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Por una parte, el retorno de lo religioso (como exigencia, nueva
vitalidad de las iglesias y de las sectas, búsqueda de doctrinas
y prácticas paralelas: la "moda" de las religiones
orientales, etc.), más claramente representativo de la cultura
común, está motivado principalmente por la amenaza
de ciertos riesgos generales que nos parecen inéditos y sin
precedentes en la historia de la humanidad. Inmediatamente después
de la Segunda Guerra Mundial apareció el temor ante una posible
guerra atómica y hoy, que ese riesgo parece menor debido
a la nueva configuración de las relaciones internacionales,
vemos que, al contrario, se difunde el temor de una proliferación
descontrolada de ese mismo tipo de armas y, más generalmente,
la angustia frente a las amenazas que pesan sobre la ecología
planetaria y ante las nuevas posibilidades de manipulaciones genéticas.
Otro temor igualmente difundido, por lo menos en las sociedades
desarrolladas, es el de la pérdida del sentido de la existencia,
el profundo fastidio que inevitablemente parece acompañar
al consumo desenfrenado. La "hipótesis demasiado extrema"
que era Dios para Nietzsche evoca y reactualiza sobre todo el carácter
radical de los riesgos que parecen amenazar la existencia de la
especie y su propia "esencia" (el código genético
puede ser modificado...). Esta forma de retorno de lo religioso,
que se expresa en la búsqueda y la afirmación, con
frecuencia violenta, de las identidades locales, étnicas
y tribales, suele unirse también a un rechazo a la modernización
como causa de la destrucción de las raíces auténticas
de la existencia.
Por el lado de la filosofía
y la reflexión explícita, el retorno de lo religioso
parece producirse según modalidades totalmente diferentes,
ligadas a experiencias teóricas que aparecen más bien
lejanas y opuestas a la inspiración "fundamentalista"
de la nueva religiosidad, inspirada en los temores apocalípticos
difundidos en nuestra sociedad. El derrumbe de los interdictos filosóficos
en contra de la religión, puesto que se trata precisamente
de eso, coincide con la disolución de los grandes sistemas
que han acompañado el desarrollo de la ciencia, la técnica
y la organización social modernas; y por lo tanto, también
con la desaparición de todo fundamentalismo, en otras palabras,
con la desaparición de aquello que la conciencia común
parece buscar en su retorno a lo religioso. En realidad y
también ésta es una idea muy difundida, es posible
que la nueva vitalidad de la religión dependa en rigor del
hecho de que la filosofía y el pensamiento crítico
en general al haber abandonado la noción misma de fundamento
(ya) no son capaces de dar un sentido a la existencia, que se busca
entonces en la religión. Pero esta lectura de la situación
que incluye a muchos adeptos, incluso donde no parecería
que los hubiera considera ipso facto resuelto el problema
mismo del retorno que fue nuestro punto de partida. En otras palabras,
la historicidad de la condición actual está pensada
en términos de una simple desviación que nos habría
alejado del fundamento siempre presente y disponible, produciendo,
por la misma razón, una ciencia y una técnica "inhumanas";
desde este punto de vista, el retorno que habría que emprender
no es sino un abandono de la historicidad y la recuperación
de una condición auténtica concebible tan sólo
como "la permanencia en lo esencial". Así, el problema
que se nos plantea es saber si la religión es inseparable
de la metafísica en el sentido heideggeriano del término;
en otras palabras, si es posible pensar a Dios únicamente
como el fundamento inmóvil de la historia, del cual todo
parte y hacia el cual todo debe volver, con la dificultad de asignar
algún sentido al vaivén que de allí resulta.
Cabe señalar que acaso este tipo de dificultad decidió
a Heidegger a invitarnos a repensar el sentido del ser fuera de
los esquemas objetivistas y esencialistas de la metafísica.
Como se sabe, durante los años cruciales en que preparaba
El ser y el tiempo, Heidegger se interesó en parti-cular
por una reflexión sobre la religión relacionada con
los problemas de la historicidad, la temporalidad y, en última
instancia, la libertad y la predestinación.
