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Creo que los estudios
culturales pueden librarse del riesgo de convertirse en una nueva
ortodoxia fascinada con su poder innovador y sus avances en muchas
instituciones académicas, en la medida en que encaremos los
puntos teóricos ciegos, trabajemos las inconsistencias epistemológicas
a las que nos llevó movernos en las fronteras entre disciplinas
y entre culturas, y evitemos "resolver" estas incertidumbres
con los eclecticismos apurados o el ensayismo de ocasión
a que nos impulsan las condiciones actuales de la producción
"empresarial" de conocimiento y su difusión mercadotécnica.
Lo digo así para insinuar que el énfasis teórico
epistemológico, al que me limitaré por restricciones
de tiempo, no puede hacernos olvidar que nuestras incertidumbres
están relacionadas con la descomposición del orden
social, económico y universitario liberal, con la irrupción
y las derrotas de movimientos sociales cuestionadores en las últimas
décadas y con el desmoronamiento de paradigmas pretendidamente
científicos que guiaron la acción social y política.
Se verá al final que esta revisión teórica
tiene consecuencias en uno de los territorios al que los estudios
culturales ha prestado más atención: la construcción
del poder a partir de la cultura.
¿Cómo
narramos los desencuentros?
Quiero situar estas
preocupaciones en relación con procesos de fin de siglo que
por el momento, para entendernos, voy a sintetizar como las estrategias
de construcción, circulación y consumo de estereotipos
interculturales. Llegué a este asunto luego de estudiar varios
años las políticas culturales y su transformación
en el contexto de libre comercio e integración regional y
global.
Desde que comenzó
a gestionarse el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos,
México y Canadá, así como otros posteriores
entre países latinoamericanos (Mercosur, Grupo de los Tres,
etc.) y de éstos con Estados Unidos, es evidente que estos
acuerdos no sólo liberalizan el comercio, sino que conceden
aunque sea un pequeño lugar a cuestiones culturales, se acompañan
con un incremento del intercambio sociocultural multinacional y
favorecen actividades que antes no existían o eran débiles.
Se están haciendo nuevos convenios entre empresas editoriales
y de televisión, entre universidades y centros artísticos
de varios países, e innumerables reuniones sobre la articulación
de programas educativos, científicos y artísticos
de las naciones involucradas. Están cambiando las imágenes
que cada sociedad tiene de las otras y las influencias recíprocas
en los estilos de vida.
¿Con qué
instrumentos intelectuales enfrentamos esta situación? En
los últimos cinco años se han escrito muchos artículos
y desarrollado polémicas sobre los nuevos procesos culturales
sobre todo a nivel periodístico por parte de
intelectuales, funcionarios públicos y empresarios. Pero
pocos se preguntan si los instrumentos y modelos conceptuales empleados
en el pasado sirven para analizar la nueva etapa. En Estados Unidos
y en los países latinoamericanos se están revisando
las políticas culturales, pero raras veces toman como eje
este novedoso proceso de integración; apenas reorganizan
sus instituciones culturales de acuerdo con el adelgazamiento de
los presupuestos estatales y según criterios empresariales.
De manera que los análisis del intercambio cultural no se
apoyan en un paradigma consistente, adecuado a la situación
de fin de siglo, sino sobre la función de la cultura en la
interacción entre todas estas sociedades. Sin pretender ser
exhaustivo, voy a referirme a dos narrativas que quizá sean
las más influyentes.
1. La inconmensurabilidad
ideológica. Este primer relato aparece en debates sobre
el libre comercio en América del Norte que tienen en cuenta
la cultura y las comunicaciones no sólo como parte de los
intercambios económicos sino también como claves para
los logros o fracasos de tales interacciones. La compatibilidad
en los estilos culturales de desarrollo es considerada un ingrediente
básico para realizar cualquier integración multinacional
y para que se desenvuelva con éxito. Algunos autores jerarquizan
"la similitud en las orientaciones hacia la democracia"
y la coincidencia o convergencia de las modalidades de desarrollo
económico (R. Inglehart et al., Convergencia en Norteamérica,
política y cultura, 1994). Pero dudan acerca de la integración
norteamericana, debido a que el predominio de la tradición
protestante de Estados Unidos y Canadá habría generado
en esas sociedades ciertas virtudes ("trabajo, humildad, frugalidad,
servicio y honestidad") que contrastarían con las que
la tradición católica habría promovido preferentemente
en México ("la recreación, la grandiosidad, la
generosidad, la desigualdad y la hombría") (R. Inglehart
et al., op. cit.).
