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Yo hablo mucho.
Un día alguien
me interrumpió para decirme que hablaba mucho. No dejé
de hablar. Simplemente, dejé de hablarle.
A partir de entonces,
cuando me dicen que hablo mucho me vuelvo al del otro lado y le
digo: "Perdona, es que alguien me estaba interrumpiendo".
Y le cuento algo.
15
Anagrama debería ser un anagrama.
¿Por qué
a las mujeres no les gusta pisar hojas? Y, ¿por qué
a nosotros nos gusta pisarlas incluso cuando somos mayores?
En su afán de
protagonismo lo pasó bien hasta en el entierro de su padre.
¡Ah! ¡Tanto
alcohol para tan poca fiesta!
21
Aprender. Creemos que es cosa de adolescentes pero, ¿dónde
está el límite? Al final de todo, allí está
el límite. En una cama, una carretera o un precipicio. Allí
donde llega el límite de lo que has aprendido y ni siquiera
has podido aprender que de todos modos no hubiese servido para nada.
Aprender nada. Como las
vacas que nos miran con sus grandes ojos sin saber, ni poder saber
ni querer saber quiénes somos.
27
Pasea desnuda por la playa con un collar de perlas y entonces me
pregunto: ¿lleva el collar de perlas para que admiremos su
cuerpo desnudo o lleva su cuerpo desnudo para que admiremos su collar
de perlas?
Cuando he encontrado
la respuesta se ha perdido ya en el horizonte y entonces me digo:
¿por qué en lugar de pasarme el día haciéndome
preguntas no me he fijado en su espalda a medida que se alejaba?
Ahora lo único
que me queda es una respuesta estúpida y quién sabe
si falaz y la dolorosa ausencia de una imagen que no he visto alejándose
bajo la luz salitre y tropical mientras me llega, como una daga,
la música de las lejanas fiestas de Veracruz.
28
Cuando se despertó el dinosaurio, todavía estaba allí.
Cuando me desperté,
apagué la luz.
Cuando me desperté,
perdí la fe.
Se despertó sin
poder terminar el libro que estaba soñando que leía.
29
Ana, mi querida Ana Calabrese que nunca estuviste en Calabria: llegabas
siempre tarde a todas las citas y sólo a la muerte decidiste
llegar antes de hora.
30
Nos desnudamos con la luz apagada para que Dios no nos vea desnudos.
31
Las razones de mi carácter irresoluto son bien claras y no
hace falta ir a un brujo o a un psicoanalista para entenderlas.
El do-ce de enero de 1939 las ganas de escapar del vientre de mi
madre eran muchísimas. Por otro lado, meterme de lleno en
lo que se llama el mundo me daba un miedo horrible. Y así
sigo.
Junio
2
Se llamaba Eloísa y tenía cara de menina. Le gustaba
enseñarnos el culo. Nunca llevaba bragas. Se levantaba las
faldas y primero nos enseñaba el vientre y luego se volvía
para enseñarnos el culo, que estaba siempre sucio de excremento.
Se ponía en el último escalón y empezaba a
bajar mientras orinaba y se reía. Nosotros nos reíamos
de ella. Sólo ahora me doy cuenta de que me hubiese gustado
tocarla.
3
Desde que el padre Lanza, S.J. le dijo que sentir placer cuando
nos unimos para procrear no es pecado, no ha dejado de parir.
5
Si fuera el dueño de la palabra privilegiada escribiría
la palabra privilegiada y ya ni yo ni nadie tendría que volver
a escribir.
Escribimos infinitas
palabras para buscar esta palabra infinita.
Escribimos mucho por
si aparece por azar entre tantas palabras o escribimos poco para
reconocerla apenas aparezca.
Los que están
más cerca de la palabra son los que no escriben nada. Y más
cerca todavía los que escriben nada.
Le dije a Dios: hermano
Dios, ya te he encontrado.
Estaba a la intemperie
en un paisaje sin puertas. De noche, entre precipicios. Esperaba
una mano en mi mejilla. No volvió a amanecer.
Estaba tan solo que me
acaricié para consolarme. Todo el cuerpo. Y pensé
que aquellas caricias eran como las caricias de Dios.
6
Somos pensadores de excremento.
