Sé
que es poco común hacer sociología de la práctica
política o hacer una recapitulación intelectual
del ejercicio personal del poder. La demostración de mis
afirmaciones no es necesariamente su verificación; la práctica
individual del poder político es un terreno resbaladizo
e inasible por naturaleza, por ser ésta esencialmente uno
de los ámbitos del silencio y de lo simbólico tras
los que se resguarda la experiencia personal, que es el capital
político que cada quien posee para sobrevivir en la competencia
por el poder. Hoy el espacio público es cada vez más
escenario de la actuación de los políticos sometidos
a las reglas de la imagen transmisible que rigen la realización
del espectáculo. En los tiempos que corren y más
que nunca en la historia, el poder y sus escándalos son
el contenido del guión del espectáculo colectivo.
No hace
mucho, los mexicanos teníamos, entre otras certezas, la
de identificar de manera clara: "qué era la política",
"qué era lo político" y "quién
era el político". Una de las características
de un régimen consolidado es que tiene claramente definidos
los límites de los tiempos y los símbolos del ejercicio
del poder.
La imagen
de solidez de la política en el ámbito de la cultural
nacional produjo, durante muchos años, un tipo particular
de "credibilidad" en las acciones futuras de los procesos
del poder, que llegó a ser casi certeza reiterativa en
los mecanismos establecidos para la sucesión y los relevos
del mando en el Estado. La incertidumbre que toda democracia tiene,
como componente natural de la competencia y la elección
de los gobernantes, llegó a ser prácticamente inexistente.
Las vías establecidas para "la sucesión"
en todos los niveles del gobierno y de los poderes del Estado
eran aceptadas sin cortapisas y estaban fincadas en el imaginario
colectivo.
La designación
vertical de los relevos en el mando político de las instituciones
del Estado sustituía a la elección competitiva de
los candidatos dentro del partido corporativo dominante: "El
que se mueve no sale en la foto" llegó a ser la máxima
de un régimen que obligaba a la inmovilidad de sus miembros
como prueba de disciplina política. Esta máxima,
mascullada por quien llegó a ser el más viejo de
los políticos mexicanos "en activo", aludía
a "la competencia" entre "los probables" para
obtener el favor de la designación y llegar a ser "El
Candidato" presidencial del Partido Revolucionario Institucional.
El grado de concentración de poder en la presidencia produjo
de manera natural una autoconcepción individual envuelta
por un mito colectivo del ejercicio presidencial como una actividad
política por encima de todas las exigencias normativas
de la sociedad y el Estado; estas obligaciones sólo regían
para los "otros" y podían ser "suspendidas"
por el presidente.
La tradición
de la excepción presidencial implicó un ejercicio
del poder crecientemente impune, sin contrapesos institucionales;
y que al final del mandato acosaba al presidente saliente, quien
buscaba "la lealtad" hacia su persona como valor supremo
de la cualidad política de su sucesor. Así, la lealtad
hacia los "ex-presidentes" se convirtió en la
principal modalidad del respeto a la institución presidencial.
El preservar la inmunidad "del anterior" resguardaba
la cadena de sucesiones que dieron origen a la permanencia del
régimen político.
Así
mismo, la designación de los candidatos suponía
el peso hegemónico del elector presidencial, su poder que
se extendía a la red de relaciones interpersonales de los
dirigentes disciplinados de las organizaciones sociales y políticas
que daban contenido a las modalidades de las clientelas del partido
hegemónico. Esta modalidad de la designación se
hacía extensiva al exterior del ámbito gubernamental
y regulaba la relaciones en el sistema político: "el
partido" era en el mundo comicial la institución política
que sancionaba la capacidad de cohesión de sus organizaciones
sociales y su poder de coerción. Las elecciones en México
no eran creíbles, sino aceptadas.
Los regímenes
de participación restringida tienen fuentes distintas de
hegemonía frente a los abiertos y democráticamente
competitivos. Parte importante de éstas radican en la aceptación,
por parte de la élite de las reglas establecidas y la creencia
social de la imposibilidad de cambiarlas. En la gran mayoría
de los casos, estas reglas políticas para los relevos del
gobierno y la renovación de la capa dirigente se sobreponen
a la convicción de que las reglas que dan contenido al
régimen son parte definitoria de la "identidad"
y cultura nacional o la idiosincrasia del país, que lo
definen y distinguen frente a "las otras naciones".
Es así como las modalidades de reproducción de los
regímenes se anclan en las formas en las que se construye
la "tradición nacional" y la política
se vuelve un referente cultural de identidad en el imaginario
colectivo.
