El 21
de noviembre, Herrera, Villa y sus hombres ocuparon la antigua
colonia militar de San Andrés sin hallar oposición
activa. Ese mismo día, a Villa le llegó la noticia
de que un tren que transportaba tropas federales se dirigía
al pueblo. Con un pequeño grupo de hombres, Villa se atrincheró
en la estación y, cuando los soldados empezaban a descender
del tren, los revolucionarios abrieron fuego. El capitán
Yépez, que comandaba las tropas federales, cayó
muerto, al igual que varios de sus hombres, y los supervivientes
se retiraron.
En términos
militares, fue un choque de menor importancia, pero su impacto
psicológico fue enorme. Por primera vez los revolucionarios
se habían enfrentado a los federales y los habían
obligado a retirarse. Cientos de voluntarios, principalmente de
San Andrés, pero también de los pueblos circundantes,
se unieron al ejército revolucionario. El contingente de
Herrera y Villa pronto llegó a los 325 hombres. En teoría,
Herrera era su comandante. En la práctica, Villa asumía
cada vez más funciones de jefe. Herrera había sido
un buen político pero no era un jefe militar y se mostró
incapaz de controlar a sus hombres. Cuando su contingente entró
en San Andrés, los hombres empezaron a celebrar su victoria
disparando las armas al aire. No sólo esa ruidosa balacera
asustaba a la población civil, sino que era un desperdicio
de municiones. Villa intentó persuadir a su jefe de que
ordenara detenerla. Pero tal vez por inseguridad, Herrera rehusó.
Y fue Villa quien tuvo que ordenar que cesaran los disparos y
disciplinar a la tropa.(2) Así empezó
a trasladarse la autoridad de Herrera a él.
En los
primeros días de cualquier revolución hay una oleada
de incontrolable exuberancia, optimismo sin límites, la
sensación de que, con un mínimo de sacrificio, todo
es posible. Los revolucionarios de Chihuahua no fueron la excepción.
Habían tomado sus primeros pueblos prácticamente
sin lucha y habían rechazado el primer ataque de las tropas
federales. ¿Por qué no atacar la capital del estado
y así obtener el triunfo decisivo de una vez por todas?
Era un plan loco y estuvo a punto de conducir a Villa y sus hombres
al desastre total. Ya con quinientos rebeldes en sus filas, marcharon
sobre la ciudad de Chihuahua. Acamparon a pocas millas de ella
y Herrera envió a cuarenta hombres en misión de
reconocimiento bajo el mando de Villa, quien los dividió
en dos pequeños grupos. Los treinta revolucionarios que
integraban el primero de ellos llegaron a la cima de El Tecolote,
donde vieron a setecientos soldados federales que avanzaban contra
ellos. En vez de regresar para unirse al contingente principal,
decidieron presentar batalla. Era un combate desigual y media
hora más tarde se vieron forzados a retroceder. Pero mediante
un astuto ardid lograron retardar la persecución de los
federales. Colocaron en la cima de la montaña una hilera
de sombreros, y los soldados creyeron que había un revolucionario
debajo de cada uno de ellos, de manera que avanzaron muy cautelosamente,
disparando todas sus municiones contra los ficticios contrincantes.(3)
Mientras los treinta revolucionarios se retiraban así,
sin haber sufrido bajas, Villa y los diez hombres restantes entraron
en escena y atacaron a los setecientos soldados federales. Fue
un acto de valor pero, tal como Villa más tarde relató,
absolutamente absurdo, y él y sus hombres estaban cerca
de perecer cuando el grupo que se retiraba regresó y contraatacó.
Tras mantener a los federales a raya por casi una hora, lograron
escapar. Las tropas federales no podían concebir que sólo
cuarenta hombres los hubieran atacado. Villa y sus hombres resistieron
todo ese tiempo, contra fuerzas muy superiores, en la esperanza
de que Herrera y los suyos se les unirían y que desde la
situación de ventaja de la cima podrían impedir
que las tropas federales avanzaran hacia las montañas del
oeste de Chihuahua, donde se concentraban las fuerzas revolucionarias.