7
Se querían, y al dejarse de querer dejaron de quererse eternamente.
9
Y entonces la niña se comió al lobo y se acabó
el miedo para siempre.
11
¿Y si ahora resulta que lo que hay después de la muerte
es otra vida?
12
Iban por un río de aguas espesas. Se alejaban de sus casas
incendiadas. Gente nacida para la desgracia. Jamás llegaron
a ver el mar.
14
Le obsesionaban los horizontes. Quería saber qué hay
detrás de ellos.
Caminaba y caminaba y
siempre encontraba otro horizonte, o el mismo que se alejaba continuamente.
Una noche de luna en
el horizonte decidió conocer definitivamente la verdad. Tomó
la pequeña barca de Eulogio y empezó a remar. Quién
sabe si llegó a vernos a nosotros, que desde el horizonte
donde estábamos le gritábamos que volviera.
15
Germán Yugo
Marita Salobre
Clara Mercurio
16
¿Por qué no hay jamás un argumento definitivo
para nada?
17
Están siempre en el bosque.
19
Todo pasa y el peso que piso es el poso que él puso.
El problema es que en
la vida, como en el retrete, de una forma u otra siempre acabas
ensuciándote.
Salgo de Masnou para
ir a Barcelona. Salgo de Barcelona para ir a Reixac. Salgo de Reixac
para ir a Génova. Salgo de Génova para ir a París.
Salgo de París para ir a Londres. Salgo de Londres para ir
al cementerio de Masnou.
23
A punto de dejar de pensar, escribo este pensamiento.
27
Era homosexual y me quería. Yo no era homosexual y le quería.
Se desnudan. Se acabó
el engaño.
Los orificios son, por
naturaleza, ínfimos y sucios. No así las protuberancias.
Y sin embargo acariciamos las protuberancias para penetrar en los
orificios.
28
Dejó de leer, y lo más sorprendente es que jamás
volvió a necesitar un libro.
30
Cual pluma al viento, así es la mujer. ¿Y el viento
cómo es?
¿Por qué
nos preocupan tanto los pelos?
Lo malo del cero es que
solo no significa nada. Para significar algo tiene que estar siempre
a la derecha o a la izquierda.
Primero dejó de fumar. Luego se murió de cáncer.
A pesar de que era poeta,
la Naturaleza le caía mal.
Es triste ser mujer.
Sobre todo cuando estás triste.
Julio
1
Si hubiera escrito en el siglo XVI ahora sería
un clásico.
2
"El que éste libre de culpa que arroje la primera piedra".
Agarró la única piedra que tenía y la lanzó
con toda su fuerza. Ahora, como está lleno de culpa ya no
necesita ninguna piedra.
4
¿Por qué llora un niño cuando le bautizan?
¿Porque se ha hecho pipí? ¿Porque le molesta
el agua? ¿Porque no le gusta el nombre que le ponen? ¿Por
el olor del incienso? ¿Porque el que hace de padre no es
su padre? ¿Por que le gustaría ir a jugar y no puede
ni sabe? ¿Porque no recuerda de dónde ha venido? ¿Porque
le queda mucha vida por delante? No. El niño llora porque
quiere la teta de su madre y su madre no se puede sacar la teta
en la iglesia.
5
Perdona que esta emoción
que no puedo expresar
y que es sincera
no sea la primera.
8
El gallo empezó a cantar
y me quedé sorprendido
pues en mi pueblo no hay gallos
y jamás ha amanecido.
14
Caminas encorvada por el peso de las tetas y es una lástima
sorprendente, pues en la cama pareces la maja desnuda.
¿O es que la maja
desnuda posaba así para el sordo Goya porque sabía
su fatal condición de mujer encorvada por el peso de las
tetas?
¿O es que el pintor
de las pobladas cejas por exigencias estéticas (él,
el pintor de la pintura negra) le suplicó a la duquesa que
se echara en el diván donde los pechos flácidos y
abundantes son, con sus pezones, como nenúfares en el agua?
¿O es que el pintor
del gesto hosco centraba todo el cuadro, el desnudo, en otro punto,
lo que explica la extraña expresión de ella?
