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Donne, I suppose,
was such another
Who found no substitute for sense,
To seize and clutch and penetrate;
Expert beyond experience,
He knew the anguish
of the marrow
The ague of the skeleton;
No contact possible to flesh
Allayed the fever of the bone.
[Donne, supongo,
era otro de esos
Que no encontraban sustituto a los sentidos,
Para agarrar y aferrarse y penetrar;
Experto más allá de la experiencia,
Conocía la angustia de la médula,
El temblor del esqueleto;
Ningún contacto posible con la carne
Aliviaba la fiebre de los huesos.]
Los retratos de Picasso
muestran cuán desconsolado se sentía por la muerte
temprana de personas queridas. Tenía que volver a encontrar
la opción de la vida. Acaso fue esta búsqueda la que
lo llevó a "agarrar y aferrarse y penetrar" y a
hacerse "experto más allá de la experiencia".
No quiero decir que incursionó en el mundo de la sexualidad
eso parece haberlo hecho muy bien toda su vida, inhibido tan
solo por la edad y la salud. Me refiero a algo más
profundo, aquello que Eliot quería decir con "agarrar
y aferrarse y penetrar". Son verbos eminentemente ligados a
la sexualidad, pero tienen que ver más aún con la
imaginación y con el conocimiento de los demás.
Justo cuando el narrador
de Eliot está reflexionando, el poeta lo levanta y lo arroja
a un brusco desasosiego. Este hombre solitario se encuentra de repente
en presencia de una mujer que vibra de sexualidad:
Grishkin is nice:
her Russian eye
Is underlined for emphasis;
Uncorseted, her friendly bust
Gives promise of pneumatic bliss.
[Grishkin es agradable:
su ojo ruso
Está subrayado para resaltar;
Su amable pecho, sin corsé,
Promete un pneumático deleite.]
¿Quién
es esta dama morena? Es extranjera (¿"ruso" querrá
decir judío?); su cara no sólo está maquillada,
sino "subrayada", escrita, lo cual sugiere arte, y un
parentesco entre ambos; debajo de su vestido está visiblemente,
y por lo tanto activamente, desnuda. En la estrofa siguiente, huele
como un "jaguar brasileño al acecho" (animal, exótico,
peligroso) y cosa desacostumbrada a comienzos de siglo
"Grishkin tiene un dúplex". Cautivadora fantasía:
una mujer extranjera que huele estupendamente, artista, con un físico
amable y un departamento propio. En el mundo imaginario de Eliot,
el asunto no va más allá de la fantasía. Para
sus héroes, la mujer añorada siempre está fuera
de alcance. Son como Newland Archer en The Age of Innocence
de Edith Wharton, caminando de arriba para abajo frente a la puerta
de la condesa Olenska: saben que son bienvenidos pero no se animan
a tocar el timbre. Sueñan con el fervor de una sexualidad
franca, con la reciprocidad humana y el infinito misterio de la
vida en el departamento, pero acaban quedándose solos afuera.*
Para "captar"
a Picasso habría quizá que imaginarlo en una escena
como ésta no el hermoso muchacho que tiene el mundo
entero por delante, sino el hombre maduro que ha ido a demasiados
funerales. Uno sabe que no hay nada que lo pueda mantener
a él fuera del departamento; pase lo que pase, va
a entrar. Acaso Picasso se redimió ante la muerte imaginando
la sexualidad humana en formas explosivas y originales. En complicidad
con mujeres extraordinarias aprendió a crear las obras de
arte más excitantes de este siglo. Tiene razón Norman
Mailer en su Portrait of Picasso as a Young Man cuando hace
notar este aprendizaje. En Picasso la sexualidad no era la fácil
confianza en sí mismo de un garañón, sino una
lucha cuesta arriba, precaria y vulnerable, una construcción
imaginaria que tenía que reconstruir una y otra vez. Eso
hacía que el sexo fuera una fuente de temor, pero también
de poder dramático, una manera de decir: "Miren, lo
logré".
Las mujeres que "lo
lograron" más espectacularmente junto con él
son Marie-Thérèse Walter y Dora Maar, las estrellas
de la exposición del
MOMA. Picasso estuvo enamorado de ellas en
las décadas de los veinte y los treinta, a veces simultáneamente.
