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Así, Agathon
concluye su conferencia boeciana: ya que la sabiduría radica
en la experiencia personal, no tiene nada más de que hablar.
La sabiduría,
según Karel Capek, no es una facultad sino un estado mental
de alguna manera triste; algo desvalido pero armónico; y
sólo los poetas sabios pueden comunicarlo. No estoy seguro
si Capek habría propuesto la misma definición dieciocho
años más tarde, al final de su vida; o, si hubiera
vivido aún más tiempo, después de siete años
de ocupación nazi y los subsecuentes cuarenta años
de la avasalladora ayuda fraternal rusa. En otras palabras, no estoy
seguro si la sabiduría pueda ser en rigor una noción
independiente del lugar y del tiempo. Tampoco sé qué
pensar sobre el fenómeno del poeta sabio, dotado con una
sabiduría eterna y universal.
Hace ya algunos años,
escribí sin ninguna intención un poema titulado "Sabiduría".
La poesía no
es una espesura,
no importa cuán
deliciosa, donde
el asustado cervatillo del sentido pueda esconderse.
Esta es un historia
de sabiduría
aliada a las raíces de la vida.
Y por ello,
en lo oscuro
y ciego.
Un niño pequeño aún no atado
por los grilletes de cáñamo del lenguaje.
Con sólo diez palabras tintineantes
en su lengua.
Dentro de la camisa de fuerza de la enfermedad,
lleva más peso del que un hombre puede soportar.
En una caja blanca que asemeja una montaña de cristal,
ante la que todos los caballeros
se desploman de pies a cabeza.
No hay nada en la mente que
no haya estado en la vida.
(En ese entonces
la meningitis tuberculosa
era frecuente.)
Una noche de Navidad obtuvo sus primeros
juguetes, una jirafa y un coche rojo.
Y en el corredor lejos de este
continente había un árbol de Navidad
con lágrimas en los ojos.
No hay nada en la vida que
no haya estado en la mente.
Y el niño
pequeño jugaba, en medio
de los síntomas y el valle azul
del cuadro de la fiebre,
Y entre dos punzadas lumbares,
no muy distinto
a estar crucificado,
Jugaba con su jirafa y un coche rojo
que representaban
su corona enjoyada de tiempo,
todas las Navidades y
todos los Duendes del mundo.
Y cuando le preguntamos
qué otra cosa quería
Él dijo con una mirada febril
desde el más allá:
Nada.
La sabiduría no está en las multitudes
sino en el uno.
(En ese tiempo
la meningitis bacilar
aún era fatal.)
Era una muy blanca
Navidad,
la nieve hasta las raíces,
el hielo hasta el cielo,
Y el tremor de la montaña de cristal
perceptible bajo nuestras manos.
Y él sólo jugaba.
Aún ahora, muchos
años después de haber escrito este poema, sigo creyendo
que habla de la sabiduría. Pues la sabiduría es una
restricción, una moderación y un silencio, que no
provienen necesariamente de la meditación, el razonamiento
o la lectura de los clásicos. Y esta clase de sabiduría
está conectada y relacionada con las verdaderas raíces
de la vida.
A diferencia del filósofo
Capek, el niño fatalmente enfermo en el poema no puede hacer
ninguna otra cosa. Los filósofos sanos pueden y deben utilizar
sus mentes para algo más que la paz interior y la poesía,
puesto que tienen una opción de la que otras personas carecen.
Mi poema versa sobre esa situación límite en la que
la sabiduría es el último recurso, el acto de una
mente sencilla que no tiene opción. Esta forma de sabiduría
es una función de la situación existencial. Es una
sabiduría heroica que nos conduce a pensar en el Galileo
de Bertolt Brecht y su deseo de que prescindamos de los héroes.
Esta clase de sabiduría
es un estado de la mente, tal vez el estado fundamental de la mente,
y carece de atributos de sensatez y aprendizaje. No es la máxima
perfección del hombre, como en el confucionismo; es simplemente
una especie de endorfina mental: una clara aplicación metafórica
(pero igualmente obvia) de la palabra.