Frente a esta contradicción,
que no es sólo aparente, entre la necesidad de fundamentos
que se expresa en el retorno de la religión en la conciencia
común y su propio redescubrimiento (del carácter plausible)
de la religión después de la disolución de
las metanarraciones metafísicas, parece que la filosofía
debe tratar de reconocer y sacar a la luz las raíces comunes
de esas dos formas de "retorno", sin renunciar a sus propias
motivaciones teóricas y aprovechando esas motivaciones como
la base de una radicalización crítica de una misma
conciencia común. (Inútil decir que aquí se
expresa también una concepción general de la relación
entre filosofía y conciencia común de la época,
que nos es imposible desarrollar más, pero que se vincula
menos a un historicismo de trazo hegeliano que a una reflexión
heideggeriana sobre la relación entre el final de la metafísica
y el despliegue cabal de la ciencia y la técnica como estructura
sustentadora de la sociedad moderna tardía: en otras palabras,
el mismo Heidegger, o más bien sobre todo Heidegger, piensa
y practica la filosofía como su propio tiempo comprendido
por el pensamiento, como una expresión reflexionada de temáticas
que, aun antes de pertenecer oscuramente a la conciencia común,
constituyen historias del ser, momentos constitutivos de la época.)
La raíz común
entre la necesidad religiosa que se expresa en nuestra sociedad
y el retorno de la religión (y de su carácter plausible)
a la filosofía está constituida en la actualidad por
la referencia a la modernidad como la época de la ciencia
y la técnica o, según la expresión heideggeriana,
como la época de las "concepciones del mundo".
Si la reflexión crítica quiere presentarse como una
interpretación auténtica de la necesidad religiosa
en la conciencia común, conviene demostrar que esa necesidad
no se conforma con una pura y simple reanudación de la religiosidad
"metafísica", es decir, huir de la confusión
de la modernidad y la Babel de la sociedad secularizada mediante
un fundamentalismo renovado. ¿Es posible tal demostración?
Esta pregunta traduce simplemente el problema fundamental de la
filosofía heideggeriana, pero también puede leerse
como una variación del proyecto nietzscheano del superhombre,
descrito como el hombre capaz de elevarse hasta posibilidades insólitas
de dominación del mundo. Reaccionar ante el problemático
y caótico carácter del mundo moderno tardío
mediante un retorno a Dios como fundamento metafísico significa,
en términos nietzscheanos, rechazar el desafío de
lo sobrehumano o, más aún, condenarse a esa condición
de esclavitud que Nietzsche considera inevitable para todos aquellos
que, en realidad, no asuman ese desafío. (Si se piensa en
las transformaciones que la existencia individual y social sufre
en la sociedad de comunicación de masas, esta alternativa
entre sobrehumanidad y esclavitud no parece de hecho retórica
ni tan inverosímil.) Además, desde el punto de vista
heideggeriano, es evidente que reaccionar a la Babel de la posmodernidad
con un retorno a Dios como fundamento sólo significa tratar
de salir de la metafísica, oponiendo a su disolución
final la reanudación de una de sus representaciones "precedentes",
que sólo parece deseable precisamente porque está
más apar-tada aunque sólo en apariencia
de las condiciones actuales de las que se quiere salir. La insistencia
de Heidegger en la necesidad de esperar que el ser nos vuelva a
hablar y en el carácter prioritario de su oferta en relación
con toda iniciativa del hombre (pienso, desde luego, en ¿Qué
significa pensar? y en el texto sobre el humanismo) sólo
significa que sobrepasar la metafísica no podría consistir
en oponer una condición de autenticidad ideal a la degeneración
de la ciencia y la técnica modernas, porque el ser sólo
se da en su circunstancia y, precisamente, "allí donde
está el peligro, allí también crece lo que
salva"; sobrepasar la metafísica y su fase de extrema
disolución la Babel de la modernidad tardía
y, por lo tanto, sus temores apocalípticos debe buscarse
en una respuesta que no sea tan sólo "reactiva"
(utilizamos otra vez un término que se debe a Nietzsche)
al llamado del ser, que se da por principio en su circunstancia,
es decir, en el mundo de la ciencia y la técnica y la organización
total, en el Gestell. Considerar la técnica sabiendo
que su esencia no es algo técnico como Heidegger no
deja de recordar, es decir, ver la técnica como el
punto de llegada extremo de la metafísica y del olvido del
ser en la idea de fun-damento significa en rigor prepararse para
sobrepasar la metafísica mediante una recepción no
reactiva del destino técnico del ser en sí.