El amor lo llenaba de energía. Retrató incansablemente
a sus seres queridos en una multitud de técnicas y una asombrosa
variedad de encarnaciones, llenas de una descarada energía
sexual que nos golpea como una ola. Hay gente por ahí (varios
en el mundo del arte, como Adam Gropnik en el New Yorker
) que detestan a Picasso de manera obsesiva; muchos de ellos parecen
ver en esos retratos ataques sexuales contra sus personas. Es cierto
que Picasso "agarra" a los espectadores de sus partes
más pudendas. Pero creo que si miramos de cerca, nos impresiona
el que haya podido ver a las mujeres con esa extraña combinación
de ternura y una avasalladora devoción corporal. Freud dijo
que la capacidad de sentir ternura y sensualidad frente a la misma
persona era una señal de madurez; también dijo que
no creía que muchos llegaran a eso. Pero Picasso sí
llegó, y buena parte de su arte nos ayuda a entender la fusión
entre los sentimientos de la ternura y la sensualidad.
Los visitantes del
Museo de Arte Moderno conocen a Marie-Thérèse desde
hace algún tiempo, aunque hasta ahora no lo sabían.
Uno de los cuadros clásicos del MOMA es la "Muchacha
frente al espejo" de 1932. Resulta que ella es esa muchacha.
Su irrupción en la vida de Picasso a fines de los veinte
dio a su arte un súbito impulso de energía. Durante
la década siguiente le hizo centenares de retratos. En los
más cautivadores, las formas son curvilíneas y orgánicas,
la sensación es lírica, el ritmo deja sin aliento;
es como si sintiera que tenía que terminar esos cuadros antes
de cerrar una especie de hora metafísica. El oro de su pelo
y el rosado de su carne vibran intensamente, resaltados a menudo
por ropa en ricos tonos de azul y morado. (Una mujer poscubista
tiene más de un cuerpo, así que puede estar al mismo
tiempo ricamente ataviada y desnuda.) A Picasso le encantaba pintar
a Marie-Thérèse dormida. (Quizás era el único
lugar en que ella esperaba escapar de él.) En uno de esos
cuadros, el sillón debajo de ella parece a punto de incendiarse.
En otro, una palmera sale en remolino de la parte inferior de su
cuerpo. En otro más está durmiendo, desnuda, mientras
el sol repite desde afuera sus redondeces y tal parece que la tomara
como fuente de calor y luz. Es como si Picasso se estuviera apropiando
todos los clichés de la ternura y tratara de transformar
las palabras en carne. A veces la dibuja como una gigantesca pelota
de playa de tira cómica, con deliciosas curvas que nos invitan
a tocarla. Pero siempre hay un misterio en Marie-Thérèse,
esa forma que tiene de curvarse sobre sí misma, de tal modo
que irradia una armonía interna que ningún amante
puede tocar. En los retratos que hacían a la gente pararse
en seco en la exposición del MOMA,
parece casi un sujeto exento de subjetividad, no más consciente
de sí misma que el sol. Y sin embargo, en la "Muchacha
frente al espejo" no se parece en nada al sol, ese gran himno
a la interioridad, donde tanto el sujeto como su imagen se absorben
uno en la otra.
Dora, que entró
en la vida de Picasso a mediados de los años treinta, es
el complemento metafísico de Marie-Thérèse,
el lado oscuro de la luna. Si la Marie-Thérèse de
Picasso se define por curvas orgánicas y por su naturalidad,
su visión de Dora está hecha de artificio y ángulos
bruscos su maquillaje, sus joyas, sus uñas puntiagudas,
sus elegantes vestidos con diseños abstractos, su aspecto
de que sabe bastante bien lo que está haciendo, su heráldico
color rojo neón. Parece alguien que ha construido
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Retrato
de Dora Maar (1937)
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un montaje de sí
misma. Casi se podría afirmar que Picasso la ve como un espíritu
afín, una artista moderna como él. (En realidad, Dora
era fotógrafa, y fue la única persona que vio y retrató
cada una de las fases de "Guernica".) Su imagen evoca
a las damas sombrías de los relatos de Henry James y las
morenas del clásico film noir. Los aspectos contradictorios
de su personalidad se muestran abiertos con colores que chocan bruscamente
y con oblicuos planos poscubistas. En un retrato titulado "Mujer
que llora", su cara aparece tan activamente desintegrada que
resulta insoportable. ¿Acaso sintió esto el propio
Picasso? El rostro destruido parece estarse dirigiendo a él
como en una pancarta que dice Jaccuse! Pero la pancarta
no sólo está ahí, aislada, sino que él
mismo la ha puesto. La imagen de Dora no tiene nada parecido al
aura de Marie-Thérèse, a su íntimo resplandor;
pero tiene otra cosa, se ve infinitamente más interesante.