En todo caso, se trata
de una clase específica de sabiduría. Existen obviamente
muchas otras clases. Recientemente, me sacudió un artículo
del biólogo y filósofo Stanislav Komárek:
El deseo de hacer
acopio de sabiduría es muy raro y poco convencional en
nuestra era, así que... es necesario dar una breve definición
de lo que es. La mejor definición podría ser que
la sabiduría es la capacidad de discernir qué es
lo esencial en una situación dada, y qué no lo es...
Un hombre sabio puede utilizar lo esencial para obtener cierto
beneficio... La ciencia moderna estuvo, en sus más remotos
orígenes, relacionada con la búsqueda de la sabiduría,
pero ahora se ha emancipado totalmente de ella. En el enorme sistema
centrado en el individuo, representado igualmente por el sistema
de instituciones y agencias de investigación, la pregunta
acerca de lo esencial se considera un absurdo... Por el contrario,
la maquinaria de las instituciones científicas representa
una buena protección contra esta interrogante.
Temo que éste
sea un uso incorrecto de la metáfora de sabiduría.
Discernir qué es lo esencial en una situación concreta
es una cualidad biológica fundamental. Cada rana debe poder
discernir las huellas de su presa y de su alimento, del depredador
que la acecha y del ángel de la muerte. Cada célula
debe discernir los mensajes esenciales y no esenciales mediante
la exposición de los receptores adecuados. En una ocasión,
yo mismo etiqueté al sistema inmunológico como la
sabiduría interior del cuerpo, en un sentido metafórico.
Puede decirse que la sabiduría y la respuesta inmunológica
comparten tanto un rasgo como un valor.
De aquí se desprende
un segundo uso metafórico del término sabiduría.
Si la ciencia moderna institucionalizada debe ser excluida del terreno
de la sabiduría, uno debe preguntarse si la única
sabiduría es aquella que concierne a las aspiraciones humanas
espirituales y metafísicas, o si en realidad puede concernir
a todos los problemas de la existencia humana, tales como la sobrevivencia,
el progreso técnico y la salud. No puedo aceptar la idea
de que la sabiduría esté por completo en las operaciones
de la mente, y de que sea algo en esencia impráctico, inoperante,
inclusive esotérico.
Más aún,
la exclusión de la ciencia del dominio de la sabiduría
se debe a una confusión básica acerca de su práctica.
No puedo imaginar ninguna disciplina científica moderna que
sea capaz de funcionar con éxito sin el cuestionamiento de
qué es lo esencial frente a cada situación concreta.
La ciencia es el arte de encontrar soluciones; en rigor, requiere
no sólo educación y experiencia, sino también
firmeza en el juicio, restricción y moderación. Estos
atributos son necesarios para definir lo que tiene solución,
y poder así escapar de fantasmagorías como el marxismo-leninismo
ruso y la "ciencia de la Creación".
En este sentido, la
sabiduría es una de las preocupaciones de la ciencia moderna.
La ubicamos en la sociedad moderna y en la posmoderna; aunque Belinsky,
el teórico literario ruso, advirtió hace más
de ciento cincuenta años: "Para despreciar y degradar
a la ciencia, la razón y el arte son imprudentes."
La exclusión
de la ciencia moderna de la esfera de la sabiduría se debe
también al malentendido rutinario que ve en la ciencia contemporánea
un discurso, un artificio de palabras o una forma de interpretación
filosófica. La ciencia contemporánea es una sabia
instrucción técnica; sabia porque nos proporciona
una técnica para utilizar las capacidades humanas en este
planeta tan humano. Es, por cierto, el único componente de
la cultura que no puede ser opacado por palabras y por nociones
vagas acerca de lo que puede ser esencial. La ciencia y la tecnología
son los medios de la sobrevivencia humana.
Las definiciones de
sabiduría que excluyen a la ciencia en esta etapa de
la historia del planeta no son más que metáforas
eminentemente flojas.
