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Con la voz entrecortada, se dirigen de tú a tú [tutoientt] al otro que guarda silencio; lo invocan sin circunloquios, lo convocan, lo saludan e, incluso, se confían a él. Esta necesidad no emana tan sólo del respeto a las convenciones ni es simplemente una parte de la retórica de nuestra oración. Se trata, más bien, de atravesar con el lenguaje ese punto en el que nos quedamos sin palabras y debido a que todo lenguaje que vuelve al yo, al nosotros, parece inapropiado de dirigirse hacia una reflexión que retorne a la comunidad agobiada por la pena, para su consuelo o su duelo, y hacia lo que se llama en una expresión confusa y terrible "la labor del duelo". Cuando se ocupa sólo de sí mismo, ese lenguaje corre el riesgo, en esta inflexión, de alejarse de lo que es aquí nuestro mandato el mandato entendido como honestidad o rectitud [droituret]: hablar directamente, dirigirse al otro, hablar para el otro, hablar al que uno ama y admira antes de hablar de él. Decir adieu a él, a Emmanuel, y no tan sólo recordar lo que nos enseñó acerca de un cierto Adieu.
La palabra droiture "honestidad" o "rectitud" es otra palabra que empecé a escuchar y aprender de manera distinta cuando la escuché en boca de Levinas. De todos los momentos en los que habla sobre la rectitud, el que primero me viene a la mente es una de sus Cuatro lecturas talmúdicas;** ahí la rectitud nombra lo que es, como él dice, "más fuerte que la muerte". Y abstengámonos de buscar en lo que se dice que es "más fuerte que la muerte" un refugio o una coartada, un consuelo más. Para definir la rectitud, Levinas explica, en su comentario sobre el Tractate Shabbath, que la conciencia es la "urgencia de una destinación que lleva al Otro y no un eterno regreso al yo",
una
inocencia sin ingenuidad, una rectitud sin estupidez, una absoluta
rectitud que es también una autocrítica absoluta,
que se lee en los ojos del que es el objetivo de mi rectitud y
cuya mirada me cuestiona. Es un movimiento hacia el otro
que no regresa a su punto de origen en la forma en que regresa
una desviación, incapaz como es de trascendencia: un movimiento
más allá de la ansiedad y más fuerte que
la propia muerte. Esta rectitud se llama Temimut, la esencia
de Jacob. (QLT, p. 105.)
Meditaciones
como ésta pusieron en marcha como lo hicieron otras
meditaciones, aunque cada una de ellas en forma muy particular
los grandes temas que el pensamiento de Levinas nos ha revelado:
el de la responsabilidad, en primer lugar, pero la responsabilidad
"ilimitada" que excede y precede a mi libertad, el de
un "sí incondicional", como lo dice en las
Cuatro lecturas talmúdicas, un "sí
más antiguo que el de la inocencia espontánea",
un sí apegado a esta rectitud que significa "fidelidad
original a una alianza indisoluble". (QLT, pp. 106-8; 49-50.)
Las palabras finales de esta lección regresan, por supuesto,
a la muerte; lo hacen precisamente para no dejar que la muerte diga
la última palabra, o la primera. Nos recuerdan un tema recurrente
en lo que fue una paciente meditación acerca de la muerte,
que siguió el camino contrario a la tradición filosófica
que va de Platón a Heidegger. Antes de decir lo que debe
ser el à-Dieu, otros textos hablan de la "rectitud
que permanece hasta el final en el rostro de mi prójimo"
como la "rectitud de una exposición a la muerte, sin
defensa alguna".***
No puedo
encontrar, ni siquiera desearía tratar de encontrar las palabras
precisas que den el justo valor a la obra de Emmanuel Levinas. Es
tan vasta que sus orillas ya no se pueden ver, y habría que
empezar por aprender de él y de Totalidad e infinito,
por ejemplo, cómo pensar lo que es una "oeuvre"
u "obra" y lo que es la fecundidad. Además,
no cabe la menor duda, ésta sería una tarea de siglos
de lectura. Hoy, más allá de Francia y Europa observamos
día a día incontables indicios de esto en un número
creciente de publicaciones, traducciones, cursos, seminarios, conferencias
las repercusiones de su pensamiento han cambiado el curso de la
reflexión filosófica de nuestro tiempo, así
como de la reflexión sobre la filosofía: sobre
qué es lo que la relaciona con la ética o, según
otra idea de la ética, con la responsabilidad, la justicia,
el Estado y, por lo demás, con otra idea del orden, una idea
que sigue siendo más actual que cualquier innovación,
porque precede absolutamente al rostro del Otro.
