Esta identificación
de Sor Juana como un reflejo "melancólico" de sí
mismo es continuada por Paz en otra parte de su libro:
Los poemas de Sor
Juana nos revelan lo que nos esconden sus retratos: la realidad
no es la representación teatral la erudición,
el ingenio, la fama, el mundo sino la soledad y sus torcedores.
Después de verse en la admiración de los otros,
Narciso se ve en el momento de mirarse a sí mismo y se
aborrece. En Sor Juana ese aborrecimiento no llega a la destrucción.
No rompe el espejo: contempla con melancolía su imagen
y acaba por mofarse de ella. La introspección enfila hacia
la ironía y la ironía es una manera de quedarse
sola. La vida interior fue su verdadera vida. Imagen de la contradicción:
fue expresión acabada y perfecta de su mundo y fue su negación.
Esta descripción
es equivalente a la definición que hace Paz del poeta moderno,
y es una radiografía de lo que le pasa a él. El poeta,
para Paz, es un Narciso moderno. La figuración retórica
está hecha para probar que el poeta, aunque sufre la misma
fascinación que el Narciso tradicional, es capaz de sobrevivir
la contemplación de su imagen. El conocimiento que el Narciso
moderno logra es el mismo conocimiento de Paz a través de
Sor Juana. Ambos están condenados a la soledad, y al final,
en el caso de Sor Juana, a ser sacrificada por la sociedad. En su
ensayo sobre Villaurrutia, que fue escrito por el mismo tiempo que
los tres primeros capítulos de su libro sobre Sor Juana (SJ,
p. V), Paz continúa esta exploración de la figura
melancólica:
El melancólico
es irascible y es imaginativo. Por todo esto, es un error confundir
a la acedia, enfermedad del espíritu y de los espirituales,
con la simple pereza. La acidia paraliza a su víctima y,
no obstante, no la deja reposar un momento. Estupor y angustia
conjuntamente, es un orgullo que nos petrifica y una ansiedad
que nos hace movernos sin cesar, una movilidad rota por ráfagas
de actividad creadora. El acidioso no puede tocar a la realidad
que tiene enfrente; en cambio, conversa con fantasmas y hace hablar
a las piedras.
El mágico logro
de Paz es que esta proyección de sí mismo en Sor Juana
y en Villaurrutia no disminuye nuestro entendimiento de los escritores
que él estudia. Uno está de acuerdo con él
no porque sus apreciaciones puedan ser confirmadas, sino porque
es capaz de encontrar las correspondencias imaginativas necesarias
entre determinados datos biográficos y determinados textos
para dar así forma a una lectura muy personal. La inteligencia
y la emoción de Paz trabajan juntas en sus lecturas críticas,
y están siempre en juego en casi todo lo que escribe (para
bien tanto como para mal). Los escritores que Paz estudia se convierten
en personajes de su narrativa personal, de su muy particular biografía
intelectual; pero al mismo tiempo, y ésta es la paradoja,
esa búsqueda retórica de sí mismo en el espejo
de otros escritores nos da a nosotros una mayor comprensión
sobre estos últimos.
El libro de Paz sobre
Sor Juana, y hasta cierto punto el de Villaurrutia, no son sino
proyecciones de sí mismo. Como el propio Paz lo dice: "No
podría decir, al final, como Flaubert sobre Madam Bovary,
Madame Bovary c est moi. Pero lo que sí
puedo de hecho decir es que me reconozco en Sor Juana." Este
reconocimiento es su propia creación, y ha sido hecho con
mucho cuidado a lo largo de las más de seiscientas páginas
de su libro, paso a paso, cubriendo todos los flancos, para lograr
una verosimilitud que pueda tanto satisfacer sus necesidades personales
en el hecho de la escritura como construir una penetración
muy poderosa en la propia Sor Juana.
La imagen paterna y la elaboración
del yo intelectual
Es interesante comparar
la interpretación que hace Paz del papel que tienen en la
vida de Sor Juana su abuelo y su padre con la relación de
Paz con sus propios padre y abuelo. Paz hace todo el tiempo hincapié
en que, en el caso de Sor Juana, la figura del padre ausente es
crucial tanto para su desarrollo literario como para el social:
El hecho de que Juana
Inés casi nunca menciona a su padre es una prueba más
del abandono de Pedro Manuel de Asbaje[...] Todas estas circunstancias
me inclinan a creer que el vínculo entre su padre y Sor
Juana fue inexistente. Mejor dicho esa relación fue análoga
a la que nos une con los ausentes; fue una relación imaginaria.
