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La programación
familiar de la televisión se ha vuelto un territorio ocupado.
Desde Roseanne hasta Melrose Place ninguna telenovela puede
prescindir de un cross-dresser u otra criatura semejante.
Con los éxitos de Paris is burning, The crying game
y Priscilla. Queen of the desert la tentación
de representar esta ambigüedad también ha llegado a
Hollywood. En la producción de Steven Spielberg To Wong
Foo. Thanks for everything. Julie Newmar (Reinas y reyes),
las damas interpretadas por Patrick Swayze y Wesley Snipes, ganadoras
de un certamen de drag queens, encallan en un pequeño
pueblo, donde nunca serán descubiertos por la inocencia de
los provincianos. Ambos resultan tan femeninos como Mel Gibson en
falda escocesa o Robin Williams en el papel de Mrs. Doubtfire. La
extravagancia no tiene límite. Hollywood filmó su
propia versión de La jaula de las locas, la misma
que Mike Nichols montó en Broadway; con seguridad se producirán
otras obras por el estilo. Acaso Hollywood ha terminado por reconocer
la falta absoluta de glamour de Meg Ryan y Julia Roberts.
En los clubes londinenses,
por el contrario, l@s drag queens pasaron de moda. Después
de haber visto una ya se han visto todas las Judy Garland y las
Mae West. En su lugar, se han puesto en boga l@s drag kings,
es decir, mujeres con bigotes que en algunos clubes sólo
pagan la mitad de la entrada. Incluso John Travolta se ha sumado
al trend. Para que su hijo de tres años no crezca
con los "estereotipos tradicionales" le pone faldas y
vestidos. Tal vez no debería olvidar que en su tiempo la
madre de Ernest Hemingway también vistió a su pequeño
de mujercita.
Nada de esto es nuevo,
ni la liviandad de la moda ni sus prácticas eróticas.
Basta recordar los peinados a la garçon de las jóvenes
descocadas de los años veinte, el esmoquin de Marlene Dietrich,
la moda unisex de los años setenta, a David Bowie y el perfume
Charlie. En los años ochenta, cuando la moda volvió
a acentuar las diferencias, algunas revistas intentaron reinventar
el tercer sexo el andrógino, del cual Platón
afirmaba que era el verdaderamente original. Hoy todas las figuras
de aura ambigua Eleanor Roosevelt, James Dean y Leonard Bernstein
han resurgido como el ideal a seguir. Quizá alguien sea por
fin capaz de apreciar los pasos precursores de J. Edgar Hoover,
jefe del FBI, que se mostraba ocasionalmente
en la más estricta intimidad en ropa de mujer. De igual manera,
los miembros del exclusivo club Bohemian Grove (al que sólo
tienen acceso ricos y poderosos del sexo masculino como Henry Kissinger,
George Bush, Ronald Reagan y, más recientemente, el ultraconservador
Newt Gingrich) se deleitan con una que otra representación
de cross-dressing.
Cuando un psiquiatra
preguntó a la escritora Edna St. Vincent Millay, visitante
esporádica del célebre conventillo de Dorothy Parker
en el Hotel Algonquin de Nueva York, si sus constantes dolores de
cabeza tenían relación con el hecho de sentirse atraída
por mujeres, ella contestó: "Ah, ¿usted cree
que soy homosexual? Claro que lo soy, pero también soy heterosexual,
¿y eso qué tiene que ver con mis dolores de cabeza?"
Woody Allen dijo alguna vez (aunque la frase no es suya) que, al
menos, "la bisexualidad duplica las probabilidades de tener
una cita el sábado por la noche". Sí, en efecto,
pero también aumenta el número de rivales. Y seguramente
pronto aumentará el número de manuales como Wenn
Frauen im Dreieck lieben (Las mujeres que aman en triángulo)
o Seien Sie niemals eifersüchtig auf seinen besten Freund
(Cómo no sentir celos del mejor amigo de su hombre
).
Los diseñadores
de moda no se resignan a que sólo la mitad de la humanidad
se interese por un género de ropa interior. Cierto, las estrellas
de la música pop y del cine los arquetipos preferidos
de los cross-dressers han sido tradicionalmente los
profesionales de la imagen, pero lo que atrae al gran público
de los noventa es la polivalencia erótica que durante mucho
tiempo fue un placer privado (o no tanto) de unos cuantos y el oscuro
deseo de much@s.
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Marlene
Dietrich
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Newsweek ve nacer
una nueva identidad sexual: la gran familia de aquellos que se niegan
a definirse sexualmente. En Estados Unidos, la bisexualidad se ha
convertido también en una problemática ideológica.
Acaso porque todos creen que tienen algo que decir al respecto,
no hay tema sobre el que se teorice y discuta con tanta vehemencia
como la identidad sexual. En una época en que los grandes
antagonismos políticos, sociales y culturales parecen haber
pasado al olvido, y los que aún prevalecen están confinados
al silencio, la oposición entre los sexos es el único
que da la impresión de haber sobrevivido. Es obvio que este
discurso desvíe la atención de muchos intelectuales.
No hay año en que no surja una nueva ola de publicaciones
sobre gender studies y sexual politics, temas que en muchas
universidades forman parte integral de los programas de estudio.
