Estas
consideraciones arrojan luz sobre la sorprendente respuesta de
la sociedad y del gobierno mexicanos ante los acontecimientos
de Chiapas. La sublevación ocurre en 1994, en el corazón
mismo de la melancólica selva lacandona y sus protagonistas
son campesinos indígenas poseídos de un tenaz rencor
por los agravios seculares que han sufrido. Durante la madrugada
del 1° de enero varios miles de campesinos indígenas, agrupados
en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional
(EZLN), toman San Cristóbal, Las
Margaritas, Altamirano y Ocosingo. Turistas, periodistas y transeúntes
hablan con los alzados. Les toman fotos. El ejército no
aparece en San Cristóbal. Los enfrentamientos son poco
cruentos: en San Cristóbal se reporta sólo un herido;
en Ocosingo, varios policías muertos y heridos. Los sublevados
de Chiapas, ante el estupor de todos, se proponen avanzar hacia
la ciudad de México para deponer al presidente de la República.
La sociedad
mexicana sufre un súbito ataque al corazón de su
oscuridad. Por ello, los indígenas sublevados se ganan
rápidamente la simpatía de la intelectualidad independiente
así como de grandes porciones de la opinión pública
nacional e internacional. "Somos producto de 500 años
de luchas" dicen en su Declaración de la
selva lacandona. "Hoy decimos ¡basta!"
Se acogen al artículo 39 de la Constitución que
garantiza el derecho del pueblo a alterar o modificar la forma
de su gobierno. Con base en ello emiten una "declaración
de guerra" al ejército mexicano y piden a los otros
poderes de la nación que restauren la legalidad y la estabilidad
"deponiendo al dictador". Piden a los organismos internacionales
y a la Cruz Roja que vigilen los combates. Se manifiestan sujetos
a las "Leyes sobre la Guerra de la Convención de Ginebra"
y, en consecuencia, declaran ser una "fuerza beligerante".
Desde
San Cristóbal el subcomandante Marcos declara que el levantamiento
es una respuesta a la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio,
que representa un "acta de defunción de las etnias
indígenas de México". Y advierte: "Éste
no es un ejército guerrillero clásico que roba,
secuestra o da golpes espectaculares", "no es el golpe
clásico de la guerrilla que pega y huye, sino que pega
y avanza".
El gobierno,
por su parte, balbucea y tartamudea. Acude a la explicación
tradicional: "la región padece un grave rezago histórico
que no se ha podido cancelar totalmente". Adopta una actitud
de "prudencia". El 2 de enero, sorpresivamente, los
rebeldes se retiran de San Cristóbal, pero atacan el cuartel
militar adyacente. Ese mismo día, los obispos chiapanecos
advierten que se trata de un fenómeno "inédito",
y que es necesaria la negociación. Durante los días
siguientes el ejército responde, se entablan combates y
hay bombardeos en las cercanías de San Cristóbal.
Los intelectuales independientes, el obispo de San Cristóbal,
la oposición de izquierda y diversas organizaciones no
gubernamentales piden amnistía y cese al fuego.
Después
de diez días de guerra, el gobierno acepta estas ideas:
se da cuenta de que, en rigor, se trata de una situación
inédita, y que el movimiento, en lugar de retroceder, avanza.
Después de explorar una respuesta represiva tradicional,
el gobierno da un súbito viraje, decreta el cese al fuego
y abre la puerta a las negociaciones. En ese momento, los médicos
del sistema no comprenden la naturaleza del malestar ni se percatan
a tiempo de este viraje. Atacan la enfermedad con remedios poco
conciliadores. Octavio Paz denuncia la presencia de grupos infiltrados
y afirma contundentemente que "la sublevación es irreal
y está condenada a fracasar" y que el desenlace militar
será rápido, pues el ejército ha de restablecer
con prontitud el orden en Chiapas. "El movimiento dijo
Paz carece de fundamentos ideológicos y, en materia
militar, de pensamiento estratégico." Y agrega: "También
es notable el arcaísmo de su ideología. Son ideas
simplistas de gente que vive en una época distinta a la
nuestra".(1) Es evidente el desprecio
hacia las voces melancólicas que surgen del fondo de la
selva primigenia; los indios deben servir para derramar tinta
sobre la identidad del mexicano, pero también son seres
arcaicos y peligrosos que pueden provocar un derramamiento de
sangre. Poco después, otro médico moderno, funcionario
"experto" en problemas agrarios e indígenas,
expone los fundamentos ideológicos para una acción
represiva: "no es un movimiento indígena concluye
Arturo Warman, es un proyecto político-militar implantado
entre los indios pero sin representarlos".(2)
En este mismo tenor, se llega a afirmar que los problemas de Chiapas
son una extensión y penetración de los conflictos
centroamericanos en un México moderno y norteamericano.
Pero
la sociedad civil mexicana, apoyada en gran medida por la opinión
pública internacional, toma otro rumbo y obliga al gobierno
a emprender un proceso de transición democrática.
Así, el secretario de Gobernación es despedido,
se decreta un alto al fuego, se propone la amnistía y se
nombra un comisionado para la paz. Por su parte, el EZLN
da a conocer las condiciones para iniciar el diálogo. Este
comisionado para la paz inicia las tareas de pacificación
declarando que se busca la tregua
y no el exterminio. Una parte significativa de la sociedad mexicana
duda que el nacionalismo revolucionario la ideología
oficial hegemónica durante decenios sea todavía
una de las bases del sistema mexicano. El problema estriba no
solamente en que se resquebrajan los soportes ideológicos
del partido oficial; ello, lejos de ser dañino, facilita
la transición democrática. Otro problema mucho más
espinoso estriba en la ruptura de las cadenas que ataban la existencia
misma del Estado mexicano a la cultura política nacionalista
que ahora está en crisis. Si, de alguna forma, una gran
parte de la población llegó a estar convencida de
que su mexicanidad se comprobaba y se correspondía con
las peculiaridades del sistema de gobierno, entonces no debemos
extrañarnos de que la crisis política signifique
para muchos mexicanos que la realidad nacional está derrumbándose.
Las
tensiones chiapanecas afectan las redes que definen la identidad
nacional. Un grupo de campesinos indígenas surge súbitamente
y pone en duda todo el sistema: llevan máscaras, carecen
de nombres, no hablan bien el castellano pero saben dialogar,
son flexibles e inteligentes pero están armados y parecen
decididos a morir. Son una extraña mezcla detonante, un
coctel que produce una explosión de kitsch tropical
que pone en duda los presupuestos mismos de la modernidad. Son
una expresión de nuestra posmodernidad; con su mezcla de
cursilería revolucionaria e inteligencia crítica,
de beatería populista y de creatividad política,
han derrotado la retórica progubernamental de la intelectualidad
oficial, como la del mismo Paz, quien se confesó, en un
editorial en La Jornada ("Chiapas: ¿nudo ciego
o tabla de salvación?", 23 de enero de 1994), verdaderamente
conmovido por una carta del subcomandante Marcos vocero
carismático de los alzados en la que rechazaba el
perdón ofrecido por el gobierno. El levantamiento provocó
efectos extraordinarios: abrió las puertas de la transición
democrática, pero esta apertura convocó muy pronto
las reacciones violentas de las fuerzas que, dentro del sistema,
rechazan el cambio (el asesinato del candidato a la presidencia
del PRI fue la más maligna de estas
reacciones).