Las relaciones con los ausentes están a la merced de nuestra
subjetividad: el ausente es una proyección de nuestros
deseos, odios y temores[...] La proyección infantil de
la imagen paterna, en sí misma compleja, debe haber sido
en ella singularmente complicada y contradictoria. Tres figuras
se mezclaban, sin duda, en su imagen de la paternidad: la del
padre biológico[...] la del substituto y rival[...] y la
del abuelo, con el que vivió y al que, casi seguramente,
consideraba como su verdadero padre[...] De todos modos, es imposible
que la imagen legendaria del padre no haya estado teñida
de rencor por su abandono. Rencor, y probablemente, secreta y
despechada admiración. (SJ, p. 110)
Esta lectura de Sor
Juana no es otra cosa que la proyección de las vivencias
de Paz en la figura de la monja. En la cita anterior Paz manipula
los datos históricos de Sor Juana para expresar uno de sus
dolores íntimos: "una admiración secreta"
por el padre que Paz nunca se hubiera atrevido a confesar si no
era de esta manera (a menos que fuera en un poema, como se verá
más adelante, pero los poemas, ya sabemos, son autónomos),
y que ha necesitado construirse en el reflejo de Sor Juana para
poder ser dicha. Tan es así que Paz, tan meticuloso, repite
compulsivamente la misma definición, casi con las mismas
palabras, en la página siguiente: "Una mezcla de resentimiento,
nostalgia y ¿por qué no? secreta admiración"(SJ,
p. 111)
No dudo que Sor Juana
haya tenido una compleja relación con la imagen paterna;
sin embargo, los adjetivos que definen esa experiencia en la lectura
de Paz son otra cosa. No hay nada en los escritos de Sor Juana que
muestre tales sentimientos hacia el padre. Como él mismo
reconoce, Sor Juana nunca menciona a su padre, "salvo de manera
indirecta y para referirse a su estirpe vascongada" (SJ, p.
111). Pero si el caso de Sor Juana no muestra esto, la historia
de Paz sí. Su padre fue un periodista político y,
durante la revolución mexicana, formó parte de la
facción zapatista. Cuando Octavio Paz, padre, se integra
a la revolución, su hijo y su esposa se fueron a vivir con
el abuelo; más tarde, cuando el padre de Paz es nombrado
representante de Zapata ante el gobierno estadounidense, la familia
se fue a vivir con él a Los Ángeles. Paz viviría
allí año y medio. Después de ese periodo regresaron
de nuevo a casa del abuelo, en Mixcoac, en ese entonces un pequeño
pueblo cerca de la ciudad de México. El padre de Paz, que
al término de la revolución formaba parte de la facción
derrotada, nunca se recuperó. Murió en circunstancias
muy tristes en 1934, cuando Paz tenía veinte años
y ya había publicado su primer libro de poemas, Luna silvestre.
En su largo poema Pasado en claro Paz mezcla en una serie
de metáforas polivalentes la totalidad de la vida de su padre,
su absurda derrota, y la distancia que los separó. Existen,
en el trasfondo, los años de la revolución con sus
imágenes míticas de caballos y trenes e incendios,
y al mismo tiempo su deprimente resolución en la vida personal
del padre, con aquellos caballos transformados en un potro de tortura,
las fogatas de campamentos en una pesadilla de alcohol, los ferrocarriles
de la guerra en la estación terminal en la que su padre acabó
sus días, y el resultado global de toda la revolución
mexicana simbolizado en una derrota personal. Por el poder de, como
Octavio Paz hubiera dicho, la analogía, se da una
suerte de destino, a la vez personal y colectivo, visualizado en
todos los elementos de esa vida:
Del vómito
a la sed,
atado al potro del alcohol,
mi padre iba y venía entre las llamas.
Por los durmientes y los rieles
de una estación de moscas y de polvo
una tarde juntamos sus pedazos.
Yo nunca pude hablar con él.
Lo encuentro ahora en sueños,
esa borrosa patria de los muertos.
Hablamos siempre de otras cosas.
Paz publicó
la primera edición de Pasado en claro en 1975, y una
nueva versión de este poema en 1978. Durante la primera mitad
de esa década impartió dos cursos sobre Sor Juana
en la Universidad de Harvard, y dio una serie de conferencias, otra
vez sobre ella, en la ciudad de México. En ese tiempo escribió
el capítulo de su libro dedicado a la infancia y desarrollo
de Sor Juana; ambos trabajos (Pasado en claro y el capítulo
sobre la infancia de Sor Juana) son parte de un proyecto común:
la recuperación de su propio pasado. Paz escribe esos capítulos
sobre Sor Juana para darle forma a su propia vida, para entenderse
a sí mismo. Tanto en su poema como en su largo ensayo sobre
Sor Juana, está trabajando el mismo proyecto. Cambia la manera
de lidiar con él sólo por la naturaleza de los géneros
literarios, aunque estos respondan a la misma necesidad.
Pero si la identificación
de los padres mutuos es muy significativa, la de los abuelos es
todavía más determinante, tanto para la reconstrucción
de su propia vida, como para la invención de su Sor Juana.
Ésta, como ella misma lo dice, vivió de niña
en casa de su abuelo, y en su biblioteca realizó sus primeras
lecturas. A su vez, el abuelo de Paz fue un importante político
e intelectual del periodo porfirista. Irineo Paz escribió
una biografía del dictador, varias novelas, obras de teatro,
sus memorias y un libro de poemas. Como Sor Juana, Paz pasó
la mayor parte de su infancia en casa de su abuelo, y fue en la
biblioteca de éste donde leyó sus primeros libros.
Es interesante comparar la manera en que Paz habla de su abuelo
en Pasado en claro con la memoria de su padre en ese mismo poema.
Si con su padre nunca pudo tener una conversación, e incluso
ahora que está muerto hablan siempre de cosas diferentes
(¿qué tipo de cosas? Paz nunca lo dice), el abuelo
le enseñó: "a sonreír frente a la caída
y a decir frente a los desastres: al hecho, pecho. Las dos
últimas líneas dedicadas a éste son quizás
uno de los momentos más emocionales e íntimos del
poema, con la delicadísima caída de la última
frase:
(Esto que digo es
tierra
sobre tu nombre derramada: blanda te sea.)