Pero Herrera no se movió. Como resultado, empezó
a crecer un encono mutuo entre Villa y él.(4)
El
gobierno de Díaz y la revolución de Chihuahua
Cuando
comenzaron los alzamientos en Chihuahua, Díaz estaba seguro
de poder aplastarlos y resolvió hacerlo sin medias tintas,
reforzado su optimismo por ciertos signos de desaliento que presentaban
los revolucionarios. Para muchos, esos primeros días de
diciembre no sólo fueron momentos de triunfo, sino también
de decepción.
Empezaron
a darse cuenta de que estaban prácticamente solos, ya que
únicamente se habían producido fuera de Chihuahua
unas pocas escaramuzas locales. Madero todavía estaba en
Estados Unidos y no lograba entrar en México. Todo el poderío
del gobierno federal se concentraba contra la gente de Chihuahua.
Al mismo tiempo, el éxito de los revolucionarios había
hecho comprender a una parte de la élite del estado (aunque
no a los Terrazas) que no estaba tratando con unos pocos bandidos
aislados, sino con un auténtico levantamiento popular.
Un grupo de chihuahuenses destacados (no está claro si
actuaron con el apoyo tácito o la tolerancia del gobierno
estatal o federal) empezaron a negociar con los revolucionarios.
Villa y algunos otros dirigentes estaban dispuestos por lo menos
a considerar la posibilidad de una tregua de cuatro semanas. Los
miembros de la élite que hicieron la propuesta tenían
la esperanza de que las negociaciones pusieran fin a la revolución;
de que, al ver que tras cuatro semanas el resto del país
no se levantaba, los revolucionarios depondrían finalmente
las armas. Por su parte, éstos calculaban que en cuatro
semanas surgirían nuevos movimientos en otros puntos del
país y que al reemprender las operaciones ya no tendrían
que llevar solos toda la carga de la lucha.
Pero
los dirigentes revolucionarios de Chihuahua no podían firmar
tal acuerdo por sí mismos. Decidieron enviar a Cástulo
Herrera a Estados Unidos para averiguar si González y Madero
aceptaban el armisticio. Antes de que éstos pudieran tomar
una decisión, Díaz rechazó la idea de cualquier
tipo de arreglo.(5) Las noticias de la revolución
en Chihuahua habían llegado a las
primeras
planas del mundo entero y habían menoscabado la confianza
de los financieros y los bancos en la estabilidad del gobierno
mexicano. El secretario de Hacienda, José Yves Limantour,
que había viajado a Europa a negociar una reconversión
de la deuda mexicana, escribía que las condiciones de pago
que exigían los bancos y otras instituciones financieras
se habían endurecido como resultado de las noticias sobre
los levantamientos y la inquietud social en México.(6)
Díaz consideró que se requería una victoria
decisiva para que los mercados financieros recuperaran la confianza
en su gobierno. Para someter a las principales fuerzas revolucionarias,
concentradas en Chihuahua, eligió una estrategia doble.
Envió refuerzos de más de cinco mil soldados federales,
bajo el mando de un antiguo colaborador en el que confiaba mucho,
el general Juan Hernández, que había estado destacado
en Chihuahua durante muchos años y tenía un amplio
conocimiento del terreno y las condiciones locales.
Al mismo
tiempo, Díaz decidió utilizar cuantos recursos pudieran
movilizar los Terrazas para combatir a la revolución. Le
llegaban rumores de que el clan volvía a emplear el viejo
juego de duplicidades que le había dado tan buenos resultados
en 1879 y 1892: apoyar subrepticiamente a los revolucionarios
para obtener más concesiones del gobierno. Pensó
que la forma de forzarles la mano a los Terrazas era nombrar a
un miembro destacado de la familia como gobernador de Chihuahua.
El 6 de diciembre, José María Sánchez, el
gobernador nombrado por Creel, fue sustituido por Alberto Terrazas.
Nadie
podía estar más cerca de Luis Terrazas y de Enrique
Creel que Alberto Terrazas. Era hijo de Luis y se había
casado con una nieta de éste, hija de Creel, de manera
que su esposa era también su sobrina.(7)
Este
nombramiento fue un grave error por el que Díaz pagaría
un alto precio. Aun sin ser gobernador del estado uno de los suyos,
el clan Terrazas y Creel habría luchado con todos sus recursos
contra los revolucionarios, ya que tenían todo que perder
y nada que ganar con una victoria rebelde. Se daban cuenta de
que la revolución se dirigía principalmente contra
ellos. Al identificarse completamente con los Terrazas, Díaz
echó más leña al fuego.
