| La
guerra civil de Afganistán ofrece un ejemplo claro al respecto.
Mientras el país estaba ocupado por las tropas soviéticas,
el conflicto se podía interpretar bajo los esquemas de la Guerra
Fría. La guerra era instrumentada desde ambos lados: Moscú
apoyaba a quienes ocupaban las ciudades; Occidente a los mudjadines.
Todo parecía una lucha en torno a la liberación nacional,
la resistencia contra la invasión, contra los agresores y los
infieles. Pero la verdadera guerra civil estalló cuando los
ejércitos de ocupación fueron expulsados. De la envoltura
ideológica no quedó nada. La intervención extranjera,
la integridad de la nación, la verdadera fe: todos los principios
se revelaron como simples pretextos. La guerra de todos contra todos
tomó su curso.
Fenómenos
similares se pueden observar por doquier en África, India,
el sudeste asiático y América Latina. Del aura heroica
de los guerrilleros no quedó traza alguna. La guerrilla y
la contraguerrilla, anteriormente imbuidas de poderosas ideologías
y armadas con el apoyo de aliados extranjeros que a su vez
las utilizaban, han acabado por convertir a la guerra en un
fin en sí mismo. Lo único que quedó es la banda
armada. Todos estos supuestos ejércitos de liberación,
movimientos populares y frentes se han degenerado hasta convertirse
en pandillas depredadoras que poco se diferencian de sus enemigos.
El desquiciado alfabeto con el que se adornan FNLA
o FLNS, MPLA o MPLS
ya no confunde a nadie. No persiguen ideales, ni objetivos, ni proyectos.
Lo único que los mantiene unidos es una estrategia que
ni siquiera merece este nombre definida inveteradamente por
la rapiña y la depredación.
Observamos
el mapa mundial: localizamos guerras en geografías lejanas,
sobre todo en el Tercer Mundo. Sin pensarlo, hablamos de subdesarrollo,
pobreza, desigualdad y fundamentalismo. Nos parecen luchas incomprensibles
que se escenifican en lugares remotos y aislados. Pero es un espejismo.
En realidad, la guerra civil molecular ya emigró hacia las
metrópolis. Sus metástasis pertenecen a la vida cotidiana
de las grandes ciudades no sólo en Lima y Johannesburgo,
en Bombay y Río de Janeiro, sino en París y Berlín,
en Detroit y Birmingham, en Milán y Hamburgo. Sus protagonistas
no sólo son terroristas y miembros de los servicios secretos;
mafias y skinhead; narcos y escuadrones de la muerte; neonazis
y sheriffs pardos, sino el ciudadano común que de
noche se transforma en pirómano, asaltante, asesino en serie
y ave de rapiña. Como en las guerras africanas, estos mutantes
se vuelven más jóvenes día a día. Nos
pensamos diferentes; creemos que la paz reina tan sólo porque
todavía podemos ganarnos nuestros centavitos sin ser abatidos
por algún abominable francotirador. Pero la guerra civil
no viene de afuera, no es un virus introducido de manera subrepticia,
sino un proceso endógeno. La inicia invariablemente una minoría
extrema; quizá basta con que uno de cada cien la quiera para
hacer insostenible cualquier forma civilizada de convivencia. En
las naciones industrializadas la civilidad todavía es mayoría.
Nuestras guerras civiles no han alcanzado hasta ahora a las masas;
son de orden molecular. Pero en cualquier momento pueden convertirse
en escaladas e incendiar regiones enteras como lo muestran los acontecimientos
de Los Ángeles.