Sí.
Ética antes y más allá de la ontología,
del Estado o de la política, pero también ética
más allá de la ética. Recuerdo que un día
en la rue Michel Ange, durante una de esas conversaciones
iluminadas por la claridad de su pensamiento, la generosidad de
su sonrisa, el humor sutil de sus elipses, que recuerdo con tanto
aprecio, me dijo: "Sabes, con frecuencia se habla de la ética
para describir lo que yo hago, pero lo que finalmente me interesa
no es la ética en sí, sino lo divino, la divinidad
de lo divino". Ahí pensé en una separación
singular, la separación elemental del velo que está
dado y ordenado por Dios [donné, ordonnét];
el velo confiado por Moisés al inventor o al artista, que
no al tejedor; el velo que separa lo santo de lo santo en
el santuario. También pensé en cómo otra de
las Lecciones talmúdicas precisa la necesidad de distinguir
entre el carácter sagrado y la santidad, es decir, la divinidad
del otro, la santidad de la persona, que es, como Levinas lo dijo
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Emmanuel
Levinas
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alguna vez a Shlomo
Malka, "más santa que una tierra, incluso una tierra
santa, pues al encarar una afrenta que se hace a una persona, esta
tierra aparece en su desnudez revelándose tan sólo
como piedra y madera". (Les Nouveaux Cahiers 18, pp.
1-8.)
Esta meditación
acerca de la ética y la trascendencia de lo santo con respecto
a lo sagrado, es decir, con respecto al paganismo de las raíces
y de la idolatría del lugar se volvió, por supuesto,
indisociable de la reflexión incesante sobre el destino y
la idea de Israel ayer, hoy y mañana. Dicha reflexión
consistió en cuestionar y reafirmar el legado no sólo
de la tradición bíblica y talmúdica, sino también
de la aterradora memoria de nuestro tiempo. Esta memoria es la que
aquí dicta cada una de mis oraciones, ya sea de cerca o de
lejos, incluso sabiendo que Levinas protestaba de vez en cuando
contra ciertos abusos autojustificatorios a los que esa memoria
y la referencia del Holocausto han dado pie.
Más allá
de las acotaciones y las preguntas, quisiera simplemente agradecer
a alguien cuyo pensamiento, amistad, confianza y "bondad"
(y doy a la palabra bondad todo el significado que se le da en las
últimas páginas de Totalidad e infinito ) han
sido para mí, como para tantos otros, una fuente viva; tan
viva y constante que no puedo pensar lo que hoy le está pasando
a él o me está pasando a mí. Me refiero a esta
interrupción, a esta respuesta sin-respuesta que, para mí,
nunca llegará a su fin mientras yo esté vivo.
La no-respuesta: sin
duda recordarán que en el notable curso que impartió
entre 1975 y 1976 (hace exactamente veinte años) sobre La
muerte y el tiempo, allí donde define la muerte como
la paciencia del tiempo y se entrega a un encuentro enorme, crítico
y lleno de nobleza con Platón, Hegel y, particularmente,
con Heidegger, Levinas define una y otra vez la muerte la
muerte que "encontramos" ... "en el rostro del Otro"
como la no respuesta; dice: "es la sin-respuesta".
Y más adelante: "Hay aquí un final que siempre
tiene la ambigüedad de una partida sin retorno, de un llegar
a su fin, pero también de la conmoción (¿es
realmente posible que esté muerto?) de la no-respuesta y
de mi responsabilidad".****
La muerte: en primer
lugar, no la desaparición ni el no ser ni la nada, sino una
cierta experiencia para el sobreviviente de la "sin-respuesta".