¿O era simplemente
la historia de una duquesa que al desnudarse dejaba de serlo y de
un pintor que pintaba a una mujer desnuda que era una duquesa que
por el simple hecho de desnudarse dejaba de ser una duquesa pero
no dejaba de ser una duquesa?
Aristocracia. Artistocracia.
Sexocracia.
Caminas encorvada por
el peso de tus abundantes tetas. Caminas hacia el diván,
como todas las mujeres, y allí está el pintor esperando
impaciente a que te desnudes. El pintor que borra el vello del pubis
o que cubre el pubis con una mano que es la mano del pubis. De ahí
la extraña mirada, burlona, turbia, luminosa, en trance mientras
abandonas el cuerpo desnudo a los ojos del pintor y abandonas languidamente
tus tetas.
16
Dice un dicho popular
de un autor desconocido
que quién se mea en un nido
nunca volverá
a cantar.
17
El mundo es un pañuelo porque vivimos en un valle de lágrimas.
23
¿Y la mierda de Picasso cómo era?
Pues mira, como
la de san Juan de la Cruz.
26
Monólogo interior.
¿Y qué
iba a ser? ¿Una charla entre amigos?
27
Cuando llueve en Santiago es que vamos a estar bien. Ayer murió
Ventejo y la señora Rosa quiso matarse, se lo contaba llorando
a su esposa. Había mucho sol y el aire estaba lleno de mosquitos.
"Vuelan pero están muertos", dijo mi madre. Siempre
dice algo así, algo que recuerda, porque hace tiempo que
está ciega y sólo vive de recuerdos. Pero podrían
picarle y hacerle llorar los ojos. "Es señal de que
va a llover", dice apesadumbrada. No puede ver las paredes,
no puede vernos a nosotros, no sólo apesadumbrada por la
lluvia, pues. Y yo pienso así: cuando llueve en Santiago
es que vamos a estar bien. Pero no llueve, siempre estamos en el
jardín con el sol y los mosquitos y mi madre está
ciega y sólo ve los recuerdos.
29
Dos amigos del alma van a un burdel. Son amigos del alma y les agrada
acostarse con la misma mujer y luego comentar la experiencia. Van
siempre a burdeles de calidad, es lo que les recomendó Abilio,
el marido de Eva. Como recomendado por un obispo. Insisten siempre
en que el otro sea el primero y siempre es Abelardo el que sube
primero, porque Manfredo sabe que es meticuloso y obsesivo con la
higiene. Hay también otra razón: Abelardo tiene orgasmos
muy rápidos y muchas veces ni siquiera copula. Pero esta
vez se demora más de lo acostumbrado. En cambio, cuando baja
parece desolado. "¡No subas, te lo ruego!", le dice.
Manfredo pide una explicación que no obtiene, sólo
le llegan súplicas. Será otra de sus bromas. "Me
defenderé", dice mientras sube las escaleras riendo.
A los pocos segundos se oye un portazo y baja Manfredo apoyándose
en la barandilla, como si fuese a desvanecerse. Abelardo le ayuda
a sentarse. "Te lo advertí, Manfredo, te lo advertí."
"¿Tardaste tanto porque te gustó? ¿Finalmente
conseguiste una relación normal?" "Nunca pude imaginar
que una cosa así pudiera ocurrir." Se abrazaron y lloraron
y salieron llorando y abrazados del prostíbulo. No quisieron
mirar la ventana iluminada donde uno encontró el placer y
el otro el horror.
Agosto
5
Mi primer viaje fue en un cochecito para niños que en realidad
no se podía llamar así porque era inmenso. Era siempre
un viaje muy breve: mis hermanos mayores se turnaban para mover
el coche adelante y atrás para que me durmiera o no llorara
o dejara de llorar. El chirrido de los muelles oxidados no me dejaba
dormir, pero esto no podía decírselo a mis hermanos
porque todavía no sabía hablar. Cuando mis hermanos
se cansaban de moverme se iban a jugar a la avioneta, al caracol
o a la puerta del inglés o a saltar a la comba o al escondite
y yo me quedaba solo contemplando el cielo, el humo de las chimeneas
y las hojas de la acacia. Un día, por curiosidad, me asomé
para ver el suelo (estaba harto de ver siempre el cielo) con tanta
torpeza que me caí. Todavía tengo una pequeña
protuberancia en la frente. No hace falta una memoria muy privilegiada
para acordarse de una cosa así. El caso es que nunca más
volvieron a meterme en aquel coche aunque sí metieron a los
tres hermanos que llegaron a este mundo después de mí,
menos sensibles a los muelles oxidados y menos curiosos por saber
si el suelo es distinto del cielo.
