuerpos,
así como los de todos los seres vivos, pueden finalmente
asociarse sin más a secuencias de bases distribuidas en
el ADN que se heredan, el componente complementario,
el de los ambientes, las secuencias de eventos históricos
singulares, suele encapsularse en todas estas propuestas en conjuntos
de consideraciones secundarias importantes sólo en ciertos
contextos, pero no determinantes en la elaboración del
esquema explicativo general. No es mi intención aquí
argumentar que las teorías de la herencia desde los tiempos
premen delianos
han sido falaces distorsiones producto de condicionamientos ideológicos;
primero, porque no lo creo; y segundo, porque ello implicaría
la creencia en un esquema explicativo único y verdadero
al que los científicos estarían forzados a aproximarse,
lo cual se me hace insostenible. Lo que creo es que el dominio
de la herencia biológica es un producto contingente, un
recorte taxonómico-descriptivo posible (es decir la acumulación
de conocimiento empírico lo admite, y permite investigación
exitosa en él), pero no obligado; recorte que ha generado
una secuencia de teorías y representaciones cada vez más
complejas y adecuadas. Un dominio que sin embargo pudo ser constituido
de otra manera, integrando por ejemplo los factores que ahora
se arrinconan como externos o ambientales, y las historias de
vida singulares, en el aparato descriptivo-explicativo mismo.
No resulta por lo común interesante hacer historia contrafáctica
sobre qué habría ocurrido si... Por lo que ahora
regresaré un poco sobre mis apresuradas afirmaciones y
trataré de darles sustancia mediante una versión
de la historia de la herencia biológica y sus teorías,
y sus relaciones con los proyectos de mejoramiento de los seres
humanos. Mi intención es llegar, hacia el final, a revisar
algunos aspectos de las discusiones contemporáneas sobre
las implicaciones eugenésicas de las tecnologías
médicogenéticas recientes, sobre todo los análisis
de Philip Kitcher en su libro The Lives to Come, y derivar
algunos puntos críticos.
Historias de la herencia y el
mejoramiento humano
A pesar
de lo que a veces leemos en algunos libros de historia de la biología,
no hay tal cosa como una teoría de la herencia biológica
anterior al siglo XIX. Ni Aristóteles,
ni Hipócrates, ni Harvey, ni aun Buffon, elaboraron teorías
sobre ese fenómeno. Ni el concepto, ni su dominio empírico
de referencia, ni propuesta teórica alguna se dio antes
del trabajo constructivo que los posibilitó. La Herencia
(lHérédité) es una herencia
de la Ilustración médica francesa que se precipitó
durante la primera mitad del siglo pasado. Como bien apunta la
cita de Tournier, ideas hereditarias diversas precedieron la construcción
del concepto científico. Lo hereditario, en su sentido
físico, corporal y moral, estuvo asociado durante siglos
a rasgos accidentales, modificables, relativamente poco tenaces.
Así, las influencias externas, del clima, los alimentos,
los accidentes de la vida, tenían el mismo peso explicativodescriptivo
en las historias naturales de hombre y bestias que las influencias
físicas transmitidas de padres a hijos. Cualquier proyecto
de mejoramiento físico y moral del ser humano tenía
que tomar en cuenta varios, si no es que todos los factores. El
ejercicio, la alimentación, el buen dormir, debían
contar tanto como el cuidado respecto a la transmisión
hereditaria de algún rasgo físico a través
de los líquidos seminales. Victor Hilts y Anne Carol han
mostrado cómo diversos proyectos de mejoramiento humano
en el siglo de las luces no distinguían tajantemente lo
hereditario, físico, de lo higiénico ambiental.
El científico francés Vandermonde, por ejemplo,
pensaba que no sería mala idea que se procurara casar a
hombres y mujeres de buena voz, para que sus hijos fueran excelente
cantantes. O hacer lo propio con hombres y mujeres ágiles,
para tener mejores cirqueros. Y eso se podría extender
a otros atributos accidentales, variaciones constitucionales,
no esenciales, y relativamente poco frecuentes. El cultivo de
las mismas de hecho era concebido como central pues el uso, y
el desuso, como luego lo llamó Lamarck, eran causas de
su reforzamiento o atenuación a través de las generaciones.
Lo que con el tiempo ocurrió fue que con el endurecimiento
y la reificación de aquello que funcionaba antes en un
nivel metafórico, lo hereditario se convirtió en
la Herencia, y los proyectos de mejoramiento de los hombres se
fueron concentrando en lo físico hereditario, y dejando
de lado los otros aspectos. Proyectos de mejoramientos que poco
a poco se fueron convirtiendo en esquemas de ingeniería
social.