¿Acaso
son admisibles estas comparaciones? ¿Qué pueden tener
en común el tchetnik serbio y el abarrotero de Texas
que se agazapa en una torre y dispara sobre la multitud?, ¿el
jefe de una gavilla en Liberia y el skinhead que revienta
su botella de cerveza sobre la cabeza de algún anciano pensionado
que pasaba por casualidad?, ¿los autonomen de Berlín
y el guerrero de la jungla en Camboya? o ¿la mafia chechena
y Sendero Luminoso? ¿Y todo esto comparado con la normalidad
de alguna pequeña ciudad alemana, sueca o francesa? ¿No
es acaso una generalización hueca hablar de la guerra civil
a secas? ¿Otra manera de producir pánico? Temo que
más allá de las diferencias existe un
común denominador: por un lado, el carácter autista
de los perpetradores; por el otro, su incapacidad de distinguir
entre la destrucción y la autodestrucción. Las guerras
civiles de nuestros días no persiguen legitimarse; por el
contrario, condenan la legitimidad. La violencia se ha liberado
de todas sus formas ideológicas de sustentación. Los
instigadores de antes eran en comparación con su versión
actual hombres y mujeres creyentes. Para ellos el valor supremo
consistía en matar y morir en nombre de algún ideal.
Se aferraban a lo que antes se solía llamar Weltanschauung
(concepción del mundo) de manera "fanática",
"incorruptible", "incuestionable". Los correligionarios
de Hitler y Stalin siguieron a sus líderes con ojos iluminados;
en la hora de las decisiones no titubearon y ningún crimen
se les hizo demasiado grave. Los guerrilleros y los terroristas
de los años sesenta y setenta se sentían obligados
a justificarse. En volantes y desplegados, en catecismos pedantes
y testimonios formulados burocráticamente ofrecían
argumentos y explicaciones de las acciones que perpetraban. A los
victimarios de hoy esto les parece inútil. Lo que nos deja
perplejos frente a ellos es su carencia absoluta de cualquier tipo
de convicción.
A los
capos de las guerras civiles de América Latina les parece
lo más natural descuartizar a quienes, en teoría,
pretenden emancipar: campesinos, indios y pobres en general. Las
alianzas con los barones de la droga y los servicios de espionaje
no sólo no les resultan un dilema sino, por el contrario,
perfectamente comprensibles. El terrorista irlandés utiliza
ancianos pensionados en calidad de bombas humanas y es capaz de
hacer volar a un bebé en su carriola. En las guerras actuales,
las víctimas preferidas son los niños y las mujeres.
No sólo el tchetnik está orgulloso de haber
masacrado un hospital entero (pacientes, enfermeras y doctores incluidos),
en todas partes el objetivo es el mismo: acabar con la vida de seres
inermes. Quien no lleva ametralladora es visto como un sujeto raro.
Nos encontramos, en rigor, frente a una nueva masculinidad. Su honor
se llama cobardía.
Por cierto,
todo esto también es válido en las guerras que estallan
en nombre de algún reclamo nacionalista. Con frecuencia se
trata de manipulaciones ideológicas tomadas del perchero
de disfraces históricos. Lo que proponen sus propagandistas
son gesticulaciones de segunda y tercera mano. El molino ideológico
debe simular convicciones. Pero un vistazo a la realidad muestra
que las bandas no necesitan pretexto alguno. A los guerreros camboyanos,
angolanos o somalíes nada parece serles más indiferente
que el destino de sus propios hermanos de sangre, a los que han
dejado morir de hambre, arruinado y masacrado sistemática
e inmisericordemente. Los modelos tradicionales de explicación
también fracasan frente a la guerra civil molecular en las
metrópolis del centro. Las guerras entre pandillas en los
ghettos norteamericanos no tienen nada en común con
la lucha histórica de clases. Ahí, perdedores disparan
sobre perdedores.
Expongo
algunas reflexiones sobre nuestra propia contribución a la
guerra civil molecular. A sus actores, en Alemania, se les llama
radicales o neonazis. Con esta designación creemos saber
lo que se puede esperar de ellos. Pero aquí la ideología
es un simple maquillaje. El joven criminal que sale a cazar seres
inermes da los siguientes informes: "No pensaba en nada en
particular." "Estaba aburrido." "No me caen
bien los extranjeros." Los argumentos se extinguen rápidamente.
