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En el mundo
de las potencias industriales, Inglaterra y Estados Unidos fueron
la excepción; una excepción asombrosa, cabría
agregar. Los historiadores todavía deben explicar por qué
la tradición liberal no sucumbió aquí frente
a las tentaciones del milenarismo de Estado. Acaso una respuesta
se halla en el origen de sus respectivas culturas políticas.
Desde el siglo XVIII, la homologación
entre el régimen de derecho y la épica nacional es
el "centro" de la legitimidad del régimen británico.
La experiencia norteamericana agregó a este hecho un principio
antimonárquico de igualdad: la democracia ciudadana. En contraste,
no es casual que los tres arquetipos del fascismo se hayan desarrollado
en países con una larga y fallida tradición absolutista:
Italia, Alemania y Japón.
La debacle
de 1929 trajo consigo no sólo una crisis económica
y social en América Latina, sino una decepción política
y moral de enormes proporciones. En los años treinta, sólo
se escuchan llamados a abandonar (o divorciarse de) la herencia
que cifró los imaginarios políticos fundamentales
de América Latina desde el siglo XIX:
la herencia liberal. Fueron llamados disímbolos y contrastantes:
Perón en Argentina, Vargas en Brasil y Cárdenas en
México. Sin embargo, tuvieron una excentricidad en común:
quisieron, por un lado, deshacerse del liberalismo y, por el otro,
distanciarse del "comunismo de Estado". Ninguno de estos
divorcios volvió en principio los ojos hacia la democracia.
(La lectura que hicieron de la experiencia de Roosevelt, por ejemplo,
sólo retomó los pactos corporativos del New Deal,
no la democracia parlamentaria.) Pero, a diferencia del fenómeno
europeo, no fueron Estados totalitarios, sino autoritarios. El resultado,
intrigante de cierta manera y terrible de otra, fue una amalgama
cuyos símiles en la época son visibles: el Estado
corporativo. La perdurabilidad del corporativismo latinoamericano
acaso su característica más asombrosa
prueba que la ineficacia social y económica de un régimen
no lo condena necesariamente a cambiar. Hasta la fecha no hay teoría
de la política moderna que resista este hecho. Hoy, por ejemplo,
la endeble democracia mexicana tiene acaso todos los ingredientes
para acabar en una democracia corporativa.
El fin
de la II Guerra Mundial produjo un ambiente político de renovación.
La mayoría de los países de Europa Occidental volvieron
a la senda del antiguo programa del Estado de bienestar.
Digo antiguo porque es una noción que data de los años
veinte. Se halla in nuce en la República de Weimar,
en los primeros gobiernos socialdemócratas de Austria y en
las obras de Srafa y Gramsci. Su despliegue en la década
de los cincuenta es obra no de una cabeza ni de un partido, sino
de un régimen que conjugó la economía de mercado
con la distribución de la riqueza. La metáfora que
ha empleado la socialdemocracia alemana para definir la naturaleza
de la economía de bienestar habla por sí sola: soziale
Marktwirtschaft economía social de mercado.
Es una metáfora que tuvo y tiene un significado
doble: la regulación del mercado por el conflicto social
y el control del Estado por los contrapesos democráticos.
¿Qué
sucedió a fines de los años setenta? Se habla con
frecuencia de una (¿la?) crisis del Estado de bienestar.
