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Desde la
generación que luchó por los derechos cívicos,
conjunción de la esperanza de Martin Luther King y la cólera
de Malcolm X, la "comunidad" negra norteamericana parece
haberse dividido en una doble realidad: por una parte, surgió
una nueva burguesía negra que se benefició de las
políticas raciales del stablishment posteriores a
los años sesenta (al lado de los yuppies, se hablaba
en los años ochenta de los buppies: black urban
professionals, no menos deslumbrados por el éxito material
que sus colegas blancos); por la otra, se aceleró el hundimiento
del subproletariado negro (cifrado en denominaciones como underclass
o inner cities), que se debate entre la criminalidad y la prisión,
el sida y la droga, la desintegración familiar y la desmoralización.
Cornel West vislumbra una relación: sin que lo uno explique
a lo otro, el cinismo de los primeros alimenta la desesperación
de los segundos. En este sentido, West responsabiliza a las élites
por no asumir su papel natural de leadership.
A este sombrío
diagnóstico se contrapone otro totalmente diferente. La presencia
de una generación de intelectuales negros en el mundo cultural
de Estados Unidos es hoy innegable: no sólo abundan escritores
(y aunque Toni Morrison sobresale como la sucesora de Ralph Ellison
o James Baldwin, no debemos olvidar a los demás, desde Charles
Johnson hasta Walter Mosley), ensayistas (Shelby Steele y Stanley
Crouch) o profesores de literatura y de filosofía (Henry
Louis Gates Jr. y el propio West), sino también juristas
(Derrick Bell y Stephen Carter), economistas (Thomas Sowell y Glenn
Patterson) y sociólogos (William Julius Wilson y Orlando
Patterson). Llama la atención el hecho de que esta nueva
generación (junto a otras, más jóvenes, que
ya tocan a las puertas del éxito) no represente la unidad
de una comunidad negra ideal o de cualquier otra forma de negritud
imaginaria, sino la diversidad social e ideológica de un
mundo en ebullición, de hombres pero también de mujeres
(Bell Hooks, Michelle Wallace y Patricia Williams), de izquierda
pero también de derecha (como el juez Clarence Thomas y casi
la mitad de los hombres ya citados). ¿No es acaso un indicio
que, a diferencia de los paladines del Harlem Renaissance,
los intelectuales cuenten hoy con la aprobación de un público
amplio, no sólo entre los blancos, sino también entre
los negros? ¿O bien un público no solamente negro,
sino también blanco como el de los universitarios afrocentristas
Leonard Jeffries y Molefi Kete Asante?
La presencia cultural
negra en Estados Unidos ya no es exclusiva del show business
o el deporte, de Michael Jackson o Michael Jordan, ni incluso de
Spike Lee o el rap. Un universitario como Gates representa
una fuerza cultural real, tanto intelectual (interviene en congresos
universitarios, las páginas del New York Times, revistas
intelectuales como The New Republic y The New York Review
of Books) como institucional (controla un verdadero imperio
que se extiende desde Harvard hasta el mundo editorial, pasando
por la revista Transition). Incluso el éxito de Cornel
West es una evidencia de esta transformación que puede medirse
en los cuantiosos contratos que le proponen los editores. El dinero
es buena señal de reconocimiento social, así nos lo
recuerda este pensador radical, inspirado en el marxismo, que maneja
un Cadillac.
Sin embargo, un tercer
diagnóstico ha perturbado la apoteosis. Mientras la prensa
cultural (como The New Yorker y The Atlantic), sensible
a esta controversia, proclama el renacimiento del intelectual negro,
The New Republic anuncia en su portada, al mismo tiempo y
como respuesta, su derrumbe. El juicio de Leon Wieseltier es terrible:
"La obra de West es ruidosa, aburrida, evasiva, sectaria, pedante,
complaciente y carente de humor", en pocas palabras, "sin
valor" (worthless). A su parecer, West habla de todo
un poco, pero sin ninguna sustancia; ni estilo ni pensamiento.
Si este diagnóstico
sobre Cornel West supera en severidad al primero, no deja de ser
diametralmente opuesto. Sobre todo porque West intenta asumir el
papel del intelectual que tiene una idea cruel del mundo de los
negros. El filósofo se vuelve objeto de la ironía
del periodista, quien se interroga in fine: "¿Dónde
están los verdaderos intelectuales?" Más que
el estilo de una revista cuya humildad no es la regla, esta impertinencia
parece ser un acto de demolición. Por lo demás, la
virulencia del ataque no tardó en provocar un clamor de indignación,
como lo muestran las cartas publicadas durante las siguientes semanas
no sólo por Henry Louis Gates Jr., sino también por
el filósofo pragmático Richard Rorty. ¿Por
qué se presta The New Republic a tanta violencia?
