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Si el papá de
Mafalda estaba leyendo un libro en inglés, seguramente acudirá
a un diccionario inglés; digamos, el Merriam-Websters.
Allí encontrará una definición que empieza
diciendo: "un fruto indehiscente de una sola semilla..."
Se da cuenta entonces de que el Websters responde a la pregunta
"qué es una drupa". De ello le da indicio
el artículo indefinido al principio de la definición,
y para comprobarlo le basta con poner entre la palabra y su definición
el verbo que mejor convenga (estableciendo así, en términos
de Rey-Debove, una "ecuación sémica"): "drupa
(es) un fruto indehiscente...", etc.
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Historia
de letras / Alejandro Venegas
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A la pregunta que exige
un artículo (qué es una drupa) corresponde
una definición que lo incluye (una drupa es un fruto),
y aun sería consecuente con ello que los vocablos incluidos
en el Websters fueran precedidos de su respectivo artículo,
con lo que no iríamos a buscar la entrada drupa sino
una drupa, o quizá la drupa. En cambio, si
el libro que leía está en español, y el papá
de Mafalda acude al Diccionario del español usual en México
cosa rarísima en un argentino que vive en Buenos Aires,
como él, allí encontrará una definición
que empieza diciendo: "Fruto carnoso con una sola semilla...".
En este caso no tiene el indicio del artículo, así
que puede suponer sin mayor discusión que la ecuación
sémica se establece con el verbo significar: "drupa
(significa) fruto carnoso..." (Si se hubiera preguntado "¿A
qué se llama drupa?", habría encontrado seguramente
algún diccionario español que le respondiera consecuentemente.
Algo así como: "Dícese del fruto carnoso que...")
Como se ve, el tipo
de respuesta que elija cada diccionario mostrará su punto
de vista con respecto a aquello que define, lo cual a su vez traslucirá
su concepción de la lengua. Responder a qué es una
cosa lo pone del lado de la enciclopedia (que es un "catálogo
de objetos del mundo que interesan al conocimiento", según
Luis Fernando Lara); responder a qué significa lo coloca,
en cambio, del lado del diccionario propiamente dicho. Según
Rey-Debove, esta vacilación entre enciclopedia y diccionario
explica por qué los diccionarios modernos sustituyen el verbo
de la ecuación sémica por un espacio en blanco: porque
así pueden jugar con la ambigüedad (que aquí
se expresa en las dos formulaciones que el papá de Mafalda
da a su duda).
Esto es sin duda cierto,
pero Luis Fernando Lara va un poco más lejos y si entiendo
bien su argumento sugiere que el espacio en blanco expresa
"una complejidad real de la ecuación sémica".
Esta complejidad se refiere tanto a la naturaleza de la lengua misma
como a la condición histórica de la comunidad que
"la hace". Para mostrarlo, Lara elige como ejemplo las
palabras tigre, gato, cara y otras, y analiza
sus definiciones en los principales diccionarios modernos, pero
también en algunos antiguos. De ello concluye muchísimas
cosas, pero a mí me importa destacar especialmente una, que
intentaré mostrar siguiendo el hilo de sus argumentos a través
de gato. Para ello comenzaré citando (algo rasurada
de latinajos y modernizando su ortografía) la definición
que da el Tesoro de la lengua castellana o española, de Covarrubias,
publicado en 1611 (el primer diccionario europeo propiamente dicho):
gata y gato
El gato es animal doméstico, que limpia la casa de ratones
[...] El gato es animal ligerísimo y rapacísimo,
que en un momento pone en cobro lo que halla a mal recaudo; y
con ser tan casero jamás se domestica, porque no se deja
llevar de un lugar a otro si no es metiéndole por engaño
en un costal, y aunque le lleven a otro lugar se vuelve, sin entender
cómo pudo saber el camino. Él es de calidad y hechura
del tigre, y los gatos monteses son fieros y muy dañinos;
de un aruño o mordedura de un gato han muerto algunos,
como lo testifica el epitafio de un romano en Santa María
del Pópulo [...]
