Teníamos
además todo el tiempo del mundo. Era claro que ella aceptaba
como un destino incontrovertible que el resto de su vida consistiría
en la custodia y cuidado de la obra de H., y mientras yo a mi
vez tuviera alguna relación con esa obra y esa tarea, no
había ningún peligro de perderla de vista. Así,
las cosas iban despacio. Trabajábamos en una armoniosa
simbiosis: ella me privilegiaba abiertamente en la cesión
de inéditos, cartas e informaciones, y yo a mi vez la ayudaba
a clasificar e interpretar, poniendo a su servicio una formación
académica que ella no tenía.
Fue
seguramente nuestra común pasión por esa obra la
que intensificó tanto la relación entre nosotros,
que empezaba a tomar tintes amorosos. Coincidíamos constantemente
en el asombro y el gozo ante ciertos pasajes, frases o ideas de
H. encontrados en los manuscritos, aunque ella ponía en
estos entusiasmos un matiz de modestia que marcaba claramente
la diferencia en nuestra relación con aquella obra y con
el piadoso recuerdo de su autor. Mientras yo me abandonaba a aquel
placer intelectual con el desprendimiento de un admirador desinteresado,
ella me descubría los hallazgos que había hecho
o que añadía ahora con un regocijo discreto que
se cuidaba de parecer jactancia, y ante mis elogios y exclamaciones
bajaba los ojos halagada con una sonrisa casi pudorosa. Absortos
en aquella experiencia tan intensa y exclusiva que nos apartaba
del resto del mundo como una obsesión compartida, cada
uno de nosotros empezaba a ver en el otro un compañero
único y secreto, y nuestra comunicación se poblaba
de reiteradas señales cifradas, de inocentes complicidades
invisibles, de pequeñas dichas comunes y privadas. Teníamos
cada vez más el sentimiento de una intimidad sin testigos,
que ciertamente no ocultábamos, pero que instintivamente
preferíamos no exhibir y ejercer en la soledad, convencidos
sin duda de que ningún extraño podría comprender
como nosotros aquel pequeño mundo a nuestros ojos tan inagotable
ni participar en los preciados placeres que a través de
él intercambiábamos. Yo me sorprendía a mí
mismo, sin demasiado asombro, contando con ella en mis proyectos
e ilusiones como con mi compañera imprescindible, casi
como mi pareja, y a ella, según supe después, le
pasaba lo mismo, aunque sin duda con más desazón
y también más resistencia.
Poco
a poco empecé a dejar que se rodeara de una aureola de
deseo no sólo la imagen con la que a veces jugueteaba en
mi fantasía, sino la imagen real que tenía casi
diariamente ante mis ojos, sus gestos cuya armoniosa naturalidad
paladeaba cada vez más, su voz firme y aterciopelada, de
un ritmo sostenido, a la vez animoso y tranquilo, que me parecía
especialmente apaciguador, hasta la densa tibieza que irradiaba
su cuerpo de mujer madura y que yo trataba intensamente de absorber
cuando las circunstancias de nuestro trabajo nos colocaban en
una proximidad un poco turbadora. Tenía ya que vigilarme
a veces para que el regodeo de mis miradas no fuera demasiado
evidente. A su lado, mientras nos ocupábamos de esto o
lo otro, había siempre un rincón de mi conciencia
vagamente al acecho, en espera de ciertas visiones, actitudes,
momentos, que empezaba a conocer bien y que me deleitaba presenciar
una vez más. Cuando la iluminación por ejemplo marcaba
su pómulo un poco saliente y notablemente diagonal, o cuando
apoyaba una nalga en el escritorio, sostenida en una pierna recta
y con la otra plegada y colgante, con lo que su falda formaba
un drapeado de elegante plasticidad a la vez que marcaba sensualmente
el apartamiento de las piernas, o cuando escuchándome intensamente,
sus labios quedaban un poco entreabiertos y muy levemente proyectados
hacia adelante, en un gesto de suspenso atento que a mí
me sugería un inicio de beso, a veces me absorbía
tanto en mi contemplación que olvidaba disimular su sensualidad.