Sin
embargo, a primera vista, las esperanzas y los cálculos
del presidente de México parecían razonables. El
número de revolucionarios que había en Chihuahua
a principios de diciembre se calculaba en unos mil quinientos
hombres. Escasa actividad revolucionaria se había producido
en el resto del país. Parecía fácil aplastar
a los rebeldes con la combinación de cinco mil soldados
federales y los enormes recursos del imperio de los Terrazas.
Podía esperarse que la mejor organización, el mejor
armamento y entrenamiento, y la superioridad numérica del
ejército federal le permitirían derrotar a los revolucionarios
en las batallas regulares. Los Terrazas, por su parte, al movilizar
a sus servidores, clientes, peones y partidarios, tanto de las
haciendas como de las pequeñas ciudades, aislarían
a los revolucionarios restantes, les cortarían cualquier
tipo de abastecimiento y les impedirían sobrevivir como
guerrilleros.
El
fracaso de la opción militar de Porfirio Díaz
Tradicionalmente,
cuando se producía un levantamiento local, Díaz
empleaba una combinación de tropas federales y auxiliares
locales. Los nativos conocían el terreno, tenían
buen conocimiento de los rebeldes de la zona y sus escondites,
podían contar con por lo menos algún grado de apoyo
local y constituían una eficaz fuerza contraguerrillera.
Pero al fracasar la estrategia de Terrazas, Díaz tuvo que
confiar solamente en las tropas federales. Las pocas tácticas
contraguerrilleras que Díaz ensayó desde territorio
estadounidense no tuvieron éxito.(8)
Las tropas federales no conocían el terreno y a menudo
eran impopulares en Chihuahua. Pero, sobre todo, eran demasiado
escasas.
García
Cuéllar, uno de los comandantes más importantes
de Díaz en Chihuahua, había llegado a la conclusión
de que "esta revolución es idéntica a la insurrección
bóer e Inglaterra no la dominó hasta que mandó
a diez soldados por cada bóer. Esto que parecía
risible a algunos es la verdad y para allá vamos".(9)
Sólo
había entre cinco y diez mil soldados federales en Chihuahua.
El ejército federal contaba en total con alrededor de 30
mil, pero Díaz no podía concentrar más tropas
en Chihuahua en un momento en que amenazaban con estallar levantamientos
en otras partes del país.
La primera
solución que se le ocurrió a Díaz fue aumentar
rápidamente el tamaño del ejército. Pero
se dio cuenta de que era una tarea imposible. Ése era el
tema de los informes que sus gobernadores le enviaban de todo
México. En Campeche, el gobernador, aunque expresaba su
pleno apoyo a Díaz, no veía cómo satisfacer
sus instrucciones de reclutar cien hombres para la guarnición
de su capital "dada la general aversión que el pueblo
acusa por el servicio militar, principalmente en las actuales
circunstancias, pues todo llamamiento para ese servicio se interpreta
y comenta como si se tratara de enviar a los llamados a él
para fuera del estado".(10) En tono
semejante, el gobernador de Zacatecas informaba de las dificultades
que tenían sus funcionarios para hallar voluntarios.(11)
El gobernador de Durango fue todavía más explícito:
"Hace días que estoy arreglando el establecimiento
de unas guerrillas, que emprendan activa persecución contra
las partidas de revoltosos que han invadido el estado; esto me
está costando algunas dificultades, porque no hay mucha
gente que de buena voluntad preste sus servicios en este sentido".(12)
Algunos
de los gobernadores de Díaz se hallaban en aprietos para
explicar la falta de entusiasmo popular por defender al régimen,
ya que no querían admitir que los habitantes de sus estados
pudieran estar descontentos con éste, o con ellos, y por
eso buscaban otra manera de justificar la falta de reclutas. "La
causa de esto", escribía el gobernador del estado
de Tamaulipas, tras describir sus dificultades para hallar voluntarios,
estriba,
señor, en la índole actual de nuestro pueblo,
que sólo se afana en trabajar, vivir en familia y disfrutar
de los beneficios de la paz. Cuando se consigna a alguno, viene
luego la deserción de los demás que, al ausentarse,
encuentran trabajo en otro pueblo o ranchería, que solicita
brazos para las faenas del campo [...] Esto se palpa con más
evidencia en la frontera, pasándose la gente al lado
americano, lo que viene a originar así disminución
de número de habitantes.(13)
El gobernador
de Querétaro halló una excusa particularmente original.