Lo hereditario,
como metáfora, estuvo por siglos asociado a la idea de
la sangre. Es, de hecho, una metáfora que conserva gran
parte de su fuerza en nuestros días, asociada muchas veces
a percepciones un tanto mágicas de lo genético.
Los
líquidos seminales y la sangre se han concebido tradicionalmente
como mezclas líquidas íntimamente vinculadas. Cualquiera
que fuese el rol de los fluidos seminales en la procreación,
éstos eran concebidos como la ruta por la que los linajes
se aliaban. Françoise HéritierAuge, en un trabajo
reciente sobre las concepciones del semen y la sangre en diferentes
culturas, muestra cómo todas las sociedades han especulado
sobre los vínculos entre estos dos líquidos preguntándose
¿De
dónde vienen el semen y la sangre? ¿Cómo
se producen en el interior del cuerpo? ¿Cómo están
relacionados entre sí? ¿Qué ocurre durante
la concepción? Y más aún ¿cómo
es que se relaciona el vínculo biológico con el
social? ¿Qué determina la descendencia? ¿Cómo
se forja la continuidad entre los vivos y los muertos a lo largo
de las líneas entretejidas de la progenie? ¿Qué
transmite él y qué ella? ¿De qué
modo combina el infante lo que recibe de cada uno de sus padres?
¿Cómo podemos dar cuenta de las semejanzas?
Tanto
en las investigaciones etnológicas de HéritierAuge,
como en una mirada somera sobre la historia de la tradición
médica, sea en occidente o en otras áreas culturales,
se encuentran ciertas coincidencias que parecen esbozar un dominio
empírico relativamente reconocible que bien podríamos
llamar de lo hereditario, sobre el cual se han apoyado muy diversos
haces de especulación y representación. Algunos
de los hechos que pertenecen a tal dominio no son sin embargo
tan regulares y simples como parece suponer Héritier-Auge,
y abren la puerta a un sinnúmero de posibilidades teóricas.
Los parecidos familiares, los semblantes nacionales, los rasgos
raciales, las enfermedades hereditarias, las idiosincrasias étnicas,
se cuentan entre los fenómenos más descritos y usados,
y entre los más difíciles de someter a regularidades
y leyes. Las excepciones suelen gritar tan alto como las satisfacciones
de expectativas. Es un hecho sin embargo que la mayoría
de las tradiciones se adhieren aguerridamente a creencias que
exaltan la objetividad y la trascendencia de los vínculos
genealógicos. El antropólogo Ashley Montagu escribió
hace unas décadas:
Cómo
es que se llegó a responsabilizar a la sangre de portar
los rasgos hereditarios que se transmiten a la descendencia
es a primera vista comprensible [...] Si la sangre contiene
la fuerza vital, quizá se razonó, debe entonces
contener los materiales de los que el ser humano está
hecho, y por medio de los cuales la vida se perpetúa
[...] de ese modo se llegó a mirar a todos los individuos
de la misma extracción familiar como de la misma "sangre".
La iteración
de esto, o como la ha llamado Michel Serres, "la invarianza
de esta reproducción de lo similar por lo similar",
es el origen de todas las agrupaciones genealógicas: familia,
raza, nación. La sangre es el hilo que los mantiene juntos.
Fue este el tipo de razonamiento que se sustanció aún
más con las reificaciones de lo metafórico al endurecerse
la idea de herencia. Pero ellos por sí mismos no llevan,
como algunos creen, inevitablemente hacia el racismo y los movimientos
eugenésicos. La común analogía entre el mejoramiento
animal y humano por medio de la cuidadosa selección de
consortes, mencionado en las historias de la eugenesia, no implicaba
que las estrategias no reproductivas estuvieran cerradas. Al menos
no hasta el fin del siglo XVIII.
Una
divertida y reveladora parodia es la escrita en 1709 por Richard
Steele en la revista Tatler, en la que, tomando prestado
un personaje de su compadre Jonathan Swift (el burócrata
Isaac Bickerstaff), inventa toda una hilarante genealogía
que se remonta a un homónimo de los tiempos de Camelot
y el rey Arturo. Se relata en el cuento cómo aquel primer
Isaac Bickerstaff, caballero de la mesa redonda, al ser "bajo
de estatura y de una tez muy morena, no muy diferente a la de
un judío portugués" decidió poner en
práctica "un programa para estirar y blanquear a su
descendencia. Su hijo mayor... fue casado por esa razón
con una dama que no tenía ningún otro atractivo
que ser muy alta y muy blanca. Los vástagos de esta unión,
con la ayuda de zapatos altos, recortaban una figura aceptable
en la siguiente época, aunque la tez de la familia fue
oscura hasta la cuarta generación..." La parodia continúa
con un sinnúmero de accidentes, malas bodas y pequeños
retrocesos atávicos que merecieron esfuerzos redoblados
por mejorar la raza de la familia Bickerstaff, y por irles corrigiendo
defectos físicos, como el mentón hundido o la nariz
gruesa, a través de las generaciones. Todo ello hasta el
matrimonio último entre un Bickerstaff y la ordeñadora,
de quien se dijo que había "estropeado la sangre de
los Bickerstaff, pero había corregido sus constituciones".
