En Chile,
en 1973, el golpe derrocó al gobierno electo de Salvador
Allende que representaba intereses populares. Este golpe, sin
embargo, no hubiera sido posible sin el apoyo militante de la
Democracia Cristiana (ligada en aquel tiempo a los industriales
y grandes propietarios de tierra), que minó los esfuerzos
de Allende para unificar a sus aliados y debilitó su posición
en el conflicto político. El golpe de Chile fue posible
no sólo debido a la decisión de los militares de
tomar el poder en sus manos, sino al hecho de que la crisis del
gobierno de Allende representaba algo más que una crisis
provocada por los errores y contradicciones de la Unidad Popular.
A saber, la resistencia de la clase dominante (fuera del control
del Estado) a perder su hegemonía.
Si el
argumento de los "peligros políticos y sociales internos"
acaso alude a los golpes en Chile (1973), Brasil (1964) y Argentina
(1976), no es suficiente para explicar el golpe en Perú
(1968). A menos que se admita como un peligro social el "orden
social injusto" la razón dada por Velasco Alvarado
para definir los objetivos del nuevo gobierno militar, hay
que aceptar que el argumento de Rouquié enfrenta aquí
dificultades. La intervención militar no fue llevada a
cabo en nombre de la defensa del statu quo, ni contra la
amenaza comunista, sino para impulsar la "transformación
según el propio Velasco de las estructuras
sociales, económicas y culturales." La toma del Estado
por los militares ocurre no como otro "golpe militar, sino
como el comienzo de una revolución nacionalista" en
la que la sociedad, junto con las fuerzas armadas, intentarían
romper "el poder de una oligarquía egoísta
y colonialista" y recuperar la "soberanía frente
a la presión externa", en palabras del mismo Rouquié
(El Estado Militar en América Latina, p. 347).
Sin embargo,
sería injusto no valorar la explicación de Alan
Rouquié sobre la relevancia de la institución militar
como una institución de Estado. En la naturaleza
y la conformación del Estado se hallan, en mi opinión,
las características particulares y singulares de
cada golpe militar.
Al parecer,
la crisis del sistema político chileno se inicia mucho
antes de la era de Salvador Allende. Probablemente se remonta
a 1964, cuando el presidente Frei ofrece la "revolución
en libertad" para obtener algunas ventajas políticas
sobre la izquierda y fomentar el crecimiento de la economía.
Frei multiplicó las "expectativas crecientes"
de la gente y no respondió a sus necesidades. La inestabilidad
social que trajo consigo este desbalance aparece como uno de los
factores centrales que explican los cambios ocurridos en el Estado
chileno, en cuya evolución el gobierno de Allende no es
más que la última etapa (civil).
Si bien
es legítimo hacer hincapié en que el ejército
es una institución del Estado, en Chile y Perú,
al menos, las fuerzas armadas mantienen cierta autonomía
frente al "interés de Estado". En Chile, la dinámica
de la Junta Militar muestra el grado de autonomía relativa
que las fuerzas armadas tenían antes del golpe. En Perú,
el ejército modifica su naturaleza al realizar un giro
radical contra los intereses oligárquicos.
Los
militares peruanos reflejan en gran medida la importancia que
el "nuevo profesionalismo" subrayado por Alfred
Stepan en The Military in Politics (Nueva Jersey, 1971)
tiene en el involucramiento de la institución militar en
la esfera política. ¿Representa este "nuevo
profesionalismo" una evidencia efectiva para evaluar la autonomía
relativa de las fuerzas armadas en tanto que institución
estatal? O por el contrario: ¿vincula esta "profesionalización"
al ejército con la sociedad y, por tanto, lo incorpora
dentro del Estado como una institución a cargo de proteger
sus intereses?