Las
inmensas y sorprendentes consecuencias del levantamiento de Chiapas
se explican en gran medida por el hecho de que estamos atravesando
un periodo de malestar fundamentalmente cultural, aunque es cierto
que estamos también ante una crisis de orden ideológico,
una crisis del nacionalismo revolucionario. El nacionalismo es
la transfiguración de las supuestas características
de la identidad nacional al terreno de la ideología. El
nacionalismo es una tendencia política que establece una
relación estructural entre la naturaleza de la cultura
y las peculiaridades del Estado. En México las expresiones
oficiales del nacionalismo nos dicen: si eres mexicano debes votar
por el PRI. Quienes no lo hacen traicionan
su naturaleza profunda, o bien no son mexicanos. Pero resulta
que en Chiapas, según las cifras oficiales, la inmensa
mayoría de la población vota por el Partido Revolucionario
Institucional. Así que la sublevación debía
ser explicada por factores exógenos.
Esta
explicación no resistió el embate de un levantamiento
indígena que inesperadamente sacudía los cimientos
de la identidad nacional. La cultura del mestizaje como solución
mediadora de los conflictos se resquebraja. En México el
mestizaje se nos presenta no sólo como la unión
de razas y culturas, de indígenas y europeos, sino también
como una mezcla entre el mundo rural y el mundo industrial, el
desarrollo y el subdesarrollo. Ahora bien, no quiero abandonar
este tema sin subrayar enérgicamente que, con todo lo que
la podemos criticar, la socialización de la idea de mestizaje
en México configura una situación enormemente más
democrática y desarrollada que aquella que regula en Estados
Unidos las diferencias étnicas y raciales. En una sociedad
multicultural como la de Estados Unidos, la ausencia de toda noción
de mestizaje es una consecuencia del extendido racismo y del exacerbado
anglocentrismo que caracteriza a la cultura hegemónica.
La sublevación
indígena en Chiapas toca las fibras más dolorosas
afectadas por el profundo malestar de la cultura mexicana para
seguir usando la metáfora freudiana. Ha colocado a una
gran masa de mexicanos ante la alternativa de abandonar el papel
de bárbaros domesticados que se les había asignado.
Lo más sorprendente es que este shock cultural es
provocado por la inesperada intervención de esos mismos
bárbaros domesticados los indios mayas de Chiapas
que no estaban invitados al banquete de la modernidad norteamericana.
Con su intervención abrupta hicieron evidente que la cultura
de la dualidad está llegando a su fin: el teatro del revolucionario
institucional o del mestizo semioriental está en franca
quiebra. La cultura política mexicana está pasando
por la experiencia traumática pero ineludible de internarse
sin duplicidades en el mundo de la democracia occidental. En cierto
modo podríamos decir que se trata de un fait accompli
: la colonia, la independencia y la revolución han integrado
al país a la cultura occidental. Pero esta integración
desembocó en un nacionalismo revolucionario que, a pesar
de sus propósitos de exaltación, condujo a la cultura
mexicana hacia una aceptación implícita de su condición
semioccidental, teñida de una mixtura y un desdoblamiento
artificiosos. Lo que sangra por esta herida es el corazón
de las tinieblas de la cultura mexicana: ese núcleo primigenio
y mítico que está dejando de latir.
Los indios
llegaron para dar una lección de modernidad (y aun de posmodernidad)
a los engreídos tecnócratas que pilotean la nave
del autoritarismo mexicano. Pusieron en duda la identidad nacional
y la legitimidad del sistema político. Mostraron a la sociedad
civil que el mito del ser del mexicano, que tanto ha contribuido
a la legitimación del gobierno posrevolucionario, se estableció
como una forma mítica poco coherente con el desarrollo
del capitalismo occidental típico de este fin de siglo.
En otras palabras: el mito era eficiente para legitimar el poder
priísta, pero ineficiente para legitimar la racionalidad
de la fábrica y del TLC. El mito
está encerrado en la jaula de la melancolía, no
en la jaula de hierro de la que habló Max Weber para referirse
a la ausencia de magia en la sociedad moderna.(3)
Democracia,
izquierda y zapatismo
La rebelión
zapatista ha planteado una inquietante pregunta: ¿puede
crecer hoy la democracia en los inmensos espacios habitados antaño
por la izquierda socialista y comunista? ¿O acaso estos
territorios han quedado estériles, a tal punto que no podemos
prever en el corto o mediano plazo un desarrollo democrático?
No me referiré más que tangencialmente al problema
de la construcción de sistemas democráticos en los
países antiguamente controlados por partidos comunistas.
Sin olvidar este trasfondo global, quiero ofrecer aquí
algunas reflexiones sobre los retos democráticos en México,
donde la combinación insólita del estallido revolucionario
neozapatista de 1994 con la persistencia del sistema de gobierno
autoritario convierten a este país en un campo fértil
para la reflexión.
La combinación
es insólita pero reveladora. Nos muestra que la oposición
entre democracia capitalista emergente y socialismo autoritario
decadente no siempre es un modelo que corresponde a la realidad.
En México los tradicionales administradores del capitalismo
son cualquier cosa menos democráticos. Y las fuerzas de
izquierda sufren de muchas dolencias y carencias, pero albergan
una persistente vocación democrática.
Esta
inversión de los cánones tradicionales válidos
para describir el abanico político en Rusia o en otros
países ex socialistas es una de las claves que nos
permite comprender la gran vitalidad de la izquierda mexicana,
a pesar de que vivimos una época aciaga para las corrientes
socialistas. Creo que una inversión similar nos ayuda a
entender el dinamismo que observamos en los movimientos de izquierda
en Brasil o en Italia (en contraste con lo que ocurre, digamos,
en Argentina o en España).
No podemos
menos que asombrarnos y admirarnos de la extraordinaria tolerancia
democrática de la izquierda organizada que en México
ha pagado con cientos de asesinados su vocación opositora.
Si el gobierno priísta no nos llevó al despeñadero
de una amplia y violenta confrontación, ello se debe no
a los tecnócratas del gobierno sino a los dirigentes de
la izquierda (y en especial los del Partido de la Revolución
Democrática, PRD), que supieron resistir
la tentación autoritaria aun a riesgo de perder terreno
electoral ante el hábil oportunismo del Partido Acción
Nacional (PAN).
Cuando
hablo de tentación autoritaria me refiero, en este caso,
a la atracción por las formas revolucionarias y violentas
de lucha contra el poder establecido. Aun aquellos que cayeron
en la tentación los integrantes del EZLN
sorpresivamente demostraron que no albergaban un núcleo
puro y duro, sino un sofisticado ramillete de opciones y una plasticidad
creativa capaz de adaptarse rápidamente a la gran complejidad
de la coyuntura política mexicana. Por ello, paradójicamente,
uno de los primeros efectos del levantamiento del 1° de enero
de 1994 en Chiapas fue acaso el de inscribir con tinta indeleble
el tema de la democracia en la agenda política.
No quiero
hacer aquí la historia del lento y accidentado proceso
de transición democrática. En cambio, me interesa
señalar dos tendencias menos visibles que se aceleran en
1994. Me refiero al surgimiento de alternativas fundamentalistas
y a lo que he llamado el síndrome de Jezabel.
A pesar
del dinamismo evidente de la izquierda mexicana, la nueva situación
y la coyuntura chiapaneca han estimulado también el surgimiento
de tendencias fundamentalistas en quienes, ante el vértigo
provocado por el abismo que dejó el derrumbe del socialismo
en la URSS y en el centro de Europa, buscan
en los viejos metadiscursos los salvavidas para no ahogarse en
el diluvio posmoderno. Una de estas viejas ideas es la de autonomía,
referida a la posibilidad de que comunidades o regiones con alta
proporción de indígenas sean administradas mediante
formas propias de gobierno, adaptadas a las singularidades étnicas
de la población. Es evidente que esta noción, sacada
por la izquierda del polvoriento arcón soviético
(donde los diversos niveles de autonomía a nivel de comarca,
región y república fueron uno de los mayores fiascos
del régimen socialista), ha sido bien recibida por varios
sectores del gobierno que comprenden que la política indigenista
de orientación integracionista ha llegado a un callejón
sin salida. La creación de comunidades autónomas
de acuerdo con los llamados "usos y costumbres" es una
solución patrimonialista en el sentido que Weber
le daba a la palabra que garantiza el control del poder
a un estamento específico de la población.
