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¿Es posible hablar de una "mentalidad homogénea" en la izquierda partidaria? Por lo menos de 1919 (la fundación del Partido Comunista Mexicano) a nuestros días, sí es evidente una expresión dominante, única en los momentos de crisis se vuelve única. Lo homogéneo viene de la profesión de fe marxista, de la creencia en la versión soviética del socialismo, del culto a la Revolución. En los veinte y en los treinta la meta es la condición del bolchevique, recio como el acero, abnegado, dispuesto a darlo todo por el Partido (así, a secas) que es la vanguardia de la humanidad, el depositario a través del centralismo democrático de la sabiduría colectiva. Son numerosos los testimonios de entrega, de interpretación religiosa de la militancia. De modo obvio, el sectarismo es preocupación religiosa por la ortodoxia, por el acatamiento estricto de la doctrina del materialismo histórico.
Los procesos de los partidos comunistas en el mundo no difieren en lo esencial, por la obediencia a la fuente de legitimidad: la URSS. Y en las variantes nacionales cuenta muchí-simo la personalidad de los líderes. En el caso de México las figuras primordiales del periodo 1919-1988 son, sin duda, Hernán Laborde, Valentín Campa, Vicente Lombardo Toledano, Dionisio Encinas, Demetrio Vallejo, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Revueltas, Heberto Castillo y Arnoldo Martínez Verdugo. Son dirigentes inflexibles, encarnaciones del dogma, heréticos e inquisidores, artistas, intelectuales, luchadores sociales. Viven la marginalidad sin prestigio, y la marginalidad que se reconoce pese a todo. Son internacionales y son despiadadamente localistas. Adoran a Stalin, así algunos se den el lujo de admirar a Trotsky, y su idolatría les hace renunciar a la autocrítica y a su visión moral. Se entusiasman ante los avances del socialismo en el mundo, y se amargan ante la solidez de la burguesía en el país vecino de Estados Unidos, y ante la sordera del proletario. Resisten a Plutarco Elías Calles y a su revolucionarismo anticomunista, se entusiasman con Lázaro Cárdenas y aceptan que un genuino Partido Comunista requiere de la purificación de las expulsiones periódicas.
El Partido Comunista
aumenta su membresía en el periodo de Lázaro Cárdenas,
y luego, en los sexenios de Manuel Ávila Camacho la disminuye
notoriamente. Lo acosan y lo reducen diversos factores: la fuerza
del aparato de la Revolución Mexicana (entidad que usa un
lenguaje muy parecido al de la izquierda, y con técnicas
abundantes de asimilación); la
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| 1935. Primer congreso
de la LEAR. Aparecen entre otros, Silvestre Revueltas, Juan
Marinello, Nicolás Guillén, Waldo Frank, Martín
Luis Guzmán y Luis Chávez Orozco. |
presencia de Lombardo
Toledano, que es la izquierda parti-daria del gobierno, la prédica
stalinista y el rechazo al título de "comunista";
el entusiasmo generalizado ante el despegue industrial y la importación
de comodidades; el optimismo panamericano que durante la Segunda
Guerra Mundial borra un buen número de enconos históricos
contra Estados Unidos, la impresión causada por el asesinato
de Trotsky y last but not least la Guerra Fría, que
dura con intensidad de 1947 a 1968, aproximadamente, aunque sus
efectos todavía perduran. De todo lo citado, seguramente
lo de consecuencias más extremas es la Guerra Fría,
que convence a la población de la maldad intrínseca
de los comunistas, a partir de una vasta campaña de calumnias...
y del horror demostrable del stalinismo.
