|
¿Qué decir
del cine sino que, al filo de su evolución y su progreso
técnico, desde el filme mudo al hablado, del color a la alta
tecnología de los efectos especiales, la ilusión,
en su sentido fuerte, se ha puesto en retirada? Es por medio de
esta tecnología, de esta eficiencia cinematográfica,
como la ilusión se retira. El cine actual desconoce la ilusión
y la alusión: se encadena bajo un modelo hipertécnico,
hipereficaz, hipervisible. Nada de blanco, nada de vacío,
nada de elipse, nada de silencio, nada más que la televisión,
con la que se confunde cada vez más, perdiendo la especificidad
de sus imágenes; nos dirigimos hacia la alta definición,
es decir a la perfección inútil de la imagen, que
de golpe ya no es una imagen a fuerza de producirse en tiempo real.
Cuanto más nos acercamos a la perfección de la imagen,
más se pierde su poder de ilusión.
Basta con pensar en
la Ópera de Pekín: la forma en que, con el simple
movimiento dual de dos cuerpos en una barca, se puede imitar la
corriente viva, la forma en que dos cuerpos se evitan, se mueven
cada vez más uno hacia el otro, sin siquiera tocarse, en
una cópula invisible, logrando imitar la presencia física
sobre la escena de la oscuridad donde se libraba el combate. La
ilusión era total e intensa; más que estético,
un éxtasis físico, justamente porque se le había
arrancado toda presencia realista de la noche y del río,
y donde solamente los cuerpos tenían a su cargo la ilusión
natural. Hoy veríamos venir cubetadas de agua sobre la escena,
el duelo se tornaría infrarrojo, etc. Miseria de la imagen
sometida, como en la Guerra del Golfo en CNN.
Pornografía de la imagen en tres o cuatro dimensiones, de
la música en tres o cuatro o cuarenta y ocho pistas y aún
más, siempre ajustándose a lo real, añadiendo
lo real a lo real para lograr la ilusión perfecta (la de
la semejanza, la del estereotipo realista), que mata toda ilusión
en profundidad. Es el porno, que añade una dimensión
a la imagen del sexo, en detrimento de la dimensión del deseo
y descalificando toda ilusión seductora. El apogeo de esta
desimaginación de la imagen, de estos esfuerzos inútiles
para hacer que una imagen deje de serlo, es la imagen de síntesis,
la imagen numérica, la realidad virtual.
Una imagen es justamente
una abstracción del mundo en dos dimensiones, aquello que
hurta una dimensión al mundo real y por lo mismo inaugura
el poder de la ilusión. La virtualidad, por el contrario,
nos hace entrar en la imagen, recreando la imagen realista en tres
dimensiones (añadiendo también una suerte de cuarta
dimensión a lo real para volverse hiperreal), destruye esta
ilusión (el equivalente de esta operación en el tiempo
es el "tiempo real", que cierra la espiral del tiempo
sobre sí mismo en la instantaneidad, y que anula toda ilusión
del pasado, así como del futuro). La virtualidad tiende a
la ilusión perfecta. Pero no se trata para nada de la misma
ilusión creadora que es la de la imagen (del signo, del concepto,
etcétera). Se trata de una ilusión "recreadora",
realista, mimética, hologramática. Pone fin al juego
de la ilusión por medio de la perfección de lo reproducido,
de la reedición virtual de lo real. No busca más que
la prostitución, la exterminación de todo lo real
por su doble. En el otro lado está el tromp loeil,
que hurta una dimensión a los objetos reales, entregando
su presencia mágica y recuperando el sueño, la irrealidad
total en su exactitud minuciosa. El tromp loeil es
el éxtasis del objeto real en su forma inmanente, es lo que
añade al encanto formal de la pintura el encanto espiritual
del señuelo, de la mistificación del sentido. Porque
lo sublime no es suficiente, lo sutil es necesario, la sutileza
que consiste en apartar lo real y tomarlo literalmente. Esto hemos
desaprendido de la modernidad: la sustracción es la que otorga
la fuerza, la ausencia nace del dominio. No hemos cesado de acumular,
adicionar y sobrepujar. Y no somos ya capaces de enfrentar el misterio
simbólico de la ausencia; es por ello que estamos ahora hundidos
en la ilusión invertida, la ilusión de la profusión,
la del desencantamiento, en la ilusión moderna de la proliferación
de los filtros y las imágenes.