En su retorno a la
religión, la conciencia común tiende a adoptar una
actitud reactiva. En otras palabras, tiende a desplegarse como una
búsqueda nostálgica de un fundamento último
e inquebrantable. En los términos de El ser y el tiempo,
esta tendencia no sería sino la propensión (estructural)
a la inautenticidad, que se funda, en último análisis,
en lo finito mismo de la existencia y a lo cual la filosofía
sólo opone, en esa obra misma, la posibilidad de la autenticidad
(también estructural), descubierta por lo analítico
existencial y accesible en la decidida proyección existencial
hacia su propia muerte. Pero en los términos del proyecto
de sobrepasar la metafísica como rememoración y recepción
de la historia del ser, no parece concebible la oposición
en el fondo platónica de la filosofía
respecto de la conciencia común. Quizá deba pensarse
a la filosofía como recepción crítica es
decir, como rememoración del Geschick del ser, de
las vicisitudes de sus Schickungen del llamado, que
sólo puede oírse en la condición misma de la
inautenticidad, concebida ya no como estructural sino ligada a la
circunstancia del ser y, en ese caso, a la oferta del ser en la
fase final de la metafísica. Esto puede decirse con mayor
sencillez si se insiste en el carácter no accidental de la
oferta, para nosotros, de la experiencia religiosa como retorno.
La filosofía
ha redescubierto el carácter plausible de la religión
(sólo) porque las metanarraciones metafísicas se disolvieron
y, por ello, puede considerar la necesidad religiosa de la conciencia
común fuera de los esquemas de la crítica de la Ilustración.
La tarea crítica del pensamiento frente a la conciencia común
consiste, aquí y ahora, en poner en evidencia el hecho de
que el retorno de la religión también está
definido positivamente para esa conciencia, puesto que se presenta
en el mundo de la ciencia y la técnica de la modernidad tardía,
es decir que su relación con este mundo no puede concebirse
únicamente en los términos de una huida y una alternativa
polémica; o bien, lo cual sería lo mismo, por lo menos
desde el punto de vista de la diferencia entre metafísica
y ontología, en términos de reducción de sus
nuevas posibilidades a supuestas leyes naturales, a normas esenciales.
El hecho de que la
figura del retorno (y, por lo tanto, de la historicidad) es esencial
y no accidental para la experiencia religiosa no significa al principio,
o exclusivamente, que la religión a la que queremos volver
deba representarse como defi-nida por pertenecer a la época
del final de la metafísica; en primer lugar, lo que la filosofía
deriva de la experiencia de la esencialidad de la figura del retorno
es una identificación general de la religión con la
positividad, en el sentido de lo fáctico, lo circunstancial,
etc. Tal vez aquí sólo estamos traduciendo lo que
la filosofía de la religión ha indicado por lo general
como la creaturalidad que constituiría el contenido esencial
de la experiencia religiosa (pero no hay ninguna razón para
rechazar esta proximidad o dependencia respecto de la reflexión
filosófica religiosa tradicional: es otro aspecto de la positividad
que aquí tratamos).
En general, parece
que la posibilidad de repensar filosóficamente la religión
depende en esencia del vínculo entre los dos sentidos de
la positividad que acabamos de indicar: en primer lugar, el hecho
de que es determinante, para el contenido mismo de la experiencia
religiosa reencontrada, que su retorno se produzca en las condiciones
históricas precisas de nuestra existencia en esta modernidad
tardía y que no se defina, entonces, en relación con
esta existencia, exclusivamente como un salto fuera de ella; en
segundo lugar, que el retorno en sí indique como un carácter
constitutivo de la religión su positividad en cuanto dependencia
en relación con una facultad original, eventualmente legible
como dimensión creatural, una dependencia tal vez en el sentido
de Schleiermacher.
Hacer justicia al significado
de la experiencia del retorno significará, en primer lugar,
permanecer en el horizonte de este doble sentido de la positividad.
