|
Podemos decir también,
atendiendo a estas imágenes sucesivas, que los acontecimientos
que se despliegan en el presente causan perturbaciones a través
del espacio-tiempo en la medida en que modifican constantemente
nuestra visión del pasado: esto es el punto central de lo
que aquí intentaremos decir, de lo que nos interroga y nos
obliga a nuevas preguntas.
El pasado ocurre así
como un paisaje de fondo que se transforma y se distorsiona en función
de la velocidad con la que nos alejamos de él, modificándose
también a partir de los acontecimientos que se suceden en
el presente y que de inmediato se incorporan a este inmenso paisaje
de un horizonte ya vivido, contemplado en perspectiva y en diferentes
grados de amplitud y de complejidad, un pasado que a menudo parece
más bien acercarse en determinados trechos del camino, en
algunos tramos del devenir que se desenvuelve a nuestras espaldas.
Los historiadores son los que se asoman a contemplar este paisaje
en permanente cambio desde el vagón de cola de esta sucesión
de acontecimientos, los que intentan reconstruir su naturaleza cambiante
sin perder la perspectiva de la dimensión temporal sobre
la que están moviéndose. Aunque en un sentido estricto,
los historiadores no son simples espectadores del pasado, puesto
que cuando ofrecen una explicación en términos de
propósitos o razones, participan y vuelven a pensar ese pasado...
Un acontecimiento presente,
de suficiente magnitud, puede modificar nuestra visión de
los sucesos del pasado, de allí que haya que estar constantemente
revisándolo en función del presente, y que esta interpretación
en permanente revisión sea, a fin de cuentas, la tarea primordial
de la historia. En este sentido, la historia se ocupa del presente
y proyecta al futuro su constante y renovada visión del pasado.
Pero también, y en eso habría que insistir, la misma
mirada reiterada y renovada sobre el pasado tiende a modificarlo.
La interpretación del pasado, su observación puesta
bajo la prueba de los hechos del presente, tiende entonces
a curvar y a contraer en algunas de sus partes a ese mismo tiempo
transcurrido anterior: de allí que muchas veces la historia
parece alcanzarse permanentemente a sí misma "repitiéndose",
y que los diferentes hechos del pasado adquieran sabores y coloraturas
diversas según la naturaleza del momento desde donde los
observamos.
Asimismo, los acontecimientos
sólo adquieren significado histórico gracias a su
relación con hechos posteriores a los que el historiador
concede importancia en función de sus intereses presentes.
Inmersos de alguna manera en ese paisaje contemplado y repensado
a la vez, los relatores recrean en la historia sus propias preocupaciones
y experiencias anteriores, como observadores involucrados en los
hechos que son capaces de narrar y reconstruir. En Historia y
narración Danto dice que la historia "es una disciplina
subjetiva en el doble sentido de ser el marco en cuyo seno podemos
autorrepresentarnos y, al mismo tiempo, marco en el cual el historiador
no es espectador sino partícipe". Y puesto que el objeto
de la historia, como imagen construida a fin de cuentas de manera
teórica, es lo acaecido (lo desprendido como tal tanto
de lo presente como de lo futuro), la intervención del paso
del tiempo es aquí fundamental. Así, el contenido
de un suceso sólo puede ser considerado como "histórico"
si es colocado en un complejo contexto de hechos interrelacionados
temporalmente, pues si aparece aislado o es intencionalmente aislado,
pierde su historicidad. El hecho sólo es histórico
allí donde el "estado de las cosas" se corta, donde
se temporaliza el contenido sobre la base de una comprensión
que se pretende atemporal. "El tiempo físico",
decía Benjamin (citado por Stéphane Mosès en
Lange de lhistoire), "el que percibimos
espontáneamente como continuo e irreversible, no posee en
sí mismo carácter histórico: para que el tiempo
aparezca como histórico hace falta, al contrario, que su
desarrollo sea interrumpido". En principio, esto sólo
puede acontecer allí donde el comprender abarca la globalidad
de los contenidos, porque lo particular sólo se torna comprensible
en el contexto del todo absoluto. Dice Wallerstein en El sistema
mundial moderno que la realidad social puesta sobre la dimensión
del tiempo no es tan sencilla como a veces aparenta, pues "...existe
en el presente y desaparece al ir convirtiéndose en pasado,
y por esto, sólo se puede narrar verdaderamente el pasado
como es y no como era..."