El
arte, ilusión exacerbada
Hay una gran dificultad
para hablar de la pintura actualmente, porque existe una gran dificultad
para verla y la mayor parte del tiempo no quiere ser vista, sino
absorbida visualmente, circular sin dejar huella.
Esta sería, de
alguna manera, la forma estética simplificada del intercambio
imposible. Y el discurso que rendiría mejor cuenta de ella
sería un discurso que no tiene nada que decir. El equivalente
de un objeto que ya dejó de serlo.
Pero un objeto así
no es precisamente nada, es un objeto que no cesa de obsesionar
por su inmanencia, su presencia vacía e inmaterial. Todo
el problema se encuentra, en los confines de la nada, en materializar
esa nada; en los confines del vacío, en trazar la filigrana
del vacío; en los confines de la indiferencia, en jugar según
las reglas misteriosas de la indiferencia.
El arte no es nunca
un reflejo mecánico de las condiciones positivas o negativas
del mundo, es la ilusión exacerbada, el espejo hiperbólico.
En un mundo dirigido a la indiferencia, el arte no puede más
que contribuir a esta indiferencia: girar en torno al vacío
de la imagen, del objeto que ya dejó de serlo. Así,
el cine de autores como Wenders, Jarmusch, Antonioni, Altman, Godard,
Warhol, explora la insignificancia del mundo por la imagen, y por
medio de sus imágenes contribuye a la insignificancia del
mundo, ayuda a su ilusión real o hiperreal; mientras que
un cine como el de los últimos Scorsese, Greenaway, etc.
no hace más que reemplazar el vacío de la imagen bajo
la forma de una maquinación barroca, high tech, por
medio de una agitación frenética y ecléctica,
y que por lo tanto contribuye a la desilusión imaginaria.
Como los simulacionistas de Nueva York, que al hipostasiar el simulacro
no hacen más que hipostasiar la pintura misma como otro simulacro,
como si fuera una máquina que se captura a sí misma.
Así también
en esos casos (bad painting, new painting, instalación
y performance), la pintura se reniega, se parodia, se vomita
a sí misma. Deyecciones plastificadas, vitrificadas, congeladas.
Administración del desecho, inmortalización del desecho.
No hay la posibilidad de una mirada, de aquello que suscita la mirada,
porque, en todos los sentidos del término, aquello ha dejado
de mirarnos. Si eso ya no nos mira, nos deja completamente indiferentes.
Y esta pintura en efecto se ha vuelto por completo indiferente a
sí misma en cuanto pintura, cuanto que arte, cuanto que ilusión
más poderosa que lo real. No cree en su propia ilusión,
y cae irremediablemente en el ridículo de la simulación
de sí misma.
La
desencarnación del mundo
La Abstracción
fue la gran aventura del arte moderno. En su fase "irruptora",
primitiva, original, ya sea expresionista o geométrica, formaba
todavía parte de una historia heroica de la pintura, de una
deconstrucción de la representación y de un relumbre
del objeto. Al volatilizar su objeto, es el objeto mismo de la pintura
el que se aventura a los confines de su propia desaparición.
Pero las formas múltiples de la abstracción contemporánea
(y también la Nueva Figuración) están más
allá del avatar revolucionario, más allá de
la desaparición "en el acto": no aportan más
que una traza en el campo indiferenciado, banalizado, desintensificado
de nuestra vida cotidiana, la banalidad de las imágenes que
ha entrado en las costumbres. La Nueva Abstracción, la Nueva
Figuración, no se oponen más que en apariencia; de
hecho trazan por igual la desencarnación de nuestro mundo,
ya no en su fase dramática, sino en su fase banalizada. La
abstracción de nuestro mundo se adquiere de aquí en
adelante, y desde hace tiempo, en todas las formas de arte en un
mundo indiferente, portando los mismos estigmas de la indiferencia.
No se trata ni de una negación ni de una condena, así
son las cosas. Una pintura actual auténtica debe ser también
indiferente a sí misma porque el mundo la ha convertido en
eso, una vez desvanecidas las puestas en juego esenciales. El arte
en su conjunto no es otra cosa que el metalenguaje de la banalidad.
¿Será posible que esta simulación desdramatizada
pueda seguir al infinito? Cualquiera que sean las formas mismas
de que nos sirvamos, nos hemos dirigido durante mucho tiempo hacia
el psicodrama de la desaparición y de la transparencia. No
hace falta engañarnos con una falsa continuidad del arte
y de su historia.