Del nacionalsocialismo no sabe ni un ápice. La historia no
le interesa. La cruz gamada y el saludo hitleriano son fórmulas
arbitrarias. El vestido, la música y la cultura del video
llevan formato norteamericano. La bandera de guerra del tercer Reich
sirve para adornar camisetas y usar con jeans. El skinhead
se autobautiza con algún nombre inglés que deletrea
con orgullo. La supuesta "alemanidad" es un slogan
sin contenido, cuya finalidad más probable es llenar los
vacíos de estos cerebros. Al igual que a vietnamitas o turcos
podría ir a "chingarse" inválidos, pordioseros,
pensionados, niños de escuela o cualquier otra figura "débil".
Si no fuera tan cobarde lo haría también contra cualquier
ciudadano del este o el oeste (de Alemania), según la geografía
de la "movida" en la que deambula. La elección
entre la alemanidad y la motocicleta, entre la patria y la disco
no debe serle difícil. Si su propio futuro lo tiene sin cuidado,
es obvio que el futuro de su país le importe un comino. El
futuro se ha desvanecido de las entidades probables de la vida.
En un
antiguo libro que iluminó por primera vez las premisas de
este drama se puede leer al respecto:
El odio nunca ha
faltado en el mundo; pero... [ahora] ha crecido hasta convertirse
en un factor político decisivo en los asuntos públicos...
El odio no podía, en realidad, imputársele a nada
ni a nadie; no encontraba a nadie a quien hacer responsable ni
al gobierno, ni a la burguesía, ni a las potencias extranjeras,
así fue invadiendo todos los poros de la vida cotidiana
y se expandió en todas las direcciones; adoptó las
formas más fantásticas e impredecibles... Comenzó
entonces la lucha de todos contra todos y, en particular, contra
el vecino inmediato... Lo que distingue a la masa moderna de la
turba es el desinterés y la indiferencia frente a su propia
integridad... Indiferencia entendida no como una propiedad, sino
como el sentimiento de que el sujeto no tiene valor alguno, de
que el individuo puede ser sustituido indiscriminadamente, en
cualquier momento, por alguien más... Este fenómeno
de la autodenigración más radical, esta indiferencia
cínica y casi inercial con la que las masas llegaron a
enfrentar su propia muerte era algo realmente inesperado... Padecían
de la súbita y absoluta desaparición del entendimiento
humano y de la capacidad de explicar y juzgar, así como
de la implosión, no menos radical, del instinto más
elemental de preservación.
Hannah
Arendt hablaba de la época entre las dos guerras mundiales
y quiso explicar la base de masas que engendró los sistemas
totalitarios. La actualidad de su visión es evidente. Pero
a diferencia de los años treinta, los criminales de nuestros
días no necesitan rituales ni desfiles militares; tampoco
requieren uniformes, ni programas, ni juramentos, ni convocatorias.
Más aún: pueden prescindir del líder. El odio
es más que suficiente. Si en aquel entonces el terror fue
un monopolio de los regímenes totalitarios, en la actualidad
aparece de improviso en su forma "desestatizada". La Gestapo
y la GPU se vuelven prescindibles cuando sus
inéditos clones infantiles toman el asunto en sus manos.
Cada vagón
del metro puede convertirse súbitamente en una Bosnia en
miniatura. El pogrom (cacería de judíos en
Rusia occidental) ya no requiere de ghettos. Las "acciones
de limpieza del enemigo" pueden prescindir de los contrarrevolucionarios.
Basta con que alguien prefiera el equipo de futbol contrario o que
la verdulería de enfrente sea más próspera;
basta con que alguien se vista de manera distinta, que hable otra
lengua, lleve un turbante o ande en silla de ruedas... La más
insignificante de las diferencias puede convertirse en un riesgo
mortal. En realidad, la agresión no sólo se dirige
contra el otro, sino también contra la propia vida. O en
las palabras de Hannah Arendt: para los agresores el dilema no consiste
en si van a morir o a vivir, sino en si existen realmente o nunca
han visto la luz. Por más grande que sea la parte de la información
genética que determina el grado de estupidez, no alcanza
para explicar las formas más violentas de autodestrucción.
