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Dos años
antes de su muerte Schwob publicó La
Lampe de Psyché
(1903) que reúne Mimes
(1894), La
Croisade des enfants,
Le Livre de
Monelle (ambos
de 1896, el año estelar que vio también la aparición
de Vies imaginaires) y Létoile
de bois (1897),
un cuento nunca antes traducido al español. Ahora, al cumplirse
su centenario, La estrella de madera aparece en la excelente versión
de Una Pérez-Ruiz.
Con ella el siglo
mexicano de Marcel Schwob encuentra su cierre y al mismo tiempo
su apertura al nuevo milenio. Una Pérez-Ruiz, que pertenece
a la más joven generación de escritores y traductores
mexicanos, continúa y renueva la tarea iniciada entre nosotros
por Cabrera, a quien debemos traducciones admirables de La cruzada
de los niños (1917) y Vidas imaginarias (1922).
En este cuento lírico
o poema narrativo en prosa vemos al otro Schwob, el narrador de
historias de Le Roi au masque dor y Coeur double, si bien
con un matiz que no se encuentra en los relatos de esos libros.
La estrella de madera es un cuento de niños para adultos
o un cuento de adultos para niños. Prueba así que
Schwob no es una figura de ayer sino un escritor de hoy y para mañana.
La traducción de Una Pérez-Ruiz culmina por ahora
las lecturas mexicanas de Marcel Schwob en el siglo veinte y anticipa
las del siglo veintiuno.
I
Alain
era el nieto de una vieja carbonera del bosque.
En ese antiguo bosque
había más claros que caminos: había también
prados redondos protegidos por altos robles; lagos de helechos inmóviles
sobre los que planeaban ramajes frágiles y frescos como dedos
de mujer; familias de árboles graves como pilastras, que
se reunían para murmurar durante siglos las deliberaciones
de sus hojas; estrechas ventanas de ramas que se abrían sobre
un océano de verdor donde temblaban largas sombras perfumadas
y los círculos de oro blanco del sol; islas encantadas de
brezales rosas y ríos de aulagas; enrejados de resplandores
y de tinieblas, grandes espacios naturales en donde surgían,
todos temblorosos, los jóvenes pinos y los robles pueriles;
camas de agujas rojizas en las que las horcaduras musgosas de los
viejos árboles parecían hundirse a media pierna, nidos
de ardillas y guaridas de víboras; mil estremecimientos de
insectos y trinos de pájaros. Cuando hacía calor,
zumbaba como un gigantesco hormiguero; y retenía, después
de la lluvia, una lluvia propia, lenta, sombría, pertinaz,
que caía de sus cimas y ahogaba sus hojas muertas. Tenía
su respiración y su sueño; a veces roncaba, a veces
callaba, mudo, sorprendido, vigilante, sin un roce
de serpiente, sin un trino de curruca. ¿Qué esperaba?
Nadie lo sabía. Tenía su voluntad y sus gustos: lanzaba
rectas y veloces líneas de abedules, que caían como
flechas; luego le daba miedo, y se detenía en un rincón,
estremecido, bajo un bosquecillo de álamos temblones. También
llegaba a poner un pie en el lindero, casi en la llanura, pero de
inmediato retrocedía, y volvía al frío horror
de sus más altos y profundos oquedales, a su centro nocturno.
Toleraba la vida de los animales, y no parecía tomarla en
cuenta; pero sus troncos inflexibles, resistentes, como relámpagos
solidificados que brotaban de la tierra, eran hostiles a los hombres.
Sin embargo,
no odiaba en lo absoluto a Alain: le ocultaba el cielo. Durante
mucho tiempo el niño no
conoció otra luz que un turbio y lechoso verdor del aire;
y, al llegar la noche, veía la carbonera motearse de puntos
rojos. El misericordioso viejo bosque no le había permitido
mirar todo lo que el cielo nocturno arrastra de oro y plata. Así
vivía al lado de una buena mujer cuyo rostro, surcado como
una corteza, se había quedado fijo en las inmutables líneas
del reposo de la vida. Le ayudaba a cortar las ramas, a apilarlas
en las carboneras, a cubrir los montones de tierra y de turba, a
vigilar el fuego, que tiene que ser suave y lento, a clasificar
los trozos para hacer las negras pilas, a llenar los sacos de los
porteadores a los que apenas se les veía la cara entre las
tinieblas de las hojas. A cambio de eso tenía el privilegio
de escuchar al mediodía el parloteo de los ramajes y de los
animales; de dormir bajo los helechos cuando hacía calor;
de soñar que su abuela era un roble torcido, o que la vieja
haya que siempre miraba la puerta de la choza iba a arrodillarse
y venir a tomar la sopa; de observar en la tierra la huida constante
de la inasible moneda del sol; de reflexionar que los hombres, su
abuela y él no eran verdes y negros como el bosque y el carbón;
de mirar hervir la marmita y acechar el instante de su mejor aroma;
de hacer gorgotear su cántaro de cerámica en el agua
de la charca que estaba atrapada entre tres rocas redondas; de ver
surgir un lagarto al pie de un olmo como un retoño luminoso,
ondulante y fluido, y, en el hueco de la espalda del mismo olmo,
también podía ver hincharse el fuego carnoso de un
champiñón.