"Al
burgués implacable y cruel/ no le des paz ni cuartel/
no le des paz ni cuartel"
A fines del régimen
de Miguel Alemán, el organismo que en los treinta moviliza
decenas de miles se vuelve el grupo voluntarismo, sacrificial y
sectario, apegado al discurso de bloques verbales. Sin que se advierta,
y sin que se pueda evitar, el lenguaje heroico y agitativo se va
petrificando, e impide el fluir de las ideas, y el acercamiento
de otros contingentes. Víctimas de campañas de linchamiento
moral, combatidos por la iglesia católica, aislados políticamente,
sin el asidero de la solidaridad interna de los comienzos, convencidos
en el fondo de vivir en un país al margen de la historia,
sumergidos en la cólera que actúa a modo de sentimiento
analítico, los militantes abandonan irremisiblemente los
ideales bolcheviques. Ya no caminarán desafiantes por Perspectiva
Nievski alguna, ya no harán de la Cámara de Diputados
su Palacio de Invierno. Y se instala la militancia seca y gris,
descrita por Revueltas en Los días terrenales, donde
se confunden clandestinidad y anonimato, y en donde el temperamento
heroico (concentrado en la provincia) emerge para ser mejor reprimido
por el gobierno y por la burocracia del PCM.
La izquierda de los
cincuenta es el campo del resentimiento. Nadie, sinceramente, cree
posible la revolución, no hay Condiciones Objetivas para
la toma del poder. Todos insisten en la Revolución para que
la fe los vuelva a ellos posibles. Y ni la liturgia partidista ni
el discurso de la izquierda latinoamericana permiten la revisión
de metas y programas. Todo es porque así ha sido, y se habla
y se escribe con frases largas como folletos, que portan su "cinturón
de castidad", sin consideraciones para la respiración
del lector, inflexibles, monótonos, que de tanto oírse
y decirse se vuelven conjuros pétreos. ¡Larga vida
a la tradicional amistad de los pueblos rumano y mexicano! ¡Contengamos
ahora la política alcista y represora del gobierno mexicano,
vasallo incondicional del imperialismo norteamericano en su fase
última de concentración monopólica! ¡Alto
a la política entreguista de la burguesía, que atenta
contra la soberanía nacional y la tradicional amistad entre
los pueblos!
Si alguien revisa el
periódico del PCM La Voz de México,
lo hallará, creo, orgullosamente ilegible. No se hace el
periódico para la opinión pública sino para
fieles que no necesitan leerlo. Y al carácter devocional
de la prensa y del discurso, contribuyen los manuales soviéticos.
Hablar es comunicar verdades eternas. Imprecar al enemigo es exorcizarlo.
Defender a la URSS es rodear a la zona sagrada
de artículos, reuniones y manifestaciones como rezos. Definir
la ideología de la Revolución Mexicana es identificar
lo "democrático-burgués" con aquello que
"por su naturaleza misma es malvado". (Hay términos
de resonancia teológica.)
"Si
no tomamos el poder, es por las dificultades de
convocar para el lunes al Comité Central"
Insisto en el lenguaje
de la izquierda porque éste ha sido una de sus grandes prisiones,
un lenguaje no para transmitir sino ratificar convicciones inamovibles,
elemento central en la parálisis y la desintegración
de la izquierda partidaria. Ciertamente, la rigidez en el habla
no es sólo patrimonio de la izquierda en el periodo a que
me refiero; también la ejercen, y devastadoramente, la derecha
política y social, los sectores gubernamentales y los grupos
eclesiásticos, pero en ellos en verdad no hay la pretensión
de representar a la razón histórica sino a la verdad
revelada (por la Revolución Mexicana, Dios, la Familia y
las tradiciones, según sea el caso). En cambio, la izquierda
se pretende guiada por principios científicos, y por eso
es tanto más pesado el letargo idiomático que quiere
hacer las veces de discurso político. A nombre del pensamiento
marxista se desemboca en la Verdad Revelada.
Entre 1920 y 1950 la
izquierda partidaria y la izquierda social comparten entusiasmos,
lecturas, proyectos, rechazos. Pero la izquierda política
pierde sus espacios en la vida pública y se confina en el
ghetto, y el nacionalismo revolucionario, tan insistente
en materia cultural, y tan cercano al PRI,
aleja a una parte considerable de la izquierda social. Entonces,
pese a que la izquierda en general abarca un sector muy amplio,
lo que se reconoce como izquierda es muy pequeño, y se le
distingue por características que parecen fatales: vida de
ghetto, confinamiento doctrinario que imposibilita el diálogo
y la presencia convincente en otros sectores, "turismo revolucionario",
acatamiento de las directrices de Moscú.
Y al Partido Comunista
sólo llegan los muy convencidos de la necesidad del proyecto
socialista y, también, los persuadidos
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1958.