La estabilidad
que vivió el país fue fruto de un régimen
político constituido a partir de la Revolución Mexicana,
y uno de los más perdurables de la historia contemporánea
de América Latina. La vigencia de las reglas fue el marco
cultural y normativo en el que se dirimieron los conflictos sociales
y las diferencias entre grupos políticos. Las reglas del
juego estaban establecidas y eran aceptadas por la mayoría
de los que buscaban el poder: eran legítimas
Hoy
el régimen muestra claros signos de agotamiento y las tradiciones
de la política refundadas durante tantos sexenios
están rotas, no sólo por características
internas del desarrollo del país, sino por el cambio en
el orden mundial que eliminó el mundo de los bloques dando
paso al surgimiento de la llamada "globalidad", en la
que la centralidad del Estado en el desarrollo social ha sido
desplazada hacia el mercado mundializado. México se encuentra
hoy en el vértice de un doble proceso: el agotamiento de
régimen de partido hegemónico, con competencia política
restringida y Estado centralizador del desarrollo social, y el
final de una época mundial: la de la división en
bloques, que hoy la globalidad transforma.
Este
doble proceso, que combina crisis de régimen político
nacional con el final de una época mundial, genera cambios
radicales en las normas y procedimientos institucionalizados que
regularon durante "sexenios" las formas establecidas
de lucha para arribar y conservar el poder político. Tales
transformaciones han roto el ritmo en los tiempos de la política,
en el que se asentaba la disciplina característica de la
"capa dirigente mexicana" y la han llevado a la inmovilidad
subordinada a la tecnocracia, (que es la representante de la globalidad
en el Estado nacional), provocando la fractura de su cohesión
y la pérdida de identidad con la que se dirimía
el conflicto y se copaba a la disidencia, hasta el grado de llegar
a autoidentificarse como una "familia" (revolucionaria),
en donde la consanguinidad del poder atemperaba las diferencias
entre los integrantes de la coalición gobernante.
El alto
grado de institucionalización logrado por el régimen
mexicano, se basó en la racionalidad socialmente
aceptada de la estructura organizativa del poder político
en la que se fijaron los criterios de selección, así
como los mecanismos de reproducción de la capa dirigente,
mediante reglas establecidas que constituyeron el referente cultural
de la acción política y a partir de las cuales se
dirimieron los conflictos y las diferencias entre grupos en el
proceso de sucesión presidencial y en la relación
entre el ejecutivo y el personal de los otros poderes del Estado
nacional: entre el Legislativo y el Ejecutivo y entre éste
último los poderes estatales. El régimen vive en
la actividad diaria del político con oficio, quien valida
en su conducta y expectativas de poder personal las reglas establecidas.
El
político con oficio
El círculo
de los políticos profesionales es relativamente estrecho,
excluye la participación masiva y las personas que lo integran
está en constante proceso de selección y cambio.
Para "la masa", la actividad de los individuos que tienen
a la política como oficio se convierte en una conducta
simbólica y mítica. Los miembros de una sociedad
identifican a un buen político como alguien distinto al
común de las personas, en principio por estar presentes
en el escenario público frente al anonimato de los observadores,
para quienes el político se vuelve parte del espectáculo
de la vida cotidiana: él es "el otro" visible
en el espacio público y finalmente, su personificación.
Para
el político, actuar en el escenario público significa
su sobrevivencia: su materia prima es materia pública;
"el aparecer", "el ser visto", es ser. Estar
en el escenario y formar parte de la noticia constituye una prioridad
de su condición vital como individuo frente al mundo de
los "otros": de los espectadores de las conductas de
los hombres que detentan el poder; de los individuos que miran
al político, no sólo en un acto de posible custodia
de sus intereses particulares, sino esencialmente para satisfacer
una necesidad creada por el mundo moderno: "la de estar bien
informado". El político satisface en el escenario
público una doble necesidad, la suya y la de "los
otros". Ambos forman parte de una de las triadas del mundo
actual: los actores políticos, los medios y los públicos.
El poder
del político vive y se reproduce a sí mismo en la
medida en que logra saldar la distancia frente a los individuos
sobre los cuales ejerce la autoridad de la dominación,
y el hombre de Estado logra crear los lenguajes, imágenes
y rituales para ser reconocido como el legítimo
representante del símbolo del poder: la personalización
de la autoridad respetada.