Los
espectros de la clase media
En The
Middle-Class Military Coup (Nueva York, 1976) José
Nún sostiene que las intervenciones militares se inclinan
a representar a la clase media y a compensar su incapacidad para
gobernar como grupo hegemónico y alcanzar el desarrollo
de sus países. Su análisis pone énfasis en
la composición social de las fuerzas armadas. Para Nún
dicha composición las predispone a defender el interés
de los sectores de clase media. En otras palabras, ya que la mayoría
de los oficiales del ejército son reclutados entre la clase
media, los militares representan en última instancia sus
intereses cuando se involucran en política.
Más
allá de las críticas que esta teoría merece,
sus conclusiones sugieren al menos un par de problemas dignos
de mención. El primero se relaciona con la forma en que
se concibe la clase media desde una perspectiva general, sobre
todo en el contexto de América Latina. El segundo trata
de su comportamiento en un golpe militar. Ambos dilemas se infieren
de una dudosa concepción sobre las realidades políticas
de una clase que en América Latina ha mostrado debilidades
notorias para organizarse e identificarse coherentemente. ¿Es
posible hablar, al menos en el caso de América Latina,
sobre políticas de clase media, como sugiere Nún,
y, por añadidura, sobre golpes militares de clase media?
¿Pueden representar los militares los intereses de una
clase tan amorfa?
Resulta
difícil encontrar evidencias históricas que apoyen
esta teoría. Además, es imposible aceptar que la
clase media determine las metas del ejército por el hecho
de que la oficialía proviene, en su mayor parte, de sus
filas. Más aún, ¿se puede afirmar, con Nún,
que la "cohesión", la "solidez" y la
"unidad" militar son resultado de la naturaleza de clase
(media) del ejército (The Middle-Class Military Coup,
p.54)? ¿No sería más adecuado pensar que
estas características están ligadas al "carácter
militar" del ejército, así como a la tendencia
de éste a proteger su integridad a través
de principios de ética y moral de la institución
y, por ende, a proteger a la institución en sí misma,
antes que a algún interés de clase en particular?
Sea o no una característica general de los ejércitos
en América Latina, es más relevante discutir si
existen evidencias suficientes para hablar de golpes de clase
media. Es indudable que en Perú el gobierno de Velasco
Alvarado ejecutó medidas que afectaron intereses de los
grandes propietarios de tierra y los medianos y grandes industriales.
A saber: la reforma agraria, la nacionalización general
de la banca, la apertura del sistema político a la izquierda
y la creación de las "Comunas Industriales",
en las que los empresarios se vieron obligados a compartir un
porcentaje considerable de sus ganancias con los trabajadores.
Parece
demasiado arriesgado agrupar bajo la misma categoría, como
miembros de la clase media, a exportadores e importadores, pequeños
industriales, profesionistas y empleados del gobierno (The
Middle-Class Military Coup, p.56). ¿O acaso es igual
el ingreso de un empleado federal o bancario en Brasil, Argentina
o México que el del exportador o el importador medio, que
en ocasiones llega a obtener ganancias más que substanciales?
¿No se está homologando a grupos demasiado diversos
bajo la misma definición?
Chile
en 1973 probó que el ejército interviene para proteger
los intereses de la clase dominante, cuyos líderes ejercieron,
en su mayoría, una fuerte presión para imponer el
golpe militar. Esto se reflejó en la política emprendida
por la Junta Militar de regresar las empresas nacionalizadas a
manos privadas, siguiendo los lineamientos de la economía
de mercado que en aquel entonces inauguró la Escuela de
Chicago. Si bien los miembros (y partidos, por ejemplo la Democracia
Cristiana) de los sectores medios fueron utilizados para comprometer
la estabilidad del gobierno, resulta excesivo afirmar que el golpe
militar buscaba representar o proteger los intereses de la clase
media. Por el contrario, ésta fue afectada por la represión
y la cancelación de las libertades políticas.
En Argentina,
según Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero (Estudios
sobre los orígenes del peronismo, México, 1974),
el Estado se halla dominado desde los años treinta por
"fuerzas oligárquicas conservadoras"; fuerzas
que en sus orígenes representaban mayoritariamente los
intereses de los grandes propietarios de tierra. Este dominio
se mantuvo hasta el golpe de 1966 como resultado de diversas alianzas
con los representantes principales del sector industrial, que
se remontaban a los cuarenta.
