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Porque
precisamente los esfuerzos visibles de negociación por parte
del gobierno federal a través de la Secretaría de
Desarrollo Social, el Instituto Nacional Indigenista o el Sector
Salud, por ejemplo, solucionarían sólo una parte del
rezago económico indígena al dotarlos de energía
eléctrica, drenaje, caminos, educación o servicios
de salud. Pero los conflictos agrarios no son competencia de esas
instituciones federales: para resolver éstos se requiere
de un cese radical en la expansión y actitud agresiva de
los terratenientes, ganaderos y políticos de Chiapas. Sin
cubrir ambos aspectos la solución siempre sería parcial;
es decir, no sería solución.
La tierra
para las comunidades indígenas no es sólo un asunto
de productividad y competitividad: es la razón esencial de
su conocimiento de la vida, es el suelo que las ata a la vida, que
las une al mundo invisible y al mundo visible, que las une con la
comunidad ancestral de hombres y dioses, que contiene la raíz
de sus valores éticos, económicos, familiares; que
es el soporte de su cultura. Por ella siempre han sido capaces de
dar la vida. Por ella son capaces de apoyar, cuidar, encubrir o
sumarse a un movimiento armado que osa enfrentarse al gobierno y
al ejército nacional. Todos los mexicanos de las ciudades
desconocemos que para las comunidades indígenas, para los
campesinos empobrecidos, desde hace décadas la palabra gobierno
es sinónimo de soldado. En el universo del lenguaje
indígena y campesino el gobierno es el ejército, la
policía o cualquier control visible de fuerza. Y desde la
más tierna infancia aprenden a incluir en la palabra a las
otras autoridades que no apoyan, ni apresuran ni escuchan sus demandas
legales. En su universo de lenguaje, levantarse contra el "gobierno"
no es un asunto de candidez, sino de acorralamiento. Por tanto,
con reducir el conflicto de Chiapas a su dimensión militar,
o con aniquilar o neutralizar al grupo central o más altamente
adiestrado del EZLN, no estaríamos
solucionando el conflicto social en que se produjo o se incubó
el apoyo al grupo armado. No debíamos minimizar tampoco la
capacidad de convocatoria de los insurrectos, así fueran
nacionales o extranjeros, sobre todo en el continente que se ha
regido por el intervencionismo norteamericano: Estados Unidos ha
siempre asesorado y financiado las estrategias contraguerrilleras
en muchos de nuestros países.
Pero hay
otra dimensión mayor que engloba este conflicto y que lo
ilumina desde otros ángulos de la realidad nacional e incluso
continental: el racismo. Chiapas es solamente el punto extremo de
la discriminación racial que padece el indígena en
México. Sólo un prejuicio racista tan arraigado como
el que prevalece en la mayoría de los ganaderos, empresarios
y políticos chiapanecos, y aun en gran parte de la población
mestiza de clase media, puede explicar la falta absoluta de respeto
por el patrimonio, la vida, la salud, la educación, la alimentación,
la cultura y las tierras, los bosques y las selvas de las comunidades
indígenas. Los ganaderos de las zonas en conflicto han pedido
durante los últimos diez años que el ejército
mexicano entre a sofocar toda resistencia agraria de los indios.
Vocación tan sanguinaria floreció entre los encomenderos
y estancieros de los siglos XVI y XVII.
La superación de ese racismo tan atrasado en Chiapas requiere
de una madurez civil, inteligente, política, para aceptar
que el mestizaje es una realidad vital en México y en nuestro
continente. El desprecio taimado o abierto que en la sociedad mexicana
aún se siente contra el color de la piel, el lenguaje y los
rasgos indígenas, nos indica que aún no resolvemos
nuestro mestizaje ni nuestra admiración o respeto por las
culturas que florecieron aquí antes de que incluso la lengua
española existiera en el mundo.
Nuestro
destino no puede ser el de la barbarie racista que en Europa ha
ensangrentado la tierra de la vieja Yugoslavia o que otros europeos
llevaron a Sudáfrica. No puede ser tampoco el de Estados
Unidos, que optó por exterminar a la población indígena
y que aún no resuelve la sucesiva
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Dignatario
tzotzil | Gertrude Blom
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discriminación
racial contra la población negra y las minorías asiáticas
e hispanas. El mestizaje es nuestra vida, el camino para reafirmar
la libertad de los pueblos y culturas que deben acrisolarse en México.
Es un asunto de todos, una responsabilidad de todos. El México
profundo otra vez nos avisaba que estábamos lejos de nuestro
cabal desarrollo; nos decía, otra vez en su sangre derramada,
que debíamos recomenzar.
