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No lo gozó mucho
tiempo, pues desde 1902 empezó a sufrir perturbaciones neurológicas
serias (pérdida de memoria, delirio) a las que contribuyó
el cansancio. Su mujer asumió desde entonces sus funciones,
mientras que la dirección administrativa del hotel corrió
a cargo de Henry Elles. César Ritz falleció en 1918.
Marie-Louise Ritz (muerta en 1961) permaneció a la cabeza
del establecimiento hasta 1953, fecha en la que su hijo, Charles
Ritz, pasó a ser presidente del consejo de administración,
cargo que ocupó hasta 1976. A su muerte, el hotel entró
en decadencia y su arquitectura interior sufrió considerables
modificaciones. Su viuda, Monique, lo vendió a Mohamed Al
Fayed, hombre de negocios egipcio instalado en Gran Bretaña,
y a sus dos hermanos. Éstos modernizaron las instalaciones
al tiempo que restauraban el decorado. En la actualidad, bajo la
presidencia de Frank D. Klein, el Ritz aspira a recuperar su prestigio.
Cabe recordar que en 1993 fue clasificado como el primer hotel de
Europa por International Investors.
Volvamos a 1898, a
la creación de este prestigioso establecimiento. La arquitectura
del hotel, creado por Mewès, en armonía con la plaza
Vendôme, conjuga el gusto moderno exigido por el propietario
con el rigor clásico del arquitecto. El mobiliario y la decoración
son del estilo de fines del siglo XVII
y comienzos del XVIII; el salón
cuadrado da a un jardín como los de Luis XIV,
mientras que la sala del restaurante se abre a un gran jardín
de tipo regencia: la escalera principal, estilo Luis
XV, así como varios departamentos principales, no
podían dejar de seducir a Proust, enamorado de Saint-Simon
y de madame de Sévigné si no es que contribuyeron
a afirmar esas preferencias. Este ambiente refinado recibe una clientela
a la que César Ritz ya había seducido en los otros
hoteles europeos dirigidos por él, clientela que lo sigue
fielmente, al tiempo que atrae, por esnobismo, a todos aquellos
que todavía no han disfrutado los servicios del Ritz pero
aspiran a reunirse con una sociedad tan distinguida: el príncipe
de Gales (futuro rey Eduardo VII), los grandes duques de Rusia,
los Morgan, Boni de Castellane, la familia Rothschild y, naturalmente,
un poco más tarde, cuando se volvió célebre,
el propio Proust. A estas ventajas importantes del Ritz se deben
añadir algunas otras que no podían más que
gustar al escritor. La higiene, por ejemplo.
La excelente cocina,
dirigida por el célebre chef Escoffier que había iniciado
en Monte-Carlo su asociación con el Ritz, no hace sino aumentar
la atracción que ejerce este establecimiento en una clientela
internacional de cabezas coronadas y de aristócratas que
pretenden ser gastrónomos de altura. Escoffier revolucionó
la cuisine française y la cocina mundial; la sencillez
que introdujo en ella debía ser del gusto de Proust ¡para
quien la sencillez lindaba precisamente con la frugalidad, si no
es que la anorexia!
En 1899, el chef
Gimon sucede a Escoffier "contratado en Londres", y un
joven maître dhôtel "hábil
y elegante", un tal Olivier, que será muy importante
para Proust, entra a formar parte del personal del Ritz.
Hay dos particularidades
más del hotel que atraen a los comentadores y resultan ser
de importancia capital para Proust tanto el hombre como el
escritor: la iluminación y los helados.
Ritz, que impone a Mewès su preferencia por la iluminación
eléctrica, desea que ésta no sólo sea agradable,
sino que, además, realce el cutis de las señoras,
que decididamente gozan de su predilección. Con este fin
hace instalar pantallas de seda rosa o de color albaricoque en los
candelabros de dos, tres, cuatro o siete luces que adornan las mesas
del restaurante o de los salones. Conjuntando higiene y belleza,
impone telas ligeras, siempre en tonos rosa, para crear un ambiente
de frescura y salud.
