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El surrealismo, entendido
como una protesta en contra de la razón geométrica
y los valores represivos del cristianismo, entronca muy bien en
esta poética del hombre total: un ser que ha recuperado lo
que la moral tradicional y la razón imperante le habían
sustraído, la potencia del deseo, la verdad anticipada (o
premonitoria) que aparece en los sueños, la fuerza de la
libertad por encima de las leyes espurias y de las ataduras del
orden económico. La tentativa, en fin, para decirlo en los
términos de Breton, por encontrar ese punto en el que "la
vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo pasado y lo futuro,
lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo dejarán
de ser percibidos contradictoriamente". (Segundo manifiesto,
citado por Octavio Paz en Las peras del olmo.)
Breton mismo, como
se sabe, aproximó en un momento dado al surrealismo con Marx.
Primero, adhiriendo su movimiento al Partido Comunista (lo cual
provocó, por cierto, la defección de Artaud), y después,
adscribiéndolo a la IV Internacional trotskista. Aunque los
medios podían ser distintos, el fin permaneció idéntico.
El arte, de algún modo, no remite a sí mismo, sino
a una transformación completa del hombre y la sociedad. Las
metáforas del arte, podría decirse, son insuficientes;
cuando menos, las del arte tradicional. Con el marxismo, primero,
y con el surrealismo, después, el arte está obligado
a remitir a una metáfora superior. A esta metametáfora
podemos llamarla "comunismo poético", "adanismo",
"edad de oro", "revolución total" o de
cualquier otra forma. Lo crucial de ella es que instaura, en el
seno de la obra artística, un criterio de valor que remite
a una realidad extrartística y que se convierte en su fundamento
más real. Por un explicable movimiento de retorno, la metametáfora,
producto de la imaginación poética, se convierte en
el marco sin el cual es imposible entender lo que está sucediendo
en el interior de la obra. Si bien es cierto que, como lo dice el
propio Paz, el surrealismo se proponía "encarnar en
la historia y transformar el mundo con las armas de la imaginación
y la poesía", habría que agregar que gracias
a este impulso modelizador, afincado en la historia y, si se quiere,
dispuesto a ir un poco más allá de ella, adquiere
su pleno sentido la obra de arte en cuanto tal.
La metametáfora
se convierte, pues, por una parte, en la heráldica del poeta;
quiero decir, en el santo y seña que lo distingue de los
otros oficiantes, encerrados en los sótanos de un esteticismo
estéril y reaccionario. Por otro lado, funciona como una
suerte de pararrayos superior que, sin dejar de insertarse como
un árbol en el tiempo presente, capta las magnéticas
energías que vienen del pasado remoto lo mismo que del lejano
porvenir utópico. El prisma de los tiempos, su difícil
simultaneidad, su extraño anudamiento a través de
distintos pasajes de la escritura, no son sino una prueba de los
alcances de la metametáfora. Son una demostración
de su efectividad, de su enorme poder aglutinador.
Pese a las apariencias,
el tránsito de la vanguardia marxista a la surrealista no
tuvo lugar en Paz sin la mediación de un conflicto. De hecho,
Paz se incorpora al surrealismo de una manera tardía, y no
sin antes desdecirse, de algún modo, de sus propios ataques
al surrealismo. Ni la presencia de Antonin Artaud en México
en 1936, ni la de Breton en 1938, ni la exposición surrealista
que se montó aquí mismo hacia 1940, llamaron su atención
hacia el movimiento. Si se percató de estos acontecimientos,
está claro que no despertaron su simpatía. El Octavio
Paz de los años treinta, el de la revista Taller,
está demasiado encaramado entonces en la cresta del izquierdismo
cardenista como para buscar un acercamiento con el surrealismo.
Por eso, lo que uno encuentra en los escritos del Paz de esa época
es un no disimulado desdén, cuando no una franca actitud
de rechazo ante el movimiento creado por Breton.
La hostilidad hacia
el surrealismo no tiene por qué extrañarnos. Ya Vicente
Huidobro, como adelantado del creacionismo, había reprochado
al movimiento su dependencia del pensamiento de Freud, estigma psicologista
que no podía pasarse fácilmente por alto. "El
surrealismo actual sostenía Huidobro no es más
que el violoncelo del psicoanálisis." Quizá lo
que más fastidiaba a Huidobro no era tanto la servidumbre
ante la disciplina del inconsciente, como que ésta se ensañara
precisamente con los poetas, con los pequeños dioses que
debían crear de nuevo, desde un principio, la realidad. Por
eso agregaba, condolido, en su lenguaje de metáforas: "Los
hijos del fuego se han convertido en los hijos de Freud." (Véase
Vicente Huidobro, Poesía y prosa. Antología.)