En el caso de Sor Juana,
dice Paz, "La relación filial entre la niña y
el anciano asumió la forma de una iniciación intelectual"
(SJ, p. 116). Esto va a estar relacionado con el desarrollo, tanto
de Paz como de Sor Juana, como poetas. Ambos fueron niños
solitarios en un mundo de adultos. Los libros o mejor dicho
el libro como imagen se convierten durante la infancia en
un refugio para la sensibilidad:
La figura del abuelo
es ambigua: no sólo está en el lugar del padre sino
que está más allá de la masculinidad... El
abuelo no sólo es la compensación por la ausencia
del padre, sino que representa la sublimación de la sexualidad
masculina. Es virilidad pacificada, sexualidad trascendida. La
ambigüedad opera en ambas direcciones, la positiva y la negativa:
si la vejez disminuye la virilidad, también la transmuta.
El signo negativo se vuelve positivo porque el abuelo es dueño
de un tesoro no menos valioso que la sexualidad viril: una biblioteca.
(SJ, p. 116)
La descripción
psicológica de estas imágenes de la biblioteca, el
abuelo y la sexualidad masculina, pueden ser muy controvertidas,
sin embargo son significativas en una lectura de estructuras psicológicas
del propio Paz. Los libros son una especie de refugio del mundo,
pero al mismo tiempo son un vínculo con él (nuevamente,
soledad y comunión):
Los libros[...] son
sexualidad pacificada y depurada[...] sublimación de la
sexualidad viril por una virilidad asexuada, descarnada e ideal.
La sublimación por la cultura resolvió transitoriamente
su conflicto. El costo fue grande: las letras los signos
de las cosas substituyeron a las cosas. Desde entonces Juana
Inés vivió en un mundo de signos y ella misma, según
se ve en sus retratos, se convierte más y más en
un signo. ¿Qué dice ese signo? Esta es la pregunta
que ella no cesó de hacerse hasta su muerte y a la que
este libro pretende dar respuesta. (SJ, p. 117)
Como dije, Paz está
buscando en su libro sobre Sor Juana una respuesta a su propia vida.
No es fortuito que Las trampas de la fe sea su libro más
elaborado. Es una extensa biografía, llena de reflexiones
sobre la sociedad colonial mexicana, la cultura de la contrarreforma,
el siglo XVII, pero también un ex-cursus
comparativo con las sociedades totalitarias modernas y el papel
del intelectual que las enfrenta. Sor Juana es el enigma que le
permite su propia introspección, y también nuevas
definiciones en una anagnórisis continua. Si Pasado en
claro es el resumen poético de su vida, su libro sobre
Sor Juana es la reconstrucción sesgada de ésta. Cada
vez que trata de explicar las reacciones de Sor Juana está
en realidad pensando en sí mismo. El título del libro,
Las trampas de la fe, es como una alerta roja con respecto
a sus propios movimientos sociales y a sus complejidades psicológicas.
Paz desarrolla un fresco de la sociedad de Sor Juana y compara sus
enfrentamientos con la Iglesia con sus propios enfrentamientos con
la izquierda mexicana. Sigue su vida, paso a paso, y paso a paso
la refleja en su propia historia e imagen. En Pasado en claro
Paz se ve como un niño solitario y curioso entre un mundo
de adultos:
También me
dieron pan, me dieron tiempo,
claros en los recodos de los días,
remansos para estar solo conmigo.
Niño entre adultos taciturnos
y sus terribles niñerías,
niño por los pasillos de altas puertas,
habitaciones con retratos,
crepusculares cofradías de los ausentes,
niño sobreviviente
de los espejos sin memoria
y su pueblo de viento.
En un documental sobre
Octavio Paz de Claudio Isaac, El lenguaje de los árboles,
Paz se retrata como un niño solitario, en un viejo jardín
con algunos árboles. "Entre todos aquellos árboles",
dice Paz, "mi predilecta era la higuera[...] podía quedarme
solo allí, treparme en la higuera y, escondido en el follaje,
pensar que navegaba y que exploraba el espacio[...] La higuera era
la tentación y la imitación del heroísmo, de
la acción. Sin embargo, muy pronto me di cuenta de que mi
destino no era la vida activa: no quería ser santo ni héroe.
Tampoco era la vida contemplativa del filósofo. Mi destino,
pensé desde niño, era el destino de las palabras."
Esta imagen del niño solitario entre un mundo de adultos
es la misma que escogió para retratar a Sor Juana:
Niña solitaria,
niña que juega sola, niña que se pierde en sí
misma. Sobre todo: niña curiosa. Ese fue su sino y su signo:
la curiosidad. Curiosa del mundo, curiosa de sí misma,
de lo que pasa en el mundo y de lo que pasa dentro de ella. La
curiosidad pronto se transformó en pasión intelectual:
el ¿qué es? y el ¿cómo es? fueron
preguntas que se repitió durante toda su vida. (SJ, p.