Un ejemplo de todo
esto en los sucesos de nuestro presente es la irradiación
que el estallido de Chiapas, de enero de 1994, causó sobre
la trama construida de la historia mexicana anterior, poniendo al
descubierto nuevas facetas de la interpretación de la historia
pasada, del país, de la región, del régimen
imperante, de la naturaleza del estado de cosas. El fenómeno
"Chiapas" nos demuestra que lo característico de
la situación de partida de un proceso de transición
es el predominio de lo que hay de contradictorio sobre lo que hay
de armónico, del pasado sobre el presente en la relación
que junta a la sustancia con la forma de una realidad histórica
como ésta. La sustancia "ha crecido", "se
ha tensado", "se ha reacomodado" en un acontecimiento
que ha provocado, en la forma establecida, la insuficiencia o caducidad
de algunos de sus rasgos y la aparición de ciertos elementos
nuevos, desconocidos en ella como sostiene Bolívar Echeverría
en su ensayo "La transición histórica" publicado
por Carlos Barros y Carlos Aguirre Rojas en Historia a debate.
Se trata, pues, de
un pasado modificado por el presente que demuestra la relatividad
del tiempo histórico y su reflejo en cascadas de sucesos
que dan a este fragmento de hechos su particularidad y su prodigio.
Pero también el presente cambiante modifica su configuración
y proyecta la sombra de esta historia reinterpretada sobre la pantalla
del futuro, perfilándose como proyecto de cambio. Así,
los hechos de nuevo narrados se tropezarán con nosotros en
lo sucesivo, en lo que viene de esta red de flechas del tiempo y
"horizontes de sucesos" (para usar un término de
la física astronómica): acontecimientos que configuran
eso que llamamos historia y que en su interior contienen, a su vez,
otros universos y realidades pasadas, que tal vez algún día,
a la luz de otros sucesos de ruptura, se proyecten sobre el futuro.
Es indudable así, en la historia presente de México,
que una avalancha de hechos se ha desprendido de alguna parte de
nuestro trayecto y de nuestra memoria más profunda desde
enero de 1994, acelerando de manera irreversible varios cambios
en todo el país; en este caso, Chiapas (tiempo-espacio singular)
es una muestra del grado en que se habían deteriorado los
cimientos del sistema y su capacidad de legitimación.
Mucho de lo paradójico
de todo esto es que en la última década de reacomodo
de estos procesos, la marginalidad de Chiapas acabó siendo
centralidad política y social, vórtice de una historia
más amplia algo así como agravios regionales
transmutados en un estado de ánimo nacional orientado al
cambio, que concluye y empieza allí como la marca de
un corto siglo XX mexicano: ese que se inició
en 1910 y que concluyó el último día de 1993,
precedido de los estertores de 1985 y 1988. La crisis que hoy se
despliega es en mucho una sucesión revitalizada de las mentalidades
y los espíritus regionales, enmarcada en sucesivas síntesis
y cortes en la vida económica que parecen recorrer los caminos
ya trillados por los efectos de las dos "modernizaciones"
anteriores, la de los Borbones y la del Porfiriato: y si no, ¿quién
hubiera imaginado que a fines del siglo XX
se repitiera una geografía regional del conflicto rural que
en mucho recuerda a las grandes rebeliones del siglo XIX?,
¿quién hubiera pensado en el renacer de la lucha maderista
por el sufragio efectivo?...
Si seguimos a Michelle
Vovelle en Idéologies et mentalités podemos
decir que en esta hora "la historia de las mentalidades se
entrecruza con la de las resistencias", y que los momentos
de profunda crisis como el que hoy vivimos, son como
privilegiadas ventanas hacia un pasado que creíamos definitivamente
sepultado. Esa historia es asimismo el lugar privilegiado de las
evoluciones lentas y las inercias, de lo que se ha dado en llamar,
desde el advenimiento de ese domador del tiempo que fue Fernand
Braudel, "cárceles de larga duración". Evoluciones
lentas que no eliminan la sorpresiva aparición del instante
único, de la ruptura que desencadena todo lo que esas prisiones
sociales y mentales guardan en su oscuro interior.