Gatos
llaman a los ladrones rateros. Gato los bolsones de dinero, porque
se hacen de sus pellejos desollados enteros sin abrir. Al rico
avariento y mísero suelen llamar ata el gato. Gatos de
agua, unas ratoneras que se ponen sobre librillos de agua, adonde
caen los ratones y se ahogan. Echar el gato a las barbas, sacudir
de sí el peligro y echarlo a otro. Estar como gatos y perros,
no tener paz. No hacer mal a un gato, ser pacífico y benigno.
Vender el gato por liebre, engañar en la mercadería;
tomado de los venteros, de los cuales se sospecha que lo hacen
a necesidad y echan un asno en adobo y la venden por ternera.
Debe ser gracia y para encarecer cuán tiranos y de poca
conciencia son algunos.
Por su parte, el Diccionario
de Autoridades, el primero que publicó la Academia española
de la lengua (1726), dice:
Gato.
s. m. Animal doméstico, y muy conocido, que se cría
en las casas, para limpiarlas de ratones y otras sabandijas. Tiene
la cabeza redonda, las orejas pequeñas, la boca grande
y rasgada, el hocico adornado por un lado y otro de unos bigotes
a modo de cerdas: las manos armadas de corvas y agudas uñas,
el cuerpo igual, y la cola larga. Relúcenle los ojos en
la oscuridad, como si fueran de fuego: y tiene la lengua tan áspera
que lamiendo mucho en una parte, la desuella y saca sangre. Haylos
de varias colores. [...]
Gato.
Se llama también la piel de este animal, aderezada y compuesta
en forma de talego o zurrón, para echar y guardar en ella
el dinero: y se extiende a significar cualquier bolsa o talego
de dinero [...]
Lara cita además
las definiciones de gato de dos diccionarios franceses publicados
en la segunda mitad del siglo XVII. Y dice:
Para los dos primeros
diccionarios [los franceses], el gato como objeto en sí
mismo no es materia de definición. Para los dos es un "animal
doméstico muy conocido". En cambio, cada uno de ellos
ofrece características del gato que resaltan a la comunidad:
que maúlla, que es enemigo de los ratones "y
otras sabandijas", dice la Academia Española,
que se parece al león por su cuerpo y sus ojos brillantes.
La definición lexicográfica del gato es, entonces,
ante todo, el estereotipo del animal que tiene la sociedad francesa
del siglo XVII. Lo mismo sucede con la definición
del Diccionario de Autoridades. Sólo que éste,
obra del siglo XVIII, imbuido del espíritu
científico de la Ilustración, amplía la descripción
del animal, a pesar de ser tan "conocido". Lo que ofrecen
los tres diccionarios son, entonces, las características
típicas del animal, es decir, aquellas que organizaban
la comprensión social del gato. [...] Nada se decía
de su tamaño, de la forma detallada de su cuerpo, o de
una clasificación zoológica que será
posterior como felino o como carnívoro. Es decir,
ninguno de los elementos con que definían al gato podría
considerarse una propiedad mediante la cual se lo podría
identificar inequívocamente. En cambio, el gato formaba
parte de la experiencia social, y los vocablos gato y chat
tenían significados que permitían la comunicación
de los hablantes de la comunidad. Las definiciones eran genéricas,
no descripciones de gatos singulares, pero tampoco eran definiciones
del objeto gato en sí, sino de la concepción
social del gato.
Así pues, como
atestigua el Diccionario de Autoridades, en el siglo XVIII
las comunidades lingüísticas europeas comenzaron a abrazar
como propias las verdades que les ofrecía el conocimiento
científico. Y, concluye Lara:
Desde entonces el
conocimiento científico entra en tensión con el
conocimiento compartido por la sociedad, que es la que fija sus
condiciones de inteligibilidad. La tensión se complica
por el hecho de que, a la vez que la ciencia se ocupa del mismo
mundo experimentado por la sociedad y manifiesto en su significado,
lo hace con los mismos signos que le depara la sociedad. El gato
de la sociedad es "el mismo" que interesa a la zoología;
pero la zoología agrega al conocimiento social un nuevo
conocimiento "de las cosas en sí", que se manifiesta
mediante los mismos signos lingüísticos tradicionales.