El próximo viaje
fue más extraño. Fui a Barcelona con mi padre y con
Lozano. A la ida no pasó nada especial. A la vuelta estaba
la luna en la ventana siguiéndonos todo el rato. Me sorprendió
muchísimo porque en el jardín de casa estaba siempre
quieta. Al día siguiente empecé a correr por el jardín
pero la luna seguía quieta. A partir de entonces me di cuenta
de lo especiales que son los viajes. También había
oído en casa que tío Salvio había viajado de
Cuba a Barcelona para morir en el lugar donde había nacido.
Yo podía imaginar que alguien tomase un barco o un tren para
escapar de la muerte, pero no al revés. Y además,
para morir, qué más te da un sitio que otro. Luego
me enteré que los elefantes, que tienen fama de ser muy sabios
y flemáticos, hacen lo mismo, no viajan en tren, claro, a
quién se le ocurre, sino que corren hacia el cementerio de
elefantes y lo recorren con unos ojos muy melancólicos hasta
que encuentran el sitio más tranquilo y se echan a dormir
para no despertarse más.
De pequeño me
veo siempre viajando: yendo en bicicleta o en patinete, agarrándome
a la escalera de detrás del autobús de Teyá,
corriendo al lado del tren y saludando a los pasajeros o pidiéndoles
a los carreteros que me dejasen subir a los carros. Una vez hasta
subí a la carroza de los muertos "¿Te dan miedo
los muertos?", me preguntó el enterrador al ver que
hacía la señal de la cruz al pasar la carroza. Le
dije que no y me invitó a que subiese. Por el camino me iba
diciendo en qué casas había estado y en qué
casas iba a estar pronto. "¡Vosotros sois muchos pero
malos clientes!", se rió. Le conté cómo
de pequeño me había caído del cochecito y de
como estuve a punto de morir. "A los niños pequeños
los llevamos en un saco", dijo. "Es mucho dinero eso de
la carroza." Le pregunté que a quién llevaba
muerto y me dijo que al espíritu santo pero no me lo creí.
Al llegar al cementerio me pidió que le ayudara a bajar al
muerto. Me puse a temblar. "¿Que te pasa? ¿Te
piensas que los muertos muerden? Son la gente más inofensiva
del mundo." Me pasó una mano por la nuca. "¿Ves
aquella paloma?, me dijo. Es el espíritu santo, que se nos
ha escapado. Espera aquí, que te llevo otra vez al pueblo.
¿Sabes leer? Pues lee los nombres de las lápidas.
Son todos gente de nuestro pueblo. Hay que acordarse de ellos y
aprender a quererles."
Me quede leyendo los
nombres. Muchos eran nombres como los amigos de mi colegio: Maristany,
Rosés, Subirats, Galbany, Raventós, Domenech, Ramentol,
Millet, Puig, Castellar, Pinazo, Lafau. A veces estaban los nombres
de toda una familia, que se habían ido muriendo poco a poco,
o como los Pages, que se ahogaron todos en una barca. Ninguno se
llamaba como nosotros. Tenía razón el enterrador.
Que salía en aquel momento enjuagándose la boca y
escupiendo el vino. "Vamos, muchacho, regresemos a la vida,
no nos queda otro remedio. ¿Qué has aprendido?
"Nada, señor
Simón."
"Y tú como
sabes que me llamo Simón?"
"Porque lo dice
la canción de mi madre."
"Y tu madre qué
canta, si se puede saber?"
"Eso, señor
Simón."
"Ese eso no puede
ser una canción. Anda, sube y cántame lo que me canta
tu madre. A ver si resulta que tengo a alguien que piensa en mí
entre los vivos, porque los únicos que tienen algo que agradecerme
son los muertos, y los pobres no pueden ni saben. Ven que te aúpe."
Subimos al pescante.