Tales fueron los años
de Alain en el bosque, entre el dormir soñador de los días,
y el soñar adormilado de las noches; y ya había cumplido
diez.
Un día de otoño
se desató una gran tormenta. Todos los oquedales gruñían
y jadeaban; dardos rutilantes de lluvia se hundían una y
otra vez en la maraña de las ramas; las ráfagas aullaban
y se arremolinaban en torno de las cabezas canas de los robles;
la joven albura gemía, la vieja se lamentaba; se oían
las quejas del viejo corazón de los árboles y hubo
algunos que fueron heridos de muerte y cayeron allí mismo,
arrastrando fragmentos de su copa. La verde carne del bosque yacía
acuchillada con sus heridas abiertas, y por esas dolorosas aberturas
penetraba en sus entrañas de sombra empavorecida la luz horrible
del cielo.
Esa noche el niño
vio una cosa sorprendente. La tempestad se había alejado
y todo volvía a quedar mudo. Se sentía una especie
de gloria apacible luego de un largo combate. Cuando Alain fue con
su escudilla por agua a la charca de la roca, entrevió destellos
que titilaban, temblaban, parecían reír en el rústico
espejo con una risa helada. Primero pensó que eran puntos
de fuego como los que brillaban en las carboneras; pero éstos
no quemaban los dedos, huían de su mano al tratar de cogerlos,
se balanceaban de un lado a otro, luego volvían obstinadamente
a cintilar en el mismo lugar. Eran fuegos fríos y burlones.
Y Alain veía flotar entre ellos la imagen de su rostro y
la imagen de sus manos. Entonces volvió sus ojos hacia lo
alto.
A través de
una gran herida oscura del follaje, distinguió el vacío
radiante del cielo. El bosque ya no lo protegía más,
y sintió cierta vergüenza de su desnudez. Pues desde
el fondo de ese vasto claro azulado tan lejano, una multitud de
ojitos implacables relucían, pupilas muy penetrantes, guiños
que centelleaban, todo un picoteo de rayos. Así, Alain conoció
las estrellas, y desde ese momento las deseó.
Corrió al lado
de su abuela, que atizaba pensativamente la carbonera. Y cuando
le preguntó por qué la charca de la roca reflejaba
tantos puntos brillantes que temblaban entre los árboles,
su abuela le dijo:
Alain, son las
hermosas estrellas del cielo. El cielo está encima del bosque
y los que viven en la llanura lo ven siempre. Y todas las noches
Dios enciende en él sus estrellas.
Dios enciende en él sus estrellas... repitió
el niño. ¿Y yo, abuela, podría encender
estrellas?
La anciana mujer le puso en la cabeza su mano dura y cuarteada.
Era como si uno de los robles hubiese tenido piedad de Alain y lo
acariciara con su resistente corteza.
Eres demasiado pequeño. Somos demasiado pequeños
dijo. Sólo Dios sabe encender sus estrellas en
la noche.
Y el niño repitió:
Sólo Dios sabe encender sus estrellas en la noche...
II
A partir de entonces
las diarias alegrías de Alain fueron menos apacibles. El
parloteo del bosque dejó de parecerle inocente. Ya no se
sentía protegido bajo el abrigo de las hojas aserradas de
los helechos. La móvil dispersión del sol en los musgos
lo dejó asombrado. Se cansó de vivir en la sombra
verde y oscura. Deseó otra luz que no fuera el tornasol de
los lagartos, el sombrío tapiz de los hongos, y el enrojecimiento
del carbón en los hornos. Antes de dormirse iba a contemplar
en la charca la innumerable risa crepitante del cielo. Toda la fuerza
de sus deseos lo transportaba más allá de las tinieblas
cerradas de las hayas, de los robles, de los olmos, detrás
de los cuales había más hayas, robles y olmos, y todavía
más árboles, y oquedales sin fin. Y las palabras de
la anciana habían herido su orgullo:
Sólo
Dios sabe encender sus estrellas en la noche.
¿Y yo? pensaba Alain. Si fuera a la llanura,
si estuviera bajo ese cielo que está por encima de los árboles,
¿no podría también encender mis estrellas?
¡Oh, iré!, iré.