La gente de su estado era demasiado "tímida"
para pelear.(14) El de Puebla atribuía
el problema a que los hombres temían ser enviados fuera
del estado, especialmente a Chihuahua o a Yucatán.(15)
Otros gobernadores eran más honrados y claros. "Con
el mayor respeto y con pena", escribía el gobernador
de Sonora, "amplío mi telegrama para repetir lo que
ya he manifestado a usted, y es que de día a día
crece el número del enemigo y decrece el de nuestras tropas,
así como crece el sentimiento revolucionario en todo el
estado".(16)
Las
dificultades para encontrar voluntarios se complicaban con las
dificultades aún mayores para cubrir las bajas. El método
que consistía en forzar a los disidentes, los enemigos
personales de los funcionarios locales o miembros de los sectores
más pobres de la sociedad a ingresar en el ejército
era tan impopular que el gobierno, dándose cuenta de que
era una de las causas principales del estallido de la revolución,
se resistía a usarla. Pero no contaba con ningún
otro método. Cuando aplicó en efecto este método,
los resultados fueron a menudo catastróficos. En la ciudad
de Tula, en el estado de Hidalgo, la policía rural, que
los funcionarios trataron de movilizar, prefirió abrirse
paso a balazos para salir de la ciudad antes que enfrentarse a
los revolucionarios.(17)
El gobernador
de Campeche casi causó una sublevación en su estado
cuando intentó alistar por la fuerza a 28 hombres. "Estas
medidas causaron gran descontento y alarma entre la población
de este estado. Muchos habitantes de los pueblos, hombres en edad
de prestar el servicio militar, se ocultaron, mientras que otros
emigraron a Yucatán, Quintana Roo o Tabasco para no ser
sometidos a la conscripción. En algunos pueblos hubo signos
evidentes de rebelión y temí que estallara un grave
conflicto."(18) El gobernador suspendió
el reclutamiento.(19)
En Yucatán,
el gobernador informaba que los hombres alistados para servir
en la guardia nacional se escondían. "La organización
de tales guardias nacionales ha dado ocasión a que en algunas
poblaciones se subleven los llamados a formarla y a que en otras
obedezcan sin recurrir a vías de hecho a mano armada, pero
sí retirándose a las afueras de la población
en actitud amenazante." (20)
Algunos
gobernadores se plantearon entonces estrategias desesperadas.
El de Yucatán consideró la posibilidad de reclutar
indios de la Huasteca, que habían sido contratados para
trabajar en los campos de sisal. Estaba convencido de que preferirían
el servicio militar, que sólo duraría seis meses,
con el retorno a casa garantizado, antes que seguir trabajando
como jornaleros en las plantaciones.(21)
El general José María de la Vega, en León,
Guanajuato, le sugirió a Díaz que se ofreciera a
los posibles soldados un pago adelantado para atraerlos a las
oficinas de reclutamiento y, una vez allí, "no dejarlos
salir y destinarlos luego" al ejército.(22)
En conjunto estas estrategias tuvieron escaso efecto y, conforme
avanzaba la revolución, fue imposible incrementar sustancialmente
el número de tropas a disposición del gobierno.
En Chihuahua,
el fracaso de la estrategia de Terrazas y la incapacidad de Díaz
para engrosar las filas federales llevaron a sus comandantes,
y particularmente al hombre que había designado para aplastar
el levantamiento, el general Juan Hernández, a defender
una política de compromiso y conciliación.
Cuando
llegó a Chihuahua, Hernández se sentía optimista.