La relación entre causa y efecto es tan evidente que cualquier
niño de primaria puede entenderla.
Los lamentos
en torno a la pérdida de inversiones y plazas de trabajo
resultan ridículos frente al pogrom. Cualquier capitalista
sensato sabe que es absurdo invertir allí donde la vida se
halla en riesgo permanente. El más estúpido de los
presidentes serbios sabe como también lo sabe el más
estúpido de los Rambos que la guerra civil en la que
tanto se esmera transforma sus propias naciones en páramos
económicos. La única conclusión posible es
que la autodevastación colectiva no sólo es un efecto
menor, sino el verdadero objetivo. Los guerreros de nuestra época
saben perfectamente que sólo pueden perder: la victoria es
imposible. Aun así hacen todo lo que está a su alcance
para llevar su propia situación a extremos inverosímiles.
Es como si persiguieran no sólo el fin del otro, sino el
de sí mismos.
Un trabajador
social francés informa sobre la situación en los suburbios
de París:
Ya destruyeron todo...
Las puertas, los buzones de correo, las escaleras de los edificios...
Saquearon y demolieron el hospital que atendía a sus hermanas
y hermanos menores. No conocen ni respetan ningún tipo
de regla. Arrasan los consultorios médicos y dentales así
nada más; devastan las escuelas. Si se les construye un
campo de futbol, derriban las porterías con serruchos y
hachas.
Las imágenes
de la guerra civil molecular y de la guerra macroscópica
se confunden hasta el último detalle. Un testigo directo
reproduce lo que vio en Ruanda. El reportero estaba presente en
el momento en que una banda armada asaltó un hospital. No
era una acción militar. Nadie amenazaba a los agresores;
no se oían disparos en la ciudad. El hospital ya había
sido dañado y sólo contaba con algunos aparatos y
recursos elementales. Los asaltantes procedieron con una ira metódica.
Las camas fueron desgarradas; los recipientes de suero y los medicamentos,
lanzados contra el piso y las paredes. Después, los sujetos
armados, vestidos con uniformes mugrientos y semideshechos, acometieron
contra el paupérrimo instrumental médico. No quedaron
satisfechos hasta que lograron inutilizar el aparato de rayos X,
el esterilizador y la bomba de oxígeno. Cada uno de estos
zombis sabía que era imposible prever el fin de la guerra;
cada uno sabía que al día siguiente su vida podía
depender de la presencia de un médico que curara sus heridas.
Es evidente que su objetivo era arrasar con todo, incluso con la
más mínima posibilidad de sobrevivencia. Reductio
ad insanitatem. Para la banda depredadora la categoría
de futuro ha desaparecido. Sólo queda el presente en su forma
más cruda y absurda. Las consecuencias tampoco existen. Los
principios generales del instinto de sobrevivencia se han evaporado.
Con ello
la guerra civil ha alcanzado una nueva calidad. En cierta manera,
se ha convertido en un retrovirus que abate a la política.
Desde los orígenes del pensamiento, la política fue
vista invariablemente como una confrontación en torno a intereses,
una lucha permanente por el poder, por los recursos y por las opciones
de futuro. Y si bien este juego de intereses casi nunca transcurrió
de manera pacífica y siempre resultó impredecible,
los principales objetivos de sus protagonistas eran en cierta manera
visibles. En cambio, ahí donde la vida del uno ya no tiene
ningún valor para el otro, el porvenir es imposible, y cualquier
filosofía política, de Aristóteles a Maquiavelo
y de Marx a Weber, se ve enfrentada a un océano de sinsentidos.
En un mundo enloquecido por bombas humanas, sólo queda el
mito ancestral de Hobbes de la lucha de todos contra todos.
