|
Pues no es corta
fineza no mostrar sentimiento contra el desaire de un agravio,
ni sigo ni impugno, sino admirándome de tan profundo ingenio,
yo, aunque mínimo entre todos, doy mi solución a
la duda, y digo que en mi sentir, la mayor fineza de Cristo fue
sacramentarse ocultándose. La razón de esta fuerza
es: porque ocultarse Cristo cuando se sacramenta no[...] sólo
fue conciliar mayor veneración, sino hacernos el beneficio
por entero[...]**
Es decir, se adhiere
a la tesis de Santo Tomás: la mayor fineza de Cristo fue
instituir el sacramento de la Eucaristía, tesis defendida
por Antonio Núñez de Miranda, prefecto de la Congregación
de la Purísima, en su Comulgador penitente, publicado
en 1690 y dedicado al obispo F. de Santa Cruz y, según Elías
Trabulse (La memoria transfigurada, 1996, p. 20), uno de
los máximos
agravios que el antiguo confesor de la monja guardaba contra ella,
quizá la gota que finalmente derramó el vaso de las
persecuciones.
Aunque las enumero
quizá en desorden temporal y causal, pueden sintetizarse
así algunas de las razones por las que se pensaba que Palavicino
había sido enviado a San Jerónimo a predicar contra
la desobediencia de Sor Juana: 1) que Palavicino apoyara la tesis
del antiguo confesor de la jerónima, 2) que se tratara de
un jesuita y 3) que hubiera pronunciado su sermón en el convento
de San Jerónimo; todo ello daba cuenta de un probable deseo
de la superiora de San Jerónimo de apaciguar la reacción
producida en los medios eclesiásticos contra la monja y,
de paso, contra su convento. Octavio Paz, antes de que se encontrasen
varios documentos importantes que han cambiado la perspectiva en
relación con la monja, razona así (Las trampas
de la fe, 1990, 3» reimp., p. 535):
Probablemente las
monjas de San Jerónimo, con objeto de aplacar un poco los
ánimos, invitaron al cortés Palavicino para que
mediase en la cuestión. La pieza del presbítero
valenciano es muy inferior al sermón de Vieyra y a la crítica
de Sor Juana, pero ya en esos momentos no contaba tanto el peso
de las razones como la personalidad de los contendientes. Es revelador
que las monjas de San Jerónimo hayan creído prudente
invitar a un predicador que sostenía una opinión
distinta a las de Vieyra y Sor Juana sobre las finezas de Cristo:
así mostraban que eran ajenas a la controversia. Sor Juana
debe haberlo sentido como una defección de sus hermanas.
El proceso recién
descubierto aporta otro tipo de datos. Avanzo otra conjetura, una
más entre las múltiples que la vida y la obra de la
jerónima han provocado: Palavicino fue quizá, junto
con los autores de las censuras y licencias del Segundo Volumen,
alguien cercano a los defensores de Sor Juana ¿los
marqueses de la Laguna?, y por ello mismo defensor decidido
de la monja, o tal vez, ¿por qué no?, su gran admirador.
Hay sin embargo una gran semejanza en el tipo de elogios que Juan
Navarro Vélez dedica a la monja en esa publicación
y las alabanzas que el jesuita valenciano le prodigó en San
Jerónimo. Basta echar una ojeada a ese arsenal de textos
del Segundo Volumen llegado a México probablemente a fines
de 1692 o principios de 1693, especie de defensa premeditada emprendida
por sacerdotes de la Metrópoli: lo confirma el conjunto imponente
de censuras, licencias y alabanzas tributadas a la escritora por
importantes sacerdotes de distintos sectores de la Iglesia. A diferencia
del primero intitulado Inundación Castálida,
editado en Madrid en 1689, y que colecciona de manera predominante
poesía profana, el Segundo Volumen incluye gran parte de
su obra religiosa: la Atenagórica, los autos sacramentales,
algunos villancicos y poesías sacras, además de varias
obras profanas. Los sacerdotes que escriben esas censuras-panegíricos
son Juan Navarro Vélez , calificador del Santo Oficio en
Sevilla y antiguo provincial de Andalucía; Pedro Zapata,
también calificador inquisitorial; el vicario José
de Bayas, en representación del Arzobispo de Sevilla; Jaime
de Palafox y Cardona; varios jesuitas (Pedro Zapata, José
Zarralde y Lorenzo Ortiz, en España, sin contar a Palavicino
en México); un canónigo de la iglesia metropolitana
de Sevilla, Ambrosio de la Cuesta; dos carmelitas, representantes
por ello de una orden de regla muy severa, Gaspar Franco de Ulloa
y el predicador Pedro del Santísimo Sacramento, y, por fin,
Juan Silvestre, trinitario y lector de teología.