El joven Paz comparte
con Huidobro esta desconfianza ante el surrealismo. En uno de sus
artículos de principios de los años cuarenta, Paz
mencionaba con no oculto desdén "los pobres balbuceos
del inconsciente", al tiempo en que se refería con expresión
todavía más dura a "las revueltas aguas negras
del inconsciente". (Remito al interesante libro de Paz, Primeras
letras.) Este artículo, publicado en 1943 en la revista
El Hijo Pródigo, tiene su antecedente más remoto
en lo que algunos consideran el primer texto ensayístico
de Paz, que se remonta doce años atrás, y en el que
se encuentra, así sea de paso, otro ataque al surrealismo,
al que se califica como un movimiento "simplemente doctrinario".
En una encuesta de la revista Romance, Paz formula las nuevas
razones de su desprecio como escritor. Ahí se referirá
al surrealismo como un movimiento que "ha caído en la
literatura. Es decir, en un lenguaje hecho de lugares comunes".
Si bien en Taller no hay un artículo de Paz en torno
al movimiento, aparece ahí, siendo Paz director de la revista,
un despiadado ataque de Cardoza y Aragón que lo adelanta
todo desde el título: "Demagogos de la poesía".
Son, pues, como se ve,
doce años continuos de clara animadversión hacia el
surrealismo. En un texto reciente, Octavio Paz ha explicado las
razones de su distancia. Primero, una razón política:
la ruptura de Breton con el estalinismo, que se produce hacia 1930
(como se ha dicho, Breton se acerca entonces a la IV Internacional).
Ese mérito, lo confiesa Paz, "era para nosotros un demérito".
Segundo, una razón estética: "Creía-mos
de buena fe explica Paz que el movimiento había
sido superado." Dicho con otras palabras: habíamos
creído que el surrealismo había dejado de ser vanguardia.
Que se había quedado atrás, como otra más de
las manifestaciones del arte burgués. De modo muy semejante,
valga anotarlo, pensaba el poeta Elías Nandino, quien como
director de la revista Estaciones orquestó por los
años cincuenta una insistente campaña en contra del
movimiento. En un "Suplemento con estudio y antología
del surrealismo", aparecido en dicha revista, Nandino sostenía
categórico: "queramos o no, todo el que actualmente
ejerza el surrealismo, es un retrógrado".
Estas aclaraciones
recientes de Paz, por cierto, vuelven insostenible la tesis de Enrico
Mario Santí, para quien entre la poética de Taller
y la del surrealismo existía una "secreta coincidencia"
que todos intuían aunque no fuera declarada por nadie. La
filiación "oculta" de Taller, según
esto, era la del surrealismo; sólo que los postulados de
este movimiento, al estar asociados con la figura de un personaje
que había roto con el estalinismo, entonces dominante, no
podían ser reconocidos en cuanto tales. No hay necesidad
de echar mano de esta adhesión hermética cuando el
mismo Paz ha explicado las razones que le impedían a él
y a sus compañeros de entonces acercarse a las tesis del
surrealismo, al que consideraban, esto hay que subrayarlo, un movimiento
sobrepasado, una suerte de reliquia ideológica carente de
porvenir.
El giro radical se
produce en 1945. Paz se establece en París, en donde trabaja
de agregado cultural, e inicia su amistad con André Breton.
Su adhesión al surrealismo, como lo ha señalado muy
bien Jason Wilson en su excelente libro Octavio Paz. Un
estudio de su poesía, lleva, y para bien, las marcas
del tiempo. Quiere decir: de su propio tiempo. Después de
doce años de reticencia y animadversión, el encuentro
de Paz con el surrealismo se beneficia con los poderes de la duda.
Lo notable del caso es que Paz no asume el surrealismo en cuanto
tal. El surrealismo en el que él se reconoce no es el surrealismo
ortodoxo, el que durante más de diez años mereció
los dardos de su crítica, sino, por decirlo así, un
surrealismo laxo, modificado, de amplio espectro, limpio ya de molestos
particularismos. Como afirma Jason Wilson: "Paz ha abstraído
al surrealismo del tiempo y del contexto social, elevándolo
a actitud mental. Pudo hacerlo porque llegó tarde. Al separar
la teoría de la práctica, Paz pudo visualizar al surrealismo
como una constante eterna y universal, indiferente al tiempo y al
cambio."