Además, el sentido
de lo esencial cambia siglo tras siglo, año tras año.
Justo ahora, la ciencia es el único campo de la actividad
intelectual en el que tenemos algo real que nos permite ser hábiles
y sabios a un mismo tiempo, parafraseando a Peter Medawar. Y la
actividad intelectual, aun cuando se le llame sabiduría,
no es precisamente una forma de folklore. Es la esencia de la existencia
humana en este mundo más o menos comprensible, que se pandea
constantemente frente a hechos duros y palabras suaves y oscuras.
Tal vez podamos aclarar
esto si por un momento volvemos a las raíces y tradiciones
de la noción de sabiduría. De acuerdo con el Websters
Third New International Dictionary, la sabiduría es el
principio mediador o la personificación de la voluntad divina
en la creación del mundo. La expresión sabiduría
fue aplicada metafóricamente a las enseñanzas de los
antiguos profetas en Babilonia, Egipto y Palestina; enseñanzas
que se ocupaban del arte de vivir y, algunas veces, de problemas
filosóficos. En este sentido, la sabiduría constituye
una clase de literatura, como los libros de Job, los Proverbios,
el Eclesiastés y el Cantar de los Cantares en el Antiguo
Testamento.
La idea de la inspiración
divina ha permanecido asociada desde entonces a la metáfora
de sabiduría en la comprensión popular. Esto explica,
en parte, la exclusión de la sabiduría de las aspiraciones
personales de la gente común, con algunas notables excepciones
que adoptan la forma
de paranoias.
Existen otra acepciones
de la palabra sabiduría. Por ejemplo, el sentido que
adopta la expresión en términos literarios, ya sea
como aforismo o personificación. Actualmente, se dice que
sugiere introspección y sagacidad, sentido común,
sano juicio, prudencia, cordura, información acumulada, aprendizaje
y su aplicación inteligente. Separar los dominios de la sabiduría
y de la ciencia es un error cuyos orígenes se hallan probablemente
en la lexicología.
El conocimiento acumulado
y persistente de las metáforas de la sabiduría ha
pagado su cuota de malentendidos. A la cultura y sus difusores,
los intelectuales, se les atribuye la capacidad de alcanzar y adquirir
sabiduría; en cuanto a los políticos y tecnócratas,
pueden poseer poder, pero rara vez sabiduría. Poder significa
corrupción; intelecto, introspección profunda y sagacidad.
Esta polarización simplista se observa frecuentemente en
las nuevas democracias de Europa central: sucedió justo frente
a nuestros ojos, en el lapso que el cine emplea para simular la
formación de nubes o movimientos celulares. En unos cuantos
años, personas con biografías y currículums
casi idénticos, se diferenciaron entre sí mismos en
políticos pragmáticos de un lado, y en portadores
de la bandera de los independientes, libres y responsables del otro.
Estos últimos siempre se mantuvieron a la oposición;
siempre como idealistas (en la acepción que Péguy
da a la palabra: los idealistas deben tener las manos limpias, si
es que las tienen). Estos adalides de la autonomía se mantienen
fuera de la maquinaria política y sus engranajes, conservando
su sabia independencia.
Naturalmente, la sabia
independencia es relativa. Uno puede mantenerse al margen de la
burocracia de los partidos políticos, del primer ministro,
de las regulaciones del tráfico, pero esto a la vez implica
que seremos más dependientes de nuestros propios idola-mentis,
ídolos de la mente, de los idola-fori, ídolos
del mercado, y de nuestros propios instintos y desviaciones neurohormonales.
Es imposible saber la medida en la que los instintos personales
y las desviaciones pueden considerarse como constituyentes de la
sabiduría. En la mayoría de los casos, conducen a
remontar los límites evidentes de la libertad hacia la anarquía.