El calificador Navarro
Vélez hace un comentario laudatorio de Sor Juana como religiosa
sin darle importancia al hecho de que hubiese cultivado en demasía
la poesía profana (cf. facsimilar, SV,
México, UNAM, 1995). Niega que
el escribir versos pueda impedirle a una monja dedicarse íntegramente
a sus deberes religiosos, observación que quizá pueda
interpretarse como una velada respuesta a la crítica verbalizada
por el obispo de Santa Cruz en la Carta de Sor Filotea que
precede a la Atenagórica en la edición de 1690: "No
es poco el tiempo que ha empleado V.md. en estas ciencias curiosas;
pase ya, como el gran Boecio, a las provechosas, juntando a las
sutilezas de la natural, la utilidad de una filosofía moral"
(cf. OC, vol IV, p. 696). Es notable que ese texto se incluya en
la Fama y Obras Póstumas de 1700 a manera de prólogo
de la Respuesta aunque en realidad, como bien lo sabemos, antecedía
en la edición original a la Crisis de un sermón
(cf. Artículo inédito de Sara Poot, Facultad de
Filosofía y Letras, UNAM-Condumex,
1996). Pero volvamos a Navarro Vélez, oigamos sus palabras:
En los versos pudiera
reparar algún escrupuloso y juzgarlos menos proporcionado
empleo de una pluma religiosa, pero sin razón, porque escribir
versos fue galantería de algunas plumas que hoy veneramos
canonizadas, y los versos de la Madre Juana son tan puros que
aun ellos mismos manifiestan la pureza del ánimo que los
dictó, y que si se escribieron sólo por galantería
del ingenio, sin que costasen a la voluntad aun el menor sobresalto,
son unas flores que sirven de adorno a la pluma y a los escritos
de este espíritu únicamente consagrado a Dios, y
entre estas flores se escogen con más gusto dulcísimos
frutos de utilidad, resplandecen más vivas, flamantes luces
de erudición[...] Así la calificación del
ánimo religioso de la Madre Juana es vivir consagrada siempre
a Dios, con los empleos de una pluma, coronada de los aseos y
de los aliños de hermosas flores, sazonados frutos y resplandecientes
luces[...] porque los versos de la Madre Juana son blanquísimas
azucenas que están exhalando suaves fragancias de purísima
castidad[...] (cf. facsimilar, SV, UNAM,
p. 7).
La ortodoxia de Sor
Juana no puede ponerse en duda. Palavicino lo había reiterado
antes:
[...] no excusa mi
obligación representar a vuestras reverencias lo mismo
que felices gozan en una hermana que sólo le falta el nombre
de Catalina para ser objeto digno de toda admiración antigua
por su nobleza, religión y por su doctrina, de quien pudiera
sin lisonja decir lo que Jerónimo de Blesilla escribiéndole
a su madre Paula: ¿Quién podrá pasar
sin sollozos la pureza del lenguaje? ¿La tenacidad de su
memoria y la agudeza de su ingenio? Era de tan grande y extremada
habilidad que si la oyéredes hablar en griego juzgáredes
que no sabía latín ni otra lengua, sino aquélla,
y si se volvía a hablar en su lengua romana y natural no
oliérades en ella ningún sabor de otro lenguaje
peregrino. (F. J. Palavicino, op. cit.)
Sor Juana semejante
a varias santas, pero además, sabias, entendidas, poliglotas,
oratóricas. Palavicino destaca sobre todo su inteligencia,
la tenacidad de su memoria y algo esencial: la pureza de su lenguaje.
Una monja metida a teóloga
Hablando del sermón
de Javier Palavicino, Octavio Paz (op. cit., p. 355) asegura
que después de elogiar con desmesura a Vieyra, el jesuita
alaba a la monja pero con las reservas tradicionales frente a las
mujeres; sin embargo, al citarlo ha omitido unas cuantas palabras
clave que contradicen totalmente la idea de Javier Palavicino, quien
en realidad no parece dudar en absoluto de la gran inteligencia
de la jerónima, como ya lo había comentado en relación
con el pasaje recién citado. Paz reproduce la cita así:
"[...] Minerva de América, grande ingenio limitado con
la cortapisa de mujeril[...]" y omite estas palabras: "sólo
por hallarle este ingenio limitado[...]". Palavicino afirma
textualmente lo siguiente, lo cito en extenso y subrayo la frase:
El más florido
ingenio de este feliz siglo, la Minerva de la América,
cuyas obras han conseguido generales aclamaciones y obsequiosas,
si debidas estimaciones, hasta de los mayores ingenios de Europa,
y de los que se persuaden tener buen gusto en sus objetos, y lo
que es más de los genios opuestos, sólo por hallarle
este grande ingenio limitado con la cortapisa de mujeril.