Una
vanguardia a la medida
Borrar lo particular,
desdibujar lo concreto y, sobre todo, borrar las huellas del presente.
Instalar al surrealismo dentro de un contexto intemporal. Todavía
más: travestir su naturaleza. De vanguardia artística,
fechada en el tiempo, el surrealismo deviene "actitud espiritual",
"dirección del espíritu humano", "método
de búsqueda interior", e incluso, como llega a leerse
en su libro Corriente alterna, "un movimiento de liberación
total". Si bien se ve, se advertirá que el golpe maestro
de Paz, con el que pudo esquivar las críticas que se le hacían
en México, sobre todo en la década de los cincuenta,
consistió en esta universalización del surrealismo.
Pero esta universalización no es nada simple. No consiste
en un mero proceso de abstracción, como llega a sugerir Wilson.
De hecho, tal y como aflora en una lectura cuidadosa, lo que hace
Paz es abordar el surrealismo desde una perspectiva múltiple,
que por momentos puede parecer contradictoria, y que de hecho lo
es, pero que muestra por eso mismo una admirable riqueza (de matices,
de valoraciones) que no puede reducirse a una sola frase.
He dicho antes que la
metametáfora le permite a Paz ubicarse en la vertiente
de una triple temporalidad: el presente deja de existir sólo
como presente; se le confronta, y a menudo esto implica un drástico
ejercicio de la violencia, con un pasado tan remoto que se vuelve
inmemorial, esto es, que se convierte en mítico; pero se
le confronta también hacia adelante con un futuro imposible,
y por esto mismo inalcanzable, con ese tiempo después del
tiempo que se llama utopía. El tiempo del principio e, incluso,
de antes del principio, y el tiempo que viene después del
fin de los tiempos son las dos coordenadas (tanto más potentes
en cuanto inexistentes) que no dejan de incidir (y de insistir)
sobre el tiempo presente, provocando en él deformaciones
que de otro modo carecerían de explicación. La presencia
de esta óptica sugerente y al mismo tiempo distorsio-nada,
o cuando menos distorsionante, puede aclarar un poco la extremada
riqueza del pensamiento de Paz, y también, por qué
no decirlo, su extraordinario poder de seducción.
En 1954, de regreso
en México, Paz ofrece una conferencia acerca del surrealismo.
El texto, recogido en Las peras del olmo, muestra de cerca
el funcionamiento del prisma multitemporal en la prosa ensayística
del escritor. Después de admitir que una parte del surrealismo
ha degenerado en estilo, que se ha vuelto una manera, es decir,
una serie de fórmulas repetibles ad infinitum, al
gusto, por supuesto, de aquellos que huyen de toda innovación,
Octavio Paz esboza una ubicación del movimiento. Dice así:
"El surrealismo es uno de los frutos de nuestra época
y no es invulnerable al tiempo; pero, asimismo, la época
está bañada por la luz surrealista y su vegetación
de llamas y de
piedras preciosas ha cubierto todo su cuerpo. Y no es fácil
que esas cicatrices
desaparezcan sin que
desaparezca la época misma. Esas cicatrices forman una constelación
de obras a las que no es posible renunciar sin renunciar a nosotros
mismos."
Imposible no advertir
la astucia de la argumentación. Para disculpar lo que él
mismo ya había criticado desde la época de Romance,
esto es, la caída del surrealismo en la literatura, o sea,
en los lugares comunes, Paz acepta que el surrealismo es
uno de los frutos de nuestra época, y que no es invulnerable
al tiempo. Me interesa ahora la segunda expresión: si no
es invulnerable al tiempo, entonces el movimiento está
sujeto a corrosión. Es esta corrosión la que explica
que el surrealismo degenere en literatura, en estilo, en
receta, en manierismo. El tiempo vulgar, el tiempo del presente,
reviste aquí un claro acento peyorativo. El presente es la
acumulación de novedades que de tanto repetirse se volvieron
recetas. En otras palabras: el presente está hueco. Es un
hoyo negro por el que todo desaparece. Por eso sólo el marco
privilegiado de los tiempos míticos del origen y/o del porvenir
pareciera postular Paz puede resarcirnos del mal, y
salvarnos de la corrosión temporal.
