La muerte
de mi abuelo hizo inútil nuestra permanencia en los Estados
Unidos, por lo que regresamos a Chile, donde fui olvidando el
inglés y, en cambio, aprendí francés, lengua
que también olvidé posteriormente, y ya de grande
reaprendí, aunque mal. Pero los Estados Unidos no desaparecerían
de mi vida con tanta facilidad, pues cuando cumplí siete
años volvimos a mudarnos, esta vez para que mi padre ocupara
un puesto de profesor de la Universidad de California en Berkeley.
De esto me acuerdo mucho mejor. Era el año de 1964. En
Chile apenas había llegado la televisión y veíamos
en casa "Jim de la Selva" en blanco y negro. Jugábamos
a las canicas en la calle y llevábamos la vida provinciana
de las clases medias santiaguinas de la época. Nuestros
vecinos eran haitianos de la embajada (negros, por supuesto),
y muy amigos nuestros. Recuerdo que los domingos desfilaban por
la calle numerosos paseantes que traían a sus hijos a ver
"a los negritos".
En esos
tiempos los Estados Unidos eran el paraíso de los niños;
la tierra de Walt Disney que tanto había hecho por nosotros.
Lo primero que pedimos mis hermanos y yo cuando nos mudamos fue
una tele a colores, que obtuvimos al llegar. Una bellísima
Sylvania en que admiramos atónitos el pavo real de colores
de la cadena ABC, en que vimos por primera
vez el mago de Oz en época de Halloween, Leave it to Beaver,
Flipper, I Love Lucy, el Superagente 86, Batman y, todos los
sábados
por las mañanas, hora tras hora de maravillosas caricaturas:
Los 4 fantásticos, Los Picapiedra, Mickey Mouse, Bugs Bunny,
Birdman, Don Gato y su pandilla, Huckleberry Hound y tantos otros.
Nuestro
primer mes en Berkeley lo pasamos en un departamento amueblado
que alquilamos mientras buscábamos casa. Mis hermanos Jorge
y Alberto, nuestra nana Gabriela (una vieja chilena que fue nana
de mi papá) y yo descubrimos el mundo del consumo sin límites
ni culpas. Cerca de casa había una tienda, el BBB,
que era tan grande como ninguna en todo Chile. Vendía canicas
a granel (soñábamos con llevarlas a Santiago y ganar
dinero intercambiándolas), modelos de aviones para armar,
pelotas baratísimas, etc. Gabriela se compró un
enorme baúl que fue llenando de muñecas, ropas y
vestidos que compraba en los barrios negros y latinos de Oakland
para llevar a toda su parentela que vivía en una "callampa"
en Santiago. Gabriela recortaba ofertas que se publicaban en los
periódicos latinos y salía todos los fines de semana
a comprar y, después al chacascán.
La casa
que compramos estaba en un cerro llamado Kensington, calle de
Cambridge número 250. Era un caserón viejo, con
dos sótanos llenos de cachivaches de dueños pasados
y todo un piso inferior que era dominio de mis hermanos y mío.
Allí nació mi hermana Tania. Desde mi ventana se
veía toda la bahía de San Francisco, con sus puentes
luminosos y sus edificios que de noche tintineaban como joyas.
La vista de la recámara que compartía con mi hermano
Beto me recuerda hoy unos versos de Rubén Darío:
¡Oh!
¡bien haya el brasero
lleno de pedrería!
Topacios y carbunclos,
rubíes y amatistas
en la ancha copa etrusca
repleta de ceniza.
Los lechos abrigados,
las almohadas mullidas...