Los mismos autores
sostienen que quizá tales divergencias históricas
no sean tan importantes si pensamos que el proceso de integración,
iniciado a mediados de este siglo, favorece la apertura de las sociedades
y lleva a aceptar nuevos marcos conceptuales para transformarlas.
En los países de Norteamérica la convergencia se lograría
al tener intereses compartidos por desarrollar economías
de libre mercado y formas políticas democráticas,
y dar menor peso a las instituciones nacionales en beneficio de
la globalización. Pero sabemos que estos tres puntos supuestamente
comunes motivan controversias en las tres naciones: su cuestionamiento
se acentuó durante los debates sobre si se firmaba o no el
TLC, y en los tres primeros años de
su aplicación. Los autores citados, pese a su visión
optimista de la liberación comercial, reconocen que ésta
"produce oposición política porque atrae claramente
la atención hacia dilemas antiguos o de reciente aparición".
La agudización de conflictos fronterizos y migratorios en
los años recientes pone en evidencia los dilemas culturales
irresueltos; por ejemplo, la integración multiétnica,
la coexistencia de nuevos migrantes con residentes antiguos, y el
reconocimiento pleno de los derechos de las minorías y de
las regiones dentro de cada país. El aumento de las relaciones
favorecido por la integración está revelando la escasa
pertinencia de la narrativa sobre la inconmensurabilidad ideológica.
2. La "americanización
de América Latina y la latinización de E.U. Algunas
de estas cuestiones son más consideradas en otra narrativa,
con una extensa historia, que examina las relaciones entre estas
sociedades como si lo principal fuera la creciente "americanización"
de la cultura en los países latinoamericanos y, en sentido
inverso, la latinización y mexicanización de algunas
zonas de Estados Unidos. Carlos Monsiváis ha escrito que
tales preocupaciones son tardías, porque América Latina
viene americanizándose desde hace muchas décadas y
esta americanización ha sido "las más de las
veces fallida y epidérmica" (C. Monsiváis, "De
la cultura mexicana en vísperas del Tratado de Libre Comercio",
en G. Guevara Niebla y N. García Canclini (eds.), La educación
y la cultura ante el Tratado de Libre Comercio, 1994). Admite
este autor que el proceso se ha acentuado con la dependencia económica
y tecnológica, pero ello no elimina la conservación
de una lengua diferente en México por más palabras
inglesas que se incorporen, ni la fidelidad a tradiciones
religiosas, gastronómicas, y formas de organización
familiar diferentes de las de Estados Unidos. Por otra parte, también
toma en cuenta como otros las crecientes migraciones
de mexicanos hacia Estados Unidos, que influyen en la cultura política
y jurídica, los hábitos de consumo y las estrategias
educativas, artísticas y comunicacionales de estados como
California, Arizona y Texas. Sin embargo, la discriminación,
las deportaciones, la exclusión cada vez más severa
de muchos migrantes latinos de los beneficios del "american
way of life" vuelven cada vez más conflictiva la presencia
de "hispanos": al menos, no permiten pronosticar un avance
limitado y unidireccional de los grupos mexicanos y latinoamericanos
en Estados Unidos, ni permiten asegurar que la cultura latina vaya
a trascender su lugar periférico dentro de este país.
¿Proveen los
estudios culturales un paradigma científicamente más
válido para superar el carácter insatisfactorio de
estas narrativas? (Quiero aclarar que tomo en bloque, bajo la denominación
de estudios culturales, vastos conjuntos de trabajos que, si bien
poseen los rasgos antes señalados, presentan diferencias
entre los practicantes estadounidenses y latinoamericanos, así
como dentro de cada región. No tengo espacio aquí
más que para remitir a textos en que varios autores distinguimos
tales variaciones: J. Beverley, "Estudios culturales y vocación
política" (Revista de crítica cultural,
N. 12, 1996); N. García Canclini, Culturas en globalización
(1996); L. Grossberg et al, Cultural studies (1992); F. Jameson,
"Conflictos interdisciplinarios en la investigación
sobre cultura" (Alteridades, N. 5, 1993); N. Richard,
"Signos culturales y mediaciones académicas" (B.
González, Cultura y tercer mundo, 1996); G. Yúdice,
"Tradiciones comparativas de estudios culturales: América
Latina y Estados Unidos" (Alteridades, N. 5, 1993).