Hablaba de enviar tropas a Ciudad Guerrero, que era el centro
de la rebelión. Estaba convencido de que "si logramos
exterminar a estos revoltosos (en Ciudad Guerrero), seguramente
que vendrá la desmoralización de los demás"
y la revuelta terminaría.(23) Una
semana más tarde estaba aún más esperanzado,
porque había infligido a los revolucionarios una derrota
menor. Pensaba que el fin de la revolución estaba cerca:
"De los informes que he recogido se desprende que ha causado
honda impresión entre los revoltosos la derrota que acaban
de sufrir y que muchos se han convencido de que no pueden luchar
con las fuerzas del gobierno, resolviéndose, por lo mismo,
a abandonar su mala causa".(24)
Conforme
el movimiento revolucionario, a pesar de las derrotas temporales,
cobraba más impulso, Hernández empezó a cambiar
de opinión. Le impresionó mucho que, en la ciudad
de Carretas, "trece revolucionarios saquearon la ciudad,
que tiene dos mil habitantes, y nadie les opuso resistencia".
Se daba cuenta "de que los revoltosos tienen muchos simpatizantes
entre la gente de aquí que habla con gran fervor del triunfo
de su causa".(25) Pocos días
después, Hernández era aún más explícito.
Creo
mi deber informar a usted de un modo claro que las cuestiones
que aquí se han suscitado y que tanta sangre están
costando no reconocen otro origen que el descontento general
que existe en los habitantes del estado desde que el gobierno
está en poder de personas de la familia Terrazas, familia
a quien aborrecen, y como se cree que estos gobernantes sólo
pueden sostenerse con el apoyo de usted, a usted lo hacen responsable
de esta situación.(26)
Un informe
anónimo, que Hernández retransmitió a Díaz,
equivalía a una devastadora acusación contra los
Terrazas y un sombrío pronóstico de las consecuencias
que tendría la revolución para el régimen
si no se realizaban cambios rápidamente. Las causas principales
de la revolución, según el anónimo autor,
eran "antiguos disgustos por la distribución de terrenos
vecinales, frecuentes desapariciones de ganados no herrados, presión
excesiva de prefectos o presidentes municipales de escasa ilustración
y contribuciones multiplicadas que gravan en demasía los
pequeños negocios, con más la contribución
individual". Madero no hacía más que utilizar
para sus propios fines el descontento de la población de
Chihuahua, dirigida principalmente contra "el general don
Luis Terrazas, siendo el hombre más rico en Chihuahua y
teniendo el control de todas las empresas grandes
y aun de muchas pequeñas y aun mezquinas, como la de mingitorios
públicos". Había un sentimiento generalizado
de que los Terrazas "acabarían por absorber todo lo
que Chihuahua representa de capital y de energía".(27)
Fallidos
intentos de encontrar una solución política
El general
Hernández fue una excepción notable entre los militares
porfirianos, porque defendía una solución política
y social en vez de una salida puramente militar. Sus ideas también
diferían de las de los políticos porfirianos que,
en una etapa posterior de la revolución, llegaron a defender
una solución política que consistiera solamente
en negociar con los dirigentes de clase alta del movimiento maderista.
Hernández estaba a favor de una negociación con
las clases bajas de Chihuahua que se estaban sublevando, porque
tenía la esperanza de evitar así que se unieran
a Madero.
Esto
no significa que Hernández se opusiera a la represión.
El 19 de enero de 1911, describió las medidas que consideraba
necesarias en una carta a Porfirio Díaz: "De nuevo
tengo que decir a Ud.", escribió,
que
todo el estado simpatiza con la revuelta actual y que se necesita
trabajar mucho para cambiar la situación; trabajar moral
y materialmente. Se necesita el convencimiento para unos, la
energía para otros y la inflexibilidad para los más
rebeldes. Para muchos, no es eficaz la consignación que
de ellos se ha estado haciendo al juzgado de Distrito; sería
mucho más práctico y de resultados más
positivos mandarlos a Yucatán, o más bien dicho,
al Territorio Quintana Roo, en la misma forma que lo hicimos
con los perniciosos de Oaxaca y Puebla. Si Ud. se dignara autorizarme,
nos quitaríamos de aquí muchos sediciosos que
desde su prisión están ayudando a los revolucionarios.(28)
_________________________
* Fragmento de la exhaustiva biografía de Francisco Villa,
fruto de dos décadas de investigación, que publicará
Ediciones Era en dos tomos en noviembre dentro de su colección
Problemas de México.