Vistos
desde esta perspectiva, y dada la ausencia de una definición
precisa de la clase media en América Latina, ¿puede
acaso la mayoría de los golpes militares ser caracterizada
como de clase media? ¿Representan los militares los intereses
de la clase media cuando el radicalismo golpista se moviliza casi
siempre en función de intereses dominantes léase:
la seguridad nacional, la defensa del statu quo y la estabilidad
capitalista? Esta es una pregunta relevante en tanto que
nos obliga a abordar la cuestión de la identificación
de la clase media con los valores, las metas y expectativas de
las élites. Los objetivos militares, ya sea de "clase
media" o de "clase dominante", son los de la defensa
del orden como una condición necesaria para proteger el
interés dominante y, en consecuencia, la preservación
de la institución militar.
Modernidad
y militarización
En Political
Order in Changing Societies (Virginia, 1968), Samuel Huntington
explica las causas de las intervenciones militares como una parte
inseparable de la modernización política en aquellos
países periféricos que experimentan un alto grado
de politización de sus sociedades. Para Huntington la intervención
del ejército en política no se debe a motivos propiamente
militares, sino políticos, y refleja no tanto las características
sociales y organizativas de las fuerzas armadas, sino la estructura
política e institucional del conjunto de la sociedad. Su
análisis parte de la premisa de que el alto nivel de politización
de la sociedad hace posible que el ejército, tanto como
la iglesia, los estudiantes o cualquier otro grupo social, sean
capaces de participar de manera decisiva en política. Vinculada
al problema de la modernización, la politización
es producto de la ausencia de instituciones efectivas capaces
de mediar y moderar la acción política de los diversos
grupos sociales. La debilidad del sistema institucional como un
todo provoca que la autoridad y el gobierno sean fácilmente
adquiridos y fácilmente perdidos.
En este
contexto, las acciones de los militares tienden a abrir la puerta
a la clase media y cerrarla a las clases bajas. De ahí
que el papel del ejército consista en prepararse para intervenir,
en caso de crisis, en la transición a lo que Samuel Huntington
llama la "sociedad pretoriana", que puede adoptar tres
formas: oligárquica, radical y el pretorianismo de masas.
Cada una de estas formas responde así a una "ruptura
a través del golpe" (break through coup), noción
que describe la estrategia de la que se valen los militares para
precipitar el proceso político, según movilicen,
respectivamente, a la oligarquía, la clase media o las
masas populares como la fuerza principal. Huntington, al igual
que Nún, considera a la clase media como el sector social
al que históricamente el ejército apoya cuando es
incapaz de mantener el control mientras está en el poder.
También resalta la importancia del proceso social en el
que el ejército participa eventualmente.
Esta
visión traza la importancia del sistema político
como un todo y evalúa su función o disfunción
de cara al cambio, analizando al ejército (entre otras
fuerzas) como un actor socio-político. Sin embargo, no
es posible explicar la "politización general"
como lo señala Rouquié haciendo una
"referencia tautológica" a la debilidad de las
instituciones políticas. Huntington sugiere además
que la intervención de los militares en política,
acción de gran envergadura, no está necesariamente
vinculada a un cierto interés de clase, sino a la "oportunidad
del ejército de promoverse a sí mismo hacia posiciones
de poder político" (Political Order in Changing
Societies, p. 215). Este análisis sobre la naturaleza
autónoma del golpe militar no acierta a explicar el grado
y la proporción de representación que tal acción
tiene en la eventualidad de un complot militar. Es cierto que,
como subraya I. Roxborough en Theories of Underdevelopment
(Londres, 1979), las "consideraciones puramente militares
son también importantes", y que el ejército
no es solamente una parte orgánica de los círculos
gobernantes. Sin embargo, tal precisión no excluye la necesaria
atención que se le debe conceder al grado de coherencia
que ocurre en la relación entre el ejército y las
élites dominantes. La "autonomía relativa"
del ejército como una institución del Estado es
una variable a considerar cuando se analiza la dinámica
del golpe. No obstante cabría preguntarse: ¿procede
el ejército aisladamente o cuenta con el apoyo final
de los círculos dominantes y de la coalición de
grupos de interés en cuya representación el golpe
se lleva a cabo?