Tiempo atrás, Totalidad e infinito ya había
cuestionado la interpretación tradicional "filosófica
y religiosa" de la muerte como "el paso a la nada"
o "el paso a otra existencia". Identificar la muerte con
la nada es lo que le gustaría al asesino, como Caín
por ejemplo, que piensa Levinas debe haber tenido esa
noción de la muerte. Sin embargo, inclusoesta nada se presenta
como una "suerte de imposibilidad" o, más precisamente,
como una interdicción. El rostro del Otro me prohibe matar;
me dice: "no matarás", incluso si esta posibilidad
es el supuesto de la prohibición que la hace imposible. Esta
pregunta sin respuesta es irreductible, primordial, como la prohibición
de matar, más antigua y decisiva que la alternativa de "ser
o no ser", que no es ni la primera ni la última pregunta.
"Acaso ser o no ser no sea la pregunta par excellence
", dice otro de sus textos. (C, p. 151.)
De todo esto quiero
deducir que nuestra tristeza infinita debería alejarse de
lo que en el duelo la lleve hacia la nada, es decir, hacia eso que
sigue vinculando así sea de manera potencial
la culpa con el asesinato. Cierto, Levinas habla de la culpa del
sobreviviente, pero se trata de una culpa que no tiene falta ni
deuda; es, en realidad, una responsabilidad delegada, confiada
en un momento de emoción sin paralelo, el momento en que
la muerte se revela como la excepción absoluta. Para expresar
esta emoción sin precedentes, la que siento aquí y
comparto con ustedes, la que nuestro sentimiento de propiedad nos
impide exhibir, y para poner en palabras, sin ánimo de confesión
o exhibición personal, cómo esta emoción tan
singular se relaciona con la responsabilidad que nos es delegada
y confiada como un legado, permítanme, una vez más,
que sea Levinas el que hable. Aquel cuya voz hoy me gustaría
tanto escuchar cuando dice que la "muerte del otro" es
la "primera muerte", y que "yo soy responsable del
otro en la medida en que es un mortal". Escuchemos el curso
de 1975 y 1976:
La muerte de alguien
no es, a pesar de lo que parecería ser a primera vista,
un hecho en sí (la muerte como un hecho empírico,
cuya sola presencia sugeriría su universalidad); no se
agota en esa forma. Alguien que se expresa en su desnudez el
rostro es de hecho alguien en la medida en que me busca,
en la medida en que se pone bajo mi responsabilidad: ahora debo
contestar por él, ser responsable de él. Cada gesto
del Otro es una señal dirigida hacia mí. Para regresar
a la clasificación esbozada anteriormente: mostrarse, expresarse,
asociarse, confiarse a mí. El otro que se expresa
está confiado a mí (y no existe deuda con respecto
al Otro porque lo que se debe no puede pagarse: nunca estaremos
a mano) [es más, se trata de una "obligación
más allá de toda deuda", porque el yo que es
lo que es, singular e identificable, sólo es a través
de la imposibilidad de ser sustituido, aun cuando es precisamente
ahí donde la "responsabilidad por el Otro", la
"responsabilidad del rehén" es una experiencia
de sustitución y sacrificio]. El Otro me individualiza
en esa responsabilidad que yo tengo de él. La muerte del
Otro me afecta en mi identidad como un yo responsable... constituido
por una responsabilidad imposible de describir. Es así
como soy afectado por la muerte del Otro; ésta es mi relación
con su muerte. Es desde ese momento, en mi relación, en
mi deferencia hacia alguien que ya no responde más, una
culpa del sobreviviente. (MT, pp. 14-15; cita entre paréntesis,
p. 25.)
Y un poco más
adelante:
La relación
con la muerte en su excepción y la muerte es, sin
importar su significado en relación con el ser y la nada,
una excepción a la vez que confiere a la muerte su
profundidad no es una visión, ni siquiera una aspiración
(ni una visión del ser como en Platón, ni una aspiración
hacia la nada como en Heidegger), una relación meramente
emocional, que se mueve con una emoción que no está
compuesta de las repercusiones de un conocimiento previo de nuestra
sensibilidad y nuestro intelecto. Es una emoción, un movimiento,
una inquietud hacia lo desconocido. (MT, pp. 18-19.)