Difícilmente
un político profesional podría decir, de manera
clara y sistemática cómo se ejercen: la seducción,
la distancia, la amabilidad o la sequedad y qué significan
cada una de estas actitudes como actos de poder. Hay, en la ansiedad
y el agobio resolutivo de la actividad diaria del "hombre
político", la limitación de construir un discurso
intelectual sobre los sentidos del poder: de verbalizar su práctica
y la sensibilidad que se ha edificado como la sustancia de la
biografía en el poder, frente a las personas y los hechos.
Quizá
ante la pregunta de un joven sociólogo de "cómo
se le hace para tener poder", el viejo político pensaría
que el formular este tipo de preguntas descalifica al "preguntón".
Hay en estas preguntas, "hechas desde fuera", algo de
impertinencia inaceptable para un verdadero político profesional.
Quien sabe "cómo se ejerce" no lo pregunta; quien
lo pregunta no tiene capacidad para llegar a saberlo, y mucho
menos para entenderlo. Ante los ojos del político con oficio,
este tipo de preguntas aparecen como cuestionamiento disruptor
de un silencio simbólico cargado de significados que rodea
"al ejercicio" y que es sólo inteligible para
quien posee las claves dadas por la práctica del oficio,
las cuales se fundan en la comunicación entre hombres del
poder. La inconsciencia de la racionalidad de los sentidos de
la conducta del poder dada por la práctica del oficio,
forma parte de éste: se ejerce para el engaño de
la crítica intelectual no para su evidencia. Esa habilidad
construye la magia y la seducción del poder.
La conciencia
del político de la necesidad de hacer opacos los sentidos
y las intenciones de la conducta del poder forma parte del oficio,
en la medida en que le mantiene abiertas las posibilidades de
adecuarse a las nuevas circunstancias no previstas. Esta "condición
de oportunidad" del político con oficio adjetivada
por los moralistas como oportunismo les ha permitido a muchos
mantenerse en el centro de la acción: la práctica
del poder requiere de la capacidad de exorcizar la derrota y hacer
de los políticos hombres de largo estar.
La capacidad
del político de construir verbalmente la evasión,
junto con la inmutabilidad de su rostro, constituye la corteza
que resguarda "el secreto" o que crea la sensación
frente a "los otros", de la distancia que debe mediar
entre el que posee ese secreto propio del poder y quienes carecen
de él. Parte del oficio consiste en dar forma a la imagen
del misterio de la fuente del poder.
La sospecha
de la existencia del secreto del poder es uno de sus enigmas fundadores.
El político que no logra crear "enigmas" en torno
a su persona carece de la capacidad para satisfacer la necesidad
de "los otros" de que quien ejerce el poder los tenga.
El secreto de la fuente del poder personaliza en el individuo
su enigma y su atracción; éste es uno de los soportes
del carisma, de la atracción que despliega la personalidad
poderosa del verdadero político. No hay nada más
devastador del poder del Estado que la obviedad en los políticos.
Lo que
este texto ensaya decir, es lo que el político calla, no
porque el contenido de su silencio sea indescifrable, sino porque
se trata de una conducta aprendida que responde sólo abiertamente
ante el estímulo de otra similar: la de la identidad sólo
existente entre los políticos, quienes independientemente
de la nacionalidad y del idioma se reconocen e interaccionan.
Busco descifrar lo que los "iniciados en el poder" llaman
"tener oficio", condición psicológica
que supone la pertenencia a un colectivo con referentes comunes
y la posesión de los códigos específicos
dados por la "educación", de una capacidad y
sensibilidad en una época histórica dada; es decir,
el conjunto de recursos personales puestos en marcha en el contacto
con el "otro", individual o colectivo, en un acto de
identidad entre iguales y de diferenciación que excluye
a los demás.
Es preciso
dejar asentado que no todos los que están en la política
tienen oficio, ni todos los que detentan el poder lo practican
con oficio. Esto último provoca entre los políticos
la desconfianza que se cierne como El peligro, causado
por alguien que puede romper el plano de lo previsible dado por
la posibilidad de acotar los términos de las negociaciones
de poder. Sin embargo, la desconfianza frente a los individuos
no socializados en la política pero con poder, no es sólo
de los pares institucionales, sino también del público;
en cada imaginario social hay un referente colectivo de lo que
significa "ser un buen político".
Una de
las matrices de la cultura del poder de los políticos con
oficio está en su capacidad de cohesionarse a partir de
elementos que les dan identidad como "capa social",
como grupo de iguales que supone, la plena conciencia de ser los
elegidos y por lo tanto, los grandes electores de los nuevos cuadros
del escenario público. Parte importante de la práctica
cotidiana del poder radica en la capacidad del político
de elegir a su "descendencia" como una forma de consolidar
su futuro, al ser el punto de referencia de la socialización
de los nuevos integrantes de la capa dirigente. El buen político
enseña y selecciona cotidianamente.