Se proyecta como una de esas mujeres que tiene mucho qué
decir. Sus retratos son fascinantes actos de diálogo y de
colaboradora complicidad.
Al parecer, Picasso
amó a las dos mujeres al mismo tiempo durante algunos años.
Ellas parecen haberlo amado a él en formas que fueron probablemente
insoportables para la mayoría. Un día de enero de
1939, tal vez con la esperanza de aclarar sus sentimientos, Picasso
pintó dos grandes retratos al óleo de ambas mujeres
exactamente en la misma postura "Mujer reclinada con
libro" y en el mismo lugar de su estudio. Por un tiempo,
ambos cuadros estuvieron colgados juntos en la pared; luego fueron
diseminados a diferentes partes del mundo. Después de medio
siglo, se reunieron otra vez en la exposición del MOMA
con toda probabilidad (costos de seguro, etcétera)
por última vez. Ninguna de las dos mujeres que estaban en
esa pared se veía hermosa. (Las dos parecían agotadas,
y se entiende por qué.) Pero ambas se veían sublimes:
serias, intensas, completamente ahí. Con dos mujeres
de esta profundidad, ¿cómo podía uno
no adorarlas a ambas?
Estas mujeres aparecen
en Surviving Picasso, la película de Merchant-Ivory-Jhabvala
que se estrenó el otoño pasado. Pero los que hicieron
la película no las quieren, y en realidad no les interesa
cómo pudieron haber sido, aparte de ser dos nombres más
en la lista de las VDP, Víctimas de
Picasso. En una escena Marie-Thérèse y Dora llegan
a las manos, pero nunca sabemos por qué se pelean. El sentido
de la escena, según parece, es que Picasso (a quien se le
ve trepado en un andamio pintando mientras ocurre la pelea) se ríe
de las dos porque era un Desgraciado. Lo que quiere probar la película
en todas y cada una de sus escenas es el hecho de que Picasso era
un Desgraciado. Y esto nos lo mete en la cabeza a martillazos, implacablemente,
para que no se nos vaya a olvidar. Una y otra vez nos muestra personajes
potencialmente complejos en situaciones potencialmente interesantes,
pero toda su vida y su energía son sacrificadas para lograr
el objetivo de la acusación: probar más allá
de toda duda que Picasso era un Desgraciado. Lo entendemos desde
el primer minuto. Hay titulares que nos dicen "La Ocupación
Alemana de París en 1943" y una imagen de Picasso bajando
con pasos severos por la escalera de su estudio se yuxtapone con
la de soldados de tropas nazis de asalto que marchan con pesados
pasos por las calles de París. Uno puede salirse muy pronto
después de esto y no perder gran cosa.
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Olga
en el estudio
de Montrouge
(1917)
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Anthony Hopkins representa
al villano con mucho brío. Al principio nos da gusto verlo
pavonearse y agitarse y sacar el pecho y reír diabólicamente.
Pero pronto nos cansamos de una cara, un cuerpo y una voz que generalmente
nos gustan. Aquí, Picasso no es un personaje, sino una máquina
generadora del mal. Este papel encierra a Hopkins de manera mucho
más efectiva que la jaula a Hannibal Lecter en El silencio
de los inocentes. Al poco tiempo sentimos que la nostalgia nos
invade. No sólo por Kirk Douglas cuando rechina los dientes
en Anhelo de vivir (una cinta dedicada a la vida de Van Gogh),
sino incluso por el Capitán Garfio, cuyo creador tuvo la
gentileza de dejar que el villano contara chistes sobre sí
mismo.