Hay
que reconocer que no sólo en la antigua Unión Soviética
se hicieron experimentos basados en una autonomía de corte
patrimonial. Quiero recordar que en Estados Unidos, después
del fracaso del reparto de parcelas en las reservaciones indias,
en 1934 se aprobó una legislación que auspició
en las reservaciones formas de autogobierno que combinaron mecanismos
tradicionales con métodos legislativos modernos. En la
misma época, en México el gobierno de Lázaro
Cárdenas se enfiló hacia una política nacionalista
e integracionista, y produjo una "solución" al
problema indígena radicalmente diferente a la de Estados
Unidos, orientada a la exaltación del mestizaje y de la
unidad nacional.
Conocemos
de sobra los defectos y las virtudes de este modelo. Pero al hacer
esta comparación nos topamos con una extraña paradoja:
la vía integracionista mexicana, a pesar de todo, es más
afín a los requerimientos de la democracia representativa
que la alternativa segregacionista norteamericana, la cual ha
obstruido o paralizado muchos de los canales de expresión
democrática mediante un sistema corrupto de protección
y clientelismo. Este sistema se ha extendido a los vínculos
del gobierno con toda clase de minorías étnicas,
religiosas, raciales o sexuales, y es uno de los ingredientes
más importantes de las formas posdemocráticas de
legitimación política.
Me parece
sintomático que en México se comiencen a establecer
mecanismos posdemocráticos de legitimación, que
intentan hacer a un lado a los partidos políticos, cuando
ni siquiera se ha logrado que funcionen adecuadamente los procesos
democráticos representativos modernos. Y es una paradoja
trágica que ello ocurra bajo el auspicio de la izquierda
y con su bendición entusiasta.
Los
impulsos fundamentalistas han propiciado también la legitimación
de las rígidas jerarquías de corte militar y eclesiástico;
junto con ello, han retornado los valores dogmáticos propios
de los espacios sagrados: en lugar de una secularización
de la sociedad civil (y de la política) en muchos casos
estamos presenciando su sacralización. No debemos cerrar
los ojos ante la situación chiapaneca: allí se halla
el foco expansivo de una revalorización de las instancias
eclesiásticas y militares, tanto en sus expresiones rebeldes
(el obispado de San Cristóbal y el EZLN)
como en sus manifestaciones institucionales (la iglesia católica
y el ejército federal). Habría que agregar la proliferación
de organizaciones religiosas no católicas y la expansión
de grupos paramilitares reaccionarios. En este proceso observamos
una cierta complementariedad, no exenta de contradicciones, entre
los espacios marginales y los oficiales.
Algo
similar podemos observar en otro campo, el que se refiere a la
expansión de la violencia y la guerra en los espacios políticos,
y que produce lo que he llamado el síndrome de Jezabel,
ese personaje femenino de la mitología bíblica.
Desarrollé originalmente esta idea en polémica con
Jean Baudrillard, en mi libro Las redes imaginarias del poder
político. (Primera edición, Era, 1974; segunda
edición corregida, Océano, 1996.) Este síndrome
hace referencia a la elevación espectacular de los grupos
marginales al escenario de un teatro guerrillero donde la acción
revolucionaria es tan disparatada, tan exorbitada y tan fantasiosa
que produce un efecto simbólico de gran envergadura. El
gobierno responde también de manera espectacular con una
estrategia de simulación, pero la acción es encubierta
por velos extraños que sugieren la existencia secreta de
un mundo críptico, exótico y misterioso. En Europa,
tradicionalmente, este tipo de situaciones termina en la represión
encarnizada de los llamados terroristas y provoca una cohesión
social en torno del gobierno amenazado por los revolucionarios.
En México este desenlace cruento ha sido evitado tanto
por el gobierno como por los revolucionarios alzados en armas,
en parte gracias a la influencia de una sociedad civil democrática.
Así, el simulacro ha conducido a una situación novedosa
donde la guerra del espectáculo se impone sobre la violencia
real.
La compleja
coyuntura está siendo aprovechada por el establishment
político para implementar un nuevo modelo de hegemonía
posdemocrática, que eventualmente podría permitir
que el sistema sobreviva a los peligrosos vaivenes provocados
por los flujos y reflujos electorales propios de la participación
democrática. Pero no podemos negar que las tendencias que
permiten esta situación han surgido, en gran medida, en
los territorios de la izquierda poscomunista, metacomunista o
paracomunista. De esta manera, se establece una peculiar vinculación
entre las ruinas del socialismo y las nuevas necesidades del capitalismo.
No deja de ser irónico el hecho de que el gobierno mexicano
en crisis se preocupe por resguardar las ruinas de una izquierda
que se derrumbó, y necesite como las sociedades posmodernas
de parques jurásicos en donde hacer experimentos con especies
ya desaparecidas o en proceso de extinción. Sin embargo,
bajo ciertas condiciones, pueden ocurrir mutaciones que cambian
el curso de las cosas: es precisamente lo que sucedió en
Chiapas, donde el cruce genético de especies y subespecies
en peligro de extinción (dinosaurios comunistas e indios)
produjo el nacimiento de nuevas variedades (que incluso han sido
visitadas por famosos especialistas en paleontología guerrillera).
Para
la izquierda mexicana el problema no radica solamente en resistir
la tentación autoritaria. Se halla hoy, más bien,
ante la tentación fundamentalista. Pero el verdadero peligro
no radica en que el fundamentalismo sea una vía de retorno
a un mundo que ya se extinguió; no creo que hoy este peligro
sea real, ni siquiera en los países donde se derrumbó
el socialismo; la amenaza no se ubica solamente en el hecho de
que las corrientes extremistas de la izquierda se ahoguen en la
restauración del stalinismo y del dogma.
La mayor
amenaza para la democracia proviene de la manera en que las agresivas
tendencias fundamentalistas se eslabonan con nuevas formas de
legitimación posdemocrática. Por decirlo así,
lo peligroso es el coctel que mezcla al neoliberalismo con el
poscomunismo, a la segregación con el populismo, o al patrimonialismo
con la autonomía. Si a estas mezclas le agregamos una buena
dosis de religión y de militarismo, se producen situaciones
tan explosivas como las del Cercano Oriente, el norte de África
o Bosnia.
Uno
de los más graves problemas de la democracia moderna radica
en que ahora debe funcionar sin el marco amenazador de las alternativas
comunistas. Ya sea por los espectros de la guerra nuclear, de
la subversión o de la inestabilidad provocada por los movimientos
radicales y sus representantes parlamentarios, el hecho es que
antes de 1989 la democracia aparecía como un territorio
asediado. Ahora el asedio político ha terminado y, con
ello, muchos de los procesos legitimadores que protegían
a los gobiernos del llamado primer mundo se han agotado. La amenaza
tercermundista puede compensar la pérdida, pero en una
escala muy reducida. Queda la tentación de estimular y
manipular fundamentalismos culturales, étnicos y religiosos,
o incluso formas renovadas del espíritu revolucionario,
para convertirlos en los estímulos políticos que
parece requerir el mal funcionamiento de algunos sistemas democráticos,
sea que las enfermedades se deban a la corrupción, al envenenamiento
o al envejecimiento. Los sistemas democráticos, ante estas
amenazas, inventan y construyen extrañas prótesis
políticas para protegerse. Pero de poco nos va a servir
una democracia que, como esos célebres personajes del cine
y de la literatura de ciencia-ficción, sea sostenida por
órganos cibernéticos, tenga que ser alimentada por
aditivos artificiales, dependa de un pulmón mecánico
y se halle rodeada de una franja de bárbaros cuya principal
función parece ser la de estimular sus reflejos defensivos.