La posibilidad
de los políticos de sobrevivir como capa está fundada
en su capacidad de seleccionar a sus relevos, mantener la cohesión
entre sus pares y la coerción entre sus subordinados para
conducir las instituciones, lo cual les genera poder como grupo.
La ruptura de las reglas del proceso selectivo significa la fractura
de la capa política y la desagregación de los elementos
que cohesionan a los políticos. Todo relevo es una forma
de continuidad, aún en los periodos de mayor cambio.
Uno
de los elementos centrales de la relación entre los políticos
es la creación de los términos del poder a partir
de los cuales ellos se identifican, se diferencian y "se
miden" a partir de sus cualidades sobre las cuales fundan
su identidad. Lo primero que los hombres del poder negocian son
los términos de la identidad entre pares, lo que los ubica
en una práctica del ejercicio del poder y del conocimiento
entre ellos mismos.
Los
periodos de fuerte permanencia institucional se evidencian por
la claridad de las reglas que rigen las relaciones de poder.
En ellos, las fracturas de las relaciones entre los grupos son
poco visibles y, sobre todo, no resultan peligrosas al statu
quo y a la reproducción de las instituciones y las
redes significativas de poder.
Habrá
que agregar que aún en los periodos de crisis política
y de fractura institucional, cuando se requiere transformar los
elementos definitivos de un régimen de gobierno hay
eslabones de continuidad en las formas políticas de
conducción que garantizan el cambio. La confianza en
la capacidad de dirigir el cambio (o la transición) esta
fundada, también, en la credibilidad que las dirigencias
políticas, con peso nacional, tienen en los políticos
que conducen la transformación del Estado.
La eficiencia
política construye la legitimidad en la que se resuelve
simbólicamente la paradoja de la dominación; en
ella los gobernados sólo tienen opción de ser representados
por los miembros de la capa gobernante, mediante los sistemas
de autoridad y las formas de representación existentes
en la constelación de instituciones sociales y de Estado,
constitutivas del régimen establecido.
Uno
de los recursos por medio de los cuales la autoridad política
difiere el conflicto social radica en su capacidad de generar
símbolos de identidad para diluir la distancia real existente
entre el gobierno y los gobernados. La identidad simbólica
como fuente de legitimidad, se sustenta en un continuum
de mediaciones sociales e institucionales entre quienes detentan
el gobierno del Estado y los que carecen del poder para ejercerlo.
Las mediaciones orgánicas diluyen en un conjunto de relaciones
sociales y políticas el núcleo duro de la dominación
y lo preservan, al desvanecer en relaciones cotidianas el conflicto
surgido de la interacción social. Las relaciones de poder
y autoridad mediadas por lo inmediato fundan una de las paradojas
de la identidad de los políticos contemporáneos,
al volverlos inaccesibles por las mediaciones institucionales
y al mismo tiempo, presentes en el escenario público a
través de los medios de comunicación de masas. La
distancia real es refrendada por la imagen de cercanía
que conforman las distintas variantes de la comunicación
masiva, mediante estereotipos sociales de éxito, reforzados
por los múltiples mensajes de la propaganda, en los cuales
la personalidad del político proporciona los recursos de
la imagen aceptable del poder.
La relación
entre la distancia social mediada por "los medios" y
la práctica del poder político, crea el enigma de
la singularización que rodea al hombre del poder; en él
se funda parte de la autoridad y la obediencia que lo sustentan.
Éste se inscribe en las relaciones individuales y estratificadas
de la interacción social y en las jerarquías en
que cada sistema político desarrolla sus representaciones.
La apertura o contención en la movilidad política
es propia de los periodos de cada uno de los regímenes,
así como el grado de organización y representatividad
social en el que se sustentan. Este conjunto de características
de los regímenes, se expresa en la pluralidad de los sistemas
políticos en los Estados nacionales. En las etapas de movilidad
social acelerada, los "elegidos" que llegan al gobierno
o a los liderazgos sociales y políticos se convierten en
dirigentes que consolidan los mecanismos institucionales que permiten
refuncionalizar y reproducir a las nuevas capas dirigentes de
la sociedad, institucionalizando "las reglas" de la
reproducción del poder político, una vez que se
ha consolidado el periodo de la movilidad y recambio que todo
régimen requiere para su consolidación.
Lealtad
e institución
Los márgenes
de acción del político y el cálculo de los
riesgos que toma en sus decisiones se fundan en la capacidad de
saber que la reproducción del ámbito institucional,
en el que despliega su actividad individual, implica su sobrevivencia.