La creaturalidad, como historicidad concreta y determinada, pero
recíprocamente la historicidad como procedencia de un origen
que, dado que no es metafísicamente estructural, esencial,
también tiene todos los rasgos de la circunstancialidad y
la libertad. Permanecer en la luz de esta relación, pues,
no es sencillo: la historia de la religiosidad "metafísica"
parece mostrar en rigor la dificultad según la cual la positividad
se resuelve por completo en una pura y simple creaturalidad, cuyo
resultado es el hecho de que la historicidad concreta de la existencia
se considera sólo como lo finito, más allá
de lo cual la experiencia religiosa nos haría dar "un
salto" (a Dios, a la trascendencia) o debería considerarse,
cuando mucho, como el lugar para una prueba. He intentado mostrar
en otra parte cómo ese riesgo, que tal vez sea más
que un riesgo, está presente en el pensamiento filosófico
de Levinas y, en cierto sentido, caracteriza la posición
tradicional de Derrida (por lo menos, de manera explícita,
en el ensayo sobre Levinas en La escritura y la diferencia).
Desde luego como, por otra parte, aparece con claridad si
consideramos los orígenes judeocristianos del historicismo
moderno, magistralmente presentados por Löwith, el riesgo
simétrico de esta posición está en la identificación
de la positividad con la historicidad intramundana, que llevaría
lo divino al determinismo histórico: la historia del mundo
como tribunal del mundo, según la frase hegeliana. Mediante
esta insistencia sobre la positividad, el autor en que nos basamos,
desde luego, no es Hegel sino Schelling, aun cuando no pretendemos
ninguna fidelidad literal a su última filosofía. La
concepción de la religión que se esboza aquí
retiene de la filosofía positiva de Schelling sobre todo
el interés por la mitología; no tanto y esto
marca probablemente una diferencia como el modo de conocimiento
más adecuado de verdades que trascienden la razón,
sino como el lenguaje más apropiado para la narración
de sucesos que, positivos en el doble sentido al que hemos aludido,
sólo pueden transmitirse en forma de mitos. La reflexión
de Pareyson sobre la experiencia religiosa y su vínculo con
el mito (véase la antología Filosofia della liberta)
en referencia constante a Schelling tiene aquí
una importancia capital, aun cuando deba completarse debidamente
para impedir que se reduzca la positividad de la experiencia religiosa
a una pura creaturalidad (con la tendencia resultante de asumir
el pensamiento mítico dentro de una especie de abstracción
ahistórica e incluso la dificultad de distinguir el mito
cristiano del mito griego). (En mi ensayo publicado en Etica
dellinterpretazione desarrollo el tema.) La palabra mito,
por su parte, funciona aquí como el emblema de todo lo que
es positivo en el doble sentido que damos a esa palabra. Es el lugar
donde se da la historicidad que al mismo tiempo es radical y (por
lo mismo) irreductible a la inmanencia de la historicidad intramundana.
Encontramos así otro aspecto importante de la reflexión
filosófica religiosa, sea o no contemporánea: el que
insiste en lo "religioso" (no disponemos de otros términos
por el momento) como irrupción del Otro y como discontinuidad
en el curso horizontal de la historia. En nuestra opinión,
sin embargo, ese carácter de discontinuidad y de irrupción
se concibe con demasiada frecuencia una vez más
como una mera negación "apocalíptica" de
la historicidad, como un nuevo comienzo absoluto que niega todo
vínculo con el pasado y establece una relación puramente
vertical con la trascen-dencia, considerada a su vez como una plenitud
metafísica pura del fundamento eterno.
Al mito como término
general de la positividad se unen todos los contenidos típicamente
positivos de la experiencia religiosa que regresa en nuestra condición
presente, contenidos que, al igual que los mitos, no pueden traducirse
totalmente en los términos de la racionalidad argumentativa.
Así, por ejemplo, más aún que el sentimiento
de culpa y de pecado, está la necesidad del perdón.