Esta digo, Señora, la Madre Juana Inés de la Cruz,
religiosa profesa y de velo y coro, parto fecundísimo del
más divinizado entendimiento del Jerónimo Júpiter,
habiendo dado solución [apostilla: en su ingeniosa
y docta Carta Atenagórica] a la duda impugnando la
sentencia del Máximo de los oradores Vieyra, dio su respuesta
y dijo: que habiéndose de argüir de especie a especie,
juzgaba ser la mayor fineza de Cristo sacramentado estar en el
sacramento presente al desaire de los agravios.***
Palavicino no ha manifestado
reserva ninguna, antes bien ha demostrado su rendida admiración
a la Décima Musa, al tiempo
que la consagra como religiosa sin mancha y capaz de sutilísimos
y correctos argumentos la perfección silogística,
gracias a los cuales puede derrotar a Vieyra, quien ha argumentado
erróneamente, en el caso de santo Tomás de Aquino,
de género a especie y no, como debiera ser, de especie a
especie, según apunta Sor Juana, aplaudida por Javier Palavicino.
Cabe agregar también que la monja demuestra cómo ha
fallado Vieyra, en relación con San Juan Crisóstomo,
al confundir en su argumentación la causa con el efecto:
[...] el respeto que
a una esposa de Cristo se debe no los tachará de mal aplicados
a una Cruz, a quien preparó Dios pece grande para que hallara
en su entendimiento albergue un profeta: Preparavis Dominus piscem
grandem[...] Quizá las sutilezas de sus advertencias han
hecho a muchos doctores sacudir el polvo a los libros e igualmente
a los ingenios, enseñando, aunque mujer. (R. Camarena,
op. cit., p. 293)
Ese pece grande es
la ballena del profeta Jonás y la traducción de la
frase latina es: "El Señor tenía preparado un
gran pez" Así va subiendo de tono en las comparaciones,
reitera la imagen de Cristo como pescador, la de Santa Paula como
una red y las de religiosas del convento como peces (R. Camarena,
idem), pero sobre todo coloca a Sor Juana a la altura del
profeta al considerarla el pez mayor del convento, obviamente la
ballena de Jonás y por tanto semejante a Santa Paula, elogio
hiperbólico al máximo y obviamente no del gusto de
la burocracia eclesiástica. Si a esto se añade que
la alabanza se refiere a su inmensa habilidad silogística,
lo que la pone a la altura de los más grandes teólogos,
podemos comprender por qué iba a costarle tan caro a Palavicino,
quien muy seguro a su vez de su propia ortodoxia había solicitado
en 1694 su ingreso al Santo Oficio (R. Camarena, op. cit., p. 288),
en total ignorancia de que simultáneamente se le había
iniciado un proceso inquisitorial, desde el 4 de julio de 1691.
El hecho contundente es que a pesar de que su sermón había
recibido las licencias y censuras reglamentarias fue denunciado
pocos meses después de haber sido pronunciado y muy pocos
después de haberse impreso, por el sacerdote criollo y doctor
en teología Alonso Alberto de Velasco, capellán de
las carmelitas descalzas y amigo cercano del arzobispo Aguiar y
Seijas. Esta denuncia, aclara Elías Trabulse (op. cit., p.
21):
[...] revela la indignación
que le había causado a Velasco que Palavicino se refiriese
a asuntos teológicos sin recurrir, como debía, a
los doctores de la Iglesia o a teólogos autorizados, y
que en su lugar hubiera incurrido en especulaciones personales
dudosas y, lo que era más grave, que hubiera aludido a
los argumentos de una "monja" metida a teóloga,
es decir a las tesis expuestas por Sor Juana en la Carta Atenagórica.
La petición de
denuncia fue recibida el 25 de octubre por los inquisidores Mier
y Armesto, quienes remiten el sermón a los calificadores
el 4 de diciembre de ese mismo año. Estos, a saber, los frailes
Agustín Dorantes, Antonio Gutiérrez y Nicolás
Macías, coincidieron con Velasco en su juicio reprobatorio.
Finalmente el fiscal Deza y Ulloa ordenó recoger el sermón
el 10 de febrero de 1694 y dos días antes se le solicitó
su ingreso al Santo Oficio (Trabulse, op. cit., p. 23). El
sermón fue retirado de la circulación el 14 de enero
de 1698; Palavicino fue expulsado de la Compañía de
Jesús el 12 de octubre de 1703 y se le prohíbe decir
misa, predicar y confesar. (véase Proceso inquisitorial
contra Francisco Xavier Palavicino, AGNM,
Ramo Inquisición, vol. 525, primera parte, exp. 4, fols.
253r-260r). Terrible castigo por elogiar a esa mujer, la Minerva
americana que traía de cabeza a la burocracia eclesiástica.