En breve, y para retomar
la expresión de Benjamin, existe un aura del simulacro así
como había un aura de lo original, hay una simulación
auténtica y una simulación inauténtica.
Esto puede resultar
paradójico, pero es cierto: hay una "verdadera"
y una "falsa" simulación. Cuando Warhol pinta sus
Sopas Campbell en los años sesenta, se trata de un
atisbo del brillo de la simulación y de todo el arte moderno:
de un solo golpe, el objeto-mercancía, el signo-mercancía
se vuelve sagrado de una manera irónica: es el único
ritual que nos queda, el ritual de la transparencia. Sin embargo,
cuando pinta las Soup Boxes en 1986, ya no hay fulgor, ya
está en el estereotipo de la simulación. En 1965,
se atacaba el concepto de originalidad de una manera original. En
1986, se reproduce la inoriginalidad de una manera poco original.
En 1965, es todo el traumatismo estético de la mercancía
irrumpiendo en el arte, tratado de una forma al mismo tiempo ascética
e irónica (el ascetismo de la mercancía, su lado a
la vez puritano y férrico, enigmático, como decía
Marx) y que simplifica de un solo golpe la práctica artística.
La genialidad de la mercancía, el genio maligno de la mercancía,
suscita una nueva genialidad del arte: el genio de la simulación.
Nada queda de esto en 1986, o se trata simplemente del genio publicitario
que viene a ilustrar una nueva fase de la mercancía. Es de
nuevo un arte oficial que viene a estetizar la mercancía,
que recae en la estetización cínica y sentimental
que estigmatizaba Baudelaire. Se puede pensar que se trata de una
ironía superior más que de rehacer la misma cosa veinte
años después. No lo creo así. Yo creo en el
genio (maligno) de la simulación, no en su fantasma. Ni en
su cadáver, aunque sea en estéreo. Sé que dentro
de algunos siglos no habrá ninguna diferencia entre una villa
pompeyana verdadera y el museo Paul Getty en Malibu, ni tampoco
alguna diferencia entre la Revolución Francesa y su conmemoración
olímpica en Los Angeles durante 1989, sin embargo nosotros
vivimos todavía en esa diferencia.
Las
imágenes que nada tienen que ver
Todo el dilema está
en esto: o bien la simulación es irreversible y no hay un
más allá de la simulación, no hay un acontecimiento,
es nuestra banalidad absoluta, una obscenidad de todos los días,
el nihilismo definitivo y nos preparamos para una repetición
insensata de todas las formas de nuestra cultura en espera de un
nuevo acontecimiento imprevisible ¿pero de dónde
podría venir?; o bien hay por lo menos un arte de la
simulación, una cualidad irónica que resucita cada
vez las apariencias del mundo para destruirlas. De otra forma, el
arte no haría más que encarnar su propio cadáver,
como lo hace muy a menudo en estos días. No hace falta añadir
lo mismo a lo mismo y así hasta el abismo: esa es la simulación
pobre. Hace falta que cada imagen rete a la realidad del mundo,
hace falta que en la imagen alguna cosa desaparezca, pero no hace
falta ceder a la tentación del vaciamiento, de la entropía
definitiva, hace falta que la desaparición siga viva: ahí
está el secreto del arte y de la seducción. Hay en
el arte, tanto en el contemporáneo como en el clásico,
un doble postulado y por lo tanto una doble estrategia. Una pulsión
de vaciamiento, de borrar todas las huellas del mundo y de la realidad,
y una resistencia inversa a esta pulsión. Según palabras
de Michaux, el artista es "aquel que resiste con todas sus
fuerzas la pulsión fundamental de no dejar huellas".
El arte se ha vuelto
iconoclasta. La iconolatría moderna no consiste en herir
a las imágenes, sino en fabricarlas, una profusión
de imágenes donde no hay nada que ver.
Estas son literalmente
las imágenes que no dejan huella. Son sus consecuencias estéticas
propiamente hablando. Pero detrás de cada una de ellas algo
ha desaparecido. Ahí está su secreto, si es que tienen
alguno, y ahí está el secreto de la simulación.
En el horizonte de la simulación no solamente el mundo ha
desaparecido, sino la cuestión misma de su existencia ya
no tiene ya sentido.
Si se reflexiona en
esto, se trata del problema de la iconolatría en Bizancio.