En Chile,
Pinochet favoreció un proyecto económico que impulsó
enérgicamente la economía de mercado, y cuya tendencia
fue recuperar la hegemonía perdida frente a Salvador Allende
en la arena política y económica. En Brasil es posible
encontrar una pronunciada tendencia del régimen de Castello
Branco a fomentar políticas económicas liberales:
la economía de mercado, la ortodoxia fiscal y la inversión
foránea. Huntington subestima la naturaleza social de
los golpes militares. No otorga el énfasis justo a la relación
que existe entre su desarrollo y el contexto histórico
particular en el que suceden.
Otro
tema de relevancia es el grado de violencia que alcanza el golpe
y la duración del régimen militar. Huntington apunta
que la violencia de los golpes militares es relativa en tanto
que la acción del ejército busca solamente la "desmovilización
de grupos de la política" (Political Order in Changing
Societies, p. 218). Hay al menos dos casos en que la realidad
objeta esta hipótesis: Chile en 1973 y Argentina en 1976.
En ambos casos la violencia no sólo "desmovilizó"
grupos políticos, sino que acabó por desaparecerlos
(literalmente) del mapa político. Quizás Huntington
supone que la "desmovilización de grupos de la política"
significa (o puede significar) su exterminio. Aquí su explicación
se vuelve, en todo caso, débil e insuficiente. También
"la naturaleza transitoria" (Political Order in Changing
Societies, p. 217) del golpe militar como meta inicial de
las fuerzas armadas parece incorrecta en los casos de Brasil (1964),
Argentina (1976) y Chile (1973). En Chile, por ejemplo, el régimen
de Pinochet se prolongó hasta hace unos años en
que Patricio Aylwin inauguró el regreso a la civilidad.
Sin embargo, el militar golpista mantiene su influencia en la
política y la sociedad chilenas.
Nuevo
profesionalismo
Alfred
Stepan expone en The Military in Politics (Nueva Jersey,
1971) una explicación más pertinente de los golpes
al llamar la atención sobre la importancia que el "nuevo
profesionalismo" tiene para la institución militar.
Piensa, al igual que Huntington, que el grado de politización
de la sociedad no siempre coincide con la fuerza de las instituciones
militares. En tales sociedades los militares también se
politizan y todos los grupos intentan cooptar al ejército
para aumentar su poder político. Los componentes claves
de este patrón de relaciones político-militares
son los siguientes: 1) todos los actores políticos principales
intentan cooptar al ejército; 2) el ejército es
políticamente heterogéneo, pero busca mantener un
grado de unidad institucional; 3) en un golpe los militares se
convierten en los "moderadores" del proceso político;
4) los civiles otorgan su aprobación para la intervención
militar; más aún, las élites, a fin de conservar
el control, confieren al ejército margen de maniobra para
actuar en su representación; 5) la intervención
militar en el proceso político se considera legítima,
pero no así el hecho de que las fuerzas armadas asuman
la dirección por un largo tiempo.
Stepan
agrega que existe una marcada propensión del ejército
a intervenir cuando la cohesión civil es baja, y una propensión
menor cuando la cohesión civil es alta. Los golpes militares
tienden a ser exitosos cuando, antes del intento de golpe, la
legitimidad del poder ejecutivo es baja y la otorgada a los
militares por la fracción de la clase política en
posición dominante es alta. De acuerdo a estas hipótesis,
los golpes tienden a ser un fracaso cuando la legitimidad otorgada
por el poder ejecutivo a las fuerzas armadas para que intervengan
es baja.
