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¿Qué es
un texto anónimo si no un rostro sin nombre? La naturaleza
de este hecho no perturbó a los autores de la Antigüedad.
El Gilgamesh, el Talmud y la Biblia son composiciones anónimas;
también son textos sagrados. La escritura de lo sagrado se
rige, como lo ilustró Gershom Scholem, por la ironía
de una fábula mística: sólo un texto sin rostro
es capaz de reflejar la universalidad de todos los rostros. El escritor
se disipa en la palabra ávida de eternidad. El Renacimiento
volvió insostenible esta convicción. La desacralización
del mundo trajo consigo la desacralización del texto. La
escritura dejó de ser un diálogo entre los dioses
y los hombres y se convirtió en un encuentro entre el escritor
y sus lectores. El escritor devino propiamente un autor: el artesano
y el artífice de la épica pública de la palabra.
Vincular un nombre a un texto puede parecer un ejercicio arbitrario;
pero acaso una historia meticulosa mostraría que las implicaciones
de esta inofensiva unción han sido innumerables y decisivas.
Las dos más notables son de orden histórico.
Suponer con Quevedo
que los "anónimos intérpretes" de la Cábala
"presentían en lo oculto los males de Dios" plantea
el enigma capital de toda escritura sagrada: el secreto. La figura
del "intérprete" que intriga a Quevedo ("¿A
quién sirve en sus ocultas labores?", se pregunta en
La vida del Buscón) es la de un escucha/escritor incógnito
que "lee entre los labios de Dios". La revelación
sucede en el secreto; también el ritual de su transcripción.
En el Medioevo, los conventos y los monasterios se encargan de resguardar
en la clandestinidad esta celosa creencia. Además, sólo
la Iglesia sabe y puede acaparar manuscritos. El latín, idioma
en el que leen y escriben prelados y canónigos, protege los
derechos del estrecho monopolio. Es un monopolio de la palabra.
Durante el siglo XV, la geografía del
saber en Europa se asemeja a la de un archipiélago un
conjunto de islas unidas entre sí por aquello que las separa:
un lenguaje universal que casi nadie habla ni lee. La diseminación
de la imprenta modificó este panorama insular; a partir del
siglo XVI, aseguró una distribución
más equitativa de los impresos e impulsó los lenguajes
nacionales. El texto fue liberado del cautiverio de la religión.
Aunque de manera lenta y gradual, la escritura se transformó
en una actividad inequívocamente pública. Incluso
en sus versiones más tempranas e indecisas, el autor moderno
se revela invariablemente como un actor. Dante y Lutero, un poeta
y un teólogo, comparten una tentación común.
Para ambos vida, oficio y obra forman parte del teatro de lo público.
Descartes y (un siglo después) Spinoza incurrieron en la
misma herejía: la crítica simultánea a la religión
y al poder absoluto de la Iglesia sobre la palabra escrita. Descartes
se negó a renunciar a su textos. Spinoza optó por
divulgarlos primero y enfrentar después la persecución
de la censura. Los artífices de la razón profanaron
el mundo eclesiástico en su doble calidad de pensadores y
autores: como pensadores secuestraron la relevancia de Dios; como
autores, la de la jerarquía eclesiástica. Fueron filósofos
y propa-gandistas, poetas y conspiradores, pedagogos y polemistas.
El nombre del que habla y escribe se volvió la máscara
de la razón.
Todavía en el
siglo XVI la mayor parte de los libros aparecen
firmados por curas y censores; de vez en cuando, en algunos pocos,
se puede leer el nombre del redactor en la esquina inferior de la carátula como si estuviera ahí por accidente. Roger
Chartier ha estudiado con lujo de detalle esta geografía
de letras, signos y símbolos en lo que llama "la puesta
en libro" de un manuscrito (una inferecia de "la puesta
en escena" de una obra de teatro). El término se refiere
al complejo y largo itinerario que sigue un manuscrito hasta convertirse
en un libro y, en particular, a la organización de los significados
de "todo lo que queda escrito" en sus páginas,
desde la portada, la carátula y las primeras hojas en blanco
hasta sus forros. El paso que va del mundo sagrado al profano es
el mismo que separa a la cultura de la institución/autor
de la del individuo/autor. Es un paso que duró aproximadamente
tres siglos y medio. Sus orígenes se remontan al 400 italiano
y en el siglo XVIII ya se ha consumado. Lo
que predomina entre un momento y otro son las formas híbridas.