En resumen, el gato
en sí, el gato de la ciencia y de la enciclopedia, entra
en conflicto con el gato común y corriente, ese gato que
los hablantes han valorado siempre por los rasgos que han juzgado
típicos de él, sobre los que han bordado a lo largo
de la historia no sólo las acepciones más comunes
de la palabra gato sino también muchas frases hechas
y refranes. La confrontación es de tal orden que, si nos
atuviéramos sólo a la definición enciclopédica,
zoológica de gato, no nos serían inmediatamente
inteligibles expresiones como "tener ojos de gato" (tenerlos
grandes, claros y brillantes), "andar como perros y gatos"
(peleando sin cesar) o "defenderse como gato panza arriba"
(hacerlo con bravura y echando mano de cualquier recurso).
Está claro, pues,
que la definición enciclopédica del gato será
más o menos "la misma" en todas las lenguas (porque
se trata de una descripción de los rasgos pertinentes para
su clasificación zoológica), mientras que su definición
lexicográfica propiamente dicha dependerá de los rasgos
que cada comunidad lingüística destaque en él;
es decir, de qué cosas considere típicas del gato
y de la forma en que, a partir de ellas, se construya una imagen
prototípica del gato. Según Luis Fernando Lara, esta
imagen constituye un "esquema cognoscitivo", una suerte
de punto de referencia que vuelve inteligibles las acepciones "naturales"
de gato que enlista el diccionario.
Y, sin embargo, el
diccionario moderno no puede escamotearle a la palabra gato
su significado enciclopédico, porque la comunidad lingüística
lo ha reconocido ya como verdadero, se lo ha echado sobre la espalda
y ahora carga con él. Al diccionario le toca hoy reflejar
este hecho, por más que tenga que recurrir (justificadamente,
según Rey-Debove) a una ambigüedad tipográfica:
el espacio en blanco.
El
catálogo de todas las respuestas
A estas alturas el
papá de Mafalda siente que le da vueltas la cabeza. Y eso
que no ha hecho sino empezar. Ha seguido a su modo o sea,
como ha podido las mismas reflexiones de Luis Fernando Lara
y de pronto se da cuenta de que casi no ha hecho más que
reflexionar un poco sobre el espacio en blanco que media entre la
palabra y su definición. ¿Y lo demás, tanto
de un lado como del otro de la ecuación sémica? Ha
notado, por ejemplo, que Covarrubias da como entrada la palabra
gata no gato, como los otros diccionarios
y que en cambio no ofrece ninguna información gramatical,
como hace en cambio el Diccionario de Autoridades. ¿Quiénes,
cómo y cuándo convinieron en que estas cosas se hicieran
siempre de un modo y no de otro? ¿Por qué, por ejemplo,
los sustantivos y los adjetivos aparecen ahora siempre en su forma
masculina singular y los verbos en su infinitivo? Y, cosa aún
más vertiginosa, ¿a quién se le ocurrió
esa ordenación que ahora nos parece tan natural y que es,
sin embargo, el colmo del ingenio y la convencionalidad; esa disposición
de las palabras según lo que llamamos "orden alfabético"?
Para responder algo
a estas preguntas, al papá de Mafalda ya no le bastaría
con acudir a su intuición: tendría que consultar unos
cuantos libros de historia, de filología, de lingüística,
de teoría (incluida la Teoría del diccionario
de Luis Fernando Lara). Pero eso no quita que medite un poco más
sobre algunos temas que ha rozado. Así que vuelve a una de
sus dudas: ¿cómo explicar que un diccionario, que
no es más que un libro con un número finito de páginas,
se presente sin embargo ante nosotros como un instrumento capaz
de responder a todas nuestras preguntas? O, como dice Lara, ¿cómo
explicar que los diccionarios se arroguen "la facultad de informar
acerca de la lengua en su totalidad, como verdaderos y legítimos
representantes de ella"?