No cuesta trabajo imaginar
un ambiente silencioso y cálido, dominado por esa vibración
con tonos aduraznados que favorece a las mujeres y que Proust volveremos
a esto asocia con la vida, con lo femenino y con el erotismo.
Entre las creaciones
de la modernidad que a Ritz le interesan están los aparatos
de calefacción y los refrigeradores, que no pueden dejar
de cautivar a un cliente friolento que disfruta sin embargo las
bebidas frescas, como Proust.
La inauguración
tiene lugar para la exposición de 1898 y, a pesar de la lluvia
que hubiera podido desalentar a la lujosa muchedumbre de invitados,
todo el mundo está ahí.
Marcel Proust está
presente, "sin duda alguna", o tal vez con una pequeña
duda; sea como sea, si está, tiene 27 años, y goza
plenamente esos fastos mundanos que él sabe, mejor que cualquier
otro, transformar en festejos literarios.
Cuando Ritz cae enfermo
ocurren modificaciones importantes; la señora Ritz imprime
entonces su marca en los locales: el anexo de la calle Cambon se
conecta con el edificio central por medio de una larga galería,
cuyo aspecto siniestro se combate con gran eficacia mediante la
instalación de las primeras vitrinas publicitarias en el
interior de un hotel. "Decidimos proponer a los jefes de las
industrias de lujo el alquiler de vitrinas bien iluminadas, colocadas
a lo largo de la galería, para tentar a los transeúntes
con la exhibición de objetos selectos: jades, corales, pieles,
abanicos, bibelots artísticos, objetos de cuero, todos de
un gusto impecable. La galería insípida se transformó
en una rue de la Paix en miniatura. Fue un éxito.
Todos los comerciantes del rumbo se apresuraron a alquilar vitrinas
para exponer sus artículos de lujo más bonitos y atraer
a la clientela de los aficionados ricos. Otros hoteleros adoptaron
pronto la idea, pero dudo que se haya realizado jamás en
un marco tan atractivo y con tanto buen gusto", explica.
Así pues, es
en esta atmósfera donde a Proust le gusta encontrarse, tarde
en la noche, por lo general el último cliente; pero también
a la hora del té, o para reunirse con sus amigos Paul Morand
y la princesa Soutzo, que se ha instalado ahí, o con su traductor
inglés Sydney Shiff; alquila cuartos y departamentos, pero
también se hace entregar las comidas a domicilio (como anota
Camille Wixler en su artículo "Proust au Ritz: souvenirs
dun maître dhôtel", Adam International
Review, núm. 394, 1976), en el 102 del Boulevard Haussmann.
En el Ritz es donde se encuentra con Olivier Dabescat, Camille Wixler
y Henri Rochat, quienes cumplirán en su vida papeles desiguales,
pero que en muchos aspectos influirán en su obra. Hay muchos
testimonios del cariño de Proust por el Ritz los biógrafos
George Painter y Jean-Yves Tadié los recuerdan, pero también
lo hacen personalidades del Ritz (la señora Ritz, Camille
Wixler); la Correspondencia alude muchas veces a esto,
y muestra cuán orgulloso se sentía Proust de contarse
entre la clientela del ilustre establecimiento: "Siempre pago
al contado en el Ritz", afirmaba.
Camille Wixler, nacido
en Suiza en 1897, publicó su testimonio en Adam International
Review en 1976, a los setenta y nueve años de edad; se
ruboriza de alegría ante su entrevistador al hacer notar
que figura como personaje de Proust en Por el camino de Swann.
Él es quien lleva la cuenta de las "visitas" de
Odette, lo que hace posible que Swann diga: "Y Camille me decía
que entre las cuatro y las cinco, vinieron unas doce personas. Qué
digo doce, creo que me dijo catorce. No, doce. En fin, ya no sé."