El verdadero yo de
un intelectual libre se basa en la integridad. Pero hoy la integridad
no se da en abundancia entre los nuevos políticos y los sabios
intelectuales; es un atributo más bien escaso. Lo que sucede
es que resulta más sencillo alcanzar esta pretendida integridad
y sabiduría para aquellos intelectuales que, como regla,
eluden el escrutinio de la opinión pública y de los
reporteros insensibles. También es verdad, como ha apuntado
el estudioso de la biología cognoscitiva Ladislav Kovak,
que los intelectuales tienen anhelos que con frecuencia no pueden
satisfacer. En compensación, desarrollan complejos morales
y ansiedades que interfieren con la inteligencia. No hemos sido
elegidos, dice Kovak, para reconocer los motivos profundos de nuestro
comportamiento, y los intelectuales se encuentran entre los ejemplos
más coloridos.
Los intelectuales oponen
a la ilusión de poder de los políticos una ilusión
de trascendencia "hecha en casa"; pues, sin duda, "para
los placeres de la trascendencia tenemos nuestros filósofos,
que hacen de todas las cosas cotidianas y familiares objetos supranaturales
y sin sentido", como dice Shakespeare en All Well
That Ends Well. Pero la intimidad del alma humana, escribe Milan
Kundera, pierde su encanto en el momento en que la historia "toma
al hombre por su parte más débil". No conozco
un solo ejemplo de un Diógenes que haya escapado a la historia.
Con la excepción, por supuesto, de los psicópatas
más conocidos.
En las palabras del
filósofo checo Václav Belohradsky, existe una permanente
confusión entre la dicotomía verdadero-falso
y la dicotomía sacro-profano. La base intelectual
que pudo haber conducido, en condiciones históricas muy específicas,
al Holocausto y al Gulag se halla acaso en el concepto del compromiso
intelectual como una lucha por un mundo basado en verdades sacras
en oposición al falso mundo profano. Yo asumo que la metáfora
de la sabiduría es aplicable a todas las profesiones. No
hay nada nuevo en ello. Cicerón escribió hace ya tiempo
que tener nueve décimas de sabiduría significa ser
sabio en el momento apropiado, y que nadie es realmente sabio si
no es audaz. La sapientia romana implicaba deliberación
política, y constituía la mayor virtud en combinación
con la virtus valentía. Tiempo después, Bertolt
Brecht dijo que el único indicio de sabiduría en un
hombre sabio era su comportamiento.
La constitución
de una intelectualidad saludable requiere no sólo de una
sabiduría relativa al discurso racional, el conocimiento
y la introspección, sino también de un pensamiento
operacional y un enfoque experimental que hagan posible la buena
administración de las cosas. No únicamente la sabiduría
de la barba larga, ocasionalmente profética, sino también
la sabiduría de la mano hábil.
Esto no es un postulado
académico. En nuestra historia reciente tenemos el ejemplo
del presidente y filósofo o científico social Masaryk.
El actual presidente de la República Checa, Václav
Havel, también responde al requisito de Brecht.
Lo que atestiguamos,
sin embargo, entre muchos intelectuales en las nuevas democracias,
en lugar de compresión y actividad política, es un
movimiento masivo hacia la metáfora oriental de sabiduría
como pasividad. Paradójicamente, ésta proviene de
occidente. Para checos, húngaros y polacos, lo que proviene
de occidente es superior a cualquier otra cosa, especialmente si
fue prohibido por los comunistas. Si el zen, el yoga, la introspección
espiritual y la meditación provienen de la India o de China
son tan sospechosos como la medicina pavloviana de Rusia. Pero obtener
las mismas cosas de California es estimulante y da prestigio. Unirse
a una secta de Utah es aún más interesante que unirse
a una secta de Uttar Pradesh. Y así se explica la oleada
de gurús más o menos comerciales de la India y la
Ciencia Cristiana, como ejemplos espléndidos de sabiduría
superior, que ofrecen soluciones medievales sencillas para los problemas
del siglo veinte. Un profeta indio, con barba, de ojos negros y
turbante es considerado experto en todo, desde la termorregulación,
pasando por el consumo de oxígeno, hasta la misma eternidad.