Aunque
la interpretación de Stepan tiene un marco de referencia
lógico en relación a los hechos ocurridos en Brasil
desde el golpe de 1964, habría que preguntarse qué
es lo que quiere decir cuando habla de "cohesión civil".
Al insistir en el término, ¿se refiere a un grado
alto o bajo de tensión social? En cualquier caso
y frente al golpe militar de 1964 en Brasil, que respondió
en parte a una fuerte presión del movimiento social, su
teoría coincide con la de Huntington sobre el "pretorianismo
de masas". Sin embargo, el caso de Brasil se asocia difícilmente
a los usos de la noción de cohesión civil, ya que
ésta fue alta (del lado de los trabajadores industriales),
y no obstante el golpe fue ejecutado.
Stepan
tiene razón al subrayar los aspectos ideológicos
del impulso intervencionista del ejército. Aunque habría
que sopesar con precaución la idea del carácter
independiente del golpe militar. Al hablar de "nuevo profesionalismo"
es acertado afirmar que los muchos ejércitos en América
Latina alcanzaron cierto grado de "politización"
a través de los centros de entrenamiento para oficiales
instalados durante los años cincuenta y sesenta. En estos
centros la oficialía empezó a ocuparse de temas
como la seguridad nacional y el desarrollo. ¿Facilita la
profesionalización de los oficiales la intervención
del ejército en política? ¿Tienen los ejércitos
en América Latina una ética militar, intrínseca
a su labor, que los lleva a actuar en defensa de su integridad?
¿Es esta una condición para que las fuerzas armadas
sean susceptibles de intervenir en política y decidirse
a ejercer el poder?
Hay evidencias
para afirmar que la doctrina de seguridad nacional tiene arraigo
en algunos países donde ha imperado la estabilidad política
como Colombia, Venezuela e incluso México. ¿Por
qué si el grado de politización entre los oficiales
del ejército mexicano es notorio (desde 1976 México
cuenta con un Colegio Militar en el que los miembros de su élite
reciben un entrenamiento profesional completo) no han intervenido
abiertamente en la esfera política? ¿Se debe acaso
al bajo nivel técnico de los programas de sus centros de
entrenamiento? ¿O quizás a que existen instituciones
políticas fuertes (Huntington) para moderar (Stepan) las
relaciones entre el Estado y la sociedad? Cabe una última
pregunta: ¿no sería relevante considerar, además
del factor de la politización, el interés de la
élite dominante en hacer posible la intervención
militar, así como el contexto político específico
que permite un patrón determinado de militarización?
La
sombra de Estados Unidos
Huntington
y Rouquié dedican parte de sus estudios a explorar la influencia
de Estados Unidos en los golpes militares. Ambos coinciden en
que se trata de una influencia notoria aunque no decisiva. Rouquié
critica la teoría instrumentalista, que encuentra en la
dependencia de Estados Unidos la razón principal de los
golpes en América Latina. Piensa que "sobrestima el
éxito de la política imperialista y,
al mismo tiempo, niega las particularidades nacionales."
(El Estado Militar en América Latina, p. 159)
Por
otro lado, Huntington advierte que la asistencia militar de Estados
Unidos no es la única ni la principal causa de las intervenciones
militares. Incluso arriesga la hipótesis -en tanto que
tiende a esquematizar- de que no existe necesariamente una correlación
entre la ayuda militar estadounidense y la intervención
militar en política. Para refutar este argumento, y hablando
en términos tan amplios como los del mismo Huntington,
cabría señalar los casos históricos de El
Salvador, Nicaragua y Guatemala, en donde la generosa y comprobada
asistencia militar de Estados Unidos ha sido determinante en el
involucramiento militar en los procesos políticos de estos
países. En el caso de Chile hay evidencias de la participación
norteamericana en el derrocamiento del presidente Salvador Allende
en 1973. Incluso antes, en el preámbulo de la toma de posesión
de Allende, el general Schneider, un militar constitucionalista
y jefe de las fuerzas armadas, cayó asesinado por la extrema
derecha con el apoyo de la CIA. Aún
cuando la propuesta de Huntington es sumamente general, hay que
reconocer que sus hipótesis fueron elaboradas tiempo antes
del golpe chileno.