Dorantes exclama indignado, fulminando por igual a Palavicino y
a la monja:
Pareciéndome
(señor) en este punto, ser también cosa intolerable
y digna de extrañar el que por despicar y complacer el
genio de una mujer introducida a teóloga y escriturista,
aplaudiendo sus sutilezas, se haga el púlpito donde como
en cátedra del Espíritu Santo se deba tratar la
divina escritura para sólo la edificación y enseñanza
de los mortales, palestra de desagravios profanos, tomando asunto
para discurrir sátiras de un misterio de fe tan grave como
el de la Eucaristía, pasando el insufrible desorden
a citar en el púlpito públicamente a una mujer con
aplausos de maestra y sobre puntos y discursos escriturales, como
consta de la salutación, folio 3, donde la cita, como dice
al margen "en su ingeniosa y docta Carta Atenagórica",
y en el folio 7, columna 2a: "Más si acaso sirven
unas palabras de san Pablo ad Colosenses", cap. 1, donde
con el título de Minerva cita una exposición que
dio a dicho texto, pareciéndome contener todo esto cierto
género de indecencia que si no la de su autoría,
a lo menos desdice notablemente de la seriedad del púlpito
y Sagrada Escritura, y más cuando la cita el autor, no
como quiera, sino en concurso de santos y padres de la Iglesia
como son san Agustín, san Juan Crisóstomo, y el
Angélico Doctor, cuando refiere en la salutación
lo que cada uno discurrió acerca de la mayor fineza del
amor de Cristo señor nuestro. (R. Camarena, op. cit.,
p. 300)
A su vez, el fiscal
Deza y Ulloa reitera su anatema contra el sermón, el jesuita
que se ha atrevido a pronunciarlo y contra la monja "metida
a teóloga":
[...] en que se contienen
doctrinas nuevas, temerarias y absurdas y peligrosas proposiciones
y ad minus erróneas o próximas a error y
con sacrílega abusión de la Sagrada Escritura en
el discurso[...], dirigiéndose todo el sermón
a una adulación y aplauso de una monja religiosa de dicho
convento[...] siendo todo esto indecente en la cátedra
del Espíritu Santo que es el púlpito y faltando
en todo ello el dicho predicador a su obligación y a la
que intiman los santos padres y sagrados concilios. (idem.,
259v)
Para esa fecha ya han
muerto los principales involucrados en este asunto: Sor Juana en
1695, y un poco antes que ella el padre Antonio Núñez
de Miranda; el padre Vieyra muere en julio de 1697 en Brasil, y
el arzobispo Francisco Aguiar y Seijas en agosto de ese mismo año
en México. El obispo Fernández de Santa Cruz muere
en Puebla en 1699 y en 1722 se publica su biografía, Dechado
de príncipes eclesiásticos, escrita por el sobrino
de Sor Juana, Fray Miguel de Torres. Y la Fama y obras póstumas
de la monja se publica en Madrid en 1700, con renovados ditirambos
para limpiarla de cualquier cargo, gracias a la labor emprendida
por Castorena y Ursúa
Indecencia y pureza
En los dos párrafos
antes citados los inquisidores coinciden en usar el mismo vocablo
para fulminar a Palavicino y por extensión a la monja, indecencia.
Es indecente, dice el fiscal Deza, "la adulación y aplauso
de una monja religiosa", hecha por Palavicino en el púlpito,
y esa indecencia se castiga. Por su parte, el inquisidor Dorantes
subraya: "pareciéndome contener todo esto cierto género
de indecencia que si no la de su autoría, a lo menos desdice
notablemente de la seriedad del púlpito y Sagrada Escritura",
es decir, se ha cometido una violación y es evidente que
el adjetivo indecente señala un acto de transgresión,
como si tanto Palavicino como la monja elogiada hubiesen violado
el voto de castidad que habían jurado al hacer su profesión.
Este dato se reitera cuando se observa que Dorantes califica de
"insufrible desorden" la forma en que Palavicino ha usado
el púlpito y pronunciado palabras indignas en honor de una
simple religiosa. Es el momento inestable y breve en que el peso
de la palabra vacila. ¿No ha reiterado en su sermón
Palavicino, hablando del ingenio de Blesilla y por extensión
de Sor Juana , una frase de Jerónimo?: "¿Quién
podrá pasar sin sollozos la pureza del lenguaje?"
Sería bueno echarle
un vistazo al Tesoro de la Lengua Castellana de Covarrubias de 1611
y al diccionario de Autoridades de 1732. En Covarrubias no se consigna
la voz indecencia ni tampoco el adjetivo indecente; sólo
se registra el adjetivo decente, que significa "la cosa conveniente",
y agrega: del latín decens. Y dentro del mismo apartado
añade el adverbio decentemente, es decir: "con
mesura, respeto y honestidad", y redondeando la explicación
termina: "lo cual significa la palabra decencia". En el
diccionario de Autoridades están registrados el sustantivo
indecencia, el adjetivo indecente y el adverbio indecentemente.
La primera palabra significa inmodestia, falta de urbanidad, decoro
y decencia. Lo indecente es lo deshonesto, indecoroso, no conveniente
ni razonable y, se agrega, viene del latín indecens.
El adverbio indecentemente se define con los sinónimos
siguientes: indignamente, inmodestamente, es decir, con indecencia.
No me detendré ahora en la tautología implícita
en este tipo de definiciones, y destacaré la importancia
que se le da a la idea de indecencia como lo deshonesto, lo indecoroso,
una forma de explicar lo que se sale de las reglas de la decencia,
la conveniencia y el decoro. Tal pareciera que cometer una indecencia
además de caer en un acto deshonesto fuese transgredir una
regla social, una conducta sancionada, romper el decoro.