Nunca
se había hablado tanto de derechos humanos como en estos
días; nunca se habían detallado, al menos en el papel,
con tanto esmero y tanta precisión. La Declaración
General de los Derechos Humanos, aprobada por la asamblea general
de las Naciones Unidas sin votos en contra en 1948, propone en un
preámbulo y en más de treinta artículos un
largo catálogo de derechos sociales y políticos. Los
antiguos regímenes comunistas, Sudáfrica y Arabia
Saudita se abstuvieron en aquella ocasión, lo cual puede
ser visto como un pequeño tributo a la verdad. Los otros
Estados, incluso aquellos en los que la censura, la tortura y la
represión eran pan de cada día, la aprobaron sin titubear.
Las dictaduras seguirán estando presentes en la asamblea
general de las Naciones Unidas. Las democracias representan ya una
frágil mayoría, pero no hay que olvidar que en las
cinco décadas que van desde 1948 muchas de ellas han fomentado
guerras coloniales y han apoyado regímenes dictatoriales.
Cuatro quintas partes de la población mundial viven actualmente
en condiciones que refutan de manera abierta aquella declaración.
Año con año nacen alrededor de cien millones de niños
a quienes no sólo no les esperan mejores perspectivas que
a sus padres, sino un mundo peor.
Los europeos
y los norteamericanos serán culpables si el mundo les toma
la palabra. ¿Acaso no son ellos los que han proclamado los
derechos humanos en los últimos doscientos años? Se
trata de postulados que deben valer para todos sin excepción.
Su universalismo no conoce diferencias ni fronteras. Las obligaciones
que imponen a cualquier individuo son, en principio, ilimitadas.
En rigor, ello revela un núcleo teológico que ha sorteado
los intentos de secularización. Cada uno debe ser responsable
por todos; en esta exigencia está implícito el deber
de parecerse a Dios, cuya existencia presupone la omnipresencia
y la omnipotencia. Pero como nuestras opciones son limitadas, se
abre un vacío irremediable entre la realidad y los ideales.
La frontera es transgredida por la sumisión y la abyección
objetivas. El universalismo se revela entonces como una enorme trampa
moral.
Hoy, se
nos dice, la masacre es una realidad cotidiana: hay gente que muere
de hambre, hay tortura, diásporas, opresión y ustedes
no hacen nada, van a sus oficinitas y se cruzan de brazos. No es
una recriminación a sotto voce, sino un reclamo público,
estridente y cotidiano. Se recrimina al gobierno y a la señora
que viaja en metro, a los grandes poderes y al little man.
No hay duda de que nos hemos convertido en espectadores de primera
fila. Esta situación nos diferencia de los hombres y mujeres
de otras épocas, que a menos que se encontraran entre las
víctimas, los agresores o los testigos, no se enteraban más
que a través de rumores y leyendas en blanco y negro. De
lo que acontecía en otras partes se sabía sólo
por "oídas". Todavía a mediados del siglo
XX, la opinión pública se enteraba
poco o nada de los grandes crímenes de la época. Hitler
y Stalin hicieron todo por mantener en la clandestinidad lo que
estaba sucediendo. El asesinato en masa era un secreto de Estado.
En los campos de concentración no había cámaras
de televisión.
Hoy, por
el contrario, los asesinos ofrecen con gusto entrevistas y los medios
de comunicación se sienten orgullosos de estar presentes
donde se está matando. La guerra civil se ha convertido en
una serie de televisión. Los reporteros no hacen más
que cumplir con su deber. Sin inmutarse nos muestran cómo
sucede y de quién se trata. Al comentarista le corresponde
agregar el toque imprescindible de indignación que requiere
el caso. El otro mensaje acusador se disemina inevitablemente: el
terror es lo normal; lo impensable es posible a cada instante y
en cualquier lugar. ¿Por qué no aquí también?
Cada policía conoce la figura del crimen por imitación:
el asesinato por mimesis se ha convertido en un factor político.
Quiéranlo o no, los medios de comunicación transforman
en propaganda cada hecho sobre el que informan. Cuando las imágenes
del terror no nos muestran lo terrible, entonces nos convierten
en voyeurs. De esta manera, cada uno de nosotros se ve sometido
permanentemente a un chantaje moral. El testigo ocular deviene el
sujeto natural del reclamo por no hacer nada en contra de lo que
ha visto. Así, el más corrupto de todos los medios
de comunicación, la televisión, se erige en una instancia
moral.