La veía entonces bajar o desviar la mirada y distanciarse
instantáneamente, pero me llamaba la atención una
especie de tristeza que había en ese alejamiento, que no
era irritación ante mi impertinencia ni despliegue de una
barrera defensiva, sino algo así como la retirada a un
lugar sombrío, como la aceptación de un encierro
del que tal vez creíamos haber salido pero que vuelve a
recordarnos que seguimos presos.
Tardé
algún tiempo en darme cuenta de que aquellas súbitas
retiradas no eran sólo una huida ante mis posibles tentativas
eróticas. Eran una huida más general y como fatal,
que se producía a veces sin ninguna provocación
de mi parte, ninguna por lo menos que yo pudiera identificar,
en los momentos más inesperados y más inocentes,
y yo comprendía que era algo propio de ella y muy tiránico,
una especie de llamado al que hubiera obedecido lo mismo si yo
no tuviera absolutamente ningún deseo hacia ella.
Esto
la hacía cada vez más fascinante para mí.
Aquel contraste entre su carácter habitual, tan afable
y sencillo, y sus repentinas ausencias en un retiro taciturno
e inabordable ponía en ella un misterio que me incitaba
mucho. De pronto veía caer sobre su rostro una sombra,
como si una gran nube hubiera oscurecido la luz del día,
su expresión se volvía impenetrable y sus palabras
se hacían descoloridas y mecánicas. Yo la miraba
con un estupor que ella no podía dejar de notar, pero era
como si no estuviera allí, no me veía en realidad,
me contestaba con aire ausente, sumergida en no sé qué
vericuetos secretos que uno no podía ni siquiera intentar
adivinar. Pero con el paso del tiempo yo iba percibiendo nuevos
matices en aquella callada historia que vivíamos a la sombra
de nuestra tranquila y atareada rutina. A veces, al regresar de
una de esas ausencias que me dejaban desolado y perplejo en la
orilla, me parecía ver asomar en su mirada una disculpa
casi patética, como una angustiada petición de comprensión
y de paciencia, como si quisiera darme a entender con afecto,
incluso con ternura, que conocía mi deseo y no quería
renunciar a él aunque no pudiera corresponderle. A ratos
yo me animaba a confiar en que efectivamente ella también
me deseaba. Pero estaba todavía muy inseguro y temía
que mis ganas de creer me engañasen. Me decía que
era coherente pensar que esas miradas angustiadas delataban una
lucha con su propio deseo, pues era indudable que le repugnaría
aparecer como una viuda ansiosa, dispuesta a entregarse a la primera
oportunidad erótica que se le presentara apenas desembarazada
de la gloria asfixiante de ser la mujer de una gran figura.
En todo
caso me parecía demasiado arriesgado aventurarme a unos
avances explícitos que tenían grandes probabilidades
de toparse con una firme negativa y cerrarme para siempre su puerta.
Un día, manejando papeles en el pesado escritorio de roble
de H., su mano quedó casualmente bajo la mía. Miró
un momento con atención, impasible, aquellas dos manos
unidas, y apartó la suya dirigiéndome una sonrisa
tan claramente compasiva, que me sumió en un sentimiento
de absoluto infantilismo. Y sin embargo seguían apareciendo
nuevos matices en aquel sutil lenguaje de miradas, silencios y
ausencias que ocupaba cada vez más lugar entre nosotros.
Ahora me parecía que a veces ella notaba una de mis ojeadas
hambrientas y se hacía la distraída dejándose
desear. Pero esos momentos iban siempre seguidos de uno de aquellos
entristecimientos que la hacían rápidamente remota
y ajena. Yo pensaba que era una especie de arrepentimiento y de
autocastigo por haberse regodeado en mi deseo, y me armaba de
paciencia en espera de que dejase de castigarse. También
yo retrocedía, cuando sentía que había avanzado
demasiado, ante la idea de una profanación tan tremenda
como sería hacer el amor con la viuda de H. Pero a la vez
esa idea me exaltaba, y en algunos momentos me sobrecogía
sentir en mí un impulso furioso de entrar, temblando de
terror y de placer, en el sagrado santuario y profanar todos sus
tesoros. Entonces reprochaba amargamente a María, en mi
fuero interno, que no compartiera conmigo aquel impulso destructivo
y no fuese capaz de rebelarse contra el piadoso recuerdo que frustraba
su capacidad de deseo y de placer.