Tanto la perspectiva
transdisciplinaria de los estudios culturales como algunas investigaciones
empíricas, y por supuesto la intensificación de intercambios
comunicacionales, económicos y migratorios entre Estados
Unidos y América Latina, han mejorado el conocimiento recíproco
entre estas sociedades. Se diferencian con más cuidado sus
diversas regiones y sectores y, por lo tanto, se van superando las
definiciones difusas de las identidades nacionales, que las conciben
como esencias atemporales y autocontenidas "amenazadas"
por el contacto con "los otros". Al ofrecer visiones más
profundas de la multiculturalidad y sus diferencias, de la desterritorialización
y la reterritorialización, los estudios culturales permiten
retrabajar la información sobre la inconmensurabilidad ideológica
entre las sociedades, y sobre la americanización y la latinización.
Pese a estos avances
conceptuales y empíricos, no puede afirmarse que los estudios
culturales constituyan ya un paradigma coherente y consistente (L.
Grossberg et al. op. cit.; F. Jameson, op. cit.).
En cierto modo, ofrecen también una narrativa, o varias en
conflicto, con divergencias acerca del modo de estudiar la cultura
y su relación con los contextos sociales. De acuerdo con
la afirmación de Frederic Jameson de que los estudios culturales
son menos "una disciplina novedosa" que el intento de
"construir un bloque histórico", pueden interpretarse
las contribuciones de esta corriente al intercambio América
Latina-EstadosUnidos como la narrativa más avanzada, con
mejor elaboración crítica, pero aún dependiente
de los proyectos socioculturales y políticos con que se tratan
de encarar las contradicciones. Me refiero a las contradicciones
entre lo local, lo nacional y lo global, entre el multiculturalismo
hegemónico y el de las minorías en Estados Unidos,
entre las concepciones oficiales de la pluriculturalidad en América
Latina y las posiciones de los sectores que no se sienten representados
por ellas.
Como parte de este
proceso, los estudios culturales configuran hoy un ámbito
clave de interlocución entre los especialistas de la cultura
estadounidense y latinoamericana y, por tanto, pueden examinarse
como un espacio de elaboración intelectual de los intercambios
entre ambas culturas. Pero para que esta elaboración avance
con rigor es necesario trabajar sobre las divergencias teóricas
y las inconsistencias epistemológicas responsables de que
no pueda hablarse en los estudios culturales de paradigmas o modelos
científicos sino de narrativas. Cuando menciono paradigmas
o modelos no estoy regresando al cientificismo que postulaba un
saber de validez universal, cuya formalización abstracta
lo volvería aplicable a cualquier sociedad y cultura. Pero
tampoco me parece satisfactoria la complacencia posmoderna que acepta
la reducción del saber a narrativas múltiples. No
veo por qué abandonar la aspiración de universalidad
del conocimiento, la búsqueda de una racionalidad interculturalmente
compartida que dé coherencia a los enunciados básicos
y los contraste empíricamente. Ha sido este tipo de trabajo
el que ha puesto de manifiesto que diferentes culturas poseen lógicas
y estrategias diferentes para acceder a lo real y validar sus conocimientos,
más intelectuales en algunos casos, más ligadas a
la "sensibilidad" y a la "imaginación"
en otros. Pero creo que el relativismo antropológico que
se queda en un simple reconocimiento desjerarquizado de estas diferencias
ha mostrado suficientes limitaciones como para que no nos instalemos
en él. La necesidad de construir un saber válido interculturalmente
se vuelve más imperiosa en una época en que las culturas
y las sociedades se confrontan todo el tiempo en los intercambios
económicos y comunicacionales, las migraciones y el turismo.
Precisamos desarrollar políticas ciudadanas que se basen
en una ética transcultural, sostenida por un saber que combine
el reconocimiento de diferentes estilos sociales con reglas racionales
de convivencia multiétnica y supranacional.
Revisiones
teóricas
a) Un primer requisito
para trabajar en esta dirección es redefinir el objeto de
los estudios culturales: de la identidad a la heterogeneidad y la
hibridación multiculturales. Ya no basta con decir que no
hay identidades caracterizables por esencias autocontenidas y ahistóricas,
e intentar entenderlas como las maneras en que las comunidades se
imaginan y construyen historias sobre su origen y desarrollo. En
un mundo tan interconectado, las sedimentaciones identitarias (etnias,
naciones, clases) se reestructuran en medio de conjuntos interétnicos,
transclasistas y transnacionales. Las maneras diversas en que los
miembros de cada etnia, clase y nación se apropian de los
repertorios heterogéneos de bienes y mensajes disponibles
en los circuitos transnacionales genera nuevas formas de segmentación.