Las instituciones aceptan a regañadientes los reclamos crecientes
de la individuación del autor, y el escritor cede ante los
beneficios de formar parte de la vida institucional. Son beneficios
de orden material y político, pero también espiritual.
Para un poeta o un cronista del siglo XV Dios
no es una pregunta, sino un hecho. Su dilema real es recuérdese
los conflictos morales y jurídicos de Sor Juana o de Rabelais
cómo hacerle frente: ¿fuera o dentro de la Iglesia?
Fuera de la Iglesia existen dos mundos que subvierten las normas
estéticas y éticas de los espacios sagrados: la corte
y la herejía. En ambos se incuba, por razones distintas,
la práctica esencial de la escritura moderna: el escritor
que se responsabiliza a título individual de su escritura.
"Al calce firmo con sangre", advierte Cervantes a quienes
han instigado la publicación artera de una versión
apócrifa del Quijote. En su Breve historia universal,
Jacob Burckhardt llama a la práctica de asumir la responsabilidad
individual sobre el contenido de un texto el Kuak (la muerte anunciada)
del poder eclesiástico sobre los dominios de la escritura.
Dedica páginas extensas a explicarse la asombrosa velocidad
con la que se diseminó esta nueva y radical moralidad intelectual:
En un mundo abrumadoramente
religioso, el autor sufría la impresión de luchar
por el poder de los poderes, una gloria reservada tan sólo
a los cielos: el poder de la palabra. ¿Qué hombre
de letras que se respetara a sí mismo y a su oficio podía
resistir una tentación semejante?
Imagina incluso algunas
de sus implicaciones políticas:
Los autores del Renacimiento
florentino y de la Reforma alemana encarnan la versión
más antigua de la responsabilidad moderna la responsabilidad
que es individual y pública a un mismo tiempo, mucho
antes de que la economía, el derecho y la política
descubrieran el mundo de la sociedad civil.
Burckhardt omite a
los escritores españoles del Siglo de Oro. Es una omisión
justificada y no. ¿Cómo imaginar los orígenes
de la novela y del novelista sin el Quijote y sin Cervantes? Hoy
sabemos que el problema de la "perfección" en el
lenguaje, un tema decisivo para la poesía y los lenguajes
modernos, data de las reflexiones que se hicieron sobre el Polifemo
de Góngora a partir del siglo XVII. ¿No fue
acaso la crónica de Bernal Díaz del Castillo la primera
en figurar la narrativa de un otro radical? ¿Qué más?
Cierto, al hablar del Siglo de Oro, hay que pensar en la imagen
no de una construcción sino de una explosión: un resplandor
que se multiplica y se apaga súbitamente. Hacia mediados
del siglo XVII, en la literatura española
ya no queda nada o casi nada. A diferencia del Renacimiento, la
Ilustración fue una noticia lejana que España contempló
sin inmutarse desde las ventanas enmohecidas de su trunca modernidad.
El antiguo mundo de los autores y los textos clásicos quedó
reducido a un mundillo que no escapó a la parálisis.
Sin embargo, cabe asombrarse de la percepción de Burckhardt.
Pocos como él acaso Schopenhauer y Kierkegaard
hicieron de la crítica a las teologías de la historia
fraguadas por la era del progreso el leitmotif de su visión
sobre la sociedad y el tiempo. No en vano Nietzsche considera su
obra sobre el Renacimiento como "uno de los paradigmas mayores
de la historia crítica". Aún así, comparte
con la mayoría abrumadora de la historiografía occidental
el prejuicio o mejor dicho: la obstinación de
ver al siglo XVI español con los ojos
de los siglos XVIII y XIX.