Ya nada le gustaba
en el recinto del bosque, que lo asediaba como un ejército
inmóvil, lo aprisionaba como una cárcel rígida
cuyos árboles guardianes se multiplicaban para detenerlo,
extendían sus brazos inflexibles, se alzaban amenazantes,
enormes, terribles y mudos, armados de contrafuertes nudosos, de
barricadas hendidas, de manos gigantescas y enemigas. Al proteger
celosamente su corazón tenebroso, el bosque parecía
hostil a todo lo que no fuera él mismo. Pronto sanaron todas
las heridas de la tempestad, se cerraron las crueles heridas por
donde penetraba la luz y de nuevo durmió el sueño
de su profundidad. Y la charca de la roca volvió a ser oscura,
y la cara del rústico espejo no reflejó más
la risa luminosa del cielo.
Pero en el sueño
del niño las estrellas reían siempre.
Una noche escapó
de la choza mientras su abuela dormía. Llevaba en una alforja
pan y un trozo de queso duro. Las carboneras lucían apaciblemente
un resplandor sofocado. ¡Qué tristes parecían
esos puntos rojos comparados con los vivaces destellos del cielo!
Los robles, en la noche, no eran sino sombras ciegas que tendían
sus largas manos tanteando. Estaban dormidos, como su abuela, pero
dormían de pie. Eran tantos que se turnaban para hacer guardia.
No se oía su respiración mientras dormían.
Seguirían así, en silencio, hasta el primer rocío
del alba. Mas cuando el viento matinal hiciera murmurar las hojas,
Alain ya habría escapado a su vigilancia. Todos los pájaros
piarían y piarían para avisarles, pero Alain ya se
habría deslizado entre sus brazos. No podrían seguirlo,
porque tenían horror a la llanura. De nada les serviría
amenazarlo de lejos, como una fila de gigantes negros: no sabían
ni gritar ni caminar; todo lo que hacían era amontonarse,
apretarse, multiplicarse, crecer, extenderse desmesuradamente, hendirse,
lanzar mil tentáculos inmóviles, hacer avanzar de
pronto grandes cabezas y espantosas mazas. Pero en el lindero de
la llanura su poder se extinguía, y un hechizo los detenía
de repente como si la luz los hubiera dejado estupefactos, deslumbrados.
Cuando Alain llegó
a la llanura, se atrevió a volver la mirada. Los gigantes
negros, reunidos como el ejército de la noche, parecían
mirarlo tristemente.
Luego Alain alzó
los ojos. En el cielo lo esperaba un milagro. Se hubiera dicho que
había florecido con flores de fuego. Por todas partes se
estremecía de destellos. Algunos huían, se hundían,
estaban a punto de desaparecer, y de golpe volvían, crecían,
ardían al rojo vivo, palidecían, azuleaban, se borraban,
flotaban un poco, se dispersaban en tres, cuatro, cinco rastros
de flamas, luego se reunían, se fundían, y, condensados,
no eran más que un punto que estallaba. Otros tenían
una insoportable agudeza, atravesaban los ojos con un aguijón,
después se volvían suaves, se llenaban de bruma, se
extendían, se volvían manchas claras, vacilaban, desaparecían
en el vacío, y, reapareciendo en ese mismo instante, perforaban
el aire con su estilete puro. Y otros se acomodaban en líneas,
construían figuras, se disponían en siluetas en las
que Alain veía casas, ventanas, carrozas; y repentinamente
la esquina del techo cintilaba, después el dintel de la puerta,
la empuñadura del timón, el centro de la rueda; luego
todo se apagaba; luego los puntos centelleaban de nuevo, pero con
resplandores desiguales, de modo que las formas que apenas había
visto se confundían.
El niño tendía
las manos hacia el fondo de la noche.
Trataba de agarrar
esas luces pálidas, de modelarlas para que formaran figuras,
curioso por saber cómo ardían y si había allá
arriba grandes hornos de carbón azul moteados de flamas.
Entonces miró
la llanura. Era larga, plana y desnuda, informe hasta el horizonte,
poco móvil por su vegetación baja. Terminaba con un
río lento, del que no se distinguían los bordes. Era
un poco más blanco que la llanura.
Alain caminó
hacia el río para volver a ver las estrellas. Allí
parecían correr, volverse líquidas e inciertas, doblarse,
redondearse, velarse bajo una onda oscura y a veces dividirse en
una multitud de cortas líneas espejeantes. Iban con el curso
del agua, se perdían en los remolinos y morían, ahogadas
por grandes macizos de hierbas.
Durante toda esa noche
Alain caminó bordeando el río. Dos o tres soplos de
la alborada envolvieron las estrellas en un sudario gris claro,
estriado de oro y de rosa. Al pie de un esbelto arbolillo en el
que temblaban hojas de plata, Alain se sentó, algo cansado;
mordisqueó su pan y bebió agua de la corriente. Siguió
caminando el día entero. Por la noche durmió en una
hondonada de la orilla. Y a la mañana siguiente retomó
su camino.