Esta última frase muestra cómo los conceptos de
buena "sangre" y buena "constitución"
eran separables en la época clásica y que, como
lo vimos en Tournier, la herencia biológica no era central
para la calidad humana. Se ocupaba, en todo caso, de atributos
de relumbrón, lo cual usa magistralmente Steele para mofarse.
La posibilidad
de proyectos de control de la reproducción, sin embargo,
empezaba a ser entrevista por cada vez más autores ya hacia
finales del siglo XVIII. En esto influyó,
entre otras cosas, la progresiva insistencia entre los médicos
franceses de aquella época difícil, en poner atención
a la herencia al evaluar la curabilidad de ciertas enfermedades,
lo que propició un interés por elucidar qué
sí y qué no debería portar el adjetivo hereditario.
Tarea nada fácil si juzgamos la disputa que por aquellos
años se libró, en la comunidad médica francesa,
por restringir el uso del concepto "enfermedad hereditaria"
a sólo aquellas cuya causa fuese trasmitida a los individuos
por medio de la fecundación. Intento que era resistido
por quienes veían tales distingos como puramente nominales,
ya que las causas morbíficas (humores) podían seguir
cualquier ruta, interna o externa, sin dejar de ser lo que eran.
Fue la insistencia en buscar bases sólidas (anatomomecanicistas)
lo que llevó a muchos médicos ilustrados a excluir
lo hereditario, y a crear una serie de criterios que, según
creo, fueron el primer esbozo del concepto moderno de herencia
biológica. La tenacidad de las enfermedades hereditarias,
asociadas casi siempre a padecimientos crónicos, muy difíciles
de eliminar; la latencia de las causas hereditarias nocivas, capaces
de brincarse una o varias generaciones, que no muestran la enfermedad,
para reaparecer en los nietos o aun después (vinculada
naturalmente al concepto de atavismo); la tendencia, también
dependiente de una latencia causal, de que las enfermedades hereditarias
ocurran siempre en periodos bien definidos de los ciclos de vida
(Montaigne se asombraba de que le hubiera aparecido un cálculo
biliar a la misma edad presenil que a su padre, y muchos años
después de la muerte de éste); y en general la causalidad
insegura que predispone al individuo a padecer una enfermedad
pero que no necesariamente la desencadena, así como algunos
otros criterios de análisis, propiciaron la búsqueda
de un concepto que unificara estas regularidades y que diera sustancia
al concepto de transmisión hereditaria. No entraré
en detalles, sino sólo resumiré lo que en otros
lados he dicho, así como algunos estudios complementarios
de otros autores, enfatizando aquí los aspectos relevantes
para mi línea argumental.
El
siglo de la herencia
El siglo
XIX francés, en su primera mitad,
presenció el ascenso del hereditarismo. Para 1830 los médicos
franceses habían acuñado ya el término hérédite
y abandonado los usos adjetivos del concepto, ubicándolo
en el centro de muchas de sus explicaciones patológicas.
Aunque ya por entonces se empezó a hablar de una dicotomía
entre herencia normal y patológica. El gremio de los alienistas
fue el que más echó mano de este recurso y, como
lo ha mostrado con detalle Ian Dowbiggin, este recurso explicativo
de la herencia fue desplegado con eficacia por los protosiquiatras
en el periodo de su deslinde profesional, ya que contar con una
recurso explicativo, causal, relativamente dúctil, les
facilitó eludir, por un lado, algunos cuestionamientos
peliagudos (de irregularidad, falibilidad de tratamientos, etc.)
y, por otro, asignar una causa física a las enfermedades
"morales", empresa conectada con el proyecto de los
idéologues, lo que depositó por completo
en su platón el tratamiento de la mente enferma y permitió
alejar de ahí a curas y magos. Una característica
de la tradición médica decimonónica francesa
fue sin embargo el continuar, debido a la influencia de la escuela
vitalista de Montpellier, considerando de gran importancia el
aspecto higienista de la causalidad física respecto a la
salud, y asumiendo en la mayoría de los casos una complejidad
y sutileza holista que daba un sitio importante a lo que la tradición
médica llamó "las cosas no naturales",
es decir, las influencias ambientales y la historia de vida individual.