Ferrocarrileros son conducidos a Lecumberri
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en el fondo de la imposibilidad
de triunfos a corto y mediano plazo. La izquierda partidaria, en
rigor, trabaja para la Revolución que no cree posible.
El aparato público
se derechiza progresivamente, y el muro de contención de
las medidas represivas es la izquierda social, que no evita golpizas,
torturas y asesinatos de militantes, pero que sí es contrapeso
mínimo a los linchamientos morales que anhelan los representantes
mexicanos de la Guerra Fría (casi toda la prensa, el gobierno,
la iglesia católica, el PRI, la CTM,
la derecha organizada, algunos intelectuales). Casi obligadamente,
la izquierda social también profesa la psicología
marcada por los acomodos entre lo que se cree y lo que se obtiene,
entre el socialismo a que se aspira y la adaptación al medio
regido por el capitalismo salvaje.
En el periodo de 1940-1968
aproximadamente, una versión diluida de la "ideología
de la Revolución Mexicana" (un nacionalismo que vigila
de lejos al individualismo competitivo capitalista) se impone en
las clases medias al tiempo que la despolitización
distribuye la certeza: la política es sólo asunto
de los gobernantes y, por lo demás, es corrupta por esencia.
Si a la izquierda partidaria la frena la fuerza de un Estado que
concede satisfacciones mínimas, asimila a un porcentaje de
los disidentes, expropia periódicamente el idioma contestatario,
y mantiene un adecuado comportamiento en política exterior,
la izquierda social crece con rapidez estimulada por la Revolución
Cubana, e interesada un tiempo en el Movimiento de Liberación
Nacional (1961-1964), que en principio alienta el general Lázaro
Cárdenas.
En 1959 la Revolución
Cubana suscita en América Latina la esperanza, y le propone
un sentido y una dirección al deseo de cambio de millones
de latinoamericanos. En sus primeros años, el régimen
de Fidel Castro es innovador, se enfrenta a la desnutrición,
el analfabetismo, la falta de atención médica e impone
a través de la Casa de las Américas su política
cultural que mucho contribuye a la comunicación interna de
los creadores latinoamericanos. La izquierda apoya incondicionalmente
a la Revolución Cubana, considera ejemplares todos sus actos,
endiosa a Fidel Castro y al Che Guevara, y no atiende a las sucesivas
muestras de autoritarismo, a la prepotencia caudillista, a la frase
no tan ambigua como opresiva de Castro a los intelectuales y artistas
cubanos: "Dentro de la Revolución, todo; fuera de la
Revolución, nada".
¿Para qué
discrepar en lo mínimo de quien derribó la tiranía
batistiana y casi politizó por su cuenta a la izquierda latinoamericana,
fomentando entusiasmos, facilitando el renacimiento de metas en
que ya nadie soñaba siquiera, radicalizando a grupos nuevos,
entre ellos y muy inesperadamente a sectores católicos, auspiciando
visiones de la pedagogía, la cultura, los términos
mismos del discurso revolucionario? Los izquierdistas mexicanos
viajan a Cuba y a su regreso, como el norteamericano Lincoln Steffens
al volver de la URSS en los años veinte,
afirman regresar del futuro "que funciona". Lo más
destacado: el culto por la Revolución Cubana solidifica la
lealtad ya un tanto vacilante en torno al socialismo real: "No
hay que darle armas al enemigo". Y el marxismo-leninismo, hasta
entonces manía de pequeños círculos de estudio,
se expande y recobra el status religioso de que gozó
en los años treinta, en medio de discusiones de corte metafísico
sobre las ideologías burguesas o pequeño-burguesas,
el diversionismo, el revisionismo, el trotskismo, el maoísmo.
Esto podrían decir: "Nuestra doctrina es un dogma y
un método de inacción".
"Ante
la crisis mundial del capitalismo, nosotros debemos..."
