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Después,
pero simultáneo, aparece el diálogo con esa "metáfora
del vacío" llamada Dios. Dialogar es poner en tela de
juicio lo que se cree saber para instaurar un nuevo espacio
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Edmond
Jabès en París. Dibujo de Anatoli Kaplan
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donde los interlocutores
vírgenes de palabras, si es que esa inocencia fuese
factible instaurasen, igual, un nuevo lenguaje para una nueva
conver(sa)ción.
Dentro de la ortodoxia,
Jabès sería considerado o ateo o laico. Es, de cierto,
un humanista cuyos rabinos, aunque imaginarios, se inscriben dentro
de la Tradición, tanto de la exégesis talmúdica
como de la mística de la Kabalá y el Hasidismo. "Los
rabinos son, por esencia, los intérpretes privilegiados del
libro", de ahí que cualquiera pueda ser un rabino, siempre
y cuando acepte esa constante confrotación con todas sus
seguridades a la manera como se confronta el talmudista con el Texto,
el escritor con la Palabra, el lector con el Libro.
La realidad no nos
basta, y vivir es ir escribiendo la propia existencia. "Siempre
soñé con un libro que reprodujera el proceso de la
vida". Jabès no concibe la escritura más que
como un medio de entablar un compromiso con el Otro, ese prójimo
mi semejante hecho a imagen y semejanza divina encarnado
ya desde los profetas bíblicos en el extranjero, el huérfano,
la viuda, la víctima de la opresión (política,
social, moral, religiosa), el exiliado. Y ese compromiso es un diálogo
que apela a la hospitalidad: deber sagrado por excelencia que implica
fraternidad y esperanza.
Así, la escritura
jabesiana sondea, a tientas casi, los vericuetos de ese laberinto
silencioso y sonoro que es la propia vida, el libro,
y a cuya salida, y únicamente entonces, es posible empezar
a hablar, a entablar un diálogo con un interlocutor que puede
ser, simultáneo, Dios y/o el lector. "No hay verdadero
silencio si no es compartido" expresa Cesare Pavese en sus
Diálogos con Leucó; y es justo a partir de ese silencio
primigenio, de la asunción de nuestra insoslayable soledad
esa soledad que María Zambrano define como "conquista
metafísica" que la Palabra surge para expresar
la bondad fundamental de la Creación: "Y vio Dios que
era bueno".
Porque Jabès,
como muchos otros escritores y filósofos contemporáneos
del Holocausto que plantearon la imposibilidad de seguir pensando
de igual manera los valores en que hasta entonces se sustentó
"el concepto del hombre", y no obstante Auschwitz, cree
en la capacidad hospitalaria, bondadosa, anhelante de justicia y
misericordia del ser humano fraterno que acepta a su semejante tal
cual es en su diferencia soberana y libre, por el mero hecho de
tener acceso a la palabra y, con ella, al diálogo, invencible
arma contra el mayor de todos los males: la indiferencia.
Y dado que nuestra
posibilidad de dialogar parte del silencio y de la soledad, el encuentro
con ese Otro que será mi interlocutor estará punteado
por blancos, paréntesis, guiones, comillas, cursivas, ese
mundo de acotaciones que caracterizan a la página jabesiana
donde la escritura corre pidiéndole al lector que lleve un
lápiz en mano para trazar los renglones mientras va leyendo.
Me reconfortaría
que mis libros suscitaran una cierta inquietud. No creo que sean
ilegibles. No pienso que sean oscuros. Se vuelven ilegibles
si uno busca en ellos certezas...
Si quisiera un lector
ideal, pensaría en aquel que, a través de mis libros,
asumiera sus propias contradicciones, su propio vértigo,
y que aprendiera, poco a poco, a no tener miedo...
La selección
de textos que a continuación se presenta está constituida
por los siguientes libros (aún no traducidos al castellano),
en orden cronológico de publicación, todos editados
por Gallimard:
Le livre des ressemblances,
1976. Le soupçon. Le désert, 1978. Lineffaçable.
Linaperçu, 1980. Le parcours, 1985. Le livre
du partage, 1987. Un étranger avec, sous le bras, un livre
de petit format, 1989. Le livre de lhospitalité,
1991. Le livre du dialogue, 1994.
Es
equivocarse radicalmente asimilar cualquier parte de El libro
de las preguntas a una teoría de la escritura.