En Berkeley
viví una infancia plena y feliz. La magia nocturna de San
Francisco se encendía todas las noches. La última
vez que vi esa bahía desde el avión, lloré
por mi hermano Jorge, que murió a los 39 años. Él
fue mi inspiración en los asuntos del intelecto. En Berkeley
me introdujo al jipismo y a la contracultura. Vivimos allá
de 1964 a 1968, descontando un lapso de once meses que estuvimos
en Santiago. Jorge comenzó su aguerrida adolescencia en
la soledad norteamericana. Se dejó crecer el pelo a pesar
de las sonoras protestas de mi madre y la callada desaprobación
de mi padre, y trajo a casa los Jefferson Airplane, los Greatful
Dead, Bob Dylan, Country Joe and the Fish, The Loading Zone, los
Mothers of Invention, The Band, The Who, los Rolling Stones, los
Beatles, Led Zeppelin, James Taylor, Crosby Stills and Nash, King
Crimson, Roxy Music, T. Rex, Quicksilver Messenger Service, y
tantos otros que durante algún tiempo desplazaron a Mozart
en mi casa. Roll over Beethoven.
La rebelión
de la adolescencia tuvo un fuerte acento norteamericano entre
nosotros, pero no representaba un acercamiento a los Estados Unidos,
sino un rechazo desde la contracultura de aquella sociedad, en
la que el adolescente Jorge estuvo tan solo, en la que después
de la niñez no hay nada más que rebelión
o desolación.
Además,
nos fuimos a México, donde llegamos a tiempo para presenciar
desde la barrera la matanza del 68 y para ingresar a otros Estados
Unidos que nos eran totalmente ajenos: me refiero al Colegio Americano
de la Ciudad de México, compuesto en partes iguales por
un contingente de muchachos y muchachas de Kansas que nada tenían
que ver con el Berkeley que tanto quise, y por otro de mexicanos
riquísimos que a veces eran hasta peores. En México
descubrí que se mira con repudio al gringo y a la norteamericanización,
pero se les tiene la admiración más abyecta. Esta
polarización, que no hacía eco ni con mi experiencia
en Berkeley ni con la infancia chilena, tendió a aislarnos
tanto de los Estados Unidos (salvo por la cultura rockera que,
por otra parte, tampoco compartíamos con demasiada gente
en México, ya que ahí escuchaban a los Union Gap
y a los Beatles más que a Bob Dylan o a los Mothers of
Invention) como de México, país que conocimos bastante
gracias a los maravillosos viajes que emprendíamos en familia
a los pueblos, ciudades y playas, pero cuya sociedad no gocé
plenamente sino hasta que entré a la universidad o, mejor
dicho, hasta que Jorge entró a la Facultad de Ciencias,
en 1971.
Hasta
aproximadamente mis trece años, yo había sido el
deportista de la familia, con poca inclinación hacia la
lectura; pero el aislamiento del Colegio Americano me condujo
hacia los libros, afiló mi sentido crítico tal
vez demasiado y comencé a interesarme por los temas
sociales. Tuve un buen amigo en la prepa, Iván Zatz, cuya
familia pertenecía al medio artístico de México,
y con el me adentré más en la literatura latinoamericana.
Digo "más" porque con Jorge tenía yo largas
conversaciones sobre literatura: desconfiábamos de Fuentes,
de sus ambientes tan llenos de tinieblas; nos fascinaban Vargas
Llosa, García Márquez, Alejo Carpentier y Jorge
Ibargüengoitia; Agustín Yáñez nos parecía
aburrido... en fin, todo estaba muy resuelto. Hoy, en cambio,
me pasa lo que decía Borges: ya soy demasiado viejo para
saberlo todo. Iván también me llevó a la
Peña de los Folcloristas, donde le di por primera vez (al
menos conscientemente) mi mano al indio.
El otro
día, conversando con Héctor Manjarrez, me dio un
poco de pena confesar que yo había cantado en una peña,
aunque haya sido por pocos meses. Me miró un poco asombrado.
Ni modo. Tuve que tomar muchos cafés de olla antes de darle
la espalda al populismo del canto nuevo.