Por todo ello, esas
rutinas del tiempo largo tienen que ser también revisadas
en función del instante estallado, del acontecimiento singular
que, como lo ocurrido en 1994, puede modificar en la discontinuidad
todo el panorama y acelerar los procesos desencadenando un torrente
de acontecimientos, una onda de choque que se propaga en el espacio-tiempo
con resultados a menudo imprevistos. En la pertinaz ofensiva de
la longue durée contra el acontecimiento (del que
se había abusado en la antigua historia "historizante"),
se volvió muchas veces a negar los poderes creadores del
instante, de la mutación brusca y en caliente de los hechos
"superficiales", la emergencia de esa espuma de la historia
de la que también están compuestos los lentos oleajes.
Así, el acontecimiento que devolvió para nosotros
la vitalidad de una sucesión de hechos que se había
esclerotizado junto con el antiguo régimen mexicano, apareció
repentina e inesperadamente, desde abajo y con la rapidez del relámpago:
mezclando el pasado, el futuro a veces, y siempre cautivo de un
presente intensamente vivido. Instante preciso en que el tiempo
no transcurre sino que se dilata. "La eternidad", decía
San Agustín, "no es una infinidad de tiempo, sino solamente
un instante..."
Para materializar esas
imágenes y conferirles su carácter variado y en movimiento,
la reconstrucción histórica intentará entonces
apuntar al objeto desde todos los ángulos posibles, los de
fuentes y miradas múltiples, los de los grandes rasgos y
detalles que al aplicarse en un solo punto reproducen, como en un
holograma de apariencia tridimensional etérea y concreta
a la vez, las diferentes aristas vivas del pasado/presente:
sólo así, y parafraseando a ese Benjamin tocado por
el ala del Ángel de la Historia, "el Antes se encontrará
de nuevo con el Ahora, y del relámpago podrá surgir
una nueva constelación"...
I
La conciencia
de hacer saltar el continuum de la historia es propia
de las clases revolucionarias en el instante de su acción.
Tesis
XV
Estas fluctuaciones
en el desenvolvimiento del tiempo his-tórico no son solamente
subjetivas o individuales, no son únicamente producto de
la mirada del historiador, sino procesos vividos de manera colectiva
y desarrollados, sobre todo en la historia de los últimos
siglos. Esas aceleraciones no dependen de la psicología o
el temperamento de cada quien, sino que se les puede claramente
"objetivar". Pues así como se puede contar en jornadas
o en horas, así se pueden medir los sucesos en meses o en
años. La naturaleza compartida del tiempo histórico
se sirve para su reconstrucción de un tiempo social discontinuo
y pleno, de puntos de referencia en el tiempo que son comunes a
los miembros de una misma sociedad, de un sinfín de referencias
afines que permiten la periodización y que la van afinando
casi de manera "natural". Pero no todas las sociedades
han tenido siempre un mismo tiempo, dado que hoy vivimos también
un tiempo globalizado por la dinámica misma del capitalismo,
por la vocación planetaria de su mercado que ha desplazado
al tiempo cíclico de las sociedades antiguas: un tiempo que
no ha escapado a esta dinámica, y que a su turno quedó
también convertido en una mercancía más.
Hoy podemos decir que
la victoria de la burguesía es la victoria del tiempo profundamente
histórico, que el triunfo del tiempo irreversible es también
su metamorfosis en tiempo de las cosas, porque el arma de
su victoria ha sido precisamente la producción en serie de
objetos, según las leyes de la mercancía y conforme
a los tiempos acotados, cronométricos, de la producción
en serie. El principal producto que el desarrollo económico
ha hecho pasar de la rareza lujosa al consumo corriente es la
historia, pero solamente como que historia del movimiento abstracto
de las cosas que domina todo uso cualitativo de la vida: "con
el desarrollo del capitalismo, el tiempo irreversible se ha unificado
mundialmente", como señala Guy Debord en La société
du spectacle.