¿Por qué tanta agresión?
Conservadurismo, respondieron
algunos; en efecto, meses antes, la revista en cuestión dedicó
un número entero a The bell curve, difundiendo y atizando
el escándalo que provocó este libro dedicado a estudiar
las correlaciones entre la racialidad y el coeficiente intelectual
y, con ello, a cuestionar el Estado asistencial. Desde entonces,
The New Republic se ha empeñado en asumir la tarea
intelectual de desmantelar la política de affirmative
action, es decir, las medidas adoptadas desde los años
sesenta en beneficio de las minorías y, en particular, de
la minoría negra.
Otros fueron más
lejos aún y condenaron a Wieseltier de racista. Según
esta visión, el problema no es que The New Republic
se aparte del liberalismo (al estilo norteamericano) para adherirse
al neoconservadurismo (a la manera de Washington), sino que la sociedad
norteamericana en su conjunto se empeñe en derribar, una
a una, tranquilamente, como en el tiro al blanco, las figuras negras
más destacadas del momento, ya sea que se trate de Mike Tyson
o de O.J. Simpson, de Marion Barry el alcalde de Washington
o de Ben Chavis el presidente de la asociación negra
NAACP o, el caso más notorio
sobre todo porque parecía invulnerable a los escándalos
de Lani Guinier, la desafortunada candidata a la administración
de Clinton, a quien incluso su amigo el presidente acabó
por abandonar. Éste parece ser el precio que tienen que pagar
los negros por el éxito, y esta también, dadas las
circunstancias, su necesidad de luchar contra el complot.
Pero invocar este tipo
de argumentos significa caer en el juego de quienes denuncian el
racismo sin razón (como ocurre con el antisemitismo); es
suavizar el ataque, colocando a Cornel West en la posición
de víctima. ¿No es ésta acaso la mayor crítica
que se le hace actualmente a la izquierda que todavía continúa
hablando del problema de la raza? A esa izquierda se le acusa de
complacerse en la "victimización", pues encasilla
a quienes pretende defender en el papel de eternas víctimas
y eternos menores de edad.
Cabría plantear
la pregunta de otro modo: ¿por qué provoca Cornel
West (al igual que otros intelectuales negros) reacciones tan hostiles
y apasionadas? Para responder es preciso desplazar el terreno de
la discusión y reflexionar sobre las evidencias. Quizás
el negro no sea en realidad el centro de la controversia, sino más
bien el intelectual negro; por eso conviene aclarar la doble postura
de su controvertido resurgimiento. Su papel en el debate nacional
sobre los problemas raciales y la posición que ocupa en la
definición del intelectual en general hablan de un nuevo
intelectual negro (¿por qué habría de sorprendernos?)
que contribuye a reformular, en rigor, la cuestión negra
y, a la vez, la problemática del intelectual.
Más
allá del eurocentrismo y del multiculturalismo
La frase Race matters,
título del best-seller de Cornel West, tiene un doble sentido:
puede entenderse como "asuntos de raza", o bien, como
"la relevancia de la raza"; incluso se puede traducir
como "la raza pesa". Es preciso hablar del problema racial,
porque en la actualidad la raza habla por sí sola en Estados
Unidos. De Nueva York a Los Ángeles, de Central Park a South
Central, de Yankel Rosenbaum a Rodney King es imposible ignorarla.
Cornel West tiene un público tan amplio porque habla de evidencias;
en el fondo, los medios de comunicación no dicen nada más.
Sin embargo, no se trata de una falsa evidencia, sino de una evidencia
a medias. Para algunos, la cuestión racial ha sido en esencia
superada. Los conservadores negros opinan que el racismo ya no es
una realidad vigente en la sociedad norteamericana; sólo
pertenece al pasado y subsiste como un vestigio y, sobre todo, como
una imagen en la memoria. En uno de sus ensayos más célebres,
Shelby Steele sugiere que son los mismos negros quienes permanecen
prisioneros de ese pasado, víctimas ya no de la opresión
de los blancos, sino del recuerdo de esa opresión, que los
condena al papel de víctimas. Y probablemente sea cierto
porque, irónicamente, esta inocencia imaginaria garantiza
un poder real. En este sentido, Steele prefiere hacer tabula
rasa con el pasado y sobreponerse a una visión racista
de la sociedad. Así como lo hicieron los blancos antes que
ellos, los negros deberían integrarse a una sociedad y a
un régimen que se han vuelto indiferentes frente a las diferencias
de color (color-blind).