En este momento, tiene
uno la impresión de que Paz está a punto de asumir
al surrealismo como un acontecimiento histórico, determinado.
Quiero decir: como un hecho concreto, fechable, ubicable en el tiempo.
El surrealismo, así entendido, sería una de las vanguardias
artísticas del siglo XX, producto de
la conmoción cultural por la que atravesó Europa en
las primeras décadas del siglo, con una guerra mundial y
varios descubrimientos decisivos de por medio, entre ellos, los
de Freud. Pero no, no hay tal. Lo que Paz quiere decir es que el
surrealismo, al ser "uno de los frutos de nuestra época",
es, por refracción, un fruto del cual la época ya
no podría prescindir. Así, de modo sutil, más
que fechar al surrealismo, lo que hace es reconocerle una duración,
una permanencia, la permanencia de esas obras a las que, por su
importancia o su trascendencia, "no es posible renunciar sin
renunciar a nosotros mismos".
Pero cuidado, el surrealismo
no se identifica con tales obras. Creerlo sería tanto
como reconocer que el surrealismo es sólo un movimiento literario,
una más de las vanguardias artísticas del siglo. Y
no, no es así. Por eso agrega Paz: "Sin embargo, el
surrealismo traspasa el significado de estas obras porque no es
una escuela (aunque constituya un grupo o secta), ni una poética
(a pesar de que uno de sus postulados esenciales sea de orden poético:
el poder liberador de la inspiración), ni una religión
o un partido político. El surrealismo es una actitud del
espíritu humano. Acaso la más antigua y constante,
la más poderosa y secreta." (El subrayado es mío.)
Se comprende muy bien, en este orden de ideas, la ingeniosa respuesta
de Paz a una pregunta de Carlos Monsiváis. Cuando éste
le pregunta: "¿Cuál es la vigencia actual del
surrealismo?", Paz contesta, rompiendo de modo definitivo la
redundancia contenida en la pregunta: "Yo no creo que el surrealismo
haya tenido nunca vigencia. La función del surrealismo, a
mi juicio, es no ser vigente. Ser la otra voz, la
otra cara de la sociedad. La voz secreta, subterránea, la
voz disidente. El surrealismo es la enfermedad constitucional, la
enfermedad congénita de la sociedad occidental. Su enfermedad
sagrada." (Véase Carlos Monsiváis, "Octa-vio
Paz en diálogo", Revista de la Universidad, volumen
XXI.)
De un golpe, y se trata
de un golpe maestro, por cierto, Paz se coloca por encima de todos
sus detractores. Mejor dicho: por encima de los detractores del
surrealismo. Despojado de sus características concretas,
despojado de las notas particulares que lo constituyen, el surrealismo
se convierte en algo tan antiguo como el hombre mismo, o cuando
menos, como la civilización occidental. Las sectas gnósticas
de la antigüedad, la herejía cátara, los grupos
de iluminados del Renacimiento y esa pléyade de soñadores
geniales que apareció durante la época del romanticismo,
no son sino una parte de esa misma actitud del espíritu
humano que Paz encuentra en el surrealismo. Los románticos,
parece decir Paz, son los surrealistas del siglo
XIX, así como los herejes cátaros lo son de
los primeros siglos del cristianismo. Imposible datarlo. El surrealismo
es inmemorial. Ha existido siempre y volverá a aparecer cada
vez que se haga necesario. ¿Quién, pues, en su sano
juicio, podría oponerse a esta "tradición oculta
que desde la antigüedad no ha cesado de inquietar a los más
altos espíritus"? ¿Quién podría
ser tan necio como para renunciar a esta aventura interior, a este
definitivo redescubrimiento de nosotros mismos?