En estas diferentes
fluctuaciones, hechas de rupturas y continuidades, la reconstrucción
histórica requiere también de un "alejamiento"
de los mismos sucesos vividos. Es por eso que los revolucionarios,
o los involucrados en los sucesos que se precipitan en cascada,
no pueden juzgar si su revolución constituye un progreso,
más que en la medida en que sean también historiadores,
es decir, en la medida en que comprendan el modo de vida, el "estado
de cosas", que por otro lado rechazan, llevando a cabo un movimiento
de relativo alejamiento con relación a su tiempo vivido.
Y es esta comparación entre el pasado y el presente lo que
supone que el tiempo de la historia sea objetivado a través
del discurso histórico. Son aquí los mismos procesos
estudiados los que por su desarrollo imponen al tiempo una topología
determinada, una estratigrafía dinámica. Cada tema,
cada conjunto de fuentes marcará así una construcción
particular, una singularidad. Cada fenómeno tendrá
también su propia periodización... En ese sentido
el tiempo histórico es también un tiempo construido
y maleable.
Pero en este tiempo
construido, la perspectiva del historiador no corresponde ni sabría
corresponder a la de un espec-tador realmente existente dentro del
curso de los sucesos historiados. Su perspectiva se parece más
bien a la posición de un observador que se sirve de instrumentos
para proveerse, por intermedio de imágenes, de objetos muy
alejados, tan pequeños que no emiten más que destellos
casi invisibles, y que le dan sentido al tiempo anterior insertándose
en el tiempo actual. Krzysztof Pomian anota en Lordre du
temps que "muchos acontecimientos, en su sentido tradicional,
quedan afuera de una perspectiva como esa, como las flores que se
abren al pie de un observatorio, totalmente invisibles para el telescopio
que les da su sombra". Esos destellos que por su lejanía
aparecen desfigurados constituyen un ruido de fondo que tiene
que ser permanentemente reconstruido, evocado sólo en los
rasgos principales que de manera azarosa llegaron hasta nosotros,
que escaparon a la acción destructora de la desmemoria, del
descuido y del propio tiempo transcurrido. Así, diría
Benjamin en su ensayo "Sobre el lenguaje en general y el lenguaje
de los hombres" que "la historia utiliza la masa de datos
para con ellos contradecir la existencia de un tiempo lineal, homogéneo
y vacío... y aprovecha esa oportunidad para extraer una época
determinada del curso homogéneo de la historia, para singularizarla...",
de allí que no haya algo peor que la historia construida
a partir del paradigma del progreso, de un curso prefijado, de la
mitología del encadenamiento causal que conduce a un fin
predeterminado. En su "Apéndice A" a las "Tesis",
Benjamin extiende el poder crítico del Jetztzeit (el
"tiempo de ahora", la "ahoridad") a la causalidad
historicista y marca el origen de este tiempo, como tiempo profanado,
en la más pura tradición del judaísmo mesiánico:
El historicismo se
contenta con establecer un nexo causal entre varios momentos de
la historia. Pero ningún hecho es histórico por
ser causa. Se transforma en hecho histórico póstumamente,
gracias a los acontecimientos que pueden estar de él
separados por milenios. El historiador consciente de eso renuncia
a desgranar entre los dedos los acontecimientos, como las cuentas
de un rosario. Capta la configuración sólo en cuanto
la suya propia entró en contacto con una época anterior,
perfectamente determinada. Con eso, funda un concepto de presente
como tiempo/actual, que es como un ahora (Jetztzeit), en
el que están dispersas astillas del tiempo mesiánico.
O como diría
en su tesis VI: "Articular históricamente
el pasado no significa conocerlo, como verdaderamente ha sido.
Significa apropiarse de una reminiscencia, adueñarse de un
recuerdo tal y como éste relampaguea en un instante de peligro".
