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Otra particularidad
de hoy: los historiadores parecen haber renunciado a multiplicar
los territorios que pueden conquistar para dedicarse a problemas
de orden teórico y que aparecen, indistintamente, en cada
uno de estos territorios. El más notorio es la compleja relación
entre el hecho de que la historia es siempre grafía es
decir: escritura y el afán de preservar una forma de
conocimiento del pasado verificable, aceptable y compartida. La
historia no es ni puede ser la restitución del
pasado, del acontecimiento en sí, sino tan sólo una
de sus representaciones. Pero es la representación de un
orden específico, que no es el de la ficción ni el
de la novela.
ALFONSO
MENDIOLA: En el debate entre Roger Chartier y Haydn White, publicado
hace algunos meses por la revista Historia y Grafía,
Chartier se resistía a compartir los argumentos de White
sobre lo que acaba de definir, con tino, como el problema actual
de la historiografía. Por un lado, la característica
central de la historia que Haydn White explora en su libro
Metahistoria reside en que es escritura. Una escritura
específica sustentada en la narrativa literaria. Por el otro,
encontramos un dilema: si bien la historia es una representación
del pasado en forma de grafía, una escritura situada en la
literatura, siempre retorna al problema de la "verdad".
La discusión entre Chartier y White versó en torno
a un tema álgido: las interpretaciones sobre la represión
contra los judíos durante la segunda Guerra Mundial. ¿Qué
implicaría una historia que fuera tan sólo ficción?
Por el otro lado, ¿es posible "liberar" de "sus"
ficciones respectivas a las múltiples y contradictorias interpretaciones
que se han propuesto sobre esos acontecimientos? Haydn White sostiene
que, en última instancia, no es posible. Es una conclusión
razonable.
R. CHARTIER:
La tragedia del Holocausto plantea el problema de cómo refutar
las falsificaciones de la historia; es decir, cómo producir
un conocimiento verdadero opuesto al que genera la falsificación.
Pero hoy enfrentamos un problema más profundo y acaso más
difícil: la fabricación de mitos históricos
destinados a construir y/o consolidar identidades. Las mitologías
contemporáneas son representaciones históricas que
definen el derecho de una nación a existir. Más aún:
legitiman la especificidad de una comunidad particular y justifican
su razón de ser. No hay que rechazarlas a la ligera, sobre
todo cuando se trata de identidades nacionales, étnicas o
sexuales que han sido reprimidas y marginadas y que tienen pleno
derecho a constituirse. La tensión entre las mitologías
de la identidad y el conocimiento histórico que debe
ser universal por sus criterios de verificación es
un proceso que se vive, por ejemplo, en la fragmentación
de la antigua Unión Soviética. La creación
(o recreación) de Estados nacionales trae consigo procesos
de invención del pasado y de la identidad. Estados Unidos
conoce hoy tensiones similares; ahí la fragmentación
étnica y sexual ha gestado comunidades que se hallan en busca
de su identidad. Para el historiador el desafío reside en
distinguir entre la codificación de la memoria operación
que reclama toda identidad particular y la producción
del saber histórico. La diferencia entre historia y memoria,
entre la historia mítica y la historia que se despliega como
un conocimiento universal, es fundamental. Al respecto, recuerdo
un caso notorio. Masaryk fue presidente y fundador de la república
de Checoslovaquia, un hombre identificado con su nación.
También fue historiador. Demostró que las principales
crónicas medievales que se empleaban para justificar los
"orígenes" del Estado nacional eran apócrifas.
No veo ninguna contradicción. Son dos maneras distintas de
aproximarse a la historia.
ILÁN
SEMO: Desde sus orígenes, en el siglo XVIII,
el Estado moderno se ha legitimado a través de la fabricación
de mitologías nacionales: grandes relatos imaginarios que
permiten al ciudadano común identificarse con una
épica heroica y fantástica. La nación fue una
creación del Estado y no, como se piensa, a la inversa; primero
aparece el Estado, después, la nación. La "identidad
nacional" es el resultado de un proceso doble: la destrucción
y, simultáneamente, la homologación del mosaico de
culturas, reinos y comunidades que el antiguo régimen heredó
a la era moderna. La historiografía que cifró sus
códigos y su gramática se propuso racionalizar esta
obra de desagregación/unificación como una empresa
de "afirmación nacional". De ahí la necesidad
de "inventar el pasado": la realidad histórica
era racionalmente insostenible.
La historia
y sus ironías: el fracaso del Estado soviético y,
en general, de los regímenes de Europa del Este frente a
los retos de la legitimidad moderna se debió, en parte, a
su incapacidad para llevar a cabo esta homologación. Hablo
de "ironía" porque si algo distinguió a
la experiencia soviética fue el intento de la unificación
absoluta de la sociedad y sus imaginarios. La explosión de
los nacionalismos ya ha generado mitologías bosnias, chechenas,
uzbekas... En México sucede un fenómeno similar con
la nueva historiografía indígena. La diferencia con
las antiguas mitologías de Estado es que aquéllas
estaban destinadas a consolidar el imaginario nacional y éstas
se proponen molecularizarlo. La mistificación histórica
de las nuevas identidades es inevitable. Su propósito no
es de orden historiográfico, sino político. La pregunta
es: ¿serán capaces de coexistir con sus críticos?