Y he aquí que
vio alargarse el río y a la llanura perder su color. El aire
se volvía húmedo y salado. Los pies se hundían
en la arena. Un murmullo prodigioso llenaba el horizonte. Pájaros
blancos revoloteaban dando chillidos roncos y lastimeros. El agua
amarilleaba y verdecía, se hinchaba y desbordaba la cuenca.
Las riberas descendían y desaparecían. Pronto, Alain
ya no vio sino una gran extensión arenosa, atravesada a lo
lejos por una larga raya oscura. El río parecía ya
no avanzar más: lo detenía una barra de espuma contra
la cual luchaban todas sus breves olas. Luego se abrió y
se hizo inmenso; inundó la llanura de arena y se dilató
hasta el cielo.
Alain estaba rodeado
de un extraño tumulto. A su alrededor cruzaban cardos de
las dunas con carrizos amarillos. El viento barría su rostro.
El agua se elevaba en hinchazones regulares festonadas de blanco:
largas curvaturas huecas que venían una y otra vez a devorar
la playa con sus fauces glaucas. Vomitaban en la arena una baba
de burbujas, de conchitas perforadas y pulidas, de espesas flores
viscosas, de cuernos relucientes, dentados, cosas transparentes
y blandas singularmente animadas, misteriosos restos misteriosamente
gastados. El mugido de todas esas fauces glaucas era dulce y desolado.
No gemían como
los grandes árboles, pero parecían quejarse en otro
lenguaje. También ellas debían de ser impenetrables
y celosas, pues hacían rodar su sombra púrpura ocultándose
de la luz.
Alain corrió
por la orilla y dejó que la espuma mojara sus pies. Anochecía.
Por un instante pareció que flotaban en el horizonte estelas
rojas sobre un crepúsculo líquido. Luego la noche
surgida del agua, al final del mar, se hizo imperiosa, ahogó
las bocas aullantes del abismo con sus oscuros torbellinos. Y las
estrellas salpicaron el cielo del océano.
Pero el océano
no fue espejo de las estrellas. A semejanza del bosque, protegía
de ellas su corazón de tinieblas con la eterna agitación
de sus olas. Se veían saltar lejos de esa inmensidad ondulante
cimas coronadas de cabelleras de agua que la mano del océano
retiraba enseguida.
Montañas fluidas
se apilaban y se fundían al mismo tiempo. Cabalgatas de olas
galopaban furiosas, luego se abatían invisibles. Filas infinitas
de guerreros con melenas movedizas avanzaban a la carga implacablemente
y zozobraban en el campo de batalla bajo la fluctuación de
una interminable mortaja.
A la vuelta de un acantilado
el niño vio errar una luz. Se acercó. Un corro de
niños daba vueltas en la playa, y uno de ellos blandía
una antorcha. Se inclinaban en la arena donde vienen a morir los
grandes labios del agua. Alain se confundió entre ellos.
Miraban sobre la playa lo que el mar acababa de traer. Eran seres
rayados, de colores inciertos, rosados, violáceos, manchados
de bermellón, ocelados de azul, y cuyas heridas exhalaban
un fuego pálido. Parecían extrañas palmas de
las manos, alrededor de las cuales se crispaban dedos adelgazados;
manos errantes, muertas tiempo atrás, arrojadas por el abismo
que envolvía el misterio de sus cuerpos, hojas carnosas y
animadas, hechas de carne marina; bestias astrales vivientes y móviles
en el fondo de un cielo oscuro.
¡Estrellas
de mar! ¡Estrellas de mar! gritaban los niños.
¡Oh! exclamó Alain, ¡estrellas!
El niño que tenía la antorcha se inclinó hacia
Alain.
Escucha le
dijo, la historia de las estrellas. La noche en que nació
Nuestro Señor, el Señor de los niños, nació
en el cielo una estrella nueva. Era enorme y azul. Lo seguía
a dondequiera que iba, y lo amaba. Cuando los malvados vinieron
a matarlo, lloró sangre. Pero cuando él murió,
al cabo de tres días, ella murió también. Cayó
al mar y se ahogó. Y entonces muchas otras estrellas se ahogaron
de tristeza en el mar. Y el mar tuvo piedad de ellas y no las despojó
de sus colores. Y viene muy suavemente todas las noches a entregárnoslas,
para que las guardemos en memoria de Nuestro Señor.
¡Oh! dijo
Alain, ¿y no podría yo volver a encenderlas?
Están muertas respondió el niño
de la antorcha desde la muerte de Nuestro Señor.