(RTP, I, JFF, p. 502).
Camille, quien posee
un auténtico talento de actor, se presenta a los exámenes
del Conservatorio alentado por Proust: por desgracia, o por fortuna,
habiendo preparado el papel de Anfitrión en el que era perfecto,
según parece, fracasó, pues en el concurso se pidió
representar otro papel... Así fue como se quedó a
la disposición de Proust y de la profesión.
Olivier Dabescat, a
cuyas órdenes trabajaba Camille, por lo visto fue un personaje
notable. César Ritz lo descubre en Paillard, en París,
y lo "rapta" para su Ritz. Proust hace notar en varias
ocasiones en su Correspondencia (núm. 135, p. 323)
cómo éste lo trata con toda clase de miramientos y
afirma que, sin Olivier, "que se fue de vacaciones, [el Ritz]
ha perdido su velamen". Una foto que se encuentra en los archivos
del Ritz muestra a Olivier de perfil, sirviendo en un banquete,
ceremonioso y protocolar, asombrosamente parecido a... François
Mitterrand cosa que divierte mucho al encargado de los archivos,
el señor Roulé...
Henri Rochat, suizo
como Wixler, "buen mozo, que servía en algunas mesas",
es presentado a Proust, a petición expresa de éste,
por Wixler. Muy pronto pasa a ser amigo y secretario de Proust,
en cuya casa se instala en 1918. ( J.-Y. Tadié, Marcel
Proust, Gallimard, 1996.) Se inicia entre ellos una tierna relación;
Proust lo colma de dinero, de buenos trajes y de prendas finas,
e interviene a su favor con sus relaciones en diversas oficinas
públicas. Como es sabido, los últimos años
de la Correspondencia de Proust son muy a menudo de mano
de Rochat, quien escribía al dictado del escritor, con una
ortografía incierta; en alguna ocasión hasta devuelve
pruebas a Gallimard. Desagradecido y aprovechado, acaba dejando
a Proust para irse a Buenos Aires en 1921. Proust habla de él
más tarde en un tono que no deja dudas sobre los sinsabores
que le ocasionó esta relación: "Creo haberle
dicho que tenía un secretario que se había casado
con la hija de un portero" (Correspondance, t. XX,
carta a Sydney Shiff, núm. 226, 16 de julio de 1921); Rochat
se parece en esto a Charles Morel, que pide la mano de la hija de
Jupien: "El lector quizá recuerde que Morel le había
dicho un día al barón que deseaba seducir a una joven
[...] [que] le prometería matrimonio pero, cuando la hubiera
violado, se largaría lejos" (RTP,
III, P, p. 560).
Metamorfosis
rosa.
La luz y el helado
De todo este ambiente,
de todos estos contactos personales, Proust hace una selección
sensorial, por lo tanto pasional, de la misma manera que absorbe
sus palabras. Los contornos del espacio se desdibujan, los cuerpos
reales de las personas encontradas desaparecen permanecen
indicios espaciales que se convierten en shifters metafóricos.
Como una materia que se amalgama a otra, el hotel y sus habitantes
se funden en la otra materia, el otro cuerpo: el del narrador.
Lo mismo ocurre con
el color rosa. Múltiples son sin duda las fuentes de este
color fundamental de En busca del tiempo perdido: a menudo
se ha señalado su valor sexual (en oposición con el
blanco de los espinos) especialmente con "la Dama de rosa",
o la connotación "judía" de ese rosa en
especial lo pelirrojo de Swann y de Gilberte, el rito del sábado
en Roussainville, etc.. A ello se debería añadir
la vibración rosada de la atmósfera del Ritz, tan
propicia al encanto femenino ya lo hemos dicho, aunque
sólo fuera como "prueba de cargo adicional".