Como
conclusión podría decir que, hoy, muchos comunistas
y poscomunistas han aprendido a vivir en la democracia. Pero me
temo que la democracia, para legitimarse, todavía no ha
aprendido a vivir sin la amenaza del comunismo.
Violencias
salvajes: usos, costumbres y sociedad civil
Una
de las tendencias más inquietantes del pensamiento contemporáneo
se expresa en una curiosa revalorización de las llamadas
culturas primitivas, que son vistas como espacios en los que han
crecido formas peculiares de violencia, hoy superadas en las sociedades
modernas por formas civilizadas de ejercicio de una fuerza legítima.
Estas tendencias pueden entenderse, a mi juicio, como una suerte
de medievalización de las sociedades primigenias, primitivas
o salvajes. Se trata de un traslado de rasgos medievales europeos
al mundo de las sociedades primitivas premodernas. Un ejemplo
sintomático lo podemos encontrar en un ensayo del filósofo
francés Giles Lipovetsky, donde establece que en todas
las sociedades salvajes la violencia no se explica por consideraciones
ideológicas, económicas o utilitarias, sino que
es regulada por un código basado en el honor y la venganza.(4)
Resulta escalofriante la forma en que Lipovetsky mete en un solo
saco a todas las sociedades que llama salvajes, denominación
arcaica que la cultura francesa ha conservado para referirse a
los pueblos no europeos llamados primitivos por la etnología
moderna.(5) Lipovetsky rechaza la interesante
sugerencia de René Girard, presentada en La violence
et le sacré,(6) según
la cual el sacrificio ritual sería una forma de interrumpir
el círculo de venganzas con el fin de proteger a la comunidad.
Para Lipovetsky la venganza y la
violencia encaminadas a defender el honor son valores que la sociedad
salvaje está obligada a defender, no a frenar. Me parece
que estamos ante una visión de las sociedades primitivas
que proviene más de una lectura de las novelas de caballerías
o, incluso, del teatro barroco español, que de un conocimiento
de las sociedades tildadas de salvajes. Sin embargo, la fuente
principal de Lipovetsky es un conocido ensayo del antropólogo
Pierre Clastres donde teoriza sus experiencias de investigación
en el Chaco paraguayo.(7) Según Clastres
las tribus indígenas de esta región se caracterizan
por una pasión belicosa fundada en el deseo de prestigio
y en el ansia de gloria. Nos describe un ethos cuyas normas
esenciales radican en tal vez conviene decirlo en francés
la gloire del guerrero, en la volonté de
matar y en el mépris del peligro. La lógica
de la gloria, la voluntad y el desprecio nada tiene que ver con
intereses económicos o discursos ideológicos: es
una lógica propia de las sociedades indivisas. Las interpretaciones
de Clastres provienen, más que de su trabajo de campo,
de las descripciones de cronistas y misioneros jesuitas del siglo
XVIII y se inspiran, como él mismo
admite, en las reflexiones de Georges Dumézil sobre la
representación mítica del guerrero en la tradición
indoeuropea.(8) La sangrienta guerra del
Chaco que enfrentó a bolivianos y paraguayos en los años
treinta apenas es mencionada de paso por Clastres, que se concentra
obsesivamente en la idea de establecer una teoría general
de la violencia salvaje y primitiva. No se detiene a pensar en
la posibilidad de que la proverbial belicosidad de los indios
del Chaco pudiese provenir en gran medida de la desintegración
de las sociedades indígenas por efecto de
la colonización y de confrontaciones históricas
prehispánicas que pudieron haber provocado dramáticos
desplazamientos de población. Es sabido que el contacto
entre pueblos nómadas o seminómadas y grupos de
colonizadores con fuerte vocación por establecer formas
sedentarias de explotación estimula invariablemente la
violencia y alimenta el mito del salvaje belicoso y sanguinario.
Podemos
sospechar que las ideas de gloria y honor, como detonadores de
la violencia, tienen una fuerte carga de eurocentrismo. Lo interesante
de las interpretaciones de Clastres y Lipovetsky radica en que
su etnocentrismo traslada elementos de la historia medieval y
renacentista al mundo primitivo; pero traslada una imagen medieval
despojada de las grandes instituciones feudales y eclesiásticas:
la sociedad salvaje aparece como una proyección de la aldea
medieval en la que los campesinos han adoptado los valores de
los caballeros y los cortesanos, sin por ello abandonar su tradicional
mundo holista, indiviso y homogéneo. Algunos de los cronistas
de las expediciones de conquista en América así
vieron a las sociedades indígenas.
Esta
mitología de las violencias primigenias coexiste, como
es sabido, con el mito del buen salvaje y con el sueño
de una sociedad primitiva natural desprovista de los males que
ha traído la civilización moderna. Por supuesto,
esta condición es tan imaginaria como la del salvaje belicoso,
y ha servido como medio para concentrar todas las culpas de la
violencia en la cultura industrial urbana. Las sociedades no europeas,
llamadas primitivas, albergan formas de violencia formal e informal
muy extendidas y variadas; para nada conforman la imagen idílica
de una dorada paz primigenia. (Véase al respecto el interesante
libro de Lawrence H. Keeley: War Before Civilization. The myth
of the Peaceful Savage, Oxford, 1996. Sobre imaginería
del salvaje, véanse mis libros: El salvaje en el espejo
y El salvaje artificial, México, 1992 y 1997.)
Desde
luego, no me dispongo aquí a discutir cuál de los
mitos se acerca más a la realidad. Lo que he querido subrayar
es el hecho paradójico de que rasgos europeos medievalizantes
han sido añadidos para acentuar o destacar el primitivismo.
Esto es algo que ocurre con frecuencia en México, donde
peculiaridades de raíz colonial se han usado para definir
a los grupos étnicos de origen prehispánico. Al
respecto, aquí sólo me referiré a los sistemas
normativos que, expresados en ciertos usos y costumbres, regulan
la violencia y los conflictos internos de los pueblos indígenas.
La posible aprobación constitucional de estos sistemas
normativos indígenas ha provocado una gran discusión,
que tuvo su impulso sin duda en la violenta irrupción del
EZLN en la vida política mexicana
el 1° de enero de 1994.
No debe
sorprendernos que la violencia misma haya provocado una gran polémica
sobre las formas en que se puede ejercer con legitimidad la fuerza
para resolver conflictos: ya se sabe que la violencia engendra
más violencia, aunque en este caso la violencia engendrada
ha sido más retórica que material. Lo importante,
además, es que el gobierno, las fuerzas políticas
y muchos intelectuales están contemplando firmemente la
posibilidad de establecer, al lado de los mecanismos republicanos,
nuevas formas de gobierno basadas en la autonomía de un
llamado sistema indígena de normas, usos y costumbres que
ejercería la violencia legal (simbólica o efectivamente)
para resolver conflictos internos.
Ante
esto, podemos considerar dos vertientes del problema. Primero
indagar las características concretas del sistema normativo
indígena. Después, en segundo lugar, será
preciso examinar las consecuencias de la implantación de
una pluralidad de mecanismos de representación y control
políticos.
