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Desde entonces a la
fecha Trinidad cree haber cumplido con sus deberes filiales y en
sus sueños lo confirma porque aparece en tinieblas la dizque
foto señera tomada durante el fandango. En esa última
imagen se corona, mal que bien, una lucha en contrapuntos: armonía-hazaña-coraje-desarmonía-dignidad-amores-perdón-dolor
y por ende desde entonces Trinidad se echa unas siestas que dicho
sea de refile, por la forma en que despierta, se ve que son pesadillas
muy movidas, muy de culpas reiteradas y tamañas que picotean
justamente sus lados sensibleros, tan escasos, pero sí
Si mis hijos me mantienen se debe a la admiración que me
tienen desde niños. Soy un gran merecedor cuya dicha es tan
sobrada que no la aguanta la gente. Antítesis elusiva
eso del escupitajo: es un hilo inenarrable que baja por boca y entra:
alúdanse dientes de oro: sucinto baño tal vez, pero
añádanse colmillos, lengua toda, por desfase, sin
que falten (¡por supuesto!) muelas buenas y picadas. Así
habrá de proseguir y tocar nomás de paso (porque sí)
la campanilla, para que ¡posmo!, ¡grosero!, caiga ácido
deveras, pueble vísceras o ¿no? A mí
no me duele nada. Tengo excelente salud Dolor bebiéndose
amores tanto más inextricables que el dundo arrepentimiento
de saber que cuando duerme el hilo continuará, ¿y
cómo eludir el asco?; el hilo sigue por fuera, por la piel
y más delgado y quizá mucho más recto y deseoso
de llegar rapidísimo al ombligo; ah, seguiría oníricamente
culminando (¿por qué no?) en la taza, aquella taza:
saliva y café con leche entremezclados que harían
otro hilo fantasioso suspendido en el vacío. Mis hijos
triunfan a diario en los Estados Unidos. Desde hace ya varios años
quieren que radique allá. Quieren comprarme una casa en Laredo
o San Antonio. Pero bien saben que yo no me moveré de aquí
mientras no haya por qué hacerlo. Además ya me conocen,
saben que a mí no me gusta hablar inglés ni de chiste.
Es un idioma muy rápido. Un tupido güirigüiri al
que yo deveras no... Reincidir dale que dale en las siestas
pobladoras de secuencias incompletas: un rosario corrosivo y un
sinfín ADJETIVADO tantas veces como sea, como esa vez, como
fue: despertóse tembloroso como siempre Trinidad tocándose
la nariz; como nunca el tic nervioso porque oyó ciertas ideas
que sí le estaban llegando... ¿Atisbos de sueño:
como plasta escurridiza: la percepción del entorno: imágenes
en pingajos... y los chascos en desorden. Conexiones arbitrarias:
la tienda, Vénulo hablando, el rumor desde la plaza, el corredero
de afuera, sus hijos contestatarios: allá pues. Y aquí...
en fin. Ahora me vas a escuchar don Vénulo Villarreal
respiró profundamente para... (Trinidad volvió a lo
suyo: su obsesión harto evasiva: en serie de retornelos y
regostos enfermizos se iba hundiendo más y más: abismo
con asidero a su alcance dado que: aún a flote su inocencia,
su arrobo como deseo, o como vano recurso para mantenerse al tanto,
entonces querría estar presto, al sesgo, ¡oídos!,
al cabo, ¡un zumbido en altibajos!): preveo un mitin
de protesta de gente de esta región que irá hasta
la capital; en ese mitin irán tus hijos mero adelante...