Al leer los testimonios
de los últimos "visitantes" de Proust en el Ritz,
como Benoist-Méchin (Avec Marcel Proust, Albin Michel,
1977), llama la atención volver a encontrar, como puesta
ahí por el propio Proust, exquisito director de escena de
sus citas y de sus relaciones, la misma luz tamizada por el tafetán
rosa que el escritor parece divertirse en hacer contrastar con su
propia palidez. Por su parte, Reynaldo Hahn recuerda cómo
contemplaba Proust un día, en el jardín, unos pequeños
rosales de Bengala que absorbieron largo tiempo su atención.
En el mismo sentido
que la "magdalena", esa rosa ese rosa tiene
algo todavía más secreto que, según sospecha
Jeffrey Mehlman ("Littérature et collaboration",
LInfini, núm. 7, verano de 1984), es la malsana
idea racista del colaboracionista Benoist-Méchin que aspira
a borrar su pasado por medio de una comunión con Proust en
la conjunción de la música y el secreto de las luces
color rosa. Se trataría, según esto, de la connotación
judía de este rosa que Proust despliega con cierta teatralidad
en el ridículo final al que condena a Bloch al hacerle cambiar
su nombre por el de Jacques du Rozier. En suma, no hay manera de
escapar a la rue des Rosiers, a la Judengasse. S/Z,
el camuflaje es, en realidad, un señalamiento, lapsus de
Bloch... o irónica ternura de Proust que quiere salvar, cueste
lo que cueste, la presencia de una rosa, de una luz rosa, de una
chispa de vida y gracia, en el colmo del ridículo... ¡Y
decir que el Ritz pudo servir para esa delicadeza, para esa blasfemia!
Los candelabros eléctricos con pantallas de seda rosa, con
una, dos, cinco o siete luces sobrevivieron hasta la Segunda Guerra
Mundial; hoy los encontramos sin pantallas, decorando los buffets
de los cocteles...
El hotel proporcionó
otro indicio sensorial, éste netamente olfativo, para tejer
las metáforas polimorfas de las pasiones proustianas: se
trata de la comida y, en particular, del helado como emblema del
amor tan frío pero tan sabroso, majestuoso, impresionante,
del narrador y de Albertine. Albertine golosa, Albertine devoradora
que se embriaga con palabras, como el pueblo de la Edad Media con
el dicere en el ritual de la Iglesia, y más aún con
el pregón de los vendedores ambulantes. Recordemos esas páginas
de La prisionera donde Albertine se muestra como una "marchante"
golosa:
¡Oh! [...]
exclamó Albertine, coles, zanahorias, naranjas.
Tantas cosas que tengo ganas de comer [...]. ¡Oh! por favor,
pídale a Françoise que haga más bien una
raya en mantequilla negra. ¡Es tan rico! [...] Y decir que
todavía hay que esperar dos meses para oír: "Ejotes,
verdes y tiernos los ejotes, aquí están los ejotes"
[...]. ¡Ay! es lo mismo con los corazoncitos a la crema,
todavía falta mucho: "¡Rico queso a la cre,
queso a la cre, rico queso!" Y las uvas blancas de Fontainebleau:
"Traigo hermosas uvas" (RTP, P,
pp. 634-636).
Pero en el hotel Ritz
mucho me temo que encuentre columnas Vendôme de helado,
helado de chocolate, o de frambuesa, y entonces, hacen falta muchos
para que parezcan columnas votivas o pilares erigidos en una avenida
a la gloria de la frescura. También hacen obeliscos de
frambuesa [...]. Esos picos de helado del Ritz a veces parecen
el Monte Rosa... (RTP, P, pp. 636-637).
La palabra Ritz llega
de manera nada casual en esta prosopopeya en honor de los pregoneros
y de las mujeres golosas. Camille Wixler nos devela el secreto en
los hechos: no sólo había él iniciado a Proust
en los misterios de la fabricación de los helados, sino que
Proust... caía en casa del pobre Wixler después de
la medianoche para pedirle... ¡las notas que le había
mandado tomar con los comerciantes con quienes trataba el maître
dhôtel !