Más
tarde aparecieron, o yo imaginé que aparecían, nuevos
signos sutiles en nuestro mudo lenguaje. María no sólo
disimulaba dejándose mirar, sino que empecé a estar
seguro de que mis miradas ardientes la enardecían a su
vez. Estaba claro, poniendo bastante atención, que en ciertos
momentos era del todo consciente de que mis ojos la desnudaban
y palpaban, y que los dejaba deliberadamente prolongar su festín
mientras su respiración se hacía ligeramente agitada,
sus mejillas se coloreaban y su mirada se enturbiaba un poco.
Al principio era visible el mal humor que le dejaban aquellos
momentos de rendición a un secreto goce cuando por fin
lograba, no sin esfuerzo, sobreponerse a ellos. Pero poco a poco
parecía irlos aceptando con más resignación,
y a veces ante mi callada lascivia me sostenía la mirada
y me ponía doblemente trémulo dejándome ver
el fugaz extravío que velaba el destello de sus ojos. Ni
siquiera disimulaba ya alguna muy leve sonrisa, ocasionalmente,
de ternura y consentimiento, y sus huidas a su desolada lejanía,
que seguían tiranizándola incluso con mayor frecuencia,
solían venir ahora más tarde, después de
un largo rato en que la resaca de aquel momento de sofoco sensual
parecía irse retirando lentamente.
Para
entonces yo ya estaba bastante seguro de que flotábamos
en una poderosa corriente que nos llevaría inexorablemente
a hacer el amor. Claro que tenía todavía que ser
prudente, pues sería inevitable que ese destino se frustrara
si yo me adelantaba mínimamente al momento en que su deseo
hubiera desarmado ya todas sus resistencias sin dejar una. La
persistencia de sus silenciosos alejamientos era una advertencia
de que seguía contando con secretos reductos donde me resultaría
inalcanzable.
Pero
tal vez debo aclarar que todas estas graves vicisitudes no dejaban
de ser una lucubración inconcreta, una oscura historia
paralela y soterrada que ninguno de los dos, ni siquiera yo que
acechaba con lucidez el momento de su entrega, asumía abiertamente.
No era pura ilusión mía, bien puedo decirlo, pero
en nuestra relación cotidiana casi nunca se traslucía
nada de esto: trabajábamos alegremente, en un ambiente
ya de vieja confianza, de solidaridad y de franqueza, bromeando
a menudo y gozando de nuestro común tesoro que era el enorme
cúmulo de manuscritos, notas y borradores de H. con más
malicia que solemnidad. Sólo muy de vez en cuando se cruzaban
involuntariamente, en la penumbra, nuestros deseos, el mío
cifrado en una silenciosa y paciente petición, el suyo
claramente en lucha contra unas riendas que su decisión
apretaba cruelmente. Más a menudo lo que interrumpía
nuestro tono habitual eran sus evasiones a la silenciosa tristeza.
Yo trataba a veces de adivinar en qué estaría pensando
tan lejos de mí cuando se abstraía así. Tendía
a suponer, por supuesto, que tenía que ser algo relacionado
conmigo. Es cierto que la había visto a veces caer en su
ensimismamiento en presencia de otras personas. Cuando teníamos
visitas en medio de nuestro trabajo, cosa nada frecuente, en los
momentos en que la conversación languidecía un poco
no era raro que ella se quedara un rato con la mirada perdida
y sin atender a lo que se decía. Me imagino que los amigos,
editores o curiosos que notaban esas ausencias las atribuirían
al cansancio o tal vez a su callado duelo todavía relativamente
reciente. Pero yo que la conocía bien sabía que
había algo más. No me parecía extraño
que incluso ante otras personas, o incluso a solas, en ciertos
momentos la dominara el recuerdo de la lucha entre deseo y retención
en que se debatía.
