FRANCISCO SEGOVIA

En defensa del acento*

 

No importa cuán abstruso sea el tema [...], el poeta da nombre y habitación locales.

George Steiner

 

Aún dices "¿qué decís?"

Shakira

 

Hace años me presentaron en Londres a un inglés con el que estuve hablando un par de horas. Cuando nos despedíamos, me preguntó:

--¿Y tú de dónde eres? No pude pescar de dónde era tu acento.

--Soy mexicano. ¿No se nota?

--No --dijo él--. No hablas como mexicano... ni como ninguna otra cosa.

Me avergonzó escuchar esto, que sentí como un reproche por hablar como no habla nadie. Sin embargo, el comentario me hizo tomar conciencia de algo obvio: todos hablamos nuestra lengua materna con uno u otro acento, con uno u otro vocabulario; sólo un extranjero puede hablar neutralmente... Y así, en su orgulloso acento londinense, mi amigo remató: "A lo que más se acerca lo que tú hablas es al BBC English". Esta vez me hirió saber que yo hablaba un idioma falso y afectado, inventado por algún comité de corrección lingüística y luego exportado a las escuelas de inglés que pueblan el mundo.

En esos mismos días asistí brevemente a un curso de anglo-sajón. Aunque nunca logré entender una sola palabra de esa lengua, recuerdo bien la primera clase, que la maestra inició con una pregunta en apariencia simple: "¿Cuál ha sido la última gran transformación de la lengua inglesa?". Mis fugaces compañeros lanzaron uno o dos tiros en falso, y a continuación se asentó el silencio. La maestra al fin habló: "The Beatles"... ¿Que qué?... "Los Beatles --explicó-- volvieron aceptable el inglés de Liverpool; lo hicieron parte de la norma culta". O sea: le dieron al inglés de Liverpool una cara que plantar frente al inglés de la realeza, en el que se inspira el de la BBC. Los fab four no tuvieron que aprender a hablar "correctamente" antes de que esa misma realeza los condecorara por servicios prestados a la patria. Ya nadie podía decir que el inglés de John Lennon era menos inglés que el de Lady Di, o demasiado plebeyo para los castos oídos de la reina y su norma lingüística.

Recordé esta hazaña años después, viendo una traducción francesa de Borges, porque entonces me pareció que los Beatles habían logrado algo más que la aceptación de su variante lingüística: habían impedido que los editores franceses pudieran decir que habían traducido sus canciones "del liverpooleño", como ahora dicen que traducen a Borges "del argentino" y a Juan Rulfo "del mexicano", como si el mexicano y el argentino no fueran variedades de la misma lengua sino lenguas aparte... No se trata de una bagatela inocente. Con el pretexto de ahorrarse la inaudita extensión de un enunciado como "español de México", lo reducen a "mexicano", mezclando un criterio lingüístico con otro geográfico. Al lector que reconoce la convención le ofrecen una verdad a medias, que en teoría él mismo puede completar; pero a quien no reconoce la convención le ofrecen sobre todo la posibilidad de completarla como un engaño; a saber, que en México se habla "mexicano"; en Bolivia, "boliviano"; en España, "español"... La unidad cultural hispánica es un mito.

Esto me lleva a considerar la opción inversa, que parece rebullirse detrás de ciertas normas editoriales que han adoptado muchas editoriales en España y en México, entre ellas el Fondo de Cultura Económica. No ya si debemos traducir nosotros a Proust o a Mallarmé al mexicano, esperando que los argentinos lo traduzcan por su cuenta al argentino, los guatemaltecos al guatemalteco, etc.; o si una editorial como el Fondo debería encargar una traducción distinta para cada uno de los países donde tiene algún mercado, pues la respuesta parece obvia: ¡Claro que no! No eso, pues, sino lo que se sigue de ello: ¿debemos traducirlos entonces a una lengua estandarizada, como la de la BBC, que le da la vuelta al mundo? ¿Debemos ponerlos en una lengua común hispánica, en algo que George Steiner llamaría sin duda "un esperanto del español"?