Como lo ha mostrado Elizabeth Williams en su reciente libro The
Physical and the Moral, esto hizo que el hereditarismo creciente
fuera a menudo temperado por el proyecto higienista, que veía
en mejorar las condiciones de vida general de las poblaciones,
la mejor estrategia para remediar los males de la época.
La preocupación vinculada al mejoramiento físico
y moral de los hombres no tenía entonces sólo una
dimensión hereditaria. Sólo el pesimismo que se
instaló entre los franceses después de 1848 empujó
un tanto más dramáticamente el fiel de la balanza
hacia visiones más deterministas y hacia proyectos más
coercitivos de intervención sanitaria.
El alienista
parisino Prosper Lucas redactó hacia mediados del siglo
pasado un influyente tratado de la herencia natural en el que
se dio a la tarea de acumular y ordenar una cantidad inmensa e
insospechada de evidencias y reportes, de todo tipo, a favor de
la realidad y eficacia causal de la transmisión hereditaria.
Lucas defendía una posición vitalista un tanto tardía
en la que la herencia era vista como una fuerza natural constante
que era balanceada por otra fuerza complementaria, responsable
de las tendencias a variar de los organismos, y que él
llamó innéité. La novedad mayor en
este periodo fue el reclutamiento de estos sistemas de inspiración
médica para la explicación de fenómenos históricos
de escalas mayores. El destino de familias, naciones, razas comenzó
a ser asociado a su patrimonio hereditario de un modo cada vez
más determinista. El antiguo determinismo geográfico,
ambiental, propiciado un siglo antes por Montesquieu o Buffon,
fue reemplazado por una serie de propuestas e imágenes
esencialistas, que daban a los flujos de trasmisión hereditaria
en líneas genealógicas una fuerza explicativa inédita.
El surgimiento de obras como el Tratado de las degeneraciones
de Morel o el Ensayo sobre la desigualdad de las razas
de Gobineau señala claramente el cambio de clima. Por un
lado, el alcoholismo, los desvíos morales, la criminalidad
y una lista grande de patologías físicas y morales
fueron asociadas a la herencia, propiciando una percepción
de que las poblaciones urbanas europeas habían caído
en una espiral de degeneración que sólo podía
detenerse por medio de vigorosas intervenciones higiénicolegales.
Por otro lado, las discusiones antropológicas sobre la
unidad o desunidad de origen de las razas humanas se cargaron
del lado de la separación, enfatizándose ya sea
la carga acumulada de siglos o milenios de separación hereditaria
que, en el caso de las razas no europeas, habían integrado
desviaciones cuasipatológicas a la estructura orgánica
misma de los individuos por medio de la tenacidad de la herencia
(Blumenbach, Prichard), o de plano la infranqueable distancia
biológica de origen (Agassiz). La mezcla racial, y aun
étnica, comenzó a verse cada vez más como
un hibridismo biológico que, para el caso de la raza europeocaucásica,
no producía sino degeneración y retroceso. Proliferan
los manuales para la higiene reproductiva, los manifiestos para
la salvación nacional mediante el cuidado de la pureza
del patrimonio históricobiológico, así como
los llamados a que cada grupo genealógico permanezca en
su sitio política y amatoriamente, procurando en todo caso
limpiar de taras en la medida de lo posible su propia línea
de sangre, y evitando contaminar o contaminarse con la ajena.
Un mar de distancia entre esto y la sana y promiscua actitud de
los Bickerstaff.
Es en
este contexto donde aparece la obra de Darwin. En ella se trae
por primera vez en la historia de la biología a las regularidades
o leyes de la herencia al corazón explicativo de una teoría
de largo y profundo alcance. Es bien sabido que, en un momento
del desarrollo de su teoría, Darwin necesitó usar
la existencia de una tendencia permanente en los seres vivos a
trasmitir a sus descendientes no sólo la organización
básica (específica) de su cuerpo, sino también
las minucias y sutilezas de sus variaciones menores. Es menos
sabido que para buscar la evidencia que necesitaba, Darwin acudió
no sólo a los ganaderos y criadores, que tenían
una tradición de siglos de datos y anécdotas al
respecto, o a los hibridólogos, como Gärtner y Naudin,
con su sugerente evidencia experimental, sino también a
los médicos, como Henry Holland, William Lawrence o Prosper
Lucas, entre los que encontró, además de gran cantidad
de datos, una literatura teórica relativamente sofisticada
que señalaba con cierta claridad algunas de las regularidades
más importantes, y enfatizaba la necesidad de un análisis
cuidadoso del comportamiento de los factores causales hereditarios,
que los separase claramente de otros factores que afectan la constitución
de los seres vivos. Darwin no elaboró una teoría
de la herencia propiamente dicha, sino que siguiendo la tradición
naturalista produjo una teoría de la reproducción
(o generación, su conocida pangénesis) con la que
intentó salvar todos los fenómenos hereditarios,
enfatizando algunos aspectos que favorecían la eficacia
explicativa de su teoría de la selección natural.