El papá de Mafalda
se pone de inmediato a tratar de acotar esa totalidad, aunque
la empresa no parece fácil. Sabe, por ejemplo, que su duda
sobre la palabra drupa surgió cuando se topó
con esa palabra en una frase que no comprendió del todo.
Es decir, sabe que encontró la palabra drupa en un
contexto determinado, así que le parece extraño que
el diccionario le diga qué es o qué significa drupa
fuera de ese contexto. Luis Fernando Lara expresa este mismo extrañamiento
de la siguiente manera:
El significado de
la palabra está determinado claramente por el contexto
en que aparece y, en consecuencia, habrá una cantidad ilimitada
de sentidos específicos de cada palabra, según la
cantidad ilimitada de discursos que se produzcan con ella. Este
hecho es lo que lleva a muchos lingüistas a sostener que
es imposible dar la definición de un vocablo en un diccionario,
porque es imposible listar las variaciones de significado que
se dan en el habla real.
Con todo, el papá
de Mafalda reconoce que ha sido él mismo quien ha sacado
de contexto la palabra drupa para preguntarse por ella, y da validez
a este hecho diciéndose que forma parte de la naturaleza
humana el poder hacer abstracciones sobre su lenguaje. Esto quiere
decir que, valiéndose de esa capacidad, ha cambiado la naturaleza
de la palabra drupa para convertirla en esa suerte de abstracción
que los diccionarios llaman vocablo. ¿Significa esto
que el vocablo drupa es un signo cuyo significado es la palabra
drupa, que a su vez significa "fruto carnoso...",
etc? Josette Rey-Debove opina que sí y considera al vocablo
como un "autónimo", un "icono de signo".
A Luis Fernando Lara esto le parece una complicación innecesaria,
pues entonces, dice:
toda lengua natural,
por el solo hecho de convertirse en objeto de sí misma,
quedará compuesta por un sistema de signos naturales, más
su duplicación homonímica a base de autónimos
y los signos estrictamente metalingüísticos, como
vocablo, palabra, oración, morfema,
fonema, etc., que no tienen duplicado en la lengua
natural y que forman el "metalenguaje".
[...]
Y en este caso, como
se puede ver, el efecto teórico complica innecesariamente
la teoría del lenguaje, pues implica la existencia de dos
conjuntos de vocablos, el natural y el metalingüístico,
que no solamente no tienen alguna evidencia empírica, sino
que tampoco parecen producir alguna ganancia a la propia teoría
del lenguaje, como no sea segmentar los usos naturales y los usos
reflexivos de la lengua en dos supuestos lenguajes (lengua-objeto
y metalenguaje) para no tener que reconocer el carácter
pragmático de la mención de un signo cuando
interesa la reflexión sobre la lengua.
[...]
Pero además
del problema teórico lingüístico que produce
la doble estructura de la lengua natural, lo que se ha perdido
del todo es el hecho de que el hablante refiere en su acto verbal
[en la pregunta sobre el significado de una palabra] a un signo
lingüístico, al cual considera objeto de atención
o de predicación como en el caso del diccionario
de la misma manera en que, cuando habla de los objetos del mundo
sensible (de sus sensaciones corporales, por ejemplo) refiere
a ellos. Es decir, se pierde el sentido mismo del acto verbal,
que comienza por ser un acto de referencia. La mención
que hace el hablante por su interés de referir a un signo
se disuelve en una manifestación propia de la lengua, como
si realmente "la lengua hablara de sí misma".