A decir verdad, el problema no se plantea para la generalidad de los libros que publica el Fondo, pues lo común es que éstos vengan escritos en un lenguaje culto, y por lo mismo bastante homogéneo. El español de los historiadores, los economistas, los filósofos, etc., obedece a un estándar que se ha ido formando poco a poco a lo largo de la historia y que se cumple sin muchos sobresaltos tanto en España como en Hispanoamérica. El problema surge, en realidad, cuando el lenguaje con que tratamos no es neutro sino significante, cuando está marcado socialmente, cuando es o quiere ser literatura; es decir, cuando importa su acento. Ante esto, el Fondo reacciona de dos maneras contradictorias en cuanto se trata de los libros infantiles que publica: por un lado, no les exige estandarizar su español a los autores; por el otro, en cambio, les pide a sus traductores que usen un lenguaje estandarizado, común a España y la América Latina. Quizá se alegra de que así no tendrá que pagar una traducción para Venezuela, otra para Colombia y una más para Perú. Pero ¿tiene sentido hacer esto? ¿Qué lengua resulta de ello y cómo podemos reconocerla? Porque es posible, desde luego, establecer un vocabulario común a todas las variedades del español y atenerse a él a la hora de traducir un libro. Lo que no es posible, en cambio, es hacerlo sin pagar el precio de redactar esa traducción en un español neutro y desabrido, un "esperanto del español", parecido a aquel inglés ficticio que no habla nadie.

Entiendo que una editorial se preocupe porque sus traductores escriban en un lenguaje llano y accesible. Pero no creo que llano sea sinónimo de pobre, ni de neutro. La lengua llana no esconde sus peculiaridades. Ni las de su localidad, ni las de su tiempo. Uno sabe a qué coordenadas referirse cuando oye hablar a un cubano, a un andaluz o a un yucateco; y sabe a qué coordenadas atenerse cuando lee a Cervantes, a Darío, a Vallejo o a José Agustín. El reconocimiento activo de esas coordenadas forma parte, sin duda, del éxito panhispánico de El chavo del ocho, lo mismo que del de Gila o "La tremenda corte", Rius o Fontanarrosa, los tangos de Gardel, las rancheras de José Alfredo Jiménez o el rock de Mecano, las películas de Pedro Infante y Jorge Negrete, las de Cuarón y Almodóvar... ¿O se imaginan ustedes a Cantinflas doblado al español de España? Un editor catalán juraba que en tiempos de Franco, cuando su lengua era duramente reprimida, había visto una película de Cantinflas doblada al español peninsular. Y justificaba el ultraje diciendo, entre risas: "¡Es que no se entendía ni jota, mano!"... ¿O se imaginan a Mafalda "doblada" al español de México? Esto no es broma. Aún pueden consultarse los ejemplares de aquel Excélsior de los años ochenta en que aparecían las tiras de Quino. Y hay que ver los sucios malabares que hacían los redactores para transformar una "e" en una "i" y viceversa, por improvisar un acento y remplazar una palabra; ¡y todo para que ahí donde antes decía vos decís ahora dijera tú dices! Porque sus borrones y pegotes encubrían mal su censura del vocabulario argentino, pero sobre todo su despiadado encarnizamiento con el voseo.

En el mejor de los casos, podemos suponer que la estrecha visión lingüística de los editores de Excélsior suponía que el voseo no se entendería en México -¡como si no se voseara en Chiapas!, ¡como si lo que se habla en Chiapas no fuese español de México!-; en el peor, podemos sospechar que tenían la firme consigna de reprimir ese voseo -como se hace todavía hoy en Chiapas, quizá como refrendo de aquellas inseguridades que llevaron hace años al Estado mexicano a hacer una campaña bajo el slogan de "Todo en Chiapas es México". Ésta bien podría ser la razón por la que en nuestro país, tradicionalmente, no se ha visto el voseo como una variante del español culto sino como un vicio de ignorantes. Cuando menos es útil para explicar por qué los editores de Excélsior "adecentaban" el habla de Mafalda; a saber, para que la tira cumpliera con la norma del español estándar en México -aunque ello implicara despreciar no sólo la norma estándar de Guatemala, Argentina y muchos otros países de Latinoamérica sino también la de sus paisanos, los chiapanecos. De este modo, sus borrones y pegotes iban dirigidos a "corregir" no ya sólo las diferencias regionales sino, sobre todo, las que ellos consideraban de nivel lingüístico. Así como el español estándar varía según los países y las regiones, pero es siempre inteligible entre hispanoparlantes (basta preguntar, o consultar el diccionario), así también el español no-estándar suele ser ininteligible al cambiar de una región a otra. Si el caló de México es a menudo incomprensible para los propios mexicanos, se entenderá que si les hablan e lunfardo no entiendan ni pío.