Aquí el énfasis
se halla en lo desconocido. Lo desconocido no es el límite
negativo de alguna forma de conocimiento. Este no-conocimiento es
el elemento de amistad u hospitalidad que permite la trascendencia
del extraño, la distancia infinita del otro. "Desconocido"
es la palabra escogida por Maurice Blanchot para el título
de un ensayo, "Conocimiento de lo Desconocido", que dedicó
al que había sido, desde el momento de su encuentro en Estrasburgo
en 1923, el amigo, la amistad misma del amigo. Sin duda, para muchos
de nosotros, para mí ciertamente, la fidelidad absoluta,
la amistad ejemplar de pensamiento, la amistad entre Maurice
Blanchot y Emmanuel Levinas fue una gracia, un don; permanece como
una bendición de nuestros tiempos y, por más de una
razón, como una fortuna, es decir: una bendición para
quien tuvo el enorme privilegio de ser amigo de cualquiera de los
dos. Para escuchar hoy y aquí a Blanchot hablar para Levinas
y con Levinas, como yo tuve la fortuna de hacerlo en su compañía
un día de 1968, cito un par de líneas. Después
de nombrar lo que nos "cautiva" en el otro y de hablar
sobre un cierto "arrebato" (palabra utilizada con frecuencia
por Levinas para hablar de la muerte), Blanchot nos dice (Lentretien
infini, pp. 73-74):
No debemos perder
la esperanza en la filosofía. En el libro de Emmanuel Levinas
[Totalidad e infinito ] donde, me parece, la filosofía
de nuestro tiempo ha alcanzado, como nunca antes, la elaboración
más sobria y que cuestiona de nuevo, como cabría
esperarlo, nuestras formas de pensamiento e incluso nuestras dóciles
reverencias ante la ontología se nos invita a hacernos
responsables de lo que es, en esencia, la filosofía y aceptar,
con toda la intensidad y el rigor infinito que le son posibles,
la idea del Otro; es decir, la relación con el autrui.
Es como si encontráramos una nueva vertiente en la filosofía
y un salto que ella y nosotros mismos nos viéramos urgidos
a realizar.
Si la relación
con el otro presupone una separación infinita, una interrupción
ahí donde aparece el rostro, ¿qué sucede en
el momento en que esa interrupción surge de la muerte para
hacer un vacío todavía más infinito que la
separación anterior, una interrupción en el centro
de la interrupción misma?, ¿dónde y a quién
le sucede? No puedo hablar de esta agobiante interrupción
sin recordar, como muchos de ustedes sin duda lo hacen, la ansiedad
ante la interrupción que yo pude sentir en Emmanuel Levinas
cuando, al teléfono por ejemplo, parecía temer en
todo momento que se cortara la comunicación, temer el silencio
o la desaparición, la sin-respuesta del otro a quien llamaba
y a quien trataba de aferrarse con un "allo, allo"
después de cada frase y, en ocasiones, a la mitad incluso
de la frase.
¿Qué
pasa cuando un gran pensador se sumerge en el silencio, uno a quien
conocimos en vida, a quien leímos, releímos y también
escuchamos, de quien todavía esperábamos una respuesta,
como si dicha respuesta nos ayudara no sólo a pensar de otra
manera, sino también a leer lo que pensábamos que
ya habíamos leído de él, una respuesta que
se reservaba todo y tantas cosas más que creíamos
haber reconocido con su rúbrica? Esta experiencia con Emmanuel
Levinas, así lo he aprendido, es interminable, al igual que
todas las reflexiones que son fuente y origen; porque nunca dejaré
de empezar o empezar de nuevo a pensar en ellas como el fundamento
del comienzo renovado que me ofrecen, y volveré a descubrirlas
una y otra vez en casi cualquier tema. Cada vez que leo o releo
a Levinas me siento colmado de gratitud y admiración; colmado
por esa necesidad, que no es una limitación sino una fuerza
amable que obliga y nos obliga, por respeto al otro, a no deformar
ni torcer el espacio de pensamiento, sino a ceder ante la curvatura
heterónoma que nos relaciona con el otro en su completud
(o sea, con la justicia, como Levinas lo afirma en una formidable
y poderosa elipse: "la relación con el otro, es decir,
la justicia"), que responde a la ley que de esa forma nos convoca
a ceder ante la anterioridad infinita del otro en su completud.