Una identidad que no incluye el principio de tolerancia hacia sus
propios críticos está condenada a ser inverosímil.
El tema incluye, por supuesto, la verosimilitud de sus propias representaciones
históricas.
Vistas
en rigor, muchas versiones actuales de la historia mítica
son, desde su perspectiva documental y narrativa, inmejorables.
No veo por qué deban ser menos verificables o menos "universales"
que otras formas de escritura de la historia un problema distinto,
como señala Roger Chartier, es la falsificación histórica:
el ocultamiento deliberado de las evidencias históricas.
La noción de lo verdadero en la historia se ha modificado
sustancialmente. Una historia que no se reclama como una versión
entre muchas y que sólo es posible gracias a la existencia
de otras versiones del pasado, no tiene credibilidad alguna.
El tema de la centralidad de "lo verdadero", ya sea en
referencia a una teoría o a un conjunto de evidencias, se
ha vuelto un problema inverosímil. Los referentes se han
atomizado; también el reclamo de "verdad". La verdad
histórica es una sirena en la proa. Va con nosotros en la
dirección que hayamos elegido.
FRACTAL:
El proceso de atomización parece incluso haber alcanzado
las afinidades más resistentes de la producción historiográfica.
No sólo las "escuelas" tradicionales que representaban
paradigmas cognoscitivos centrales se han vuelto menos plausibles,
sino también las nociones mismas de "escuela" y
"corriente de interpretación". ¿Podemos
ver en este fenómeno una "invasión" de las
prácticas de la literatura y de los literatos en la producción
del saber histórico?
R. CHARTIER:
Si comparamos la situación actual con la de las escuelas
historiográficas del pasado se observan, en efecto, señales
de atomización, multiplicidad y dispersión. Pero,
visto desde otra perspectiva, hay acercamientos que han redefinido
espacios intelectuales compartidos, más o menos autónomos
y que no nos llevan a la conclusión de un panorama de atomización.
El estudio de las prácticas culturales ha vinculado a tradiciones
historiográficas muy distintas: la tradición inglesa
y norteamericana de la bibliografía; el análisis de
las prácticas de la escritura a partir de la caligrafía
como lo hacen los italianos y la sociología o historia cultural,
corriente que se originó en el seno de la escuela de los
Anales. Aquí es necesario reflexionar sobre la relación
entre literatura e historia. Por un lado, observamos que los historiadores
hoy admiten que la historia es literatura. Más allá
del debate sobre la estética, las figuras que organizan un
texto literario son las mismas que el historiador debe emplear.
La discusión planteada por Michel De Certau, Paul Ricoeur
y Haydn White sobre la pertenencia de la historia, cualquiera que
sea su forma o su técnica, al género de la narrativa
es una dimensión esencial. Nos obliga a retomar la cuestión
de cómo pensar un estatuto de cientificidad específica
a partir de la unidad literaria entre historia y ficción.
Existe
también la tendencia inversa, que encuentra en la literatura
un objeto de la historia. Después de una época
de ingenuidad o de timidez por parte de los historiadores frente
a los textos literarios, hay una nueva voluntad de mostrar las perspectivas
que abre la lectura histórica de una obra literaria. Es una
lectura que no anula su estatuto específico. No reduce la
literatura a su dimensión documental, sino que respeta su
naturaleza literaria. Reconoce en la dimensión literaria
un camino para acercarse al estudio del proceso de construcción
de sentido en los diversos actores, sea el autor, el lector, el
espectador o el oyente. Vincula el análisis histórico
y sociocultural de los medios, las condiciones y las coacciones
impuestas por los lugares en que se produce la obra estética
y que responden a reglas o principios diversos, ya sea el mecenazgo,
el mundo académico o el mercado. Se ocupa de las formas de
difusión de la obra literaria o de cualquier obra estética
hasta llegar al estudio de las opciones que posibilitan su recepción
para la construcción de sentido; o mejor, en plural, la construcción
de sentidos diversos que una misma obra hace posible en públicos
que no sólo se rigen por normas y reglas particulares, sino
que tienen una relación específica con la obra estética.
En los
últimos años me he dedicado a estudiar el teatro francés
del siglo XVII; sobre todo, las diferencias
implícitas que produce la representación de la misma
pieza en Inglaterra y en Francia, en la corte y en los escenarios
teatrales de la ciudad. Una y la misma obra crea diversas relaciones
entre sus representaciones y públicos diversos. Hay que dejar
de pensar que el público está dado de antemano antes
que la obra. A través de su circulación y difusión,
la obra crea sus públicos y define los espacios sociales
en los que puede circular. Cierto, esta perspectiva se ha opuesto
a la tiranía de la historia social que, por lo menos en Francia,
había dictado sus clasificaciones y visiones a toda forma
de historia cultural. Es también un ejemplo de cómo
se puede estudiar el proceso a la inversa: la obra crea, a través
de su circulación y difusión, sus medios de recepción.