Al abordar
el tema de los sistemas normativos étnicos quiero exponer
la idea de que su carácter "indígena"
es en muchos casos la transposición (real o imaginaria)
de formas coloniales de dominación. Es decir que ciertos
rasgos propios de la estructura colonial española han sido
elevados a la categoría de elementos normativos indígenas
(con peculiaridades étnicas prehispánicas). En muchos
casos, estos rasgos supuestamente indígenas han sido exagerados
enormemente o, incluso, han existido sólo en la mente de
algunos funcionarios, políticos o intelectuales. Asistimos
con frecuencia a la erección de versiones colonialoides
de la realidad india, tan exóticas como el sanguinario
guerrero ecuestre guaicurú o el valiente piel roja ululante
de la mitología indigenista.(9)
Las
formas de gobierno que los etnólogos han observado en diversos
pueblos indígenas del México moderno y posrevolucionario
se pueden resumir en cuatro características. Hay que advertir
acaso que en muchos casos los cuatro rasgos, que describiré
a continuación, están en proceso de extinción
(o ya han desaparecido).
1. La
máxima autoridad suele recaer en un gobernador, cacique,
mandón o principal, cuyas funciones de vigilancia, control
y castigo son en algunos casos vitalicias. Con frecuencia se trata
de un anciano que recibe el respeto de la comunidad y nunca es
una mujer; sus decisiones son inapelables y se acatan sin discusión.
En los últimos años el término cacique, que
era común en
el sur de México entre los mixes, los mixtecos, los triques
y los zapotecos, así como en los Altos de Chiapas, ha caído
en desuso por las connotaciones peyorativas que ha ido adquiriendo.
El título de gobernador, usado entre grupos étnicos
del norte (coras, huicholes, mayos, pames, pimas, seris, tarahumaras,
tepehuanos y yaquis), sin duda tiene su origen en el funcionario
del mismo nombre que en la España del Siglo de Oro administraba
la justicia en las poblaciones, y que también era llamado
corregidor. Un símbolo muy extendido de la autoridad en
los pueblos indígenas es la vara como señal de poder.
Entre los coras la transmisión del gobierno se da en una
ceremonia de entrega de las "varas de mando"; igualmente,
entre los zapotecas hay una "entrega de varas" y en
la cultura mixteca se habla de "entrega del bastón";
los chontales de Oaxaca nombran un "mayor de varas"
para mantener el orden. En algunas comunidades nahuas de la costa
del golfo se elige un tlaihtoani y al renovarse las autoridades
del ayuntamiento se celebra la fiesta del "cambio de varas".
También entre los tarahumaras y los triques hay un uso
ritual de la vara como señal de autoridad.
No he
citado estos ejemplos para exponer el folklore de las formas de
poder, sino porque muestran la sintomática presencia de
un mismo símbolo en contextos étnicos muy diversos.
Sospecho que ello obedece a su común origen colonial español:
en la península llevaban varas los alcaldes de corte, los
corregidores, los jueces y los alguaciles como insignia de que
representaban la autoridad real.
2. En
muchos casos el nombramiento de gobernador, jefe o cacique es
obra de un consejo de ancianos o bien de una asamblea; en ocasiones
son elegidos mediante un plebiscito. El consejo de ancianos es
una forma residual que tiene su origen en sistemas prehispánicos
de gobierno comunal. (Véase: Charles Gibson, Los aztecas
bajo el dominio español, 1519-1810, México,
1967, p. 195.) Su organización varía en las diferentes
etnias, y su poder ha llegado a mantenerse aún en pueblos
donde ya no se nombran gobernadores tradicionales: los ancianos
nombran a las autoridades municipales.(10)
Los ejemplos más notorios de sobrevivencia del poder de
los consejos de ancianos los hallamos en el sur de México,
en las regiones tzeltal y tzotzil, así como en la mixteca
y entre los zapotecas. En contraste, entre los grupos étnicos
del norte predomina la asamblea del pueblo y a veces el plebiscito
como forma de elegir autoridades. Es interesante anotar que fueron
los españoles desde el siglo XVI
quienes introdujeron sistemas colectivos de gobierno local, en
los cabildos y los consejos, para contrarrestar el poder de los
caciques y principales. (Véase: José Miranda y Silvio
Zavala, "Instituciones indígenas en la Colonia",
en Alfonso Caso et al., Métodos y resultados de la política
indigenista en México, México, 1954.)
3. Un
rasgo distintivo de las formas de gobierno peculiares de las comunidades
indígenas es la fusión de los poderes civiles y
los religiosos. La administración de justicia, la organización
del culto, el mantenimiento del orden y la organización
de las fiestas religiosas forman parte indisoluble del mismo sistema
normativo de gobierno. Se trata de un sistema rígidamente
jerarquizado en el que se entremezclan tanto los cargos ligados
al mantenimiento del orden público como los del ceremonial
católico. Los mayordomos, los topiles, los mayores de varas,
los rezanderos, los chicoteros y los principales forman parte
de un mismo sistema. El antropólogo Alfonso Fabila llegó
a hablar de un
gobierno teocrático de los yaquis,(11)
y los etnólogos han observado en diferentes regiones la
forma en que se funden en un mismo sistema las ceremonias de las
cofradías, la organización del tequio o del trabajo
colectivo, las funciones de la policía, la limpieza de
la iglesia, los encargos de las mayordomías o la administración
de azotes a los acusados de adulterio o de robo. Esta fusión
tiene su origen en la omnipresencia de la iglesia católica
colonial en todos los ámbitos de la vida social, aunque
sin duda el carácter sagrado de algunas funciones tiene
una raíz prehispánica, como ocurre con los llamados
piaroles o fiadores de la región tzeltal-tzotzil.(12)
4. Las
formas indígenas de ejercicio del poder tienen un carácter
extremadamente autoritario y en muchas ocasiones se basan en un
sistema jerárquico de corte militar. En la región
maya de la península de Yucatán, por ejemplo, las
autoridades tradicionales han usado una nomenclatura militar para
referirse a las diferentes funciones y jerarquías: general,
capitán, comandante, teniente, sargento, cabo y soldado;
los generales nombran los puestos inferiores de acuerdo con su
voluntad y reciben una pleitesía que ha llegado al extremo
de besarles la mano,
santiguarse a su paso y dirigirles la palabra de rodillas. Los
yaquis nombran a sus gobernadores o cobanáhuacs,
quienes son asistidos por otros funcionarios menores con denominaciones
militares: alférez, tamborilero, capitán, teniente,
sargento y cabo. Los huicholes nombran a un coronel, subordinado
a su gobernador, como encargado de impartir justicia. Estos ejemplos
revelan supervivencias de una dramática historia de sublevaciones
y guerras de los indígenas que se rebelaron durante siglos
contra la represión y explotación de que eran objeto.
La nomenclatura militar que he citado como ejemplo y las
consiguientes formas de respeto sumiso a la autoridad son
una herencia de la larga guerra de castas que se inició
en Yucatán en 1847 y de las insurrecciones de indios yaquis,
ópatas y mayos que se iniciaron en 1825 y que duraron más
de un siglo. Se puede decir que las peculiaridades autoritarias
e incluso militares de las formas de gobierno indígena
tienen más su origen en el permanente estado de asedio
y guerra en que han vivido que en remotas tradiciones prehispánicas.