Para un historiador de la cultura como él se trata de un
problema capital. ¿Una concesión al antihispanismo
europeo?
Si la responsabilidad
es la premisa, según Emmanuel Levinas, que lleva a hablar
y escribir para el otro y frente el otro, la que advirtió
Burckhardt en los "hombres de letras y artes" de la Reforma
contiene in nuce el síndrome de la
Ilustración: el que habla y escribe por el otro, en nombre
del otro y que
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Civilización
y delirio
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|Roger
|Dubois
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asume (y se apropia
de) su representación en el mundo de lo pensado. La legitimidad
del autor ilustrado yace en la certeza de este poder representar(me).
A diferencia de las teogonías religiosas, la Ilustración
sucede en (y desde) el texto: el libro es el logos y la institución
a la vez. El poder del autor es filosófico, político
y, sobre todo, moral. El autor deviene la autoridad: el que nombra
los objetos pensados (Kant) o el ser/consciente (Hegel). Para la
escritura religiosa, el libro es el espejo de la revelación;
para los modernos, es un espejismo. En el libro, el lector se refleja
de manera doble: por un lado, encuentra una imagen de sí
mismo; por el otro, la sombra del autor. Por supuesto, se trata
de un reflejo imaginario: una imagen que el lector elabora. Imaginar
significa, en última instancia, observar a través
de objetos pensados: pensar a través del que ha pensado.
En las veredas del tiempo, las huellas de la escritura tienen el
rostro disipado. Son voces que van de nombre en nombre. La conciencia
es una lápida que vaga en el océano de la memoria.
De estas fantasías se ha nutrido y se sigue nutriendo
la condición ilustrada.
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Según Arnaldo
Momigliano (véase Secondo contributo alla storia degli
studi classici), Dante creyó que la Ilíada era
un libro sagrado, no una obra de la mitología épica
como se infiere inopinadamente, hasta hoy en día, de sus
primeras lecturas canónigas y medievales. También
fue el primero en poner en tela de juicio la existencia de Homero.
La conjunción de ambas suposiciones merecería reflexiones
que desbordan los límites de este ensayo. El hecho es que
Occidente ha leído a la Ilíada como un texto de orden
literario y mitológico, no como un diálogo entre Grecia
y sus dioses. ¿Acaso Dante pensó que la obra sagrada
no admitía la precisión (¿o la presunción?)
de un solo y único autor? Escribe que "los poemas que
componen esa gesta fueron seguramente creación de tantas
manos sabias como debieron requerirse para fundar al imponente reino
de la Hélade." Uno de los sinuosos dilemas de la historiografía
cristiana ha sido qué hacer con los dioses helénicos.
O dicho de otra manera: ¿cómo vindicar la sabiduría
de Atenas y, simultáneamente, reprobar el policéntrico
y travieso olimpo de sus deidades? La respuesta crítica de
Dante fue: son otros dioses, no mitos. Una respuesta inadmisible
hasta el siglo XIX en que Niehbuhr la despojó
de su aura herética. En cambio, la búsqueda de Homero
se remonta, a saber, a la curiosidad de las postrimerías
del siglo XV.
¿Quién
fue Homero? El cúmulo de posibilidades que encierra esta
pregunta, dice Momigliano, ya cuenta "con una inocente y voluminosa
biblioteca". A la asombrosa perseverancia de esta ingenuidad
debemos sin embargo una multitud de hechos inabarcables: el mural
de Gioto sobre las siete pesadillas del saber, la segunda introducción
de Dante a la Odisea, su afamada refutación por Vico, tres
poemas metafísicos de Quevedo, el debate en 1723 entre las
casas de moneda de Londres y París en torno a dos monedas
supuestamente atenienses decoradas con rostros anónimos,
la devaluación de la libra que le siguió, The power
of naming de John McCauly, el adjetivo: homérico, el
tercer volumen de la serie de ocho que componen La breve introducción
a la cultura presocrática de Karl Heinz von Richter,
el capítulo de Mommsen sobre la naturaleza de lo inefable
en la tradición clásica, una obra de teatro tan imposible
(¿o inalcanzable?) como la que Heinrich von Kleist dedicó
a representar lo eterno, el volumen historiográfico de Arnaldo
Momigliano, la inexpugnable versión de Holywood a manos de
Jim Casey y la muy reciente aplicación de las técnicas
comparativas del láser al hipotético manuscrito original.