El político se sabe sobreviviente, pero también
sabe que los demás lo son. Los políticos desaparecen,
dejan de ser visibles para los otros, de ahí que parte
importante de su acción sea también la actuación
frente a los medios, que los mantienen visibles y audibles. El
mostrarse es una de las principales formas del mensaje de la identidad
del político: es vital ser identificado.
La visibilidad
del político en los medios que trasmiten su imagen requiere
que desarrolle una capacidad histriónica, la cual fija
una personalidad pública, visible e identificable. La capacidad
de actuación es una cualidad reconocida primero entre los
actores políticos y refrendada por éstos frente
al publico. En política es central saber pasar al público
el mensaje que se desea transmitir, lo que implica conocer los
recursos del medio frente al cual se presenta. El mensaje tiene
que ser refrendado por un estilo personal. Tener oficio es saber
tener estilo.
En la
actuación política la capacidad de generar los símbolos
de identidad, crea "el estilo" del político en
el ejercicio del poder en el Estado. Estos símbolos de
identidad pueden formar parte del estilo de un gobierno; a través
de los cuales se identifican a los gobernantes en un tiempo dado.
La imagen de caducidad de un régimen pasa también
por lo demodé de los estilos con los que se ejerce
el poder.
La reproducción
individual del político supone la reproducción de
la institución en la que gravita, pero también la
capacidad de ampliar sus recursos a condición de contener
la acción en los márgenes, en los que cada institución
se mueve. Hacer visible a la institución es hacer visible
al funcionario que la dirige: la cuenta que abre, es el saldo
que rinde sobre la institución que conduce. La permanencia
o la eliminación del político implica "adecuar
la institución" a los cambios de los distintos periodos
de gobierno. Conducir una institución supone la reproducción
del grupo adscrito al político y con el que la gobierna.
Ellos son la primera red de poder en la relación interinstitucional
del Estado. La actividad política individual sólo
es posible en relación con un colectivo que cubre y sostiene
al político y que se cohesiona en torno a él.
La relación
del político con el grupo al que pertenece y frente a los
otros grupos implica por lo menos tres valores fundamentales:
confianza, disciplina y aceptación de las jerarquías.
Estos valores están sujetos a una ritualidad, a una confirmación
cotidiana y constituyen parte de los cimientos de la autoridad.
En política, incluso "el otro" tiene que ser
confiable como adversario: debe tener autoridad para ser confrontado.
El peor error de un político es devaluar su jerarquía
en la confrontación simétrica con alguien que está
por debajo de la jerarquía que socialmente se le asigna.
"Tener
oficio" es saber dirigir bien las instituciones; y conducirse
entre ellas, lo que significa mimetizarse con la actividad y el
lenguaje propios de la función que la institución
dirigida realiza en el Estado y ante la opinión pública.
Proyectar la imagen de eficiencia y conocimiento es un imperativo,
frente a la sociedad y los grupos de opinión y presión.
El tipo de relación entre el político y la institución
es central en el conocimiento de la cultura del poder de los políticos,
sobre todo en países con tradición patrimonial y
en la nueva repatrimonialización del mundo del Estado,
donde la corrupción es un hecho cotidiano y en donde la
tendencia de los grupos dirigentes de los partidos es cerrar cada
vez más, la movilidad ascendente.
El
favor del poder: el poder del favor.
Tan importante
como mimetizarse con las funciones del cargo que el político
desempeña, es utilizar el poder de las prerrogativas institucionales
a favor o en contra de alguien. La práctica del poder,
como la práctica del favor personal, tiene varias aristas
y no sólo responde a la cultura de la administración
pública, sino a una manera social de percibir su ejercicio.
El anverso
de la práctica "de hacer favores" es "buscar
favores" mediante la amistad que funda la influencia para
pedir el favor del político. Un rasgo cotidiano de los
ciudadanos que integran "el círculo cercano"
es buscar, de manera simbólica, participar del poder político
solicitando la excepción a la norma. "El amigo"
exige, como prueba de la amistad, que quien detenta el poder pase
por encima de la ley para confirmar la amistad. El vínculo
personal funda la excepción en la obligación institucional.
De esta manera, el influyente participa del mismo campo simbólico
del funcionario y ambos se conciben como practicantes activos
de la impunidad pública. Si la corrupción se reproduce
por la relación interpersonal, la complicidad como
forma de lealtad es el único tipo de vínculo
que garantiza su posible reproducción como cadena impunidad
en el tiempo.