I. SEMO:
La nueva relación entre literatura e historia proviene, en
mi opinión, de un doble escepticismo. Por un lado, la implosión
de los viejos paradigmas de la cientificidad de la historia ha traído
consigo una desconfianza en las posibilidades de su cientificidad
en general. Por el otro, la pérdida de legitimidad de la
teoría social como una herramienta eficaz en la construcción
de la narrativa histórica ha obligado a la historiografía,
en los últimos años, a una búsqueda de su propia
identidad en las prácticas literarias. La literatura es el
reino donde la "universalidad" se constituye a través
de la "singularidad" de los personajes y sus contextos.
Es el movimiento exactamente opuesto al que proponía la exploración
"teórica" de la realidad. Vislumbrar la narración
histórica como una continuación de la narración
literaria significa, en esencia, colocar el tema de la búsqueda
de sentido que define las acciones de los individuos y los actores
sociales como ya lo explicó Roger Chartier en
el centro de la escritura de la historia. Significa también
reconocer la creciente individuación de la relación
que el historiador guarda con la producción de su propio
texto.
Desde el
siglo XVIII, los historiadores modernos crearon
"escuelas", "academias" ,"corrientes de
interpretación" y, en general, lugares institucionales
que amparaban y definían la naturaleza de su narrativa. Se
asociaban y ocultaban en "espacios institucionales" o
"grupos teóricos". Michel De Certeau demostró
con detalle los alcances de este fenómeno. Frente a ellos,
el literato aparecía como un nómada solitario en búsqueda
de lenguajes y significados irrepetibles y singulares. El malestar
actual del historiador reside, en mi opinión, en la decadencia
de su intervención institucional en la vida intelectual y
en la pérdida de significado de la narrativa que se origina
en esta filiación. En principio, tiene ante sí sólo
dos opciones: las industrias de la memoria, criaturas producidas
por el Estado y, sobre todo, por el mercado, o una soledad que se
asemeja a la del literato.
La
escuela de los Anales: la herencia y las migajas
FRACTAL: ¿Cómo
valorar la tradición historiográfica creada por la
escuela de los Anales desde la perspectiva de esta redefinición
de los espacios intelectuales en los que hoy se produce el saber
histórico?
A. MENDIOLA: En el
contexto mexicano, la historiografía se sigue concibiendo
en términos de tradiciones nacionales. En algunas carreras
de historia se estudia, por ejemplo, historiografía francesa
(centrada en la escuela de los Anales) o bien la historiografía
de los ingleses (centrada en Erik Hobsbawm y E.P. Thompson). Al
principio de la discusión, Roger Chartier sugirió
que la evolución que va de los años setenta a la actualidad
estaría marcada por trayectorias que no son específicamente
nacionales. Los estudios que conocemos de la historia de la escuela
de los Anales intentan definirla a partir de cierta unidad. Pero
al referirse en concreto a los historiadores que formaban parte
de la escuela, ellos mismos no tenían en claro esta unidad.
Desde afuera, la escuela de los Anales aparece acaso como una unidad;
desde adentro, parecería que esta unidad no era tan precisa
ni clara. A partir de esta cuestión, se podrían pensar
los vínculos entre los Anales y la historiografía
francesa.
Si toda referencia a
una tradición es una reinvención de esa tradición,
y el retorno a la tradición es una actualización de
la propia tradición, se puede volver de muchas formas a los
Anales. Sobre este tema apareció un libro que ha despertado
cierto debate entre algunos historiadores mexicanos. Hay en La
historia en migajas la sugerencia abierta de que la tradición
de la escuela de los Anales se va perdiendo poco a poco al perderse
la idea de la historia total. ¿Hasta qué punto esta
postura de pensar que la historia se ha fragmentado la hace perder
la pretensión de establecer algún vínculo con
las ideas fundamentales de Braudel? Acaso Braudel mismo sentía
al menos ésa fue la lectura que se hizo en México
de sus últimos textos que los historiadores perdían
de vista la imagen de la totalidad, una de las nociones básicas
que definió a la tradición de los Anales.
R. CHARTIER: A diferencia
de mi colega Alfonso Mendiola, no me gusta hablar de la escuela
de los Anales. Puede ser una trampa. Mantener en la actualidad la
idea, ficticia en mi opinión, de que sobrevive algo que se
puede llamar escuela de los Anales es, cuando menos, un riesgo;
oculta lo que está pasando en realidad. Precisamente, éste
ha sido uno de los temas de nuestra discusión, es decir,
los acercamientos que entrecruzan las escuelas historiográficas.