El Movimiento de Liberación
Nacional nace limitado al extremo por sus contradicciones: el afán
de responder de alguna manera al ánimo modernísimo
de la Revolución Cubana, y el viejo lenguaje del antiimperialismo
lombardista, con su incapacidad orgánica para distanciarse
en lo ideológico y lo político de los dos árboles
totémicos: la Revolución Mexicana y la Revolución
Soviética. El MLN atrae antiguos militantes,
intelectuales nacionalistas, estudiantes, líderes campesinos,
agitadores obreros, figuras retiradas del mundo oficial. Pero no
logra ampliar su espacio social y político, se deja ganar
por la retórica de la vieja izquierda y pasada la emoción
del principio, se va consumiendo lentamente. Mientras, la izquierda
desfila apoyando a la Revolución Cubana, dándole la
bienvenida al presidente de Cuba Osvaldo Dorticós, repudiando
la intervención norteamericana en Santo Domingo. Y el gobierno
reprime, rehabilita el discurso anticomunista, usa a la izquierda
como argumento escénico en las negociaciones con Estados
Unidos, y le da vida artificial a lo que ya nada significa: "el
espíritu revolucionario".
Encerrada en un discurso
cada vez menos audible, la izquierda necesita, para aclararse y
oscurecerse su proceso, del estallido del movimiento estudiantil
de 1968 y de los movimientos revolucionarios en América Latina.
El movimiento del 68 es, muy esquemáticamente descrito, el
duelo más que desigual entre el afán democratizador
de sectores de clases medias y la parte más tradicionalista
del aparato político, encarnada en el presidente Díaz
Ordaz. Entre las causas del movimiento (las principales: la protesta
contra la represión policíaca y la cerrazón
presidencial al diálogo) figura la defensa de los derechos
humanos y la libertad a los presos políticos de 1959. Arduamente,
los estudiantes y el sector de la clase media que los apoya se enteran
de la mecánica gubernamental: se protesta por la barbarie
policíaca, se les golpea y detiene; se insiste en el carácter
legal y constitucional del movimiento; se les masacra en la plaza
pública. Y un efecto colateral del 68 es el principio de
la disolución de la paranoia anticomunista o antisubversiva
como reflejo condicionado de la sociedad.
Nada ejemplifica mejor
el desencuentro, por así decirlo, de la época moderna
y la izquierda tradicional que las reacciones de Vicente Lombardo
Toledano en 1968 (año de su muerte). Lombardo, agente del
stalinismo, hombre de confianza del gobierno en horas de prueba,
no entiende el movimiento estudiantil, más allá de
su horizonte cultural y político. Así, condena al
gobierno de Dubak, aplaude la invasión soviética de
Checoslovaquia, defiende la política de Díaz Ordaz.
En un primer intento de una política autónoma, el
Partido Comunista, víctima de la histeria policíaca
desde el 26 de julio, apoya a los estudiantes, censura la invasión
soviética y quiere poner al día su lenguaje. No lo
consigue, ni siquiera la persecución de Díaz Ordaz
moviliza el lenguaje calcificado o consigue una apertura cultural.
El 68, entre otras
cosas, ahonda el abismo entre sectores cada vez más numerosos
de la izquierda social y la izquierda partidaria, reacia a modernizarse.
Algo cambia la situación al incorporarse al PSUM
grupos de universitarios que vienen en lo político del 68,
y en lo cultural de la explosión de los sesenta. El PSUM
organiza tocadas de rock y ocasionalmente algún aparatchik
tendrá desplantes "alivianados", pero todo es inútil.
Se impone el lenguaje del optimismo, del auge indetenible de las
masas, de la unidad a toda costa, de las contradicciones irresolubles
en el seno de las masas. Y este lenguaje predetermina a tal punto
la mentalidad pública de la izquierda política que
al cabo de los proyectos de apertura, la impresión no se
modifica: he aquí el anacronismo hablando a nombre del Progreso.
Y en buena medida, esto se da a pesar de las buenas intenciones.
"¡No
queremos apertura. Queremos revolución!"
El sucesor de Díaz
Ordaz, Luis Echeverría Álvarez (1970-1976), toma muy
en cuenta las lecciones del 68, y anhela reconciliarse con los sectores
universitarios y con la izquierda social. Para eso, aumenta desproporcionadamente
los presupuestos de los centros de enseñanza superior, sostiene
una política exterior si no muy coherente sí notable
en partes (entre otras acciones, apoya al gobierno de Salvador Allende,
condena y rompe relaciones con el régimen de Pinochet, y
recibe en México a un contingente de exiliados chilenos),
atrae a un buen número de intelectuales convencidos de hallarse
ante la última oportunidad de contener la oleada fascista,
y modifica el discurso oficial añadiendo la variante del
Tercer Mundo y la crítica a la oligarquía financiera.