Una crisis esencialmente "económica", cuyo origen
debe buscarse en el déficit público provocado por
el "gasto" de las instituciones encargadas del bienestar
y por la "ineficiencia" de las empresas estatales. A veinte
años de distancia, este argumento parece más una justificación
del revival liberal que una explicación de los dilemas
de la economía de los países centrales después
del boom de los cincuenta y los sesenta. (Véase: Héctor
Guillén, "20 de diciembre", Fractal, num.4,
primavera de 1997.) Sin embargo, hay que reconocer que fue una justificación
arrolladora: no hubo Estado que lograra escapar a la persecución
de los mercados financieros internacionales ni evadir el dictado
de su propio empequeñecimiento. El efecto inmediato de esta
transformación fue la pérdida de "soberanía"
del Estado/los Estados frente al poder que había sido su
principal fuente de legitimidad desde el siglo XIX:
las élites nacionales. El correlato entre el poder (económico)
del Estado obligado a buscar un sitio en los nuevos mercados
financieros internacionales y el de las élites nacionales
se desquició por completo. Siguieron pérdidas de "soberanía"
frente a otras esferas elocuentes: la moneda (la mayor parte de
los negocios contemporáneos se efectúan en papeles
metanacionales), la producción (producir significa hoy esencialmente
maquilar), los impuestos (no existe gobierno que sea capaz de controlar
la evasión en los circuitos financieros), el comercio (los
acuerdos como el TLC son la norma), la comunicación,
las emigraciones de trabajadores, el lenguaje y la educación
(la ¿inútil? proscripción del español
en California) y, sobre todo, la ley, donde la metafísica
de los "derechos humanos" ha desbordado a las constituciones
nacionales. Perder "soberanía" significa, por supuesto,
algo más que perder hegemonía. En rigor, significa
"perder el piso" y la capacidad de acción, quedar
gravitando sin fuerzas propiamente institucionales para actuar.
Lo que hoy se observa como un proceso de desinstitucionalización
del Estado no es más que el contraste entre la reiteración
comprensible aunque cada vez menos justificable de demandas
tradicionales y un Estado materialmente incapaz de satisfacerlas.
¿Una
transformación radical de las relaciones entre el mundo concentrado
de la política (el "Estado") y la sociedad? Al
menos, una transformación que ha subvertido la ecuación
que sirvió para cifrar la identidad o la intelegibilidad,
das Übersehebare de Husserl de toda comunidad
política desde fines del siglo XVIII:
la homologación entre el Estado y la nación. La noción
"crisis del Estado de bienestar" es pobre y ambigua. Sus
usos y abusos han sido sólo de orden ideológico. Además,
la "crisis" afectó por igual al populismo en América
Latina y al "socialismo real" de Europa del Este; sistemas
que no procuraron precisamente sociedades de bienestar. Al primero
lo arrancó del poder, y al segundo del mapa. Se trata acaso
de un problema que atañe a la construcción profunda
de la sociedad y que podría definirse como la pérdida
de centralidad del Estado-nación. O dicho en otras palabras:
el Estado y la nación han dejado de pertenecer a la misma
ecuación. Visto desde una perspectiva contingente, incluso
pragmática, la naturaleza de este divorcio puede ser formulada
de la siguiente manera: ¿qué hacer frente a la desinstitucionalización
del Estado cuando el referente que le ha dado centralidad a lo largo
de dos siglos la nación atraviesa por un proceso
de modificaciones que tienden hacia su disgregación? Chiapas
es, en cierta manera, una expresión pardigmática de
este "problema", al igual que hace poco lo fue la pequeña
Lituania frente al gigante de Moscú. La comparación
parece excesiva. La rebelión indígena es un movimiento
de autonomía política y cultural, Lituania en cambio
optó por la separación. Sin embargo, ambos movimientos
afectaron irreversiblemente el tejido que sostenía la centralidad
de enormes Estados burocráticos.
II
Una conclusión
elemental sobre las contingencias que definen al Estado contemporáneo
debería comenzar por constatar que sus cuerpos e instituciones
principales son demasiado pesados e inerciales para hacer frente
a los problemas de la vida cotidiana y, a la vez, demasiado débiles
y vulnerables para navegar con éxito en las difíciles
aguas de la "globalización" (léase: la pérdida
generalizada de soberanía.) El desgarramiento de la legitimidad
del Estado producido por el choque entre las fuerzas que lo debilitan
desde "afuera" y las que lo dispersan desde "adentro"
se ha vuelto una de las expresiones consignables de su pérdida
de centralidad. Es un fenómeno que no ha hecho distinciones
ideológicas ni geográficas. Se observa por igual en
el separatismo de Quebec y en los desequilibrios de la antigua federación
italiana, en la desintegración de los países de Europa
del Este o en el asedio de las autonomías de Cataluña
y el País Vasco. Obvio: un movimiento de autonomía
nacional o cultural no es equiparable a la radicalidad de uno separatista.