El enterrador se puso su sombrero de copa o de cilindro, un sombrero
especial. Íbamos por el camino del cementerio, pero alejándonos,
un camino sin asfaltar y en sombra: era como ir por un túnel
de árboles por los que se filtraban los rayos del sol. Nunca
el pueblo me pareció tan bonito visto así, de lejos,
en el territorio de los muertos, allí donde las mariposas
vuelan muy bajito y donde las sombras no se mueven y donde la tierra
huele a cal y a hierba quemada.
"¿Y la
canción?, me dijo. "¿Me la cantas?"
"¿Se puede
cantar, aquí?"
"¿Estás
triste o contento?"
"Estoy muy contento."
"Acuérdate
de esto: has ido a ver a los muertos y estás contento y a
mí me has alegrado el día. Nadie quiere saber nada
de los muertos. ¿Tú has visto a alguien que quiera
que se lo lleven de su casa? ¿Has visto alguna ciudad donde
los cementerios estén en el centro, al lado de los cines
y de las tiendas? Y sin embargo, ¿a ti te ha molestado alguna
vez un muerto? ¡No saben! ¡Hasta la gente mala se vuelve
buena al morir! ¡Esta es la gran resurrección! Estás
contento y me haces llorar. Anda, canta la canción. ¿Cómo
te llamas?"
"Diego."
"Me gusta. No
hay ningún Diego en el cementerio."
"Sí. Diego
Vera, un niño de siete años."
"Muy buen observador."
"Iba a mi colegio.
Y usted, ¿se llama de verdad Simón?"
"Tú me
dijiste que me llamaba así. Es como nos llamamos los enterradores.
¿A que no sabes a quién he enterrado hoy?"
Iba a decir que a su
corazón, a lo mejor era eso lo que quería que dijese.
"Al espíritu
santo", le dije.
"Lo que viste
no era el espíritu santo."
"Ya lo sé
¿Quién era?"
"Una paloma mensajera."
"¿Qué
es una paloma mensajera?"
"Una paloma viajera.
Le ponen un mensaje en una pata para que lo lleve a su destino.
A veces salen del cementerio para que lleven la noticia de la muerte
de algún ser querido a cualquier parte del mundo. No lo olvides.
Cuando veas volar a una paloma recuerda que a veces llevan un mensaje
triste. ¡Estoy llegando tarde!":
Y se alejó.
Y no he vuelto a verle. Pocos días más tarde subía
una carroza por la carretera. Nos asomamos al balcón excitados.
"¡Mamá! ¡Mamá! ¡El enterrador!"
Era otro enterrador.
Mamá no nos escuchó. Cantaba o gritaba o lloraba y
nunca nos escuchaba ni nos hablaba.
"¿Y Simón?",
grité al hombre de la carroza.
"¿Qué
Simón?", gritó a su vez.
"Simón,
el enterrador."
Se volvió y
señaló con la mano el ataúd. "¿El
enterrador? Aquí está. Que en paz descanse y deje
descansar."
Mamá estaba
en la cocina cantando:
"A París
va papá
en el rápido de Irún.
Si vas a París papá
cuidado con los apaches."
Los apaches también
viajan. Galopan, galopan y caen muertos entre la patas de sus caballos
que siguen galopando. Me gustaban las canciones de mamá.
Era triste porque nunca nos hablaba, y porque cantaba canciones
tristes. A lo mejor un día me asomo al balcón y un
apache me dice: "¿Te subes a mi caballo?" Y yo
le digo que sé una canción que me ha enseñado
mi madre. Pero tampoco esta vez la voy a cantar.
¡Nos agobian
tantas preguntas, tantas posibilidades, tantas razones desconocidas!
¿Por qué son redondos los relojes o por qué
es redonda la imagen que tenemos de los relojes? ¿Por qué
son redondos los pozos? ¿Por qué son redondas las
plazas de toros? O las naranjas valencianas, que luego no hay forma
de ponerlas en cajas (¿por qué no son redondas las
cajas?).