Una especie de muestreo estadístico que casa bien con la
naturaleza probabilística de sus explicaciones, y la existencia
de una base material (particulada) variable capaz de responder
al proceso de selección cambiando las proporciones de partículas
representadas en los individuos de la población.
Como
se sabe, tanto los críticos de Darwin como muchos de sus
seguidores jamás estuvieron contentos con su hipótesis
provisional, y la importancia que la necesidad de una adecuada
teoría de la herencia (de una teoría fundamentalmente
de la herencia) adquirió en la segunda mitad del siglo
pasado se explica en gran medida por esta insatisfacción.
En un espléndido artículo, Frederick Churchill nos
mostró cómo fue que después de 1850 se inició
un movimiento por cubrir el dominio de referencia de lo hereditario
con teorías que enfatizaran el fenómeno de la transmisión
de factores causales, y eludieran de algún modo las complejidades
de la fisiología somática. La consecuencia de ese
movimiento es el que, de algún modo, la flecha causal se
fue invirtiendo y, como afirma Rasmus Winther, los ciclos de vida
dejaron de ser la causa de la transmisión para convertirse
en efecto de ésta. Es decir, una porción importante
del peso explicativo de lo corporal tendió a recaer sobre
lo hereditario. Mientras antes la herencia era un efecto de la
forma en que los cuerpos se alían para reproducirse, ahora
los cuerpos empezaron a ser un efecto de la alianza de factores
hereditarios. El extremo de esto es la metáfora de "el
gen egoísta", en la que ha insistido en nuestro días
Richard Dawkins.
En la
segunda mitad del siglo XIX, según
evidencian los libros de Yves Delage y Gloria Robinson, hubo una
especie de competencia entre los biólogos de todo tipo,
teóricos, experimentales, vitalistas, neolamarckianos,
y otros, por dar con la explicación material de la herencia.
Se postulan procesos, fuerzas, resonancias, reacciones químicas,
y en muchos casos se busca en la célula a las partículas
causantes. El análisis causal de varios teóricos
de la herencia de ese tiempo estuvo motivado por el afán
de apuntalar el darwinismo. Destacan Francis Galton y August Weismann,
quienes ven claramente que mientras más nítidamente
queden separados los flujos causales de lo hereditario de los
de lo somático, mayor eficacia explicativa adquiere la
selección natural. La corroboración observacional
de esa separación vigorizó al darwinismo en el periodo
en que estaba, a decir de Peter Bowler, eclipsado. Por otro lado,
la insistencia de Galton y sus seguidores de robustecer las inferencias
hereditarias, y darles objetividad por métodos cuantitativos
y estadísticos, no sólo produjo las primeras páginas
de trabajo teórico en biología que se podían
mostrar altivamente ante los físicos teóricos, sino
que aportó a las ciencias sociales herramientas de análisis
invaluables, como la correlación y la regresión
estadísticas. Pero Francis Galton, como es bien sabido,
tenía un proyecto paralelo al científico: su esquema
de ingeniería social, que él bautizó como
eugenesia. La historia de ésta se ha escrito varias veces.
En su caso parece claro que el afán de robustecimiento
de la inferencia hereditaria, reduccionista, tuvo como motor un
marco de creencias y valores que hoy nos parece dudoso. Lo que
está menos claro es si ocurría algo similar entre
quienes lo precedieron y sucedieron. No es casual que la eugenesia
y la genética hayan crecido juntas durante los primeros
treinta años de este siglo. Y sin duda uno de los atractivos
del movimiento hacia una teoría causal simple de transmisión
de factores hereditarios materiales (y variables) asociados a
las similitudes o diferencias corporales fue que permitía
idear esquemas intervencionistas en la reproducción de
los seres humanos con fines de "mejoramiento".