Estudiar procesos culturales es, por esto, más que afirmar
una identidad autosuficiente, conocer formas de situarse en medio
de la heterogeneidad y entender cómo se producen las hibridaciones.
Si bien aquí
me interesa destacar el argumento teórico, quiero recordar
la tesis de David Theo Goldberg acerca de que "la historia
del monoculturalismo" muestra cómo los pensamientos
centrados en la identidad y la diferencia conducen a menudo a políticas
de homogeneización fundamentalista. Por lo tanto, convertir
en concepto eje la heterogeneidad es no sólo un requisito
de adecuación teórica al carácter multicultural
de los procesos contemporáneos, sino una operación
necesaria para desarrollar políticas multiculturales democráticas
y plurales, capaces de reconocer la crítica, la polisemia
y la heteroglosia.
b) En segundo lugar,
pensar los vínculos entre cultura, sociedad y saber, no sólo
en relación con las diferencias sino con la desigualdad,
requiere ocuparse de la totalidad social. No estoy hablando de las
nociones compactas de totalidad pseudouniversalistas y en realidad
etnocéntricas, por ejemplo las hegelianas o marxistas, sino
de las modalidades abiertas de interacción transnacional
que propicia la globalización económica, política
y cultural.
En este punto, cabe
señalar una diferencia significativa entre los estudios culturales
de Estados Unidos y los de América Latina. Me parece que
la discrepancia clave entre la multiculturalidad estadounidense
y lo que en América Latina más bien se ha llamado
pluralismo o heterogeneidad cultural reside en que, como explican
varios autores, en Estados Unidos "multiculturalismo significa
separatismo" (R. Hughes, Culture of Complaint. The Fraying
of America, 1993; Ch. Taylor, "The Politics of Recognition",
en D. T. Goldberg (ed.), Multiculturalism: A critical reader,
1994; M. Walzer, "Individus et communautés: les deux
pluralismes", en Esprit, junio, 1995). De acuerdo con
Peter McLaren, conviene distinguir entre un multiculturalismo conservador,
otro liberal y otro liberal de izquierda. Para el primero, el separatismo
entre las etnias se halla subordinado a la hegemonía de los
WASP y su canon que estipula lo que se debe
leer y aprender para ser culturalmente correcto. El multiculturalismo
liberal postula la igualdad natural y la equivalencia cognitiva
entre razas, en tanto el de la izquierda explica las violaciones
de esa igualdad por el acceso inequitativo a los bienes. Pero sólo
unos pocos autores, entre ellos McLaren, sostienen la necesidad
de "legitimar múltiples tradiciones de conocimiento"
a la vez, y hacer predominar las construcciones solidarias sobre
las reivindicaciones de cada grupo. Por eso, pensadores como Michael
Walzer expresan su preocupación porque "el conflicto
agudo hoy en la vida norteamericana no opone el multiculturalismo
a alguna hegemonía o singularidad", a "una identidad
norteamericana vigorosa e independiente", sino "la multitud
de grupos a la multitud de individuos..." "Todas las voces
son fuertes, las entonaciones son variadas y el resultado no es
una música armoniosa contrariamente a la antigua imagen
del pluralismo como sinfonía en la cual cada grupo toca su
parte (pero ¿quién escribió la música?)
sino una cacofonía" (M. Walzer, op. cit.).
En América Latina,
las relaciones entre cultura hegemónica y heterogeneidad
se desenvolvieron de otro modo. Lo que podría llamarse el
canon en las culturas latinoamericanas debe históricamente
más a Europa que a Estados Unidos y a nuestras culturas autóctonas,
pero a lo largo del siglo XX combina influencias
de diferentes países europeos y las vincula de un modo heterodoxo
formando tradiciones nacionales. Autores como Jorge Luis Borges
y Carlos Fuentes dan cita en sus obras a las tradiciones de sus
sociedades de origen junto a expresionistas alemanes, surrealistas
franceses, novelistas checos, italianos, irlandeses, autores que
se desconocen entre sí, pero que escritores de países
periféricos, como decía Borges, exagerando, "podemos
manejar" "sin supersticiones", con "irreverencia".