Si alguna teoría
hubiese, nació de un cuestionamiento que concierne al hombre
antes que a las palabras; al hombre en el instante en que se escribe
a sí mismo, cuando se convierte en vocablo. La inquietud,
la angustia, son la base: tête à tête
consigo mismo, confrontación y lucha que en el libro se transforman
en confrontación y combate de la palabra con la palabra que
surge, y que se tolera y se impugna porque, de pronto, ha ocupado
nuestro lugar, mientras que lo importante es saber qué ha
pasado con uno mismo, en qué universo se anda, a qué
ritmo y en qué vía; a través de qué
vida o qué muerte que uno se ha apropiado.
Y de qué tachadura
ha sido uno víctima.
Todo ocurre en nosotros
dentro de un cierto orden, y con nosotros se desbarata. El libro
no es sino la imagen de esto que sucede, a menos de que sea lo contrario.
Pensar, escribir, es
hacerse semejante. La escritura, el pensamiento, son sólo
aproximaciones sutiles a la semejanza, juegos de aproximaciones;
fuegos combinatorios en lucha con su vacío, frente al objeto.
Pensar al otro es perpetuar
la semejanza.
No existe semejante
impensado.
El tiempo marca la
semejanza. La eternidad la borra.
El fuego juega su semejanza
en el fuego.
En el principio era
el verbo que se quería semejante.
De esa manera Dios
enfrentó Sus semejanzas en la Palabra, y, el hombre, las
propias, en Dios.
Toda creación
es cumplimiento de semejanzas; el acto merced al cual ella corre
el riesgo de afirmarse.
Lo que creamos se nos
parece. La creación del hombre por Dios sólo podía
pasar como se atraviesan los mares a través de
la semejanza.
Decir que Dios nos
hizo a su imagen, es la confirmación: una deducción
lógica...
"El Libro es la
ilógica ausencia de toda existencia escrita; la prueba de
Dios", decía.
También decía:
"Lo que te parece ilógico sólo es, a menudo,
providencial acceso a la lógica divina: una puerta donde
no hay puerta."
Dios es el grito del
vocablo blanco que nuestras letras trazan para el ojo.
El grito de Dios es
el grito de toda ausencia.
(Dios imita a Dios
para el hombre que lo imita.)
Mi desierto es espejo
divino pulverizado.
El horizonte es siempre
el vacío de un rostro.
Dios es una palabra
sin fin.
El primero y el último
libro tienen en común el imprescriptible silencio.
Toda página
escrita es nudo desanudado de silencio.
El abismo es silencioso.
El vacío es espera
de vocablo.
Todo lector es el elegido
de un libro.
(Tú te asemejas
a quien se asemeja a ti durante el tiempo de una semejanza.
No hay imagen eterna.
La eternidad de
Dios es ausencia de imagen.)
"Tendrías
que habituarte a mirar las palabras como ojos que te miran",
había anotado Reb Assayas.
("Nuestros labios
conocen Tu libro, Señor, escribía Reb Somekh; ¿pero
qué mano fraterna vendrá a dar vuelta a las páginas
del nuestro? Vivimos a la sombra de esa mano.")
Frente al hombre está
el hombre.
Frente a Dios no hay nada.
("Me inclino
a pensar que nuestra nada y la de Dios no tienen la misma amplitud.
Una envuelve a la otra. Bajo esta óptica concibo", escribía
Reb Hamouna.
Y para ilustrarlo
agregaba: "Imagino al día engullendo a la noche, luego
a la noche engullendo al día. Nunca seremos otra cosa que
nada en la nada, círculo dentro del círculo.")
¿Y si el círculo
más pequeño fuera Dios?
Escribir sería, entonces, hacer entrar a Dios en el tiempo
parcialmente explorado de nuestros límites.
Nunca es la respuesta,
sino la pregunta, la que incendia el edificio.
Soy hombre de escritura.
El texto es mi silencio y mi grito. Mi pensamiento avanza soportado
por el vocablo, movido por el ritmo de lo escrito. Ahí donde
pierde el aliento, me derrumbo.
La experiencia del desierto
fue, para mí, predominante. Entre el cielo y la arena, entre
el Todo y la Nada, la pregunta es quemante. Arde y no se consume.