En Georgia, no recuerdo
en cuál de ellas (¿por qué escribo tanto si
cada vez recuerdo menos?), hay un instituto de las Formas que trata
de establecer las razones de las formas, la relación entre
las distintas formas y, sobre todo, de encontrar el origen de la
Forma, la Forma original. Los Formolólogos (que no hay que
confundir con los formólogos de Minnesota) de la Escuela
Psicoanalítica han llegado a la conclusión de que
la forma inicial es el orificio que surge del vacío. El ser
humano está obsesionado por "ocupar" el orificio,
de ahí que las tres actividades serviles sean el beso (de
la boca o del pezón), la copulación por la vulva y
la copulación por el ano. Los masturbadores son los que rechazan
cualquier tipo de forma en torno al vacío: cada acto masturbatorio
es un acto de rebeldía, de rechazo del padre, de la madre
y del mundo orífico general. Si fundaran un partido político
los masturbadores en unas erecciones generales dominarían
el mundo (el general Franco, demos al César lo que es del
César, fue el primer creador de la Democracia Orgánica).
Si fundaran una secta religiosa se acabarían las demás
religiones porque el ser humano (no en vano se le llama así,
humano, humo informe que busca definirse en una forma circular,
el ano) está condenado a la forma y siente la necesidad de
liberarse de la forma. Dios nos puso el ano detrás para que
no viésemos el vacío y nos condenó a que el
vacío fuera el lugar del excremento. Sin nostalgia el onanista,
a diferencia del anista, adora la forma, la acaricia: se acaricia
como forma absoluta que es.
14
Vivieron juntos tanto tiempo que se pasaban el día sacándose
la lengua. Aquellas lenguas que tanto se besaran.
Dormían en una
cama de matrimonio. A hachazos consiguieron hacer dos camas individuales.
¡Todo el tiempo
que ha pasado vistiéndose con el único fin de que
la desnuden!
15
Amorcito: tu esclava te pide de rodillas (¡para que me mires
el escote, pillín!) un gran favor: he dejado la ropa en la
lavadora y hay que ponerla en la secadora. Es nuestra ropita íntima
y cuando la saques cierra los ojos que me ruborizo y me tiemblan
los rizos. Conozco tu mirada. Nunca más te pediré
este favor (¡a no ser que te haya gustado!) y me comprometo
a encargarme yo de la ropa hasta la eternidad.
Amorcín: he
tenido que dejar la ropa en la lavadora porque telefoneó
Eugenio para lo de las clases y las traducciones. ¡Deséame
suerte! Sé que estás muy ocupado, así que no
te preocupes de meterla en la secadora (¡la ropa, marrano!).
Ya lo haré yo cuando vuelva. Pero antes tendrás que
darme un besito.
Tono: te he dejado
la ropa en la lavadora. ¿Te molestaría ponerla en
la secadora? Si hace sol podrías ponerla a secar en la terraza.
¡No las bragas, que no eres el único voyeur del Reino!
Tono: ¿podrías
poner la ropa en la secadora? 40 minutos. Gracias
Tono: si quieres poner
tú ropa (que al fin y al cabo la has usado tú) en
la lavadora puedes hacerlo cuando quieras. Yo he lavado la mía
antes de ir a la biblioteca.
Sino he vuelto a las
dos no me esperes para comer.
Supongo que no es mucho
pedirte que pongas la ropa en la lavadora. ¿O ahora resulta
que tengo que ser yo la que se ocupe de las cosas de la casa?
15
¿Tuvo alguna vez una erección, Él?
Amar a Margo
Amar amargo
Amar
go!
18
Testaruda. Inteligente sólo en algunas cosas. Astuta a la
hora de aprovechar su inteligencia. De muy buen gusto pero no elegante.
Agresiva con la sociedad y con casi todos los individuos, incluso
los más queridos. Confundía el nacionalismo con el
progresismo. Frígida por razones que ignoro, pues no siempre
lo fue. Hipocondríaca disfrazada de ecologista: todo lo que
comía tenía que perjudicarle, pues todo estaba contaminado
y los alimentos ideales se encontraban en países lejanos,
tal vez inexistentes. Fumadora intolerante con los que habían
dejado de fumar. El tabaco y la nostalgia de una pureza ambiental
que jamás existió, ni en los vergeles del Paraíso.