Puede además disipar las enormes diferencias que existen
entre historiadores que pertenecen a una misma institución
o entre quienes se identificaron, de manera más o menos directa,
con la herencia de lo que fue la tradición de los Anales
hasta los años setenta.
En los años
treinta, la escuela de los Anales fue un movimiento de renovación
fundamental que modificó el panorama historiográfico
en su conjunto. Después de la segunda Guerra Mundial preservó
su paradigma original de orden socioeconómico. Posteriormente,
su segundo paradigma fue antropológico. El riesgo es razón
por lo cual no me gusta participar en las conferencias, coloquios
y congresos que se realizan sobre los Anales suponer que estos
paradigmas fueron particular o exclusivamente franceses. La historiografía
debe tomar en cuenta las diversas maneras en que se hace el mismo
tipo de historia. Lo que sucedió en los años setenta,
ochenta y noventa, pero particularmente en los ochenta y noventa,
es una construcción retrospectiva de los Anales a través
del comentario infinito de quienes se decían analistas de
la fundación misma del movimiento. En la historiografía
francesa, escribir sobre la historia de los Anales se ha convertido
en un género. Además existe una leyenda negra sobre
las críticas a (y los críticos de) los Anales. Ya
sea la crítica que provino, en cierta manera, desde la perspectiva
italiana de la historia intelectual, la escuela de Franco Venturi,
o el rechazo a la historia cuantitativa que vindicó una aproximación
más antropológica a la cultura. El prólogo
que Robert Darnton escribió para el libro de Carlo Ginzburg
El queso y los gusanos prefiere llamarla una leyenda gris.
Esta leyenda ha demarcado una suerte de unidad, una coherencia que
es preciso rechazar y criticar. Me parece que los dos movimientos
la hagiografía de los Anales y la leyenda sobre sus
críticos se reforzaron el uno al otro para preservar
la idea de algo que, de hecho, ya no existía; es decir, la
unidad y la coherencia de una corriente historiográfica,
cuya existencia se habría prolongado desde los años
treinta hasta los setenta.
Mi diagnóstico
podría parecer, a primera vista, semejante, por ejemplo,
al del historiador Ruggiero Romano, quien insiste en afirmar que
la tradición de los Anales se acabó en los años
setenta, cuando Leroy Ladurie y Jacques Le Goff fueron los directores
de la revista. Pero no es así. Romano lamenta la desaparición
de los Anales, yo no. Si mi diagnóstico parece inspirado
en la idea de que hay un momento en que la tradición viva
es continuada por la construcción retrospectiva de la tradición
para preservarla a través del discurso hagiográfico
o el discurso crítico, en realidad propongo conclusiones
muy distintas. Para mí la desaparición de la escuela
de los Anales es un acontecimiento favorable, un hecho positivo,
porque nos permitió liberarnos de la vinculación entre
una tradición historiográfica nacional y una corriente
teórica. La escuela de los Anales nunca fue exclusivamente
francesa. Muchos extranjeros colaboraron en la revista. Pero en
la imagen que proponen sus retrospectivas, la tradición de
los Anales es identificada no con una comunidad internacional, sino
con la historiografía francesa. Sólo hasta que esta
identificación se derrumbó fue posible respirar un
aire más libre o, por lo menos, más diverso. Ahora
se han vuelto posibles los encuentros con otras tradiciones historiográficas
ignoradas durante largo tiempo en la recepción de la tradición
de los Anales.
No lamento tampoco la
desaparición de la idea de totalidad, que quizá habla
más de una declaración de principios que de la práctica
misma de Braudel o del pensamiento de quienes participaron realmente
en el movimiento. Los libros de "historia total" son libros
de historia total únicamente cuando reducen la escala de
observación. Pero no a la manera en que lo hizo la microhistoria
italiana, sino como lo acostumbraba hacer la geografía humana
en la tradición francesa, que estudiaba una ciudad, una provincia,
un país entero, como se decía en la Francia del antiguo
régimen. El resultado fue la acumulación indiscriminada
de monografías, algo que pronto se volvió decepcionante.
Salvo en la obra de Braudel, la idea de totalidad supuso, casi necesariamente,
la reducción de la escala de observación y la elección
de la monografía como práctica historiográfica.
Pero no se puede decir todo a través de monografías.
Desde las ruinas de
la idea de totalidad es preciso pensar en otras formas de generalización.
¿Cómo puede un caso particular decir algo generalizable
a través de su especificidad? ¿Cómo pensar
la coherencia del mundo social a partir de un acontecimiento, una
práctica singular, un conjunto de textos, los modos de comportamiento,
lo particular y lo específico? El derrumbe de la idea de
totalidad abrió paradigmas más amplios, libres y complejos
para pensar las configuraciones históricas como conjuntos
de discursos y prácticas, como sistemas de representación
que articulan las disímbolas maneras de pensar, actuar, creer
y, en general, las diversas prácticas que distinguen la complejidad
de una sociedad.