No debe sorprender que indiquemos como un contenido característico
de la experiencia religiosa la necesidad del perdón más
que el sentido de la culpa y la percepción del mal y de su
carácter inexplicable. Es probable que toquemos aquí
uno de los rasgos de la especificidad histórica con que se
nos presenta hoy la experiencia religiosa: de hecho, tanto la intensidad
del sentimiento de culpa como la dimensión radical de la
experiencia del mal parecen inseparables de una concepción
que no dudamos en llamar una metafísica de la subjetividad,
una especie de visión enfática de la libertad que
parece chocar con muchos aspectos de esa misma espiritualidad con
la que hoy se encuentra la religión. En otras palabras: si
es cierto que ahora la religión se nos presenta de nuevo
como una exigencia profunda y filosóficamente plausible,
esto se debe también y sobre todo a una disolución
general de las certezas racionalistas que ha experimentado el sujeto
moderno; por esta misma razón, el sentimiento de culpa y
el carácter "inexplicable" del mal son elementos
tan cruciales y tan decisivos. El mal y la culpa son menos "escandalosos"
desde el momento en que el sujeto no se toma tan en serio como lo
implica el estado de ánimo metafísico, explícita
o implícitamente racionalista. No obstante, esto no impide
que la experiencia de lo finito, sobre todo como inadecuación
de nuestras respuestas a las "preguntas" que provienen
de los otros (o incluso del Otro, en el sentido de Levinas), se
represente como necesidad de ese "suplemento" que sólo
logramos representar como trascendente. Es probable que no sea difícil
unir a esta necesidad que es al mismo tiempo un deseo de responder
a la pregunta del otro y el llamado a una trascendencia capaz de
compensar la insuficiencia de nuestras respuestas el significado
de las tres virtudes teologales de la tradición cristiana,
tanto como los postulados de la razón práctica kantiana
(por lo menos los que tienen que ver con la existencia de Dios y
la inmortalidad del alma).
El horizonte del mito,
que incluye la positividad tal como nos hemos propuesto definirla
aquí, incluye, junto con la necesidad del perdón,
otros aspectos constitutivos de la experiencia religiosa: el modo
en que uno encara el enigma de la muerte (su propia muerte pero,
sobre todo, la muerte de los demás) y el del dolor, y la
experiencia de la plegaria, tal vez una de las más difíciles
de traducir en términos filosóficamente sensatos.
Tanto la necesidad del perdón como la experiencia de la mortalidad,
el dolor y la plegaria pueden definirse como "posi-tivos",
en el sentido de que son maneras de encontrarse con la circunstancialidad
radical de la existencia, maneras de afianzar una "pertenencia"
que también sea procedencia y, en un sentido que es difícil
de precisar pero que vivimos en la experiencia misma del retorno,
del ser devuelto (verfallen); por lo menos, en tanto que
el retorno aparece siempre como la recuperación de una condición
de la que hemos "caído" (en la regio dissimilitudinis
de la que hablan los místicos medievales).
Pero, una vez más:
estos "contenidos" positivos, y positivos de una manera
tan característica, de la experiencia del retorno en los
que se presenta lo religioso también son positivos, sobre
todo en el sentido de que no resultan de una reflexión abstracta
sobre sí mismos, no provienen de la profundización
de una autoconciencia humana en general, sino que más bien
constituyen datos en un lenguaje ya determinado, que es más
o menos literalmente el lenguaje de la tradición judeocristiana,
el lenguaje de la Biblia. ¿No sería entonces más
preciso hablar de un retorno a la letra de los textos sagrados del
Antiguo y Nuevo Testamentos? ¿Por qué, por ejemplo,
insistir en la necesidad del perdón y no sólo en el
pecado original, en la promesa de Redención, en el relato
de la Encarnación, la Pasión, la muerte y la resurrección
de Jesús? Pero el retorno que experimentamos, ¿no
es un retorno a la verdad de las Escrituras? ¿Podemos hacer
justicia a la experiencia del retorno al concebirlo como un movimiento
que sólo tiene que ver con nosotros, como si encontráramos
un objeto olvidado, las Escrituras sagradas, que han permanecido
intactas en alguna parte, esperando, por alguna razón, que
nosotros (nuestra cultura, el mundo contemporáneo, etcétera)
las volvamos a descubrir? Si, como creemos, la hermenéutica
en cuanto filosofía de la interpretación no podía
nacer más que de la tradición judeocristiana (remito
a las hipótesis desarrolladas en el ensayo "Storia della
salvezza, storia dellinterpretazione", Micromega,
3, mayo 1992), también es cierto que esta tradición
aún está profundamente marcada por ella. Hay otro
aspecto de la positividad del que no podemos hacer abstracción:
experimentamos el retorno de lo religioso en un mundo en que se
ha hecho inevitable la conciencia de la Wirkungsgeschichte
(me refiero a las nociones de "historia de los efectos"
y de "historia de la eficiencia", elaboradas por Gadamer
en Warheit und Metode) de todo texto, sobre todo del texto
bíblico; en otras palabras, experimentamos el hecho de que
los textos sagrados que marcan nuestra experiencia religiosa se
dan dentro de una tradición que los transpone en el sentido
en que su mediación no les permite subsistir como objetos
inmodificables; tal vez la insistencia de las ortodoxias en la letra
de los textos sagrados registra en realidad este irremediable estado
de mediación, más que prevenirlo. De manera un poco
"vertiginosa", pero sólo un poco, los rasgos de
la experiencia del retorno pertenecen ya al texto sagrado en sí
Antiguo y Nuevo Testamentos al que estamos regresando.