Así llegó, al igual que esta convocatoria, a alterar
discreta pero irreversiblemente las ideas más poderosas del
fin del milenio, empezando por las de Husserl y Heidegger a quienes,
de hecho, Levinas introdujo en Francia hace ya sesenta y cinco años.
Este país que tanto apreciaba por su hospitalidad (y Totalidad
e infinito p. 305 no sólo muestra que "la
esencia del idioma es bondad", sino que "es amistad y
hospitalidad"), esta Francia le debe a él, entre otras
cosas, entre tantas contribuciones significativas, al menos dos
acontecimientos nodales del pensamiento, dos actos inaugurales que
hoy son difíciles de aquilatar, porque han sido incorporados
al cuerpo de nuestra cultura filosófica después de
haber transformado su paisaje.
Uno fue, para decirlo
brevemente, la primera introducción a la fenomenología
de Husserl, iniciada en 1930 con traducciones y lecturas interpretativas,
que irrigaría y fecundaría tantas corrientes filosóficas
francesas. Después, o mejor dicho al mismo tiempo, concibió
la introducción al pensamiento heideggeriano, que no fue
menos importante para definir la genealogía de muchos filósofos,
profesores y estudiantes franceses. Husserl y Heidegger a un mismo
tiempo a partir de 1930. Anoche releí unas páginas
de ese prodigioso libro que fue para mí, así como
para tantos otros antes que yo, la primera y mejor guía.
Escogí unas cuantas frases que han dejado su marca en el
tiempo y que nos permiten medir la distancia que nos ayudó
a cubrir. En 1930, un joven de veintitrés años dijo
en el prefacio que releí anoche y releí sonriendo,
sonriéndole: "El hecho de que en Francia la fenomenología
no sea una doctrina conocida para todos ha sido un problema constante
para escribir este libro". O al hablar de la "poderosa
y original filosofía" del "señor Martin
Heidegger, cuya influencia se siente a menudo en este libro",
el mismo libro recuerda que "el problema ocasionado aquí
por la fenomenología trascendental es un problema ontológico
en el sentido preciso que Heidegger le da a este término".
(Théorie de lintuition dans la phénoménologie
de Husserl, p. 7.)
El segundo acontecimiento,
el segundo cisma filosófico, diría yo el feliz traumatismo
que le debemos (en el sentido de la palabra traumatismo que
le gustaba recordar, el "traumatismo del otro" que viene
del Otro), es que al leer con cuidado y reinterpretar a los pensadores
que acabo de mencionar, pero también a tantos otros, filósofos
como Descartes, Kant y Kierkegaard, escritores como Dostoyevski,
Kafka, Proust, por mencionar algunos y difundía sus
palabras a través de publicaciones, cursos y lecturas (en
lÉcole Normale Israélite Orientale, en el Collège
Philosophique y en las universidades de Poitiers, Nanterre y La
Sorbonne), Emmanuel Levinas desplazó paulatinamente
el eje, la trayectoria e incluso el orden de la fenomenología
u ontología, que él había introducido en Francia
desde 1930, hasta lograr moldearlos con rigor y bajo una condición
inflexible y simple. Una vez más, Levinas cambió por
completo el paisaje sin paisaje del pensamiento, y lo hizo en una
forma digna, sin polémica, desde su interior, con fidelidad
y desde lo lejos, desde el acotamiento de un lugar completamente
diferente. Creo que lo que ocurrió ahí, en esta segunda
travesía, en esta segunda ocasión en que nos lleva
más lejos aún que en la primera, es una mutación
discreta pero irreversible, una de esas provocaciones singulares,
poderosas y raras que se dan en la historia y que, durante más
de dos mil años, han marcado de manera indeleble el espacio
y el cuerpo de lo que acaso es, o es diferente, a un simple diálogo
entre el pensamiento judío y las otras formas de pensamiento,
las filosofías de origen griego o, en la tradición
de un cierto "aquí estoy", los otros monoteísmos
abrahámicos. Esta mutación se dio a través
de él, a través de Levinas que fue consciente
de esa inmensa responsabilidad de una manera, creo yo, a la vez
transparente, confiada, tranquila y modesta, como un profeta.