He mencionado ya que
poco antes del término de su mandato, Carlos Salinas de Gortari
reveló en una entrevista con Regino Díaz Redondo,
director del periódico Excelsior, su opinión
personal sobre el conflicto chiapaneco. Para él se trató
de un alzamiento provocado por los intereses de un grupo político
que se propuso en vano desestabilizar su régimen e impedir
las elecciones del 21 de agosto. Con tamaña deformación
de la realidad política era claro que no se sentía
obligado a tomar en serio ninguna medida de fondo. Por ello el rezago
agrario no era importante; ni los despojos ejidales; ni la creación
de ejidos artificiosos y tendenciosos como el Thomas Münzer;
ni la existencia de haciendas con cepos, cárceles y guardias
blancas; ni la nula procuración de justicia para los indígenas
reprimidos, explotados y despojados; ni la necesidad de crear municipios
indígenas; ni la necesidad de modificar sustancialmente el
Congreso local para una representación indígena; ni
la discriminación racial misma. Como los problemas agrarios
eran, a fin de cuentas, inexistentes, tampoco podían aducirse
como causas de la violencia.
Reconoció, ciertamente,
la pobreza extrema y la marginación de la zona, pero las
rechazó como causas suficientes para el levantamiento armado.
Por tanto, si no reconoció ninguno de estos datos sociales
como causas de la insurrección, sólo quedó
una: la manipulación de grupos de poder que se proponían
objetivos oscuros y turbios de desestabilización de su régimen.
Esos grupos podrían
formar parte del propio sistema político mexicano, pertenecer
al narcotráfico o estar vinculados con el episcopado de San
Cristóbal de las Casas. Al eliminar como causas del levantamiento
los motivos agrarios, económicos y políticos, minimizó
la dimensión del conflicto de dos maneras. Primero, lo redujo
solamente a la función del núcleo armado ("expertos
de la violencia", como les llamó) y perdió de
vista la presencia y la dinámica social de las comarcas indígenas
que lo encubrieron, ayudaron y apoyaron silenciosamente durante
años. Segundo, redujo también la aparición
del núcleo armado solamente a sus posibles nexos con grupos
de poder político o eclesiástico y perdió de
vista otra vez que el apoyo de las comarcas indígenas tenía
claramente otro tipo de causas. Este reduccionismo fue el más
grande error, pues minimizar la valla social que protege y apoya
al EZLN equivale a eliminar ilusoriamente
un rasgo que es suficiente para considerar este levantamiento también
como social, indígena y campesino. Este reduccionismo se
liga con otro error: creer que entre el EZLN
y esa "larga y profunda injusticia" social no hay ninguna
conexión real. De ahí puede derivarse, por último,
la resistencia oficial a creer que el EZLN
enarbola valores de cambios y transformaciones integrales de orden
social, económico y político que una gran parte de
México quiere y expresa a través de la lucha de sindicatos,
manifestaciones agrarias, protestas poselectorales y opinión
pública. Por ello la única medida que el gobierno
tomó cuidadosa e ininterrumpidamente fue la militar. La concentración
de destacamentos militares en Chiapas ha sido inmensa, incuantificable.
El Ejército Mexicano mantiene el cese al fuego, es cierto,
pero detrás de ese tenso silencio sus destacamentos han aumentado
ahí desmedidamente. Con cuidado y tesón se han venido
tomando estas medidas militares; con el mismo cuidado y tesón
deberíamos haber aplicado medidas para resolver rezagos agrarios,
reconocer y resolver conflictos de tierras, procuración de
justicia para indígenas o apertura política.
Quizás resulte
interesante señalar que el 3 de enero de 1994 el Departamento
de Estado informó en Washington que su embajador en México,
James R. Jones, había enviado un día antes un equipo
de cinco personas a Tuxtla Gutiérrez y a San Cristóbal
de las Casas para "evaluar" la situación y la condición
de los estadounidenses que permanecían en la zona. Sin embargó,
la embajada de Estados Unidos en México había mostrado
preocupación desde el año anterior, cuando dos de
sus funcionarias, Singrid Arzt y Kathleen Olson, integrantes del
área de análisis político, viajaron a Chiapas,
el 9 de agosto, para, según explicaron en ese momento, conocer
las condiciones en que vivían los refugiados guatemaltecos
y la ayuda proporcionada por el gobierno mexicano. Durante cinco
días visitaron campamentos ubicados en Las Margaritas y La
Trinitaria y hablaron con autoridades del Alto Comisionado de las
Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).