108)
Esta imagen de la soledad
como un don del destino a la propia infancia para alcanzar un desarrollo
intelectual, es decir ese emblema de la vida de Paz, va a encontrar
su representación en Sor Juana. El vínculo entre la
soledad externa y el conocimiento interno también está
presente en la manera en que Paz la imagina. En una imagen sumamente
condensada Paz logra narrar toda la vida de la monja. Ella es un
caracol metafórico que construye desde su imaginación
una casa sinecdóquica. Este caracol que Sor Juana destila
de su propio yo se transforma en una pirámide de conocimiento
(o torre de Babel), que termina por desvanecerse en el aire. Después
de haber dejado atrás su propio yo, convertido consecutivamente
en una pirámide, un caracol, una casa, una obra, una historia
y un cuerpo, Sor Juana se vuelve finalmente una entidad intelectual
libre:
Juana Inés
construye su casa espiral su obra con la substancia
misma de su vida. Cada vuelta es un ascenso hacia el conocimiento
y cada vuelta la encierra más en ella misma. La imagen
del caracol termina por desvanecerse: Sor Juana está sola
en la inmensa explanada de su sueño lúcido. (SJ,
p. 125)
La imagen del caracol
que labra su propia casa no está muy lejos del laberinto
solitario que Paz construyó muchos años antes como
el único lugar que un poeta puede reconocer como su sitio
verdadero. "La soledad", dice en El laberinto de la
soledad, "es el fondo último de la condición
humana." Podemos ver su propia obra como una elaboración
continua de repetidas metáforas y temas (otredad, soledad,
modernidad, libertad, signo), de la misma manera en la que, según
él, Sor Juana construye su piramidal y laberíntico
caracol de conocimiento. Esto es tanto un reconocimiento como una
apuesta. El movimiento analógico del caracol espiral metafórico
de Paz le permite penetrar continuamente en su interior: simultáneamente,
mediante el mismo movimiento retórico, la persona entusiasta
y melancólica sube por la escalera de un conocimiento personal
que se abre al mundo.
La justificación
de la figura social
En el libro La otra
voz, el ensayo "Ruptura y Convergencia" cubre una
vez más la mayoría de las ideas previas de Paz sobre
poesía moderna; sin embargo, también se abre a un
nuevo campo que vincula los dos temas principales de su pensamiento.
Si la relación entre poesía moderna y sociedad fue
de confrontación y mutua desconfianza (analogía e
ironía o igualdad y libertad, desde otro punto de vista),
en este libro, y especialmente en su último ensayo, "La
otra voz", Paz transforma esa confrontación en la posibilidad
de encuentro; la nueva palabra que le permite este reconocimiento
es "fraternidad". No hay contradicción entre lo
que Paz dijo previamente y esta nueva proposición, pero la
paradoja expresada señala irónicamente la dirección
de este nuevo movimiento del caracol retórico:
La soledad, de nuevo,
se presenta como su elemento natural, su condición originaria:
Juana Inés es una planta que crece en una tierra de nadie.
También es un destino: la soledad es la estrella el
signo, el sino que guía sus pasos. Su caminar por
el mundo es un desprendimiento del mundo y un internarse en ella
misma[...] He hablado de soledad no de aislamiento[...] se puede
estar solo en el bullicio del mundo y ese fue, probablemente,
su caso. (SJ, p. 127)
En un ensayo famoso,
Julio Cortázar compara a Octavio Paz con una estrella de
mar. La definición que da Paz sobre Sor Juana no es muy lejana
de la de Cortázar sobre Paz. La soledad, la estrella, la
planta solitaria que crece en la tierra árida, el signo,
el destino, son todos ellos símbolos que forman parte del
mismo emblema en la propia figuración de Paz. Su identificación
con ella no trabaja únicamente en el nivel poético.
También se extiende a la vida social. Tomás Segovia
observó la contradicción en Paz entre el deseo intelectual
por una vida ascética y una vida política y social
muy activas. Paz trabajó para el Servicio Exterior mexicano
durante muchos años. Hay una similitud entre la vida de reclusión
de Sor Juana en el convento, aparentemente de completa soledad,
pero en realidad socialmente muy ajetreada, con el propio tiempo
de Paz en el Servicio Exterior. Durante todos esos años tuvo
que lidiar con las muchas insignificantes molestias del cerrado
mundo de las embajadas y sus funcionarios; sin embargo, tuvo una
vida social activa, muy aparte de sus obligaciones burocráticas,
primero en París, donde rápidamente formó parte
del mundo cultural (gracias a su amistad con los artistas surrealistas
que vivieron en México durante la guerra, como Benjamin Péret,
quien le presentó a la mayoría de ellos); y después
en la India, en donde como embajador y como figura pública
ya bien establecida pudo lidiar con sus intereses más privados
con suficiente libertad.
Paz hace un vínculo
implícito entre la vida del poeta moderno, obligado a trabajar
en un lugar que le permita desarrollar sus propios intereses personales,
y la vida de Sor Juana, forzada a entrar al convento como el único
lugar en la sociedad colonial en el que una mujer podía tener
espacio para su desarrollo intelectual. Paz resalta con justeza
esa realidad de Sor Juana, pero también proyecta en ella
su propia habilidad para convertirse en una figura intelectual muy
poderosa. Tal habilidad, dictada por la necesidad de construirse
un medio favorable para sí mismo como escritor, tiene también
su lado oscuro: la compleja necesidad, en el poeta moderno, de invadir
el campo político y social. En este sentido, el pasaje siguiente
sobre Sor Juana puede ser leído como un retrato sesgado de
sí mismo:
Juana Inés
se movía con ligereza en los torbellinos palaciegos y pronto
se convirtió en uno de sus centros. Esta preeminencia no
sólo se debió a sus cualidades sino, me aventuro
a decirlo, a uno de los rasgos menos simpáticos de su carácter.