Y es así que
la visita al pasado es hacia un país lejano muchas
veces en coyunturas de peligro, y en ello radica la impotencia
del historiador que se obliga a penetrarlo. Su tragedia es mayor
por la limitación física de acceder directamente a
ese pasado. Su visión está principalmente enfocada
a ese pasado incorpóreo, y hacia el futuro sólo en
la medida en que se convierte en pasado. Porque todas nuestras evidencias
proceden del presente y del pasado no podemos ahora reunir datos
acerca del futuro, y la historia no es sino una tarea de recolección
de vestigios, de "astillas", de pequeños y grandes
detalles: una acumulación de ruinas a la que intentamos conferir
una nueva vida. La naturaleza del tiempo histórico es así
engañosa y paradójica, como un juego de espejos móviles
en una casa de espejos... La imagen histórica que realmente
tenemos a partir de la investigación y de una construcción
basada en la fantasía consta de imágenes discontinuas,
coaguladas en torno a un concepto central, limitadas por el azar
de las fuentes que sobrevivieron al paso del tiempo. Georg Simmel,
en El individuo y la libertad, señala que alrededor
de cada punto de cristalización semejante reunimos un número
dado de procesos únicos diferenciables, pero cuya totalidad
separa por completo "un acontecimiento" de los acontecimientos
vecinos. Desde esta perspectiva, la historia tendría un sentido
cabalístico, como las Sagradas Escrituras del sabio de la
Torá, semejantes a una gran casa con muchos aposentos,
todos cerrados con llaves diversas, que en el intertexto de los
sucesos se hallan cambiadas... como lo sugiere Paul Veyne en Foucault
revoluciona la historia.
En la construcción
de la trama histórica interviene entonces el "trabajo
sobre el tiempo", que no es solamente una puesta en orden cronológico,
o una simple estructuración en periodos, sino principalmente
una jerarquización de los fenómenos en función
del ritmo según el cual cambian y se modifican. El tiempo
de la historia no es así una línea recta, ni una línea
rota en periodos, ni siquiera un mapa: las líneas que lo
entrecruzan componen más bien un relieve. Hay en este relieve
la apariencia de espesor y profundidad, apariencia principalmente
causada por la complejidad del proceso histórico. Pero la
razón de ese relieve se remite a escalas precisas,
por lo cual no se puede mezclarlas sin perder la dimensión
del análisis. Esas escalas tienen, como en la construcción
de los mapas, límites prefijados. Según la escala
en que nos movamos, hay siempre curvas o detalles del plano que
no serán detectados.
Al "trabajo sobre
el tiempo" se une la reflexión sobre éste y sobre
su propia fecundidad. La historia invita así a una meditación
sobre la fecundidad propia del tiempo, sobre lo que éste
hace y deshace. El tiempo se convierte así en el principal
actor de la historia, en el precipitador de lo impredecible. "El
fruto nutricio de lo históricamente comprendido", anota
Benjamin en la tesis XVII, "tiene en
su interior el tiempo, como semilla preciosa pero carente de sabor".
II
La buena nueva
que el historiador del pasado trae anhelante surge de una boca
que quizá ya en el momento en que se abre habla en el
vacío...
Tesis
V
Si alguna vez se comparó
al acontecimiento con el átomo, por indivisible, su destino
final como objeto de estudio ha venido a ser el mismo de la antigua
unidad mínima de la física clásica: el acontecimiento
también tiene universos interiores y carece de fronteras
fijas. Es más, en la medida en que nos acercamos a él,
perdemos la noción de lo que lo separa de su "campo",
de la trama que a la distancia lo mostraba como único e indivisible.
En la medida en que ejercitamos sobre esa unidad el conocimiento,
el suceso se deshace en puras discontinuidades, de las cuales cada
una en particular es pensada de nuevo como duración continua,
o como conteniendo otros acontecimientos en su interior. El ejemplo
más reciente de esto en la historiografía mexicana
es el acercamiento cada vez mayor a un acontecimiento fundador y
originalmente "único", la revolución de
1910-1920, que al ser observada más de cerca y con mayor
detalle, ha estallado en miles de acontecimientos y en un conjunto
discontinuo de revueltas locales y sucesos que contradicen las tendencias
originalmente consideradas como características del acontecimiento
mayor. El átomo era divisible y contenía en su interior
otros universos. Esto puede ir tan lejos hasta que ya no sea posible
la reinclusión de los átomos de acontecer conocidos
separadamente en el transcurso global por el que se tornaron históricos,
o que tengan un quantum de sentido tan excesivamente pequeño
como para que se elabore por medio de su contenido aquella ligazón
conceptual con los otros... habiendo pues una especie de umbral
del desmenuzamiento que obliga a la constante revisión
histórica.
