| El manual de historia boliviana de Humberto Vázquez Machicado, uno de los más difundidos resúmenes de la época, al presentar el periodo presidencial de Manuel Isidoro Belzu, "deja constancia de estas intimidades, pues por ellas, por un drama de amores y celos, se ensangrentó casi diez años la historia de Bolivia". Menos suelto de adjetivos que el literato, el historiador califica a Belzu como un hombre herido por la "deshonra", causa última de las guerras intestinas y las venganzas que se sucedieron desde 1847.
El discurso historiográfico moderno no deja de elevar la supuesta infidelidad [privada] de la argentina al rango de explicación de la lucha [pública] entre Ballivián y Belzu. Así, el propio Tulio Halperin Donghi asume, en Reforma y disolución de los imperios ibéricos 1750-1850, que el enfrentamiento "encontró estímulo en la incontrolable pasión del presidente por la esposa de Belzu"; aunque, en defensa de la diferencia de este discurso sobre los anteriores, fue el varón el incontrolado y no la mujer la inculpada.
Como
quiera que sea, un asunto privado, indemostrable, cobra el rango de
explicación discursiva, en el fondo de la cual la mujer aparece
en el génesis nacional boliviano como la misma víbora
tentadora, la "moza y hermosa" de la perdición masculina
con la que se regodeaba la misoginia literaria del siglo de oro español
y el barroco americano.
Mary Louise Pratt,
en un interesante artículo titulado "Las mujeres y el
imaginario nacional en el siglo XIX",
publicado en la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana
número 38, decía sobre las escritoras americanas de
la época: "Me propongo, a través de una serie
de ejemplos, observar cómo las mujeres intelectuales latinoamericanas,
sobre todo en el siglo XIX, han contemplado
el proceso de construcción nacional, y cómo se han
situado (imaginado) a sí mismas con respecto a éste".
Eso es lo que desde distintas perspectivas han venido haciendo vari@s
estudios@s* de las mentalidades, las ideas y la historia de género
en el siglo XIX americano. El caso de Juana Manuela Gorriti es paradigmático
en Argentina. Mary Louise Pratt analiza, junto a otras obras, la
historia de un salteador en Sueños y realidades de
Juana Manuela Gorriti. Dice que sus personajes femeninos se abocan
a la causa de la supervivencia colectiva y a la continuidad social
como sus tareas fundamentales, complementarias del papel militar
masculino: imagen del papel de la mujer en la fundación nacional
que aparece en varias obras de pluma femenina.
Por su parte, Lea Fletcher,
quien dirige un taller literario dedicado al estudio de la vida
y obra de Juana Manuela Gorriti en Buenos Aires, señala,
en "Patriarchy, medicine, and women writers in nineteenth century
Argentina", ensayo que aparece en el libro editado por Bruce
Clark y Wendell Aycock, The body and the text. Comparative essays
in literature and medicine, que la escritura femenina en Argentina
ha sufrido la misma pobre valoración por la crítica
que en el Perú. Escritoras que contribuyeron a crear la novela
en ese país y que pusieron las bases de un discurso femenino
vienen siendo, sin embargo, revalorizadas.
La propia Juana Manuela Gorriti fue despachada rápidamente
por la primera historia literaria argentina de Ricardo Rojas con
adjetivos duros (como ocurrió también en el Perú).
Otra es no obstante la receptividad social y cultural de su figura.
Juana Manuela Gorriti es la única mujer escritora "conocida
por prácticamente todos quienes pasaron por la educación
escolar" en ese país. Es identificada por su escritura,
aunque no deja de mencionarse el protagonismo de su familia y sus
patriarcas. Para ese imaginario nacional, Juana Manuela Gorriti
es una escritora argentina y la de Argentina es también una
idea que ella contribuyó a forjar. La primera novela corta
argentina es, para esta crítica, nada menos que la limeñísima
La quena.
¿Quién
fue Juana Manuela Gorriti y cómo despertó estos encendidos
sentimientos discursivos? ¿Cómo fue que llegó
al Perú y por qué en ese país alumnos de escuela,
textos universitarios y el corpus y la historia literaria
no la han recordado, aunque fuera como pérfida traidora capaz
de encender la historia machista de un país? Era sólo
una niña cuando en 1822 vio entrar en los salones de su aristocrática
casa en Salta a Juana Azurduy. "El loor a sus hazañas
flotaba ante mis ojos como un incienso en torno a aquella mujer
extraordinaria y formábala una aureola" escribió
en Tierra natal, ya anciana, Juana Manuela recordando. La
mujer transformadora del mundo, la conductora del corcel y de los
hombres, pero también la humillada en la historia por su
intrepidez se revela como síntesis de su género en
el perfil que retrata de un recuerdo bordado entre la historia y
su biografía. No es muy claro que la infante de cuatro años
tuviera en la memoria a la gigante luchadora de La Laguna en la
guerrilla independentista de Bolivia. Es evidente, en cambio, que
la todavía vivaz anciana tuviera en su propia identidad un
ícono formado de la lucha por definir y defender su ser y
su género en la historia nacional americana.
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Juana
Manuela
Gorriti
(de pie a la derecha)
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Juana Azurduy luchó
al lado de su esposo Manuel Ascencio Padilla en la turbulenta época
de los movimientos patriotas contra el dominio español en
el Alto Perú. Los patriotas del sur no podían acabar
con la hegemonía española en la sierra, y ante ella,
rebeldes de distintos pueblos llevaron adelante luchas heroicas,
desiguales y tenaces. Juana participó en todas las campañas
su terreno de combate era conocido como el de "los guerrilleros
Padilla" y, en 1816, muerto su esposo, llevó adelante
ella sola los combates, hasta que tuvo que abandonar el territorio
altoperuano para refugiarse en la frontera salteña, donde
Güemes había puesto en jaque a los realistas. Allí
recibió el título de "teniente coronela de la
Independencia" y fue reconocida en elevación lírica
de la mujer que trota como "ilustre amazona" de
la patria. El padre de Juana Manuela mandaba en Salta muerto
Güemes en último aleteo de los realistas cuando
la niña la vio. Luego de la Independencia definitiva en 1824,
regresó la Azurduy a su tierra Chuquisaca; lejos de recibir
algún reconocimiento, vivió en la pobreza, el ostracismo
y la soledad con que las nacientes repúblicas premiaron a
las mujeres que lucharon por crear un orden nuevo. Así la
tuvo en su recuerdo Juana Manuela cuando escribió, sutilmente:
"algunos caudillos tuvieron envidia de esa gloria femenina".
I
La pluma de Juana Manuela
dejó un espléndido repertorio de imágenes,
ficciones y testimonios. Como bien han señalado las recientes
estudiosas de su obra en la Argentina, se erigió en biógrafa
para autenticar su escribir autobiográfico entre personajes
y paisajes; un discurso americano y nacional se abrió paso
en su incansable carrera editorial. (Obras completas. Tomo
II, Panorama de la vida, 2» parte y Misceláneas.)
Junto a la mujer popular y libertaria que retrató en su recuerdo
de Juana Azurduy, otros íconos marcaron la visión
del mundo de la escritora. Así retrató también,
con mucha imaginación, al líder salteño de
la Independencia Martín de Güemes.