Su gusto por las zalamerías y su afición a nada
discretas adulaciones de los poderosos. Esta desdichada inclinación
es una nueva prueba de su narcisismo y de su coquetería;
asimismo, de su inseguridad psíquica. (SJ, p. 139)
Existen cuatro argumentos
distintos que trabajan juntos en el párrafo anterior para
exonerar esa actitud, no en Sor Juana sino, sin decirlo, en el propio
Paz. El primero es el reconocimiento de tal habilidad; el segundo,
la crítica de las partes más debatibles de ella; el
tercero, la explicación intelectual o psicológica
que la produce o permite; y finalmente el cuarto, el vínculo
entre la monja y el poeta moderno ("su común narcisismo
e inseguridad psíquica"). Ser mujer, lo que en la sociedad
colonial mexicana era una construcción ideológica
problemática, tiene sus coincidencias con el lugar y la función
que los poetas desempeñan en la sociedad moderna. No había
un papel legítimo para el poeta en la malla social moderna
y, como paz mismo ha mostrado en varios de sus libros, había
una contradicción entre el proyecto de la sociedad moderna
y la del poeta moderno:
Desde el romanticismo
los poetas son los hijos rebeldes de la modernidad; al herirla,
la exaltan; los lectores reproducen esa ambivalencia y se reconocen
en esa herida y en esa exaltación, porque también
ellos son hijos de la modernidad y están ligados a ella
por los mismos lazos filiales y detestados. La poesía moderna
ha hecho y hace la crítica de la modernidad precisamente
por ser moderna; sus lectores se reconocen en ella por la misma
razón. La modernidad, desde su nacimiento, está
en lucha con ella misma: en esto consiste su ambigüedad y
el secreto de sus continuas transformaciones y cambios. La modernidad
emite actitudes como tinta el pulpo. Esta crítica, indefectiblemente,
se vuelve contra ella misma.
De modo análogo,
Paz considera que en la sociedad colonial no había lugar
para una mujer que quería escribir poesía, y que también
quería ser una intelectual; Sor Juana tuvo que construir
un ambiente particular para su propio desarrollo personal, fuera
del mundo y al mismo tiempo en cercano contacto con él.
El hecho de que fuera
mujer, intelectual y poeta, obligó a Sor Juana a lidiar con
la sociedad con extrema astucia y cuidado. El mínimo error
en sus movimientos habría permitido que sus "protectores"
y superiores, como en su momento sucedió, la destruyeran.
Fue su sorprendente habilidad para obtener el apoyo que necesitó
de la persona precisa en el momento preciso lo que le permitió
lidiar con esas autoridades con suficiente libertad de movimiento
durante la mayor parte de su vida. Cuando ese apoyo finalmente se
cayó, en 1591, Sor Juana se vio forzada, tanto por su confesor
como por el arzobispo, a vender su biblioteca y su colección,
para dar su dinero a la Iglesia, y dejar de escribir todo lo que
no fuera motivo piadoso ella lo aceptó, pero el resultado
es que dejó de escribir completamente, y que murió
poco tiempo después. Nuevamente, Paz utiliza hechos
reales de la vida de Sor Juana para proyectar sobre ellos una lectura
de su desarrollo individual, el cual de ninguna manera presenta
las dificultades reales de Sor Juana, aunque, valga decirlo,
yo nunca menospreciaría la fuerza de las dificultades psicológicas
en el poeta moderno. En el caso de ella, esos problemas fueron
con autoridades reales. Si es verdad que la figura de Narciso fue
significativa para ambos, es Paz, como poeta moderno, y no Sor Juana,
el que vive una "inseguridad psíquica" con relación
a ella.
Una de las principales
peculiaridades de Octavio Paz es la habilidad para haber encontrado
durante toda su vida aquellas posiciones que le permitieran mantener
tanto su libertad de movimiento intelectual como una proyección
pública (nuevamente, el caracol y la pirámide). Otra
es la capacidad para no ser aniquilado por aquellos que le han ayudado
en su ascenso social y personal. Tanto en su vida privada como en
la pública siempre ha logrado obtener el apoyo que necesita
en el momento adecuado, y siempre lo ha aprovechado al máximo.
No estoy tratando de fabricar en Paz la imagen del oportunista,
sino la de un hombre capaz de utilizar las oportunidades que se
le presentan, y también de vivir las complejidades de ellas.
Como él mismo dijo no hace muchos años, con respecto
a sus estrechos vínculos con el principal consorcio de la
televisión mexicana: "Yo he sido utilizado por Televisa
de la misma manera en que yo la he utilizado". Paz no es un
hombre inocente, sino un animal político muy astuto. Nuevamente,
lo que dice de Sor Juana puede ser aplicado a él:
[Ella] dominó
este arte hecho de ingenio, disimulo, paciencia y sangre fría.