Nada de eso le evita
la desconfianza de la izquierda social, y la crítica de la
izquierda partidaria. El régimen de Echeverría, afirma
el líder del PCM, Arnoldo Martínez
Verdugo, se sostiene sobre un reformismo verbalista y no puede desviar
la ola del descontento. Y se lanza el lema: "¡Ninguna
confianza, ninguna ilusión, ningún apoyo al gobierno
de Echeverría!" No que fuera mucho el apoyo encontrable
en la izquierda partidaria. En 1973 informa Enrique Condés
Lara en su interesante y polémico libro Los últimos
años del Partido Comunista (1969-1981) el PCM
carece de local, no hay campañas económicas, sólo
se dispone de veinte profesionales (algunos a medio sueldo) y el
gasto mensual no llega a los cuarenta mil pesos. Y a esto se le
añade la persecución policíaca, el descrédito
social, la atmósfera de ghetto.
Uno de los sectores
más alejados de las seducciones de Echeverría es el
de los jóvenes radicales, que siguen con devoción
los acuerdos de la Tri-Continental, memorizan los discursos posbolivarianos
del Che Guevara ("Crear uno, dos, tres,... muchos Vietnam"),
sufren la muerte del héroe en las soledades bolivianas y
se indignan ante el "entreguismo" de los demócratas,
y se apasionan con los ensayos de Régis Debray, el apóstol
del foquismo (y luego, uno de los profetas de Mitterrand). En 1971
hace su aparición pública la guerrilla, en gran parte
fruto de escisiones de la Juventud Comunista. Surgen el Frente Urbano
Zapatista, Comandos Armados del Pueblo, Lacandones, Movimiento de
Acción Revolucionaria, Frente Revolucionario Armado Popular,
Guajiros, Unión del Pueblo, y de modo estelar, la Liga Comunista
23 de Septiembre. Entre 1972 y 1975, son asesinadas cerca de cinco
mil personas (guerrilleros, policías, transeúntes,
familiares y amigos de los guerrilleros) en diversas acciones armadas
o en asaltos a "casas de seguridad"; se contabilizan más
de quinientos desaparecidos, la mayoría de ellos presumiblemente
torturados y asesinados; de la guerrilla rural en el estado de Guerrero
se desprenden dos leyendas populares (Genaro Vázquez Rojas,
muerto en accidente de automóvil, y Lucio Cabañas,
muerto en enfrentamiento con el ejército); la mayor parte
de los grupos desaparece pronto, a causa de la infiltración
policíaca, y la Liga 23 de Septiembre, al principio reducto
del idealismo desesperado, se extingue en la descomposición
militarista, luego de numerosos asaltos y crímenes (entre
ellos, el del industrial Eugenio Garza Sada).
Todas las lecciones
extraídas de la guerrilla culminan en la misma moraleja:
en las condiciones de México, la violencia revolucionaria
desemboca por fuerza en la matanza de unos y otros, en la brutal
metamorfosis psíquica de los idealistas, en la militarización
mental, en la derrota, la frustración y, lo peor, la impunidad
para los responsables de la guerra sucia. Casi nada queda
de la vehemencia de quienes pretenden el asalto al poder. Una consecuencia
del clima de la militancia armada sí es evidente: la intolerancia
de la extrema izquierda, que se esparce en los centros de enseñanza
media y superior, origina fenómenos tan lamentables como
"la tropa galáctica" en la Universidad Autónoma
de Puebla, y "los enfermos" en la Universidad Autónoma
de Sinaloa, grupos de activistas, por lo común muy jóvenes,
radicalizados a partir de unas cuantas lecturas y de su propia experiencia
amarga ("los enfermos", que producirán el lema:
"Torta o muerte", se enorgullecen de su nombre: "Estamos
enfermos de ansiedad revolucionaria"). El 68, filtrado por
el trituramiento anímico de la clandestinidad falsa y verdadera,
da por resultado la fiebre del asambleísmo y de la denuncia
de los reformistas.