Ése es quizás el riesgo que quieren evitar las editoriales al pedir a sus traductores que estandaricen su lenguaje. Pero parten de un error: creer que las diferencias de región (como las que hay entre papa y patata, o entre chícharo y guisante) son diferencias de nivel de lengua (como las que hay entre haiga y haya, o entre cacle y zapato). Las dificultades que presenta la primera diferencia son "contingentes" -en la tipología de Steiner-; es decir, son investigables y a fin de cuentas "averiguables". Las de la segunda, en cambio, son "tácticas". No es que no sean también finalmente "averiguables", es que su uso se define por un ocultamiento voluntario. Confundir estas dos clases de dificultades podría llevarnos a decir que las variantes dialectales de que echan mano Rulfo (constantemente) y Borges (a veces) no tienen la intención de reproducir un habla particular del español sino la de hacerlos inteligibles sólo a un grupo reducido de personas, a un puñado de iniciados.

¡Ah --dirán los editores del Fondo--, pero Rulfo y Borges son creadores, mientras que nuestra política lingüística se dirige a los simples traductores! De acuerdo: un simple traductor no es un creador en el sentido en que lo es quien escribe una obra original, pero no por eso es menos amo (o menos esclavo) de su lengua. Cuando un editor corrige a un traductor, no lo hace juzgando su creatividad sino su lenguaje. Pero, en cuanto tal, el lenguaje de un traductor no puede ser de segunda con respecto al del creador, aunque pueda decirse que su creatividad lo es. Así, no se entiende por qué el autor goza de prerrogativas lingüísticas que su traductor no tiene. Por principio de cuentas, ya sólo esto haría imposible una traducción de veras fiel. Si un autor que escribe con su acento peculiar fuese traducido obligatoriamente sin acento ¿no sería vilmente traicionado? Toda traducción peca en algo de eso, pues por regla general filtra las peculiaridades y opaca los matices, pero en nuestro caso el asunto va más allá, pues se trata de hacer obligatoria la estandarización, y exagerarla.

Tal norma supone -no siempre con razón, cada vez con menos razón- que el autor es alguien que hace su trabajo libremente y luego lo ofrece a la editorial. Pero supone además que el traductor en cambio es alguien a quien se llama ex profeso para realizar un trabajo. Esto lo pone en una situación desventajosa: es un subalterno, un empleado al que el jefe puede decirle de qué modo debe escribir. Para las editoriales, el traductor trabaja a destajo, como quien escribe un boletín interno. Como sabemos, las leyes mexicanas consideran que, para todo efecto legal, el propietario de los derechos de autor de un boletín interno no es quien lo redacta sino la empresa donde se redacta. Con todo, la ley reconoce que hay ahí un autor. Vale la pena subrayarlo, pues este caso implica que se puede ser autor sin ser además creador -a menos que creamos que el boletín es una "obra de creación", pero ésa es otra discusión. A lo que voy es a que no todos los autores son creadores y a que hay por cierto una autoría que reconocerles a los traductores, a los antologadores, a los adaptadores, a los compiladores, etc. Sólo en este sentido puede alegarse que el traductor es igual al creador, que es tan autor como el que escribió el libro que él traduce, pues es autor de una traducción, como el otro es autor de una obra original, aunque una traducción y una obra original no sean la misma cosa. Por eso los derechos de autor se llaman justamente "de autor", no "de creador". Por eso podemos llamar autores a los miembros del Sistema Nacional de Investigadores sin mellar su prestigio metodológico, sin hacerle sentir a un químico, por ejemplo, que sus descubrimientos son cosa subjetiva; y podemos así mismo llamar autores a los miembros del Sistema Nacional de Creadores de Arte sin que se les ofenda la pequeña musa que llevan dentro. Unos producen obras que valida su propia objetividad; los otros, obras que valida su inspiración, su invención, su creatividad, o como se quiera llamar a la capacidad que los distingue. Pero unos y otros son autores y, en cuanto tales, la ley no tiene por qué hacer diferencias entre ellos.