A los
16 años ingresé a la Escuela Nacional de Antropología
y participé del rechazo generalizado a lo norteamericano,
pero el marxismo que ahí se enseñaba era tan chato
que ni siquiera mi amor herderiano por la tierra mexicana (amor
que tuvo, y seguramente tiene aún, toda la pasión
de un converso) pudo alejarme demasiado tiempo de lo que estaban
haciendo los antropólogos en los Estados Unidos. Y es que
allí la antropología estaba dedicándose al
estudio de la cultura. Poco a poco, fui descubriendo a los autores
que consolidaron lo que se llamó en su época la
"antropología simbólica": Victor Turner,
Clifford Geertz y Marshall Sahlins. El libro de Sahlins que apareció
en 1976, Cultura y razón práctica, fue en
mi opinión un flechazo mortal a lo que hacían y
creían muchos de mis compañeros y profesores; y,
cosas del destino, hoy tengo la suerte de ser colega del profesor
Sahlins. Mis problemas con la antropología en México
no fueron sólo intelectuales, hubo también cuestiones
de forma de vida. La antropología mexicana era (creo que
ya no lo es) un mundo endogámico en el que estabas en el
centro de la madeja o estabas marginado. Yo estuve en el centro
un tiempo, pero un atavismo judaico me fue orillando. No era creyente,
leía libros prohibidos. Pero creo que lo que me aislaba
más era que no tenía claro qué quería.
No deseaba poder político, sabía que me estaba vedado;
pero mantenía una preocupación política un
poco más abstracta y general. Mi propia incertidumbre me
prohibía aprovechar el entorno.
Salí
de la ENAH e ingresé a la UAM
cuando ésta abrió sus puertas, pero la UAM
se reveló muy pronto como una utopía fallida. Más
que ser una Casa Abierta al Tiempo fue para mí una casa
abierta a la intemperie. Hubo, sin duda, personas extraordinarias,
como mi maestro Porfirio Miranda, a quién recuerdo con
mucha admiración y afecto. Hubo también ricas experiencias
personales y mucho aprendizaje mis primeros trabajos de
campo, mis primeras "grillas", algunas buenas fiestas.
Pero
había demasiada gente empecinada en ser dueña de
aquello, y las pugnas y rencillas acabaron convirtiendo el lugar
en un hoyo para mí. Como no nací para ser topo,
me recibí en cuanto pude y fui a Estudiar a la Universidad
de Stanford, que me ofreció una beca para realizar estudios
doctorales.
En Stanford
pertenecí a un cuadro muy privilegiado: el Departamento
de Antropología admitía anualmente sólo a
seis o siete alumnos al doctorado, cada uno con beca completa.
Esto significaba que había un profesor por cada estudiante,
lo cual permitía que nos dieran una atención minuciosa.
Además, el hecho de que la universidad contara con estas
becas atraía a estudiantes muy capaces. Aprendí
mucho en Stanford.
Por
otra parte el mundo de las relaciones interpersonales no era fácil.
Todo el mundo estaba siempre muy ocupado. En los Estados Unidos,
estar "very Busy" es un punto de honor, y tener tiempo
es un defecto que hay que ocultar. Tanto así que cuando
me mudé a Nueva York se me ocurrió un buen negocio.
Lo paso al costo. Se trata de fabricar agendas que ya lleven impresas
numerosas citas. El cliente ideal será un inmigrante quien,
armado con esta agenda, podrá contestar sin titubeos que
tiene una cita el próximo jueves, que qué tal si
mejor el viernes (etc.), y así evitar que se desplome su
prestigio aun antes de su primera cita. El que fabrique esta agenda
ganará mucho dinero.
Mis
peores experiencias en Stanford fueron por este problema. Una
vez le hablé a un compañero norteamericano a quien
yo consideraba mi amigo más cercano. Le dije que estaba
muy deprimido, que si nos íbamos a tomar una copa. Su respuesta
fue: "¡Maravilloso! ¿Qué te parece el
jueves a las cinco?"
Este
tipo de experiencias me llevó a concluir que en los Estados
Unidos no existía la amistad. Regresé a México
muy agradecido por la educación que recibí en Stanford,
pero habiendo cortado la mayor parte de mis lazos afectivos con
ese mundo.