En síntesis,
los sistemas normativos indígenas o lo que queda
de ellos son formas coloniales político-religiosas
de ejercicio de la autoridad, profundamente modificadas por las
guerras y la represión, en las que apenas puede apreciarse
la sobrevivencia de elementos prehispánicos. Estas formas
de gobierno han sido profundamente infiltradas y hábilmente
manipuladas por los intereses mestizos o ladinos y por la burocracia
política de los gobiernos posrevolucionarios, con el fin
de estabilizar la hegemonía del Estado nacional en las
comunidades indígenas. Los ingredientes que podríamos
calificar de democráticos son muy precarios; se reducen
al plebiscito y al ejercicio de una democracia directa en asambleas,
donde las mujeres y las alternativas minoritarias suelen ser excluidas
o aplastadas.
Luis
Hernández Navarro me ha reprochado que no menciono el consenso
como una forma democrática de tomar decisiones en las comunidades
indígenas.(13) Lo mismo dice otro
crítico: en las asambleas comunales "los mecanismos
de toma de decisiones se basan por lo general en el consenso y
no en la mayoría".(14) A mi
juicio usan mal la noción de consenso, que no es una forma
de tomar acuerdos, sino una situación social y política
un estado de ánimo, como seguramente lo llamaría
García de León de respaldo a principios, valores
o fines generales. En contraste, la toma de acuerdos por unanimidad
revela casi siempre una falta de democracia y un autoritarismo
oculto bajo un manto populista. Si no se gobierna mediante acuerdos
de mayoría, inevitablemente se excluye a las minorías:
la unanimidad no contempla mecanismos tolerantes de representación
de minorías.
En las
comunidades indígenas, dice ingenuamente uno de estos críticos,
los "líderes son reguladores y no dirigentes de la
vida colectiva, se encargan de que ésta transcurra de acuerdo
a las tradiciones".(15) Es decir: sus
funciones son esencialmente represivas y bloquean a cualquier
minoría poco "tradicional". Es posible que los
mecanismos de gobierno por unanimidad sean propios de ciertas
comunidades indígenas; pero más que un sabor prehispánico,
despiden un tufo priísta.nas
Vale
la pena comentar brevemente un tema que ha sido puesto en la mesa
de discusiones por el levantamiento armado zapatista: me refiero
a las repercusiones éticas o morales del proceso de gestación
de nuevas formas de identidad. El hecho de que los sistemas políticos
indígenas tengan un origen colonial no
parece preocupar demasiado a Luis Hernández Navarro pues,
supuestamente, "lo que le da al sistema de cargos su carácter
indígena es que los indígenas lo reconocen como
tal".(16) Antonio García de
León piensa, por su parte, que la identidad es principalmente
"una opción sobre lo heredado y sobre lo construido".(17)
Estoy
de acuerdo en que la identidad es un proceso complejo de creaciones
e invenciones; pero ello no nos autoriza a hacer a un lado la
dimensión temporal e histórica, que es la que sedimenta
el consenso de una comunidad en torno a ciertos símbolos
y valores. No quiero excluir automáticamente aquellas creaciones
hechas apenas ayer e impulsadas por personas recién llegadas
a las nuevas formas de identidad.(18) Pero
la ausencia de profundidad histórica, o la adopción
artificial de rasgos procedentes de otras tradiciones para fortalecer
identidades en extinción, hace más discutible el
nuevo proceso, precisamente porque su contenido ético y
moral es más evidente y se halla todavía en la superficie.
Es más evidente porque se encuentra ligado a decisiones
políticas recientes, aún frescas. En cambio, la
larga historia de ciertos rasgos de la identidad ha sepultado
los valores morales bajo el polvo de los siglos, y resulta muy
difícil desenterrarlos.
El hecho
de que aflore la dimensión moral no siempre simplifica
las cosas. En algunos casos ello va acompañado de cierta
intolerancia. Al criticar las curiosas costumbres de una comunidad
de Estados Unidos que está construyendo su identidad en
torno a la supuesta visita de platillos voladores extraterrestres
hace cincuenta años, corremos el riesgo de ser despreciados
por el hecho de que nunca nos hemos subido a un ovni. Más
dañino hubiera sido poner en duda en el Berlín de
los años treinta el supuesto origen indoeuropeo de los
mitos nazis sobre la identidad aria. Discutir con fundamentalistas
argelinos o iraníes es todavía más peligroso,
y el ejercicio crítico puede costar la vida. Usualmente
los críticos son descalificados por su otredad, su exterioridad
o su falta de experiencias vivenciales, y acaban siendo lapidados:
la crítica de las costumbres de la moral es
un peligroso ejercicio intelectual. La experiencia me dice que
es difícil discutir con los danzantes de la mexicanidad
del Santo Niño de Atocha, con los mandones obedientes de
la periferia zapatista o con los usuarios de las costumbres oficialmente
indias.(19)
A pesar
de todo, no debemos renunciar a discutir la dimensión moral
en la que ha insistido, entre otros, Antonio García de
León. A partir de la discusión de las costumbres,
los hábitos y las conductas es decir, la moral,
podemos hoy plantearnos el
problema de las consecuencias de la legalización de sistemas
de gobierno, elección, representación y justicia
diferentes a los que norman la vida política del país,
para ser implementados en comunidades o regiones indígenas.(20)
Esta alternativa ha parecido atractiva, sobre todo después
del fracaso del indigenismo integracionista, pero obviamente significa
un enfrentamiento con la definición clásica de la
nación ilustrada moderna, según la cual ésta
es una expresión política de un espacio territorial
donde todos los ciudadanos están sujetos a las mismas leyes,
sin tomar en cuenta su color, religión, origen étnico
o sexo. El Estado se basa aquí en una sociedad civil que
reúne a hombres y mujeres que eligen libremente someterse
a las mismas leyes. Esta concepción contrasta con la tradición
política, calificada a veces de romántica, según
la cual la forma de gobierno surge orgánica e históricamente
de la unidad nacional, étnica y cultural de un pueblo.
La base del gobierno es aquí el Volksgeist y no
la sociedad civil. En realidad, se han producido diversas combinaciones
de estos dos principios, con resultados a veces catastróficos
en regiones con una marcada diferenciación étnica,
pues la ceguera democrática ante la multiculturalidad o,
sobre todo, el aplastamiento de las minorías en nombre
de un nacionalismo etnocéntrico han sido una fuente permanente
de violencia.
Para
evitar estas formas de violencia ha ido ganando terreno durante
los últimos años la idea de que es necesario aceptar
formas de libre
determinación y de autonomía en el interior de Estados
ya constituidos, así como impulsar formas de representación
y de apoyo (en Estados Unidos las llaman affirmative action)
encaminadas a combatir las múltiples manifestaciones de
discriminación (económica, racial, religiosa, sexual,
étnica y otras). Desde luego, esta propuesta surge para
situaciones muy peculiares, pues podemos suponer que a los catalanes,
los irlandeses o los vascos no se les ocurriría nunca acogerse
a la protección del convenio 169 de la Organización
Internacional del Trabajo. Bajo el amparo del espíritu
de la acción afirmativa, del multiculturalismo y de organizaciones
internacionales, crece una tendencia que postula la autodeterminación
y la autonomía de los pueblos indígenas como la
nueva solución a los problemas ancestrales. Esta idea suele
suponer que en los tradicionales usos y costumbres de los pueblos
indígenas es posible encontrar la fórmula que, además
de ser pacificadora, conducirá a las sociedades indias
a su liberación. Pero debemos preguntarnos: ¿podrán
frenar la violencia formas de gobierno integristas, sexistas,
discriminatorias, religiosas, corporativas y autoritarias? ¿No
estamos confundiendo el carácter indígena con formas
coloniales y poscoloniales de dominación? Es evidente que
la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA),
en su iniciativa de reformas constitucionales del 20 de noviembre
de 1996 (y aprobada por el EZLN) tuvo una
actitud de duda y fue consciente de que ciertos usos y costumbres
atentarían contra el desarrollo de una sociedad civil democrática.