Los iconoclastas eran gente sutil que pretendían representar
a Dios en las imágenes, disimulando al mismo tiempo el problema
de su existencia. Cada imagen era un pretexto para no reparar en
el problema de la existencia de Dios. Detrás de cada imagen,
en efecto, Dios había desaparecido. No estaba muerto, había
desaparecido, es decir que el problema dejaba de existir. El problema
de la existencia o de la inexistencia de Dios se resolvía
por la simulación.
Pero podemos pensar
que ésta era la estrategia de Dios para desaparecer justamente
tras las imágenes. Dios suplía estas imágenes
para desaparecer, obedeciendo él mismo a la pulsión
de no dejar huella. De este modo la profecía se cumplía.
Vivimos en un mundo de simulación, en un mundo donde la más
alta función del signo consiste en hacer desaparecer la realidad
y enmascarar al mismo tiempo esa desaparición. El arte no
hace otra cosa. Los medios actuales no hacen otra cosa. Es por esto
que están dirigidos al mismo destino.
Detrás de la
orgía de las imágenes cada cosa se oculta. El mundo
se disfraza detrás de la profusión de las imágenes;
ésta es otra forma de ilusión, una forma irónica
quizá (por ejemplo la parábola de Canetti acerca de
los animales: detrás de cada uno de ellos se tiene la impresión
de que algo humano se oculta y se burla de nosotros).
La ilusión, que
procedía de la capacidad de separarse de lo real a través
de la invención de las formas, de oponer otra escena, de
pasar al otro lado del espejo, la que inventa otro juego y otra
regla de juego, es imposible de ahora en adelante, porque las imágenes
se han pasado hacia las cosas. Ya no son el espejo de la realidad,
pues han cubierto el corazón de la realidad y la han transformado
en hiperrealidad donde de filtro en filtro no hay otro destino para
la imagen que la imagen. La imagen ya no puede imaginar lo real,
porque ella misma es lo real y no puede trascenderlo, transfigurarlo
ni soñarlo, porque se trata de una imagen efectivamente virtual.
En la imagen virtual es como si las cosas hubiesen avalado su propio
espejo.
Habiendo avalado su
espejo, han devenido transparentes en sí mismas, ya no tienen
secreto, ya no pueden hacer la ilusión (porque la ilusión
está ligada al secreto, al grado de que las cosas están
ausentes de sí mismas, se retiran de sí mismas en
sus apariencias); no hay más que transparencia, y las cosas,
todas ellas presentes en sí mismas, en su visibilidad, en
su virtualidad, en su transcripción despiadada (eventualmente
en términos numéricos en todas las últimas
tecnologías), no se inscriben más que bajo un filtro,
bajo los millones de filtros en el horizonte, desde los cuales lo
real, pero también la imagen propiamente hablando, han desaparecido.
Todas la utopías
de los siglos XIX y XX
han expulsado la realidad de la realidad, y nos han dejado en una
hiperrealidad vacía de sentido, ya que toda perspectiva final
ha sido como absorbida, digerida, dejando nada más que una
superficie sin profundidad como residuo. Puede ser que la tecnología
sea la única fuerza todavía capaz de religar los fragmentos
dispersos de lo real, ¿pero dónde se ha ido la constelación
del sentido? ¿Dónde se ha ido la constelación
del secreto?
Fin de la representación
entonces, fin de la estética, fin de la imagen misma en la
virtualidad superficial de sus filtros. Sin embargo y aquí
se encuentra un efecto paradójico quizás positivo
parece ser que, al mismo tiempo que la ilusión y la utopía
han sido expulsadas de lo real por la fuerza de todas nuestras tecnologías,
por medio de esas mismas tecnologías la ironía se
ha pasado hacia las cosas. Habría una contrapartida a la
pérdida de la ilusión del mundo, que resultaría
en una aparición de la ironía objetiva de ese mismo
mundo. La ironía como forma universal y espiritual del mundo.
Espiritual en el sentido de pensamiento vivo que, surge del corazón
mismo de la banalidad técnica de nuestras imágenes.
Los japoneses presentan una divinidad en cada objeto industrial.
Entre nosotros esta presencia está reducida a un jugueteo
irónico, pero es al mismo tiempo una forma espiritual.