Arde por sí misma en el vacío. La experiencia del
desierto es también la escucha, la extrema escucha. No solamente
se oye lo que en ninguna otra parte se oiría, el verdadero
silencio cruel y doloroso, porque incluso pareciera reprocharle
al corazón sus latidos; sino, igual, cuando por ejemplo está
uno acostado sobre la arena y sucede que, de pronto, un ruido insólito
nos intriga; un ruido como el de un paso humano o de un animal,
más cercano a cada instante, o que se aleja o parece alejarse,
que sigue de largo. Después de un buen momento, si uno se
encuentra en esa dirección, surge del horizonte el hombre
o el animal que nuestro oído nos había anunciado.
El nómada ya habrá identificado a esa "cosa viviente"
antes de verla; inmediatamente después de que el oído
la haya percibido. Porque el desierto es su lugar natural.
Yo he tratado, como
el nómada a su desierto, de circunscribir el territorio de
blancura de la página; de convertirlo en mi verdadero lugar;
como, por su parte, el judío que desde hace milenios ha hecho
el suyo del desierto de su libro; un desierto donde la palabra,
profana o sagrada, humana o divina, ha encontrado el silencio para
hacerse vocablo; es decir, palabra silenciosa de Dios y última
palabra del hombre.
El desierto es algo
más que una práctica de silencio y de escucha. Es
una apertura eterna. La apertura de toda escritura, ésa que
el escritor tiene por función preservar.
Apertura de toda apertura.
"No digas nunca
que has llegado; porque, en cualquier parte, no eres más
que un viajero en tránsito."
Reb
Lami
Todos los caminos parten
del cuerpo y nos conducen a él. El cuerpo es el camino.
La muerte es el enemigo
del camino.
Habiendo agotado todos
los caminos, Dios no tiene cuerpo.
El sol inunda el universo
de luz. En ninguna parte encontrarás rastro del círculo;
incluso, aquí, un punto carecería de objeto.
Blancura del texto.
No hay rostro que no
responda al deseo de una mano. No hay mano que no esté obsesionada
por el rostro.
"Yo nací
en el libro. Crecí en el libro. Moriré en el libro.
No he conocido otras moradas, otros caminos, otros paisajes ni otro
cielo", decía.
Y agregaba: "Nunca
he levantado los ojos del libro."
¿Acaso no escribió Reb Saadia: "Nací
con el libro como se nace con la sombra. Durante la noche mi libro
y yo somos uno y el mismo"?
Leo y releo el libro
que voy a escribir.
El Nombre de Dios es
blanco; el del Mesías, "de una blancura aproximante",
decía.
"El Mesías
se presentará. Las letras de su nombre serán de un
blanco visible", decía también.
Tenía un poco
de arena en cada mano: "De un lado, las preguntas; del otro,
las respuestas. Ambas tienen el mismo peso de polvo", decía
también.
"Al crear, creas
el origen donde te abismas", escribía Reb Sanua.
No existe nombre que
no sea un desierto. No hay desierto que no haya sido, antaño,
un nombre.
No busques leer el desierto.
Encontrarás ahí todos los libros enterrados bajo el
polvo de sus palabras.
Tú percibes lo
que, contigo, se borra. No puedes aprehender lo que dura más
que tú.
A quien enseña
la certeza, no le reproches el método sino la afirmación.
Toda palabra tiene
como destino una palabra.
"Aprender a mirar las palabras como el mar, pues él
es, para ellas, el primer vocablo; igual como Adam** es, para nosotros,
el primer hombre", escribía Reb Siami.
A la edad que un judío
declara tener, hay que agregarle cinco mil años.
"La cuestión
no está en si Dios existe o no confesaba Reb
Yasri ante su escandalizado auditorio.
"Si yo creo que Dios existe, eso no prueba Su existencia.
"Si no creo que exista, ello tampoco prueba su inexistencia.
"Si hemos podido imaginar a Dios es porque somos capaces de
concebirlo y de abismarnos en nuestra invención.
"Dios permanece más allá, fortalecido en Su misterio
y protegido por Su secreto."
Y agregaba: "Misterio y secreto son sólo distancia vertiginosa
entre una palabra tolerada, y un vocablo inaceptable."