Por ejemplo, después de establecer que los pueblos indígenas
tienen derecho a aplicar sus sistemas normativos, agrega prudentemente:
"respetando las garantías individuales, los derechos
humanos y, en particular, la dignidad e integridad de las mujeres".
¿No está reconociendo que los sistemas normativos
supuestamente indígenas violan estos derechos y garantías?
Pero es evidente que al introducir estos derechos se derrumban
en gran medida los elementos esenciales del sistema indígena
de usos y costumbres. ¿Qué es lo que esto implica?
Ciertamente es una propuesta que intenta evitar que las regiones
indígenas se conviertan en una versión mexicana
del apartheid y las inserta en el espacio moderno de la
sociedad civil: civiliza las tendencias salvajes de los indios,
como tal vez dirían Clastres y Lipovetsky. Aunque, podemos
agregar, ese salvajismo haya sido en realidad traído por
los civilizados colonizadores españoles.
Es posible
que esta y otras propuestas híbridas acaben traduciendo
la libre determinación y la autonomía a una reglamentación
sui generis de zonas reservadas y apartadas, condenadas
a la marginación y a la segregación, verdaderas
reservaciones obligadas a vivir de las magras rentas generadas
por la explotación de recursos naturales, de concesiones
turísticas y, en el peor de los casos, de ingresos ligados
a actividades ilícitas como la producción de enervantes
y el narcotráfico. Me temo que estamos presenciando la
transición del paternalismo integracionista a un patronazgo
multicultural segregador, tan corrupto o más que el indigenismo
nacionalista. Estamos contemplando una compleja y espinosa transición
en las formas de articulación del poder central con las
comunidades indígenas; esta transición es impulsada
por un paradójico abanico de fuerzas políticas,
desde los tecnócratas del gobierno priísta hasta
los guerrilleros neozapatistas, con el objeto de establecer ciertas
formas políticas de gobierno comunal, municipal y, tal
vez, regional, que supuestamente emanan orgánicamente de
la cultura tradicional. De hecho, por ejemplo, en Oaxaca ya se
han implementado en muchos municipios formas de gobierno que,
basadas en los usos y costumbres, excluyen entre otras cosas toda
participación de los partidos políticos. En otros
lugares, con la misma lógica, han sido excluidos grupos
religiosos no católicos. Contrasta esta preocupación
por el rescate de formas políticas dudosamente indígenas
con el gran descuido en la implementación de normas jurídicas
precisas para auspiciar el multilingüismo. Las lenguas indígenas
son un legado valiosísimo de indudable origen prehispánico,
y su expansión en la sociedad mexicana podría convertirse
en un poderoso amplificador de las demandas de sus hablantes.
Poco
a poco el gobierno mexicano ha ido refinando la idea de que, en
el caso de los pueblos indígenas, es necesario aceptar
que los derechos individuales están condicionados por los
derechos colectivos, y que la expresión colectiva patrimonial
es precisamente la raíz de las formas tradicionales que
es necesario legalizar: decisiones colectivas en asambleas, respeto
a los consejos de ancianos que expresan el espíritu de
la colmena, aprovechamiento comunal de los recursos naturales,
defensa conjunta de la identidad étnica y religiosa, etc.
Sigue en disputa, por supuesto, el grado de extensión de
esta normativa.
Yo tengo
una interpretación muy crítica de este proceso.
Me parece que, lejos de estarse formando un nuevo proyecto nacional,
este proceso es parte de la putrefacción del viejo modelo
autoritario. La implementación de gobiernos basados en
usos y costumbres es parte del mal, no del remedio; creo que en
muchos casos, lejos de fortalecer la sociedad civil, está
sembrando semillas de violencia. No son semillas democráticas,
son fuentes de conflicto. Por eso impera una lógica que
se desprende de la confrontación y de la violencia, una
lógica de la contención, del cabildeo y de la negociación
que se sobrepone a la deseable lógica de una reforma profunda
del sistema político esencialmente segregador y discriminador
que impera en México. Yo considero que la problemática
indígena tiene tales dimensiones que obliga a todo intento
serio de solución a ubicarse necesariamente en el nivel
nacional, no en el regional o municipal. Al contrario de lo que
se suele suponer, es necesario comenzar a solucionar el problema
desde arriba, no desde abajo. Es la cabeza del sistema la que
está más enferma y la que genera violencia. El problema
indígena se halla principalmente en las estructuras de
gobierno. Los indios no están mudos: es el gobierno el
que está sordo; el gobierno y toda la élite económica
y burocrática. Es necesario, a mi juicio, no conservar
sino reformar los usos y costumbres tanto de los indígenas
como de los políticos salvajes para asegurar la expansión
de una sociedad civil basada en la libertad individual y la democracia
política.
Conclusiones:
Moby Dick en la lacandonia
Uno de
los aspectos más notables del alzamiento encabezado por
el EZLN es el diluvio de metáforas
de corte moral con que ha sido inundada la sociedad civil, en
sustitución de las aguas estancadas de los lemas y conceptos
de la retórica izquierdista tradicional. Una buena parte
de estas metáforas gira en torno a la figura del barco
o de la nave: se ha hablado del barco selvático de Fitzcarraldo,
el Arca de Noé, el navío pirata, la nave de los
locos, y otras similares. Se ha desarrollado también una
interesante mitología que habla de anclas, velámenes,
timones, vientos que azotan la popa, olas enfurecidas, tormentas
y puertos que esperan la ansiada llegada del barco perdido.
Hace
unos años, mientras soportaba los embates de un mar enfurecido
y después de haber escuchado las alusiones náuticas
del discurso del subcomandante Marcos ante la Convención
Nacional Democrática (el 8 de agosto de 1994), se me ocurrió
que, ciertamente, lo que estaba pasando estaba escrito y codificado
en las imágenes míticas que parecían brotar
de la Biblia, del cine y de la literatura novelesca. Pero se me
ocurrió que todo estaba escrito en una novela que, hasta
donde llega mi información, no ha sido citada como fuente
metafórica de los extraños acontecimientos chiapanecos.
"Debe ser a causa del pesimismo que nos inunda ahora que
se ha caído la vela mayor", pensé para mí
cuando recordaba las imágenes del capitán Ahab luchando
contra Moby Dick. Empapado por la lluvia y asombrado por el espectáculo
de una Nave de Babel de la izquierda naufragando en los cafetales
de Aguascalientes, pensé que debía ir a la improvisada
biblioteca para comprobar si tenían la novela de Herman
Melville. El viento y el lodo me lo impidieron.
El estancamiento
de las negociaciones entre el gobierno y el EZLN,
la creciente militarización de Chiapas y la terrible matanza
de Acteal provocan que una oleada de pesimismo vuelva a inundar
los espíritus, y me confirman que los demiurgos de la tragedia
chiapaneca tienen como libro de texto la novela de Melville. Yo
les recomiendo al subcomandante Marcos y al presidente de la República
que relean el último capítulo de Moby Dick.
Y les pido que, por el amor de Dios, no tomen ese texto como libreto
para actuar los últimos actos de este drama.
En ese
libro el subcomandante encontrará su barco y su pipa, sus
indios y sus esperanzas obsesivas. El presidente hallará
en la ballena al Leviatán que quiere salvar a toda costa.
Pero se trata de la historia de un naufragio: del hundimiento
del barco de Ahab, de la muerte de la ballena blanca, de la enconada
y sangrienta lucha de unos balleneros cuya primitiva industria
está condenada a la extinción.