Por eso es preferible
considerar que la entrada, el vocablo y el lema
no son autónimos, ni jeroglíficos de sí mismos,
sino signos mencionados y no por un "metalenguaje" sino
por el lenguaje de descripción de que hace uso la lexicografía,
que solamente se diferencia de la lengua ordinaria por los artificios
con que abstrae las palabras en vocablos y las condiciones morfológicas
y sintácticas del vocablo en lemas. En conclusión,
el lenguaje en que se presenta la entrada, el vocablo y el lema
es la propia lengua que toma por objeto el diccionario monolingüe.
El acto proposicional comienza, en la entrada, por ser
un acto referencial de carácter ostensivo.
El papá de Mafalda
no alcanza a montar un ataque de esta magnitud contra el concepto
de "metalenguaje", pero entiende que no llegará
muy lejos pensando que el vocablo es un signo de un signo, así
que se contenta con la idea de que cuando pregunta sobre una palabra
de su lengua lo hace siempre desde dentro de su lengua
(en el seno de una comunidad lingüística, de una
cultura y una historia particulares), y que la respuesta que se
le ofrece se le ofrece también dentro de ella. Descubre
así algo que suena, al mismo tiempo, a milagro y a verdad
de Pero Grullo: el diccionario habla la misma lengua que él,
por más que esté lleno de abreviaturas y otras mil
convenciones. Comienza a vislumbrar, entonces, cómo el diccionario
va acotando la pertinencia de sus preguntas para luego pretender
contestarlas todas. Dicho en palabras de Lara:
la estabilidad, la
relativa fijeza de la sustancia del contenido del vocablo [su
significado], hay que atribuirla a su provenencia social: es la
dialéctica entre las necesidades de significación
del ser humano individual y sus necesidades de comunicación
con los miembros de su comunidad la que fija el significado del
vocablo, con una estabilidad que, por naturaleza, no se rigidiza
sino al contrario, está siempre dispuesta a modificarse
de acuerdo con las necesidades de significación de cada
hablante.
De esta manera, aunque
los estudios de adquisición de la lengua materna no permitan
todavía llegar a una teoría unitaria del modo en
que se construyen las palabras y los vocablos, se puede postular,
con visos suficientes de verificación, que la estabilidad
o la relativa fijeza del significado del vocablo en aislamiento
es producto de la facultad humana de abstracción, de la
memoria de acciones verbales y su identificación en esquemas
de acto, de la preeminencia del modo designativo de la significación
en la mayor parte de los campos referenciales que se organizan
en el habla diaria [el dichoso "sentido recto" de la
Academia], y de la delimitación del sentido que ejerce
el consenso social. Sólo así puede explicarse que,
como lo demuestran la observación de la definición
espontánea de los hablantes, los pocos estudios asequibles
al respecto y la existencia de los diccionarios, los vocablos
tengan un significado al menos relativamente estable
e independiente del significado específico que adquieran
en cada discurso real.
En este sentido el
diccionario no sólo acota las preguntas que podemos hacerle
(y que sin embargo, al menos en teoría, siguen siendo "todas
las preguntas") sino que instituye el acto mismo de preguntar
y responder por las palabras de la lengua. Se convierte así
en una construcción social de orden simbólico que
los hablantes reconocen no sólo como "depósito
de la memoria social manifiesta en palabras" sino como expresión
de la verdad en lo que a una lengua se refiere.
El libro de la memoria sin olvido
Dice Luis Fernando
Lara que "los diccionarios [...] son libros tan obvios, tan
esperados en la biblioteca doméstica, que parecen muebles".
Y sin embargo, ¡qué extraña clase de libros
son! Los consultamos muy brevemente y de vez en cuando, pero están
imbuidos de un prestigio y de una autoridad abrumadores. "¡Notables
objetos verbales! exclama Lara Los únicos que,
sin provenir de una revelación religiosa, o de la pluma de
un profeta, constituyen una verdad para las comunidades lingüísticas."