...esta diáfana
pared que, en la palabra, separa la parte del silencio por decir
de aquella que, apenas dicha, el silencio recupera."
El poeta encuentra;
el sabio redescubre.
"Todo descubrimiento no es sino paciente conquista del olvido",
decía Reb Rafat.
Las palabras son distraídas.
A menudo nos abandonan en el camino.
Con razón o sin ella, Reb Souassi deducía que
la muerte no era sino una grosera distracción de la vida
que, ¡ay!, nos resulta fatal.
La indiscreción
de la página choca con la reserva infinita del libro.
"Dos justos no
mantienen, necesariamente, el mismo lenguaje."
Reb
Seda
"Hay
fuegos que no es posible apagar porque la eternidad los atiza.
"No te acerques demasiado a lo invisible. Su quemadura es,
a veces, mortal", escribió Reb Nadler.El exilio es también
una elección.
Reb
Assira
¿Cuál
es tu bien?
La transparencia.
"Nunca dos obras transparentes se asemejarán entre sí
decía. Y sin embargo, ¿a qué se parece
una gota de agua si no es a otra gota de agua?"
El desierto
es universo de transparencia.
"¿Quién
te sostiene?", preguntaba Reb Asri a Reb Dabban.
"El vacío", le respondió éste.
Y agregó: "¿Acaso no sostiene al universo?"
La rosa
de la muerte tiene un perfume de eternidad con- sumada.
"La palabra de Dios está en la del hombre.
"La palabra del hombre, en el silencio de Dios", decía
también.
Como el
diálogo, el libro tiene sus niveles de aproximación.
Así, escribir sería escalar los grados de nuestras
carencias.
La palabra está en la cúspide.
El corazón
del diálogo está pleno de los latidos de la pregunta.
Vine
para interrogarte dijo el discípulo.
No esperes de mí ninguna enseñanza respondió
el maestro. Hemos recibido la misma herencia: nuestra humilde sabiduría.
¿He de irme tan pronto? dijo el discípulo.
Paciencia. Trataré de ayudarte de la mejor manera.
Te enseñaré, poco a poco, a desaprender. Ésa
es la virtud del diálogo respondió el maestro.
"Desde la ventana miro, con las gaviotas, volar el mar.
"De aquí partiré un día. No llevaré
conmigo la imagen de la tierra, sino la visión de la infinita
herida celeste", había escrito."
La palabra,
decía, como la ola, revienta sobre la playa, pero siempre
es sólo un poco de espuma lo que desciframos".
Contrariamente
al pájaro, el libro muere con las alas desplegadas.
La palabra debe su fuerza, menos a la certeza que ella marca, al
articularse, que a la carencia, al abismo, a la incertidumbre de
su decir.
(¿A
partir de qué momento podemos declarar que hemos entablado
un diálogo?
Quizá en el momento crucial en que el universo ya no
es nada.)
Nunca seremos
dueños de los horizontes.
("La
diferencia entre nosotros, decía, es la siguiente: Tú
crees firmemente en una verdad reconocida, mientras que la que a
mí me fascina, nunca se ha preocupado por ser reconocida.")
Transparentes
son los muros del tiempo.
¿Qué
es un extrajero?
Aquel que te hace creer que estás en tu casa.
(La escritura
es violencia en sus esfuerzos por transigir con el vacío.
Ahí radica su desesperación.
La réplica
de Caín: "¿Acaso soy el guardián de mi
hermano?", podría traducirse como, "¿soy
acaso la palabra de mi hermano? ¿No tengo derecho a expresarme
yo también?"
Abrazar la palabra del otro es, de cierta manera, renunciar a la
propia.
Violencia contra violencia.
El verbo es generador de conflictos. Es la expresión agresiva
de nuestra condición finita.)
No es la
verdad lo que importa, sino el uso que se hace de ella.
"Dios
no es nuestra verdad. Su verdad no nos atañe, pero ella es,
no obstante, el modelo incuestionable de nuestras verdades perturbadas
y, a veces, la coartada", había escrito también.
Encontrar
la formulación y el tono justo: más que un arte de
escribir, un arte de vivir y de morir.
Una verdad
no se distingue de otra verdad más que por la diferencia
de destino.