Se preguntarán ustedes por qué me detengo en una cuestión tan obvia. Lo hago por una razón simple. Aunque en teoría los derechos de autor de un traductor no pueden ser de segunda con respecto a los del autor original (como no puede serlo tampoco su lengua), la verdad es que en la práctica lo son. ¿A qué traductor, por ejemplo, se le ofrece un contrato por regalías, como los que se redactan no sólo ya para los creadores sino también para los antologadores, los editores, los adaptadores, etcétera? Aunque de jure el traductor tiene derechos de autor, el Estado y las editoriales de México lo conciben de facto como a quien redacta un boletín interno: su trabajo no está exento de impuestos, como lo está el de los creadores y el de los autores en general, y nunca cobra regalías, como hacen ellos, por más que la ley establezca que los derechos de autor son inalienables.

Como se ve, esta ley no se cumple en el caso de los traductores. Pero también ocurre que no se cumpla para el caso de los autores, o al menos no se cumpla cabalmente, y todo parece indicar que esta práctica se generalizará en el futuro inmediato. Ha ocurrido ya -y me consta- que un comité internacional, instalado por una editorial mexicana, le "sugiera" a un autor -a un autor ya publicado en inglés- que corrija la idea central de su libro, con el pretexto de que éste induciría en los niños una idea errónea. Es así como la "corrección política" puede erigirse en censura, por más que hoy ya no tenga la capacidad de montar además piras inquisitoriales. No sé si el autor aceptó la sugerencia o no, pero no importa para mi argumento. El hecho es que un comité editorial se erigió en tribunal para juzgar la ideología de un autor y dictaminó que ésta estaba equivocada... ¿Por qué entonces contratar el libro, traducirlo, corregirlo, publicarlo?

Aquí ya no cabe preguntarse simplemente: "si eso hacen con un autor ¿qué no harán con un traductor?", pues lo que está en juego no es ya sólo el frágil argumento de que los traductores son creadores sino lo inverso. Al paso que llevan, las editoriales españolas (incluidas desde luego las mexicanas) acabarán por no reconocerles a los creadores ninguna diferencia específica, por no distinguirlos del que redacta un boletín interno. Por lo pronto les conviene, estratégicamente, reconocer la igualdad de autores y traductores. Es decir, aprovechar que son los mismos traductores quienes quieren "igualarse" con los creadores, para luego en efecto igualarlos. Sólo que en sentido contrario, convirtiendo a los creadores en "simples autores". ¿O no son eso ya en el mundo anglosajón, donde se le confiere al editor (en inglés) una autoridad que el editor (en español) nunca ha tenido? Una autoridad que sólo puede compararse con la que tienen los productores de Hollywood, muy por encima de la que puedan alegar el escritor, el adaptador, el guionista, el escenógrafo, los actores, el mismísimo director... Que un comité editorial mexicano le haya siquiera propuesto a un autor cambiar la idea central de su libro es un síntoma de que sus editores se están convirtiendo en editors. Para los traductores, y para los autores en general, pero sobre todo para los creadores, esta actitud no augura sino un mayor sometimiento a las políticas editoriales, cada vez más plenamente "americanizadas", más globalizadas.