Siendo repunte inconsciente... y estorboso y redivivo: los recuerdos
persuadían ¿cuál y cómo?... El pasado
era lo eterno y el presente una premisa... Por desgaste lo que mella:
el pasado ¿inabarcable? El entresueño venció:
Trinidad volvió a acordarse de su padre MINIATURA, de cuando
decidió irse a vivir a su ranchillo: ¡pobrecito!, con
tristeza sepultaba su amor propio, su ambición, al igual
que lo hizo él: ÉL: A MODO SOÑADOR: después
de haber celebrado aquellas bodas de plata, con ardor, pero sereno:
la no ansiedad de saber lo que no tiene sentido: nada, ¡etcétera!,
o quizás algunas cuantas palabras, pero aisladas, o también:
frases-nudo, frases-fórmula, o atisbos o arrimos nimios,
al cabo inexactitudes que el azar diluye y trae como sucedió
esa vez, levemente a sus oídos entraron cosas como estas:
"mitin", "región" y "protesta",
además, "tus hijos mero adelante" Preveo
que habrá matazón, no masacre, o qué decirte:
habrá mucho corredero, desbalague al por mayor. Y ya que
estamos en esto, de una vez debo aclararte que no es lo mismo masacre
que matazón o matanza, la segunda no es total, pero en cambio...
"corredero", "matazón", "desbalague
al por mayor": el chispeante salterio de palabras en decurso
para formar una frase incompleta pero grave: "tus hijos mero
adelante..." Fue entonces cuando Trinidad entreabrió
su ojo derecho cual si intuyera de pronto la siguiente predicción
...lo visualicé hace rato, pero ahora te lo digo: no
preveo que se despachen a tus hijos en el mitin, serán quizás
los primeros en escapar de las balas, de eso ten seguridad...
El regreso al entresueño de Trinidad por hastío. Oyó
lo que debía oír y así fue recuperando los
trasuntos pesarosos a fin de llegar a un tope, empero medio difuso;
empero, estaba por aflorar la clave de sus embrollos, líos
oníricos lastrados, desatados torpemente por no saber bien
si eran reales, o quizás, y no obstante asegurarlos cual
si hubiesen ocurrido ayer mismo ante sus ojos. La frescura: la evidencia,
contimás el florilegio de minucias y acomodos: antojable,
y más ahora que Trinidad ni siquiera, como sucedió
otras veces, le dijo: "¡espérate!", "¡estáte!",
"¡barajéamela despacio!", o algo así
nomás por darle a las prefiguraciones un poquillo más
de hilo, o ponerle sal de más, y a la postre más azúcar,
pero no, ni para cuando, no hubo escamoteo sabroso; jaladas las
predicciones hacia un centro de falsía, intuitivo, a contrapelo,
estaban por dispararse más supuestos en cadena, porque más
suelto que nunca Vénulo siguió explayándose
sin darse por enterado del desplome somnoliento de: Trinidad, camino
al rancho, cuestas, curvas: todo a pie. Descansar en una cueva.
El virtual ordenamiento, habida cuenta que el padre no había
vuelto a Lamadrid en casi ya mes y medio, y el hijo (puede inferirse)
concibió un plan canallesco, dicho sea: ir a arrebatarle
al padre su herencia correspondiente; para mayor precisión:
la fortuna por entero; que dictara el testamento, lo firmara de
una vez, y el notario ¿dónde?, ¿a qué
horas? Ninguno había de prosapia en esa región
chilera. Sin embargo, en la lógica del sueño el notario
(de Monclova) estaba en el rancho, ¡oh!, tomándose
unas caguamas con su padre y platicando acerca de las lagunas que
se encuentran en las leyes. Querría agarrarlos borrachos
para... Si el padre se resistía no había más
que acomodarle unos tres-cuatro fregadazos y ¡a dictar!, ¡a
firmar ya! Y si de paso el notario, aparte de su gorreada, se resistía
al tecleadero, pues también darle dos-tres. Tórrida
extrapolación. Golpes no hubo, ¡la verdad! Ni siquiera
Trinidad escupió nunca a su padre como lo hicieron sus hijos...
Dale y dale por deseo, un obseso contra aquello que interrumpiera
o desviara sus extravíos presentidos. Otro hilo para atar
Y te vuelvo a repetir: tus hijos no morirán, más bien
me los afiguro como un par de comadrejas temblorosas y escondidas
en alguna de las cuevas cercanas a Lamadrid, la de El Zopo, por
ejemplo, aunque tal vez no sea ésa, sino otra más
lejana, a lo mejor en alguna de las que hay en Acatita....