Sin el Ritz no hubieran
sido posibles ni ese rosa, ni esos helados, ni esos pregones. ¿Pero
se trata realmente del Ritz? ¿Y qué queda de él?
Una transustanciación: un tejido de metáforas que
pasan... "por el centro de mi corazón".
Metamorfosis
pompeyanas
Con la guerra, las impresiones
superpuestas del Ritz se vuelven más negras e incluso profanatorias.
"...Era la época en que había continuas incursiones
de gothas (aviones alemanes que se utilizaron frecuentemente para
los bombardeos nocturnos durante la Primera Guerra Mundial"
(RTP, IV, P, p. 356). George Painter (Marcel
Proust 1904-1922, Mercure de France, 1966) relata que Proust
asistió en 1917 al ballet de los aviones de la defensa aérea
desde el balcón del Ritz, cuyo techo proba-blemente fue destruido
durante otro bombardeo en la misma época.
La señora Ritz
aclara que: "El Hotel Ritz puso a disposición del gobierno
todo el primer piso del edificio de la plaza Vendôme para
que sirviera como hospital de urgencias para los oficiales heridos.
Esas salas se llenaron tan pronto que fue necesario transformar
en hospital todo el anexo Cambon. Luego, durante ocho meses terribles,
el hotel permaneció cerrado, salvo la parte que albergaba
a los enfermos" (César Ritz, op. cit.).
En esos escorzos fulgurantes
tan verdaderos como desconcertantes, el barón de Charlus
se entrega, a través de este París bombardeado, a
una meditación que asimila los golpes bajos que se dan los
amantes, homo o heterosexuales, con la violencia entre naciones
en guerra, y llega a comparar París bajo las bombas con...
Pompeya bajo la lava del Vesubio: ¿París, que se ha
vuelto más "Sodoma y Gomorra" que nunca, bajo la
influencia del sadomasoquismo instituido, político, de la
guerra? Sigue fluyendo la metáfora, y aparentemente estamos
muy lejos del Ritz, puesto que París con el Sena bajo los
puentes circulares "se parece al Bósforo". Y he
aquí que aparece bruscamente la alusión en clave al
Ritz: un hotel ha sido transformado en hospital militar; pero no
es el Ritz como nos lo describe la señora Ritz; no, es...
el hotel particular de Charlus, su residencia: "Sabía,
por lo demás, que al volver a casa el señor de Charlus
no dejaba por ello de estar rodeado de soldados, pues había
transformado su hotel en hospital militar" (RTP,
IV, TR, p. 387).
A partir de ahí,
sólo queda seguir el hilo de la metáfora Charlus-hotel-guerra
de los hombres, hombres derrotados, hombres vencidos, hombres fuertes,
hombres encadenados, raza salvaje, alemanes y sádicos, etc.
Para hacer esto, reaparece el narrador... en busca de un hotel,
precisamente, pues los que se encuentran lejos del centro están
cerrados. Encuentra uno, cuya descripción inicial se parece
engañosamente al envidiable establecimiento de la plaza Vendôme:
"Era un hotel que debía despertar los celos de todos
los comerciantes vecinos (por el dinero que debían ganar
sus propietarios)" (Ibid., p. 389).
¿Pero verdaderamente
se trata del Ritz? No nos apresuremos. Saint-Loup ¿tal
vez? sale de ahí: ¿será un "nido
de espías"? Resulta ser, visto por dentro, que el envidiable
establecimiento no es más que un hotel de paso, propiedad
de Charlus, por lo demás, quien ha transformado su propio
hotel (su casa), no lo olvidemos, en hospital militar: como el Ritz;
pero ha comprado en secreto, gracias a su factótum Jupien,
este otro hotel de uso más bien escabroso... y que es además
una casa de costumbres sádicas, puesto que el mismo Charlus
se hace azotar por un tal Maurice de gruesos brazos. Al ser Charlus
el alter ego del narrador cierto es que entre otros,
pero cada vez más cercano en estas páginas finales
en razón del envejecimiento y de la confesión de los
vicios que ahora comparten todavía más que su admiración
común por Saint-Simon y Sévigné las peregrinaciones
de Charlus-narrador de hotel en hotel no dejan de fluidificar
este espacio cada vez más ambiguo en que se convierte la
palabra "hotel" en estas últimas páginas
de la novela.