Y sin
embargo no debía estar yo tan seguro de que era eso lo
que la absorbía, puesto que seguía titubeando ante
la idea de poner ese conflicto sobre la mesa y vencer unos escrúpulos
que a todas luces no casaban con su madurez, su buen sentido y
su educación. Esa inseguridad mía me ponía
muy inquieto. Me decía que después de tanto tiempo
no la conocía bastante y seguía completamente desorientado
ante ella. Ese misterio que tanto me incitaba me hacía
también sufrir amargamente y me sumía en el desaliento
de llegar a entender no sólo a una mujer, sino ni siquiera
a mí mismo, mis seguridades y mis limitaciones, un desolador
sentimiento de infantilismo que me irritaba mucho. Tal vez fue
esa tortura mía, que sin duda ella adivinaba claramente,
lo que la empujó a dar el último paso. Un día
que debió verme una cara especialmente compungida, soltó
el legajo de papeles que estaba revisando, me tomó una
mano, y me dijo con una mirada de infinita dulzura en la que la
compasión no se distinguía de la ternura y el deseo:
«¿Por qué sufre usted tanto?» Y mientras
yo prolongaba mi silencio impotente mirándola con angustiada
súplica, empezó a besarme los ojos, las mejillas,
las manos.
Al comienzo
de nuestra relación amorosa yo viví un periodo de
bastante embriaguez. No sólo el ardor de su entrega resarcía
con creces mi prolongado deseo; también era un gran alivio
el fin de mis titubeos y de mi incesante vigilancia de señales
e indicios, y había además un elemento de orgullo
que yo intentaba mantener a raya para que no tomara el aspecto,
incluso a mis propios ojos, de una ridícula vanidad juvenil.
No dejaba de rodearnos cierto dramatismo: hacíamos el amor
en la cama que había sido la de su vida conyugal con H.,
y sin habérnoslo planteado, como de común acuerdo,
actuábamos ante los demás como si nada hubiera cambiado
en nuestra relación. Pero era característico de
su manera de ser un equilibrio sensato y realista, una seriedad
tranquila que no cerraba los ojos ante las consecuencias perturbadoras
de cualquier situación pero tampoco las magnificaba en
absoluto. Ya la primera vez, cuando me arrastró de la mano
al dormitorio y leyó claramente en mi expresión
cómo me había dejado un instante en suspenso la
sospecha de que aquélla era la cama de H., me dio una muestra
clara de aquella manera de ser: miró un momento también
ella la gran cama impecable, con gravedad, sin gota de burla o
de frivolidad, y después me dijo, serena, pero sin sonreír:
Bueno,
es una cama y abrió las sábanas con gesto
seguro.
Y sin
embargo seguía cayendo en sus bruscos alejamientos, en
medio de los abrazos, en la cama misma, aunque ahora tenían
una tonalidad diferente. A veces, después de quedarse un
rato abstraída, me sonreía alegre y afectuosa, como
queriendo restarle importancia, como marcando que no era nada
contra mí. Otras veces se apretaba contra mi cuerpo y era
entre mis propios brazos como se quedaba con la mirada vacía
y un aire vagamente musitador, o escondía la cara en mi
hombro para que yo no la viera evadirse así. Yo no podía
seguir pensando que se trataba de aquella lucha secreta que antes
imaginaba entre el deseo y la prohibición. Seguramente
algún conflicto había todavía en ella puesto
que se abstenía tan claramente de mostrar ante el mundo
nuestra relación. Pero esa clase de represión torturada
no correspondía para nada al tono que privaba entre nosotros.
Nada había cambiado en nuestro deleite y nuestro respeto
ante H. y su obra, ni en el cuidado con que habíamos tratado
siempre, sin demasiados remilgos pero con profundo aprecio, los
recuerdos que poblaban profusamente el «santuario».
Ella podía hablarme con soltura de episodios de la vida
que habían compartido, segura de que una instintiva delicadeza
le haría encontrar sin tropiezo el tono adecuado y la preservaría
de decir nada que pudiera dolerme o inquietarme. Hubiera sido
verdaderamente increíble que una mujer como ella se torturara
en su relación con un hombre por haber tenido antes otro
hombre como no se torturan tantas mujeres mucho menos lúcidas
y maduras.