La pretensión de cohabitar (y con ello modificar) un país
es incompatible con la obsesión de desprenderse de él.
Tal vez es la diferencia que separa a Cataluña del País
Vasco y a Bielorrusia de Chechenia.
Los dilemas
que paralizan actualmente al Estado en México no son, al
respecto, ninguna excepción. Las iniciativas de autonomía
para los pueblos indígenas (tres son las principales: los
acuerdos de San Andrés Larráinzar, la propuesta de
ley formulada por la Presidencia y la reforma municipal del PAN),
la reconstrucción de múltiples poderes regionales,
el surgimiento de dos territorios "híbridos" en
las fronteras norte y sur son fenómenos paralelos al despliegue
del TLC, la apertura financiera, la legitimación
de la emigración (la doble nacionalidad, por ejemplo) y la
trasnacionalización de la comunicación. La transformación
de la geografía profunda del andamiaje político e
institucional apenas se ha iniciado.
Visto desde
la perspectiva del Estado-nación que empieza a surgir hacia
fines del siglo XVIII, ¿qué
es lo que está cambiando en realidad? La historia elemental
de México es la historia de un Estado empeñado en
la construcción de una nación. Fue una empresa realizada
desde "arriba" y dedicada a homologar el complejo rompecabezas
de reinos, fueros y pueblos que componían el complejo mapa
social y cultural de Nueva España. La guerra de Independencia
cifró el paradigma central que haría de este movimiento
una historia errática y a tientas: no una monarquía
ni una república, sino un protoestado de caudillos. Las primeras
cruzadas por la nación se dedican a la invención de
un Estado: la imposición de un lenguaje nacional sobre lenguajes
particulares; la unificación de la burocracia y de sus procedimientos
rituales y textuales; el desmantelamiento de identidades culturales;
la demarcación de la propiedad privada; la militarización
federal, la educación federal y, sobre todo, la recaudación
impositiva federal; desfiles, festejos y rituales públicos
que codifican la escenografía de la patria; invención
de tradiciones; una narrativa nacional y sus Academias de la Lengua;
una y otra constitución que intentan ganar hegemonía
en la disputa por un derecho nacional. La nación exige una
gran relato a la manera de una mentalidad y un andamiaje institucional.
La muerte abandona la privacía religiosa y se vuelve una
"ofrenda por la patria". También los modernos sacrifican
vidas a sus dioses.
¿Qué
significa ser mexicano en 1842 en el sur de Zacatecas? ¿O
no serlo del todo en Mérida o en Texas en el mismo año?
No lo sabemos aún. La historiografía mexicana ha sido
una disciplina secuestrada por el fetichismo de las instituciones,
que ha hecho a un lado la política concebida como una experiencia
contingente. Sí sabemos en cambio que la fabricación
de la nación a lo largo del siglo XIX
fue un proceso dedicado a la destrucción sistemática
de las diferencias que distinguían a las microsociedades
o macrosociedades como en el caso de la cultura nahua
del antiguo régimen. Su propósito fundamental fue
la constitución de la figura moderna que anula todas las
diferencias: el ciudadano/la ciudadanía. En ello el Estado
mexicano no se distingue de otros Estados.
La guerra
civil norteamericana fue una cruzada para imponer el régimen
ciudadano al conjunto de la Unión. La Kulturkampf de
Bismarck en Alemania persiguió el mismo objetivo. Ambas tuvieron
un éxito cruel y definitivo. En México, en cambio,
el proceso de destrucción/homologación del mosaico
de culturas y sociedades heredadas por el antiguo régimen
acabó siendo inconcluso, parcial y, en cierta manera, fallido.