Bajo esta forma, la
sabiduría no sólo es una metáfora, sino también
un mensaje paranoico. Paranoia no por su lugar de origen, sino por
su destino. Paranoia como en el transplante de un riñón
adicional a un paciente al que le funcionan normalmente sus riñones.
Sin embargo, la sabiduría oriental, como mensaje universal
del universo, supone la sabiduría más profunda que
se puede obtener.
Temo que muchos poetas
se inscriban en esta forma de sabiduría, convirtiendo al
buen filósofo Capek en un idiota. Mi hijo, con meningitis
bacilar, está protegido contra esto, pero sólo porque
se está muriendo.
¿Es posible acceder
a la verdad mediante la meditación y la introspección,
o necesitamos toda la información de la que puede disponer
un ciudadano inteligente, aquel que no quiso ni quiere olvidar lo
que aprendió en el bachillerato? Para un gurú hindú,
en una remota aldea india, la verdad y la sabiduría tal vez
se adquieran mediante la observación del cielo azul montado
sobre alguna ruina arqueológica. Para un gurú hindú
en Europa, y para cualquier sabio europeo, en cualquier parte del
mundo, la información científica y tecnológica
es el primer paso inevitable hacia la comprensión del mundo
y la sobrevivencia en una civilización dinámica. Sustituir
información por meditación es tan tonto como sustituir
un motor de jet por velas. En esta cultura, las aterciopeladas sabidurías
orientales son sabidurías fuera de lugar, a pesar de que
puedan ser útiles en la curación de algunos desórdenes
mentales.
Esta sabiduría
fuera de lugar tiene consecuencias muy tangibles. Fuerzas sobrenaturales
guían la vida diaria. Se recurre a psíquicos para
ayudar a la policía a descubrir a terroristas. La curación
por la fe se convierte en una profesión remunerativa. En
Checoslovaquia tenemos registrados a 20,000 curanderos (y muchos
más no registrados), comparados con los 7,500 del Reino Unido.
Esto resulta más barato que la medicina oficial, el rumor
circula, y la cirugía psíquica filipina se exhibe
en la televisión bajo el comentario sobrecogedor de ¿quién
sabe?. Las zonas geopatogénicas son abundantes y también
los dispositivos comerciales para bloquearlos. Aun los políticos
sienten esta debilidad por la ciencia alternativa. Las doctrinas
orientales deben ser superiores: ved qué tan viejas son.
La mitología
"verde" ecologista se basa en la noción
de la sabiduría eterna de la naturaleza, nuevamente con un
toque oriental, y con raíces en el anhelo posmoderno de la
relativización de la ciencia y la condenación de todas
las nuevas tecnologías (curiosamente siempre se excluye a
la tecnología que transmite la propaganda pertinente). La
sabiduría de la naturaleza como parte de la mitología
verde es la más atractiva de todas las metáforas de
la sabiduría.
Un problema con la sabiduría
de la naturaleza es que nadie puede trazar la línea divisoria
entre naturaleza y hombre: ¿No acaso es natural mi neurona,
mientras que la de una zarigüeya sí lo es? ¿Es
natural la neocorteza de nuestro cerebro? ¿Es una mosca doméstica
parte de la naturaleza? ¿Es una espiroqueta libre distinta
de una Treponema pallidum en la sangre de Sócrates
y de las espiroquetas que, según Lynn Margulis, se convirtieron
en constituyentes de nuestros órganos sensoriales? ¿Eran
los indios kwakiutl (con sus espíritus caníbales)
más naturales que los colonizadores blancos que fundaron
Portland, Oregon, en 1844?
¿Es natural
un adenocarcinoma, y es menos natural el adenocarcinoma del pulmón
provocado por el cigarrillo? ¿Por qué destruimos el
Corynebacterium diphtheriae cuando es tan natural, a pesar
del hecho de que no desea matarnos, y mata únicamente cuando
ha capturado un virus, un devorador?