"Un guerrero alto,
esbelto y de admirable apostura. Una magnífica cabellera
negra de largos bucles y una barba rizada y brillante cuadraban
su hermoso rostro de perfil griego y de expresión dulce y
benigna." Montaba un "fogoso caballo negro como el ébano"
y a su lado pendía una espada que "brillaba a los rayos
del sol como orgullosa de pertenecer a tan hermoso dueño".
(Güemes: recuerdos de la infancia.) "Ídolo
de los corazones", "columna de la patria", el general
de los gauchos lograba que humildes campesinos y ganaderos
se trocaran en aguerridos combatientes que profesaban lealtad absoluta
a su mágico conductor. Así retrató Juana Manuela
Gorriti a uno de los mitos del imaginario regional argentino. Cuando
pasó por Salta, de regreso del Perú, hacia 1880, difundió
su Güemes junto con otras plumas reivindicativas del
héroe.
Salta era una activa
villa andina que desempeñaba un papel de bisagra entre los
Andes y el río de la Plata. Su espacio estaba dominado por
un pequeño pero sólido grupo de propietarios de tierras
y ganado, comerciantes y vecinos, una clásica oligarquía
local surgida del comercio pero con las mismas expectativas de nobleza
y aristocracia de otras dominantes en villas de rancio abolengo
señorial. La familia de Juana Manuela era una de la más
representativas. Su padre, José Ignacio, fue amigo y socio
político de Güemes, mientras que su hermana, Juana María,
era casada con el general Manuel de Puch, otro líder regional,
hermano a su vez de Carmen Puch, la esposa de Güemes. Su tío,
conocido como el canónigo Gorriti, fue uno de los políticos
más importantes de la fundación republicana argentina.
Iniciada la Independencia
en el Atlántico en 1810, la consolidación de las Provincias
Unidas del Río de la Plata no podría lograrse si no
se derrotaba a los españoles del Perú. En el altiplano
altoperuano los guerrilleros de las republiquetas no estaban en
condiciones de derrotar al ejército profesional realista,
y las fuerzas rioplatenses no pudieron apoyarlas. Juana Azurduy
simboliza esa bancarrota: no logra consolidar un frente, debe refugiarse
en Salta y consigue medallas, homenajes y promesas que nunca redundaron
en efectivo apoyo económico y político. En 1815 se
convoca a un congreso en Tucumán, donde participan los poderes
locales y el revolucionario de Buenos Aires, cuando el poder central
surgido de 1810 se había desmoronado. Hasta que San Martín
consiguiera liberar Chile y marchar por la costa sobre el Perú,
la frontera militar sería Salta. Ya las facciones habían
empezado a transformar la guerra: de liberadora frente al poder
hispano a civil entre grupos de poder, entre caudillos que más
que tener una nación se la imaginaban.
En Salta los poderes
locales fueron tolerados y el dique defensivo frente a los realistas
fue financiado por la oligarquía regional. Se formaban facciones
internas entonces y el pueblo, campesinos, ganaderos y arrieros,
sujetos a los propietarios, eran movilizados por sus amos, que afianzaban
así su hegemonía en la nueva circunstancia política
que esa guerra estaba creando. Güemes se impuso a los bandos
y logró ser tolerado por militares, caudillos y políticos
del poder central y por el Congreso tucumano, según lo sugiere
Atilio Cornejo en su ensayo "Historia de Güemes"
(publicado en la extensa compilación de Tulio Halperin Donghi,
Reforma y disolución de los imperios ibéricos 1750-1850).
Resistido el poder de
Güemes por otros hacendados y recelosos políticos, viajeros
como King lo describieron como un déspota. Años más
tarde Mitre lo ubica como un anárquico caudillo menor. Su
aspecto personal incluso fue dibujado por el general Paz como una
contrafigura del héroe: gangoso y de mal aspecto. Cuando
muere, en 1821, Forbes, el encargado de negocios norteamericano,
cuenta que se produjeron tiroteos de facciones que se oponían
a que fuera enterrado en la catedral. Sus epígonos han logrado
"probar" el lugar donde se produjo su muerte, cuando huía
de una celada, para contradecir el maledicente rumor de que fue
sorprendido y herido por un grupo realista en el lecho de su amante,
escena que por lo demás, así burdamente presentada,
compartieron con distinta suerte Ballivián (con la amante,
que no era Juana Manuela Gorriti), el propio Bolívar y otros
caudillos de las guerras americanas del siglo XIX.
La aristocracia local
y la historia oficial convirtieron a Güemes en el gentilhombre
de bella estampa y noble corazón al que seguían, cual
querubines de un sueño nacional, cientos de gauchos tan imaginados
como los bucles de la magnífica cabellera negra del caudillo
que Juana Manuela retratara, de otro de sus supuestos recuerdos
bordados de la imaginería de su clase y de su región.
II
La civilización
y la barbarie, la lucha interminable, aquí y allá,
forjó entre el drama épico y la parodia humana un
nuevo panorama nacional en los pueblos andinos. Bolivia nació
de una disidencia enclavada entre dos hegemonías del norte
y el sur. El Perú rompió con Bolívar y la Gran
Colombia, y se iniciaron las luchas internas entre caudillos y líneas
políticas. Sin dejar de mirar su antiguo complemento del
altiplano interviene en las luchas internas paralelas de Bolivia.
Mientras en la inmensa Argentina, Rosas inicia un largo dominio
bajo el telón de fondo de la lucha entre los unitarios y
los federales, Facundo Quiroga (el Facundo de Sarmiento)
entra en Salta a sangre y fuego en 1831. La propia familia Gorriti
se divide. El guerrillero Pachi Gorriti, tío de Juana Manuela,
se adhiere a los triunfantes federalistas de la Patria Nueva, mientras
que José Ignacio, el padre, que había logrado la unidad
de los poderes locales salteños, se ve precisado a huir con
los unitarios, hombres de la Patria Vieja, seguidores de la estela
regionalista de Güemes.
Siguiendo el camino
inverso al de Juana Azurduy, la joven Juana Manuela cruza la frontera
hacia Tarija, terreno intermedio y disputado entre la posible Bolivia
y la ensangrentada Argentina andina. Ahí la aristocrática
Gorriti conoce a un modesto joven militar, Belzu. Enamorados, enfrentan
los fantasmas de la oposición paterna y las diferencias de
una fina educación y un rudo aprendizaje hasta que contraen
matrimonio en 1833.
¿Cómo
entrar en la trama de la relación de Juana Manuela y Belzu
sin caer en el tópico imaginario de la infidelidad posterior
de la esposa? Es decir, ¿por qué dudar de la trama
privada de un romance triangular y no de la del primer encuentro
romántico?
Manuel Isidoro Belzu
nació en La Paz en 1808; su padre era Gaspar Belzu, y su
madre, de humilde condición, Manuela Humeres. Aunque así
figura en la escritura, el chisme enemigo lo hacía hijo de
un "árabe" desconocido que tuvo relaciones de manera
ocasional con su madre. Otros, como un diplomático brasileño,
recogieron la versión de que fue hijo natural de un sacristán
de Oruro. Pero por su estampa física, su fama trascendió
como la del "árabe" Belzu, el "terrible beduino",
como lo llamara Victoriano San Román, incansable fabricante
de insultos escritos desde Lima entre 1853 y 1855.