El favor
como ejercicio institucional personalizado tiene en México
una larga tradición. Es una de las características
del patrimonialismo de Estado, que se remonta a la época
de la Colonia española, y se confirma a lo largo de los
distintos regímenes de la historia independiente del país.
Su simiente estuvo en el grado de discrecionalidad de las autoridades
para utilizar las instituciones del virreinato en favor de intereses
privados y en la manera como esta práctica se asentó
en una cultura de la administración pública. La
utilización para el beneficio de las instituciones del
Estado ha sido un valor admitido en la práctica pública,
cuya reiteración (independientemente del tipo de régimen
de gobierno) ha dado origen a una moral pública en donde
el usufructo institucional se volvió una tradición.
Paradójicamente,
el usufructo personal de las instituciones llegó a ser
un punto importante en la pérdida de legitimidad de los
regímenes y de los gobiernos. A lo largo de la historia
de México ha sido común descalificar al gobierno
"anterior" por el grado de corrupción alcanzado
en la práctica pública. Sin embargo, en muy pocos
casos la descalificación política llega a la sanción
penal del gobernante corrupto; junto con la moral patrimonial,
se ha edificado una práctica cotidiana de la impunidad
que comienza con el uso "indebido" de las instituciones
para beneficio personal y acaba con la construcción de
una visión pública que la confirma una y otra vez
como salvaguarda de quienes han perdido el poder político.
La conciencia
social de la inmoralidad pública ha descalificado en muchas
ocasiones los actos de gobierno que intentan corregir o sancionar
a la corrupción. En casi todos los casos, el político
castigado aparece como un individuo que es objeto de un "vendetta".
Esta devaluación social de la acción de saneamiento
público se funda en la poca autoridad que poseen los políticos
para exigir el cumplimiento de la moral pública y la honestidad
en el desempeño de las instituciones. Este hecho es significativo,
debido fundamentalmente a que la vigencia de un régimen
político tiene como sustento un conjunto de valores sociales
que se convierten en la medida de la solidez moral de los políticos
y su ejercicio. Todo régimen político tiene un margen
de acción fundado en una moral pública históricamente
dada y sus límites de sobrevivencia se expresan también,
en la transgresión de los valores socialmente aceptados
y con los que la política y los políticos son medidos.
Los
signos del tiempo: sus símbolos y sus usos
La política
es una actividad sujeta a ritmos. Esta característica lleva
al individuo que la ejerce a tener una clara conciencia del tiempo
y de sus contenidos posibles. Los tipos de vínculos que
se establecen con "el otro" están marcados por
el ritmo, en el que se desarrolla cada uno de los procesos en
los cuales los políticos entran en relación. Lo
especifico de la actividad política está dado también
por la temporalidad que impera en cada ámbito de las relaciones
de poder en donde se actúa.
La conciencia
de lo inmediato, crea en el político la capacidad de negociar
el tiempo, como forma de relación con el interlocutor:
los procesos de negociación no son atemporales, son secuencias
rítmicas.
En las
negociaciones, el oficio se mide por la destreza en el manejo
del tiempo, que supone la capacidad de imponer la duración
y los contenidos fragmentarios en los cuales se desarrolla el
proceso de negociación. Comprometer "al otro"
a ceñirse al tiempo que "uno" le impone a los
procesos, es delimitar las posibilidades del interlocutor de producir
el ritmo, como contenido posible en el tono de las negociaciones
políticas. Hay negociaciones en las que la solemnidad empaqueta
a los interlocutores, una se van lentas y otras salen al vapor.
El primer
elemento de la confrontación entre dos negociadores con
oficio es el tiempo de la negociación, su ritmo y sus contenidos,
es decir, sus procedimientos. El manejo de la intensidad de la
negociación permite imponer el tono de la comunicación.
Cuando éste se logra imponer en la mesa de las negociaciones,
se logra la autocontención de "los otros" y se
fijan los límites al lenguaje en que se edifican los acuerdos.
Suele ser frecuente escuchar entre los negociadores: "no
se puede decir así" o "ése no es el tono",
como si la forma política de argumentar estuviera fuera
de lugar: "maneras", que en la mayoría de los
casos, tienen un alto costo para el que "las pierde".
La duración
y las fracciones en las que se organiza la secuencia de la discusión
implica delimitar los alcances de lo discutible, a partir del
debate de los tiempo y los contenidos de lo que se va a discutir.
En la discusión de lo "discutible" se asienta
la primera identidad de los debatientes y los primeros acuerdos
a partir de los cuales se construye la primera lógica de
grupo ente diferentes que a los largo de tiempo y del debate los
hará responsables de lo discutido y de sus conclusiones.