Escritura
automática, socialismo mediático
El tema de la escritura
automática se presta a semejantes oscilaciones. Bien
a bien, Paz nunca comulgó con esta técnica. En su
importante artículo "Poesía de soledad y poesía
de comunión" (1943), en una referencia que se antoja
inequívoca, el autor sostenía, en términos
que lo acercan bastante a la poética de Xavier Villaurrutia:
"Para revelar el sueño de los hombres es preciso no
renunciar a la conciencia ni a la razón". Esta descalificación,
por claras razones de política cultural, no podría
aparecer en el artículo sobre el surrealismo de Las peras
del olmo. En este texto el pensamiento de Paz ha adquirido ya
una complejidad maestra. Por eso los métodos surrealistas,
entre ellos el automatismo, adquieren un rango extraliterario, que
los salva del manierismo y del lugar común. Gracias a la
fuerza aglutinante de la metametáfora, se conectan
con una realidad superior. "No eran, ni son dice Paz
ejercicios gratuitos de carácter estético. Su propósito
es subversivo: abolir esta realidad que una civilización
vacilante nos ha impuesto como la sola y única verdadera."
El sol negro y reverberante
de la utopía, de lo que todavía no existe, empieza
a gravitar sobre nuestro concepto de las técnicas surrealistas.
Abolir la realidad castradora, abolir también el egotismo
de occidente. La figura privilegiada del poeta está a punto
de ser desplazada. El automatismo psíquico demuestra que
el ego es insustancial: en su lugar lo que aparece es un magma infinito.
Signos que llevan a otros signos, figuras que remiten a otras figuras,
todas evanescentes, chisporroteo de imágenes que corren como
un río, y que pueden prescindir del sujeto, esa antigualla
filosófica y jurídica. Como dice Paz en este mismo
artículo: "La sistemática destrucción
del yo... se realiza a través de diversas técnicas.
La más notable y eficaz es la escritura automática;
o sea: el dictado del pensamiento no dirigido, emancipado de las
interdicciones de la moral, la razón o el gusto artístico."
Hasta aquí,
se diría que la nostalgia del futuro es la que dicta estas
observaciones. La utopía surrealista ha vencido las resistencias,
el sujeto empieza a desmoronarse mientras el automatismo psíquico
hace de las suyas e instaura el reino de la libertad, del deseo
liberado. Pero poco después, sin necesidad de recurrir siquiera
a un punto y aparte, Paz cambia la perspectiva. Introduce, de plano,
sus propias reservas. Se diría que le gana lo que los freudianos
llamarían el principio de realidad. Abandona, pues, la ensoñación
surrealista para sostener: "Nada más difícil
que llegar a este estado de suprema distracción. Todo se
opone a este frenesí pasivo, desde la presión del
exterior hasta nuestra propia censura interior y el llamado espíritu
crítico."
El sórdido presente,
la realidad real, a la vez que las limitaciones del sujeto, exhiben
la insalvable dificultad. Lo que Paz llama la presión
del exterior, los poderes anónimos del contexto, así
como la intervención insidiosa de una instancia freudiana,
la autocensura, a la que de modo elusivo también se
le conoce como espíritu crítico, impiden la
realización efectiva de la técnica surrealista. Estas
razones, de índole "objetiva", y frente a las cuales
nada se puede hacer, por lo visto, aparecen confirmadas en el ámbito
de la vivencia de quien escribe. Así, Octavio Paz puede invocar
su experiencia personal, sincerándose con sus lectores para
explicarles qué es lo que hay en esta experiencia de irrealizable,
así como para conducirlos a un nuevo pasaje dominado por
el futuro utópico, al que se entiende de plano bajo la especie
de aquello que no puede tener lugar. Lo cito: "Tal vez no sea
impertinente decir aquí lo que pienso de la escritura
automática, después de haberla practicado algunas
veces. Aunque se pretende que constituye un método experimental,
no creo que sea ni lo uno ni lo otro. Como experiencia me parece
irrealizable, al menos en forma absoluta. Y más que método
la considero una meta: no es un procedimiento para llegar a un estado
de perfecta espontaneidad o inocencia sino que, si fuese realizable,
sería ese estado de inocencia."
Adviértase el
juego de los tiempos. Tiempo presente: la escritura automática
le parece una experiencia irrealizable. Tiempo hipotético,
tiempo del futuro: si fuera practicable, sería equivalente
al estado de inocencia al que intenta desesperadamente remitir.
En consecuencia, y para cerrar el círculo, la escritura
automática sólo será practicable en una
sociedad utópica, justo aquella que logre conciliar a los
hombres con sus propios deseos.
Prosigue Paz: "Ahora
bien, si alcanzamos esa inocencia si hablar, soñar,
pensar y obrar se han vuelto ya lo mismo, ¿a qué
escribir? El estado a que aspira la escritura automática
excluye toda escritura..." (!)