De niño se dedicó
a vender fósforos o "pajuelas", por lo que sus
seguidores, que sí se contaron por millares, fueron llamados
los "pajueleros". A los quince años escapó
de San Francisco, a donde había sido llevado para educarse,
y se enroló en las tropas de Santa Cruz. Detenido y devuelto
a su casa, su hermano quiso hacerlo oficinista, pero el temple aventurero
y de armas del futuro caudillo militar y presidente boliviano no
pudo ser domeñado, según lo anota Humberto Vázquez
Machicado en Glosas sobre la historia económica de Bolivia.
Fue la pluma de la
propia Juana Manuela en Panoramas de la vida la que retrató
el talante de las aventuras militares de quien fuera su marido;
retrato que luego ha sido eternizado por el discurso que denigra
a la propia autora, como veremos. Luchó al lado de Santa
Cruz a pesar de ser, como su mujer, que sutilmente habló
e hizo política, ferviente anticrucista. Su ascenso no fue
en muelle almohada árabe, sino que tuvo la dureza de los
caminos fragosos de las sierras, con altibajos vertiginosos.
No era un desconocido
cuando dio su golpe de Estado en 1848. Su gran capital era su rudeza,
su valor, su entrega y su ambición. En Tarija, en 1833, al
inicio de su trajinar por la guerra, bajo el mando del general José
Ballivián, conoció a la Gorriti.
¿Cómo
se produjo la atracción de la sutileza y la elegancia de
una formación aristocrática, inclinada a las letras
desde pequeña, por ese oscuro y a la vez brillante militar
que vendió pajuelas, esgrimió las armas y su valor
como argumento y no tenía más pergaminos que su mote
de árabe? La pareja vivió intensamente su romance.
Dos hijas alumbró la escritora. Entre 1833 y 1848 vivió
los vaivenes de la expresión más cruda del militarismo
americano, la mitad del tiempo que va de 1828 a 1848, etapa cerrada
por Belzu, el introductor de las masas en la política, el
"tata Belzu" de la plebe en que se apoyó para sorpresa
de la aristocracia.
Fue entonces cuando
se desarrolló la trama con la que iniciamos este artículo:
el encuentro de Ballivián y Juana Manuela; los celos de Belzu,
el encono; la guerra y final victoria del líder de los pobres,
el "tata Belzu", y el general de los aristócratas,
Ballivián, experto jugador de rocambor y seductor a quien
Alcides Arguedas (La plebe en acción) acusó
de haber "puesto en problema la fidelidad de todas las mujeres
casadas".
Un distanciamiento
entre la pareja se produjo a los pocos años de matrimonio;
eran personalidades fuertes y entregadas a sus pasiones el
poder y la guerra él, la vida y las letras ella. Una
fértil e imaginativa historiografía, en Bolivia y
Argentina, ha interpretado los sucesos privados, ora defendiendo
la "moralidad" de Juana Manuela, ora condenándola.
La tinta ha corrido más en la segunda vertiente.** ¿Exceso
pasional de los historiadores?
¿Intrascendente o inútil debate? ¿Impertinencia?
A fin de cuentas, pudo tratarse de un desliz, de un error, de los
celos de un "moro"; fue un tema único, irrepetible,
privado, que se recuerda por su impacto en la escena pública
y nada más. El apasionado triángulo, sin embargo,
fue menos privado que público y la representación
que de él se ha hecho en el imaginario popular, más
influyente en lo privado, lo íntimo, que en el olimpo público
de los héroes de las nacientes repúblicas.
Un libro de crónica
histórica "estrictamente cronológico" pero
imaginativo, que narra las aventuras de los caudillos individualistas
de los inicios republicanos de América, La América
bárbara, de Emilio Rodríguez Mendoza, es un buen
ejemplo de la inventiva (entre individual y colectiva) colocada
como narración de la realidad. Rodríguez Mendoza fue
un autor chileno que escribió desde fines del siglo XIX;
novelista (Última esperanza, Santa colonia) que escudriña
la historia para su material literario. La obra consta de "libros"
sobre Juan Manuel de Rosas, Gaspar Rodríguez de Francia,
"De Santa Cruz a Melgarejo", y García Moreno, las
cumbres del caudillismo y la aparente irracionalidad política
de una naciente América. En el episodio boliviano, un capítulo
narra el suceso del ascenso al poder de Melgarejo (el siguiente
caudillo popular boliviano): "Belzu ha muerto... ¡Viva
Melgarejo!". Melgarejo, "melgacho", alcohólico,
gordo, mujeriego, amante de una chola, Juana Sánchez (otra
figura femenina de escarnio masculino en la imaginación histórica
boliviana), a quien "tenía" como orgulloso propietario.
En medio del desconcierto, cuando La Paz estaba en poder de Belzu
(cuyo ascendiente popular ha sido irrebatible hasta muy recientemente),
luego de haberse descalabrado el mando de Achá, entonces
en el mando nacional, Melgarejo logra entrar hasta el palacio. Dice
Rodríguez Mendoza: "La escena ha sido contada de diversas
maneras, como que da para todas las fantasías, porque es
enormemente única; pero lo exacto es que después de
derrotado, Melgarejo entra a palacio, mata o hace matar a Belzu
y sale en seguida, pasando sobre el cadáver, a dar fe pública
de la defunción. ¿Quién vive ahora?...
pregunta ¡Belzu ha muerto!... ¡Viva Melgarejo!".
Efectivamente, sobre
ese episodio tenemos otra narración: Melgarejo entra en palacio,
Belzu pensó que venía a rendirse y abrió los
brazos para una reconciliación, Melgarejo le reventó
la cabeza de un pistoletazo, afuera el pueblo esperaba y salió
Melgarejo con el consabido "Belzu ha muerto..." Así
lo relata o lo toma José Luis Lanuza en "la novela de
Juana Manuela Gorriti", Chabela. Algunos textos como
estos o como el de Alfonso Crespo (Manuel Isidoro Belzu, historia
de un caudillo) y otros han circulado en Bolivia profusamente,
haciendo de Belzu un héroe popular.
III
El municipio revolucionario
posterior al año 1950 convocó a concursos sobre la
vida de Belzu. En el discurso "heroizante" que resultó,
algunos de los momentos más llamativos, por lo románticos,
provienen del retrato que hizo el puño de Juana Manuela Gorriti,
la más íntima y firme de las plumas que contribuyó
a "crear" a Belzu. Sin embargo, cuando el discurso habla
de la esposa, la condena tiene los ribetes ya mencionados. No obstante
lo cual, consta que la pareja intentó reconciliarse luego
de su separación (cuya razón y tema queda en el universo
privado de los actores), y que en el momento de la muerte del héroe
populista, Juana Manuela fue quien recogió el cadáver,
encabezó un cortejo de mujeres del pueblo y pronunció
un discurso fúnebre aunque, por lo bello, podemos pensar
que efectivamente estamos ante otra imagen creada entre los mayores
deseos y remordimientos.