Los
andamiajes de lo singular
FRACTAL: ¿Es
posible reconstruir la dimensión de lo social a partir de
la historia de sujetos y objetos singulares?
I. SEMO: La idea de
totalidad ha sido también una visión filosófica
y metodológica que propone un "plan" de la realidad,
un "guión" para escribir la historia. Pienso en
las principales corrientes historiográficas de México
que se hallan, hasta la fecha, consciente o inconscientemente, ancladas
en ella. La totalidad propone un paradigma en el que el sentido
de la historia se halla definido de antemano; sólo hay que
poblarla de protagonistas y contingencias. Es un relato que se relata
siempre de nuevo; una historia sin misterio. El sentido que los
individuos o los actores sociales dan a sus acciones proviene de
su relación con la totalidad y no de las relaciones que establecen
entre sí. La totalidad presupone la noción de centralidad:
un todo es inimaginable sin un centro. En la interpretación
de las sociedades modernas el "centro" tiene una gramática.
Sus componentes esenciales son el "Estado", la "economía",
el "ciudadano", las "instituciones"... Los protagonistas
de la historia total no tienen rostro. Son siglas o instituciones
que tienen ojos y que hablan. Hay una historia del sindicalismo
mexicano que logra mencionar 418 siglas en 224 páginas.
La historia cultural,
para llamarla de alguna manera, se origina en el afán de
rehabilitar el rostro y el cuerpo, el individuo de "carne y
hueso" se decía antes, como el centro del
relato histórico. Pero como un centro enigmático y,
en cierta manera, impredecible. Los trabajos de Chartier sobre la
historia del libro y la lectura son, por supuesto, algo más
que la historia de la lectura y del libro. La producción
de un libro nos lleva a la imprenta, la industria del papel y la
cultura técnica; su lectura, al terreno de la difusión
de las ideas y al reino de los lectores; su escritura, al mundo
de los autores, sus vidas e ideas, sus límites y posibilidades;
su circulación, al de la censura y la propaganda; su comercialización,
al mercado y los libreros; su resguardo, a las bibliotecas y los
coleccionistas. La historia del libro puede ser escrita como una
historia de la sociedad. Un prisma de mil y una caras. De la misma
manera, podríamos proceder con la historia de la pintura,
los pintores y el impacto que producen los cuadros en quienes los
observan. El teatro, la televisión, el cine serían
dominios imprescindibles en esta reconstrucción. La pregunta
que me hago es la siguiente. Jamás podríamos estudiar,
por ejemplo, el conjunto de libros, lectores e impresores del Porfiriato,
¿cómo entonces decir algo sustancial, en términos
efectivamente sociales, de la relación entre los libros que
circularon durante el Porfiriato y la construcción de estructuras
mentales, percepciones y visiones compartidas por sectores enteros
de la sociedad porfiriana? O en otras palabras: ¿cómo
pasar de lo singular a lo social?
R. CHARTIER: Si observamos
la portada del Quijote de la edición de 1605, en la parte
superior se encuentran el nombre del autor y el nombre del protector;
es decir, nos hallamos frente a un sistema de mecenazgo y patronazgo.
En la parte inferior se pueden leer las referencias del editor Juan
de Acosta. Esto nos habla de la relación entre el autor y
el mundo de la producción, la imprenta y la cultura tipográfica,
entre otras cosas. Finalmente, aparece el nombre del librero y dónde
se podía adquirir el libro, una información que trata
del mercado. Tan sólo la portada del Quijote nos abre la
posibilidad de analizar los vínculos entre el sistema de
patronazgo y el mercado, entre la escritura y las técnicas
de imprenta de la época. Se podrían mencionar otros
ejemplos que nos permiten reconstruir sistemas de clasificación
de percepciones, las diferencias entre los géneros o la relación
entre ficción y realidad en las obras literarias de los siglos
XVI y XVII. Es una manera
de aproximarnos al estudio de la historia de la recepción
y encontrar sus formas específicas, que varían de
siglo en siglo y de comunidad en comunidad. Finalmente, podemos
cifrar y descifrar las estructuras mentales que organizaron la inteligibilidad
de las obras en cada época. No es una tarea fácil.
Las fuentes no son directas. Hay que imaginar relaciones, leer entre
líneas, asociar indicios.
El
lector como enigma
FRACTAL: El lector
es el gran enigma del proceso de textualización de la sociedad.
Su territorio es la relación inmediata con el texto. ¿Cómo
estudiar las formas en que un texto produce sentido y significado
en un lector que, finalmente, se apropia de su contenido en el estrecho
círculo de su intimidad?