Y justamente de eso
se trata. Palavicino ha olvidado la prohibición de San Pablo:
Mulieres in Ecclesiis taceant, y elogia a una mujer que en el locutorio
de su convento habla como si fuese un predicador en su púlpito
y que, no contenta con ese acto de soberbia, pone su parecer por
escrito y además tiene la osadía de escribirlo en
forma de sermón y argumentar con un famoso teólogo.
Y para colmar el agravio, Palavicino se atreve a enaltecer el desacato
desde el púlpito del convento de esa misma monja. Se ha roto
una regla social, una regla de etiqueta. El orden de las entradas
en escena obedece a las reglas del decoro, se diría que reconstituye
una organización jerárquica que ha sido amenazada
por la presencia incómoda y a la vez deslumbrante de la jerónima.
¿No asegura Navarro Vélez que es a la vez luminosa
y pura?
Pero las cosas no son
tan sencillas. En el anatema de Dorantes, que denuncia el "insufrible
desorden" de esas palabras dichas en el púlpito, lugar
por excelencia de lo sagrado, se percibe de inmediato un tinte marcadamente
sexual. Como si este emparejamiento singular, el de una monja y
un fraile unidos por la palabra, trajese como consecuencia la ruptura
del voto de castidad. Pues, ¿qué otra cosa es la indecencia
sino un acto deshonesto? Esta hipótesis, que quizá
pueda parecer exagerada, se confirma si se revisa de nuevo la licencia
reglamentaria del inquisidor sevillano Navarro Vélez para
editar el Segundo Volumen, en especial las alabanzas donde vuelve
a aparecer la palabra pureza, como en flagrante desmentido
de la indecencia denunciada por los inquisidores. En esa laudatoria
censura, los superlativos remiten a un esplendor luminoso que emana
de la pureza religiosa de Sor Juana y, aunque esa pureza esté
calificando la calidad y decencia de los versos de la monja, contrasta
de manera contundente con el epíteto de indecencia que esmalta
los enfurecidos Dorantes o Deza. Navarro Vélez dictamina:
"los versos de la madre Juana son blanquísimas azucenas
que están exhalando suaves fragancias de purísima
castidad[...]"
Pero Sor Juana sabe
bien que no son realmente sus versos los que están en entredicho,
como pretende el Obispo de Santa Cruz en su Carta de Sor Filotea,
sino su incursión en el campo minado y patriarcal de la teología.
Por eso dice en la Respuesta: "Una herejía contra
el arte no la castiga el Santo Oficio" (OC,
vol. IV, p. 444). Una movilización
se ha operado de inmediato, revela las tensiones latentes, y muestra
que la palabra nunca es inocente, tanto la indecencia como la pureza
acarrean connotaciones malsanas, ambiguas y toda palabra de mujer
se contamina de sexualidad.
El carmelita descalzo
Pedro del Santísimo Sacramento, otro de los panegiristas
que defienden a Sor Juana en el segundo volumen de sus obras, lo
corrobora:
Cierto provincial,
hombre doctísimo de la doctísima y gravísima
religión de mi padre santo Domingo, no quería creer
las cosas tan grandes que los maestros de su religión le
decían de aquella grande maestra de espíritu y doctora
insigne de la iglesia, mi seráfica madre santa Teresa de
Jesús; burlábase de ella y de los que alababan tanto
su sabiduría: instábanle que la entrase a ver y
a hablar y luego les dijese su sentir. Entró en el locutorio,
hablóla, y oyendo aquel oráculo del cielo, aquella
sabiduría tan divina, aquellas palabras tan llenas de misterios
tan recónditos, aquella teología tan delicada y
tan sutil, que, atónito y pasmado, el hombre salió
diciendo a los demás: Padres, me habéis engañado,
dijisteisme que entrase a hablar con una mujer y a la verdad no
es sino hombre, y de los muy barbados. Lo mismo (con la proporción
claro está que se debe, agrega precavido Sacramento)podré
decir yo de la madre Juana Inés de la Cruz, y más
bien los que la han oído en el locutorio dicen que es mujer,
y a la verdad no es sino hombre y de los muy barbados, esto es,
de los muy eminentes en todo género de buenas letras, y
con razón pudiera yo añadir lo que de su hermana
santa Gorgonia celebro el Nazianceno: Virilem naturam superasti.
(Subrayado en el original) [Traduzco: superaste la naturaleza
varonil, SV, p. 31]
Una curiosa alquimia
trasmuta a quien sabe pensar, más aún, a quien hace
uso excelso de la palabra, y en esta operación una cabeza
bien equilibrada no puede contenerse en un cuerpo femenino, por
lo que Juana Inés sólo podría asumir la única
y verdadera sexualidad, la masculina. Llevando a su grado más
alto las consecuencias de este argumento ¿tendría
que inferirse que al elogiar Palavicino a Juana Inés, también
él ha cambiado de sexo, él que en cierto momento se
ha autodesignado como el "mínimo entre todos"?