A la cabeza del desfile teórico se encuentra Marjorie Garber,
profesora de Harvard y especialista en Shakespeare, con un extenso
estudio sobre el cross-dressing. Los derechos de su obra
más reciente, Vice versa. Bisexuality and the eroticism
of everyday life, un volumen de 600 páginas, fueron adquiridos
por la afamada casa editorial alemana Fischer Verlag. Junto a decanos
como Platón, Freud y la antropóloga Margaret Mead
(que consideraba a la "heterosexualidad múltiple"
léase: infidelidad una perversión), se
cita ahora a Marjorie Garber como el sustento teórico del
tercer sexo. "La bisexualidad es", según Garber,
"el punto donde entran en crisis todas nuestras interrogantes
acerca del erotismo, la represión y las convenciones sociales".
Pero no nos engañemos, la bisexualidad es más frecuente
de lo que se supone. Es un hecho que no se manifiesta únicamente
durante una determinada etapa de la vida. Ante esta realidad, la
autora se ve en problemas de orden conceptual. "La bisexualidad",
dice, es "una categoría que en sí misma disuelve
el concepto de categoría". Por lo menos puede asegurar
que corresponde a la "naturaleza del erotismo humano".
A la pregunta de por qué no todos son o se sienten bisexuales,
Marjorie Garber contesta con lugares comunes: "Represión,
religión, rechazo, negación, negligencia, timidez,
ausencia de oportunidades, definición sexual precoz, falta
de imaginación o una vida determinada por experiencias eróticas
específicas con una sola persona".
La filósofa
pop y discípula de Madonna, Camille Paglia que se considera
a sí misma una "drag queen feminista",
opina que "las queens, al contrario de las feministas,
saben que la mujer es la fuerza dominante del universo". En
su libro Vamps & Tramps aventura una hipótesis
de orden teológico: la bisexualidad es la "mayor esperanza
que tenemos de salvarnos de las animosidades y falsas polarizaciones
de la actual guerra entre los sexos". Cuando se juega al mesianismo
teórico y lo masculino y lo femenino acaban siendo siempre
lo mismo la confusión es inevitable. ¿No será
que el nuevo tiovivo de los papeles sexuales, que no es tan nuevo
después de todo, se reduce tan sólo a otra forma de
placer?
En especial los jóvenes,
y en esto Garber tiene razón, se han rebelado contra los
convencionalismos y hoy se clasifican a sí mismos como bisexuales
más que como homosexuales o heterosexuales. Al preguntarle
a una adolescente si se definía como homosexual, heterosexual
o bisexual, ella respondió: "soy simplemente sexual".
De hecho, mucho antes de que genios publicitarios como Calvin Klein
lo descubrieran, el look unitario de jeans y playera
ajustada característico de los slackers (o generación
X) fue un movimiento contra el power-dressing
de los años ochenta. Si no hay nada más por conquistar
y no podemos decidir nada, al menos queremos decidir cómo
vivir: "we are young, we are free, we are bi".
La nueva androginia
de los perdedores sociales, escribe un crítico inglés
con sarcasmo, se debe más a razones fiscales que físicas.
Para los indecisos, que todavía añoran los lugares
comunes, Meryl Cohn publicó recientemente Do what I say.
Ms. Behaviors guide to gay & lesbian etiquette,
un manual de buenos modales para futur@s lesbianas y gays.
En sus páginas se
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Publicidad
de Calvin Klein
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hace un test: "¿Está
segura de que le importan las vidas privadas de Whitney (Houston),
Jodie (Foster) y Olivia (Newton-John)? ¿Dejó de rasurarse
las piernas después de la universidad? ¿Sabe quiénes
son las examantes de Martina Navratilova?..." Si las respuestas
son afirmativas, entonces usted está preparada para ser bi.
En realidad, fue el
movimiento gay el que impulsó a los bisexuales a salir
del clóset, a pesar de que durante mucho tiempo eran vist@s
como marginad@s y "dobles agentes" dentro de sus propias
filas. Si la "liberación sexual" significa que
uno puede dar rienda suelta a sus inclinaciones, hoy se ha convertido,
irónicamente, en un imperativo social: el grupo ejerce una
presión para "liberarse". En los talkshows,
por ejemplo, cualquiera puede redimirse al confesar públicamente
los pecados en los que cree haber incurrido al practicar el amor
alterno. Entre las feministas, algunas autoras como Garber, han
reflexionado sobre la posibilidad de que el sexo, ya sea sociocultural
o biológico, no sea más que una construcción
meramente verbal: lo femenino como invención de lo masculino.
Esto no significa que la mujer siga siendo una víctima del
hombre. Además la nueva y tentadora bisexualidad promete
una sexualidad "políticamente correcta": "...las
diferencias, que no son más que otra forma de represión,
acabarán por desaparecer". Y el sábado por la
noche la cita será entre dos miembros "de una categoría
ficticia denominada mujer"; o "un ser humano que casualmente
tiene un pene" se encontrará con otro "ser humano
que nació sin pene" en busca de una relación
que no será, con toda seguridad, "heterocéntrica".
Finalmente, el aviso oportuno de una simple heterosexual dirá:
"Busco desesperadamente a un ser con cromosomas
XY".
©Der
Spiegel. Texto traducido del alemán por
Alejandra Greiner y José Manuel Saavedra
Annette Meyhöfer,
" Nueva geografía de los géneros", Fractal
n° 5, abril-junio,
1997, año 2, volumen II, pp. 155-162
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