A. MENDIOLA: Cabría
reflexionar en las dificultades que encuentra hoy el estudio de
la historia de las prácticas de la lectura. En las investigaciones
más recientes se percibe un esfuerzo por buscar y situar
instituciones y formas de sociabilidad que definieron ciertas formas
de lectura. Parece ser que fueron las universidades, al menos en
términos institucionales, las que produjeron una imagen de
la lectura o de ciertos usos del libro que, a su vez, dieron pie
a las teorías de la intelección abstracta del texto.
Es decir, una intelección en la que no importaban la forma
ni las características materiales del libro, ni tampoco importaban
los usos y las formas de sociabilidad que engendraban los textos
en una universidad eran, en principio, las de maestro-alumno
y que permitió abstraer de la parte histórica que
contenían los libros (entendidos como objetos). La preocupación
por descubrir que las prácticas de la lectura se fundan en
intenciones y objetivos que no se circunscriben a la práctica
alumno-profesor nos ha hecho volver a explorar la historia de la
lectura. ¿Qué motiva los intentos actuales de reescribir
la historia del libro y de la lectura? ¿Contra qué
se está "luchando"? ¿Hasta dónde
las teorías semánticas de la lectura, la lingüística
estructural en particular, expresaban una práctica fundamentalmente
universitaria? A manera de ejemplo, en la Facultad de Filosofía
y Letras se podía leer a Descartes sin preocuparse por la
época en que escribió sus textos, ni por los procesos
de socialización de sus libros. ¿Qué ocurre
en la sociedad contemporánea que nos obliga a ver los objetos
culturales en términos de su diversidad y su historicidad,
tal y como lo sugiere la búsqueda de Roger Chartier? ¿Fue
acaso el siglo XIX, a través de una
de sus formas institucionales del uso del libro, la universidad
y el aprendizaje, el que ocluyó el cuerpo, la dimensión
y la materialidad del texto?
R. CHARTIER: Hace poco,
Pierre Bordieu cuyas preocupaciones son cercanas a las de
Alfonso Mendiola propuso una reconstrucción de las
condiciones de producción del lector como un sujeto que se
identifica con una operación puramente intelectual. Para
Bordieu, el lector no se detiene a pensar en el hecho de que el
libro tiene un cuerpo y una materialidad específicas, ni
tampoco en las condiciones propias de la lectura. Se lee de manera
espontánea y universal. Pero la interrogante de Alfonso Mendiola,
cuya problemática es la integración de las condiciones
de producción del lector con las condiciones de producción
de las situaciones en las que se lee, nos remite a un problema particularmente
actual: la distancia que adoptamos frente a nosotros mismos, es
decir, la forma de objetivación de nuestras propias prácticas.
La sociología
y la antropología nos han enseñado que nuestras prácticas
no tienen en sí nada de universal o de legítimo y
que deben reconstruirse en el mundo de la pluralidad de las prácticas.
A partir de esta distancia crítica podemos, en cierto sentido,
reconocer y conocer al otro lejano o al otro inmediato. La historia
es (para nosotros lectores) la reconstrucción de lo que aparece
como inmediato. A la vez se podría explorar lo que propone
Alfonso Mendiola: un recorrido a contrapelo para encontrar cuándo
se inicia la doble abstracción de la lectura y del texto.
La experiencia de la universidad en el siglo XIX
es, en efecto, un momento importante. Pero quizá los orígenes
de este tipo de lectura deben buscarse en las escuelas y universidades
de la Edad Media. En respuesta al desafío lanzado por Bordieu,
habría que empezar por descifrar la lectura que se identifica
con un proceso puramente abstracto, donde el lector se aboca a la
comprensión de lo que lee sin considerar en absoluto el objeto
en el que se encuentra el propio texto. Esta estrategia nos permitiría
también acercarnos a la pluralidad, si no de las prácticas
del lector, que son infinitas, sí de las normas que rigen
a las convenciones, los códigos y las costumbres de cómo
se lee en una comunidad.
La historia de la lectura
es, en cierta manera, decepcionante. Se ocupa más de las
constricciones que limitan las posibilidades de la lectura, que
de la experiencia del lector frente al texto. En rigor, creo que
sólo la ficción puede acercarnos a esta dimensión.
Es paradójico. Frente al texto el lector es libre. El texto
no define por sí mismo la producción de sentido. La
construcción de sentido supone esta libertad. Pero no es
difícil entender que la libertad del lector no es ilimitada.
En el siglo XVI, una lectura surrealista es
inconcebible. También lo es que en el mismo siglo un campesino
sea capaz de una lectura propia del humanismo. La historia de la
lectura, que debe suponer la libertad del lector, se dedica en realidad
al estudio de las coacciones y los límites que operan para
reducir esta libertad. Sin embargo, sigue pendiente una historia
de los modos de leer: leer en silencio, leer sin prestar atención
a lo que se lee, leer de manera hermenéutica...