Este cierre de campo entre diferente crea la primera identidad
y el primer compromiso y complicidad. Hay en cada proceso de negociación
un tiempo que denota un ritmo, y en el ritmo un limite en el tiempo
en el que se consuma la negociación. Parte del oficio reside
en saber la medida y el ritmo de los procesos. Es común
oír en el principio de una negociación: "esto
va para largo", "esto sale pronto" o "esto
hoy no sale". Siempre en referencia al tono que emplean los
actores en sus intervenciones verbales desde el inicio del proceso
de negociación política. La confrontación
es una ruptura de los ritmos posibles de la relación entre
los políticos, de los tiempos de la negociación.
Los
ámbitos del poder y los límites de la acción
La actuación
del político se da en varios niveles de manera dialogal
y siempre en dobles planos: el interno y el externo, el grupo
y el escenario público, el personal y el masivo, el visible
y el oculto. La cultura del poder implica la adecuada compaginación
de las distintas lógicas con las que se construyen las
relaciones políticas. Esta condensación de los diversos
planos en la conducta del poder constituye la posibilidad de reproducir
a la institución y de permanecer individualmente como político.
El político
no ejerce la actividad del poder con un sólo sentido y
no habla sólo para un interlocutor, su conducta se desdobla
en varios significados. En la acción, al mismo tiempo que
confirma su presencia personal le da contenido a la de otros:
a la del grupo al que esta adscrito, a la corriente ideológica
que reafirma con su voz, al gobierno en el cual es funcionario,
a sus superiores, pero también a sus subordinados. Siempre
que el que actúa o declara es visto en representación
de, o como representante de; aún en el silencio,
como respuesta a sus interlocutores, es concebido como vocero.
El silencio es también una respuesta: es una de las voces
del poder.
Entre
los políticos con oficio hay una clara conciencia de que
las diferencias públicas no destruyen las complicidades
cerradas. Esta sensibilidad da origen a las formas, aceptada entre
pares, con las que se "comunican " a los distintos públicos
los acuerdos del espacio cerrado, en donde se despliega la actividad
del poder. La conciencia de la armonía que debe existir
entre los distintos planos de la actuación confirma la
pertenencia de los individuos y grupos a la élite dirigente
de una sociedad y denota lo consolidado, o no, de un régimen
político.
El plano
de lo público tiene un sentido sustantivo: reproducir la
política como actuación creíble de poder.
Esta acción reproductora significa la confirmación
de la imagen de la autoridad, mediante la refundación de
la identidad entre los grupos que ejercen el poder en el escenario
público. Confirmar la autoridad dentro es hacerla creíble
afuera.
Representar
poder, es poder representar
El poder
que surge de la acción social es articulado por la organización
polìtica que la expresa y simbólicamente se condensa
en el liderazgo de su dirigencia. La densidad social condensada
en la persona del dirigente es una de las principales fuentes
de poder político legítimo. El liderazgo es en la
historia una de las principales modalidades del poder invidivual.
No obstante
que el liderazgo de las organizaciones sociales es en sí
mismo, una de las modalidades del poder político más
importante en las sociedades modernas, como sociedades de masas,
no es suficiente para pertenecer y mantenerse en la élite
dirigente del Estado, ni mucho menos la única fuente de
poder de la que abrevan sus miembros. Lo complejo de las funciones
estatales contemporáneas, obliga a su personal a desarrollar
especialidades profesionalizadas que vinculan a la administración
pública nacional con un mundo global y tecnificado, en
donde las especialidades y las redes internacionales en las que
se sustentan, constituyen una fuente importante e imprescindible
de poder en las actividades de gobierno.
El ejercicio
del poder en el Estado impone a los líderes sociales la
necesidad de transformar la representación en negociación,
a través de las formas y los lenguajes vigentes entre los
miembros de la élite dirigente. Esta capacidad de crear
los instrumentos culturales que permiten la traducción
de las demandas a los distintos lenguajes de los circuitos de
poder político estatal, no es una cualidad común
a todos los dirigentes sociales. Muchos son eliminados de las
relaciones de élite por su incapacidad de cumplir con las
exigencias que imponen el nuevo tipo de relaciones interpersonales
en el nuevo campo de poder.
Paradójicamente
la capacidad del dirigente social de mantenerse en la élite
estatal es una fuente de poder político entre sus bases
sociales, al aumentar su poder negociador como gestor de demandas.