En 1828, desde el Cusco,
donde ejercía la prefectura, el general Agustín Gamarra
llevó adelante, por encargo presidencial, la primera invasión
peruana a Bolivia. Se trataba de consolidar las posiciones antibolivarianas,
pero de paso, la presencia del ejército peruano fue tenida
siempre como una invasión. Durante varios meses, las tropas
peruanas ocuparon el vecino y reciente país e intervinieron
en la política interna de manera abierta y descarada. El
mariscal Sucre había tenido que dejar el mando; sus fuerzas
"colombianas" se habían disgregado, convirtiéndose
en bandoleros en Bolivia, donde hirieron al propio Sucre, y en Salta,
donde inclinaban la balanza en favor de uno u otro bando de las
facciones políticas regionales. No fue una época grata
en el recuerdo ni en la imaginación nacional de Bolivia,
ni Gamarra un héroe. Sin embargo, ello no explica la figura
que una historiografía ha construido con su esposa, Francisca
Zubiaga, La Mariscala. Según esta versión, el jefe
boliviano José María Pérez de Urdininea, sucesor
de Sucre, en lugar de enfrentar la invasión se confabuló
con Gamarra, "cuyo tálamo compartía, ya que la
esposa de don Agustín, la famosa Mariscala, de cuyo histerismo
nos dejó páginas admirables Flora Tristán,
por variar de los oficiales del Estado Mayor de su esposo, no desdeñaba
a los jefes del ejército enemigo", así lo refiere
Humberto Vázquez Machicado (véase Obras completas,
volumen III).
Nuevamente, una mujer
que desafía los espacios masculinos e ingresa de manera abierta
en el terreno público es objeto de sanción moral en
el discurso. La venalidad de una frase como la anterior no ofrece
duda. Pero podría decirse que el tono es motivado en la afrenta
del marido al orgullo nacional. Sin embargo, como en el caso de
Juana Manuela Gorriti, la reacción evidente del discurso
masculino se inclina por la intriga de alcoba, en Bolivia o Perú,
donde los hombres tienen mayor inseguridad sobre sus "posesiones"
femeninas. Intrigas de las que Francisca Zubiaga nunca estuvo libre.
Libelos que la llamaban "adúltera impía"
y la opinión del viajero francés De Sartigues que
la ve como "una terrible compañera para un esposo honorable"
son algunas muestras del elenco. Incluso es famoso el supuesto romance,
flirt o coqueteo de Francisca con el libertador Bolívar
en Cusco, al punto que Sucre le escribió a éste que
Gamarra lo celaba ante la confesión de la propia mujer sobre
su cortejo.
Las circunstancias
del matrimonio de Gamarra y Francisca son diferentes a las de Belzu
y Juana Manuela. Un curioso acuerdo, fraguada la ceremonia de enlace,
permitió liberar del encierro monacal a la joven cusqueña.
Sin embargo, no existiendo las circunstancias del encuentro romántico,
tampoco hay evidencias de desacuerdos matrimoniales y, más
bien, la mujer estuvo con el marido en todas las acciones de los
turbulentos años de la iniciación republicana peruana.
El vínculo romántico que la unió al español
Bernardo Escudero hasta el fin de sus días puede ser tenido
como "prueba" de infidelidad. Bien visto, sobre el vínculo
por demás extenso y profundo no se pueden saber
sino los signos exteriores: lealtad, devoción, ternura, aprecio.
Sin embargo, la ternura y el romance van en contra de la otra imagen
que de Francisca Zubiaga se ha hecho: la mujer varonil, preocupada
por lo público más que por lo privado, capaz de todo
por llevar adelante su política maquiavélica. El símil
malicioso que le hicieron en la representación de La monja
alférez, de Pérez Montalván, en el teatro
limeño mereció una censura y un escándalo político.
Lo cierto es que La
Mariscala desafió el imaginario del papel de la mujer y las
relaciones de género. El discurso no perdonó. Pero
el castigo del destierro y la muerte solitaria en la lejanía
fue peor. No fue ella la única mujer que en la práctica
o en la literatura cruzó los linderos permitidos y recibió
un castigo infame: a fines de siglo, al cerrar el ciclo que Juana
Manuela abriría en Lima, Clorinda Matto, desterrada; Mercedes
Cabello, desquiciada en el manicomio; Margarita Práxedes
Muñoz, autoexiliada en Chile huyendo de la pobreza y de la
violencia doméstica. Pero también, curiosamente, ellas
despertaron admiración; como Francisca, de quien el gran
historiador republicano del Perú, Jorge Basadre, ha escrito:
"el nombre de esta mujer excepcional tiene todavía un
redoblar de tambor y sigue convocando a los azares de la emoción.
Amenaza la primacía que entre las mujeres del pasado peruano
tuvieron la Perricholi y Santa Rosa de Lima como símbolos
de los dos extremos de su sexo, el pecado y la santidad, lo cortesano
y lo divino. Amazona rediviva en los Andes, monja alférez
reencarnada en la primera anarquía republicana, encarna no
el amor a Dios o a los hombres sino al poder."
¿Mujeres sumisas?
o, por el contrario, ¿impías, cortesanas, adúlteras?
¿Incapaces de amar? Júntese a Juana Manuela Gorriti
y su pluma que no guardó silencio; a Francisca Zubiaga luchando
por lo suyo, amando de distintas maneras; a Manuela Sáenz
luchando por su patria y su amor, desterrada como las otras, solitaria
y enterrada en el desierto del olvido. Las mujeres "extraordinarias"
parecen conferir un grado "ordinario" a su voz disonante
en el canto monocorde de la historia oficial de las intrigas. Podríamos
seguir la vida privada de ellas, especulando si Manuela Sáenz
traicionó a su marido, el doctor inglés James Thorne;
si Flora Tristán se casó obligada o por propia voluntad
con el "rudo y mediocre" Andrés Chazal; si para
escribir su testimonio y luchar por los derechos de la mujer dejó
de lado a Bertera, Chabrier y otros que la "amaron apasionadamente".
Pero ésa es otra historia, a la que no podríamos llegar
sin el testimonio de páginas como las de Juana Manuela.
IV
Luego de los sucesos
personales y públicos de La Paz, que la obligaron a dejar
Bolivia y a sus hijas, el rastro de Juana Manuela parece llevarnos
a Arequipa entre 1845 y 1850, donde alguien la llama "animadora
de la vida cultural de la ciudad", aunque sólo parece
deslizar la opinión sin que medie evidencia alguna.
No tenemos certeza
de la fecha en que se avecina en Lima, pero lo más aceptado
es que su primera estadía fue entre 1850 y 1863. En La
literatura peruana del siglo XIX Alberto
Varillas dice: "no adquiere sin embargo vigencia dentro del
país durante su primera y larga permanencia en la capital
(1850-1863) sino cuando, después del asesinato de su esposo
(1865), se instala en Lima, donde vivirá más de una
década y organiza sus conocidas veladas literarias."
Eso, sin embargo, no
se confirma por el testimonio de Angélica Palma, ni el estudio
palmiano de Oswaldo Holguín, ni otros documentos. Ya había
publicado en Lima supuestamente antes de llegar, según
esta cronología y se había producido un acercamiento
a los bohemios, luego de una intensa polémica que siguió
a la publicación de La quena, su gran primera novela.