La resistencia de la Gemeinschaft la comunidad
fue tan o más poderosa que las tentaciones de la Gesselschaft
la sociedad. Las rebeliones regionales y/o indígenas
que distinguen a la geografía política de todo el
siglo XIX pueden ser interpretadas, sin temor
a equivocarse, como una historia de la resistencia de la comunidad/las
comunidades frente al innegable ímpetu homologador del Estado
"nacional". El resultado final fue un régimen híbrido:
una "sociedad" compuesta no de ciudadanos, sino esencialmente
de comunidades, pueblos y estamentos: una sociedad-mosaico. Claudio
Lomnitz ha ofrecido una rigurosa imagen de la complejidad de este
mosaico en su libro Salidas del laberinto.
En 1900,
como muestran investigaciones recientes, no más del 14% de
los mexicanos hablaban algún tipo de español; sólo
8% lo leían y no más de 3% lo escribían. ¿Qué
significado puede tener la expresión "cultura nacional"
ahí donde el "lenguaje nacional" no era más
que otro lenguaje? Si el lenguaje es la "casa" que habitamos
(Heiddegger), y "miramos" a través de las palabras
(Husserl), ¿qué "casas" habitaban 84% de
los mexicanos, a través de qué palabras "miraban"?
Norbert Elias define a la "cultura" como la forma en que
una comunidad "percibe al mundo". Durante el porfiriato,
México debe haber sido un condominio político,
social e, incluso, económico de culturas (informalmente)
diferenciadas. La noción de condominio es pobre y esquemática.
Pero no parece haber una mejor. Lo único que quiere decir
es que una comunidad chontal de Tabasco tenía muy poco que
ver, no con un habitante de la Ciudad de México es
obvio, sino con uno de Villahermosa. O bien que el modus
vivendi y el modus operandi de los hacendados de Sonora
pertenecían a una manera de "percibir el mundo"
simplemente irreductible con la que tenían los hacendados
de Nayarit o de Jalisco. En el "condominio" mexicano,
la vida cambia incluso de valle a valle, de serranía a serranía.
III
La Revolución
Mexicana fue la "puesta en escena" más contundente
de las realidades del mosaico "nacional". No se equivocan
los historiadores que han mostrado que la revolución fue,
en rigor, una multitud de revoluciones a la vez. El zapatismo, más
que un movimiento "político", fue una empresa que
perseguía la reconstrucción de una comunidad económica,
cultural e institucional frente al entorno "nacional".
La misma dinámica caracterizó a los movimientos sociales
de Chiapas, Tabasco y Yucatán. Hoy sabemos, por las obras
de Friedrich Katz y Jane Dale Lloyd, que el villismo respondía
también a comunidades con percepciones de un orden autoconstituitivo.
Otra manera de enfrentarse a la "nación". Tomochic
no era una excepción en el norte. Carranza y Madero en Coahuila
y Calles y Obregón en Sonora parecen tener una perspectiva
más "nacional". Pero no hay que olvidar que encabezan
movimientos políticos y sociales que responden en primera
instancia a identidades regionales, y cuyo "espíritu
nacional" era una vindicación rigurosamente imaginaria.
La revolución fue un estallido de la sociedad-mosaico del
siglo XIX: una afán, no de construir
un Estado nacional como lo repite la ideología oficial, sino
de imponer las realidades del mosaico en la esfera de la política.
Éste fue probablemente uno de sus mayores fracasos.
La construcción
del nuevo régimen a partir de los años veinte retoma
la misma tarea que el Estado liberal: homologar las diferencias,
edificar una "nación", dotar de centralidad a la
razón de un Estado que desconoce el principio de la diversidad.
El callismo primero, y el cardenismo después, fueron visiblemente
más exitosos que los liberales. También fueron más
visionarios. Los pueblos indígenas merecieron un sitio en
la historia, en los murales, entre los "sectores" del
andamiaje corporativo y entre las secretarías, pero nunca
en el presupuesto ni en las estructuras efectivas de representación.
A cambio, el nuevo Estado federal fue abrumadoramente más
centralista y centralizador que el del siglo XIX.