La actividad del dirigente es central para la reproducción
de la coalición gobernante, al ser éste el mediador
de las bases sociales del gobierno en el Estado, lo que constituye
una de las fuentes de la legitimidad política moderna.
La condición
política del liderazgo significa diluir la confrontación
y construir las mediaciones en las que se concreta la fuerza de
la representación social como capacidad negociadora en
el interior de la capa dirigente. Este doble manejo da al dirigente
social la adscripción y pertenencia a la capa gobernante
en el ámbito de las instituciones del Estado.
Es preciso
que el político dirigente sea capaz de convertir la representación
en poder de negociación. Este poder le da a la representación
social la fuerza política legitimada para dirimir y postergar
los conflictos de sus representados, a través de los acuerdos
que logre construir entre los directivos del Estado y que les
garanticen a todos las condiciones de gobernabilidad.
Los márgenes
posibles de los resultados en las negociaciones, entre los representantes
sociales y los otros miembros de la coalición dirigente,
están dados, por el balance cotidiano que los miembros
de la capa dirigente hacen entre gobernabilidad y conflicto: pulsar
"la situación" para confirmar ó cambiar
los instrumentos del poder con los que cuenta la capa dirigente
para legitimar las políticas del gobierno frente a la violencia,
significa para los individuos de la coalición en el poder,
mantener abierta las posibilidades de su vigencia política
como: dirigentes sociales, administradores de alto nivel, políticos
ó tecnocratas, cuya credibilidad y poder estan siempre
a prueba.
Es claro
que la incorporación de los líderes sociales a la
coalición gobernante y el usufructo personal de las nuevas
prerrogativas brindadas por el Estado, es una de las principales
fuentes de la burocratización de las dirigencias. La incapacidad
de los líderes sociales de preservar su autonomía
negociadora (fundada en la diferencia del origen de su poder político),
frente a las presiones de los otros miembros de la coalición
por crear una solidaridad orgánica, propia de este tipo
de colectividades, deriva en la defensa de los intereses de la
capa gobernante, a través de los proyectos de Estado y
de nación y acabe por convertir al dirigente en un individuo
convencido, más de su condición de élite
más que de su calidad de líder social.
El presente
ensayo es una recapitulación no concluida sobre las formas
de hacer política y de edificar el poder. El oficio en
política es sólo tan evidente como su ausencia;
cuando el ejercicio del poder se vuelve contra el político
y cotidianamente, cada una de sus acciones de gobierno (que tendría
la intención de consolidar su fuerza) se le revierte y
merma su autoridad, entramos entonces en ese parteaguas constituido
por el agotamiento de un régimen, periodo que se abre hacia
la edificación sobre cimientos políticos cuarteados
de las nuevas reglas de acceso y consolidación del poder
político.
Los políticos
no son tontos; son las formas con las que construyen el poder
las que se desfasan de los valores, las creencias y las ritualizaciones
sociales constitutivas de los símbolos de la autoridad
en el imaginario colectivo de su tiempo. Es este desfase el que
los vuelve ridículos ante sus contemporáneos y el
que les agota el poder.
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Agradezco a Blanca Beltrán por su apoyo diario, en éste
y en muchos otros trabajos; asimismo, a Pablo González
Casanova, Fernando Castaños, Julia Flores, René
Millán, Yolanda Meyemberg, Sara Gordon, Aurora Loyo, Marcela
Pineda, Andrea Pozas Loyo, Claudio Lomnitz, Ilán Semo,
Larissa Adler, David Torres, Cristina Puga, Fernando Castañeda,
Julio Labastida Martín del Campo, Carlos Elizondo Mayer,
José Ramón Cossío Díaz, Alejandro
Chanona, Fernando Escalante, Benjamin Arditi Giancarlo Corsi,
Juliana Nevenschwander, Celso Campilongo, Aníbal DAuria,
Menelick de Carvalho Netto, Cataldo Motta, Alicia González
Vidaurri y Julio Rios, Rebeca Arenas, Luis Orcil y el Seminario
Red de México de Estudios del Discurso: Teresa Carbó,
Irene Fonte, Rose Lema, Marlene Rall, Danielle Zaslavsky, Mary
Elaine Meagher y Fernando González.
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*La palabra
moeurs expresa esencialmente un estilo de acción, principio
de conducta con consecuencias morales: configuración cultural.
Ricardo
Pozas Horcasitas," El oficio del poder", Fractal
n° 7, octubre-diciembre,
1997, año 2, volumen II, pp. 131-152.
BIBLIOTECA VIRTUAL:
Ricardo Pozas
pozas@servidor.unam.mx