En tránsito y gradación los fragmentos de una arenga
que oblicuamente metióse en los mundos refalseados de un
sueño en el que volaban muchisísimos billetes
con velocidad de tromba: interrupta la espiral en el polo de una
nube. Y a la sazón, por alivio, el decurso que desciende
a las copas de los árboles. Una inacción pasajera.
Luego... al fin... sendo viaje horizontal (a una altura más
humana): y los billetes tendidos volando como chanates; no obstante
que era en lo bajo, el ahora abarrotero no podía coger ninguno,
cogió en cambio una palabra y furioso la estrujó como
si fuera una plasta que amasara entre sus manos: Z-o-p-o... Zo-po...,
Z-o-po... Zo-p-o... en desgarro pertinaz o moldeo preparatorio,
ergo: El Zopo... Cercanía-cueva-escondrijo, aunque aún
sobrevolaba la idea de que sus engendros se refugiaran allí.
Empero la conexión con su trama de somonte, trompicada por
demás, afanosa y casi ilógica, amén de que
a Trinidad le gustaría colocar esa cueva en otro sitio, en
su sueño, claro está, dado que él podría
pasarse una noche o todo un día dormitando como un león
en la boca del cubil, y justamente lo haría si le quedara
de paso, cuando fuera por la herencia... Un desvío premeditado,
siendo que en el sueño el tiempo da volteretas ideales como
para atar al vuelo lo que no se puede atar, como esto: que al ir
al rancho del padre se encontrara con sus hijos: ¡en la cueva!,
¿por qué no? Vino entonces la resaca a más
tranquilizadora de las dizque predicciones Para curarse en
salud el gobierno apilará al desparramo de muertos, los subirá
a la cajuela de una camioneta azul y los andará mostrando
por pueblos, ranchos, villorrios, lo de aquí de la redonda,
a fin de que sus parientes puedan identificarlos... No lo olvides,
la camioneta es azul... ¿Azul?, ¿sí? Adivinar
el color era ya una exageración, pero... Azul onírico,
¿gris?, ¿verde mate?, ¿carmesí? Tanteo
indirecto (fallido) pinturreando las escenas: las del sueño,
otras, apenas, donde el haragán quisiera que el interior
de una cueva fuera de color marrón. Pero "camioneta",
"cueva", "muertos", "pueblos" y demás,
en un embrollo tan gordo y a la vez tan apretado. Así los
síntomas luidos: choque o capricho o alivio... ¿cómo?,
¿dónde? Y lo vuelvo a repetir: no aparecerán
tus hijos entre la pila de muertos. Así es que no te preocupes...
Vivos, corriendo: muy lejos, o escondidos en la cueva de...
Alcance premonitorio
cuya cuerda aún podría encontrar la redondez.
Quiérase la
asociación de otras tantas impudicias, pero el límite
aún estaba a una distancia impensada y: Vénulo siguió
explayándose cual si le dijera al techo lo que habría
de suceder en un lapso de dos meses. Un sinónimo de altura,
simulacro traspasable y grandeza ilimitada, bienhechora siendo que:
era el techo su vigía porque Trinidad pues no. En la guala
y para largo: paso a paso: el haragán: ya se sabe dónde
andaba. Pasos, taconeos fragosos, los de Cecilia de pronto y su
anuncio harto gritón: ¡Quiero ir a ver a mis hijos!
No obstante se percató de la tristísima escena y entre
extrañada y villana soltó una frase impulsiva:
¡Vaya!,
¡Dios mío!, ¿qué les pasa? Mi marido
está bien súpito y usted, como siempre lo hace, echándose
sus discursos.
Malogro del visionario
al sentir que la señora adrede le había cortado su
campante inspiración. Obligada la mudez, y de suyo entelerida,
dibujóle al orador una mueca de disgusto. Entiéndase
a fin de cuentas su entusiasmo posterior, tan inmóvil como
fresco: la presencia de Cecilia (su cara siempre su cara) le fustigaba
los nervios: a favor, a mor de un temple que no estaba todavía
en su punto, sino apenas, y deseando, por lo menos, una dulce miradita,
pero cómo si...