Por naturaleza, usualmente,
nos referimos a la campiña, la que fue transformada por la
actividad humana cientos de años atrás. Por hombre,
normalmente, nos referimos al resultado de una antropogénesis
natural que creó civilizaciones en vez de sucumbir a los
desastres naturales.
Y aun así, los
desastres son un componente de aquella sabiduría que a su
vez devino una fuerza decisiva en la evolución planetaria.
Es de suponer que la ingeniería genética de los tomates,
el ganado y la hemofilia no es un simple entretenimiento con la
naturaleza. Tampoco lo es el combate a los retrovirus como el VIH.
Y sin embargo, se supone que debemos considerar los derechos de
los animales después de 11,000 años de domesticación,
no obstante que nos enfrentamos a hechos concretos. La única
alternativa en la experimentación animal es la experimentación
en pacientes. El problema de la sobrepoblación no puede resolverse
dejando que ciertas poblaciones mueran, ni tampoco permitiendo que
la naturaleza tome simplemente su curso, tal y como lo recomienda
la "sabiduría" de la Iglesia Católica Romana.
La vida es una ofensiva
dirigida en contra de los mecanismos repetitivos del universo, dijo
Alfred North Whitehead. Pero eso no significa que esta ofensiva
sea la mejor en la que uno pueda pensar. Lo que queremos decir por
sabiduría y razón es por definición superior
a lo que la naturaleza quiere decir. La metáfora es más
sabia que su autor, dijo Georg Lichtenberg.
Escuchando a los fundamentalistas
verdes y rosas, siempre recuerdo la crítica de François
Jacob sobre la sabiduría de la naturaleza en el caso del
ser humano: "El desarrollo de una neocorteza dominante, apoyada
en un sistema nervioso y uno hormonal caducos, en parte autónomos,
y en parte situados bajo el tutelaje de la neocorteza, todo este
proceso de evolución se parece más bien a un trabajo
parchado. Es como adaptar un motor de jet a un carruaje de caballos.
Difícilmente se puede uno sorprender si ocurren accidentes".
En términos satíricos, el cerebro es un instrumento
mediante el cual creemos que pensamos, dijo Julian Tuwim. En los
puntos críticos, el trabajo parchado de la evolución
natural puede ser corregido mediante nuevas formas de evolución,
basadas en la información y la erudición, que representan
a una sabiduría límite, como alguna vez lo sugerí
en el poema "Por supuesto".
Por supuesto,
la primera filosofía
es la filosofía del hígado, de los riñones,
del músculo cardiaco,
islotes pancreáticos,
médula ósea roja,
y células del tallo,
infinitas en su propio estilo.
En el programa socrático
del transplante,
ese discurso del cuerpo, cuchillo y electrónica
un yo no espiritual se cruza con otro,
mientras que un virtuoso automático
toca un solo de violín, acompañado por una orquesta
de trompetas mudas.
Mozart debe haber deseado obtener un riñón,
Spinoza estuvo esperando unos pulmones nuevos,
y Kierkegaard necesitaba un corazón,
o por lo menos una válvula.
Todo en vano.
Puesto que
esa carne sangrienta
en las garras de los pájaros de la caverna de la narcosis
es la única sabiduría verdadera
nueva, real,
y transmisible.
Nos encontramos ante
un situación límite y última, en la que la
sabiduría se manifiesta no en palabras sino en acción.
Sólo la sabiduría informada y entrenada por
lo mismo colectiva puede salvar vidas y ser sabiduría
verdadera.
He hablado de cinco
metáforas de la sabiduría: a) como un estado
de la mente; b) como una endorfina o resignación;
c) como una función biológica básica;
d) como función tradicional de los profetas; y e)
como la mítica sabiduría verde de la naturaleza. Incluso
los poetas deberían estar al tanto de lo que pueden ser la
sabiduría y sus metáforas, y cuáles son las
reglas del juego. Aquí vuelvo a mi poema en prosa "Zito,
el Mago".