Entonces Alain agachó
la cabeza, se dio vuelta, y salió del pequeño círculo
de luz; pues lo que buscaba no era de ninguna manera una estrella
ahogada, una estrella muerta, apagada para siempre. Quería,
como sólo Dios es capaz de hacerlo, encender una estrella
y hacerla vivir, gozar de su luz, admirarla y verla elevarse en
el aire, lejos de las tinieblas del bosque, que oculta las estrellas,
lejos de las profundidades del océano, que las ahoga. Otros
niños podían recoger las estrellas muertas, guardarlas
y amarlas. Esas no eran para Alain. ¿Dónde hallaría
la suya? No lo sabía; pero estaba seguro de que la encontraría.
Sería algo hermosísimo. La encendería, y ella
le pertenecería, y tal vez iría tras él por
todas partes, como la grande y azul que seguía a Nuestro
Señor. Dios, que tenía tantas estrellas, tendría
la bondad de regalar ésa al pequeño Alain. La deseaba
con tanta fuerza. ¡Y qué sorpresa para su abuela, cuando
regresara! Todo el horrible bosque se iluminaría hasta lo
más recóndito. "¡Dios no es el único
que enciende sus estrellas!, gritaría Alain. También
está mi estrella. Sólo Alain la enciende aquí,
para que la luz se haga en medio de los viejos árboles. ¡Mi
estrella! ¡Mi estrella de fuego!"
El resplandor cintilante
de la antorcha erró por aquí y por allá en
la playa, se volvió rojizo bajo la llovizna; las sombras
de los niños se disolvieron en la noche. Alain volvió
a quedarse solo. Una lluvia fina lo envolvió y lo dejó
transido de frío, tejió entre el cielo y él
su red de gotitas. El lamento de las olas lo acompañó;
a veces murmullo, a veces ulular, y en ocasiones una fuerte ola
detonada contra el acantilado se pulverizaba, estallaba por todas
partes, o se proyectaba en la negrura del aire como un espectro
de espuma. Luego la queja se hizo igual y monótona como los
suspiros regulares de un enfermo; hubo una especie de dulce tumulto
aéreo, balbuciente y confuso; luego Alain entró en
el silencio...
III
Y pasaron los días
y las noches, las estrellas se levantaron y se acostaron; pero Alain
no había encontrado la suya.
Llegó a un país
inhóspito. La hierba fuera de estación amarilleaba
tristemente en los extensos prados; las hojas de las viñas
enrojecían en las cepas antes que los racimos acres y apretados.
Filas regulares de álamos recorrían la llanura. Las
colinas se elevaban con lentitud, recortadas contra los campos pálidos,
algunas veces con la mancha sombría de un bosquecillo de
robles. Otras, escarpadas, se coronaban con un círculo de
árboles negros. Las grandes planicies se erizaban con macizos
amenazantes. En ese lugar, el verde indolente de un grupo de pinos
parecía un signo de felicidad.
A través de
esa árida comarca erraba un arroyo claro y pedregoso. Brotaba
suavemente de una colina, la mitad de su lecho quedaba seco en los
primeros viñedos, y se dividía en brazos que iban
a acariciar los cimientos de antiguas casas de madera con los contramarcos
de las ventanas enguirnaldados. Era tan transparente que los lomos
de las percas, los lucios y los pejes se distinguían como
una tropa inmóvil. Los guijarros emergían al filo
del agua y Alain veía gatos que pescaban de noche entre las
dos orillas.
Y más lejos,
donde el arroyo se volvía río, había un pueblecito
asentado en los bajos ribazos, con menudas casas puntiagudas coronadas
por techos acanalados en ojiva, con una multitud de ventanas minúsculas
apretujadas y enrejadas, con atalayas en los tejados pintadas de
azul y amarillo, y un viejo puente de madera, y un monasterio, parecido
a una bruma bermeja y encrestada, donde San Jorge, armado de sangre,
hundía su lanza en las fauces de un dragón de cerámica
roja.
El río, largo,
luminoso y verde, rodeaba la ciudad como un malecón, entre
montañas nevadas en la lejanía y las muy pequeñas
colinas del pueblecito donde las calles trepaban con sus grandes
letreros de colores; la calle del Yelmo, y la calle de la Corona,
y la calle de los Cisnes, y la del Hombre Salvaje, cerca del Mercado
de Pescado y del León de Piedra que vomitaba su chorro de
agua pura como un arco de cristal.