Como si al saber discurrir como sólo sabían hacerlo
los hombres más viriles, los más barbados, la jerónima
hubiese transgredido las rígidas jerarquías que determinan
el estricto lugar que habían de ocupar según sus géneros
los humanos, cosa imposible de avalar por los inquisidores novohispanos.
La condena por hablar de más se castiga con la pérdida
de la palabra: Palavicino pierde el derecho a predicar en el púlpito:
Sor Juana, cuya palabra es de oro, dejará de hacerlo en su
locutorio; se verá incluso condenada a no hacer uso de la
palabra ni oral ni escrita, a aceptar como definitivo el mandato
Mulieres in Ecclessis taceant.
Historias de gigantes
Cuando los calificadores
y el fiscal fulminan a Palavicino por aplaudir a una monja metida
a teóloga y consideran unánimemente este hecho como
uno de sus mayores crímenes, no se detienen a analizar los
argumentos utilizados por la religiosa para refutar a Vieyra y defender
a los tres "más que hombres", los tres "gigantes"
San Agustín, Santo Tomás de Aquino y San Juan Crisóstomo;
les basta con condenarla por su impudicia y su orgullo, por el hecho
mismo de atreverse a argumentar. Tampoco se refieren a la osadía
de Juana Inés que se atreve a discutir con un "Tulio
moderno", un gran hombre, un sacerdote, un jesuita, un teólogo,
sobre la base de que ese gran hombre se atrevió a rebatir
a tres "más que hombres", como lo dice ella literalmente,
pero me detengo y cito en extenso sus palabras:
Pues si [Vieyra] sintió
vigor en su pluma para adelantar en uno de sus sermones (que será
sólo el asunto de este papel) tres plumas, sobre doctas,
canonizadas, ¿qué mucho que haya quien intente adelantar
la suya, no ya canonizada, aunque tan docta? Si hay un Tulio moderno
que se atreve a adelantar a un Agustino, a un Tomás y a
un Crisóstomo, ¿qué mucho que haya quien
ose responder a este Tulio? Si hay quien ose combatir en el ingenio
con tres más que hombres, ¿qué mucho
es que haya quien haga cara a uno, aunque tan grande hombre? Y
más si se acompaña y ampara de aquellos tres
gigantes, pues mi asunto es defender las razones de los
tres Santos Padres. Mal dije. Mi asunto es defenderme con
las razones de los tres Santos Padres. (Ahora creo que acerté)
[Subrayado mío] (OC vol. IV,
p. 413 )
Al definir así
Sor Juana los términos de la disputa o mejor de la batalla
que entablará, se asume a sí misma como "caballera
andante", defensora de santos o mejor como Maestra de Retórica
o, exagerando, como Soberana Doctora de las Escuelas, semejante
en anhelo a la Virgen María en sus villancicos de la Asunción
de 1676. En el villancico VII de esa serie,
uno de sus textos más tempranos ya lo dice: La Retórica
nueva/ escuchad, Cursantes,/ que con su vista sola persuade/ y en
su mirar luciente/tiene cifrado todo lo elocuente,/ pues robando
de todos las atenciones,/ con Demóstenes mira y Cicerones
(vol. II. 223, villancico, VII,
p. 12). En esta gigantomaquia hay categorías relativas y
la estatura varía según sea el tamaño de los
contrincantes. Cuando termina su argumentación en contra
de Vieyra y les devuelve a los santos padres a su debida dimensión,
y por consiguiente rebaja al jesuita portugués, Sor Juana
triunfante en la batalla, incapaz de ocultar su orgullo, exclama:
[...] y basta para
bizarría en los pigmeos atreverse a Hércules. A
vista del elevado ingenio del autor aun los gigantes parecen enanos.
¿Pues qué hará una pobre mujer? Aunque ya
se vio que una quitó la clava de las manos a Alcides, siendo
uno de los tres imposibles que veneró la antigüedad.
(CA, vol. IV, p. 434)
Frente a los santos
padres Vieyra se achica, pero también frente a Sor Juana.
En cierta medida hasta los propios defendidos han necesitado de
ella para recobrar su estatura de gigantes. Frente a Vieyra, Juana
Inés ha desempeñado el papel de David frente a Goliat
o, mejor, el de Onfalia frente a Hércules, un Hércules
despojado de sus atuendos militares, vestido de mujer e hilando
en la rueca. Y ese triunfo lo ha logrado ella que pertenece "a
ese sexo tan desacreditado en materia de letras". Pero la soberbia
es peligrosa: ya se lo había advertido Santa Cruz al publicar
su Carta y en ella veladamente, como convenía a quien iba
disfrazado de monja de velo y coro, ya la había amenazado
con el castigo divino:
Estoy muy cierta
y segura que si V. md. , con los discursos
vivos de su entendimiento, formase y pintase una idea de las perfecciones
divinas (cual se permite entre las tinieblas de la fe), al mismo
tiempo se vería ilustrada de luces su alma y abrasada su
voluntad y dulcemente herida de amor de su Dios, para que este
Señor, que ha llovido abundantemente beneficios positivos
en lo natural sobre V. md. , no se vea obligado
a concederla beneficios solamente negativos en lo sobrenatural;
que por más que la discreción de V. md. les llame
finezas, yo les tengo por castigos; porque sólo es beneficio
el que Dios hace al corazón humano previniéndole
con su gracia para que le corresponda agradecido, disponiéndose
con un beneficio reconocido, para que no represada la liberalidad
divina se los haga mayores. (CF, vol IV,
p. 696)
¿Cómo
practica la teología una
mujer metida a monja?