El hecho de que la experiencia religiosa se nos presente como un
retorno es ya un signo y es consecuencia de que vivimos la experiencia
en los términos de las Santas Escrituras judeocristianas.
A partir de San Agustín y de su reflexión sobre la
Trinidad, la teología cristiana, en sus raíces más
profundas, es una teología hermenéutica: la estructura
interpretativa, la transposición, la mediación y,
sin duda, el ser devuelto no tienen que ver sólo con la anunciación
y la comunicación de Dios con el hombre; definen la vida
íntima de Dios que, por esta misma razón, no podría
pensarse en los términos de una plenitud metafísica
inmutable (en relación con la cual, precisamente, la Revelación
sólo sería un episodio "ulterior" y un accidente,
un quoad nos).
¿Lo único
que hacemos entonces es traducir en términos bíblicos
y teológicos una temática filosófica bastante
reconocible, la de la circunstancialidad del ser? Probablemente
también sea así. Pero sería contradictorio,
desde el punto de vista de la circunstancialidad del ser, asumir
ese hecho como marginal, como si la filosofía, llegada por
sí sola al problema de sobrepasar la metafísica, descubriera
"por consiguiente" su propia analogía con los contenidos
de la tradición judeocristiana. La circunstancialidad del
ser, pues, se afirmaría como un dato encontrado objetivamente
por dos modos de pensamiento, formas de experiencias diferentes
que habrían llegado a ello cada una por sus propios medios:
una vez más, como modos accidentales de encontrarse con un
dato independiente, ubicado por algún origen cualquiera en
el ser en sí. Pero la filosofía que se descubre como
"análoga" a la teología trinitaria no proviene
de otro mundo: la filosofía que responde al llamado de sobrepasar
la metafísica proviene de la tradición judeocristiana,
y el contenido de sobrepasar la metafísica no es sino la
maduración de la conciencia de esta procedencia.
Como se puede ver,
no se trata de articular el discurso filosófico de manera
que haga sitio para el carácter plausible de la religión,
como en el fondo siempre lo ha pensado la filosofía que se
concibió como "abierta" y amigable frente a la
experiencia religiosa, comenzando por la que cultivó la idea
de ilustrar los preambula fidei, ya sea como teología
natural de tipo metafísico, o bien sólo como una teoría
antropológica de lo finito y del carácter problemático
de la existencia que exigiría un salto hacia la trascendencia
(incluso el paso de la filosofía negativa a la filosofía
positiva de Schelling sin duda no es más que eso). La experiencia
religiosa como experiencia de la positividad, en el sentido que
hemos indicado, más bien lleva a poner en duda radicalmente
toda figura tradicional de la relación entre filosofía
y religión. El retorno de lo religioso que vivimos en la
conciencia común y, en términos diferentes, en el
discurso filosófico (en el que caen los interdictos metafísicos,
científicos o historicistas en contra de la religión)
se presenta como un descubrimiento de la positividad que parece
ser idéntica, en su significación, a la idea de la
circunstancialidad del ser a la que llega la filosofía a
partir de Heidegger. La comprobación de esta identidad, si
quiere corresponder radicalmente a su propio contenido, no puede
ser simplemente una comprobación. De hecho, la idea de la
circunstancialidad del ser excluye que se pueda hablar de una misma
estructura metafísica experimentada por dos modos de pensamiento
diferentes. La positividad, o la circunstancialidad, atrae la atención
sobre el origen. La filosofía que plantea el problema de
sobrepasar la metafísica es la misma que descubre la positividad
en la experiencia religiosa, pero este descubrimiento significa
precisamente la conciencia de la procedencia. ¿Puede y debe
resolverse esta conciencia en un retorno a su propio origen? En
otros términos, al descubrir que proviene de la teología
judeocristiana, ¿debe la filosofía, por ello, apartar
su propia figura "derivada" para recuperar su figura original?