I. SEMO: La historia
del libro es, en primera instancia, una historia de la cultura material
de la sociedad; la de la lectura nos lleva, en cambio, al terreno
de la producción de sentidos y significados. La conjunción
de ambas historias abre espacios inéditos para interpretar
un problema decisivo en el estudio de cualquier configuración
social: la conformación social y la difusión de las
ideas. El estructuralismo partió del principio de que la
organización estructurada de las prácticas sociales
debía explicar la existencia de "estructuras mentales".
Es el origen de las teorías sobre la ideología y,
posteriormente, de las teorías sobre el discurso. La historia
de la lectura propone, a mi parecer, el camino inverso. Para el
historiador, el contenido del mundo simbólico y cultural
de un lector-individuo debe ser una pregunta abierta. Los sitios
sociales en los que se desenvuelve, llámese la corte, la
universidad, el parlamento, la burocracia..., dominan su sociabilidad,
pero no necesariamente sus formas de interpretar el entorno y la
realidad que lo rodea. Saber qué lee y cómo lee un
individuo no nos dice todavía mucho acerca de cómo
interpreta lo que lee. Pero es un comienzo. Se podría afirmar
que es el pórtico que nos permite reconstruir el territorio
de la inteligibilidad de la interpretación: la azarosa trayectoria
de las acciones y las asociaciones que cifran la historia de una
vida. La libertad del lector adquiere un sentido consignable cuando
define el territorio de una acción comunicativa. Nunca hay
un solo lector, sino lectores. El orden de los libros y de las lecturas
se vuelve un orden efectivamente simbólico: aparece como
una gramática que permite nombrar y demarcar el sentido de
la interpretación que los actores sociales dan a sus acciones.
Pero es una gramática que no se halla en el libro mismo,
sino que sólo puede ser inferida a través de las asociaciones
que los actores realizan con otros órdenes simbólicos.
La libertad del lector reside en la libertad para asociar lo que
lee con la interpretación de su mundo inmediato. La interpretación
se vuelve una señal consignable cuando abandona la intimidad
del silencio y deviene comunicación.
Pantallas,
cursores y bibliotecas virtuales
FRACTAL: La era
electrónica ha producido el texto virtual. La cibernética
ha traído consigo una auténtica revolución
en la textualidad de la sociedad. ¿Qué les espera
al libro y a la lectura en la era de la pantalla, el procesador
de palabras y la edición computarizada de textos?
R. CHARTIER: La representación
electrónica del texto ha producido una triple revolución.
Se han modificado la técnica de producción y reproducción,
las prácticas de la lectura y, sobre todo, el vehículo
del texto. Nos hallamos en un mundo completamente nuevo. Hoy el
lector se puede volver un coautor. Tradicionalmente, cuando un lector
quería escribir algo, sólo podía hacerlo fuera
del libro. En el libro mismo tenía a su disposición
los márgenes, las hojas blancas y la segunda y tercera de
forros. Pero escribir sobre un libro no suponía coparticipar
en la construcción del texto. En la pantalla, el lector puede
reescribir, desplazar, cortar, pegar, etcétera, es decir,
puede dar la forma que él quiera al texto. Además,
la computadora le permite imprimir de inmediato lo que ve en la
pantalla. Esta revolución tiene enormes consecuencias. Piénsese
tan sólo en las implicaciones jurídicas: el problema
del copyright y de la propiedad literaria. Ni hablar de las
consecuencias de orden estético. La estética de la
obra escrita se define por la singularidad, la originalidad y la
coherencia de los elementos que componen el texto. En la pantalla,
el lector puede modificar este orden infinitamente.
Hoy es posible pensar
en la biblioteca universal. Si todos los textos escritos e impresos,
incluso los manuscritos, fueran convertidos en textos electrónicos,
no hay razón para no imaginar la disponibilidad universal
del patrimonio textual. Existen obstáculos técnicos
y financieros. Sin embargo, en teoría, la humanidad se hallaría,
por primera vez, en la condición de que el lugar del texto
y el del lector sean uno y el mismo. La idea de "lugar"
es una metáfora: en la pantalla el texto es virtual. El lector
podría escribir directamente en los textos reunidos en la
biblioteca universal.
La historia del libro
se ocupa de estudiar el proceso que transforma un texto en un libro.
Los pasos son muchos. Hay que editar, imprimir, distribuir, vender,
etcétera. Un bibliógrafo norteamericano decía
con razón que los autores no escriben libros, sino textos
que otros convierten en libros. La computadora nos ahorra este proceso.
Se escribe, edita y diseña en pantalla. No hay necesidad
de imprimir. El texto ingresaría a la biblioteca universal
a través de una red electrónica.
FRACTAL: La
computación ha modificado la naturaleza del texto escrito.
Pero los medios masivos de comunicación han transformado
radicalmente la naturaleza de la lectura. La mayor parte del tiempo
"leemos" imágenes y escuchamos mensajes. Jauss
dijo alguna vez que en la sociedad moderna se "lee con los
oídos, escuchando". La revolución de la escritura
ha sido acompañada por una revolución de la lectura.