Allí había
honestas posadas donde muchachas de gordas mejillas vertían
vino claro en jarras de estaño, donde colgaban de las paredes
las vestiduras y mucetas dejadas en prenda; además del Hostal
de la Ciudad, donde se hospedaban los burgueses con capa de paño,
camisa de lino crudo, y anillo de oro en el segundo dedo, haciendo
justicia y pronta ejecución de los malhechores. Alrededor
de la casa del consejo municipal había estrechas calles apacibles
con escritorios públicos provistos de pergaminos y plumillas;
mujeres plácidas, con ojos azules y húmedos, con el
rostro gastado por la ternura y doble papada, vestidas con una túnica
transparente, en ocasiones con la boca velada por una banda de tela
fina; muchachas con vestidos blancos, hendidos en los codos, con
ceñidores color cereza, y largos cabellos como
copos de lana; niños pelirrojos de pálidos labios.
Alain pasó bajo
una bóveda achaparrada: por ella se entraba a la plaza del
Mercado Viejo. La rodeaban casitas acurrucadas como viejas alrededor
de un fuego invernal, ovilladas bajo su caperuza de pizarras e hinchadas
de escamas a la manera de los cuellos de dragón. La iglesia
de la parroquia, negra de monstruos con barba de espuma, daba a
una torre cuadrada que se afilaba como la punta de un estilete.
A su lado quedaba la barbería, repleta de ventanas grasosas,
redondas como burbujas, con postigos verdes donde se veían,
pintadas en rojo, las tijeras y la lanceta. En medio de la plaza
estaba el pozo de brocal carcomido, rematado por su domo de herrería.
Niños descalzos corrían por ahí. Algunos jugaban
a la rayuela en las baldosas; uno pequeño y gordo lloraba
silenciosamente, con la boca embarrada de melaza, y dos chiquillas
se jalaban los cabellos. Alain hubiera querido hablarles; pero huían
y lo miraban de reojo, sin responder.
Cayó el sereno
entre un aire levemente neblinoso. Ya se veían brillar las
velas que se reflejaban en los gruesos vidrios como círculos
rojos. Las puertas se cerraban; se oían los chasquidos de
los postigos y el rechinido de los cerrojos. El plato de estaño
que colgaba a la puerta del hostal tintineaba con su asa de hierro.
Desde el vestíbulo entreabierto Alain vio el resplandor de
la chimenea, aspiró el aroma del asado, oyó correr
el vino; pero no se atrevió a entrar. Una voz gruñona
de mujer gritó que ya era hora de cerrar todo. Alain se deslizó
hacia un callejón.
Todos los puestos habían
sido retirados. Ya no había abrigo contra el frío.
El bosque ofrecía el hueco de las horquetas de sus árboles;
el río prestaba los repliegues de sus riberas, la llanura
el surco entre las espigas, el mar los recodos de sus acantilados;
el mismo inhóspito campo no negaba su zanja bajo el seto;
pero la hosca y refunfuñona ciudad, estrechamente apiñada
y cerrada, no ofrecía nada a los pequeños errantes.
Y se hizo espesamente
negra y curiosamente erizada con sus colores cambiantes, sus callejones
sin salida, donde cruzaban los pilares, se hundían tablones
oblicuos, corrían arroyos enlazados. Tendía de improviso
dos guardacantones con cadenas, las redes de una verja, grandes
cerraduras en las murallas; una casa cortaba el paso con su torrecilla,
la otra lo aplastaba con su alero, la tercera abarcaba la calle
con su vientre. La ciudad se había vuelto una ronda inmóvil
de piedra y madera, armada con herrerías. Todo era negro,
poco hospitalario y silencioso. Alain avanzó, retrocedió,
se perdió, caminó en círculo y volvió
a encontrarse en la plaza del Mercado Viejo. Las velas se habían
apagado y todas las ventanas habían vuelto a meterse en sus
carapachos. Ya no vio más que un resplandor vacilante, en
un tragaluz oval cerca de la punta de la torre cuadrada.
Se entraba a la torre
por la abertura de un basamento, que no estaba cerrada; la escalera
llegaba casi hasta la puerta. Alain se animó, y subió
por una estrecha y rápida espiral. A medio camino crepitaba
en un nicho del muro un pabilo que ardía suavemente, flotando
en un mechero de cobre. Al llegar arriba, Alain se quedó
inmóvil ante una extraña puertecita incrustada de
clavos de bronce, y contuvo el aliento. Oía por intervalos
la voz aguda de un anciano que pronunciaba frases entrecortadas.
Y de pronto su corazón se desbocó, y creyó
que se ahogaba, pues la vieja voz chillona hablaba de las estrellas.
Alain pegó la oreja a la cerradura esculpida en hierro y
escuchó.
Estrellas funestas
y malvadas decía la voz por la noche, la hora
y aquel que pregunta. Escribe: Sirio velado de sangre; la Osa Mayor
oscura; la Osa Menor nublada. La Estrella Polar radiante y marcial.