El
objeto, amo del juego
Ya no hay una función
del sujeto, un espejo crítico donde se refleja la incertidumbre,
la sinrazón del mundo es el espejo del mundo mismo, del mundo
objetual y artificial que nos rodea y donde se reflejan la ausencia
y la transparencia del sujeto. A la función crítica
del sujeto ha sucedido la función irónica del objeto,
ironía objetiva y no ya subjetiva. A partir del momento en
que son productos fabricados, artefactos, signos, mercancías,
las cosas ejercen una función artificial e irónica
por su propia existencia. A mayor necesidad de proyectar la ironía
sobre el mundo real, la necesidad de otro espejo exterior que rinda
al mundo la imagen de su doble es mayor: nuestro universo nos ha
otorgado su doble, ya ha devenido espectral, ha perdido su sombra,
y la ironía de este doble incorporado deslumbra a cada instante,
en cada fragmento de nuestros signos, de nuestros objetos, de nuestras
imágenes y modelos. Ya no es el deseo, como hicieran los
surrealistas, de exagerar la funcionalidad, de enfrentar a los objetos
al absurdo de su función en una irrealidad poética:
las cosas se encargan de iluminarse irónicamente a sí
mismas, se despojan de su sentido sin esfuerzo, sin necesidad de
subrayar el artificio o el sin sentido a partir de la propia necesidad
de su propia representación, del encadenamiento visible,
demasiado visible, de su superficialidad, que crea en sí
misma un efecto de parodia. Después de la física y
de la metafísica, nos encontramos en la patafísica
de los objetos y de la mercancía, en una patafísica
de los signos y de lo operacional. Todas las cosas, privadas de
su secreto y de su ilusión, están condenadas a la
existencia, a la apariencia visible, a la publicidad, a hacer-creer,
a hacer-ver, a hacer-valer. Nuestro mundo moderno es publicitario
en esencia. Tanto así que se podría decir que ha sido
inventado nada más que para hacer publicidad en otro mundo.
No hace falta creer que la publicidad haya venido después
de la mercancía: hay, en el corazón de la mercancía
(y por extensión en el corazón de todo nuestro universo
de signos) un genio maligno publicitario, un embustero que ha integrado
la bufonería de la mercancía y su puesta en escena.
Un escenógrafo genial (quizás El Capital mismo)
ha dirigido al mundo hacia una fantasmagoría de la que todos
somos por fin víctimas fascinadas.
Todas las cosas quieren
hoy manifestarse. Los objetos técnicos, industriales, mediáticos,
todos los artefactos quieren significar, ser vistos, ser leídos,
ser registrados, ser fotografiados.
Ustedes creen fotografiar
alguna cosa por placer, pero de hecho es ella la que quiere ser
fotografiada, no son más que la figura de su puesta en escena,
secretamente, por la perversión autopublicitaria del mundo
circundante. Ahí está la ironía patafísica
de la situación. Toda metafísica ha sido en efecto
barrida por este trastrocamiento de la situación, donde el
sujeto no está ya en el origen del proceso, donde no es más
que el agente o el operador de la ironía del mundo. Ya no
es el sujeto quien se representa al mundo (¡Ill be
your mirror! ), es el objeto el que refracta al sujeto y que
sutilmente, a través de nuestras tecnologías, le impone
su presencia y su forma aleatoria.
Ya no es entonces el
sujeto el amo del juego, al parecer ha tenido lugar una especie
de inversión en la relación. Es el poder del objeto
que se abre camino a través de todo el juego de la simulación
y de los simulacros, a través del artificio mismo que nosotros
le hemos impuesto. Ahí está la revancha irónica:
el objeto se convierte en un atractor extraño, justo ahí,
en el límite de la aventura estética, del dominio
estético del mundo por el sujeto (pero también en
el fin de la aventura de la representación), pues el objeto
como atractor extraño no es ya un objeto estético
en sí.
Despojado de todo secreto,
de toda ilusión por la técnica misma, despojado de
su origen, en cuanto generado por sus modelos, despojado de toda
connotación de sentido y de valor, exorbitado, es decir,
desprendido de la órbita del sujeto al mismo tiempo que del
modo de visión determinado que forma parte de la definición
estética del mundo: es ahí donde se convierte, de
alguna forma, en un objeto puro, y que retoma algo de la fuerza
y de la inmediatez de las formas anteriores o posteriores a la estetización
general de nuestra cultura. Todos estos artefactos, todos estos
objetos e imágenes artificiales ejercen sobre nosotros una
forma de deslumbramiento artificial, de fascinación; los
simulacros ya no son simulacros, se reconvierten en evidencia material:
fetiches, puede ser, a la vez despersonalizados, desimbolizados
y con una intensidad máxima, investidos directamente como
medium, como lo es el objeto fetiche sin mediación
estética. Es quizá ahí donde nuestros objetos
más artificiales, los más estereotipados, recobran
una fuerza de exorcismo, al igual que las máscaras de sacrificio.