¡Dése
prisa, por favor!... ¡Ayúdeme a despertarlo!
¿Y para
qué es necesario si...?
Quiero avisarle
que voy a ver cómo están mis hijos.
Mm... si quiere
yo la acompaño.
Por fin esa miradita
adornada de rubor; colorada, parpadeante. Y no sabiendo (si bien)
qué pensar del señorón, Cecilia empezó
a mover un brazo de su marido, suavemente sin jalarlo, y sin quitarle
la vista a... Vénulo le cerró un ojo... y entonces
sí lo esquivó. Cierto: movía el brazo de su
amado nada más por hacer algo que le calmara los nervios:
por lo pronto. Además se sintió chula, vieja chula
que además aún traía en su cabeza el zumbadero
piporro de aquella radionovela donde se oían varias voces
de personas bien mañosas, cocoreras, y lo peor, respondonas
casi siempre; y pues estando en tal trance, e imbuida de crueldad,
Cecilia querría aventarse un intercambio de juicios con Vénulo
Villarreal, pero Trinidad allí, casi muerto al parecer, porque,
bueno: siendo que ella con su apuro deseaba en serio apurarse, optó
por algo más rápido, alegre y rudo a la vez, o sea
que: en vez de seguir moviéndole el brazote chuletón:
guango cual más extendido sobre el mostrador de vidrio, le
empezó a hacer cosquillitas en los sobacos sudados. Reacción:
uy: ánimo a medias. Luz: la misma: paradoja, y tiempo y espacio
iguales: Trinidad desengañado: y nuevamente a lo suyo: seguir
soñando a lo loco. Entonces Cecilia al tiro:
¿Pues
qué no me oye, don Vénulo?... ¡Ayúdeme
a despertarlo!
Más cercanas
las miradas. No obstante la intermitencia. El pretexto valía
poco: sacudir
al dormilón.
Yo con darle
dos manazos lo despierto en dos segundos dijo Vénulo,
mordaz.
Nomás no
lo vaya a hacer. No se pase de chistoso.
Y los dos en acto suave
más cercanas las miradas. El sabor de los reojos:
cosquillitas por doquier sobre el bulto que de pronto respingó
diciendo: "¡¡¿¿Quihubo??!!"
Entre adormilado y
listo Trinidad escuchó esto:
Voy a salir de
la casa para ir a ver a mis hijos. Quiero platicar con ellos.
A ver... Mm...
Este... Repítelo... ¿Que vas a irte...?, ¿a
platicar...?
Lo mismo más
deletreado Cecilia dijo de nuevo y le agregó más detalles,
tantos y más ampulosos a fin de que su marido no le frustrara
el intento.
Bueno, ve, nomás
no vuelvas muy noche.
Ay, Trinidad,
¿cómo crees?
Digo, tienes
que volver a casa máximo a las diez y media.
¡Oh!...
Dame chanza hasta las once.
¿Pues
qué tanto vas a hacer o qué les vas a decir?... Lo
que deberías hacer es tratar de convencerlos de que se salgan
del circo en el que andan metidos.
Eso sí
lo veo difícil.
Pues inténtalo
siquiera.
¿Que lo
intente?, ¿para qué?... Creo que en vez de darme órdenes
deberías acompañarme.
Yo no voy. No
me interesa. No quiero perder el tiempo y lanzó un
bostezo cínico estirando sus brazotes para añadir,
a la fuerza, sea: dándole un tono chillón a su excusa
de arandillas: es que si voy a la plaza es probable que me
duerma en alguna de las bancas.
Sangronada rajadora,
tanta porque se antojaba un culebrón pedantísimo que
tuvo como reemplazo un nuevo y largo bostezo. (Aaauuugggaaaauuugggmmmnnn)
La pedantería
hasta el tope o la flojera ¿veraz?
Mientras tanto...
Como zorro acorralado
entre dimes y diretes Vénulo nomás miraba a Cecilia
¡con un gusto...!, temeroso, respetuoso, aunque listo, por
si acaso. Boquiabierto, y a resultas: la esperanza, oh, tan remota;
y también a Trinidad de repente con reojos: casi no, casi
dudando, incluso mejor ya no.