Además, la frase
de Fausto (Goethe) que inspiró al ensayo de Marcel Dubet
sobre Civilización y delirio de Michel Durand: "Dame
tan sólo un nombre le dice el inconsolable amante a
Mefisto- y te entregaré mil historias."
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Con un autor a cuestas
Civilización y delirio se abrió a las posibilidades
de la historia. En su inmejorable ensayo sobre el opúsculo,
Dubet se pregunta acaso lo mismo que los editores de Signe : ¿por
qué reeditar a Durand y no a otro de los cientos de incógnitos
radicales que se dedicaron a conjurar contra la corte parisina en
el siglo XVIII y cuyos escritos reposan en
el silencio de las bóvedas del Archivo Nacional? La respuesta
le parece sencilla y compleja a la vez. Más allá de
la pertinencia que impone una voz que hablaba (o que pretendía
hablar) con el París profundo en los años inmediatamente
previos a 1789, Durand tiene algo que lo hace en rigor irrepetible,
necesario, único: el estilo. Además de un texto político,
Civilización y delirio es una obra literaria. Este
recordatorio es un hecho notable. El lenguaje cotidiano de la prensa
nos obliga a olvidar que la política y la poesía no
son géneros disociables. El ensayo político se rige,
como cualquier otro texto, por las leyes de la prosa y el estilo.
Más aún, lo que distingue a Maquiavelo, Hobbes y Hegel
de sus contemporáneos de la razón es, probablemente,
la conciencia de este hecho. Nada más complejo que la escritura
itinerante que derriba los límites del género de su
propia definición.
Hayden White ha notado,
con justicia, que la influencia de Leopold von Ranke sobre la escritura
moderna se extendió mucho más allá de los cubículos
y los conventículos de la Universidad. Ranke es evocado comúnmente
por su imposible afán de reconstruir la trama de los espectáculos
del pasado so wie es gewessen ist (tal y como sucedió
). Pero su influencia mayor se debe acaso al extenuante número
de páginas, cincuenta y siete tomos para ser exactos, en
los que establece meticulosa y programáticamente la separación
que ha distinguido hasta la fecha a la prosa dirigida a la misteriosa
"opinión pública en general", ese lector/espectador
abstracto de la narrativa política: la prosa que separa sin
descanso lo racional de lo poético, lo político de
lo literario. Un excesivo afán de ceñir arquetipos,
inequívocamente falible, diría que es otra de las
cosechas fundamentales de la tradición del positivismo del
siglo XIX. No lo sabemos. La politología
de hoy no ha dado todavía un Michel de Certeau.
Afortunadamente, Durand
desconocía estas profundidades. La admiración actual
por su obra habla más de los límites de la escritura
que se despoja (y trabaja en contra) de lo literario que la suma
respetuosa de las críticas tradicionales a la narrativa del
positivismo.
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Civilización
y delirio es una exposición detallada de las aversiones
de Durand hacia los hábitos y las convenciones de la corte
de Luis XIV. Como la mayoría de aquellos
folletines, comienza por una crítica a los usos y abusos
de la noción de civilización. En rigor, no es una
crítica, sino una ridiculización. De haberlo conocido,
Norbert Elías se habría deleitado infinitamente con
su lectura. Separados por dos siglos ambos guardan por estricta
casualidad las mismas sospechas y reservas hacia la sociedad cortesana.