Sobrevivió durante más de veinte años de
vida conventual y de intrigas eclesiásticas y palaciegas
no sólo gracias a sus prendas morales e intelectuales sino
a su habilidad. La forma en que se sirvió de sus relaciones
con el palacio virreinal revela un tino político nada común[...]
Juana Inés fue una naturaleza correosa y flexible, terca
y sinuosa, deferente pero obstinada. (SJ, p. 177)
En una novela autobiográfica
Elena Garro narra sus años con Paz en París. Es una
novela compleja y controvertida, y es difícil establecer
precisamente el vínculo de esta novela con la vida de Paz
y Garro sin la existencia de una biografía independiente
del poeta. No obstante, muestra un lado de su relación y,
hasta cierto punto, nos permite hacer conjeturas sobre la precavida
actitud de Paz respecto a los poderes sociales y políticos.
No podemos basar nuestra interpretación del desarrollo personal
de Paz únicamente en la ficción de Garro sobre su
vida en común (el resultado sería doloroso y horrible).
Sin embargo, sí da alguna información parcial que
puede ser útil. Hay una parte en que la novela muestra la
angustia del esposo de Mariana (cuyo nombre es Augusto, con obvias
referencias al nombre del poeta) con respecto a su cargo como representante
extranjero en París. Esto puede ser una versión exagerada
de lo que realmente pasó, pero en esa época sería
alrededor de los cincuenta Paz no era todavía la figura
en que se convertiría años después, y ciertamente
se hubiera visto en una posición muy difícil en caso
de perder el empleo. De modo que aparte de la mala voluntad por
parte de Garro (lo que en la novela es hábilmente logrado,
ya que nunca es Mariana, la personificación de Garro, la
que habla, sino son los otros personajes los que dan "testimonio"
por ella), podemos fácilmente imaginar que en esos años
de París, encerrados en un intenso aunque difícil
matrimonio, Paz debió estar muy preocupado por su futuro
y su carrera. Señalo esto porque en su libro sobre Sor Juana
Octavio Paz hace una defensa sesgada de su propia historia al describir
dos aspectos diferentes de la personalidad de la escritora:
He señalado
muchas veces su timidez frente a la autoridad, su respeto a las
opiniones establecidas, su temor ante la Iglesia y la Inquisición,
su conformismo social. Todo esto no fue sino la mitad de su persona,
la más externa. La otra mitad fue su profunda decisión
de ser lo que quería ser, su búsqueda paciente y
subterránea de una autosuficiencia psíquica y moral
que fuese el fundamento de su vida y su destino de poeta e intelectual.
La obstinación con que se empeñó en ser ella
misma, su habilidad y su tacto para sortear los obstáculos,
su fidelidad a sus voces interiores, la secreta y orgullosa terquedad
que la llevó a inclinarse pero no a quebrarse, todo esto
no fue rebeldía imposible en su tiempo y en su situación
pero sí fue (y es) un ejemplo del buen uso de la inteligencia
y la voluntad al servicio de la libertad interior. (SJ, p. 390).
Este párrafo
es revelador en varios sentidos con respecto a la actitud y movimientos
del propio Paz. En realidad no es una defensa de la vida privada
del poeta sino de su yo interior. Paz dice que algunas actitudes
de esa vida pueden ser exoneradas si existen fines más altos
que justifiquen tales actitudes; ése fue, según él,
el caso de Sor Juana, y los altos fines de la monja explican los
lados controvertidos de su personalidad. Pero la observación
(puesta entre paréntesis) de que esto es válido en
nuestro tiempo complica la historia. La actitud de Sor Juana hacia
la autoridad fue ley común, no solamente en la Nueva España,
sino en todo el cuerpo de la sociedad occidental de su tiempo. Como
dice Paz en otros ensayos, fue con la llegada de la modernidad con
lo que el vínculo entre conocimiento y autoridad se rompió.
La misma vara no mide las mismas cosas.
Es cierto que Sor Juana
fue muy hábil en el manejo de su vida y de su carrera, pero
la distinción entre lo interno y lo externo de una persona,
desde el punto de vista de Paz, difícilmente puede aplicarse
a una mujer del siglo XVII. En alguien como
Octavio Paz, en conflicto por un proyecto personal opuesto tanto
a las desigualdades sociales como a los dogmatismos de la modernidad,
al tiempo que comprometido durante muchos años con un puesto
dentro del gobierno mexicano, incluso como representante en el extranjero,
la oposición es significativa. La razón por la que
Paz hace esta observación es en realidad la creación
de una identificación más. Es cierto, como él
dice, que Sor Juana tiene una personalidad muy compleja e inteligente,
y que ésta le permite moverse con habilidad dentro de una
sociedad fuertemente represiva y distorsionadora, pero el juego
de oposiciones entre una época y otra no necesariamente se
corresponde.
La apropiación
imposible
En este sentido, vale
la pena observar las adjetivaciones con las que Paz subraya el aspecto
oculto de esa defensa de su propio yo en el lugar de Sor Juana,
en oposición a ese lado "externo" y controvertido:
su "profunda determinación", su "búsqueda
enterrada", sus "voces internas", su "pertinencia
secreta", su "libertad interna". Todo esto, dice
Paz, es para nosotros "un ejemplo del buen uso de la inteligencia".