En el trabajo más
documentado sobre la vida y obra de Ricardo Palma (Tiempos de
infancia y bohemia. 1833-1860), fundador de una literatura peruana
y un imaginario nacional perdurable en el siglo XIX, Oswaldo Holguín
refiere sobre Juana Manuela Gorriti: "dama argentina casada
con el caudillo boliviano Manuel Isidoro Belzú [sic], se
estableció en Lima avanzada la década de 1840 a y
dio a conocer trabajos literarios muy pronto". La quena
(leyenda peruana) fue dedicada a las limeñas:
Hijas de Lima, a
vosotras cuya adorable bondad iguala a vuestra deslumbradora belleza,
y cuya dulce voz y mano cariñosa han calmado mis penas
y enjugado mis lágrimas, cuando, como el héroe de
mi leyenda, vine con el corazón lleno de tristeza y desaliento
a pedir a vuestro país un poco
del reposo que me era negado en el resto de la tierra, a vosotras
consagro este pequeño ensayo literario. (Tomado de El
Comercio, 29 de enero de 1851. La dedicatoria está
suscrita el
2 de enero de 1851.)
Por lo que podemos
suponer que la autora estuvo en Lima antes de 1848. La obra es una
trágica historia con final dantesco que Ricardo Palma usó
luego en "El manchay-puito", una de sus famosas Tradiciones
peruanas. Dice Holguín: "Ganado por los años
y la nostalgia, afirmó en sus memorias que La quena,
obra que según él despertó grave polémica
acusada de inmoralidad, era la más bella novela que
se ha escrito en la América Latina después de
María, de Jorge Isaacs." El autor no encuentra
en El Comercio rastro de tal polémica. Sin
embargo, Angélica Palma, quien sin duda guardó muy
puntual los recuerdos de su padre, menciona en su biografía
sobre Ricardo Palma: "la época en que enconados ataques
del elemento retrógrado a La quena, una de las mejores producciones
de la novelista argentina, suscitaron ardorosas protestas del grupo
juvenil." Alberto Varillas consigna la opinión de Palma
en La bohemia de mi tiempo sin matizarla: "la más
bella novela que se ha escrito en la América Latina"
después de María, de Isaacs; el romance fue considerado
una pieza "inmoralísima" por los mojigatos (similar
redacción que la de Angélica Palma).
En 1852, también
en El Comercio, Gorriti publica "El guante negro",
con tema argentino. Ya entonces es una reconocida escritora en Lima.
En esa época fueron famosas sus tertulias, que no deben confundirse
con sus veladas literarias posteriores; se refieren éstas
a la primera época, reuniones de charla y "tertulia"
que no llegaron a estandarizarse. Juana Manuela era afecta a la
música y a las bellas letras; atrajo y alentó a muchos
"bohemios", nombre de la generación de escritores
que fundaron el romanticismo peruano. "Palma fue uno de sus
más decididos admiradores, primero, y, más tarde,
afectísimo amigo y camarada; dedicó la tradición
Infernum el hechicero, y en 1857, cuando su amistad
era mayor, La venganza de un ánjel [sic], relatos
que acompañó de sentidas frases y versos de ofrecimiento
escritos de su puño y letra en el precioso álbum de
la atractiva señora."*** La dedicatoria de "Infernum..."
indica que Juana Manuela solicitó y alentó esta que
fue la primera "tradición" llamada también
romance por Palma, tal vez impresionada por su antisantacrucismo
y su truculencia, "pues gustaba de los asuntos macabros".
En "La venganza..." Palma, que la escribió en y
para el álbum de Gorriti, escribió la siguiente dedicatoria:
A Juana Manuela
Gorriti
su mejor amigo
Ricardo Palma.
Para tu álbum,
amiga,
Pides un cuento
Y aquel que en
complacerte
Cifra su intento
Ahí te
lo envía...
Y que tu alma le
preste
Su poesía
Lima,
octubre 23/857
En el anverso de la
dedicatoria una acuarela representa a una pareja de palomas en actitud
amorosa, ilustración propia de álbum y con relación
al relato. Al final y al margen Palma anotó: "Candideces
de muchacho/R.P./1902". Se publicó sin los versos en
1866.
Palma comentó
que desde 1851 la casa de Juana Manuela era "centro de la juventud
literaria", "centro de reunión" de los intelectuales
de la época. Los bohemios la trataban "con la misma
llaneza que a un compañero". En la misma biografía
de Ricardo Palma, su hija Angélica consigna la anécdota
que "confirma la estimación que la dama argentina tuvo
por su padre". El bohemio Clemente Althaus se hallaba un día
en su sala:
de mejor talante
que de costumbre por ser el único visitante. Entró
Palma, y Althaus torció el gesto; el recién llegado
también lo puso hosco.
¿Qué tiene usted, Ricardo? preguntó
la dueña de la casa.
Nada, señora; un ligero dolor de cabeza.
Yo lo curaré contestó ella sonriendo;
y, después de echar sobre su pañuelo su aliento
cálido, lo aplicó a la frente del joven, que muy
a gusto, se dejaba mimar.
Madame exclamó Althaus, testigo disgustado
de la escena, acentuando la impertinencia de sus frases con el
empleo de idioma extraño, ce nest pas une femme
comme vous que doit ces gentilleses envers un jeunne homme.
Monsieur Althaus respondió la literata,
ce nest pas un enfant comme vous qui peut faire des observations
a une femme comme moi; prenez mon mouchoir et mouchez vous.
La hija de Palma sugiere
que eso ocurrió en 1870, pero debió ser hacia los
años cincuenta, pues en 1857 ya Palma trataba de tú
a Gorriti. Holguín piensa que la anécdota habla de
la personalidad de la anfitriona, "de su estilo de mujer experimentada
en el trato social, desinhibido y hasta algo mundano" que a
Palma y otros "sin duda impresionó y cautivó".
Cree Holguín que Juana Manuela Gorriti venía de alternar
en un alto mundo de Argentina y Bolivia con personajes y "sabía
conducirse con la elegancia y altura propia de una dama familiarizada
con las normas de la urbanidad aristocrática de su tiempo".
Palma lo apreció e incluso lo asimiló. Sigue a su
manera la impresión de Angélica Palma: "dama
de treinta y tantos años, superior a ellos en experiencia
y ciencia mundanas y que, mujer al fin y al cabo, no descuidará
el salpimentar sus charlas y consejos de hermana mayor con tal cual
granito de coquetería".
Su primera estancia
en la capital peruana fue entrañable. La historia limeña
y la de la literatura peruana no pueden prescindir de esos encuentros
culturales de quienes escribían las primeras imágenes
nacionales en una ciudad que, gracias a la prosperidad proporcionada
por las crecientes exportaciones, podía abrirse a la modernidad
y al republicanismo. En ese momento, esta mujer de vida agitada
y apasionada fue un faro de congregación y suscitación.
Luego de su regreso
a Bolivia, entre 1863 y 1866, cuando muere su marido, retorna a
Lima (1866-1877), época en la que patrocina sus famosas "veladas
literarias" en 1876. Fue la cumbre limeña de la literatura
romántica y de la vida social y bohemia. Permaneció
Juana Manuela en Lima hasta poco antes del inicio de la Guerra del
Pacífico en 1879. Pasó nuevamente por Arequipa donde
en 1877 se publica A la eminente escritora Juana Manuela
Gorriti: homenaje a su paso por Arequipa, colección de
poesías de literatos de esa ciudad; luego por su natal Salta
hasta su final establecimiento en la capital Buenos Aires (1877-1892).