Cada
vez me convencía más de que no era por ahí
por donde había que buscar la explicación de sus
extraños silencios, y cuando la veía en esos momentos
abrazarse a mí o suspirar con agobio, me parecía
claro que sufría por algo que quemaba en su memoria, algo
quizá inconfesable, un secreto que sin duda dejaría
de tiranizarla si se decidiera a contármelo. Así
que me ponía otra vez a espiar los indicios y calcular
mis avances en espera de una entrega, esta vez no la de su cuerpo,
sino la del secreto del que me excluía. Y también
esta vez estaba seguro de que ella ardía en deseos de compartirlo
conmigo, y de que con un poco de tacto y paciencia de mi parte
era inexorable que terminara por abrirse a mí. Poco a poco
me iba dejando acercarme a aquel lugar remoto donde se encerraba.
A veces yo ya no esperaba sumisamente que ella volviera a estar
presente, sino que interrumpía su ensimismamiento diciéndole
«Estás preocupada» o «Estás triste».
Y su respuesta a estos discretos acosos míos se iba suavizando
día a día. Ya no se encogía de hombros un
poco impaciente, sino que más bien meneaba la cabeza sonriéndome
débilmente. Un día acabó por sentir la necesidad
de justificarse:
No
es nada que tenga que ver contigo, supongo que lo comprendes.
Vi en
seguida que eso era ya un anuncio de una futura confesión
y que había que avanzar un poco más:
Te
creo le dije. No es en absoluto una reclamación.
Es que me parece que tienes alguna preocupación grave y
eso naturalmente me preocupa a mi vez.
¿Quién
no tiene preocupaciones? me contestó evasivamente.
Pero te aseguro que no es para que te preocupes tú.
Aquella
vez no hablamos más, pero yo no cedí el paso ganado.
Ahora cada vez que ella callaba entristecida yo la miraba con
aire claramente preocupado. De vez en cuando tenía que
enfrentar ese mudo reproche, diciéndome «No es nada»
con el gesto de quien disipa un mal pensamiento o preguntando
con una sonrisa que quería ser juguetona «¿De
qué estábamos hablando?» Y yo estrechaba el
cerco. Sabía que su honestidad y su realismo no le permitirían
la burda escapatoria de protestar que estaba metiéndome
en lo que no me importaba, o de afirmar que todo eran imaginaciones
mías, ni tampoco romper los fuertes lazos que nos unían
convenciéndose de que eran menos importantes que no sé
qué faltas que guardaba en su memoria y no quería
que se vieran. Su pasión por mí era sin duda auténtica,
y el leve rastro de titubeo que todavía percibía
yo a veces no era sino un resto de asombro ante su propio ardor,
como una lejana vergüenza de gozar con un hombre mucho más
joven que ella como tal vez no había gozado nunca antes.
Sin
duda su necesidad de abrirse conmigo estaba prácticamente
madura. Me extrañó un poco, conociéndola
como la conocía, que empezara por circunloquios y generalidades
a la manera de las personas mucho menos sólidas que ella.
Pero lo acepté pacientemente, esperando que un día
entendería por qué tomaba esa actitud. Ahora me
hablaba a veces de ciertas experiencias de la vida que lo marcan
a uno para siempre, después de las cuales nos parece que
no podremos volver a vivir. Empujada por mí, iba llevando
aquellas confesiones a un terreno cada vez más personal.
Había sido duro sostener una apariencia de normalidad y
buen ánimo cuando ha perdido uno toda fe y toda alegría.
La vida estaba envenenada para ella, y todavía no salía
del asombro de que alguien, yo, hubiera podido a estas alturas
hacerla palpitar y desear. Pero eso no le devolvía la fuerza,
al contrario, se la quitaba. Su fuerza había sido la decisión
de encerrar en sí misma aquel veneno, de vivir sin esperanza
pero cumpliendo escrupulosamente el deber de vivir; su fuerza
había sido hacerse una vida absolutamente sin contacto
con la esperanza, precisamente para que la desesperación
no tuviera entrada en su vida y a través de su vida inundara
y corroyera el mundo. Yo había venido a tambalear todo
aquello. A mí no tenía derecho a ocultarme aquel
rincón fétido de su alma que tan fácil le
había sido apartar de las miradas del mundo. Pero a la
vez a mí menos que a nadie podía inocularme aquel
veneno que había jurado llevar a su tumba.