Debemos
coincidir con ambos autores en que la asistencia militar de Estados
Unidos a los países latinoamericanos (que se origina hacia
los años cuarenta) no es una causa decisiva de los golpes
militares. Sin embargo, hasta ahora desconocemos en qué
medida tal ayuda ha sido o no relevante en cada caso particular.
La adivinación es difícil ya que tanto el proceso
técnico y operacional del golpe militar como los actores
que intervienen en el mismo se mantienen en secreto.
Hasta
aquí hemos explorado las principales teorías sobre
el tema. Aunque el amplio rango de interpretaciones teóricas
y empíricas describen diferentes aspectos de un problema
tan complejo y vasto como el de la intervención de los
militares en política, es difícil encontrar una
explicación que comprenda la totalidad del fenómeno.
No quiero sugerir que deba existir una explicación de los
golpes militares. Sin embargo, dichas teorías coinciden
en una conclusión: la intervención militar busca
poder y estabilidad. Los muchos porqués y cómos
que se derivan de esta afirmación, seguirán siendo
un misterio insondable y un motivo de debate.
La tesis
de Rouquié parece ser la más consistente. Sus principales
argumentos son los siguientes: 1) el golpe militar como
tal no se lleva a efecto representando necesariamente los intereses
de la élite dominantes, mientras que los regímenes
militares sí los representan; 2) el intento de crear
una nueva clase gobernante, una "nueva burguesía sólida
y concentrada", es un designio original de los Estados militares,
pero la tarea de crear una "burguesía de mármol"
(burgeoisie du marbre) enfrenta la realidad de la "burguesía
real"; 3) el propósito de crear un Estado nuevo y
adelgazado no es tan fácil como se piensa, precisamente
porque en el intento de crear un "empresariado de mármol",
el régimen militar tiene que enfrentar la firme oposición
de los "empresarios existentes": conflicto que provoca
una escisión entre los empresarios reales y el Estado y
que se resuelve por medio de la consolidación de su poder
político y económico; y finalmente 4) el ejército
ejecuta el proyecto de crear un orden político nuevo por
medio del debilitamiento violento de las organizaciones populares
y de la instalación de un nuevo sistema de relaciones entre
el Estado y la sociedad.
México:
¿ fin de la excepción?
En las
últimas seis décadas, México ha sido la excepción
del golpismo latinoamericano. La configuración de un Estado
basado en redes de poder corporativo sólidamente entrelazadas
ha garantizado una relación estable entre el Estado y la
sociedad, así como una fuerte tradición de control
civil sobre el ejército. También es cierto que el
ejército mexicano ha representado un eterno misterio para
los especialistas del tema y, en forma más extensa, para
la opinión pública. Esto explica, en parte, la ausencia
de estudios sistemáticos sobre sus características
y su grado de incidencia en la vida política del país.
Este
misterio se debe, por un lado, a su "carácter profesional"
y "apolítico" que ha conducido a la exclusión
casi mítica de las fuerzas armadas del proceso político
-una de las condiciones de Huntington- y, por el otro, a la decisión
explícita de la institución militar de no permitir
que trascienda la información indispensable sobre su organización
interna y sobre su rol estatal. Por ello no se puede sino realizar
aproximaciones sobre el tema y avanzar hipótesis aisladas
que permitan sistematizar algunos aspectos de su funcionamiento.
El papel
protagónico que el ejército puede desempeñar
en las circunstancias actuales del país se encuentra en
proporción directa al grado de desgaste que sufren las
estructuras estatales, pilares tradicionales de la estabilidad
política mexicana. Asimismo, este eventual involucramiento
de los militares en política también es resultado
de la descomposición reciente de amplios sectores sociales,
así como del decaimiento de las formas tradicionales de
representación política que habían prevalecido
en México.