 

Todo esto, desde luego, no va sin un efecto sobre la literatura en general. Uno no puede dejar de advertir que los editors no sólo mandan sobre el contenido de los libros que publican sino que además, como los productores de Hollywood, son los encargados de crear un star system (en su caso, literario); esto es, un mercado de escritores de best-sellers, un Parnaso de autores light, un Olimpo de novelistas consagrados. Son ellos quienes moldean una literatura para el mercado global y a la medida de su "corrección política". Esto ha permitido, por ejemplo, que en muchas adaptaciones modernas de la Caperucita Roja ya no se incluya la escena en que el lobo se come a la abuelita. "¡Horror!", grita la "corrección política", y se apresura a corregir los desaguisados morales de Perrault. ¿Por qué puede hacer esto? Para empezar, porque los derechos de autor de la Caperucita ya expiraron; y, caducados los derechos, caduca también el respeto por su autor. A Perrault ya no le queda ni siquiera la dignidad de autor. Se reescribe impunemente su cuento en nombre de una moral que hoy lo reprueba y censura en cuanto autor infantil... Como sabemos, la Caperucita de Perrault es ella misma adaptación y edulcuración de un cuento popular que circulaba con variantes por toda Europa. Pero añadir este dato a la discusión sólo empeora las cosas, pues con ello los editors no sólo sienten más plenamente legitimados sus ataques a Perrault sino que extienden su censura a la tradición occidental entera, que evidentemente no ha sido nunca muy "correcta" a la hora de elegir los cuentos que les cuenta a sus niños.

Al parecer, en el siglo XIX mexicano hay un vívido ejemplo de esta clase de mojigatería. Consciente o inconscientemente, al Himno Nacional Mexicano se le borró la horrísona palabra antros, que fue remplazada por otra más decente: centros . Se conservaba así la medida del verso, y hasta el "retumbo" eufónico de sus sílabas, aunque de ello resultase que la tierra ya no tenía un solo centro, como es común en las esferas, sino varios: "y retiemble en sus centros la tierra"... Pero para cimentar el cambio de esta única palabra no bastaba con perpetuar la mala caligrafía de González Bocanegra, o la errata del impresor, o el escándalo de Santa-Anna -que despreciaba a Bocanegra y nunca reconoció su himno como nacional, por más que el autor se lo hubiese dedicado y sus estrofas lo adularan servilmente. No, para ello se ha necesitado la sanción expresa del Congreso de la Unión, que ha fijado el texto oficial del Himno Nacional Mexicano y lo ha hecho constar, constitucionalmente, de sólo algunas de las estrofas originales. Además de los comprometedores elogios a Santa-Anna, ha desaparecido de él la mención expresa de un héroe que hoy, después de Juárez, no merece el beneplácito de la "corrección política": don Agustín de Iturbide.... Por si esto fuera poco, en los años recientes se ha hecho una "corrección" notable a otra de las letras que se cantan en la escuela: los niños de antes jurábamos venerar a nuestra bandera "y también por su amor morir "; los de hoy, en cambio, juran "por su amor vivir "... Tal como pinta el panorama, no me extrañaría nada que el futuro inmediato nos deparara un Congreso de editors en pleno...

 

Se entiende pues que no me haga muchas ilusiones en este terreno, y menos aún en cuanto a la lengua se refiere. Creo que la globalización ya está haciendo valer la neutralidad lingüística por encima de los diversos acentos, ya sea aduciendo motivos estrictamente comerciales, ya añadiendo a ellos razones descaradamente ideológicas, como la "corrección política". Esto podría llevarnos a pensar que las grandes editoriales, las editoriales transnacionales, están condenadas a optar por una de las dos alternativas que se les presentan: o bien estandarizar su lengua, o bien imponerla sobre las demás variantes. En realidad no hay tal opción. Como la "corrección política" manda que las editoriales se cuiden muy bien de imponer  su lengua, a éstas no les queda más remedio que neutralizarla, homogeneizarla. Pero ¿no acaban entonces por imponer esa homogeneización? Sin duda. Lo malo es que hacen como que no, y eso también es grave. La estandarizan y la imponen. Pero no dicen nada al respecto. No reflexionan sobre el asunto. Así, se lavan pacientemente las manos ante algo que es su responsabilidad ...