La semejanza
del judío con el judío se debe, probablemente, al
hecho de que siempre fue mantenido aparte por aquellos que a duras
penas lo toleraban. Aunque no hay que confundir semejanza y solidaridad;
para el judío, esta solidaridad ejemplar es confesión
de semejanza.
Resistir
la tentación de redondearse, de convertirse en perla para
un collar. Integrarse, en cambio, a cada guijarro del camino.
Partir.
En el
comienzo había un punto, y ese punto ocultaba un jardín.
Motivados por su pasado, los judíos, en su práctica
cotidiana del Texto, se dieron cuenta de que cada palabra tenía
raíces propias. Hicieron, de la consonante, el tronco, y
de la vocal, la rama nutricia. Igual como Dios había hecho,
de un punto brillante, el astro del día, y, de un mundo deslumbrado,
el astro de la noche.
El libro tomó el lugar del árbol. En adelante el mundo
podía leer al mundo y crecer aún.
Nuestras
vías son diversas, innombrables. Y, no obstante, sólo
son dos: la que conduce hacia el Todo que es la Nada, y la que lleva
a la Nada que es el Todo.
Una es polvo; la otra, humo.
La parte
humana de la escritura es la parte conocida; la parte divina, la
desconocida.
El libro
está en la semilla.
La semilla es vocablo.
El vocablo está en el libro.
La lectura del libro quizá no sea sino lectura de granos
germinados.
No le pidas
a Dios que barra a tu puerta. No fue Él quien inventó
la escoba.
Escuchar
a Dios en Su escritura me parece ser la lección del judaísmo.
Para el
judío, mirar hacia atrás es ver el futuro antes de
haberlo vivido.
A donde el judío
va, el ghetto lo sigue.
Nuestras cadenas están en nosotros mismos.
Están escritas.
Lo que
está por abrirse, una vez abierto, abre.
En esta apertura, en esta serie de aperturas, me inscribo.
La verdad
de Dios está en el silencio.
Volvernos silenciosos con la esperanza de fundirnos en esa verdad.
Pero sólo podemos tomar conciencia de ella a través
de la palabra.
¡Ay! Mas la palabra siempre nos está alejando del objetivo.
¿Quién
escribirá jamás la errancia? Ella se escribe
con nosotros.
Errante, yo soy su escritura.
"Y
tú escribirás mi libro falsificándolo, y esa
falsificación será el tormento que te agitará
en extremo.
"Mi
libro falsificado inspirará otro, y éste, otro, y
así hasta el fin de los tiempos; pues larga será tu
descendencia.
"Oh,
hijo y nieto del pecado de escribir, la mentira será vuestra
respiración, y la verdad, vuestro silencio."
Así
habría podido hablarle Dios a Moisés.
Y Moisés
habría podido responder: "¿Por qué, Señor,
condenar a Tus creaturas a mentir?"
Y Dios
hubiera podido agregar:
"Para
que cada uno de vuestros libros sea vuestra verdad y que frente
a la Mía, esa verdad indigna se hunda y, por sí misma,
se haga polvo.
"Ahí
radica Mi gloria."
Dios es
nombrado en lo más secreto de su ausencia.
Imagen
del vacío anterior al vacío.
¿Sabía Eva que al morder la manzana era su alma lo
que devoraba?
Eva y Adam
amaron de antemano, en su fragilidad, a su futura descendencia,
a través de la infancia que ellos mismos nunca tuvieron;
pues Dios ya los había abandonado a su suerte con el fin
de ser también Él abandonado por ellos.
Pues su libertad oh, soledad herida deriva innegablemente
de este doble abandono.
Pero dos preguntas subsisten.
Al crear al hombre, ¿sabía Dios que nunca llegaría
a ser de él un hombre puesto que es a éste a quien
le corresponde llegar a serlo por sí mismo?
¿La
debilidad de Eva se le reveló a Dios, más tarde, como
una lección, y a Adam como la prueba esencial sobre una cierta
conciencia de existir, sobre la aceptación de la vida y de
la muerte?
Más
que al sentido, apégate al silencio que ha modelado a la
palabra.
Aprenderás más sobre ella y sobre ti cuando ambos
sean, únicamente, escuchas.
"Si
se me preguntara cuál, de entre todos los misterios, es el
que permanece por siempre impenetrable, yo respondería sin
dudar: la evidencia", había anotado.