Ya en
Nueva York, siete años después de mi salida de Stanford,
volví a enfrentarme con esta cuestión, y para capearla
mejor inventé la categoría de "umigo".
La "u" de "umigo" es la misma y tiene el mismo
significado que la "u" de "utopía"
o de "ucronía". Los umigos no son exactamente
iguales a los amigos comunes y corrientes; por ejemplo, saludan
sólo cuando quieren. Sin embargo y éste fue
mi error en Stanford tampoco son simples conocidos. En verdad
la umistad ofrece numerosas posibilidades. Es cuestión
de no confundirla con la amistad.
Los
Estados Unidos son un país muy extraño. Uno cree
reconocerlo todo gracias a Hollywood y a la tele, pero la verdad
es que uno entiende mucho menos de lo que piensa. Los misterios
de la amistad, del amor, de la reproducción, del trabajo
y de la política se revelan sólo muy poco a poco,
y haría falta una acuciosa Margaret Mead mexicana para
describir y explicar las formas en que aquí se cría
a los niños, se trata a los adolescentes, se estudia en
las escuelas, etcétera.
La idea
de que los Estados Unidos son un país occidental oculta
mucho más de lo que revela. Se trata, más bien,
de un mundo que es pagano frente al consumo, puritano en su severidad
con el individuo y orwelliano en el enorme desarrollo de la relación
confesional entre el individuo y un público abstracto.
La falta de tradición aristocrática hace que aquí
no haya honor, sino éxito y fracaso.
Sin
embargo, esta nueva Babilonia también ofrece mucho. Muchísimo.
Así como las ciudades fronterizas de México forman
parte de una unidad tensísima con sus "ciudades gemelas"
del otro lado de la frontera, asimismo tenemos el alma dividida
quienes vivimos de este lado para reconfigurar el sentido de nuestras
vidas en el otro. La vida en los Estados Unidos me permitió
hacer nuevos amigos, tanto en México como aquí.
Me extendió también el privilegio de trabajar cerca
de colegas admirados y el honor de tener buenos estudiantes. El
flujo y el reflujo entre México y los Estados Unidos tiene
fuertes costos personales, sin duda, pero me ha servido para ir
aprendiendo a decir las cosas, para irlas valorando.
La libertad
que adquirí como profesor en Nueva York era difícil
de obtener en México, donde no pertenecía yo a una
generación. La forma en que hice mi carrera me separó
un poco de la mayoría de mis coetáneos. Por otra
parte, pese a que provengo de una familia de universitarios, nunca
me sentí uno de los "dueños" del mundo
cultural-político mexicano, es decir, dependía mucho
de reconocimientos dentro de un campo que en su mayoría
no estaba dedicado a los temas que me interesaban. En los Estados
Unidos, en cambio, la estructura institucional desde la cual se
produce conocimiento es tanto más diversificada y grande
que puede llegar un joven, escribir un buen artículo de
investigación y ser reconocido. Esto me sucedió,
y comencé a acostumbrarme a la libertad de decir lo que
pensaba y a que se reconociera el peso de las ideas si éstas
eran buenas.
Hace
aproximadamente dos años acepté una cátedra
en la Universidad de Chicago, que es un ámbito de discusiones
intelectuales intensas. Estimo enormemente a mis colegas de aquí,
aprendo cosas nuevas todos los días y aprecio la posibilidad
de escribir y leer en la biblioteca. Al mismo tiempo, me voy adentrando
en otra región ya no Nueva York, ya no California,
una ciudad que es la quintaesencia de la modernidad norteamericana.
Mi historia
con los Estados Unidos no fue nunca ni de rechazo absoluto ni
de seducción total. Hoy me encuentro en una situación
parecida a la de doña Flor en la famosa novela de Jorge
Amado: aprecio el ámbito laboral que me brindan los Estados
Unidos y necesito la vitalidad infinita y la razón de ser
que siempre he encontrado en México.
Claudio Lomnitz, "A
caballo en el Bravo", Fractal
n° 9, abril- junio,
1998, año 3, volumen III, pp. 121-130.