Pero resumamos algunos
de los argumentos de Sor Juana en la Atenagórica para
ahondar aún más en las causas que, acumuladas, motivaron
la violencia que la iglesia novohispana ejerció contra ella.
La Crisis está organizada de manera ternaria. Corresponde
así a la estrategia de Vieyra, quien debatió en su
Sermón del Mandato contra tres santos. Ya hemos visto el
tono enfático con que la monja lo reitera: el jesuita ha
osado combatir a tres más que hombres, a tres plumas canonizadas.
Junto a esa jerarquía primordial, la de los santos, Sor Juana
establece otra, la que enfrenta a los santos, plumas canonizadas
contra los sabios, plumas doctas pero no canonizadas: esa batalla
se juega entre Vieyra que ofende a los santos y la monja, que los
defiende de él. Para lograrlo Sor Juana codifica una economía
de las finezas, su debe y haber, la suma y la resta de las ganancias
y sus costos. Una vez ganada la batalla mediante estrategias sutiles
y complejas que no puedo detenerme a analizar ahora, da por terminada
su misión y se sujeta a la corrección de la Iglesia
católica. En una palabra, la Crisis de un sermón
ha terminado. Pero aún no ha cumplido con el mandato del
incógnito personaje que la instó a escribir el sermón,
ahora sí el verdadero, pues lo anterior fue un ejercicio
de calentamiento.
Bien habrá
V. md. creído, viéndome clausurar este discurso,
que me he olvidado dese otro punto que V.
Md. me mandó que escribiese: Qué cual es, en mi
sentir, la mayor fineza del Amor Divino? Pues no ha sido olvido
sino advertencia [...] Explícome. Como hablamos de finezas,
dije yo que la mayor fineza de Dios, en mi sentir, eran los beneficios
negativos;esto es, los beneficios que nos deja de hacer porque
sabe lo mal que los hemos de corresponder. (CA,
vol. IV, p. 435)
En este fragmento hay
por lo menos dos puntos que quiero explicar. El primer discurso
ha terminado y corresponde a una tarea que Sor Juana se ha fijado:
reestablecer a los santos en su pedestal del cual habían
sido bajados por Vieyra y poner al jesuita portugués o
a quien quiera que fuese contra quien estuviera dirigido el sermón
en su sitio. Y el segundo propósito es inaugurar un nuevo
discurso totalmente diferente del otro por diversas razones: a)
en este nuevo sólo hay dos interlocutores, el personaje incógnito
que ha exigido el nuevo discurso y la religiosa que lo elabora,
y b) la estructura de este nuevo discurso es por lo tanto binaria
y ya no ternaria como en el caso anterior en que se debatían
tres puntos de vista sobre las finezas de Cristo, oponiéndolas
a la idea que defendía Vieyra.
Pero aquí entramos
a un terreno mucho más resbaloso teológicamente. En
el primer discurso se habla de las finezas de Cristo, en este segundo
discurso se discute la máxima fineza de Dios, en cuanto divinidad
total; ese Dios expresamente designado por Sor Juana como "Divino
Amor" y en particular por ello diferente del Cristo evangélico.
Esta separación de la divinidad en dos entidades completamente
distintas, una de las cuales es, si podemos ponerlo así,
menor que la otra, presupone una muy especial concepción
teológica, casi heterodoxa, a pesar de las censuras laudatorias
que le escriben en España, sobre todo si se tiene en cuenta
que la Iglesia barroca es una iglesia inclinada a las imágenes
de bulto, a los teatros de la imaginación, a los relatos
ejemplares. El Dios cuyo Amor Divino obsequia finezas negativas
se asemeja a esa Primera Causa eficiente del Primero Sueño.
Esto último ya había sido señalado por Paz.
(op. cit., p. 517)
Ese Cristo evangélico
es al final de su vida protagonista de historias concretas contadas
en forma de parábolas que dan pie a posibles argumentaciones
teológicas que sobre esas mismas historias concretas puedan
hacerse, como puede deducirse de cada uno de los ejemplos evangélicos
escogidos por Vieyra y que Sor Juana rebate. El Cristo evangélico
es por tanto un personaje protagónico, capaz de disparar
los relatos; es casi personaje de novela, si se me permite la herejía.