Hermanas
siamesas separadas por la cabeza: el pensamiento y la poesía.
Como el
pensamiento para el pensamiento, o como el amor para el amor, la
poesía sólo puede ser salvada por la poesía.
Respiramos como leemos.
Al mismo ritmo.
No hay
que confundir claridad de la lengua y claridad del texto.
Una brilla al exterior; la otra, al interior.
Ondulantes fronteras.
"¿Qué
es lo que te pertenece? Casi nada, e incluso ese casi
está de más.
"...de más como el vaso de agua que se le tiende a quien
no tiene sed", había escrito.
No dejes
a las palabras agriarse. Tienen la misma longevidad que el vino.
Mis límites
son mi libertad.
Si se te
ocurriera evocar mi relación con el judaísmo, no digas
el judaísmo, sino ese judaísmo.
Entre
tu noche y mi noche está el obstinado infinito de una noche
incondicional.
...este
mundo tiene un rostro: el nuestro.
El mar
no tiene más confidente que el mar, ni más testigos
que el cielo.
Sólo hay un infinito único.
Cuando
la ceniza se hace libro póstumo, las palabras renacen de
sus primeros sonidos.
"Un
sabio ciego, un sabio mudo y un sabio sordo formarían juntos
tres sabios baldados si no fuera porque, en realidad, se trata del
mismo sabio: ciego frente a Dios; mudo frente al texto; sordo a
las seducciones de nuestras frívolas palabras", había
dicho.
¡Separación
de las aguas! Nuestros límites son internos.
Un solo
vocablo basta para designar al universo decía
pero, ¿a cuántas palabras nos hace falta recurrir
para entreabrirlo?"
El extranjero
te permite ser tú mismo al hacer de ti un extranjero.
"La
singularidad es subversiva."
Mi
pregunta no es "¿quién eres?", sino "¿qué
me aportas?"
Lo que yo te aporto es lo que soy le fue respondido.
No le
preguntes al extranjero su lugar de nacimiento; sino su lugar de
destino.
Invisible
Auschwitz en su horror visible. Nada hay que ver que no haya sido
visto ya.
Serenidad del mal.
"Qué
infeliz ha de sentirse Dios al haber cometido tantos errores.
"Sus lágrimas son ahora las mías", escribía
un sabio.
"El hombre le respondieron llora por Dios que ya
no tiene más lágrimas desde que, con cada una de ellas,
Él hizo una estrella.
"El dolor es un cielo constelado. Toda la noche está
en nosotros."
Sólo
podemos comunicarnos a través de la palabra, pero, ésta,
al expresarnos parcialmente, vuelve imperfecta nuestra relación
tanto con Dios como con el prójimo.
"Dios nos observa, dicen. Sin duda porque ha renunciado a escucharnos.
"Dios ha muerto de soledad reservando a Su creatura una suerte
similar", decía.
Y agregaba: "¿Es Dios quien fracasó en Su ambición
de ser el Verbo, o es el verbo el que, al no haber logrado ser Dios,
se resignó a transigir con la Nada?"
La estrella
siempre estará separada de la estrella. Lo que las acerca
es únicamente su voluntad de brillar juntas.
"Una
mirada basta para rayar lo invisible, como raya la punta de un diamante
la superficie pulida del vidrio", decía un sabio.
"Así
como fuiste hecho y deshecho, haz y deshaz al mundo", escribía
un sabio.
"Lo desconocido nos subleva, lo desconocido nos tritura, lo
desconocido nos da forma.
"Piensa. Apégate a tu pensamiento como a una mujer de
la cual estuvieses locamente enamorado.
"No hay pensamiento sin deseo."
El santo
está solo. El sabio tiene la edad de su soledad.
La pregunta
es ésta: ¿En qué soy responsable por otro?
Y, primeramente, ¿acaso lo soy?
Palabras
de Caín a Dios: ¿Soy responsable por mi hermano? Yo
las leo así: ¿Soy responsable, yo, propietario de
una tierra que he cultivado con el sudor de mi frente, del nómada
Abel que ha escogido la errancia y la renuncia a los bienes terrestres?
¿Y
si el "¿acaso soy responsable por mi hermano?"
de Caín no tuviera otro objetivo que el de atraer la atención
de Dios hacia el eterno conflicto entre morada y nomadismo?