Así sería si el contenido mismo de la teología
que se descubre aquí como origen no excluyera toda superioridad
metafísica del origen; si, en otras palabras, esta teología
no fuese una teología trinitaria. El hecho de que la procedencia
como tal sea tan esencial para nuestra experiencia religiosa, por
otra parte, es un rasgo distintivo del retorno de lo religioso,
y constituye igualmente el resultado de una filosofía que
no es más metafísica que el "contenido"
de la tradición religiosa que ahora se redescubre: el Dios
trinitario no es alguien que nos invita a regresar al fundamento
en el sentido metafísico del término sino que, según
la expresión evangélica, Dios más bien llama
a que se lean los signos de los tiempos. En suma, la sentencia "radical"
de Nietzsche, según la cual el conocimiento progresivo del
origen aumenta lo insignificante del origen, se aplica tanto a la
filosofía como a la religión que redescubre, aunque
en términos diferentes; esta expresión, de manera
apenas paradójica, puede considerarse como el último
eco de la teología trinitaria cristiana.
Así, para la
filosofía, el conocimiento redescubierto de la procedencia
de la religión no se resuelve con un salto hacia atrás
para recuperar su lenguaje auténtico; y esto es así
precisamente para no contradecir el sentido de lo que se ha encontrado.
¿Significa esto, entonces, permanecer en el proceso al que
uno descubre que pertenece, sin que la conciencia de esta procedencia
implique más que un refuerzo de esa misma pertenencia? Pero
como lo muestra el carácter contradictorio de todo
historicismo radical tal actitud sólo atribuiría
a este proceso el mismo valor perentorio y coercitivo del ontos
on, del fundamento metafísico. Encontramos aquí
las mismas aporías que la idea de sobrepasar la metafísica
no deja de descubrir de nuevo en su propio camino (a partir de la
imposibilidad de concluir El ser y el tiempo): ¿cómo
hablar de la circunstancia del ser con la ayuda de un lenguaje siempre
prestado de la estabilidad de las esencias? O bien, en la temática
de la posmodernidad, ¿cómo decretar el final de los
metarrelatos sino contando la historia de su disolución?
Cuando reconoce precisa
y únicamente su propia procedencia de la teología
trinitaria, la filosofía se prepara para sobre-pasar estas
aporías o, por lo menos, para descubrir en ellas un sentido
no sólo contradictorio. El hecho de que se trata en rigor
de la teología trinitaria, y no de cualquier "teología
natural", de una apertura genérica hacia lo trascendente,
etc., se confirma con lo que (por lo menos, según la hipótesis
que he desarrollado con mayor detalle en otra parte) constituye
una recaída metafísica de ciertas filosofías
que, aunque profundamente marcadas por un sentimiento religioso,
no se sitúan, sin embargo, en el nivel de la circunstancialidad
del ser, sino que tienden a repensar la circunstancialidad en sí
en términos sólo "esencialistas" y estructurales.
Tal es el caso de Emmanuel Levinas, para quien la filosofía
se abre más bien sobre la experiencia religiosa como irrupción
del Otro, pero esta irrupción termina por resolverse en una
disolución de la circunstancialidad misma, que pierde todo
significado específico. Es difícil encontrar en Levinas
alguna atención a los "signos de los tiempos";
el tiempo, la temporalidad existencial característica del
hombre tan sólo podría formar un signo con la eternidad
de Dios, que se revela como alteridad radical y apela a la llegada
de una responsabilidad que sólo de manera fortuita puede
considerarse históricamente definida (nuestro prójimo
siempre es alguien concreto, pero, precisamente: siempre).
Desde luego, la referencia
a Levinas no es sólo un ejemplo entre otros de la recaída
a la metafísica. Levinas es, sin duda, el filósofo
contemporáneo que más lejos ha llevado el esfuerzo
por sobrepasar la metafísica (que él llama "ontología"),
redescubriendo las raíces bíblicas del pensamiento
occidental junto a sus raíces griegas. La herencia bíblica
remite a la filosofía a lo que, según los términos
de Heidegger y no de Levinas, llamamos la "circunstancialidad
del ser", y la lleva a reconocer el carácter violento
del esencialismo metafísico de origen griego. Pero, mientras
siga limitado al Antiguo Testamento, este retorno a la Biblia no
sobrepasa el reconocimiento de la creaturalidad. Si el Dios que
encuentra la filosofía es sólo Dios Padre, el alejamiento
de la idea metafísica del fundamento es débil y, en
realidad, así damos unos pasos hacia atrás.