La llegada
del mendelismo, y su dramática transformación del
dominio de la herencia biológica en la genética,
no era inevitable. Pudimos haber transitado, por ejemplo, de teorías
cromosómicas de la herencia a teorías y modelos
moleculares asociados al ADN similares a
los actuales, sin pasar por la secuencia de constructos teóricos
en los que una entidad ideal, el gen mendeliano, fue adquiriendo
unidad y materialidad, para finalmente terminar "difuminándose"
otra vez en las funciones de secuencias de bases dispersas en
las cadenas de la doble hélice. Pudimos habernos ahorrado
las ilusiones reduccionistas de los mendelianos de este siglo,
con sus graves consecuencias para muchos seres humanos. Pero el
proceso histórico que llevó a elegir la estrategia
de Mendel entre las muchas posibles para avanzar en el conocimiento
de la herencia ya había demarcado ciertas características
deseables por la comunidad de genetistas. Una crucial fue la capacidad
de diseñar experimentos exitosos e informativos. Pero otra
no menos importante fue, creo, la promesa de depuración
y de control de la calidad de los materiales hereditarios con
los que se arman los seres humanos, y su aplicación utópica
en el futuro. Y con esto volvemos a la pregunta acerca de los
valores. De algún modo a lo que apuntan las historias sobre
la herencia biológica es a hacer plausible la afirmación
de que, además del manejo interno de la evidencia y el
ajuste de las representaciones, existen influencias determinantes
que se ejercen tenazmente desde el exterior que contribuyen
a moldear nuestros principales conceptos científicos.
La herencia dura
Diferentes
estudios históricos han mostrado cómo los contextos
de decisión relativamente locales han influido de un modo
u otro en la conformación de las representaciones de la
herencia biológica. El trabajo de Elizabeth Williams sobre
las relaciones entre lo físico y lo moral en las comunidades
médicas de la Francia del siglo pasado prueba cómo
la compleja visión holista derivada de los vitalistas de
Montpellier, en la que tanto los determinantes internos como los
externos de la constitución física, que a su vez
determina las cualidades morales (o sicológicas), fueron
considerados como importantes, aun en los años pesimistas
del degeneracionismo. De ahí que hacia finales de siglo
surgieran en Francia resistencias hacia los reduccionismos británicos
y germánicos, y se rescatara la tradición lamarckiana
en evolución. La Francia postrevolucionaria, a pesar de
sus idas y venidas, no abandonó del todo los valores de
izquierda (para usar la terminología de Tournier), y la
capacidad de cada individuo, y de cada nueva generación
de mejorarse, sin importar los pecados de sus ancestros, era un
valor nacional que un hereditarismo cerrado negaría.
El contexto
británico contrasta con aquello, magistralmente estudiado
por Adrian Desmond en su libro The Politics of Evolution,
la mezcla de clasismo y meritocracia liberal promueve una dicotomía
más clara que Francis Galton capturó con destreza
con su pegajoso juego de palabras "nature vs. nurture".
Se rompe tajantemente la vieja distinción médica,
tan socorrida por los franceses, entre "cosas naturales"
y "cosas no naturales", en la que el cuerpo era representado
como un sitio en que confluían, se mezclaban, combatían
o se aliaban elementos causales internos y externos, y en donde
el ideal era buscar el equilibrio de cada temperamento. Lo del
dios de la herencia para un lado, lo del César de la historia
personal para el otro. Como ya dije, esto posibilita la intervención
dirigida, quirúrgica, y no es descabellado pensar que el
valorar la posibilidad de intervención sea un condicionante
externo de tal decisión. Ya Mackenzie y Norton Wise han
dejado fuera de duda que en Galton y sus dos más importantes
seguidores, Karl Pearson y Ronald Fisher, las preocupaciones eugenésicas
fueron un acicate constante en sus pesquisas vinculadas a la herencia,
y al poder de la selección, natural y artificial, de alterar
dramáticamente las características medias de las
poblaciones, vegetales, animales y humanas. Es difícil
sin duda señalar con precisión cómo afectan
las expectativas y juicios de valor en las decisiones teóricas.
Mackenzie por ejemplo sostiene que Galton sabía que sin
una herencia objetivamente "dura", para rasgos no sólo
discontinuos sino también continuos, la empresa eugenésica
estaba abierta a serias críticas de inutilidad e ineficacia.
Sin embargo, está el hecho de que, enfrentado con el resultado
estadístico de que la regresión hacia la media es
una consecuencia poblacional, ineludible, lo cual representaba
en primera instancia un obstáculo para sus fines, al amortiguar
los efectos de la selección, Galton incorporó el
hallazgo a su teoría, y se esforzó por darle la
vuelta. Hay resistencias objetivas a sus deseos, y afán
de adecuarse a ellas. Lo cual hace de la intervención dramática
de factores externos defendida por Mackenzie algo más sutil
de lo que él apunta. No es de falta de objetividad de lo
que se puede acusar a Galton, ni a Pearson, ni a Fisher. Y tampoco
creo que sea en los detalles técnicos de las teorías
donde se encuentra la evidencia de la acción de lo externo
(valores, expectativas) sino en todo caso en la percepción
de la huella, la estela histórica le llamaría si
se me permite la metáfora, que van dejando las decisiones
estructurales, clasificatorias, que apuestan de antemano hacia
cierto tipo de disposición de los elementos descritos,
cierto tipo de flujos explicativo-causales, que no vienen dados
necesariamente por la estructura del mundo sino que exigen un
recorte. Esa estela se encarna en la familia de teorías
y modelos, la secuencia de cambios y ajustes que se van tomando,
bajo el mismo espacio de investigación. Arriba mencioné
el desarrollo de la genética. La secuencia de modificaciones
que nos dieron una familia constreñida por el espacio que
genera un tipo de flujo que parte siempre de los genes: de los
genes a los caracteres, de los genes a las proteínas, de
los genes a los efectos funcionales... Ese espacio no se crea
ni se sostiene solo. Habita y se apoya a su vez en un espacio
mayor donde pululan los afanes, expectativas, intereses, valores,
de quienes practican la ciencia, y de quienes la consumen, y de
quienes conviven con todos ellos.