Yo estaba
enormemente sorprendido. Ya no tenía que acosarla, me hablaba
en ese tono por propia iniciativa, incluso con insistencia, y
a la vez nuestra vida cotidiana seguía incambiada. Leía
y clasificaba los manuscritos y documentos de su marido con la
misma dedicación, me informaba de aspectos biográficos
con la misma sensatez y claridad, me señalaba los pasajes
notables con el mismo modesto deleite y saboreaba mis descubrimientos
con la misma satisfecha aprobación. Nuestros interludios
eróticos seguían siendo igual de apasionados y sensuales,
con la única diferencia de que sus silencios no eran ahora
una enigmática retirada detrás de un inasible velo,
sino una herida confesada que se manifestaba en el tono trágico
de algunos de nuestros abrazos. Ese desconcertante contraste explica
sin duda que yo tardara tanto en llegar a la adivinación.
Tuvieron que acumularse muchas sucesivas confesiones de desesperación
personal y vacío de la vida para que finalmente un día
yo interrumpiera de repente su deprimente alud preguntando abruptamente:
¿H.?
Bajó
los ojos aceptando, resignada, confesándose, supongo, que
en el fondo había sabido todo el tiempo que yo acabaría
por conocer la clave. Y ahí, ahora lo sé, cometí
una torpeza. La revelación me había dejado casi
tambaleante, la avidez de una curiosidad más bien insana
me dominó y quise saber inmediatamente todo.
¿Qué
fue? pregunté ansioso. ¿Te desilusionó?
¿Te engañó? ¿Descubriste algo?
La vi
ponerse inmediatamente a la defensiva, volver a los circunloquios
y las vagas generalidades. Hasta el hombre más maravilloso,
ya se sabe, es un ser humano con sus flaquezas y sus mezquindades.
Hay que ser muy inmaduro para reprocharle eso a nadie, y sólo
los ilusos se desilusionan. Pero justamente yo veía que
ella no era una persona como para torturarse ocultándome
una de esas circunstancias que «ya se saben». Si seguía
echando cortinas de humo es que tenía que ser algo muy
grave, algo de veras tremendo, inaceptable hasta para el espíritu
más comprensivo y equilibrado. Tuve que resignarme a seguir
ignorando por algún tiempo, sólo Dios sabía
cuánto, de qué se trataba.
Pero
aunque cuidándome de no forzarla a un conflicto abierto
que podría acabar mal, yo no quitaba el dedo del renglón.
Volvía a sacar a relucir el tema cada vez que no me parecía
demasiado peligroso, y ella tenía que ir soltando prendas.
Sí, había descubierto algo entre las cosas de H.
que le había helado la sangre en las venas. Pero insistía
en que yo no podía imaginar lo terrible de aquel momento.
Porque no era sólo la herida mortal de tener de pronto
ante los ojos una imagen de H. que le era imposible comprender.
Era también otra imagen tal vez más terrible que
se le impuso en seguida intolerablemente: la imagen de la desesperación
de H., en su agonía, viendo que iba a morir sin haber destruido
u ocultado aquellas pruebas infamantes. Debieron ser muchos años
de idear nuevos escondrijos, disimulaciones y falsas pistas, y
muchas veces debió pensar que, siendo él quien era
y tan precioso su legado, ninguna ocultación podría
permanecer eternamente inviolada, y que tendría que cuidar
de borrar cuidadosamente toda huella antes de su muerte. Pero
no previó, por supuesto, el ataque de apoplejía.
Sus últimos días debieron ser espantosos, paralizado
en la cama, incapaz de hablar, sabiendo que a unos pocos metros
yacían, esperando la inevitable mano que los sacara a luz,
los signos que desmoronarían en unos pocos minutos, horas
o días toda su vida y toda su obra. María recordada
la incansable agitación de los ojos angustiados del paralítico
en su lecho de muerte, y esa desesperación tomaba para
ella otro sentido.