En universidades de
provincia, en la Facultad de Ciencias, en Ciencias Políticas,
en Filosofía y Letras, en Economía, en preparatorias
y colegios de Ciencias y Humanidades se intimida y amenaza en nombre
del marxismo. Se divulgan nociones dogmáticas, enseñadas
con celeridad parroquial, y la irritación malinformada le
infunde un punto de vista (el que sea) a nuevos contingentes que
masifican las universidades y que provienen en su mayoría
de familias de escasos recursos. En la academia, una generación
de ensayistas, politólogos y sociólogos marxistas
quiere romper con un pensamiento anquilosado, y en las escuelas
la impaciencia quiere hacer las veces de ideología del advenimiento
del cambio.
Let
it be: la revolución como pasión
En la década
de los sesenta, ya la izquierda social se ha escindido, y grupos
cada vez más numerosos se sienten internacionalistas, en
lo político y, ésta es la novedad, en lo cultural.
Se rechaza la intervención norteamericana en Vietnam y se
defiende la Revolución Cubana, pero también lo
que para la izquierda partidista es sacrilegio se oye rock,
se reverencia a los Beatles y los Rolling Stones, se fuma mariguana,
se lee con devoción a escritores "burgueses". Mientras,
la izquierda tradicional se aferra al realismo socialista (y sus
variantes, entre ellas la poesía que genera la Revolución
Cubana, y la horrísona "canción de protesta"),
mantiene su lectura rígida del muralismo, aplaude la tesis
siqueiriana de "No hay más ruta que la nuestra",
condena el "arte decadente" y "degenerado",
y se sumerge en el ámbito equidistante de la letra impresa
y el analfabetismo: los manifiestos donde el lenguaje usado impide
la lectura y congela el pensamiento.
Un dato entre otros:
en 1971 un alegato guerrillero de Raúl Ramos Zavala, que
abandona la juventud comunista y elige la vía armada, lleva
el título de Let it be, la frase internacionalizada
por los Beatles, que expresa conformidad ante el destino. Si la
Liga 23 de Septiembre se probará inmisericorde y dogmática
al extremo, en sus inicios al menos comparte la nueva visión
cultural que la izquierda partidaria no logra asir, inmersa en el
feroz anacronismo que la lealtad a la URSS
provoca. A los comunistas mexicanos y a los integrantes de los demás
grupúsculos, el Futuro (el socialismo) compensa por vivir
en el pasado (el arrinconamiento que niega los cambios circundantes
para no contaminarse de burguesía). Y lo que desde fuera
se ve como empecinamiento, ellos se lo explican como "paradoja
de la Historia".
En los años
setenta el marxismo se pone de moda, influye no tan disimuladamente
en el discurso oficial y en los medios académicos y periodísticos,
y se integra al paisaje explicativo de la realidad nacional, contaminando
incluso el discurso de la derecha política (los del PAN
le toman a la izquierda lemas, fraseología, guiños
ideológicos). Pero tal seducción no se traduce en
una mínima presencia social, ni en mayor influencia sobre
los sectores organizados. En donde el marxismo fructifica especialmente
es en la revisión histórica, punta de lanza de la
perspectiva de izquierda, interrumpida desde el sexenio de Lázaro
Cárdenas, por la Guerra Fría y la sujeción
del PCM al aparato de propaganda soviética.
Por otra parte, y crecientemente, son muchos los que abandonan las
ideas opresivas, el vivir siempre "en transición",
el admitir el presente sólo como un trámite para el
futuro liberador, el concebir el país como boceto inacabado,
porque el verdadero México se iniciará con el socialismo.
Y los historiadores van recuperando la gran tradición soterrada,
la de los militantes infatigables que a lo largo del siglo han sido,
pese a todo, parte fundamental de la conciencia moral de México,
ejemplos de congruencia y generosidad.
La "apertura democrática"
del gobierno de Echeverría quebranta el anticomunismo oficial
(el PRI se acerca a la Internacional Socialista),
y el gobierno de José López Portillo (1976-1982),
simpatizante declarado de los sandinistas y de la Revolución
Cubana ("Quien toca a Cuba, toca a México", declara
López Portillo en La Habana), al tiempo que lanza al país
por la ruta del endeudamiento y la falsa abundancia petrolera, pone
en marcha la Reforma Política que en 1979 le permite al PMC,
por vez primera desde 1946, participar legalmente en las elecciones.