Pero
muchos nos preguntamos, azorados: ¿qué diablos hace
el barco del capitán Ahab perdido en Chiapas? ¿Nunca
terminará el gobierno mexicano de soltar ballenas blancas
en la selva lacandona?
Yo sólo
quiero citar los últimos párrafos de la novela de
Melville para que entre líneas imaginemos lo que podría
suceder si el subcomandante Ahab no tira sus arpones y el presidente
Moby Dick no deja de dar coletazos:
...
las últimas aguas chorreaban entremezcladas sobre la cabeza
sumergida del indio en el mástil mayor, dejando aún
visibles unas pocas pulgadas del palo erguido, junto con largas
yardas ondulantes de la bandera, que se mecía tranquila,
coincidiendo irónicamente con las destructoras olas que
casi tocaba. En ese instante un estirado brazo rojo con un martillo
se levantó en el aire, en ademán de clavar más
firme la bandera al palo que se hundía. Un halcón
del cielo que había seguido al mástil mayor, descendiendo
de su hogar natural entre las estrellas, picoteó la bandera...
el pájaro se arriesgó a interponer su ancha y vibrante
ala entre el martillo y la madera; al mismo tiempo, el salvaje
sumergido, en su estertor de muerte, al sentir aquel escalofrío
etéreo, dejó allí clavado el martillo; y
así el pájaro del cielo, con chillidos arcangélicos,
y con su pico imperial vuelto hacia arriba y toda su figura cautiva
envuelta en la bandera de Ahab, se hundió con el barco
que, como Satán, no quiso bajar hasta el infierno sin antes
arrastrar consigo una parte viviente del cielo, poniéndosela
por casco.
Entonces,
pequeñas aves volaron gritando sobre el abismo aún
entreabierto; una triste espuma blanca chocó contra sus
abruptos bordes; después, todo se desplomó, y el
gran sudario del mar siguió meciéndose como se mecía
hace cinco mil años.
Notas
(1) "El nudo de Chiapas",
La Jornada, 5 de enero de 1994.
(2) "Chiapas hoy",
La Jornada, 16 de enero de 1994.
(3) Véase mi libro: La jaula de
la melancolía, México, 1987.
(4) Giles Lipovetsky, "Violences sauvages,
violences modernes", en Lère du vide. Essais
sur lindividualisme contemporain, París, 1983.
(5) Denominación poco satisfactoria
que está cayendo en desuso. Véase: Adam Kuper, The
Invention of Primitive Society. Transformations of an Illusion,
Londres, 1988.
(6) René Girard, La violence et
le sacré, París, 1972.
(7) Pierre Clastres, "Malheur du guerrier
sauvage", Libre, 2, 1977.
(8) El mismo título del ensayo de
Clastres hace referencia al libro de Georges Dumézil, Heur
et malheur du guerrier, París, 1968.
(9) Un antropólogo, que ha criticado
airadamente mis interpretaciones, sostiene que la prueba de que
no deseo entender la dinámica propia de los pueblos nativos
es que denomino a sus sistemas políticos como "sistemas
normativos". Pero resulta que ese es precisamente el concepto
que usa la Comisión de Concordia y Pacificación
(COCOPA) en la iniciativa que traduce los acuerdos de San Andrés,
y no tengo la impresión de que ello manifieste ninguna
repugnancia hacia los pueblos indios por parte del EZLN, que apoya
esta iniciativa. Véase Miguel Alberto Bartolomé,
"El antropólogo y sus indios imaginarios", Ojarasca,
octubre de 1997.
(10) Sobre los consejos de ancianos, el
antropólogo Mauricio Muñoz hizo interesantes reflexiones
en Mixteca nahua-tlapaneca, vol. IX de las Memorias del Instituto
Nacional Indigenista, México, 1963. Véase también
Roberto S. Ravicz, Organización social de los mixtecos,
México, 1965.
(11) Alfonso Fabila, Las tribus yaquis
de Sonora, su cultura y anhelada autodeterminación
(Primer Congreso Indigenista Interamericano), México: Departamento
de Asuntos Indígenas, 1940. Sobre la no separación
entre funciones religiosas y políticas, véanse Julio
de la Fuente, Relaciones interétnicas, México:
Instituto Nacional Indigenista, 1965; y Eva Verbisky, "Análisis
comparativo de cinco comunidades de los altos de Chiapas",
en Los mayas del sur y sus relaciones con los nahuas meridionales,
VIII Mesa redonda de la Sociedad Mexicana de Antropología,
San Cristóbal de las Casas, México, 1961.
(12) Véase: Gonzalo Aguirre Beltrán
y Ricardo Pozas A., "Instituciones indígenas en el
México actual", en Alfonso Caso et al., Métodos
y resultados de la política indigenista en México,
México, 1954.
(13) Luis Hernández Navarro, "¿Violencias
indígenas o derechos pendientes?", La Jornada,
9 de septiembre de 1997.
(14) Miguel Alberto Bartolomé, "El
antropólogo y sus indios imaginarios", Ojarasca,
octubre de 1997.
(15) M. A. Bartolomé, ibid.
(16) Luis Hernández Navarro, "¿Violencias
indígenas o derechos pendientes?", La Jornada,
9 de septiembre de 1997.
(17) Antonio García de León,
"Identidades", La Jornada Semanal, 133, 21 de
septiembre de 1997.
(18) Antonio García de León,
ibid., dice que "gran parte de los impulsores de la
nueva conciencia de los pueblos indios... no son en realidad indios".
Recientemente, Anthony Appiah, con una aguda mirada africana,
ha observado la forma en que en Estados Unidos el debilitamiento
del contenido cultural de las identidades ha generado una creciente
estridencia en sus reclamos; algo similar ha sucedido en México
(The Multiculturalist Misunderstanding", The New York
Review of Books, 9 de octubre de 1997).
(19) Un ejemplo de intolerancia: recientemente
un energúmeno me llenó de insultos por no ver en
los pueblos indios aquello que Marcel Mauss llamó "hechos
de civilización". Mi supuesto desprecio, según
este sambenitador, proviene de la falta de "convivencia"
con los pueblos indígenas: ¡y tiene el descaro de
invocar al antropólogo francés que jamás
puso un pie en la Australia sobre la que tanto escribió!
(Miguel Alberto Bartolomé, "El antropólogo
y sus indios imaginarios", Ojarasca, octubre de 1997.)
(20) Antonio García de León,
"Chiapas: los bordes críticos..." (en este mismo
número de Fractal). No me convence el pragmatismo
que invoca Luis Hernández Navarro ("Zapatismo: la
esperanza de lo incierto", en este mismo número de
Fractal), inspirado en John Dewey, para resolver los conflictos
entre los valores éticos concretos proclamados por los
zapatistas y la dimensión universal o científica
de ciertos postulados morales.
muria@servidor.unam.mx
Roger
Bartra,
"Sangre y tinta del kitsch tropical",
Fractal n° 8, enero-marzo,
1998, año 2, volumen III, pp.
13-46.
Roger Bartra en la Red
Instituto de Estudios Sociales de la Universidad
Nacional Autónoma de México
Violencias indígenas
Melancolía
y metamorfosis del mexicano
Roger
Bartra defiende la necesidad de los mitos en la época moderna
El
EZLN es una guerrilla frustrada
El siglo de oro de la melancolía
Charla
con Roger Bartra
El Mito De La Melancolía: Literatura y Ciencia En El Siglo
De Oro
Datos
Luis
Hernández Navarro responde a Roger Bartra, ¿Violencias
indígenas o derechos pendientes?
José
María Espinasa: Roger Bartra, gramática de la melancolía