No creo que pierdas
el tiempo... y tú lo sabes muy bien.
Lo único
que yo sé es que mis hijos me odian... O dime ¿ya
no te acuerdas?, ¿eh?, ¿quieres que te lo repita?
Pero...
Si Salomón
me escupió, tal vez ahora me golpee, y delante de la gente.
Además, como uno influye en el otro y como andan de fanáticos,
no dudo que entre los dos me surtan hasta cansarse.
Silencio a contracorriente.
En lo alto el escupitajo: resbalando todavía...
Para Vénulo
un gran dato, útil para elaborar un extenso y turbio augurio,
pero, estatua incrédula y ¡ojo!: con tres pelos erizados.
Claro que sí y muy en serio: gran dato desgarrador: mucho
más para Cecilia que bajando su mirada se abstuvo de agregar
algo retador, melodramático, además se percató:
casi radionovelesco. Entonces la sumisión para evitar reprimendas...
y compungida y trabada dijo algo muy quedito:
Mm... Tú
no quieres a mis hijos.
Los adoro...
(aaauuugggmmmnnn)... los extraño, pero yo más bien
quisiera...
Está bien...
Entiendo todo... Voy a regresar temprano, no quiero que tú
sospeches que yo me portaré mal, y hasta es más...
vendré antes de las diez.
¿Y la
cena?
Te la dejé
preparada... También puedes esperarme... Como quieras...
Bueno, adiós.
Y salió. Diríase
que se esfumó, aunque al principio lo obvio: lenta, fingida
salida: casi arrastrando las chanclas. Una actriz no convincente.
Mas cuando ganó la calle: correlona, entusiasmada, ahora
sí, como quería. Lo hizo por no sentir que no iba
a recorrer de palmo a palmo un calvario: llanto en vilo: cuestarriba:
no, ¡qué va!, así que como de rayo se fue a
incrustar en la masa.
Recompensa.
Disimulo.
Algo como de salvación.
...O despeje de la
angustia.
Despeje: su hipocresía.
La táctica de Cecilia yéndonos a su costumbre
era no pedir permiso. Avisar, pero al hacerlo, su muestra de decisión
se tornaba en prontitud de a tiro dulcificada con detalles cariñosos
como podían ser "mi rey", "mi amorcito",
"papacito", o bien "mi todo" o "mi cielo":
muy a secas cada cual. Cosas hueras semejantes debía emplearlas
de refile cuando iba a confesarse, o simplemente iba a misa, o a
ver a cualquier amiga, o para cualquier pretexto: la amplia gala
de requiebros dicha como en retahíla, pero sólo en
las salidas. Y lo extraño (más o menos): en esta ingrata
ocasión se le olvidó algo halagüeño como
siempre, o no quiso, o concluyó que la presencia de Vénulo
echaría todo a perder, ergo: la había puesto muy nerviosa;
no obstante se despejó con sólo echarse a correr,
¡y quién la viera... deveras!, ¡parecía
que algún cachano le hubiera prendido un cohete!
Ejem, hacía
mucho que Cecilia no corría de esa manera.
¡Ya!
Y acá... Veamos
la incertidumbre de uno que desea dormirse y otro que quisiera hablar
pero no sabiendo cómo. Mientras tanto los silencios. Sutilezas
necesarias: en la tienda: apagamiento. Una suerte de penumbras...
Quiérase como figura tras el impacto: ¿qué
más?: virtual desconocimiento de Vénulo: estupefacto:
acerca del haragán, así que: ya hecha la sensación:
un minuto fue bastante (el entrampe era propicio): henchido de poderío
Vénulo soltó de a poco su veneno de costumbre:
¡Vaya!,
¡vaya!, conque tus hijos te odian y hasta te pueden golpear
porque de hecho te escupen, ¡uta!, nunca me lo imaginé,
y eso que tengo intuición. Con razón andan como andan:
de rebeldes a lo tonto, y lo peor, muy cerca del matadero, ¿te
das cuenta? Pero por lo que estoy viendo tú estás
peor porque... ¿eh?... ¿Me oyes?... Reincidente
el cabeceo: entresueño tan supino (de a deveras) por abulia.