Sin embargo, de esta
presencia notable en el medio literario limeño, como señalamos,
su registro ha sido poco elocuente en la cultura y la memoria del
Perú. Un párrafo de La literatura peruana del siglo
XIX, de Alberto Varillas, sintetiza la
pobre imagen que Juana Manuela Gorriti ha tenido en la historia
literaria peruana:
En el caso de la Gorriti,
los recuerdos literarios no olvidan ni su relación matrimonial
con el general Belzú [sic], luego presidente de Bolivia,
ni sus veladas literarias. Sin embargo, pocos se acuerdan de su
obra literaria propiamente dicha: Palma, quien la conoció
bien, se limita a decir de ella que conformaba el grupo de quienes
por aquellos años "manejaban con algún brillo
la pluma del prosador o del poeta" y que escribieron para
La Revista de Lima (no dice que también se expresó
encomioso sobre La quena en el mismo texto N.M.). Riva
Agüero, después de pedir disculpas por su franqueza,
declara que "como escritora me parece detestable. Son sus
obras las más tediosas, afectadas y tontas que produjo
la escuela romántica... Si algún recuerdo merece
La quena es porque por la fecha de su publicación
(1846) resulta ser una de las primeras obras francamente románticas
que se escribieron en el Perú". Los demás historiadores
de la literatura peruana la soslayan.****
La Revista de Lima
(octubre 1860-junio 1863) fue el gran aporte de los románticos.
Fue fundada por José Antonio de Lavalle y José Toribio
Pacheco y dirigida sucesivamente por Casimiro Ulloa (1859-1860),
Lavalle (1860-63) y Palma (1863). En ella escribe Gorriti y es una
de las animadoras de esa publicación. Como ella, otras mujeres
escribieron en Lima.
Una presencia notable
de mujeres escritoras aparece con lo que Varillas llama la generación
de 1837-1851. Antes se cuenta sólo a Flora Tristán,
polémica y tangencial; la propia Gorriti; Juana Manuela Laso
de Eléspuru, que hizo tres obras de teatro y "mediocres"
poesías; entre los románticos de 1821-1836, a las
"discretísimas" Rosa Mercedes Riglos de Orbegoso
a quien considera promotora y Teresa González
de Fanning a la que ve como educadora. En otro momento,
al hablar de la generación de 1822-1836, figura Rosa Mercedes
Riglos de Orbegoso (1826-1891) como "dama de sociedad que participó
de las veladas literarias de la señora Gorriti y que organizó
reuniones similares". Escribió con el seudónimo
de "Beatriz" en El Correo del Perú, El Perú
Ilustrado y otras publicaciones.
En la aludida generación
(1837-1851) aparecieron: Mercedes Cabello de Carbonera y Carolina
Freyre y Jaimes de "importancia como novelistas"; Lastenia
Larriva y Carmen Potts, periodistas; una poetisa "fecunda",
Felisa Moscoso y una ensayista y compositora, Manuela A. Márquez.
Alberto Varillas no
menciona en su repertorio a Margarita Práxedes Muñoz,
nacida en Lima en 1848, que escribió La evolución
de Paulina, novela que según Francesca Denegri (El
abanico y la cigarrera) intentaba revelar el anacronismo de
la iglesia católica en una era de "realidades científicas".
Margarita se estableció en Chile en 1885 "huyendo de
la pobreza y de un marido violento" y escribió su novela
en 1893. En San Marcos obtuvo su grado de psiquiatría médica
y ejerció como médico en Santiago y luego en Añatuya
(Argentina) donde falleció.
V
Las cumbres de la escritura
femenina fueron Mercedes Cabello y Clorinda Matto, fundadoras de
la novela en el Perú, con tema social, realista y moderno.
Una escribió en ambiente urbano con polémica
y escándalo cuando retrató la vida limeña y
puso un tinte anticlerical a su discurso; la otra, en ambiente
de campo serrano. La más reconocida por la crítica
ha sido Clorinda Matto, cuya "coronación literaria"
fue el 28 de febrero de 1887 en las veladas de Juana Manuela. Mercedes
Cabello era discípula de Gorriti con quien tenía una
amistad literaria y personal muy cercana. El 21 de septiembre de
1876 se inició también en las veladas Abelardo Gamarra,
"el Tunante", otro de los grandes costumbristas peruanos.
De manera que el vínculo de Juana Manuela con los escritores
y su aporte a varias generaciones fue un hecho muy concreto.
La escritura de Juana
Manuela fue un episodio peruano de la Lima de mediados de siglo.
Llegó casi fugada de su drama boliviano y vivió de
la literatura y de la enseñanza de niñas. Mostró
hacia el Perú mucho más aprecio que el que hasta ahora
se le ha dado ahí a su figura. Fue una animadora de la vida
cultural. Dirigió revistas, escribió en diarios y
organizó las veladas literarias, una práctica que
compartió con iniciativas similares en otras latitudes americanas.
Su prestigio fue inigualable y la vida limeña de nuestro
personaje puede ocupar muchas páginas. Pero detengámonos
en esta segunda parte; más que en la biografía, en
el contexto y los significados de la práctica literaria de
Gorriti y algunas mujeres escritoras de la capital peruana y demás
capitales americanas donde se definía y debatía la
construcción de las relaciones de género y el papel
de la mujer en la sociedad. Cuando las pasiones del inicio republicano
habían cedido lugar a otras condiciones de vida, a otras
expectativas, a otras biografías.
En 1874, en el Club
Literario de Lima, cenáculo intelectual patrocinado por los
civilistas entonces ya en el poder, Carolina Freyre de Jaimes se
convirtió en la segunda mujer que recibió el honor
de integrarse a ese selecto y prestigioso centro de producción
ideológica la primera fue nada menos que Juana Manuela
Gorriti. Ése fue el punto culminante de un proceso
que los intelectuales románticos y civilistas proclamaron:
"milagrosa transformación de la mujer se ha cumplido"
en el Perú (Ricardo Rossel en el discurso de presentación
de Carolina Freyre).
Bien mirada la literatura
y el discurso de la época, en el que se inscribían
los éxitos sociales de los trabajos de Gorriti y de Freyre,
se trataba de un mensaje prescriptivo. La mujer debía ser
la guardiana del hogar, santuario básico de la sociedad criolla
deseada: blanca en lo racial, moderna en lo ideológico, antitradicional
superación de lo colonial como sinónimo de estancamiento
y ocio y burguesa en lo social. En 1958, el escritor liberal
pero canónigo de oficio Francisco de Paula González
Vigil puso la cumbre del discurso en Importancia de la educación
del bello sexo. La mujer por la educación se integraba
en la vida nacional; pero a la vez, como lo sintetizó en
un eterno dicho la propia Carolina Freyre, el lugar de la mujer
era el de "ángel del hogar". Guardiana de lo privado
burgués donde el hombre encontraría el remanso a su
lucha en el terreno de lo público. El hogar y la familia
nuclear eran la piedra angular del discurso moral de la burguesía
en ascenso. Francesca Denegri desarrolla esta hipótesis y
da una visión general del discurso de estas escritoras en
El abanico y la cigarrera. La primera generación de mujeres
ilustradas en el Perú.
Tal vez el punto donde
mejor se notaba la prescripción burguesa criolla con respecto
al género femenino era en la lucha por lograr que las mujeres
criollas aprendieran a querer criar a sus hijos. Como es bien sabido,
contratar nodrizas o "amas" que incluso amamantaban a
los niños era, hasta fines del siglo pasado, práctica
común en una ciudad como Lima. Las mujeres negras fueron
especialmente requeridas como nodrizas de los vástagos de
las familias criollas y burguesas. Contra esa práctica se
alzó un discurso prescriptivo que tuvo su impulso mayor ya
a fines del siglo XIX e inicios del XX.