Murió sin Dios y sin amigos, con alguna hermana fiel y el
llanto de los que vivíamos lejos. En vida había acabado
por convertirse en el centro unificador de la familia; viajaba a
Estocolmo, a Londres, a Vallensana, a Zaragoza, a Híjar,
a Vinaroz. Centro de otra nostalgia o de otro espejismo, pues la
familia se había desintegrado hacía mucho y sólo
existía como nombre, cada uno de los Masoliver agobiado por
la nostalgia de lo que tal vez no había desaparecido porque
no existió jamás. De alimentar en nosotros esa nostalgia
dolorosa y sensual ella, la más ética y frígida,
fue la principal responsable. Y de eso murió. Ahora la familia,
dispersa y desintegrada, vive en torno a su muerte.
21
Llaman la atención los criterios de Bruno Schlegel sobre
el arte. La extrema delicadeza con la que expone sus puntos de vista
nos obligan a responder o reaccionar con delicadeza, y ésa
es la primera trampa. La segunda trampa es que no queda claro si
se está dirigiendo a críticos de arte, a profesionales
que ya no pueden ser convertidos, o a simples aficionados que siempre
buscan el aliciente de alguien que les dé nuevas ideas. Una
tercera trampa son las citas: con frecuencia Schlegel se apoya en
autores totalmente desconocidos e incluso muchas veces los artistas
son igualmente desconocidos. Llama la atención asimismo que
su obra se haya popularizado tanto en Italia, en Francia, en Estados
Unidos o en Japón y no haya sido publicada jamás en
su país de origen. Decir o sospechar de Schlegel que es un
tramposo sería ponerlo a la altura de cualquiera de nuestros
críticos, algo injusto e insultante. Las mentiras de Schlegel
invitan a la reflexión, son atractivas, tienen ese carácter
polémico que necesita toda obra de arte para resucitar continuamente,
para vivir en una aureola de eternidad. Sin embargo es muy difícil
decir cuáles son las teorías centrales del pensador
centroeuropeo. Podría decirse, eso se me ocurre ahora pero
no es una improvisación, que la originalidad de su pensamiento,
si así puede llamársele, es que carece de una teoría
central e incluso de todo tipo de teoría. Su obra nos lleva
directamente al cuadro que comenta. Es así como hemos descubierto
a Casablanca o a Donaggio, a la escuela finlandesa de litógrafos,
a los alfareros de Capadocia o a los litólogos hititas. Ni
una referencia a los grandes, a los consagrados por los mercados
internacionales. Si menciona a Tàpies es porque Tàpies
ha callado astutamente durante años la influencia de un desconocido
entre nosotros: Molenski. Si menciona a Picasso es porque le sirve
para ilustrar el antifonalismo en la pintura mediterránea.
Una obra como "El ocaso de la paleta", todavía
inédita en nuestro país, debería estar en la
biblioteca de todo pintor. Y enseñaría a nuestros
críticos a ser más humildes. Schlegel murió
este verano agobiado por la melancolía: había llegado
a la conclusión de que no hay relación alguna entre
el arte y la crítica, incluso entre la obra de arte, el pintor
y el observador. Trató de comprar su propia obra a los editores
para destruirla, y los editores vieron en esa extravagancia (lo
que se conoce como "el síndrome de Kafka") una
forma de promoción, aun sabiendo que eso iba a llevar a Schelegel
a la muerte, como ha ocurrido. Su éxito está asegurado
y sin duda muy pronto se va a convertir en un bestseller en nuestro
país. Y no es arriesgado predecir que llevará un prólogo
de Enrique Vil Amat. Si no se le adelantan Juan Villoro o Pere Gimferrer.
22
Sólo queda un amor: el que no existe.
23
Tres tristes trastos
La tramontana mágica
Los besos satánicos
El pantalón de
las visitadoras
La muerte de abstemio
Cruz
Mi idolatrada hija Sissi
Los funerales de la mama
grande
Últimas tardes con Matesa
Historia de una ramera
24
¿A quién odias más en la vida?
A la vida.
¿Te gustaría
morir?
Si no fuera tan
definitivo.
¿Qué
país te gusta más?
El otro.
¿Te
sientes catalán?
Sí.
Esto nos honra.
A mí no.
¿Te
gustan las mujeres?
¿De quién?
Eres muy coñón.
Sí,
me llaman el Gran Coñón del Colorado.
¿Por
qué del Colorado?