La clave del nuevo equilibrio, cuya estabilidad se prolongó
hasta los ochenta, residió en hacer llegar el Estado tentacular
al interior de la comunidad. Fue una expansión fundada no
en el reconocimiento de las diferencias, sino en su congelamiento.
La enorme economía de Estado que produjo el sistema político
mexicano se reveló como uno de los factores decisivos de
este congelamiento.
IV
Al desmantelar la economía
de Estado sin ofrecer nuevas opciones económicas y políticas,
el salinismo echó por la borda el fundamento de la estabilidad
del sistema político: el congelamiento de la sociedad-mosaico.
Una breve retrospectiva de las transformaciones políticas
que ha sufrido el país desde los años ochenta, mostraría
que las fábricas del cambio se hallan en la reanimación
de los poderes regionales. La crisis de Chiapas se ha vuelto paradigmática
porque plantea de manera abierta lo que pasa, de una u otra manera,
por las cabezas de quienes dominan las instituciones decisivas (y
en su mayoría informales) del poder "nacional":
las comunidades locales, los poderes singulares.
La transformación
del viejo Estado corporativo en un Estado gerencial no hizo
más que acelerar el descongelamiento de los poderes que buscan
otro sentido de afirmación frente a lo "nacional".
La nueva sociedad-mosaico, que va desde las pretensiones autonómicas
de los indígenas hasta las pretensiones de soberanía
de los gobernadores, choca con un Estado secuestrado por la lógica
de preservar su centralidad, cuando ya no cuenta con las instituciones
ni con los "tentáculos" que le permitían
el consenso de la homologación. La desinstitucionalización
del Estado es el resultado de una parálisis frente al proceso
de la pérdida de su centralidad.
El tema del Estado
ha sido siempre el de su encuentro o desencuentro con la sociedad.
El decaimiento del viejo orden autoritario ha traído consigo
la reanimación de poderes desagregados que pretenden mucho
más que una representación parlamentaria. El Estado
gerencial, es decir, un régimen fundado en la idea de que
la representación de intereses sucede esencialmente en el
"mercado", no responde en México a la geografía
real de la multiplicación de identidades. Pero, ¿cuál
sería su fisonomía si acudiese efectivamente al encuentro
de esta pluralidad?
¿El Estado-mosaico?
Notas
*También se puede afirmar que en el siglo XIX
las formas del Estado fueron "innumerables". No nos hemos
detenido suficientemente a reflexionar sobre la pregunta: ¿de
qué hablamos cuando hablamos del Estado liberal en
el siglo pasado? ¿Francia y su República salpicada
de reminiscencias aristocráticas? ¿Napoleón
III y el bonapartismo? ¿El Kulturstaat
de Bismarck? ¿El compromiso histórico entre la monarquía
y la Great society en Inglaterra? Un compromiso que, a excepción
de Francia y Suiza, se repite a lo largo y ancho de Europa. ¿La
democracia presidencial norteamericana? ¿Los regímenes
caudillescos de América Latina? ¿El parlamentarismo
japonés? La longevidad de los regímenes de Inglaterra
y Estados Unidos, cuyo estabilidad alcanza ya más de un siglo
y medio, nos ha hecho pensar que representan los arquetipos paradigmáticos
de la tradición liberal. Es un atributo exagerado. En rigor,
se trata de dos grandes excepciones.
**En 1916 Weber escribe: "El Estado de guerra, total, es un
compromiso pasajero que resultó de la guerra, y terminará
cuando acabe la guerra." En 1919, a propósito de una
reflexión sobre la Revolución Rusa, había cambiado
de opinión: "Cuando se unen las fuerzas de la economía
y la política bajo un solo himno de destrucción, ya
sea religioso o milenarista secular, el peligro es el Estado total;
es decir, la burocratización absoluta de las instituciones
públicas y las empresas económicas." (Gesammelte
Werke, respectivamente T.3, p.161 y T.5, p.322, Thübingen,
1961.)
ilansemo@hotmail.com
Ilán Semo, "¿El
Estado-mosaico?",
Fractal
n° 8, enero-marzo,
1998, año 2, volumen III, pp. 163-175.
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