Esta circunstancialidad
radical del ser con que se encuentra el pensamiento posmetafísico,
en su esfuerzo por liberarse de la coerción de lo que está
presente, no se puede comprender sólo a la luz de la creaturalidad,
que queda en el horizonte de una religiosidad "natural",
estructural y pensada en términos esencialistas. Parece que
sólo a la luz de la doctrina cristiana de la Encarnación
del hijo de Dios puede concebirse la filosofía como una lectura
de los signos de los tiempos, sin reducirse a un registro pasivo
del curso del tiempo. "A la luz de la Encarnación"
constituye otra vez una expresión que intenta captar una
relación cuya dimensión problemática irresuelta
forma el núcleo mismo de la experiencia de la circunstancialidad:
la Encarnación de Dios que aquí se menciona no sólo
es una manera de expresar en forma mítica lo que la filosofía
descubre como resultado de una búsqueda racional. La Encarnación
tampoco es la verdad última de los enunciados filosóficos,
desmitificada y llevada a su sentido propio. Como ya lo hemos comprobado
de distintas maneras en los análisis anteriores, esta relación
problemática entre filosofía y Revelación religiosa
es el sentido mismo de la Encarnación. En otras palabras,
Dios encarna, se revela primero en la anunciación bíblica
que, al final, "da lugar" a la idea posmetafísica
de la circunstancialidad del ser. Sólo cuando encuentra su
propia procedencia neotestamentaria puede representarse este pensamiento
posmetafísico como una idea de la circunstancialidad del
ser que no se reduce a la mera aceptación de lo existente,
al mero relativismo histórico y cultural. En otros términos,
la Encarnación confiere a la historia el sentido de una revelación
redentora y no sólo de una acumulación confusa de
circunstancias que perturban el carácter estructural del
verdadero ser. Sólo a la luz de la doctrina de la Encarnación
puede concebirse que la historia también tenga un sentido
redentor (o en lenguaje filosófico, emancipador), siendo
la historia de anunciaciones y de respuestas, de interpretaciones
y no de "descubrimientos" o de presencias "verdaderas"
que se imponen.
En su esfuerzo por
sobrepasar la metafísica, la filosofía responde al
llamado de la época en que aquélla parece en prin-cipio
imposible de continuar (es la historia del nihilismo relatada por
Nietzsche y que Heidegger hace emblemática en la voluntad
de poder nietzscheana). Así, la filosofía se vuelve
hermenéutica, recepción e interpretación de
anunciaciones transpuestas (del Geschick) y se encuentra
ante la necesidad de una renuncia: renunciar a la tranquilizadora
dimensión perentoria de la presencia. El que no haya hechos
sino sólo interpretaciones, como enseña Nietzsche,
no constituye, por su parte, un hecho tranquilizador, sino "sólo"
una interpretación. Esta renuncia a la presencia confiere
a la filosofía posmetafísica, y sobre todo a la hermenéutica,
un carácter de término inevitable. En otras palabras,
sobrepasar la metafísica no puede darse como nihilismo. No
obstante, si bien el sentido del nihilismo tampoco debe resolverse
en una metafísica de la nada como sería el caso
si se imaginara un proceso en que el ser, al final, no estaría
y el no ser, la nada, estaría, no puede pensarse más
que como un proceso de reducción indefinido, un desvanecimiento.
¿Es posible tal pensamiento fuera del horizonte de la Encarnación?
Tal es sin duda la pregunta decisiva a la que debe intentar responder
la hermenéutica de hoy, si realmente quiere avanzar en el
camino abierto por el llamado a la rememoración del ser (es
decir, el Ereigniss) formulado por Heidegger.
Texto
aparecido en La religion, Editions du Seuil, 1996. ©Gianni
Vattimo. Traducido del italiano al francés por Marilene Raiola;
del francés al español por Mónica Mansour.
Gianni Vattimo, "La
huella de la huella", Fractal
n° 4, enero-marzo,
1997,año 1,volumen II, pp. 87-108.
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