Si bien Borges y Fuentes podrían ser casos extremos, encuentro
en los especialistas en humanidades y ciencias sociales, y en general
en la producción cultural de nuestro continente, una apropiación
híbrida de los cánones metropolitanos y una utilización
crítica en relación con variadas necesidades nacionales.
De un modo análogo puede hablarse de la ductilidad hibridadora
de los migrantes, y en general de las culturas populares latinoamericanas.
Además, las sociedades de América Latina no se formaron
con el modelo de las pertenencias étnico-comunitarias, porque
las voluminosas migraciones extranjeras en muchos países
se fusionaron en las nuevas naciones. El paradigma de estas integraciones
fue la idea laica de república, con una apertura simultánea
a las modulaciones que ese modelo francés fue adquiriendo
en otras culturas europeas y en la constitución estadounidense.
Esta historia diferente
y desigual de Estados Unidos y de América Latina hace que
no predomine en los países latinoamericanos la tendencia
a resolver los conflictos multiculturales mediante políticas
de acción afirmativa. Las desigualdades en los procesos de
integración nacional engendraron en América Latina
fundamentalismos nacionalistas y etnicistas, que también
promueven autoafirmaciones excluyentes absolutizan un solo
patrimonio cultural, que ilusamente se cree puro para resistir
la hibridación. Hay analogías entre el énfasis
separatista, basado en la autoestima como clave para la reivindicación
de los derechos de las minorías en Estados Unidos, y algunos
movimientos indígenas y nacionalistas latinoamericanos que
interpretan maniqueamente la historia colocando todas las virtudes
del lado propio y atribuyendo la falta de desarrollo a los demás.
Sin embargo, no fue la tendencia prevaleciente en nuestra historia
política. Menos aún en este tiempo de globalización
que vuelve más evidente la constitución híbrida
de las identidades étnicas y nacionales, y la interdependencia
asimétrica, desigual, pero insoslayable en medio de la cual
deben defenderse los derechos de cada grupo. Por eso, movimientos
que surgen de demandas étnicas y regionales, como el zapatismo
de Chiapas, sitúan su problemática particular en un
debate sobre la nación y sobre cómo reubicarla en
los conflictos internacionales. O sea, en una crítica general
sobre la modernidad (S. Zermeño, La sociedad derrotada.
El desorden mexicano de fin de siglo, 1996). Difunden sus reivindicaciones
por los medios masivos de comunicación, por internet, y disputan
así esos espacios en vista de una inserción más
justa en la sociedad civil.
Los estudios culturales
latinoamericanos que me parecen más fecundos (por ejemplo
R. Bartra, La jaula de la melancolía, 1987; B. Sarlo,
Escenas de la vida posmoderna, 1994) analizan las injusticias
en las políticas de representación, pero en vez de
enfrentarlas mediante el separatismo de la acción afirmativa,
ubican las demandas insatisfechas como parte de la necesaria reforma
del Estado-nación. En tanto las reivindicaciones de los ofendidos
y los estudios que las interpretan se canalizan de este modo, muestran
su propósito de hacer conmensurable la heterogeneidad
y volverla productiva.
¿Desde
dónde hablan los estudios culturales?
Esta diferencia en los
modos de concebir la multiculturalidad depende de los lugares de
enunciación o los puestos de observación de los investigadores.
En el pensamiento norteamericano se hallan constantes cuestionamientos
a las concepciones universalistas que han contrabandeado, bajo apariencias
de objetividad, las perspectivas coloniales, occidentales, masculinas,
blancas y de otros sectores. Algunas de estas críticas desconstruccionistas
han sido elaboradas también en las ciencias sociales y las
humanidades latinoamericanas: pensadores nacionalistas, marxistas
y otros asociados a la teoría de la dependencia plantearon
objeciones semejantes a teorías sociales y culturales metropolitanas
y utilizaron creativamente, desde la década del sesenta,
las obras de Gramsci y Fanon, que en los últimos años
los cultural studies estadounidenses y algunos latinoamericanistas
proponen como novedades sin ninguna referencia a las reelaboraciones
hechas en América Latina de tales autores, con objetivos
análogos. En otros aspectos, como los aportes del pensamiento
feminista a los estudios culturales, su desarrollo es débil
en casi todos los principales especialistas latinoamericanos, aunque
el diálogo más fluido con la academia anglosajona
está reequilibrando un poco esta carencia (H. Buarque, "O
estranho horizonte da crítica feminista no Brasil",
en C. Rincón, et al. Nuevo texto crítico, N.