No sucede lo mismo con Dios concebido abstractamente como "Divino
Amor". Dejemos que nos lo explique la monja-teóloga:
Ahora, este modo de
opinar tiene mucha disparidad con el del autor, porque él
habla de finezas de Cristo, y hechas en el fin de su vida, y esta
fineza que yo digo es fineza que hace Dios en cuanto Dios, y fineza
continuada siempre. (CA, OC
vol. 4, pp. 435)
La argumentación
de Sor Juana es muy elaborada y pone en jaque muchas de las construcciones
concretas a la usanza de los teólogos que la combatieron,
o que eligiendo a Palavicino como chivo expiatorio de sus persecuciones
pudieron denostarlo y castigarlo. Por el contrario, Sor Juana fue
perseguida indirectamente en el proceso que se le siguió
a Palavicino y que como antes dije tuvo un escarmiento abierto y
colectivo puesto que su expulsión se hizo pública.
En este sentido estoy totalmente de acuerdo con las tesis de Elías
Trabulse resumidas en un escrito reciente (Los años finales
de Sor Juana: una interpretación 1688-1695, México,
1995), en donde afirma que Sor Juana fue objeto no de un proceso
inquisitorial sino de un juicio instituido por el obispo Aguiar
y Seijas y amparado por el derecho canónico. El obispo podía
imponer sanciones a quienes incurriesen en lo que se denominaba
"un error religioso". Los cinco documentos finales de
Sor Juana son la prueba fehaciente de dicho proceso interno, o mejor,
como sintetiza el historiador "de un acto de intimidación
absoluto en el cual el provisor Aunzibay y Anaya probó ser
un hábil fiscal y un severo juez"(idem p. 31).
Reitero: el proceso
de Sor Juana fue instruido intramuros, soto capa, y al final
de dicho proceso se la obligó a abjurar, a profesar de nuevo,
a inscribir en su cuerpo y con sangre sus votos, dedicarse a otro
tipo de argumentación teológica como la de la Petición
casuídica y prestarse a la farsa de la conversión.
La publicación de la Fama la devolvió a la publicidad
del siglo, ya en los albores del XVIII.
________________________
Dedico este texto a mi querida Edelmira Ramírez Leyva. Fue
ella quien me introdujo a estas danzas inquisitoriales.
________________________
*Sor Juana Inés de la Cruz, Carta Atenagórica,
se encuentra bajo el nombre de Crisis de un Sermón en
el Segundo Volumen de las Obras de Sor Juana Inés de la Cruz,
monja profesa en el Monasterio del Señor San Jerónimo
de la Ciudad de México, dedicado por su misma autora a D.
Juan de Orúe y Arbieto, Caballero de la Orden de Santiago,
Sevilla, Tomás López de Haro, impresor y mercader
de libros, 1692. Tanto los panegíricos como las censuras
no habían sido antes publicadas por entero; al citarlas modernizo
la ortografía, pero mantengo las mayúsculas de los
nombres y los títulos de personajes e instituciones. En referencia
a las obras de Sor Juana, cito la edición de Méndez
Plancarte, cuando sus textos aparezcan compilados allí, salvo
indicación en contrario: Sor Juana Inés de la cruz,
Obras completas, 4 volúmenes, de Alfonso Méndez
Plancarte, vols. I-3. Alberto G. Salceda, vol IV.
México, FCE, 1976, 2» reimp. Al hacerlo,
modernizo la ortografía de las primeras ediciones, pero conservo
algunas mayúsculas de los títulos de los personajes
y lugares. Se ha hecho una edición facsimilar de este SV
(abreviatura que uso de ahora en adelante), México,
Facultad de Filosofía y Letras, 1995, prólogo Margo
Glantz, edición Gabriela Eguía-Lis. Salvo indicación
en contrario, los subrayados son míos. Tanto la Carta
Atenagórica como la Respuesta a Sor Filotea y
la Carta de Sor Filotea se encuentran en el vol. IV
del FCE. Usaré de ahora en adelante
las abreviaturas CA, RF
y CF, respectivamente. Para facilitar el trabajo
del lector, la editora de esta facsimilar, Gabriela Eguía,
ha dado una numeración convencional a las 102 primeras páginas
del volumen, colocando los números de cada página
entre corchetes.
_____________________
** Francisco Javier Palavicino Villarasa, La fineza mayor. Sermón
panegírico, predicado a los gloriosos natalicios de la Ilustrísima
y santa matrona romana Paula, fundadora de dos ilustrísimas
religiones, que debajo de la nomenclatura del Máximo Jerónimo
militan en concurrencia de Cristo sacramentado (México,
María de Benavides, Vda de Juan de Ribera, 1691)
_____________________
***Ricardo Camarena, "Ruido con el Santo Oficio: Sor Juana
y la censura inquisitorial", en M. Peña, Cuadernos
de Sor Juana, p. 295.
margo_glantz@hotmail.com
Margo Glantz,
"Ruidos con la Inquisición", Fractal
n° 6, julio-septiembre,
1997, año 2, volumen II, pp. 121-143.
|