Todo esto demuestra
además que el acontecimiento no es una entidad fija que pueda
ser reconstruida "tal y como sucedió", sino una
encrucijada de itinerarios posibles sujeta a las leyes del azar
y en la frontera entre una esfera de visibilidad y un dominio de
lo invisible. Es también una serie de cadenas organizadas
a muy diferentes escalas, por eso cada itinerario escogido nos conduce
por acontecimientos vecinos a similar escala. Saber escoger o distinguir
las escalas es, pues, un conocimiento adquirido por la experiencia
de quien se acerca al pasado. El campo limita al suceso y la trama
completa semeja a los grabados de Escher como aquel de los
peces y pájaros entrelazados, en donde depende de la
mirada y el momento distinguir en ella lo "positivo" o
lo "negativo", en una interacción en donde el campo
se convierte en suceso y viceversa. "Los acontecimientos",
nos recuerda Veyne, "no son cosas ni objetos consistentes,
ni sustancias, sino fragmentos libremente desgajados de la realidad,
un conglomerado de procesos, en el cual cosas, hombres y sustancias
en interacción se comportan como sujetos activos y pasivos
[...] Ahora bien, los acontecimientos no son totalidades sino nudos
de relaciones..."
La historia, como narración
significativa, muestra senderos por donde la reconstrucción
semeja la labor del detective que se sumerge en los personajes investigados,
hasta establecer con ellos relaciones de complicidad. La reconstrucción
de los acontecimientos del pasado, apoyándonos en un corpus
finito de evidencias documentales, se acomoda así a cada
tema, cuyo contexto significativo le da la coherencia necesaria
como para ser considerado "un tema digno de atención".
Pues "la primera obligación del historiador", nos
dice Veyne, "no consiste en ocuparse de un tema, sino en crearlo".
Sólo una acumulación suficiente produce, en el momento
que esto ocurre, la noción de que ya es posible conformar
un tema: se trata, en suma, de un salto cualitativo que produce
en su momento la sensación de que una masa documental dada
adquiere coherencia, más por su carácter que por su
volumen. Esta creación premeditada se condensa también
cuando el tema adquiere la suficiente variación interna como
para ser abordado desde diferentes ángulos...
Y es que en la narración
histórica vamos así apuntando desde diferentes ópticas
a una serie de "problemas" o temas menores que van adquiriendo
vida sólo en la medida en que se combinan lo suficiente como
para conformar una imagen: pero ésta no es, ni puede
ser como lo pretendía Ranke, una copia exacta
del acontecimiento pasado, sino sólo una evocación
particular, lo más viva y cambiante posible, de aspectos
del pasado que las fuentes y nuestra mirada sobre ellas están
modificando constantemente, y que lo seguirán haciendo mientras
haya historiadores con nuevas evidencias que pongan en entredicho
nuestra interpretación, mientras el tiempo mismo siga transcurriendo
y acumulando nuevas tonalidades sobre el relieve construido. A lo
largo del proceso, del itinerario a través del acontecimiento,
aspectos y "zonas grises" del pasado van adquiriendo color
poco a poco, van tomando cuerpo, modificando con su coloración
las periodizaciones originalmente planteadas. Aquí también
nuevos temas paralelos se van conformando a la manera de los fractales
es decir, a partir de procesos iterativos sobre un núcleo
muy pequeño de información, llenándose
de significados y de nuevos bordes complejos, lo cual obliga a plantearse
textos paralelos o nuevos temas de investigación derivados
del tronco original, pero que en pequeño, como en los bordes
autosimilares de los fractales, los reproducen. "El borde amoroso"
tlazohtlatentli, como llamaban los antiguos nahuas
a los bordes crecientes e inesperados de una mancha de aceite o
a las "terminaciones labiales" del crecimiento casi imperceptible
de una flor o una planta: el imperio de lo impredecible o la feraz
frontera activa entre la estabilidad y el desorden incomprensible...