Para divertir a su
majestad real, él podrá cambiar el agua
en vino.
Ranas en lacayos.
Escarabajos en mayordomos. Y hacer un ministro de una rata. Se
inclina y de la punta de sus
dedos nacen malvas, y un pájaro parlanchín se posa
en
su hombro.
Ahí.
Inventa algo diferente,
exige su majestad real. Piensa en una estrella negra. Así,
él inventa una estrella negra. Inventa agua seca. Y él
inventa el agua seca. Piensa en un río atado con banda
de paja. Y así lo hace.
Ahí.
Entonces llega un
estudiante y dice: inventa un seno de alfa más grande que
uno.
Y Zito se torna pálido
y triste: Lo lamento terriblemente. El seno está entre
más uno y menos uno. No se puede hacer nada al respecto.
Y deja el gran imperio real, toma su camino en silencio a través
de la multitud
de cortesanos, hacia su hogar en una
cáscara de nuez.
Sin ninguna relación
con el mundo real, la poesía puede convertirse en un juego
de palabras, y en un parloteo acerca de qué es más
o menos interesante. "No obstante hay momentos," dijo
Seamus Heaney en su conferencia al recibir el Nobel en 1995, "en
que surge una necesidad más profunda, cuando queremos que
el poema no sólo sea placentero, sino también sabio,
no únicamente una sorprendente variación del mundo,
sino un retorno del mundo mismo... (esto es una necesidad para la
poesía)... como un orden verdadero ante el impacto
de la realidad externa y... sensible ante las leyes interiores del
poeta." Es urgente que el Premio Nobel sea otorgado a
un poeta que vea la poesía como una orden y una función
de la sabiduría en el sentido literal de la palabra. En un
tiempo en el que el nihilismo posmodernista y el relativismo prevalecen
en nuestra poesía, irrelevante en función de su irrelevancia,
Heaney comenta: "A lo que yo aspiraba no era precisamente a
la estabilidad, sino a un escape activo de las arenas movedizas
del relativismo, una manera de acreditar a la poesía sin
ansiedad."
Acaso sea éste
el aspecto de la poesía que Richard Rorty tenía en
mente cuando sugirió que en el futuro la poesía podría
tener más importancia que la filosofía. Richard Kearney,
el filósofo crítico irlandés, explica:
El juego libre de
la imaginación no tiene rival, no sólo en la poética
sino también en la ética... Cuando la ética
se abandona a sí sola... significa degenerar en una moralización
sin inspiración. La ética requiere de poemas como
un recordatorio de que la responsabilidad hacia otra persona incluye
la posibilidad del juego, de la libertad y la alegría,
justo como los poemas necesitan de la experiencia de otra persona...
y aspiran radicalmente a esta experiencia... Pues (ambas son)
un acto hermenéutico de ser-para-alguien-más.
Es significativo que
Heaney y Kearney hablen de alegría y de placer. Alegría
y placer no son estados de la mente bien conocidos en nuestras latitudes,
no obstante que son más cercanos a la actual sabiduría
que al sadismo de Capek.
La razón por
la cual algunos de nosotros quisiéramos ser sensibles a la
sabiduría y sus aspectos prácticos puede encontrarse
en los cuarenta años que hemos pasado bajo la regla de una
ignorancia arrogante y pomposa. Josef Capek observó que el
antónimo de la sabiduría no es la estupidez sino la
locura: la fatuidad pomposa. Hay momentos en que uno aprecia la
sabiduría como una restricción, una moderación
y un último recurso. Un intelectual sabio, escribió
Albert Camus, es aquel cuya mente se vigila a sí misma.
©Miroslav
Holub. Ensayo aparecido en Shedding life. Disease, politics,
and other human conditions. Minneapolis, MN,
Milkweed Editions, 1997.
Traducido
del inglés por Pedro Schneider
Miroslav
holub, "La sabiduría y sus metáforas",
Fractal
n° 7, octubre-diciembre,
1997, año 2, volumen II, pp. 45-62.
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