El reclamo
dirigido en contra de todos y cada uno de que debemos hacer algo
¿pero qué? y actuar ¿de qué
manera? tiene complejas consecuencias. Se orienta hacia ese
Nosotros que proclaman los derechos humanos y que fundó la
culpa social y los cargos de conciencia; es decir, se orienta hacia
Occidente, la parte del mundo que es vista, hasta la fecha, como
un sinónimo de riqueza y civilización. La moral es
el último refugio del eurocentrismo. Quien ha discutido con
un un kurdo o un tamil los problemas de Irlanda del Norte o del
País Vasco sabe que no será necesariamente comprendido.
La pregunta contraria que se deriva de esta incomprensión
podría ser: ¿a mí qué me importan sus
historias? Y en el mejor de los casos, el habitante de Asia dirá,
con plena justificación, que él tiene problemas más
graves. Además, nadie debería sentirse con el derecho
de objetarle esta respuesta. Pero los ciudadanos que viven en Ohio,
Turín o Bremen también se sienten superados y desbordados
por las incesantes balaceras que aparecen en las pantallas de sus
televisores. Tan sólo la cantidad de información con
la que uno es bombardeado hace imposible cualquier forma de elaboración
sensata.
¿Quién
puede explicarse, excepto un especialista en el tema, las ciento
cincuenta nacionalidades que produjo la desintegración de
la Unión Soviética? Los noticiarios suponen que cualquier
cajera de supermercado es capaz de diferenciar a los uzbekos de
los georgianos y a los chechenos de los kirguisios. Naberno Karabach
se halla en la orden del día desde hace años, y estamos
obligados a imaginar esta lejanía con base en montones y
montones de cadáveres que se apilan en imágenes sensacionalistas.
¿Cómo mantener nuestra capacidad de indignación
frente a vándalos y gángsters, cuyos nombres apenas
podemos pronunciar? ¿Puede uno preocuparse por sectas islámicas,
facciones camboyanas y milicias africanas, cuyos motivos nos son
absolutamente incomprensibles? Así es. Pero quien se dice
incapaz de hacerlo cae de inmediato bajo sospecha de ignorancia
premeditada, egoísmo acomodaticio e indiferencia frente a
los que sufren.
A los
receptores de este mensaje los abruma la incertidumbre. Muchos de
ellos sufren la culpa. A menos que hayan convertido la ayuda y la
solidaridad en su profesión, la mayoría sólo
podemos actuar de manera limitada. Hay quienes aportan dinero y
se les recrimina que lo hacen para tener una coartada moral. La
filantropía, se dice, es un paliativo intranscendente, una
maniobra de descarga con la cual se puede adquirir una buena conciencia
por unos cuantos centavos. ¿Cómo dejar satisfechos
a los predicadores de la virtud? Imposible pedirles que se delaten.
Una pedagogía que pretende sensibilizar ovejitas aumentando
la dosis de culpabilidad es, en el mejor de los casos, una exhibición
de inocencia. Por el contrario, lo único que logrará
es inmunizar a su auditorio contra los cargos de conciencia. La
desmedida presión psíquica y cognoscitiva contraataca.
El espectador se siente impotente y absurdo; se sustrae y se desconecta.
Los mensajes son rechazados o ignorados. Esta forma de autodefensa
no sólo es comprensible, sino inevitable. Pues nadie sabe,
en la práctica, cómo reaccionar "correctamente"
frente al genocidio que transcurre las veinticuatro horas ante nuestros
ojos.
Hay más
aún. El concepto de reacción paradójica proviene
de la farmacología: exagerar la dosis de un medicamento puede
acarrear efectos contrarios. Los reclamos y las exigencias morales
que no guardan proporción con las capacidades reales de acción
provocan, en última instancia, una contracepción:
el rechazo a cualquier forma de responsabilidad. Aquí se
halla la semilla de una barbarie que puede escalar hasta el sentimiento
más iracundo.