La eugenesia
ayer y hoy
Eugenesia,
vocablo de sonidos suaves, es una palabra sucia, repugnante. La
solidificación de la herencia biológica y el sustento
científico que les dio a los chauvinismos, xenofobias,
racismos, clasismos, son imperdonables. Contamos con numerosos
estudios que explican las múltiples raíces del deseo
eugenésico en Europa y Norteamérica, y los extremos
a que llevó su encarnación, en los muchos sitios
que se dejaron infectar. La indignación moral ante ellos
es general, y vivimos en tiempos en que las alarmas suenan a la
menor insinuación de intervenciones eugenésicas
en la libertad reproductiva de las parejas.
Lo que
pretendo aquí es hacer ver que el interés central
en la eugenesia, el de moldear el futuro, actuar hoy sobre ciertos
nodos causales (biológicos) para que mañana sea
mejor, sigue estando presente en los laboratorios de genética
humana, y en las consultorías genéticas familiares.
La respuesta ante dudas sobre lo que ahí se hace suele
ser que es a una escala y con un enfoque diferentes, y con un
escrupuloso seguimiento del interés de las parejas que
temen tener hijos condenados genéticamente a condiciones
graves. La calma chicha que impera puede ser sin embargo engañosa.
Si nos damos cuenta de que lo que acabó de desprestigiar
entre los científicos los proyectos eugenésicos
en gran escala no fueron finalmente los abusos nazis, sino haberse
dado cuenta de que las relaciones causales entre genes y funciones
biológicas es mucho más compleja, laberíntica
y sutil de lo que hasta los años cincuenta sospechaban.
Pero la revolución molecular ha abierto al mismo tiempo
un sinnúmero de espacios de intervención posible
en la reproducción humana. Lo que vemos ahora es un reacomodo
de los deseos y la expectativas de ciertos sectores respecto a
la utilidad del conocimiento y las capacidades acumuladas.
En su
reciente libro The Lives to Come (Las vidas por venir),
Philip Kitcher enfrenta el problema de delimitar y elucidar claramente
el territorio del debate contemporáneo sobre la bondad
o perversión de la intervención médica en
la conformación genética de los seres humanos. Hace
en este trabajo un análisis ejemplar de lo que realmente
está al alcance de la acción del especialista. En
los mejores capítulos de su libro se dedica a organizar,
con miras a plantear su asunto con nitidez,
un catálogo
de los tipos de efectos fisiológicos indeseables que sin
lugar a dudas podemos asociar a la presencia o ausencia de cierta
información genética. Y de los momentos, en las
complejas cascadas causales (del gen a la disfunción),
en los que es posible intervenir para evitar o amortiguar el mal.
La claridad en la descripción causal y sobre las limitadas
capacidades de intervención genera a su vez pasmos éticos
que Kitcher confronta.
Si a
veces sólo podemos pronosticar desastres que se desencadenarán
a cierta edad, como el mal de Parkinson, sin remediarlo, ¿qué
sentido tiene hacer accesible la prueba? Si los padres quieren
asegurarse al máximo de la ausencia de malos genes en sus
(hiperplanificados) hijos, ¿tienen derecho a un número
indefinido de pruebas que los libere de toda ansiedad, aun si
éstas no tienen que ver con patologías claras? ¿No
estamos abriendo una nueva puerta al fantasma de Galton (como
lo llamó Daniel Kevles recientemente) con los esquemas
vigentes de consejería genética, las nuevas tecnologías
de reproducción y aborto al gusto? ¿Podemos tener
criterios claros y universales sobre cuándo algo asociado
a genes es 1) claramente patológico 2) incurable por otros
medios no demasiado onerosos y 3) no vinculado a estigmatización
social? ¿Quién debe, y quién no, tener acceso
a los datos genéticos de un individuo: el Estado, las compañías
de seguros, los patrones? ¿Cómo evitar la creación
de nuevos grupos de parias genéticos? No es difícil
así al vuelo imaginar ejemplos extremos de grupos estigmatizables
para nuestros tiempos: hooligans, fanáticos, obesos, desempleados,
o rebeldes genéticamente "determinados".