Porque a
la gente le cuesta hacer juegos de palabras. No todos tienen el
talento de Cabreo Infante.
¿Te
puedo hacer una última pregunta?
Exacto.
Septiembre
1
Bajó por el sendero. Empezó a disparar hacia el mar,
pero como vio que ni surgían manchas de sangre ni se oían
aullidos ni quedaba en la superficie el impacto de los disparos
subió de nuevo hacia el sendero. Necesitaba disparar. De
pronto apareció, como una visión, un niño rubio.
Se detuvo apuntó y le disparó en la frente. Se oyó
el ruido como de algo que se rompía y el niño se quedó
inmóvil, con los ojos abiertos, pero no se caía. Aterrorizado,
bajó de nuevo por el sendero y se arrojó al mar.
2
La escalera para subir al cielo estaba detrás de la montaña
de San Mateo. Cuando al verle partir tan de madrugada y vestido
de aquella manera su mujer le preguntó adónde iba
a aquellas horas, le contestó que al cielo y ella se rió
divertida. Al llegar a Teyá se tomó un café
antes de dirigirse a la montaña y al salir también
se despidió con un "Adiós, me voy al cielo",
que todos celebraron con señales de divertida aprobación.
San Mateo se le apareció como un monte mucho más grande
de lo que él recordaba de niño, cuando iba con sus
amigos al entierro de la sardina o al entierro de la tortilla. Debía
de hacer mucho tiempo que nadie subía a la montaña,
porque no había ningún sendero. Se perdió muchas
veces hasta que al final vio la altísima escalera que le
sirvió de punto de referencia. A pesar de que era un día
radiante, la escalera estaba envuelta en una fina neblina azulada.
El valle estaba lleno de almas. La subida se le hizo muy ligera
y amena, porque le acompañaban el susurro de las almas, las
infinitas especies de pájaros y la lejanía del mundo.
Pero al llegar al cielo le dijeron que no podía entrar porque
no era alma. Tampoco podía descender, porque era una escalera
para los que abandonaba definitivamente la tierra. La escalera de
descenso era la que había junto al río Besós,
que llevaba al infierno. Lo único que podía hacer
era esperar a que el alma saliera de su cuerpo. Pero él no
quería morir ni esperar allí sentado a que llegase
la muerte. Las nubes por las que caminaban él y las almas
que estaban esperando la hora de su entrada eran muelles y caminar
no producía el mínimo cansancio. Decidió que
caminando de nube en nube podría descender a la tierra y
regresar a su casa. Al fin y al cabo, que había estado en
el cielo podía decirlo sin mentir a nadie. Empezó
a caminar, pero las nubes se fueron haciendo cada vez más
finas hasta que no aguantaron su peso y se precipitó a la
tierra.
Pasó una larga
temporada en el hospital. Recordaba lo vivido como una experiencia
maravillosa y la certeza de que había un cielo y que allí
ascendería un día su alma le llenaba de una serena
alegría. Pero no quiso contar la verdad de cómo se
había caído, porque le daba miedo el dolor de las
inyecciones que le ponían cada vez que contaba algo, sobre
todo cuando hablaba del cielo. Y no podía entender las lágrimas
de su mujer y de sus hijos, que se hablaban en voz baja como si
también las palabras pudiesen herirle. Sin duda pensaban
que regresaría al monte apenas sanase. Y lo siguen pensando.
Lo que no saben es que no quiere sanarse pues, así me lo
ha confesado, es en la cercanía de la muerte donde encuentra
la cercanía de la verdadera vida. Ellos lloran por él
y él no puede llorar por ellos, porque es demasiado feliz
para poder sentir dolor o compasión. Vive su agonía
en la nostalgia de las almas que conoció y, como Cristo en
la cruz, anhelando el momento de la exhalación. Y lo único
que lamenta su cuerpo es que, cuando esto ocurra, sus ojos muertos
no podrán contemplar cómo sale el alma de su boca
para volar hacia ese mágico monte sin senderos, San Mateo,
tan cerca de su pueblo y tan lejos de los que en él habitan.
Juan Antonio
Masolivier Ródenas, "Diarios", Fractal
n° 7, octubre-diciembre,
1997, año 2, volumen II, pp. 155-178.
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