El desgarramiento
de María era tan evidente que no pude dejar de darle una
tregua. Pero nuestra relación estaba irreversiblemente
dominada por una sombra subterránea. Yo no podía
dejar de mirar con sospecha todos los papeles y objetos de H.
que caían en mis manos. Tampoco podía evitar caer
de vez en cuando en un sentimiento de amargo despecho de que María
siguiera ocultándome la última palabra del enigma,
y es indudable que ella percibía ese despecho. Nuestros
enlazamientos no eran sino breves paréntesis en la sorda
tensión con que nos acechábamos el uno al otro con
mutuo reproche y mutua desconfianza. Pero también hacíamos
sinceras tentativas, el uno y el otro, de volver a nuestra antigua
armonía. Yo le daba señales de la piedad que me
producía verla así injustamente herida. Era por
auténtico cariño hacia ella por lo que tendía
cada vez más a condenar a H., no por la falta innombrada
que yo no conocía, sino porque no había tenido derecho
a hacerle eso a María. Pero cada vez que ella percibía
algún indicio de esa actitud mía, me oponía
obstinadamente resistencia. No se trataba de desenmascarar una
falsía y condenar a un culpable. Si H. fuera un farsante
que la había engañado a ella y al mundo, la cosa
sería desoladora pero relativamente simple. La cuestión
era que H. había sido un ser extraordinario, y el mortal
enigma que le había legado era cómo convivir con
esa imagen y con la imagen de un ser despreciable que se ocultaba
en aquélla.
Logramos
en efecto restaurar un poco de armonía. Después
de tanta sorda tensión estábamos como aligerados
de toda aquella carga y podíamos hablar más amistosamente,
con más calma y claridad. Yo acabé por decirle que
el conflicto no era entre dos aspectos incompatibles pero igualmente
reales de la personalidad de H., sino entre la única realidad
de aquel hombre y una idea enteramente errónea que ella
se había hecho de él. Después de pensarlo
un rato, me contestó que tal vez había sido así
al principio, pero ahora no era así. Si ella hubiera descubierto
que su idea era errónea, habría perdido la fe en
H., posiblemente la fe en sí misma, habría sufrido
sin duda igual, pero no habría perdido la fe en la vida.
Lo verdaderamente inaceptable no es que tras la verdad se oculten
mentiras, engaños y trampas; es que la verdad misma sea
engaño y falsía; no que lo que es vida y nos hace
vivir tenga que luchar contra lo que pudre y envenena la vida,
sino que la vida misma sea veneno y podredumbre. Es posible que
al principio ella hubiera decidido ocultar aquella verdad corrosiva
para preservar la imagen errónea que el mundo se hacía
de H., pero yo la había ayudado a ver ahora más
claro. Al guiarme tan lejos en el camino a ese negro lugar oculto,
también ella lo había recorrido paso a paso. Sabía
ahora que lo más terrible no era que la dignidad de H.
se hubiera derrumbado; lo más terrible es que quedaba intacta
al lado de su vergüenza, es que eran en realidad la misma
cosa. El camino recorrido conmigo le había enseñado
que el dolor con que había comprendido la mortal angustia
de H. moribundo confería a esa angustia la misma dignidad
que había tenido su vida a la plena luz del día.
Su vergüenza era tan digna de salvarse como la luminosidad
de su obra, y si ella apartaba de los ojos del mundo esa vergüenza,
ahora comprendía que no era para sostener al mundo en su
error, sino para darle una verdad sobre la que el mundo, menos
mortalmente herido que ella para llevar la búsqueda hasta
el final, tal vez podría equivocarse.
Pero
yo dije, ¿crees que podría equivocarme?
¿No sería yo también digno de guardar contigo
ese secreto y cuidar contigo esa verdad?
Bajó
los ojos, ladeó la cabeza, y se puso a mirar fijamente
a la pared. Después de un rato de ese silencio, me despedí
sin insistir. Nunca más volvió a recibirme.
16
de julio de 1996
Tomás
Segovia, "Piadoso recuerdo",
Fractal
n° 7, octubre-diciembre,
1997, año 2, volumen II, pp.11-26.