Curiosamente, Durand
no comparte con Voltaire y Rousseau la preocupación más
divulgada en la cultura de la Ilustración de la segunda mitad
del siglo XVIII, es decir, la idea de que
la sociedad cortesana es un "reino infinito de la inutilidad
y la irracionalidad", como gustaba decir Diderot. Por el contrario,
el autor de Civilización y delirio no deja de sentirse
en cierta manera seducido por categorías tan complejas y
estratégicas de los espacios cortesanos como "la distinción,
la moderación, el honor, la sensatez y la prudencia".
Sin embargo, encuentra en ellas una "carga de amargura y represión"
que le parece sencillamente "peligrosa y que puede explotar
en cualquier momento". Para Durand, la noción de civilización
alude ante todo a una "cultura de los usos del cuerpo":
pararse, caminar, sentarse, inclinarse, acostarse, comer, seducir
... se vuelven "estilos" agravados y condenados por una
"permanente represión contra sus estados naturales".
Nunca explica lo que entiende por "estados naturales",
pero es casi patente que habla de lo que el siglo XIX
definiría finalmente como "los instintos". Su frase
más sumaria y universal: "la corte es una fábrica
del terror contra el cuerpo."
Hace sin embargo una
excepción. Los dos últimos capítulos del folleto
están dedicados a una meticulosa descripción del ritual
que Michel Durand sí encuentra definitivamente "inútil"
en el teatro de las costumbres cortesanas. Es un ritual que llama
"final y decisivo": el ritual frente a la muerte. Introducir
a los muertos en "cajas insulsas de madera, desprovistas de
cualquier atención y mandato al destino que les espera"
y "enterrarlos debajo de una solitaria lápida adosada
con la futilidad de un nombre y una fecha", le parece un acto
de proporciones "perversas". Durand procura comparaciones
fantásticas con los rituales de muerte medievales "en
los que los muertos eran enviados a la nueva vida dotados de su
propia historia, con la frente en alto y respirando el aire necesario
para no perder entereza". En una de sus descripciones, recuerda
que Carlo Magno no fue "enterrado, sino sumergido en una respetable
bóveda, de cuerpo entero, sentado en su trono y ataviado
de su uniforme de guerra, para que generaciones posteriores pudieran
descender frente a su sombra a respirar su altivez." Costumbre
que en efecto se frecuentaba. Heinrich Heine imagina al rey en estado
de esqueleto con las uñas y el pelo crecidos, admirando a
quienes descienden hasta él para inspirarse en su fuerza
y su sabiduría. Frente a la "miseria de un cofre",
Durand vindica incluso los entierros vikingos que enviaban a los
muertos en sus barcos a "congraciarse con los dioses del mar".
El desprecio por el destino de la muerte, concluye románticamente,
es el desprecio por la vida.
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El origen del entierro
moderno es un enigma. Una caja, una lápida, un nombre y una
fecha proveen la forma más elemental que Occidente ha encontrado
para edificar la escenografía de la memoria. ¿Qué
infinitos significados se esconden en la asombrosa abstracción
de este hecho? Baste aquí una comparación con un hallazgo
de Kurt Hagen, que ha dedicado su obra al estudio de la muerte en
Europa Central durante el siglo XVI. La invención
del ataúd es paralela ¿o simultánea?
a la invención del archivo. Cajas y epitafios los distinguen
a ambos. Los modernos guardan a sus muertos en un símil de
las pequeñas cajas en las que celosamente atesoran sus escritos:
la bóveda de madera encabezada por un epitafio. Toda la memoria
se reduce a un nombre extraviado en una piedra. Es la memoria del
nombre, el epitafio como huella. ¿Acaso los modernos archivan
a sus muertos? Hay otros nombres que son epitafios. El del autor
es el más contundente de todos. ¿Será este
el enigma por el que se preguntaba Burckhardt al empezar su análisis
de la escritura moderna por la vindicación del que habla
para el otro y frente al otro?
ilansemo@hotmail.com
Ilán Semo, "Historia y
alteridad", Fractal
n° 5, abril-junio, 1997, año 2, volumen II, pp. 139-151.
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