No obstante, esta oposición entre lo interno y lo externo
es más válida cuando se aplica al artista e intelectual
moderno. Es el poeta moderno el que tiene que justificar ser un
oficinista, no un escritor de los siglos de oro, quien consideraría
tal ocupación absolutamente natural. Esta autodefensa se
logra finalmente, a través de la figura de Sor Juana, en
el párrafo siguiente:
Sor Juana fue "humana,
demasiado humana", no en el sentido trágico de Nietzsche,
sino en su decisión de no querer ser ni santa ni diabla.
Nunca renunció a la razón aunque, al final de su
vida, la hayan obligado a renunciar a las letras. Si no la sedujo
la santidad, tampoco sintió el vértigo de la perdición.
Mejor dicho, como todos los seres superiores, sufrió las
dos tentaciones, la de la elevación y la del abajamiento,
pero resistió. No quiso ser más de lo que era: una
conciencia lúcida. (SJ, p. 173).
En realidad esta definición
corresponde más a la imagen que de sí mismo tiene
Paz, y el hecho de aplicarla a Sor Juana muestra el grado de asimilación
que alcanza su lectura de la monja mexicana. Sin embargo, esta apropiación
no termina allí. La identificación más extrema
a la que Paz se atreve con Sor Juana y que dice mucho sobre
la capacidad de sus poderes imaginativos se da mediante un
poema francés contemporáneo a Sor Juana que Paz traduce
e incorpora al cuerpo del libro. Esta tenaz y sutil
labor de apropiación es al mismo tiempo juguetona y macabra,
entrañablemente infantil y tétricamente real.
El poema es anónimo,
de modo que permite su total apropiación por parte de Paz.
Es, dice, "una suerte de contrapunto fúnebre y libertino
del soneto de Sor Juana..." (SJ, p. 383). De hecho es más
que eso: es la apropiación imaginativa de la vida, la muerte,
el cuerpo y el alma de Sor Juana, y de algún modo, la oscura
declaración del sentido profundo del libro de Paz:
Soñé
anoche que Filis, de regreso,
bella como lo fue en la luz del día,
quiso que gozase su fantasma,
nuevo Ixión abrazado a una nube.
Se deslizó en mi lecho murmurando,
ya desnuda su sombra: "Al fin he vuelto,
Damón, y más hermosa: el reino triste
donde me guarda el hado, me embellece.
Vengo para gozarte, bello amante
vengo por remorir entre tus brazos."
Después, cuando mi llama se extinguía:
Adios dijo, regreso entre los muertos.
De joder con mi cuerpo te jactabas,
jáctate hoy de haber jodido mi alma. (SJ, p. 383)
Aparte de la traducción
del francés al español hay otras traslatio
que tienen lugar en este poema. Hay una traducción históricolingüística:
Paz se traslada y traduce a sí mismo en el lenguaje poético
del siglo XVII, para compartir con Sor Juana
su mundo lingüístico; y hay una traducción imaginativa
temporal; con esta fuerte apropiación de su lenguaje, Paz
logra traer el fantasma de Sor Juana no sólo al presente
de su poema sino al suyo propio. Si la lectura que propongo de la
apropiación por parte de Paz de la figura de Sor Juana puede
parecer exagerada, este poema muestra hasta qué punto esta
exageración radica en el propio Paz, y en el poder retórico
de su imaginación. Con este poema finalmente construye un
vínculo muy poderoso aunque oculto con Sor Juana. En su libro
esto se presenta con cierta ligereza, juguetonamente, como un mero
divertimento u ocurrencia; sin embargo fue el último paso
en la construcción de una identificación. Paz se sumergió
en el siglo XVII e hizo de éste un
emblema del XX.
Octavio Paz ha dicho
que el poeta es la única persona en la modernidad en que
la analogía, la correspondencia oculta entre las cosas,
está aún viva. La analogía, dice Paz en Los
hijos del limo, "es la creencia en la correspondencia de
todos los seres y mundos", y la poesía es "una
de las manifestaciones de la analogía". Es por eso que,
según Paz, la poesía no puede ser asimilada por la
modernidad, pues es excéntrica y es siempre su crítica:
"Si la analogía hace del universo un poema: un texto
hecho de oposiciones que se resuelven en consonancias, esto también
hace del poema un doble universo[...] La poesía es la otra
coherencia, no hecha de razones sino de ritmos."
Los poetas modernos
usan la analogía en sus críticas para organizar sus
propias representaciones, para decir algo sobre los otros que en
última instancia es relevante para su lucha personal, y para
nuestra comprensión de ella. Doy un ejemplo distinto, de
T.S. Eliot, en el que este otro poeta moderno utiliza la figura
de Pascal para representarse a sí mismo: "Pascal es
un hombre de mundo entre ascetas, y un asceta entre hombres de mundo;
tuvo tanto el conocimiento de lo mundano como la pasión del
ascetismo, y en él ambos están fundidos en una totalidad
individual."
La relación
entre el pensamiento analógico y el racionalismo crítico
es una relación inconmensurable, es decir una relación
que no puede rastrear y retraer sus vínculos. Sólo
los puede mostrar. El poeta moderno, con un pie en la racionalidad
moderna y el otro en la analogía mítica, construye
sofisticados argumentos críticos que a la vez justifican
sus operaciones racionales y, si se les expone, sacan a la luz los
motivos emocionales ocultos tras esas operaciones. Es en este sentido
en el que Las trampas de la fe es una justificación
vital de Paz.