Y crease cierto el desplome sobre el mostrador de vidrio sin reparo
en las palabras de Vénulo Villarreal. No era la primera vez,
siempre lo hacía el haragán cuando el fanfarrón
de Vénulo amagaba con soltar su discurso resentido, mismo
que tras solaparlo con presunciones y augurios pareciera provenir
de un mensajero del cielo. Sin embargo, parte extensa de una arenga
contra todo, contra sí, era lo que se truncaba casi a diario
o, por lo visto, era pura conveniencia de hipócrita comerciante,
esto es: sobra decir que ese hablinche era su cliente seguro (por
la mañana: cigarros; al mediodía cualquier jugo enlatado
o coca cola que se tomaba allí mismo, y por la tarde pan
bimbo: donas, panqués, mantecadas... o papitas o churritos
y otra soda de una vez, pero ¡entiéndase!: casi a diario,
que no a diario) y también el más antiguo. Pues con
eso quede dicho que si antes el recurso de mostrarse flojeroso a
Trinidad le sirvió para ahuyentar las arengas de un ser tan
acomplejado (y profeta, para colmo, y regañón, porque
sí), hoy más que exceso o lirismo, hoy el sueño
sí era en serio, hoy por ser precisamente el día de
la votación, ¿sí?... Pero aún falta
entrever la premisa más aislada: jamás el abarrotero
le confió a persona alguna la causa de su apatía
No entiendo por qué te duermes... ¿Qué te pasa?...
¿Por qué sufres?... A lo mejor lo que quieres es confesarme
un secreto... Pues suéltamelo, ¡carajo!, tenme fe,
yo soy tu amigo... Pero por favor ¡despiértate!...
Nada. En las mismas. O peor. Entonces la prendidez de Vénulo
que pensó en Cecilia, su ¿imposible? Ir tras ella,
aprovecharse (chispa-excusa-buen momento). Pero antes, por dignidad,
no obstante que el haragán de suyo desatendiera los reborujos
verbales habidos y por haber, Vénulo puntualizó su
legítimo reclamo (dizque), pero, diablo, por demás,
aunque allá muy en el fondo ¡Me molesta que no
me oigas y por eso es que ai nos vemos! Quédate con tus dolores
y con tus sueños de loco.
Al fin fuera. Y el
apuro... Mejor tomarlo con calma. Sería inútil perseguir
a una mujer angustiada. Además, no quería entrar en
la bola y fue que prudentemente se detuvo en una esquina, la primera
que encontró, incluso la más segura, sea: por donde
debía pasar Cecilia de regreso. Esperarla. Relajarse. Llegó
el tiempo de fumar (a sus anchas), como si eso le sirviera para
idealizar su amor. De pie allí: Vénulo crédulo.
Un modelo de esperanza encarnado en ese cuerpo con joroba (mas no
tanta) que alcanzaba sin embargo una altura de uno ochenta. Un profeta
lugareño a saber quién le creyera, siempre
con la frente en alto (mas no tanto), que necesitaba amar a la imposible
Cecilia, uh... ¡si ella le correspondiera! Un fulano afirmativo,
aunque bien convenenciero, quien, por pura necedad, tenía
enjundia suficiente para esperarla durante años deseándola
como nadie. Sólo un beso, por ejemplo. Ya un abrazo sería
excelso, y un tuteo pues mucho más. ¡Ojalá que
alguna vez! Mientras tanto fume y fume... Mientras, ay, tan sólo
se conformaba con verla pasar junto a él, a tres metros,
¡ya con eso!, para lanzarle un piropo suavecito, suspiroso:
"Adiós mi amor... Te ves bien", y no importándole
un pito que Cecilia lo mirara y se sintiera feliz por oír
lo que había oído.
Oh, deseo.
Daniel Sada, "Ex-Absurdo",
Fractal n° 3, octubre-diciembre,
1996, año 1, volumen I,
pp. 77-90.
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