14-15, 1995).
No puedo extenderme
aquí en una cuestión polémica y compleja, pero
su importancia me anima a concluir señalándola. Después
de haberse atribuido en los años sesenta y setenta poderes
especiales para generar conocimientos "más verdaderos"
a ciertas posiciones sociales (colonizados, subalternos, obreros
y campesinos) ahora muchos pensamos que no existen tales poderes,
que eran una ilusión que la historia se ha encargado de desvanecer.
En concordancia con
el desplazamiento teórico sugerido antes de la identidad
a la heterogeneidad y la hibridación, considero que
el especialista en cultura gana poco estudiando el mundo desde identidades
parciales (metrópolis, naciones periféricas o poscoloniales,
élites, grupos subalternos, disciplinas aisladas) sino desde
las intersecciones.
Adoptar el punto de
vista de los oprimidos o excluidos puede servir, en la etapa de
descubrimiento, para generar hipótesis o contrahipótesis,
para hacer visibles campos de lo real descuidados por el conocimiento
hegemónico. Pero en el momento de la justificación
epistemológica conviene desplazarse entre las intersecciones,
en las zonas donde las narrativas se oponen y se cruzan. Sólo
en esos escenarios de tensión, encuentro y conflicto es posible
pasar de las narraciones sectoriales (o francamente sectarias) a
la elaboración de conocimientos capaces de deconstruir y
controlar los condicionamientos de cada enunciación.
Esto implica pasar
también de concebir los estudios culturales sólo como
un análisis hermenéutico a un trabajo científico
que combine la significación y los hechos, los discursos
y sus arraigos empíricos. En suma, se trata de construir
una racionalidad que pueda entender las razones de cada uno y la
estructura de los conflictos y las negociaciones.
En la medida en que
el especialista en estudios culturales quiere realizar un trabajo
científico consistente, su objetivo final no es representar
la voz de los silenciados sino entender y nombrar los lugares donde
sus demandas o su vida cotidiana entran en conflicto con los otros.
Las categorías de contradicción y conflicto están,
por lo tanto, en el centro de esta manera de concebir los estudios
culturales. Pero no para ver el mundo desde un solo lugar de la
contradicción sino para comprender su estructura actual y
su dinámica posible. Las utopías de cambio y justicia,
en este sentido, pueden articularse con el proyecto de los estudios
culturales, no como prescripción del modo en que deben seleccionarse
y organizarse los datos sino como estímulo para indagar bajo
qué condiciones (reales) lo real pueda dejar de ser la repetición
de la desigualdad y la discriminación, para convertirse en
escena del reconocimiento de los otros. Retomo aquí una propuesta
de Paul Ricoeur cuando, en su crítica al multiculturalismo
norteamericano, sugiere pasar del énfasis sobre la identidad
a una política de reconocimiento. "En la noción
de identidad hay solamente la idea de lo mismo, en tanto reconocimiento
es un concepto que integra directamente la alteridad, que permite
una dialéctica de lo mismo y de lo otro. La reivindicación
de la identidad tiene siempre algo de violento respecto del otro.
Al contrario, la búsqueda del reconocimiento implica la reciprocidad"
(P. Ricoeur, La critique et la conviction: entretien avec F.
Azouvi et M. Launay, 1995).
Aun para producir bloques
históricos que promuevan políticas contrahegemónicas
(J. Beverly, op. cit.) interés que comparto es
conveniente distinguir entre conocimiento, acción y actuación;
o sea, entre ciencia, política y teatro. Un conocimiento
descentrado de la propia perspectiva, que no quede subordinado a
las posibilidades de actuar transformadoramente o de dramatizar
la propia posición en los conflictos, puede ayudar a comprender
mejor las múltiples perspectivas en cuya interacción
se forma cada estructura intercultural. Los estudios culturales,
entendidos como estudios científicos, pueden ser ese modo
de renunciar a la parcialidad del propio punto de vista para reivindicarlo
como sujeto no delirante de la acción política.
Néstor
García Canclini,"El malestar en los estudios culturales",
Fractal
n° 6, julio-septiembre,
1997, año 2, volumen II, pp. 45-60.
Nèstor Garcìa Canclini en la Red
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Ciudad invisible, ciudad vigilada
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Las
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