La misma organización
"holográmica" de estas imágenes traídas
desde el pasado reconstruidas así al mirarlas desde
diversos ángulos se halla, curiosamente, bien representada
por algunos de los mismos documentos rescatados cuando el corpus
de información desencadena por sí mismo la pertinencia
de un tema... El objetivo, entonces, de la narración histórica
es captar la esencia de cada tema en el material mismo, las vinculaciones
relevantes que hacen posible las historias regionales, el "éter
particular" que les da sentido y todo lo que de seguro va a
estar presente en la cultura popular y en el "espíritu
regional" o local del presente, lo que va a ser reiterado en
el acontecer cotidiano. Las sutilezas del tiempo contemporáneo,
los cuestionamientos en el terreno y las preguntas a las fuentes
iluminarán entonces los posibles "macizos de acontecimientos"
del pasado, las referencias mayores que la indagación documental
va conformando y modificando lentamente conforme uno se acerca al
nudo de sucedidos y al "cono de luz" que éste dispersa
sobre el futuro inmediato. La historia debe entonces dar vida a
un pasado reinterpretado, a un tiempo no del todo ido que es visitado
en sus múltiples posibilidades: el pasado/presente es entendido
entonces como multiverso en donde el tiempo no es de ninguna
manera absoluto y en donde el propio campo del acontecimiento adquiere
vida por sí mismo, u "otra vida", al ser "observado"
desde el presente relativo, al ser recreado.
"Lograr grandes
construcciones a partir de elementos muy pequeños, confeccionados
de manera precisa y rigurosa", dice Benjamin (Erkeuntnistheorie...),
"descubrir en el análisis de cada particularidad el
cristal del conjunto. Romper con el naturalismo vulgar y concebir
la construcción de la historia como tal". Es decir,
recorrer a la inversa el itinerario de despliegue de una construcción
fractal.
III
Importa para
el dialéctico tomar el tiempo de la historia en las velas.
Pensar significa para él disponer las velas. La manera
en que son puestas es lo que importa. Las palabras no son para
él más que velas. La manera en que las dis-pone
es lo que, como en la navegación, hace de ellas un concepto.
"Breve
historia de la fotografía"
Y si la historia es
la construcción de imágenes a partir de una masa de
datos, no cabe duda que las mejores de ellas están en el
propio lenguaje, en el discurso de la narración, en la forma
como esta narración evoca al pasado y lo retrotrae al presente,
hecho que depende en gran medida de la disposición del texto:
si además el modelo funciona, el navío tendrá
una ruta ("...una vez constituido el barco nos recuerda
Braudel en su célebre artículo La larga duración
es ponerlo en el agua y comprobar si flota y, más tarde,
hacerle bajar o remontar a voluntad las aguas del tiempo: el naufragio
es siempre el momento más significativo").
Así, sería
interesante mencionar el diagnóstico melancólico hecho
por Benjamin del fin del narrador tradicional y de la ascensión
abrupta del narrador moderno a lo largo de esa ruta por el tiempo,
así como de las transformaciones que desde fines del siglo
XIX venían poniendo en crisis los estatutos
del saber histórico y de su narración. Su visión
de los cambios en el relato se percibe como una cierta caracterización
de la modernidad, llevada a cabo por medio de una crítica
cultural que coincidirá con la mirada renovadora de varias
corrientes sobre la práctica historiográfica, alrededor
de la gran crisis de 1929, como los Annales
o la Escuela de Praga.