¿Cuáles son los cambios que se pueden detectar hoy
en la relación entre el texto, el lector y el escucha?
I. SEMO: La práctica
de "leer con los oídos" es tan antigua como la
lectura misma. Imagino que en 1910 la mayoría de los mexicanos
"escucharon" el libro sobre la sucesión presidencial
que escribió Madero. La razón es sencilla: sólo
6% de los ciudadanos sabían leer. El libro de Madero "fue
leído" en alto en reuniones pueblerinas, en las casas
y en los clubes antirrelecionistas. También se leían
en alto los sermones en las iglesias, los dictámenes de los
juicios y las cartas de los parientes. Uno pensaría que la
alfabetización redujo la necesidad de leer en alto. Todo
lo contrario. Hoy se lee en alto en los noticieros de la radio y
la televisión, en el Congreso, en la plaza pública,
en las conferencias académicas, en las presentaciones de
libros, etcétera. En la actualidad, leer en alto tiene otro
sentido y otros objetivos. En los siglos XVIII
y XIX, el texto se leía en alto para
darlo a conocer; hoy se lee en alto para sustituirlo. Del que lee
en alto se espera, en general, un mensaje abreviado con respecto
al que se halla en el texto escrito.
Quisiera mencionar
tan sólo una consecuencia probable de este hecho. Me pregunto
si nos hallamos en un retorno a la cultura oral. Antes se leía
oralmente por falta de lectores; hoy, por la abundancia de textos.
Esto debe hacer reflexionar al autor sobre la naturaleza de la narrativa.
Me refiero a cualquier tipo de autor: poetas, historiadores, periodistas...
Una cosa es escribir para un lector que lee en silencio, otra muy
distinta, hacerlo en una cultura dominada por la oralidad.
R. CHARTIER: En efecto,
la reanimación de la lectura se puede ver como un regreso
a situaciones en las que se lee en voz alta. Ilán Semo tiene
razón al hacer hincapié en los "lugares"
institucionales en donde actualmente se lee en alto. La mayoría
de estos "lugares" están vinculados a los medios
masivos de comunicación. Pero también se lee en voz
alta en la escuela frente a los niños. Los maestros lo hacen
para verificar la correcta lectura silenciosa. Ante los niños
se lee en alto en la casa. Es una lectura destinada a la diversión
o a la educación. Pero entre el siglo XV
y el XIX la lectura en voz alta perseguía
la reproducción de ciertas formas de sociabilidad. Ya fuese
de manera formalizada en los salones de sociedad o en sus versiones
más informales en las tabernas y en el café. Compartir
una lectura significaba establecer vínculos sociales y de
amistad. Se pasaba el tiempo en los viajes o en el café,
incluso entre personas que no se conocían previamente. En
la sociedad contemporánea se distinguen esfuerzos por establecer
formas peculiares de sociabilidad en torno a la lectura en voz alta.
Las lecturas de poemas son un ejemplo. Hay sociedades que se reúnen
para escuchar lecturas. Pero la tendencia general es la de reducir
la lectura en voz alta a los ámbitos del maestro y de los
padres de familia, que leen para los niños. La lectura en
voz alta debe ser una de las líneas centrales de investigación
para la historia de la lectura. ¿Qué será de
ella en la era de la computación? Es difícil especular.
Nos hallamos en un
momento similar a los siglos II, III
y IV, cuando el codex se impuso sobre
el rollo de la antigüedad; o al siglo posterior a la invención
de la imprenta. Vivimos una época de competencia, articulación
y división de funciones entre un fundamento tradicional,
basado en el escrito impreso, y las nuevas estructuras creadas por
la representación electrónica. Hasta la fecha, la
computación se ha vinculado más con documentos que
son de intercambio inmediato y almacenamiento: redes informáticas
y bancos de datos. El mundo de la cultura literaria, en cambio,
mantiene su lealtad a la forma clásica de los libros impresos.
Sin embargo, la división
entre la cultura del libro impreso y la representación electrónica
se borra día a día. La edición electrónica
se dedica actualmente a los grandes instrumentos del conocimiento
y el saber: el diccionario, la enciclopedia, los compendios generales.
Pero existe ya una literatura electrónica que produce creaciones
en multimedia. Es una literatura que puede vincular la imagen con
la palabra escrita y el sonido. Pienso, por ejemplo, en los multimedia
que se hallan hoy en día a la entrada de un museo. La introducción
del sonido crea una forma completamente nueva de transmisión
cultural, que puede empezar a predominar sobre la cultura tradicional
del texto. Es imposible pronosticar si la división de funciones
entre el impreso tradicional y el "texto" electrónico
se mantendrá o se transformará radicalmente. Tal y
como sucedió con el triunfo del codex sobre el rollo o del
libro impreso sobre la tradición del manuscrito.
Ilán Semo
Discusión,
"El malestar en la historia", Fractal
n° 3, octubre-diciembre,
1996, año 1, volumen I,
pp. 153-175.
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