John Algeo agrega que los hablantes de inglés pero
seguramente no sólo ellos lo han adoptado como icono
cultural: "Así como la Biblia es el libro sagrado dice,
el diccionario se ha vuelto el Libro secular, la fuente de autoridad,
el modelo de comportamiento y el símbolo de la unidad de
la lengua." Y no es extraño: la Biblia y el Diccionario
comparten un rasgo esencial: ambos fundan buena parte de su autoridad
en el hecho de ser libros. "Los diccionarios han sido
siempre libros", afirma Lara, y añade que esto les supone
"de inmediato un carácter de civilización que
el género humano debe al papel, a la escritura y a la imprenta".
Es verdad que los diccionarios
monolingües de las lenguas europeas aparecieron desde el principio
bajo la forma de libros, pero no cambiaría en nada su importancia
como "hecho cultural" que hubieran aparecido antes, como
códices o pergaminos (o que comiencen a hacerlo ahora como
"textos virtuales"). Creo que lo importante, al menos
en cuanto a su autoridad, es su condición de escritura. Y
el prestigio de la escritura es, con mucho, anterior a los diccionarios.
Según el Libro de los Ritos chino, el legendario emperador
Huang Ti inventó la escritura, y con ello dio su nombre verdadero
a las cosas; "parejamente dice Borges Shih Huang
Ti se jactó, en inscripciones que perduran, de que todas
las cosas, bajo su imperio, tuvieran el nombre que les conviene".
Tarea de purista y de tirano, sin duda que lo acerca
más a la sanción de una Comisión para la defensa
del idioma que al verdadero oficio de redactar diccionarios.
A Luis Fernando Lara
quizá le bastaría el purismo de Shih Huang Ti para
compararlo con los monarcas ilustrados europeos, que fundaron academias
y también pretendieron fijar "el esplendor"
de sus lenguas nacionales a través de la escritura aunque
ellos sí hayan propiciado el nacimiento de una verdadera
tradición lexicográfica. Lara insiste, por ejemplo,
en el valor que los monarcas europeos dieron al diccionario en cuanto
legitimación del Estado nacional. Así, dice, el diccionario
monolingüe "no fue simplemente un instrumento de información"
sino que "comenzó por ser una institución simbólica,
un catálogo de voces de la lengua literaria documentadas
en un conjunto de obras declaradas clásicas,
orientado al esplendor de la lengua del Estado".
Como puede verse, las
similitudes con Shih Huang Ti terminan ahí, pues para éste
no había nada que pudiese llamarse "clásico".
Fue él quien unificó los antiguos reinos de la China
e inició la construcción de la Muralla, pero también
ordenó quemar todos los libros escritos antes de su reinado,
como si con ello pudiese abolir el pasado y volver a fundar la historia.
Quizá por eso no se animó a ordenar la redacción
de un diccionario: porque, aun sirviéndole como herramienta
para legitimar su imperio, el diccionario no habría podido
dejar de ser un "depósito de la memoria social"
de los chinos ni de responder a una necesidad práctica de
sus hablantes. Y así habría terminado por encontrar
su fundamento como dice Lara que hacen los diccionarios modernos
ya no en un "arbitrio histórico" o en "los
intereses de un Estado para legitimarse" sino "en la necesidad
de entendimiento de la sociedad y en una institucionalidad de la
pregunta y la respuesta acerca del léxico de [la] lengua,
que tiene sus raíces en lo más profundo de la vida
verbal de la sociedad". Nada de esto habría servido
a los propósitos de Shih Huang Ti, que aborrecía el
pasado: como todos los diccionarios, el suyo habría tenido
que mirar hacia el universo que ilumina la lengua, y ese universo
habría incluido al pasado.
"Acaso dice
Borges Shih Huang Ti amuralló el imperio porque sabía
que éste era deleznable y destruyó los libros por
entender que eran libros sagrados, o sea libros que enseñan
lo que enseña el universo entero." Como el diccionario.
Como la Teoría del diccionario, de Luis Fernando Lara
.
fscamelo@prodigy.net.mx
Francisco Segovia,
"¿A
qué responde el diccionario?",
Fractal
n° 6, julio-septiembre,
1997, año 2, volumen II, pp.
79-94.
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