La compulsión
del futuro exhibe aquí un descarnado nihilismo. En esa sociedad
del futuro la actividad de escribir perderá su razón
de ser. Hablar será crear; gesticular será crear.
Pensar será crear. El hombre, devenido poema, no necesitará
ya de la torpe escritura para expresar lo que hay en él.
Paradojas del devenir, en el futuro utópico no necesitaremos
poemas porque la vida misma, instantánea, espontáneamente,
será poética. Y si no habrá poemas (ni escritura,
en sentido estricto), entonces tampoco será el caso de utilizar
la llamada escritura automática. Impracticable en el presente
lo mismo que imposible en el futuro, la técnica del automatismo
está condenada a existir en el limbo, o sea, como una mera
idea poética que no habrá de realizarse jamás.
Paz insiste en mostrar
la imposibilidad de la escritura automática, y para
ello recurre, aunque sin mencionar a Freud, al aparato psíquico
postulado por él. Veamos el argumento: "...practicarla
efectivamente y no como ejercicio psicológico, exigiría
haber logrado una libertad absoluta, o lo que es lo mismo, una dependencia
no menos absoluta: un estado que suprimiría las diferencias
entre el yo, el superego y el inconsciente. Algo contrario a nuestra
naturaleza psíquica." Brillante tour de force
no exento de sarcasmo. Freud, uno de los inspiradores del surrealismo,
sirve para mostrar la imposibilidad de su técnica predilecta.
De paso, una de sus hipótesis de trabajo, la del aparato
psíquico, adquiere carta de legitimación: se convierte
a la letra en naturaleza psíquica, esto es, en una
entidad fija e invariable, a la que los aconteceres de la historia
(supuestamente) no podrían modificar.
Que no podrían
y que sí. El pensamiento de Paz oscila a cada momento. No
se trata de una vacilación, se trata de un cambio de perspectiva.
Este cambio es constante y constituye su característica más
pasmosa. Por eso, después de negar con tremendos argumentos
la practicabilidad de la escritura automática, aporta una
nueva sorpresa, parece desandar el camino, para asegurar,
ahí mismo, en plan de franca recuperación: "...ningún
escritor negará que casi siempre sus mejores frases, sus
imágenes más puras, son aquellas que surgen de pronto
en medio de su trabajo como misteriosas ocurrencias." No queda
aquí el asunto. Como salvando, así sea de modo precario,
el valor de la técnica surrealista, Paz agrega: "Más
allá de su dudoso valor como método de creación,
la escritura automática puede compararse a los ejercicios
espirituales de los místicos y, sobre todo, a las prácticas
del budismo Zen: se trata de llegar a un estado paradójico
de pasividad activa, en el que el yo pienso es sustituido
por un misterioso se piensa."
Valorar, desechar y
volver a valorar, así sea con muchas reservas y sobre la
base de un pensamiento milenario, como en este caso sería
el del budismo Zen, he aquí un modus operandi del
pensamiento que no puede menos que despertar nuestra admiración.
Si Freud sirve para "atascar" la escritura automática,
para demostrar su imposibilidad, el budismo Zen nos muestra que
ella es utilizable, así sea con muchas limitaciones. Notable
giro discursivo que anuncia un tránsito decisivo en la escritura
de Paz. Las insuficiencias (aunque quizá sería mejor
decir, los excesos) de la vanguardia, serán compensadas por
un nuevo emergente: la transvanguardia. El budismo Zen, el
tantra yoga, el hinduismo en general, y cuando no el hinduismo,
el sentido común, ese fiel ayudante que nunca falla, vienen
a corroborar las verdades del texto, justo aquellas que no podían
subsistir ante las extremosas posiciones del vanguardismo.
Este giro discursivo
puede observarse también en El arco y la lira. El
radicalismo revolucionario que domina en los primeros pasajes es
suplantado, poco a poco, y para sorpresa nuestra, por la intemporalidad
oriental. La radicalidad de Paz, en un principio, no deja lugar
a dudas: "El surrealismo afirma no se propone tanto
la creación de poemas como la transformación de los
hombres en poemas vivientes." Esto se consigue gracias a una
serie de operaciones en las que juega un papel principal la escritura
automática. En efecto, como sostiene Paz en un pasaje de
El arco y la lira: "Entre los medios destinados a consumar
la abolición de la antinomia poeta y poesía, poema
y lector, tú y yo, el de mayor radicalismo es la escritura
automática."