Los resultados son de algún modo sorprendentes: 750 mil votos
para la coalición de izquierda y dieciocho diputados en la
Cámara.
La
unión hace las siglas
El 5 de noviembre de
1981 cinco grupos se unifican y forman el Partido Socialista Unificado
de México, el PCM, el Partido del Pueblo
Mexicano, el Movimiento de Acción Unificada Socialista, el
Partido Revolucionario Socialista y el Movimiento de Acción
Popular. A la fusión la domina la convicción implícita
y explícita: los escasos beneficios del término comunista
se han agotado, hay que darle oportunidad a nuevas concepciones
y abandonar las ilusiones a largo plazo. Al principio, el PSUM
es recibido con entusiasmo y llena la plaza de la Constitución
en la campaña electoral de 1982 ("el Zócalo Rojo"),
pero el proyecto no cuaja como se esperaba, la integración
de grupos y grupúsculos no se consuma, algunos se separan
pronto y el PSUM queda como una alternativa
más, la menos débil, de un conjunto de donde participan
el Partido Revolucionario de los Trabajadores, de filiación
trotskista, y el Partido Mexicano de los Trabajadores, cuyo líder,
Heberto Castillo, es el crítico más agudo de la política
petrolera de López Portillo.
La fuerza de la izquierda
social (movimientos de opinión pública, sectores intelectuales
y magisteriales, corrientes sindicales, órganos de prensa,
enclaves académicos) no disminuye, pero las posibilidades
de la izquierda política se atomizan.
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1968.
Estudiantes y ejército en el Zócalo.
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Fragmentados, sin proyectos
consistentes, escindidos en esfuerzos ni irreconciliables ni integrables,
los grupos de izquierda no aumentan significativamente su votación
en las elecciones de 1985.
Frente a la lentitud
y la inercia de la izquierda tradicional, una izquierda distinta,
autogestionaria y dispuesta a renunciar al autoritarismo, surge
en las colonias populares, en los grupos ecologistas, en los pequeños
sindicatos, en las cooperativas de barrio, en las comunidades eclesiales
de base, en las agrupaciones campesinas, en las secciones magisteriales.
Aún no se advierte su impulso desde una perspectiva nacional
y ciertamente las organizaciones partidarias no son ahora sustituibles,
pero esta izquierda diferente hace ver la urgencia de nuevos proyectos
nacionales, regionales, locales. Así, paradójicamente,
no obstante la debilidad de la imagen pública de la izquierda
(evaporado el fantasma de la "subversión comunista"),
son muy vigorosos los movimientos populares de izquierda, y la izquierda
cultural.
El 88 sorprende a todos,
precisamente porque se creía anulada o extinguida la izquierda,
víctima de su propia avidez de lucha interna, de la eficacia
histórica con que prende el anticomunismo, de la rigidez
de su dirigencia, de su antiintelectualismo, de la eficacia calumniadora
y asimiladora del Estado, y, muy principalmente, de su pérdida
de poder de convocatoria y su relegamiento de las causas de la justicia
social. Pero dista de ser un espectro, y la campaña de Cuauhtémoc
Cárdenas lo ratifica. El impulso extraviado o sepulto o traspapelado
renace en un instante y es muy probable que Cárdenas hubiese
ganado las elecciones, aunque también es muy probable que
Salinas de Gortari las hubiese perdido. Pero lo cierto es que ya
en 1988 la izquierda comunista es un cadáver sin prestigio,
y a la causa socialista le quedan pocos meses de vida. Cuauhtémoc
Cárdenas dista de ser la izquierda tradicional, es el nacionalismo
revolucionario, si se quiere también anacrónico, pero
con la fuerza que le infunde la necesidad de participación
de millones que simplemente no se acercarían al PCM,
al PSUM, al PMS. Luego,
tiene lugar el sexenio de Salinas.
Carlos
Monsiváis, "La izquierda mexicana: lo uno y lo diverso",
Fractal
n° 5, abril-junio,
1997, año 2, volumen II, pp. 11-28.
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