Notas
_________________________
(1) Francisco Almada, Resumen de la historia
del estados de Chihuahua, México, 1955.
(2)
Manuel Bauche Alcalde, "El General Francisco Villa",
manuscrito inédito, p. 72.
(3)
Las actividades militares de Villa durante las primeras fases
de la revolución maderista han sido objeto de controversias
entre los historiadores. Para la mejor descripción y análisis
de las actividades de Villa en esta etapa de su vida véase
Miguel Sánchez Lamego, Historia militar de la revolución
mexicana en la época maderista, Talleres Gráficos
de la Nación, México, vol. 1, y sobre todo el notable
libro de Santiago Portilla sobre la revolución maderista,
Una sociedad en armas. Insurrección antirreeleccionista
en México, 1910-1911, El Colegio de México,
México, 1995. Aunque no hay discrepancias sobre el intento
de atacar a la ciudad de Chihuahua, el truco de los sombreros
no es aceptado por todos los autores, pero lo registra Juvenal
(pseudónimo de Pérez Rul), ¿Quién
es Francisco Villa?, Gran Imprenta Políglota, Dallas,
1916.
(4)
Manuel Bauche Alcalde, op. cit., p. 77.
(5)
Véase Francisco Almada, Historia..., vol. 1, pp.
181-182. Miguel Sánchez Lamego, op. cit., vol. 1,
pp.78-79.
(6)
Archivo Porfirio Díaz, 019888, Limantour a Díaz,
23 de noviembre de 1910.
(7)
Francisco Almada, Gobernadores del estado de Chihuahua,
Centro Librero La Prensa, Chihuahua, 1981, pp. 451-454.
(8)
Véase Paul Vanderwood, Disorder and Progress. Bandits,
Police and Mexican Development, University of Nebraska Press,
Lincoln, 1981.
(9)
Archivos UNAM, Papeles de Rafael Chousal,
García Cuéllar a Chousal, 13 de enero de 1911.
(10)
Archivo Porfirio Díaz, 006146, 00617, Gobernador de Campeche
a Díaz, 10 de abril de 1911.
(11)
Ibid., 005793,
Gobernador de Zacatecas a Porfirio Díaz, 30 de marzo de
1911.
(12)
Ibid., 003569,
Gobernador de Durango a Porfirio Díaz, 22 de febrero de
1911.
(13)
Ibid., 000486,
Gobernador de Tamaulipas a Porfirio Díaz, 28 de enero de
1911.
(14)
Ibid., 007171,
Gobernador de Querétaro a Porfirio Díaz, 17 de abril
de 1911.
(15)
Ibid., 007157,
Gobernador de Puebla a Porfirio Díaz, 17 de abril de 1911.
(16)
Ibid., 006981,
Luis Torres a Díaz, 9 de abril de 1911.
(17)
Ibid., 007218,
Funcionario de Tula, firma ilegible, a Díaz, 26 de abril
de 1911.
(18)
Ibid., Gobernador
de Campeche a Díaz, 23 de marzo de 1911.
(19)
Ibid.
(20)
Ibid., 005280,
Gobernador de Yucatán a Díaz, 8 de marzo de 1911.
(21)
Ibid., 006374,
Gobernador de Yucatán a Díaz, 19 de abril de 1911.
(22)
Ibid., 006762,
José María de la Vega a Porfirio Díaz, 16
de abril de 1911.
(23)
Ibid., 020703,
Juan Hernández a Porfirio Díaz, 7 de diciembre de
1910.
(24)
Ibid., 020642,
Juan Hernández a Porfirio Díaz, 14 de diciembre
de 1910.
(25)
Ibid., 020623,
Juan Hernández a Porfirio Díaz, 25 de diciembre
de 1910.
(26)
Ibid., 000074,
Juan Hernández a Porfirio Díaz, 1° de enero
de 1911.
(27) Ibid., 017356-017365,
Informe anónimo transmitido por Hernández a Díaz,
sin fecha.
(28) Ibid., 000045,
Hernández a Díaz, 19 de enero de 1911.
Friedrich
Katz, "Francisco
Villa*", Fractal
n° 9, abril-junio,
1998, año 3, volumen III, pp.
165-181.