Uno de los indicios
de las repercusiones de esta onda histórica de choque es
la influencia de su pensamiento más allá de la filosofía
y del pensamiento judío, en varios círculos de la
teología cristiana, por ejemplo. No puedo olvidar el día
en el que, durante una reunión del Congrès des Intellectuels
Juifs, mientras los dos escuchábamos la ponencia de André
Neher, Levinas volteó hacia mí y dijo con esa suave
ironía que nos era tan familiar: "Ves, él es
el judío protestante y yo soy el católico" agudo
comentario que invitaría a una larga y seria reflexión.
Todo lo que ha pasado
aquí ha pasado a través de él, gracias a él,
y hemos tenido la suerte no sólo de recibirlo en vida, de
él en vida, como una responsabilidad delegada por los vivos
a los vivos, sino también de debérselo mediante una
deuda cándida y amable. Un día, hablando con Levinas
sobre sus investigaciones acerca de la muerte y de lo que le debía
a Heidegger en el mismo momento en que se estaba alejando de él,
escribió: [La muerte y el tiempot] "Se distingue
del pensamiento de Heidegger y lo hace a pesar de la deuda que todo
pensador contemporáneo tiene con Heidegger una deuda
que con frecuencia nos pesa" (MT, p. 8). La buena fortuna
de nuestra deuda con Levinas es que nosotros podemos, gracias a
él, asumirla y afirmara sin pesar, en la entusiasta inocencia
de la admiración. Se trata del orden de este sí incondicional
del que hablé antes y frente al que se responde "sí".
Este pesar, mi pesar, es no habérselo dicho y no habérselo
demostrado suficientemente en el curso de los treinta años
durante los que, en la reserva del silencio, a través de
conversaciones breves y discretas, de escritos que eran demasiado
indirectos o cautos, nos dirigíamos con frecuencia entre
nosotros lo que yo ni siquiera llamaría preguntas o respuestas,
sino tal vez, para usar una más de sus palabras, una suerte
de "pregunta, oración", una pregunta-oración
que, como él dijo, es anterior incluso al diálogo.
Esta misma pregunta-oración que me encaminó hacia
él, acaso compartida en la experiencia del à-Dieu,
con la que empecé. El adiós del à-Dieu
no marca el fin. "El à-Dieu no es una finalidad",
dice, desafiando la "alternativa entre el ser y la nada",
que "no es final". El à-Dieu saluda al otro
más allá del ser en "lo que significa más
allá del ser la palabra gloria". "El à-Dieu
no es un proceso del ser; en el llamado soy de nuevo atraído
al otro ser humano a través del cual este llamado tiene significado:
al prójimo por el que debo temer" (C, p. 150).
Dije que no quería
simplemente recordar lo que él nos confió del à-Dieu,
sino en primer lugar decirle adiós, llamarlo por su nombre,
decir su nombre, su primer nombre, de la manera en que se le llama
en el momento en el que si ya no responde, es porque él responde
en nosotros, desde el fondo de nuestros corazones, en nosotros y
ante nosotros, en nosotros justo frente a nosotros, al llamarnos
y recordarnos: "à-Dieu".
Adieu, Emmanuel.
____________________________
*Oración fúnebre pronunciada durante el sepelio de
Emmanuel Levinas el 28 de diciembre de 1995.
_____________________________
**E. Levinas, Quatre lectures talmudiques. Se abrevia como
QLT. Las notas son de P. Brault y M. Naas (Critical Inquiry,
Autumn 1996).
__________________________
***J. Derrida se refiere a "La conscience non-intentionnelle",
publicado en Entre nous: Essais sur le penser-à-lautre,
p. 149. En lo sucesivo, abreviado como C.
________________________
****E. Levinas, Le mort et le temps, pp. 10, 13, 41-42. En
lo sucesivo, abreviado como MT.
Traducido
por José Manuel Saavedra e Isabel Correa
©Jacques Derrida.
Este texto forma parte de un libro en preparación sobre
problemas del otro compilado por E. Cohen, T. Bubnova y A. M.
Martínez de la Escalera.
Jacques Derrida, "Adieu",
Fractal
n° 4, enero-marzo,
1997,año 1,volumen II, pp. 11-24.
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