Exactamente como las máscaras, que absorben la identidad
de los actores, los danzantes, los espectadores, y cuya función
es por ello provocar una suerte de vértigo traumatúrgico,
así yo creo que todos los artefactos modernos, de lo publicitario
a la electrónica, de lo mediático a lo virtual, objetos,
imágenes, modelos, redes, tienen una función de absorción
y de vértigo del interlocutor (nosotros, los sujetos, los
supuestos actuantes, los actores), mucho más que de comunicación
o de información, y al mismo tiempo tienen la función
de eyección y de rechazo, como en las formas de exorcismo
y paroxismo anteriores. ¡We shall be your favorite dissapearing
act!
Estos objetos reúnen
también más allá de la forma estéticalas
formas de juego aleatorio y de vértigo de que hablaba Caillois
y que se oponen a los juegos de representación mimética
y estética. Ellos ilustran nuestro tipo de sociedad de paroxismo
y de exorcismo, es decir, donde hemos absorbido hasta el vértigo
nuestra propia realidad, nuestra propia identidad, y donde buscamos
rechazarla con la misma fuerza, cuando la realidad entera ha absorbido
hasta el vértigo su propio doble y busca expulsarlo bajo
todas sus formas. Estos objetos banales, técnicos y virtuales,
serían entonces los nuevos atractores extraños, los
nuevos objetos más allá de la estética, transestéticos,
objetos-fetiches, sin significación, sin ilusión,
sin aura, sin valor y que serían el espejo de nuestra desilusión
radical del mundo. Objetos irónicamente puros, como las imágenes
de Warhol.
Warhol,
introducción al fetichismo
Andy Warhol parte de
no importa qué imagen para eliminar de ella lo imaginario
y hacerla un puro producto visual. Lógica pura, simulacro
incondicional. Steve Miller (y todos aquellos que retrabajan "estéticamente"
la imagen-video, la imagen científica, la imagen de síntesis)
hace exactamente lo inverso: refunda la estética con un material
en bruto. Uno se sirve de la máquina para rehacer arte, el
otro (Warhol) es una máquina. La verdadera metamorfosis maquinal
es Warhol. Steve Miller no hace más que simulación
maquinal y se sirve de la técnica para hacer ilusión.
Warhol nos libra de la ilusión pura de la técnica
la técnica como ilusión radical, muy superior
a la de la pintura.
En este sentido una
máquina puede convertirse en célebre, y Warhol no
pretendió nunca otra cosa que esta celebridad maquinal, sin
consecuencias, que no deja huella. Celebridad fotogénica,
que releva también la exigencia de cualquier cosa y de todo
individuo hoy de ser visto, de ser registrado por la mirada. Así
hace Warhol: no es más que el agente de la aparición
irónica de las cosas. No es más que el medio de esta
gigantesca publicidad que se hace del mundo a través de la
técnica y de las imágenes, forzando nuestra imaginación
a borrarse, nuestras pasiones a extrovertirse, hiriendo el espejo
que ofrecemos, hipócritamente más allá, para
captarlo a nuestro beneficio.
Por las imágenes,
por los artefactos técnicos de todas las suertes, de los
cuales los de Warhol son el "tipo ideal" moderno, el mundo
es el que impone su discontinuidad, su despedazamiento, su estereofonía,
su instantaneidad superficial.
Evidencia de la máquina
Warhol, de esta extraordinaria máquina para filtrar el mundo
en su evidencia material: las imágenes de Warhol no son del
todo banales porque sean el reflejo de un mundo banal, sino porque
resultan de la ausencia de toda pretensión del sujeto a interpretarlo:
son el resultado de la elevación de la imagen a la figuración
pura, sin la más mínima transfiguración. No
se trata entonces de una trascendencia del signo que, perdiendo
toda significación natural, resplandece en el vacío
de toda su luz artificial. Warhol es el primero en reintroducir
el fetichismo.
Si lo pensamos bien,
¿qué hacen de todas maneras los artistas modernos?
Así como los artistas después del Renacimiento pensaban
hacer pintura religiosa y no hacían sino retocar de hecho
las obras de arte, ¿nuestros artistas modernos piensan producir
obras de arte y de hecho no hacen más que retocarlas? ¿Es
que los objetos que producen no son más que arte? Objetos-fetiches,
por ejemplo, pero fetiches desencantados, objetos puramente decorativos,
de uso temporal (Roger Caillois diría: adornos hiperbólicos).