El riesgo
de una militarización se debe también al surgimiento
de vacíos sociales e institucionales en lugares que "ocupaban"
aquellos "mediadores" o actores que hacían posible
una cierta ingeniería del consenso. Los vacíos dejados
por ineficiencia o por intransigencia se vuelven espacios idóneos
para la rigidización de las relaciones sociales y políticas.
A este fenómeno se agrega otro que señala Huntington:
Cuando
una sociedad se mueve hacia una fase de participación
masiva sin desarrollar instituciones políticas efectivas,
el ejército se ve orillado a un esfuerzo conservador
para proteger el sistema existente contra las incursiones de
las clases bajas. Los militares se convierten en los guardianes
de la clase media.
Este
parece ser el caso del levantamiento armado del Ejército
Zapatista de Liberación Nacional (EZLN)
el 1° de enero de 1994, cuyo efecto fue precisamente el de
haber llevado a las fuerzas armadas mexicanas a mostrarse en forma
más abierta y ciertamente protagónica en el proceso
político. Por un lado, el ejército reclama la decisión
del gobierno de Salinas, quien presumiblemente sabe de la existencia
de la guerrilla en el sureste del país y no lo hace público
por temor a entorpecer las negociaciones del TLC.
Por el otro, las fuerzas armadas exigen cada vez más cuotas
de poder a cambio del "trabajo sucio" que desempeñan
en las operaciones contrainsurgentes. El ejército mexicano
se convierte en un actor central de la estrategia de contención
de esa y otras guerrillas, y muy probablemente en la definición
de un plan global de estabilización que busca enfrentar
las demandas sociales y, eventualmente, extender su presencia
en diferentes frentes del Estado.
En México,
el sistema institucional fue creado por el Estado posrevolucionario.
Hoy, las instituciones que lo conforman enfrentan, por agotamiento,
los riesgos de una crisis estatal de proporciones mayores. A la
luz de la polémica idea de Alfred Stepan sobre el favorecimiento
de la clase media a través de la intervención militar
en política, cabría interpretar la tendencia de
las fuerzas armadas a participar más activamente en los
asuntos públicos como una estrategia para contrarrestar
la participación política creciente de las clases
populares.
Lo que
se observa es una propensión de los militares a "abrir
la puerta" a sectores de la clase política (sectores
de clase media de acuerdo con Huntington) y "cerrarla"
a las clases bajas, y así crear ciertas condiciones para
el surgimiento de la "sociedad pretoriana." A saber,
asegurar con o sin golpe la continuidad de los sectores
oligárquicos en el poder y bloquear su acceso a las clases
populares.
En los
últimos ocho años, México ha vivido un proceso
de transformación radical en su organización económica
sin experimentar paralelamente cambios sustantivos en su estructura
 |
|
Soldado
| Arthur Tress
|
política.
Este ajuste, que produjo una polarización de las relaciones
sociales y políticas en el país, se debe en buena
medida a la metamorfosis radical del sistema económico
mundial en la última década. La contradicción
entre la apertura económica y la rigidez en el sistema
político engendró tensiones sociales de tal magnitd
que han hecho necesario "prever" la existencia de "fugas"
que pongan en peligro la estabilidad política. De ahí
la relevancia del ejército para preservar el orden de inclusiones
y exclusiones que domina al sistema.
El "ajuste"
entre economía y política generó desequilibrios
mayores a los que normalmente existen en una democracia liberal.
En este sentido, si se quieren discernir los alcances del militarismo
en la sociedad mexicana, hay que reflexionar sobre el potencial
que el poder tiene hoy para atentar, precisamente haciendo uso
del ejército, contra su capacidad de reconstituirse en
tanto que entidad política. El decaimiento de las instituciones
transcurre además en un contexto, como diría Norbert
Lechner, de informalización de la política,
cuya característica principal es la tendencia del propio
poder a desprestigiar la política.