Y sin embargo es en
esta atmósfera, cuyos deslizamientos nunca se acabarían
de anotar del Ritz en estado de guerra al hotel de
Charlus, y al burdel para hombres (que se refiere al establecimiento
de Le Cuziat pero también a un burdel situado cerca de la
Estación del Norte, donde se inician conversaciones
en que se recuerdan los bombardeos y el vuelo de los zepelines...
Precisamente los que Proust ha observado... ¡desde el Ritz!
La contaminación nos desborda. Como para confirmar esta desviación
metafórica blasfematoria, el narrador ve aparecer a un hombre
que se parece notablemente a Morel... de quien hemos visto la analogía
con Henri Rochat del Ritz, precisamente. Además, en una carta
a Jacques Truelle de fines de junio de 1919, en la que pide un salvoconducto
para Suiza destinado a un suizo Rochat una vez más,
¿acaso Proust no deja escapar, ya desde entonces, una mala
imagen del Ritz?
...se ha "esbozado"
una campaña en contra de los extranjeros [...], los directores,
que son suizos, no por ello dejaron de pedir a todos los empleados
suizos que se fueran, para satisfacer al movimiento xenófobo.
(Correspondance, t. XVIII, 1919, carta núm.
142.)
¿Pretexto para
que se fuera Rochat? Verdadera o falsa, esta imagen negativa que
se "esboza" del suntuoso Ritz significa que nada se salva
al final de En busca del tiempo perdido, ni Oriane ni el
Ritz. Pero el amor por el lugar perdura hasta el final: así,
a Gaston Gallimard, el 21 de enero de 1921: "Durante una semana
ya lejana en que había organizado algo en su honor en el
Ritz, fue todas las noches." (Correspondance, t. XX,
carta núm. 32.)
Sadismo moral Proust-Rochat,
sadismo sexual Charlus-Maurice, sadismo de las naciones en guerra
política y sin embargo exterminadoras: ¿no es eso
lo que se adivina, bajo las luces y los brocados color de rosa,
en las cabeza coronadas, en el gotha de la nobleza o de la aeronáutica?
¿Mientras César Ritz delira, mientras la señora
Ritz sigue administrando los fastos, mientras el mundo cambia de
jerarquías, pero no de lógica?
El espacio ya no es
una referencia, el hotel mismo aunque fuera el más
lujoso no nos brinda ninguna hospitalidad que no sea incierta,
visionaria, fingida, que no se sustente en una base de sangre, de
cadenas y de golpes bajos. Pero en esta Pompeya que es en adelante
París, el mundo, y de paso el Ritz, ¿no son acaso
los lugares propicios para que el imaginario del tiempo involuntario
recobre por fin su equivalente? Y éste sería: el espacio
involuntario. El Ritz se prestó, durante un tiempo, a esta
transustanciación; pues aquí como en otros lados,
de lo que se trata es del espacio psíquico del narrador:
de su monstruosa intimidad.
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*Las citas de À la recherche du temps perdu, en lo
sucesivo RTP, corresponden a la edición
de la Bibliothèque de la Pléiade preparada por Jean-Yves
Tadié. La traducción es de Flora Botton-Burlá.
©Julia
Kristeva. Texto aparecido en Magazine Littéraire, enero 1997,
núm. 350. Traducido del francés por Flora Botton-Burlá.
Julia
Kristeva, "La
metamorfosis del Ritz", Fractal
n° 5, abril-junio,
1997, año 2, volumen II, pp. 61-74.
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