Objetos literalmente supersticiosos, en el sentido que no revelan
una naturaleza sublime del arte ni responden ya a una creencia profunda
del arte, sino que perpetúan la superstición bajo
todas sus formas. Los fetiches son, entonces, de la misma inspiración
que el fetichismo sexual, que es de hecho sexualmente indiferente,
pues al constituir su objeto en fetichismo, niega a la vez la realidad
del sexo y el placer sexual. El fetichismo no cree en el sexo, no
cree más que en la idea del sexo (que de seguro es asexuada).
De la misma forma, no creemos en el arte, sino solamente en la idea
del arte (que en rigor no tiene nada de estética).
Es porque el arte,
no siendo sutilmente otra cosa que una idea, se ha metido en el
trabajo de las ideas. El portabotellas de Duchamp es una idea, la
lata Campbell de Warhol es una idea, Yves Klein, vendiendo aire
a cambio de un cheque en blanco en una galería, es una idea.
Todas éstas son ideas, signos, alusiones, conceptos. Eso
significa nada, pero significa al menos. Eso que llamamos arte hoy
parece llevar el testimonio de un vacío irremediable. El
arte es travestido por la idea, la idea es travestida por el arte.
Se trata de una forma, nuestra forma de transexualidad, llevada
al dominio del arte y de la cultura. Transexual a su manera, el
arte es atravesado por la idea y particularmente por los signos
de su desaparición.
Todo el arte moderno
es abstracto en el sentido de que está atravesado por la
idea, más que por la imaginación de las formas y las
sustancias. Todo el arte moderno es conceptual en el sentido de
que fetichiza en la obra el concepto, el estereotipo de un modelo
cerebral del arte; exactamente como aquello que es fetichizado en
la mercancía no tiene valor real, sino en el estereotipo
abstracto de su valor. Dirigido a esta ideología fetichista
y decorativa, el arte no tiene existencia propia. En esta perspectiva
se puede decir que estamos en vías de una desaparición
del arte en cuanto actividad específica. Esto puede conducir
ya sea a una reversión del arte en técnica y artesanado
puros, transferido eventualmente a la electrónica, como podemos
ver por todos lados, o hacia un ritualismo primario, donde no importa
quién hará el oficio de producir utensilios estéticos:
el arte se detiene en el kitsch universal, tal y como el
arte religioso en su tiempo terminó en el kitsch del
santo suplicio. Quién sabe si el arte, como tal, no sea más
que un paréntesis, una suerte de lujo efímero de la
especie. El tedio es lo que esta crisis interminable del arte amenaza
en devenir. Y la diferencia entre Warhol y todos los otros que se
acomodan a esta crisis interminable, es que con Andy Warhol la crisis
del arte ha terminado sustancialmente.
Retomar
la ilusión radical
¿Hay todavía
una ilusión estética? ¿Y si no, hay un medio
hacia una ilusión "anestética" radical del
secreto, la seducción y la magia? ¿Existe, en los
confines de la hipervisibilidad y la virtualidad, lugar para un
enigma? ¿Lugar para un poder de la ilusión, una estrategia
de las formas y las apariencias?
Contra toda la superstición
moderna de una "liberación", hay que decir que
no se liberan las formas, que no se liberan las figuras. Se les
encadena a lo contrario: el sólo hecho de liberarlas es encadenarlas,
o sea, encontrar su encadenamiento, el hijo que las engendra y las
ata, que las encadena una a la otra a través de la dulzura.
Más allá, ellas se encadenan y se engendran por sí
mismas. El arte consiste precisamente en entrar en la intimidad
de ese proceso. "Es mejor reducir a la esclavitud a un solo
hombre libre que liberar a mil esclavos" (Omar Khayam).
Para los objetos cuyo
secreto no es el de su expresión, de su forma representativa,
sino al contrario, el de su condensación y el de su dispersión
posterior en el ciclo de las metamorfosis, hay de hecho dos maneras
de escapar a la trampa de la representación. La de su deconstrucción
interminable, donde la pintura no cesa de mirarse morir en los fragmentos
del espejo y obliga en seguida a regodearse con los restos, siempre
en contradependencia de la significación perdida, siempre
en detrimento de un reflejo o de una historia. O bien abandonar
simplemente toda representación, olvidar toda preocupación
de lectura, interpretación y desciframiento, olvidar la violencia
crítica del sentido y del contrasentido para recuperar la
matriz de la aparición de las cosas, ahí donde rinden
simplemente su presencia, en las formas múltiples, multiplicadas
según el espectro de las metamorfosis.