Por lo mismo, la tensión
temporal del lenguaje narrativo no se puede reducir a la máxima
rankeana de ser apenas una traducción de "lo que realmente
aconteció", sino que debe ser entendida según
Benjamin como una conversión, como una nueva forma de "presentación"
(Darstellung ) que parece rescatar los conceptos
de "mónada" y de "alegoría", en
una especie de bricolage en el trabajo narrativo del historiador,
y que Walter Benjamin define más claramente en El origen
del drama barroco alemán: "La primera etapa de esta
vía consistirá en retomar en la historia el principio
del montaje". Para ello, vuelve a colocar en escena la cuestión
del ensayo, y por lo tanto del referir/interpretar narrativo, de
lo contingente o particular, creando un ambiente para el desarrollo
y la exposición de los hechos, desarrollando una "trama"
sobre un marco dis- cursivo...
Así, podemos
afirmar que para Benjamin la narrativa histórica debe expandirse
según su noción de "imagen dialéctica":
algo que vaya más allá de la pura superficie del discurso
y que capte y describa las transformaciones que explican los hechos
históricos más allá de su pura evocación.
Para José Otávio Guimaraes ("Tempo e linguagem
na filosofia da história de Walter Benjamin", Textos
de História), esta expansión propone un discurso
historiográfico muy peculiar, "un tipo de prosa porosa
o narrativa que imagina..." en el doble sentido de evocar y
de "crear imágenes". En ese sentido, la historia
es próxima al lenguaje poético, y debe rescatar las
antiguas dimensiones narrativas que la trascienden. "El ser
imágenes", anotaría aquí Octavio Paz en
El arco y la lira, al referirse a la poesía, "y
el extraño poder que tienen para suscitar en el oyente o
en el espectador constelaciones de imágenes, vuelve poemas
todas las obras de arte". Pues la palabra es un símbolo
que emite símbolos, y la historia está construida
de palabras...
Al producir imágenes
en la historia, el autor de la imagen del Ángel de la Historia
devuelve al tiempo su estado original, haciéndolo escapar
de las cárceles de su dimensión utilitaria, cronológica,
lineal, espacializada, absoluta y abstracta: redescubre en la pluralidad
permanentemente viva del tiempo la fuerza conformadora del lenguaje.
Esta dimensión está construida de imágenes
discontinuas, como los múltiples ángeles instantáneos
de la Cábala, cuya esencia es el instante consagrado,
inicio y fin de toda eternidad: "Apenas las imágenes
dialécticas son imágenes auténticas, y el lugar
en donde las encontramos es el lenguaje..." En esta recreación,
la historia, como el poema, es "vía de acceso al tiempo
puro, inmersión en las aguas originales de la existencia...
tiempo, ritmo perpetuamente creador" (Octavio Paz). Las palabras
son así dispuestas para navegar por las aguas del devenir
con el viento postrero que desde el pasado, cual si fueran velas,
las tensa, moviendo así el aparato evocador de la interpretación:
su proyección sobre el presente y el futuro...
IV
Nuevas preguntas se
van acumulando y éstas provienen ahora del futuro, de ese
futuro vedado (de ese futuro utópico en el que "cada
segundo era la pequeña puerta por donde podía entrar
el Mesías", según la imagen benjaminiana). De
ese tiempo por venir que ya habita entre nosotros: pues el mundo
que nos rodea posee ya el sueño de un tiempo del cual debe
ahora poseer la conciencia para poderlo vivir realmente. La vida
tiende a escaparse de su propio reposo, como el agua que se desborda
para alcanzarse a sí misma. En este devenir de acontecimientos
en cascada, el sueño o la utopía, es una
especie de pretemporalidad en la que el mismo tiempo está
anunciado. La historia es el sueño del historiador el
ensueño evocador y, por lo mismo, el recuerdo de un
porvenir que vale la pena recrear y vivir...
O para decirlo mejor
y en palabras de Benjamin:
En la imagen dialéctica
el pasado de una época determinada es siempre el "pasado
de siempre". Toda vez que él no se presenta como tal
más que a los ojos de una época determinada: aquella
en que la humanidad frotándose los ojos reconoce precisamente
esta imagen de sueño como tal, como lo que es. A partir
de este momento, el historiador tiene por tarea aquella de la
interpretación de los sueños.
griego@servidor.unam.mx
Antonio Garcìa de Leòn,
"Los prodigios del
tiempo",
Fractal n° 5, abril-junio,
1997,año 2,volumen II, pp. 119-138.
|