Si por
un lado el ciudadano común se siente desbordado, por otro
los sistemas políticos ya han sido rebasados. No existe ningún
mecanismo internacional que pueda actuar con eficacia para contener
las guerras civiles. Ni la política exterior de una sola
nación, ni los organismos mundiales tradicionales ni
hablar de la Comunidad Europea fueron concebidos para lograrlo.
Llegará también el día en que a estos actores
se les reproche por negarse a intervenir. En la actualidad, los
cascos azules actúan en quince países. Los costos
políticos son incalculables; los mandatos, contradictorios,
y los éxitos, dudosos. Si hay algo que podemos inferir racionalmente
de estos conflictos es que las misiones de paz no son capaces de
resolverlos.
Cualquier
mediación de paz supone que las partes en conflicto están
dispuestas a negociar. Pero lo más común hoy es la
compulsión de todos los bandos a seguir la guerra hasta la
autodestrucción. El mediador debe saber, en primer lugar,
que se ganará el odio de todas las partes en conflicto. Las
organizaciones de ayuda son amedrentadas por rutina; los convoyes
de abastecimiento, atacados y saqueados; los mediadores, chantajeados
hasta volverse sospechosos; doctores y enfermeras son secuestrados
como rehenes, y las negociaciones son objeto de sabotaje. Se dispara
sobre las tropas de pacificación. Los gobiernos que las envían
al frente ni siquiera les garantizan el derecho a la autodefensa,
menos aún el de imponer sus fines militarmente. La consecuencia
es que todos aquellos que participan en una intervención
de paz pierden día a día credibilidad y autoridad.
Al mismo tiempo, cada intento de pacificación multiplica
la demanda de más intervenciones en otras guerras. ¿Por
qué se interviene en el país X,
mientras que al país Y se le abandona a su suerte? Los reclamos
y las inculpaciones se multiplican en la misma proporción
que las guerras civiles; quienes los desoyen o las evaden se vuelven
sospechosos de discriminación.
Todo indica
que se ha llegado al límite de lo que los gobiernos de las
grandes potencias pueden legitimar políticamente frente a
sus propias poblaciones. Los europeos no tienen la voluntad ni la
capacidad para intervenir con eficacia; los norteamericanos ya no
están dispuestos ni tampoco quieren seguir actuando
en calidad de policías mundiales. La verdad es simple: no
hay dinero, ni soldados, ni sentimiento de culpa suficientes para
erradicar las guerras civiles del mundo actual. Es hora de despedirse
de las fantasías de omnipotencia. El paso del tiempo obliga
tanto a las naciones como a los individuos a someter a prueba la
viabilidad de sus responsabilidades y a imponerse prioridades. Es
difícil y molesto. Contradice nuestras tradiciones ideológicas
y nos coloca frente a alternativas grises. Es comprensible que quienes
hablan de la relatividad de nuestras posibilidades sean acusados
de relativistas. Pero en secreto cada uno sabe que primero debe
preocuparse por sus hijos, sus vecinos y su entorno inmediato. La
cristiandad misma siempre habló del prójimo y no del
"distójimo".
Nadie debería
poner en tela de juicio la nobleza de los objetivos de la solidaridad
universal. Quien está verdaderamente dispuesto a brindarla
es un ser admirable. Pero la facilidad con la que se concilia la
disposición a sumarse a la bondad sin fronteras con la realidad
de la barbarie cotidiana, lo muestra la visión sobre el propio
país. Francamente, no les queda a los alemanes erigirse en
garantes de la paz y campeones mundiales de los derechos humanos,
mientras que bandas y pandillas de asesinos alemanes diseminan el
miedo y el terror día y noche frente a nuestras propias narices.
Traducción
de José Manuel Saavedra
Hans
Magnus, "Bosnias en miniatura",
Fractal n° 3, octubre-diciembre,
1996, año 1, volumen I,
pp. 11-26.
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