Dice
Rosa Luxemburgo: "El único camino hacia el renacimiento
pasa por la escuela de la vida pública más ilimitada
y amplia. Es el terror lo que desmoraliza." La frase recuerda
la tensión entre tiranía y civilización.
De ahí la necesidad de discutir una vez más la democracia
y el poder en un momento en que el poder se ha vuelto una obsesión
dogmática de la economía; obsesión que ciertamente
ha puesto en jaque a la vida pública. La desconfianza frente
a la política no sólo es el resultado de su alejamiento
de las aspiraciones de bienestar, sino de que el poder se ha vuelto
una "verdad" de la economía más que de
la política. En este secuestro no declarado, el discurso
de la economía se ha encargado de manipular a la política
para responsabilizarla ahora sí de arropar
el lado oscuro del errático proyecto neoliberal; más
aún cuando la crisis va aparejada con el fin de la Guerra
Fría y el tránsito hacia un discurso unipolar que
detenta el monopolio del reordenamiento global: el tránsito
hacia un orden cuyo escenario más recurrente es un mundo
tecnológicamente avanzado y políticamente confuso,
que tiende hacia una normalidad globalizadora y atiende
a la uniformación de discursos, foros y actores.
Y es
esta uniformidad la eventual responsable del fin de la multiplicidad
y quizás, habría que augurarlo, del fin de la pluralidad.
Es una simple quimera pensar que dada la evidencia empírica
el avance económico y el progreso político, tal
y como los concibe el Estado liberal de nuestro tiempo, puedan
resultar exitosos sin todos estos elementos.
Aquí
encontramos a la vida pública y a la democracia expuestas
a una condición de fragilidad y desacreditación
que están muy lejos de la idea clásica de John Stuart.
Mill:
La
democracia racional [no] consiste en que el pueblo mismo gobierne,
sino que tenga seguridad en el buen gobierno. Esta seguridad
no la puede obtener por otros medios más que reteniendo
en sus propias manos el control último. Si el pueblo
renuncia a esto se rinde ante la tiranía. Una clase gobernante
que no es responsable de sus actos frente al pueblo seguramente
sacrificará al pueblo a cambio de la búsqueda
de inclinaciones propias.
Si se
agrega el caos en la organización económica, observamos
un escenario de endurecimiento estatal que contradice abiertamente
la ficción economicista de modernización impuesta
desde la tecnocracia, hoy en control de los designios del Estado.
Aunado al desprestigio gubernamental, el orden institucional ha
sido expuesto a una perestroika sin glasnost (apertura
sin transparencia), cuyos resultados se resumen en un desequilibrio
estructural de enormes consecuencias. Una clase gobernante que
"no ha sido responsable de sus actos frente al pueblo"
y que se halla en visible decadencia ha multiplicado este desequilibrio.
Desde
el fin del salinismo y el inicio del gobierno de Ernesto Zedillo,
el corolario ha sido la ineficiencia administrativa y la inoperancia
para hacer frente tanto a la crisis política como a la
económica. A este hecho ha seguido una irremediable dependencia
gubernamental (cuando no subordinación) de las fuerzas
armadas en los últimos dos años y, por ende, un
intervencionismo militar creciente. El desprestigio gubernamental,
la crisis económica, la descomposición social y
la fragilidad democrática sobre los que se funda el actual
modelo de modernización han hecho más vulnerable
el delicado equilibrio político y social.
La presencia
militar en la vida civil no sólo ha ido en aumento, sino
que se ha convertido en un reclamo de la sociedad que demanda
autoridad ¿o autoritarismo? para hacer frente
al "caos". Un reclamo que fue preponderante en las transiciones
no hacia la democracia, sino hacia el autoritarismo que vivieron
los países de América Latina en los años
sesenta y setenta. ¿Será México una excepción
de nueva cuenta?
jlvaldes@servidor.unam.mx
José Luis Valdés,
"El ejército y la política: la frontera movediza",
Fractal
n° 8, enero-marzo,
1998, año 2, volumen III, pp.
141-160.