María Emma Mannarelli ha señalado en su ensayo "Las
mujeres y sus vidas" (Ideele 84, Lima 1996) cómo
la familia no era nuclear: "el discurso dominante no ha definido
con precisión los contornos de la identidad femenina a propósito
de la maternidad". Sin embargo, hay una gran mortalidad infantil
y femenina, y la práctica del Estado fue la de dar seguridad
a los nacimientos y velar porque la familia fuera el sostén
de la sociedad imaginada.
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Mercedes
Cabello
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Pero, así como
los escritos y las prácticas sociales de estas
mujeres podían cumplir con un papel funcional en la ideología
de clase en surgimiento, también fueron un resquicio de prédica
por derechos de la mujer que transgredían claramente el papel
que se le asignaba en la sociedad, incluso en el proyecto republicano
burgués.
Juana Manuela y Carolina
Freyre fueron amigas y colaboradoras. Carolina Freyre de Jaimes
escribió Un amor desgraciado en Tacna en 1868. En
Bases documentales para la Historia de la República del
Perú, Jorge Basadre dice de ella: "escritora tacneña,
relacionada con una familia de impresores y de periodistas de esa
ciudad, casó con el intelectual boliviano Julio Lucas Jaimes
y fue la madre del gran poeta Ricardo Jaimes Freyre. Su padre fue
Andrés Freyre, editor y periodista. En Tacna editó,
en 1869, un obra del político boliviano Zoilo Flores, ministro
en Lima en los comienzos de la guerra de 1879, y la tradición
dice que colaboró en la obra llamada Efemérides
americanas precedidas de un bosquejo histórico sobre el descubrimiento
y la guerra de la Independencia de la América española.
En 1878 publica en Tacna María de Vellido, drama histórico
en cuatro actos y en verso. En 1879 se representa en Lima su Blanca
de Silva, episodio de la época colonial, drama en cuatro
actos que en 1883 se publica en La Paz.
La actividad literaria
de Carolina Freyre fue notable. Su amistad con Juana Manuela, con
quien dirigía la revista femenina y cultural El Álbum,
se rompió bruscamente antes de que Juana Manuela dejara el
Perú.***** El motivo, conforme dejan ver las fuentes, habría
sido un intento poco feliz de Carolina y su esposo, Julio Lucas
Jaimes, que también escribía en Lima con el seudónimo
"D. Javier de la Brocha Gorda" con un estilo de
imitación de Palma, según Juana Manuela, que nunca
perdonaría la ofensa de prohijar un "tradición"
de Palma, usando el chisme boliviano de la infidelidad de Gorriti
y la violencia desatada en torno a ella entre Ballivián y
Belzu. La ofensa acusada por Gorriti ha sido registrada por los
biógrafos de Julio Lucas Jaimes en Bolivia, según
lo anota Edgar Oblitas en Julio Lucas Jaimes
en el Perú de Ricardo Palma. También se pueden
consultar las cartas de Juana Manuela a Ricardo Palma (Biblioteca
Nacional, Lima) donde efectivamente manifiesta su animadversión
por Jaimes y por su esposa, la señora Freyre.
VI
En Buenos Aires, como
en Lima o México, las revistas para mujeres proliferaron
en las primeras décadas republicanas. Una preocupación
por el papel de la mujer en la comunidad nacional imaginada era
evidente entre los escritores varones, productores de ideología
y de un balbuceante discurso dominante nacional. Como en Lima, en
estas publicaciones la pluma femenina era invitada cotidiana. Ahí
también el mensaje era el de poner a la mujer como "ángel
del hogar". Los escritos femeninos demandaban el respeto por
el papel de la mujer en el hogar al que convertían en lugar
seguro contra la tiranía y proclamaban la necesidad de la
educación femenina, que no se contradecía con sus
otras obligaciones hogareñas. Publicaciones como La Aljaba,
dedicadas al "bello sexo", se difundían ya en 1830.
La maternidad republicana, proclamada desde el discurso hegemónico
en formación, fue usada por las escritoras para defender
sus derechos femeninos, abrir un espacio en la conformación
nacional para la mujer, reflexionar sobre sus derechos y desarrollarse
en la educación, en donde destacaban de manera tal que había
más mujeres que hombres alfabetos. El discurso maternal burgués
puede ser leído en la pluma femenina como un paso de confrontación,
toma de conciencia y lucha de la mujer de la ciudad criolla en el
nacimiento de la nación; así lo señala Francine
Masiello en "Ángeles en el hogar argentino. El debate
femenino sobre la vida doméstica, la educación y la
literatura en el siglo XIX". Eso ocurrió
en Lima con las veladas de Juana Manuela Gorriti y las revistas
femeninas, entre las que destacó La Alborada, dirigida
por la propia salteña.
En un estudio renovador,
titulado Una visión urbana de los Andes. Génesis
y desarrollo del indigenismo en el Perú 1848-1930, Efraín
Kristal ha señalado que fue en 1860 cuando novelas y cuentos,
que podemos llamar indigenistas, fueron publicados por intelectuales
que se agrupaban tras el novel sector exportador de los grupos dominantes
de la sociedad peruana. Sé bueno y serás feliz,
de Ladislao Graña y, sobre todo, Si haces mal no esperes
bien, de Juana Manuela Gorriti, son las obras que llevan el
nuevo discurso sobre el indio en el proyecto del Perú exportador
de la oligarquía terrateniente.
Poco conocida o difundida,
esta obra de Juana Manuela Gorriti trata de una joven y un muchacho
que se enamoran sin saber que eran medios hermanos. La chica era
el fruto de la violación de una india por un militar. Se
trataba de un argumento similar al que la crítica literaria
peruana ha considerado la primera obra indigenista, salida de la
pluma de la otra fundadora de la novela peruana, la cusqueña
Clorinda Matto de Turner. La novela de Matto apareció en
1889 en un contexto diferente dominado por un discurso crítico,
posromántico, mientras que la de Gorriti fue publicada en
1861. Cabe recordar que fue justamente Juana Manuela Gorriti quien
patrocinó las primeras lides literarias de la escritora cusqueña
al calor de sus famosas veladas semana tras semana en su propia
casa. El cuento de Gorriti, ha señalado Kristal, "arremete
contra la opresión de los indios por parte de un sistema
feudal corrupto, el mismo que, unos treinta años más
tarde, sería blanco de las invectivas de González
Prada".
Por su lado, Francesca
Denegri, en El abanico y la cigarrera, el mejor trabajo sobre
historia de las mentalidades y de género que ha aparecido
últimamente, ha ubicado la obra de Gorriti con diferentes
criterios, reveladores de otras aristas del discurso indigenista
y feminista que se descubría en ella. Un personaje indio
reacciona contra los soldados que violan a las mujeres de su raza
y se llevan a los niños indios como sirvientes a las ciudades.