Pero el día 11 se entrevistaron con representantes de agrupaciones
indígenas y campesinas de Ocosingo y Altamirano en busca
de información sobre posibles guerrilleros en Chiapas, aunque
nunca admitieron que ese fuera el objetivo de su visita. Ricardo
Alemán, en una nota aparecida en La Jornada el 14
de agosto de 1993, reveló que el diputado local Roberto Fuentes
Domínguez reconocía que ése era el motivo de
la misión diplomática y que por ello había
declarado a la prensa chiapaneca el viernes 13 lo siguiente:
Los diplomáticos
comprobaron que es falso que existan campos de adiestramiento
de guerrilleros en Chiapas, como se ha especulado, y se llevaron
una buena impresión de la situación de paz y tranquilidad
en la que vive el estado.
Pero entender la relevancia
del EZLN implicaba o mejor, implica
reconocer que la insurrección no se inició el 1¼ de
enero de 1994, sino varias décadas antes. México ha
vivido en estado de guerra de manera casi ininterrumpida al menos
desde el amanecer del 23 de septiembre de 1965, cuando un grupo
de jóvenes guerrilleros quiso tomar por asalto el cuartel
militar de Ciudad Madera, población de la sierra de Chihuahua
muy cercana a los límites del estado de Sonora. El amanecer
zapatista del 1° de enero de 1994 en los Altos de Chiapas comenzó
ese amanecer del 23 de septiembre de 1965 en la sierra de Chihuahua.
Señalo esta fecha por la continuidad de las luchas armadas
que vivió el país entero durante los siguientes casi
treinta años, aunque en la década de los cincuenta
el estado de Morelos fue escenario de otro importante movimiento
guerrillero encabezado por Rubén Jaramillo, movimiento también
de raigambre zapatista y de bases campesinas e indígenas.
Durante el gobierno de Adolfo López Mateos (1958-1964) este
guerrillero depuso las armas, fue amnistiado, recibido en Palacio
Nacional para una especie de ceremonia oficial de conciliación
y poco después traicionado y asesinado arteramente por un
grupo de soldados en los alrededores de Xochicalco. El asesinato
de Rubén Jaramillo fue uno de los acontecimientos que más
recordarían los grupos armados de origen campesino e indígena
y su propio nombre aparecería ligado en décadas posteriores
a varios movimientos de importancia, fundamentalmente en el estado
de Morelos, aunque relacionados en distintos momentos con grupos
como el Partido Revolucionario Obrero Campesino Unión del
Pueblo (PROCUP) y el Partido de los Pobres
(PDLP) de Lucio Cabañas.
A partir de 1965 se
inició en diversas zonas de México una lucha de numerosos
movimientos armados que quizás alcanzó su fase más
intensa de 1971 a 1977. Estos movimientos no desaparecieron del
todo durante la década de los ochenta, puesto que varias
de esas agrupaciones intervinieron activamente en las zonas de las
cañadas de Chiapas y su trabajo de organización fortaleció
las bases que posteriormente serían del EZLN.
No es posible, sin embargo, señalar una línea divisoria
clara entre los grupos propiamente armados y las organizaciones
populares activas, cambiantes y complejas que enarbolaron reivindicaciones
agrarias, magisteriales o sindicales. La insurrección armada
de Rubén Jaramillo fue resultado de la radicalización
de la lucha cañera en Morelos; los guerrilleros de 1965 en
la sierra de Chihuahua fueron resultado de la radicalización
de cierto grupo de un mucho más vasto y complejo movimiento
campesino que desde 1959 comenzó a manifestarse, cohesionarse
y extenderse por varias zonas de los estados de Sonora, Chihuahua
y Durango, algunos de cuyos lideres y organizaciones se mantienen
activos y combativos (en cauces legales hoy, ciertamente, pero combativos
al fin); los movimientos guerrilleros de Genaro Vásquez Rojas
y de Lucio Cabañas fueron resultado de la radicalización
provocada por la represión del gobierno del estado de Guerrero
y las fuerzas caciquiles que asfixiaban demandas agrarias de la
Costa Grande guerrerense y de la sierra de Atoyac, represión
violenta que durante 1995, en las mismas zonas y contra campesinos
otra vez inermes, ahora en Aguas Blancas, se ha vuelto a manifestar
impunemente. Por lo tanto, debemos tomar en cuenta que organizaciones
armadas como las que acabo de enlistar, han formado parte o se han
radicalizado al paso de movimientos sólo u originalmente
populares. La presencia de estos movimientos ha sido notable y ha
exigido el despliegue durante varios años de las fuerzas
militares y de corporaciones policiacas especiales. Son ejemplo
sobresaliente de la capacidad de lucha y del silencio oficial que
se ha guardado en México durante décadas.
Carlos Montemayor, "El
EZLN y Chiapas",
Fractal
n° 8, enero-marzo,
1998, año 2, volumen III, pp.
95-104.
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