Por si esto nos pareciera
poco, Paz agrega: "La escritura automática es el primer
paso para restaurar la edad de oro, en la que pensamiento y palabra,
fruto y labios, deseo y acto son sinónimos. La lógica
superior que pedía Novalis es la escritura automática:
yo es tú, esto es aquello".
Pero los reparos, según
el hábito descrito antes, no tardan en aparecer. Suena la
hora de la corrección apaciguadora. Del radicalismo utópico
se pasa, sin transiciones, a lo que podría llamarse, a falta
de mejor expresión, un radicalismo bien temperado.
La escritura automática, en cuanto tal, está
erizada de dificultades, exige alcanzar un complicado estado de
pasividad activa, semejante a las técnicas de meditación
espiritual conocidas en el oriente. Por eso advierte Paz: "La
tensión que se produce es insoportable y sólo unos
cuantos logran llegar, si es que llegan, a ese estado de pasiva
actividad." Obsérvese que en la lógica
de Paz, unos cuantos,
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Acta
de defunción de André Breton.
Libelo, Paris, 1924
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puesto que son bien
pocos, pronto pueden equivaler a ninguno. Es la lógica
de la gradación y del sorpresivo cambio cualitativo. Por
eso añade, ahí mismo, sin solución de continuidad
y adoptando una actitud francamente despotenciadora: "La escritura
automática no está al alcance de todos. Y aun diré
que su práctica efectiva es imposible, ya que supone
la identidad entre el ser del hombre individual y la palabra, que
es siempre social."
Aunque la formulación
es parecida a la que encontramos en Las peras del olmo, aquí
el ensayista introduce variantes de indudable interés. Si
en el libro citado la escritura automática abdica en favor
del habla, que se vuelve inmediatamente poesía, aquí
la escritura desaparece para que se instaure el reino del mutismo,
esto es, el de la ausencia de palabra. Leemos: "La escritura
automática es un método para alcanzar un estado de
perfecta coincidencia entre las cosas, el hombre y el lenguaje;
si ese estado se alcanzase, consistiría en una abolición
de la distancia entre el lenguaje y las cosas y entre el primero
y el hombre. Pero esa distancia es la que engendra el lenguaje;
si la distancia desaparece, el lenguaje se evapora. O dicho de otro
modo: el estado al que aspira la escritura automática no
es la palabra sino el silencio." (!)
En seguida, Paz alude
a lo que él llama "el fracaso revolucionario del surrealismo".
Se trata de un "fracaso histórico". Fue imposible
la fusión pretendida entre arte y revolución. Muy
bien. Pero esto no quiere decir que podamos enterrar al surrealismo
como si nada hubiera pasado. "No se puede enterrar al surrealismo
reivindica Paz porque no es una idea sino una dirección
del espíritu humano." Para resistir a las críticas
de la historia, nada mejor que colocar al surrealismo por encima
de las vicisitudes de la historia. Sí, porque historia es
decir como se vio antes "manoseo" del estilo,
o mejor dicho, conversión del surrealismo en estilo. Desgaste
de la temporalidad. Afirma Paz: "La decadencia innegable del
estilo poético surrealista, transformado en receta, es la
de una forma de arte determinada y no afecta esencialmente a sus
poderes últimos." Y agrega, en un nuevo giro orientalista
que convierte a la escritura automática en una suerte de
técnica emparentada con la meditación: "El surrealismo
puede crear nuevos estilos, fertilizar los viejos, incluso, prescindir
de toda forma y convertirse en un método de búsqueda
interior."
Como se ve, a fin de
cuentas, y si dejamos atrás las deslumbrantes frases del
principio, en las que se asegura la radicalidad de la empresa bretoniana,
de la escritura automática no queda sino un puro juego de
ilusionismo. En efecto, si la escritura automática puede
prescindir de toda forma (que es tanto como pretender que
la escritura puede prescindir de la escritura, o que puede hablarse
de la huella sin que exista la huella, absurdo insostenible sobre
todo después de los escritos de Derrida), entonces es posible
equipararla con las técnicas de meditación caras al
tantrismo o al budismo Zen. Después de los juegos de pirotecnia,
el retorno de lo Mismo. Se da una vuelta completa, se regresa al
principio de realidad. De otro modo: después de la vanguardia,
la transvanguardia. El hinduismo o el sentido común. En todo
caso, una actitud que tiene que ver no con la destrucción,
característica de las vanguardias de la primera época,
sino con la afirmación de lo positivo, si se permite la redundancia.