¿Puedo ser responsable por la elección del otro? Puedo,
en todo caso, aceptarlo y abstenerme de juzgarlo, pero de ninguna
manera puedo renunciar a mi propia elección.
El don de Caín a Dios es don de riqueza: el de Abel, es don
de pobreza.
"Te ofrezco, con esta parte del fruto de mi trabajo, todo lo
que soy", pudo muy bien haberle dicho Caín a Dios; y
Abel: "Señor, acepta en Ti la Nada que soy".
Entre el Todo y la Nada, está la brutal escisión de
un asesinato.
En el principio
estaba el libro en su blanco principio.Como las sabemos fatales,
a menudo callamos las palabras que hacen daño.
Así, toda confesión de sufrimiento es palabra silenciada.
Escribir, escribir ese silencio.
No existen palabras para el adiós.
No escribimos
más que la blancura donde se inscribe nuestro destino.
"Tú
no puedes ver a Dios decía ese sabio, pero Dios
te ve con tus ojos."
Tantos
adioses en cada adiós.
Tantas cenizas para cubrir un poco de ceniza.
Inútil
es el libro cuando la palabra es desesperanzada.
"El
sabio decía, es aquel que ha recorrido todos
los grados de la tolerancia y descubierto que la fraternidad tiene
una mirada y la hospitalidad, una mano."
"No
merezco la hospitalidad que te debo.
"Acéptala. Así sabré que me has perdonado",
decía un sabio.
Él
decía: "Accesible indefinidamente a lo que se le presenta,
la hospitalidad no puede pensarse sino en función de lo que
ofrece.
"La
responsabilidad aliena. La hospitalidad, aligera.
"Acoger a otro por su sola presencia, en nombre de su propia
existencia, únicamente por lo que representa.
"Por lo que es."
"Serás
siempre el huésped de mi alma, incluso si ignoro quién
eres", decía.
"Un
texto destinado a un periódico decía un sabio,
es un texto al cual, de común acuerdo, se le ha otorgado
un día de vida."
"Tenemos
derecho de preguntarle al que habla en nombre de qué habla.
Igual, quien nos cuestiona, está en su derecho de esperar
nuestra respuesta."
"La
solidaridad en la desgracia decía no es, quizá,
sino la tentativa común de fertilizar un suelo árido."
Que tu
memoria sea mi morada.
La noción
de hospitalidad le es extraña a Dios. Eva no lo ignoraba.
Y puso a Dios a prueba.
Dios cayó en la trampa y, devuelto a Sí mismo, se
hundió en Su ausencia.
"De sus dos creaturas rebeldes Dios exigía obediencia
y sumisión.
"La respuesta de Eva y Adam fue sin duda:
"¿Acaso no estamos, aquí en nuestra casa?
"Ustedes están aquí, en casa de Dios, habrá
sido probablemente la respuesta del Señor.
"¿No tendremos nunca nuestro lugar propio?
"¿Nunca seremos libres en nuestra casa?
"Yo soy vuestra libertad, como Soy vuestro lugar, fue,
a lo que parece, la respuesta del Dueño del mundo.
"Eva y Adam se dedicaron entonces a soñar con un universo
a su medida. Era de noche.
"Levantaron los ojos y descubrieron el cielo. Y, en el cielo
constelado, una estrella cercana que Adam llamó la estrella
de la fuga.
"Su estrella."
Así es el relato que, una vez, hizo un sabio a sus discípulos.
¿Tienes
poder para prolongar la vida? le preguntó un sabio
a otro sabio.
Tengo poder para prolongar la esperanza le respondió.
La disponibilidad
total desemboca en la hospitalidad.
Inconmensurable
es la hospitalidad del libro.
________________________
* Todas
las citas de este prólogo fueron tomadas del libro de entrevistas
de Marcel Cohen a Edmond Jabès, Du désert au livre,
Editions Pierre Belfond, París, 1980.
__________________________
** Adam: Se conservó su fonética original en
hebreo por remitir a la condición humana forjada con polvo
devuelto al polvo. (N. Del T.)
Edmond Jabès,"La
transparencia escrita", Fractal
n° 5, abril-junio,
1997, año 2, volumen II, pp. 29-58.
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