Puerta superior: en esta noche de martes, Marte rojo e incendiado
en la octava casa, casa de Escorpión, signo de muerte, y
de muerte por fuego: batalla, matanza, carnicería, flamas
devoradoras. En esta hora decimotercera, Marte, dañino por
naturaleza, está en conjunción con Saturno en la casa
del espanto. Calamidad; muerte; raíz fatal de toda empresa.
El hierro se funde con el plomo en medio del fuego. Hierro forjado
para destruir; plomo en fusión. Marte se une a Saturno. El
rojo penetra en el negro. Incendio en la noche. Alarma durante el
sueño. Tintineos de hierro y choques de masas de plomo. Aspecto
contrario, puesto que el Toro entra por la Puerta Inferior y el
Escorpión por la Superior. Júpiter en la segunda casa
se opone a Marte en la octava. Ruina de toda riqueza y de toda gloria.
El Corazón del Cielo permanece estéril y vacío.
Así, el fogoso Marte domina indiscutiblemente sobre los edificios
y la vida que posee Saturno. Incendio de la ciudad; muerte por llamas.
Terror y conflagración. A la decimotercera hora de esta noche
de martes, Dios aparta los ojos de sus estrellas y libra las almas
al fuego.
En el momento en que
la vieja voz dictaba esas palabras la puerta se abrió, abatida
a puñetazos y patadas: la pequeña silueta de Alain
se recortó en el umbral, erguida y furiosa, y el niño,
irritado, gritó:
¡Miente!
Dios no abandona a sus estrellas. ¡Sólo Dios sabe encender
sus estrellas en la noche!
Un anciano vestido
con una túnica de marta cibelina alzó su rostro inclinado
sobre un astrolabio construido en forma de esfera armilar, y sus
ojos enrojecidos parpadearon como los de una vieja ave nocturna
sorprendida en su nido. A sus pies, un niño pálido
y flaco que escribía en un pergamino dejó caer la
pluma de sus dedos. La flama de los dos grandes cirios se alargó
y se desvió por la corriente de aire. El viejo tendió
el brazo, y su mano apareció en la bocamanga forrada de piel
como una osamenta desnuda.
Niño bárbaro
e incrédulo dijo ¡cuán grande es
tu negra ignorancia! Escucha: este otro niño te instruirá
por su boca. Háblale de la naturaleza de las estrellas.
Y el niño flaco
recitó:
Las estrellas
están fijas en la bóveda de cristal y giran con tal
rapidez sobre su pivote de diamante que se inflaman por su mismo
movimiento y torbellino. Dios no es sino el primer motor de los
orbes y la causa de la revolución de los siete cielos; pero
luego del movimiento inicial el cielo de las constelaciones no obedece
más que a sus propias leyes y gobierna según su voluntad
los sucesos en la tierra y los destinos de los hombres. Tal es la
doctrina de Aristóteles y de la Santa Iglesia.
¡Mientes!
exclamó de nuevo Alain: Dios conoce a todas sus
estrellas y las ama. Me ha permitido verlas a pesar de los grandes
árboles del bosque que tapaban el cielo; y ha hecho que floten
para mí a lo largo del río, y las ha hecho bailar
alegres encima del campo. También vi a las que se ahogaron
en el tiempo de la muerte de Nuestro Señor; y pronto me mostrará
la mía y...
Niño,
Dios te mostrará la tuya. ¡Así sea! dijo
el anciano.
Pero Alain no pudo
saber si hablaba en serio, pues un soplo de viento repentino invadió
la celda y las dos llamas de los cirios cayeron como flores bocabajo,
azulearon y murieron. Alain encontró la escalera tanteando
la muralla; y como se sentía lleno de audacia, y también
para castigar al vejete mentiroso, arrancó el cuenco de cobre
con su mecha ardiente y se lo llevó.
Toda la plaza estaba
negra de noche, y la torre cuadrada pareció hundirse y desaparecer
en cuanto Alain la dejó. Volvió a encontrar el pasaje
de la bóveda con la luz de su lámpara y entró
en él. Allí los sombreros puntiagudos de los tejados
no se recortaban contra el cielo. Las tinieblas se alargaban y la
sombra superior parecía como barnizada de blancura. El firmamento
nocturno estaba envuelto en un enrejado de estrellas, recorrido
por hilos de aire con nudos centelleantes, cubierto por una redecilla
de fuego claro. Alain volvió la mirada hacia la gran red
radiante. Las estrellas seguían riendo con su risa de escarcha.
Seguramente no sentían piedad por él. No lo conocían,
porque había permanecido demasiado tiempo rodeado por el
espeso horror del bosque. Se reían de él, altas y
deslumbrantes, porque era pequeño y no tenía más
que una lámpara vacilante y que humeaba. También se
reían del viejo mentiroso, que pretendía conocerlas,
y de sus dos cirios apagados. Alain volvió a mirarlas. ¿Se
reían para burlarse, o reían de placer? También
bailaban. Debían de estar alegres. ¿No sabían
que el pequeño Alain encendería una de ellas, como
el mismo Dios? Seguramente Dios las había puesto al corriente.