No es extraño. Cuando una editorial se vuelve transnacional, cuando se globaliza, ya no puede sustraerse a las prácticas que la misma globalización le impone, y que por definición pasan por alto toda consideración local. No le queda entonces más remedio que actuar como la televisión y los otros mass media , que no pueden rebasar los límites nacionales sin dejar de ser locales, sin abjurar de su "acento", sin dejar de observar la tolerancia que antes tenía hacia los otros acentos, si es que alguna tenía. De ahora en adelante tendrá que imponer su acento, por más que lo haya neutralizado hasta volverlo irreconocible. Como en muchos otros casos (el de los libros, por ejemplo), la libertad que preconiza el libre mercado no conduce aquí a la variedad sino al monopolio. Y, en lugar de enriquecer la lengua, la empobrece. La economía global obliga a la editorial a actuar así, si es que de veras quiere entrar al mercado mundial cumpliendo todos los requisitos; esto es, cumpliendo con los términos que define la nueva "cultura de la eficiencia" y pasando los exámenes del ISO 9000. ¿Augura esto una normatividad lingüística globalizada? Me parece que ya lo estamos viendo.

 

A la tradicional miseria de los traductores y correctores mexicanos se añade ahora una variante lingüística de la vieja "corrección política". Por el título de una de las principales agencias que la promueven en Inglaterra, esta nueva "corrección" recibe el nombre de Plain English Campaign (cuya página web puede consultarse en www.plainenglish.co.uk) . Desde los años noventa, esta organización ha logrado imponer en su país un sello mediante el cual sus expertos certifican que un documento cumple con las normas de un inglés "claro como el agua" (o crystal clear). No se trata de la sanción de una pomposa Academia de la Lengua (cosa que nunca ha existido en Inglaterra), pero tampoco de una ingenua Comisión para la Defensa del Idioma (como la que hubo en México en los años ochenta): se trata de una compañía privada, que cobra por certificar el uso del "inglés claro" como quien certifica el cumplimiento de las normas ISO 9000. Y así, en cuanto el gobierno acepta la autoridad del sello, la sanción se vuelve exigible. Todos sabemos qué clase de imposiciones podemos esperar de ello...

Criticar a la Plain English Campaign no equivale a resignarse al incomprensible lenguaje que usan las burocracias en todo el mundo, como suponen sus defensores. ¿Quién no se alegraría de que las tomas de agua que hay en algunos edificios públicos para combatir incendios se anunciaran con un letrero que dijera justamente así, "toma de agua", o simplemente "agua", en lugar de "hidrante"? Pero eso no obsta para advertir de sus peligros. Entiendo que en su origen la campaña fue una cruzada contra el lenguaje de los formularios gubernamentales, de los contratos de compra-venta, de las leyes y los procesos legales. Y entiendo que nadie puede oponerse sensatamente a que se combatan las oscuridades del "legalés" y a que se exija a los gobiernos hablar con claridad a los ciudadanos: es una aspiración social. Pero lo que ha ocurrido desde entonces es la privatización de esa aspiración. Al comenzar sus protestas, Chrissie Maher representaba una exigencia de la sociedad frente a su gobierno; hoy, en cambio, su agencia cobra por certificar que las empresas satisfacen los requisitos de claridad que la propia agencia establece.

 

Como era de esperar, esta campaña ha sido ya trasplantada a México, con el democrático nombre de "Lenguaje Ciudadano" (escrito así, con mayúsculas iniciales, como dicta la norma... en inglés). En nuestro país, al menos por ahora, no tiene un carácter privado sino gubernamental --consecuencia sin duda del desinterés de nuestra burguesía por su lengua--, pero se ha dotado ya a sí misma de una Red de Lenguaje Ciudadano, que es "una comisión revisora independiente". De esta suerte, es bajo el auspicio de la Secretaría de la Función Pública como la campaña mexicana publica en Internet su Manual de Lenguaje Ciudadano (que puede consultarse en www.lenguajeciudadano.gob.mx). El prólogo de esta obra va firmado por un célebre autor español, Daniel Cassany, que no se guarda en absoluto de la tentación de firmarlo como "Experto en lenguaje llano". Pero no vaya usted a pensar que esto es un oxímoron. El lenguaje llano al que se refiere el título no es el que conocemos y hablamos usted y yo. No. Es el que saben los expertos, como bien nos muestran los avatares nacionales de este gurú español al explicarnos que:

 

El lenguaje ciudadano no es una receta de redacción, ni implica escribir "para que todos lo entiendan". Por el contrario, su principal propósito es formular mensajes claros y concretos para que el ciudadano reciba la información que necesita.

 

Supongo que habrá que entender esto en el lenguaje llano de los expertos, porque en el nuestro viene a significar que el Lenguaje Ciudadano no se escribe "para que todos lo entiendan"; "por el contrario", se escribe "para que el ciudadano reciba la información que necesita". Así, lo contrario de escribir para que otro lo entienda a uno es escribir para darle a otro la información que necesita...

Como no se trata de un lenguaje con pretensiones casticistas sino "eficientistas", se comprende que los textos publicados por la página de la campaña no se cuiden de emplear algunas de las palabras más condenadas por los manuales de redacción tradicionales (evento , implementar , dimensionar , etc.) y ni siquiera de usar algunos de los términos del "legalés" que dicen combatir (transparentar, facilitador, etc.). No se cuidan de anglicismos ni de galicismos ("ideas a tratar"). No observan siquiera las reglas de puntuación más elementales ni vigilan el uso de los gerundios. Así, por ejemplo, el "Diagnóstico" de la Guía para emitir documentos normativos nos informa:

 

Existe sobreregulación y exceso de documentos emitidos para regular. Los que no están debidamente fundados y motivados, encontrándose situaciones en donde los servidores públicos emisores carecen de facultades para ello.

 

Si uno de los propósitos declarados del Lenguaje Ciudadano es "escribir eficientemente", los expertos nos dejan bastante claro aquí que escribir eficientemente no es sinónimo de escribir bien --no: "escribir eficientemente" no es ni siquiera sinónimo de "escribir eficientemente"... ¿"Sobreregulación"? ¿Así, con ere, no con erre? ¿Ellos leen sombrerrería donde nosotros escribimos sombrerería?... "Los que no están debidamente fundados y motivados"... qué. ¿Por qué dejan a medias la oración?... Y ¿"carecen de facultades para ello"? Es decir ¿para existir, para fundarse, para motivarse, para encontrarse?... Con todo, añaden los autores, "es importante mencionar que esta Guía fue revisada, comentada y discutida por la Mesa de Simplificación Regulatoria de Homologación, donde fue validada".

A los "expertos en lenguaje ciudadano" no les vendría mal la ayuda de un tradicional corrector de estilo...

Los hablantes comunes somos eso: hablantes comunes, no expertos . Pero vemos con temor que las agencias privadas, o las gubernamentales, se impongan como encarnación del anhelo social que busca un lenguaje claro. Justamente porque no puede ser ni privado ni gubernamental lo que aquí llamamos social --es decir, social en el sentido en que decimos que la lengua es social. Social o, si ustedes quieren, poética, pues se trata de la misma aspiración que Antonio Machado expresaba así (por boca de Juan de Mairena):

 

--Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: "Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa".

El alumno escribe lo que se le dicta.

--Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

El alumno, después de meditar, escribe: "Lo que pasa en la calle".

Mairena .-- No está mal.

 

En esta visión, la poesía es lengua simple; la lengua simple es poética. Pero, a la vez, la poesía es la lengua del acento; una lengua que puede renunciar al estándar patrio --esa abstracción--, pero jamás a las palabras del terruño, a decir pizarra donde otros diríamos pizarrón ... Una lengua que no puede renunciar, como dice Steiner, a dar "nombre y habitación locales"...

 

 

*Texto Leído en el XVI Encuentro de Traductores Literarios, "Censura, subversión y discursos de poder", UNAM, México, 27/10/06.