Es imposible
resumir en pocas líneas el minucioso y compacto análisis
de estos dilemas que en el libro hace Kitcher. Sólo diré
que sus conclusiones apuntan a que la eugenesia de algún
tipo es inevitable. Teniendo al alcance el conocimiento y la capacidad
de intervenir, aun el no hacerlo es ya un acto eugenésico
de acción de valores sobre el futuro. La secuencia de propuestas
de solución en este libro conforman lo que él quiere
llamar una eugenesia utópica, liberal (laissez-faire),
ideada para adecuarse al espíritu y valores norteamericanos.
Kitcher piensa que idealmente en el futuro todas las parejas,
y sólo ellas, tendrán a su disposición grandes
conjuntos de pruebas genéticas libres, y toda la información
sobe efectos, defectos y soluciones, y la asesoría razonable
para que elijan tener, o no tener, tal o cual producto de sus
amores; considerando no sólo sus proyectos de vida, y los
posibles proyectos de vida abiertos al nuevo ser, en caso de dejarlo
nacer, sino también los efectos sobre la sociedad, en particular
sobre los recursos públicos para la salud.
Dejo
ahora de lado la irritación que produce el presupuesto
implícito en este libro (como en tantos otros de anglosajones)
de que parafraseando a Darío "todos los demás
millones de hombres hablaremos inglés", y el abismal
debilitamiento de su capacidad de convencernos con lo que paga
su provincianismo. Quiero en cambio insistir en otra influencia
que distorsiona el trabajo de Kitcher: la que deriva directamente
de la convicción implícita de que hay una manera,
y sólo una, de poner las cosas claras en cuanto a causas,
efectos, acciones y reacciones, en relación con los genes,
el resto del cuerpo y el medio ambiente: la que toma a la genética
molecular al pie de la letra y le aplica análisis filosóficos.
Es aquí donde, creo, es necesario usar la malicia, la ironía
que nos enseña la historia. Las buenas intenciones, la
prudencia, aquello que "nos parece razonable", a lo
que nos conduce nuestro sentido común, suele estar cargado
en una dirección no necesaria; en una dirección
que conlleva ya una escala de valores. No sólo se trata,
como quiere Kitcher, de elegir con base en los datos y el análisis
causal qué valores aplicar sobre las decisiones, sino de
acorralar y neutralizar, ya que no exorcizar, al fantasma de Galton
en las raíces mismas en las que habita: los presupuestos
causales de la genética, o mejor: el monopolio explicativo
de lo hereditario. Se trata también de reconocer que la
estigmatización de grupos humanos a que conduce este monopolio
no se solucionará conociendo mejor algo biológico
(a menos de que alguien proponga la eliminación eugenésica
de un hipotético gene que provocara la necesidad de estigmatizar,
lo cual nos mete en un círculo), sino, más probablemente,
atendiendo las fuentes de los conflictos sociales y promoviendo
una normatividad que valore la diferencia.
No es
sencillo desarticular el monopolio explicativo de lo hereditario.
El predominio reciente de la jerga genética ("genetalk")
que ubica al gene en la cúspide causal tanto de la teoría
evolucionista como de las ciencias biomédicas tiene varias
dimensiones. Desde la utilidad en la práctica de la investigación
de usar descripciones sintéticas y simples (sobrentendiendo
las complejidades de las que Kitcher habla) hasta la creciente
divulgación popular de que somos robots deambulantes, títeres
manejados por nuestros genes. Kitcher, como otros, ve y critica
los peligros de los "excesos" metafóricos. Pero
no va más allá en su crítica a la totalizante
causalidad génica. Yo creo que, con un ojo en la historia
y otro en análisis filosóficos, es posible ver cómo
son esas frecuentes y proliferantes metáforas las que crean
los climas de aparente inevitabilidad que a su vez fecundan la
injusticia. Una vez que promovemos una estructura causal ideal,
o abstracta, o general, sin cargarla intensamente de ironía,
estamos condenados a que solidifique en el imaginario. Entre lo
deseable para el futuro cercano está, creo yo, desbancar
a los genes del centro de atención explicativa y causal.
Volverlos de nuevo un aspecto, un factor causal como otros, sin
privilegios de origen sobre los demás.
Carlos López Beltrán,
"Juego de espejos",
Fractal
n° 9, abril- junio,
1998, año 3, volumen III, pp. 61-90.