¿Cuál sería la suya? Había tantas. Tal
vez una noche se revelaría, descendería junto a él,
y no tendría más que tomarla como un fruto. O si no
la dejaba tocarla, volaría delante de él con sus alas
de fuego. Y reiría con él, y él reiría
con la misma risa de ella, y todo el viejo bosque quedaría
sembrado de lucecitas que no serían más que risas.
Ahora Alain estaba
en el viejo puente que temblaba sobre sus pilares esculpidos. Entre
las gruesas vigas de su piso se veía correr el agua, y por
la mitad había una atalaya toda cubierta de pizarras pintadas
de azul y amarillo. El vigilante debía estar en el cuartito;
pero no estaba. Felizmente para Alain, pues probablemente no lo
hubiera dejado pasar con su lámpara. Alain no se atrevió
a alumbrar el hueco negro de la atalaya y caminó más
rápido. Más allá del puente estaban las casas
más humildes del villorrio, que no tenían escudos
heráldicos de colores, ni monstruos con garras para sostener
los contrafuertes de las ventanas, ni fauces de dragones como gárgolas,
ni serpientes que se enlazaran en los dinteles de las puertas, ni
soles en relieve gesticulantes y desdorados, sobre los aguilones.
Ni siquiera tenían
camisas de tejas desnudas o de pizarras grises; simplemente estaban
hechas de tablones labrados a escuadra. Alain alzaba su lámpara
para distinguir el camino. De súbito, se detuvo, y comenzó
a temblar. Había una estrella ante él, apenas por
encima de su cabeza.
Era una estrella oscura,
a decir verdad, por ser de madera. Tenía seis rayos cruzados
sobre otros seis, de modo que era perfecta. Estaba clavada al final
de una tablilla estrecha que atravesaba la calle. Alain la alumbró
y la miró con detenimiento. Ya estaba vieja y agrietada.
Sin duda había esperado mucho tiempo; Dios la había
olvidado en un rincón de esa aldea; o bien la había
dejado allí sin decir nada, sabiendo que Alain la encontraría.
Alain se acercó a la casa. Era pobre, no tenía ningún
postigo, y, a través de las ventanas bajas, vio muchos curiosos
personajes de madera. Estaban alineados en una repisa, como si miraran
hacia afuera; sus ropas eran duras y rectas; sus labios se apretaban
en una línea; sus ojos eran redondos y sin brillo, y tenían
las manos cruzadas. También había un buey y un asno,
con las patas tiesas y abiertas, y una cruz donde parecía
estar clavada una figura lastimera, y una cuna que tenía
colgada arriba una estrella, parecida a la que estaba en la calle.
Y Alain supo que al
fin la había encontrado. Esta estrella estaba hecha con la
madera del bosque, y esperaba que la encendieran. Había esperado
a Alain. Acercó su lámpara y la flama roja lamió
la estrella que crepitó. Surgieron pequeñas lágrimas
azules : luego hubo un trazo ígneo; un chasquido, y empezó
a arder, se volvió una bola de fuego, resplandeciente. Entonces
Alain batió palmas gritando:
¡Mi estrella!,
¡mi estrella de fuego!
Y hubo movimiento en
la casa; se abrieron ventanas en lo alto, Alain vio cabecitas estupefactas
con largos cabellos, muchos niños en camisa de dormir, que
se habían despertado y salieron a ver. Alain corrió
a la puerta y entró en la casa. Gritaba:
¡Niños,
vengan a ver mi estrella!, ¡mi estrella de fuego! ¡Alain
encendió su estrella en la noche!
Sin embargo la estrella
flameante creció muy rápido, derramó una estela
de chispas; inmediatamente los tablones secos se inflamaron; el
techo de la choza enrojeció de golpe y todo el tejadillo
fue una cortina de fuego. Se oyó un grito de terror, vagas
llamadas, luego quejas agudas. Y el incendio se volvió formidable.
Hubo un derrumbe; grandes ascuas aparecieron entre el humo; fue
un horrible abigarramiento de rojo y negro; al final se formó
una especie de hueco como un pozo en el que se precipitó
un montón de enormes brasas ardientes.
Y el jadeo siniestro
de una campana de alarma comenzó a repicar.
En ese momento, el
viejo de la torre cuadrada vio despertar en el Corazón del
Cielo, que es la Casa de la Gloria, una nueva estrella roja.
Marcel Schwob, "La estrella de
madera",
Fractal
n° 6, julio-septiembre,
1997, año 2, volumen II, pp. 11-30.
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