La violación, opresión directa de los blancos sobre
los indios, de los hombres sobre las mujeres, y el desarraigo de
la niñez en la ciudad aparecen en el discurso. Discurso corroborado
por la más cruda realidad.
 |
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Ballivián
conspira contra Belzu
Grabado de M. Ortíz
|
Esa denuncia se hacía
por parte de una reinterpretación indigenista de la historia
dentro de los cánones clásicos del romanticismo en
la primera novela de Gorriti, La quena. En ésta, un
niño nace de la unión de la noble María Atahualpa
y un capitán español. El niño crece con su
madre en el pueblo indio hasta que su padre lo secuestra y lo lleva
a Madrid. El relato cruza tres narraciones: la de la india María,
la del mestizo Hernán, el hijo, y la de una esclava negra,
Francisca, quien presenta la historia del desarraigo de su propia
nación. El símil con la historia de los mestizos originarios,
entre los cuales Garcilaso de la Vega se abre como prototipo, es
evidente. Pero mientras el inca Garcilaso abraza la cultura hispana
y busca con afán incorporarse a ella, Hernán termina
regresando clandestinamente al Perú para recibir el emblema
de último sucesor del imperio derrotado. Un tímido
rey subterráneo que amenaza vindicar la violación
originaria. Como vimos, en su dedicatoria a la mujer limeña,
la autora además se identifica con su personaje.
Un discurso muy atrevido,
dentro del argumento romántico con una reivindicación
india, desde la visión femenina. Discurso desafiante que,
sin embargo, fue ampliamente encomiado. Palma consideró,
como hemos señalado, el relato como "la mejor novela
escrita en América desde María, de Jorge Isaacs".
El corolario de este
movimiento, que estuvo liderado por escritoras, fue un artículo
escrito por una autora olvidada, la cusqueña Ángela
Enríquez de Vega hermana de Trinidad María Enríquez,
la primera mujer profesional peruana y decidida defensora de ideas
sociales gremialistas, titulado "El indio" y publicado
en la revista de Juana Manuela Gorriti, La Alborada, en 1875.
Según Efraín Kristal "es una exégesis
más sistemática y cuidadosa de la cuestión
indígena que cualquier artículo escrito por Manuel
González Prada". Por su parte, La Alborada fue
la antesala del discurso que otras mujeres, como Mercedes Cabello
y Clorinda Matto, continuarían.
Cuando ya Juana Manuela
vivía en Buenos Aires y escribía nostálgica
a sus amigos peruanos deseando volver, en 1886, el Ateneo
de Lima premió a dos escritoras como ganadoras del concurso
internacional de literatura: Mercedes Cabello y Teresa González.
El éxito literario de estas escritoras, que en aquel entonces
llevaban adelante un discurso de reivindicación feminista,
ha sido explicado por Francesca Denegri de una manera que las vincula
con una imagen de la etnicidad que en esos tiempos se mantenía
hegemónica. Así, a pesar de que las novelas se hallaban
todavía dominadas por el estilo romántico, lo que
era criticado desde la posición de Manuel González
Prada, los intelectuales, líderes de la oposición
literaria, encomiaron el discurso de ambas escritoras. Bien vistos
los argumentos centrales, los personajes "de color" desempeñaban
en esas narraciones un papel amenazante, corruptor, eran l@s portador@s
de valores que la ideología de los exportadores modernizantes
quería desterrar. En las novelas de González y Cabello,
los actores centrales de las narraciones, la élite criolla,
e incluso las mujeres, aparecen amenazados por miembros de una cultura
diferente, otra, subordinada, popular. El varón oscuro,
el negro o mulato, aparece dotado de una sexualidad destructiva.
El mismo mecanismo cultural se encuentra en obras de Juana Manuela
Gorriti, como El ángel caído. La escritora
que abrió desde un discurso femenino las puertas a una visión
más integrada de lo nacional, introduciendo la reivindicación
cultural del indio, como en La quena, era también
parte de ese contradictorio entramado de relaciones de clase y de
género. Los negros aparecían poseídos por deseos
sexuales destructivos, lo bajo sexual se hace otro bajo
en la fijación racial de la represión. La idea de
una sociedad diferente y excluyente era sutilmente presentada en
las lecturas que estas mujeres pusieron en boga durante el periodo
posterior a la guerra con Chile: los otros, los de abajo
(usando el binarismo cultural de alto/bajo desarrollado por los
autores Peter Stallybrass y Allon White) eran socialmente periféricos,
pero simbólicamente centrales en la ficción romántica
escrita por mujeres y apreciada en los círculos ilustrados
de Lima.
_________________
* El periódico Amor y Rabia recomienda el uso de la
arroba (@) como una abreviatura. "Vari@s estudios@s" se
lee: "varias estudiosas y varios estudiosos". Fractal
sólo empleará esta convención a solicitud expresa
del autor.
_________________
** La información más importante se contiene en el
artículo de Manuel Rigoberto Paredes, "Lo pasional en
la historia de Bolivia, Ballivián y Belzu" (Kollasuyo,
número 40). Todos los autores siguen a Paredes, "documentado"
en una supuesta carta del padre a las hijas, acusando la infidelidad;
dicha carta, según el propio autor, fue destruida por las
destinatarias.
_________________
*** Biblioteca Nacional del Perú, ms. D-2394. Incluye una
estampa coloreada a manera de ilustración que muestra a una
dama junto a una joven con la leyenda "Doña Clara acaricia
a Anjélica [sic]". El álbum está
deteriorado por el agua y el fuego. En el folio 91 Ricardo Palma
escribió "Grandísima tontería/de los veintiún
años/R.P. (rubricado)/1902. Sin embargo, anota Oswaldo Holguín,
al redescubrirlo, ese mismo año lo publicó en la Revista
Nacional de Buenos Aires, número XXXIII,
páginas 282-286.
________________
**** No es cierto que todos la soslayen; la mencionan con el mismo
tono despectivo, algunos son desinformados y hasta cómicos,
aunque recientemente la situación ha variado. El propio Alberto
Varillas no deja de decir de ella cosas como: "el nombre más
importante de esta generación" [la de los nacidos entre
1807-1821], o también "animadora de la vida cultural
de Lima y Arequipa durante las extensas temporadas que pasó
en el Perú", aunque siempre con un previo "la argentina",
o "extensas temporadas" llamadas a una vida entre nosotros.
__________________
***** Sobre el pleito entre Juana Manuela Gorriti y Carolina Freyre
de Jaimes hay las siguientes noticias: ambas eran editoras de El
Álbum hasta el número 16 en que sólo queda
al frente Carolina; el último artículo publicado por
Gorriti en la revista fue el 29 de agosto de 1874. En el semanario
dominical La Broma se juntaron Palma y Julio Lucas Jaimes
con otros satíricos incluido Manuel Atanasio Fuentes. El
semanario salió en 1877, y el 28 de abril de 1878 se dejó
de publicar; escribieron en un especial de 1878 Mercedes Cabello,
Manuela Villarán de Plasencia, baronesa de Wilson, y Carolina
Freyre. También Juan de Arona (que luego atacaría
vilmente a Mercedes Cabello). Jaimes ya firmaba D. Javier de la
Brocha Gorda. Juana Manuela Gorriti ya está fuera de Lima.
Carolina Freyre ya residía en Sucre en 1887 donde publica
su novela corta El regalo de bodas.
Luis Miguel
Glave, "Letras de mujer", Fractal
n° 3, octubre-diciembre,
1996, año 1, volumen I,
pp. 93-125. |