Entrar en el espectro
de dispersión del objeto, en la matriz de distribución
de las formas, es la forma misma de la ilusión, la respuesta
en juego. Traspasar una idea es negarla. Traspasar una forma es
pasar de una forma a la otra. La primera define la posición
intelectual crítica, y es muy a menudo la de la pintura moderna
en sus relaciones con el mundo. La segunda describe el principio
mismo de la ilusión, por el cual no hay otro destino para
la forma que la forma. En este sentido nos hacen falta ilusionistas
que sepan que el arte, la pintura, son ilusión, es decir
algo tan lejos de la crítica intelectual del mundo como de
la estética propiamente dicha (que supone una discriminación
reflexiva de lo bello y de lo feo); ilusionistas que sepan que todo
el arte es desde luego un trompe loeil, un engaño
de la vida, como toda teoría es un engaño del sentido
y que toda la pintura, lejos de ser una versión expresiva
y por lo tanto pretendidamente verídica del mundo, consiste
en dirigir los señuelos ahí donde la supuesta realidad
del mundo es lo suficientemente ingenua para dejarse atrapar. Así
como la teoría no consiste en tener ideas (y por lo tanto
flirtear con la verdad), sino en colocar señuelos y trampas
donde el sentido sea lo bastante ingenuo para dejarse atrapar. Recuperemos,
a través de la ilusión, una forma de seducción
fundamental.
Exigencia delicada
de no sucumbir al encanto nostálgico de la pintura, y de
mantenerse sobre esa línea sutil que tiene menos de la estética
que del señuelo, heredera de una tradición ritual
que jamás se ha mezclado con la pintura: la de su trompe
loeil. Dimensión que renueva, más allá
de la ilusión estética, una forma aún más
fundamental de ilusión que yo llamaría "antropológica",
para designar esta función genérica que es la del
mundo y de su aparición, por donde el mundo se nos aparece
ya sea antes de tener sentido, o antes de volverse real, aquello
que no ha devenido más que tardíamente y sin duda
de manera efímera. No la ilusión negativa y supersticiosa
de otro mundo, sino la ilusión positiva de este mundo, de
la operación simbólica del mundo, de la ilusión
vital de las apariencias de que habla Nietzsche: la ilusión
como escena primitiva, ya anterior, ya más fundamental que
la escena estética.
El dominio de los artefactos
sobrepasa ampliamente el del arte. El reino del arte es en rigor
el de una gestión convencional de la ilusión, una
convención que en principio neutraliza los efectos delirantes
de la ilusión, que neutraliza la ilusión como fenómeno
extremo. La estética constituye una suerte de sublimación,
de dominio por la forma de la ilusión radical del mundo,
que de otro modo nos vaciaría. Esta ilusión original
del mundo de la que otras culturas han aceptado la cruel evidencia
que dispone un equilibrio artificial. Nosotros, las culturas modernas,
no creemos ya en esa ilusión del mundo, sino en su realidad
(que es por supuesto la última de las ilusiones), cuyos estragos
hemos escogido atemperar por medio de esa forma cultivada, dócil,
de simulacro que es la forma estética.
La ilusión no
tiene historia. La forma estética en sí misma tiene
una. Pero debido a que tiene una historia, no tiene más que
un tiempo, y es sin duda ahora cuando asistimos al desvanecimiento
de esta forma condicional, de esta forma estética del simulacro,
en beneficio del simulacro incondicional, es decir en una escena
primitiva de la ilusión, donde recuperaremos los rituales
y las fantasmagorías inhumanas de las culturas más
allá de la nuestra.
©Jean Baudrillard, Illusion,
désillusion esthétique. Sens & Tonka. París,
1997, 46 pp.
Traducción
del francés por Mauricio Molina
Jean
Baudrillard, "Duelo",
Fractal
n° 7, octubre-diciembre,
1997, año 2, volumen II, pp. 91-110.
Jean Baudrillard en la Red
Ben
Athias, welcome to the world of Jean Baudrillard
Jean
Baudrillard en la Web
Alan Taylor, Baudrillard
La guerra de los cómplices
Repond
aux internautes
K.i.s.s. of the panopticon
Cyberspace, vr, and critical theory
Reality of simulator
|