Puede sonar extravagante
decir que en Surviving Picasso hay ideas, pero por lo menos
uno de sus temas reitera sentencias que deambulan desde hace tiempo
en el mundo del arte. De la misma manera que se condena a Picasso
por ser un pecador brutal, su rival de toda la vida, Matisse, es
venerado como un santo trascendente. Más o menos a la mitad
de la película, Picasso y Françoise Gilot visitan
a Matisse, de quien se nos dice que está cerca de la muerte,
pero que se desliza con sus muletas como un patinador olímpico,
rebosa de sonrisas y habla con parábolas zen como Yoda en
La guerra de las galaxias. Matisse muestra a Picasso sus
retratos recientes de mujeres, y dice que él (no como Otros
que podríamos mencionar) está en sintonía con
el ciclo vital biológico, a gusto con la plenitud de su edad
y feliz de vivir una vida sexual en la imaginación. "No
parece usted sentir ningún odio por las mujeres que ama",
dice Picasso. La serena respuesta de Matisse es: "No, eso se
lo dejo a usted, Monsieur." Una vez más el mensaje
de la película es: "Contemplad a este maestro, tan perfecto
en el arte como en la vida, ved cómo siente y ama y crea
en total pureza, sin ambivalencias." Y justo frente a él,
como ante la fachada de una catedral: "Contemplad a ese degenerado,
impulsado por el odio que produce el amor y que se regodea en la
ambivalencia." Si pudiéramos responder, tal vez querríamos
decir que el amor y el odio son sentimientos primigenios, y que
tanto nuestro arte como nuestras vidas serán mejores si tenemos
las agallas suficientes para ver y decir cómo están
entrelazados. Picasso, como Freud, se pasó toda la vida luchando
con el inconsciente, y con la dialéctica del amor y el odio.
A quienes tratan de confrontarnos con la ambivalencia humana se
les escupe en la calle (como le ocurrió a Freud
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Retrato
de Marie-Thérèse (1937)
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en la antigua Viena)
o en los periódicos o en las películas. Son irremediablemente
impuros, candidatos ideales para adjudicarles sendas etiquetas de
"Arte Degenerado". En realidad, deberíamos alegrarnos
de que estén ahí. Se necesita un arte impuro e ideas
impuras para mostrarnos cómo somos en realidad y para ayudarnos
a imaginar quiénes podemos ser.
Quienes produjeron
Surviving Picasso anteponen la lista de Víctimas de
Picasso al examen de su obra. Así, la película tiene
mucho del negocio del arte pero (a diferencia de las antiguas biografías
cinematográficas de artistas que eran producidas por Hollywood)
muy poco de arte. La exposición del MOMA
y su espléndido catálogo nos llevan a ver cómo
la obra de Picasso se relaciona con la gente que lo rodeó.
No hay duda que se portó mal con las mujeres a las que amó
(con los hombres a los que quiso fue quizás aún peor).
Pero es ridículo calificarlo de misógino, como se
acostumbra hoy en día. Sus retratos no sólo captan
la belleza de las mujeres, sino su dignidad. Dio a Marie-Thérèse
Walter y a Dora Maar y a Fernande Olivier, a Eva Goulet, a
Sara Murphy, a Françoise Gilot, a Jacqueline Roque, y también
a otras una presencia permanente en la cultura universal.
Mientras exista el arte, y exista la reproducción mecánica
del arte, la gente conocerá a esas mujeres y las admirará
gracias a él.
Traducción
del inglés por Flora Botton-Burlá
Fotografía
y retratos de Pablo Picasso
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*¿Es esto injusto para el creador de Sweeney Agonistes?
En el edificio de departamentos de Apeneck Sweeney, la gente suele
coger (y matarse) como si nada. Pero esa es la vida de la clase
baja tal como la imagina cómicamente un miembro de la clase
alta. Su propia clase, imaginada trágicamente, no es capaz
de vivir intensamente.
Marshall
Berman, "Picasso, el azul y la línea que se interrumpe",
Fractal
n° 6, julio-septiembre,
1997, año 2, volumen II, pp. 63-74.
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