Lo anterior puede confirmarlo una lectura de Los signos en rotación,
el epílogo que Paz añadió a la segunda edición
de El arco y la lira hacia 1967. Después de largas
incursiones en el radicalismo de una nueva escritura en el que incluso
los blancos de la página se tornan significantes, volviéndose
ellos mismos otra forma de la escritura, Paz fija de modo
abrupto sus distancias con respecto al elemento destructivo
de las vanguardias para anteponer un argumento conservador: "La
destrucción del sentido tuvo sentido en el momento de la
rebelión dadaísta y aún podría tenerlo
ahora si entrañase un riesgo y no fuera una concesión
más a la publicidad. En una época en que el sentido
de las palabras se ha desvanecido, estas actividades no son diversas
a las de un ejército que ametrallase cadáveres. Hoy
la poesía no puede ser destrucción sino búsqueda
del sentido." (Véase, Octavio Paz, Los signos en
rotación.)
De otra suerte no se
explica que Paz corone su argumentación con este enunciamiento
de imposibilidad absoluta, que confina la escritura automática
al limbo de los fantasmas, esos seres que penan porque buscan la
encarnación que les está negada por principio: "La
escritura automática, la edad de oro, la noche que es un
festín eterno, el mundo de Shelley y Novalis, de Blake y
Hölderlin, no está al alcance de los hombres".
Uno se restriega los ojos y vuelve a leer. La declaración
es demasiado tajante, pero ahí está, imposible esquivarla:
no está al alcance de los hombres. Entonces, se pregunta
uno, ¿al alcance de quién? ¿Shelley y Novalis
querían como interlocutores a los númenes? ¿Blake
y Hölderlin escribían acaso para los dioses?. ¿Y
quién ha dicho que los dioses están allá, mucho
más allá, en una suerte de transmundo inalcanzable?
Al abrir una zanja infranqueable entre la imaginación creadora
y las posibilidades del sujeto, Paz declara la bancarrota y
también, la inutilidad de los sueños. Es, por
decirlo así, el quiebre de la imaginación, el quiebre
del romanticismo, la muerte del impulso creador. O mejor, para decirlo
en términos de lo que aquí inmediatamente nos interesa:
el quiebre de la escritura automática. Los fantasmas
bretonianos se apaciguaron y se convirtieron en lo que siempre habían
sido: un montón de cenizas. Fuegos fatuos.
Esta revisión
nos ha mostrado a un Octavio Paz increíblemente mutante,
que se escurre sin cesar y al cual es difícil mantener en
un solo sitio, digamos, en el sitio de las definiciones. Si impresiona
el radicalismo de sus propuestas, la lectura detallada de los textos
nos muestra que se dan ahí, en su interior, una serie de
posiciones contradictorias entre sí. Paz está valorando
siempre de acuerdo con un prisma que arroja luces múltiples.
Y, para sorpresa nuestra, el último rayo de luz arroja una
sombra conservadora. Una sombra de conformismo. No la revulsión
freudiana, sino el quietismo Zen. No la radicalidad (¿insoportable?)
de la escritura automática, sino la franca declaración
de su imposibilidad. No el surrealismo como una vanguardia radical,
sino como una pura dirección del espíritu, como una
técnica de meditación interior emparentada con el
budismo. No la concreción del tiempo presente, sino la sabiduría
de milenios, lo que permanece inmutable a través de la historia,
más allá de conflictos y deserciones. ¿Para
qué agitarse? Mejor nos quedamos como estamos. Tiene uno
que darle la razón a Jorge Aguilar Mora cuando, en la implacable
disección que realiza en su libro, La divina pareja. Historia
y mito en Octavio Paz, sostiene: "No hay discriminación
en este trayecto, no hay selección, no hay una verdadera
elección vital, no hay un verdadero eterno retorno: en la
obra de Paz todo regresa, regresa todo idéntico, regresan
las negaciones, regresa lo que niega la vida, regresa la afirmación,
regresa la disidencia, regresa el conformismo y el conservadurismo,
es un eterno retorno pero cíclico, previsible a lo largo
de la trayectoria de estos últimos años."
Evodio Escalante, "La
vanguardia requisada", Fractal
n° 4, enero-marzo,
1997,año 1,volumen II, pp. 67-87.
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