Paz tiene razón
cuando ve que la principal diferencia entre la racionalidad moderna
y la poesía moderna estriba en la comprensión del
lenguaje y de su relación con el mundo (si no, véanse
por ejemplo los limitados y racionalistas entendimientos del lenguaje
que aparecen en los argumentos de los científicos estadounidenses
en su reciente polémica contra la filosofía francesa
actual). Pero el poeta moderno se mueve de una categoría
a otra; comprende las definiciones racionales pero las rechaza o
las particulariza. Tiene un vínculo con otra manera de entender
el mundo, que si no es más verdadera, en algunas circunstancias
sí resulta más adecuada. El sentido de las cosas se
vuelve entonces, en lugar de lógico, retórico. La
poesía moderna puede ser vista dependiendo del punto
de vista como último remanente de una comprensión
del mundo premoderna, siempre opuesta a la modernidad, o como una
lectura más amplia de éste; una lectura que, en lugar
de oponerse a la racionalidad, trata de incluirla en una consideración
más amplia de la realidad. Prefiero este punto de vista.
En su libro sobre Sor
Juana Paz trata de descubrir de qué manera esa corriente
secreta corría en la época y sociedad de monja. Esta
corriente ha ayudado a Paz a organizar, en su propia terminología
analógica, el fundamento de la correspondencia. Lo que Paz
dice del poeta moderno es exactamente lo mismo que dice del siglo
XVII; el vínculo entre la analogía
paciana y el universo de Sor Juana puede ser visto con claridad
en la siguiente cita:
El siglo XVII
fue el siglo de los emblemas y sólo desde dentro de esa
concepción emblemática del universo podemos comprender
la actitud de Sor Juana[...] Pero los jeroglíficos y los
emblemas no sólo eran representaciones del mundo sino que
el mundo mismo era jeroglífico y emblema. No se veía
en ellos únicamente una escritura, es decir, medios de
representación de la realidad, sino a la realidad misma.
Entre los atributos de la realidad estaba el ser simbólica:
ríos, rocas, animales, astros, seres humanos, todo era
un jeroglífico, sin cesar de ser lo que era. Los signos
adquirieron la dignidad del ser; no eran un trasunto de la realidad:
eran la realidad misma. O más exactamente: Una de sus versiones.
Si la realidad del mundo era emblemática, cada cosa y cada
ser era símbolo de otra. El mundo era un tejido de reflejos,
ecos y correspondencias. (SJ, pp. 220221)
Aunque en este párrafo
Paz no está hablando del poeta moderno, sino que está
construyendo el marco histórico que va a permitir comprender
la época de Sor Juana, si sacamos este marco de su quicio
podemos, sin dejar de ser fieles a Paz, aplicarlo a su comprensión
desde la "analogía" de la mentalidad del poeta
moderno. Esta inclusión, que no es abierta sino implícita,
vuelve de cabeza la explicación racional de la historia;
pero también propone algo que Octavio Paz no ha considerado
en su totalidad.
En lugar de, como Paz
hubiera querido, hacer de la poesía una entidad metahistórica,
una "otredad" que permitiera una comunicación y
un conocimiento independiente de la temporalidad, esta inclusión
abre un vínculo inconmensurable entre cosas y tiempos, y
entre poesía e historia. En su libro sobre Sor Juana, Paz
realiza tres diferentes movimientos: primero, dibuja un retrato
de ella dentro de su tiempo y sociedad; después, la ve no
solamente como precursora sino como representante del poeta moderno;
finalmente hace de ella una imagen de sí mismo. De esta manera
logra al mismo tiempo ser Sor Juana, ser también el poeta
moderno, y convertirse en un ser metahistórico. Como Luis
Mario Schneider ha dicho: "la historia poética de Paz
es la historia de una concepción de vieja progenie. Es la
voz que revela a su Elegido, es la reiterada imagen bíblica
del Verbo, es el lenguaje que le ha sido deparado al poeta".
Paz reconoce que la
concepción que de sí misma tiene Sor Juana como poeta
no es la misma que la del poeta moderno, pero gracias a esta amplificatio
del vínculo entre "la corriente oculta" de
la poesía moderna con el universo del siglo XVII
logra establecer la base retórica de su propia identificación
e inclusión. Todas estas distintas capas están funcionando
juntas al mismo tiempo. Y nosotros podemos movernos de una a la
otra para explicar ya sea esta situación (la identidad individual
de Paz) o las otras (la realidad de Sor Juana, la naturaleza del
poeta moderno). Con su libro sobre la monja, Paz se instala como
heredero legítimo de toda una tradición poética.
Con él también, construye una autobiografía
mítica disfrazada de biografía de una monja del siglo
XVII. Y establece, finalmente, el último movimiento
por parte de Paz, en una larga y metódica construcción.
El melancólico, recapacitemos, es aquel capaz de "hablar
con fantasmas y hacer que las piedras hablen".
_____________________
*Octavio Paz, Las trampas de la fe, México D.F., 1990.
En lo sucesivo, se abrevia como SJ
predrosc@servidor.unam.mx
Pedro Serrano, "La
torre y el caracol", Fractal
n° 6, julio-septiembre,
1997, año 2, volumen II, pp. 97-120.
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