La argumentación
alude, en particular, a los negros que se beneficiarion de la "discriminación
positiva". El mismo Stephen Carter lo reconoce cuando se autodenomina
"hijo de la affirmative action". Haciendo muestra
de su valor nos relata cómo, debido al color de su piel,
la escuela de derecho de Harvard se arrepintió de haber rechazado
su expediente de estudiante cuando Yale, una universidad de mayor
prestigio aún, a sabiendas de ello, decidió admitirlo.
¿Cómo desear a otros tanta humillación? Pero
no todos tienen escrúpulos. Para Clarence Thomas, por ejemplo,
tomar en cuenta la pertenencia racial, la suya incluida, es siempre
prueba de racismo. El juez se jacta de ser el arquitecto de su propio
éxito. Pese a que su color lo benefició doblemente
en su rápida ascensión, primero en sus estudios, por
ser negro, y después en su carrera, por ser conservador negro,
nada le impidió jugarse la carta de discriminación
racial en cuanto se vio acusado por Anita Hill, también negra,
durante las comparecencias ante el Senado que finalmente lo llevaron
a la Suprema Corte.
Nadie ignora que hay
un problema negro; las evidencias son del dominio público:
una tercera parte de los hombres negros jóvenes han estado
en prisión e innumerables adolescentes negras deben criar
a sus hijos sin apoyo alguno. Lo que difiere en el razonamiento
de los conservadores son la interpretación y las soluciones
posibles. A su parecer, la sociedad no es culpable, y en vez de
buscar siempre al responsable en alguna parte, se debe responsabilizar
a una población desmovilizada y desmoralizada. Para los conservadores
el problema es de orden cultural antes que económico: es
necesario acabar con la "cultura de la pobreza". La solución
es moral y no política y debe buscarse dentro de la comunidad
negra, no en los poderes públicos.
Es obvio que este razonamiento
se basa en premisas discutibles: no todos coinciden en que el racismo
se haya acabado. Cornel West no minimiza la importancia de su propia
posición privilegiada, al contrario, inicia su libro con
anécdotas personales: cuando viaja a Nueva York con el objeto
de posar para la fotografía de la portada de su libro, ningún
taxista se digna a detenerse, dándole preferencia a la clientela
blanca; cuando llega a Princeton, la policía lo detiene tres
veces en diez días por conducir demasiado lento, confundiéndolo
con un dealer. Es probable que todos los negros conserven
recuerdos de esta naturaleza. Pero la existencia del racismo no
es meramente anecdótica ni casual; basta con recordar, como
lo hace Martin Kilson, las estadísticas de la persistencia
de la discriminación. El mercado de trabajo y la distribución
de la vivienda son dos ejemplos notorios. El fracaso profesional
de los negros no indica tan sólo falta de voluntad, ni a
la inversa, la aglomeración en barrios segregados y la carencia
de vivienda digna, una elección libre.
Los
dos obstáculos
¿Podemos hablar
todavía de responsabilidad cuando las opciones se vuelven
tan precarias? Sí, responde claramente Cornel West, y es
en este aspecto donde su reflexión se torna más interesante.
Dos obstáculos se contraponen: el conservadurismo, cuyos
adeptos pretenden negar la existencia del racismo, y el nacionalismo
negro, que se obstina en pensar en términos de raza. Según
West, ambas posturas deben evitarse. Es la lógica de la Nation
of Islam, desde Elijah Muhammad hasta Louis Farrakhan, la de
los tribunos, como Al Sharpton, que no sólo repercute en
los ghettos negro de Chicago o Nueva York, puesto que la
encontramos en un universitario fracasado como Leonard Jeffries,
en Spike Lee o, incluso, en la burguesía negra. Las declaraciones
que hace Cornel West en referencia al antisemitismo demuestran la
atención que presta a este tema. Al igual que Gates, West
no se conforma con denunciar la tentación antisemita de los
nacionalistas negros, también analiza los significados de
esta tensión para proponer su superación.
Los escritos políticos
de West se alejan de una racialidad ingenua. La discusión
que giró en torno a los motines ocurridos en Los Ángeles
lo muestra en cierta manera. A diferencia de la mayoría de
los críticos, West se niega a reducir dicho suceso a cualquiera
de sus dimensiones, sea racial, económica o política:
Solamente 36% de
las personas aprehendidas eran negras, más de un tercio
gozaban de un empleo estable y la mayoría no reivindicaba
ninguna filiación política. En Los Ángeles
fuimos testigos de una convergencia fatal entre el derrumbe económico,
la descomposición cultural y el letargo político
actual de la sociedad norteamericana. La racialidad no fue más
que el catalizador visible y no la causa profunda.
Es importante no dejarse
cegar por las creencias populares, pero tampoco se trata de llegar
al extremo de perder de vista las evidencias del racismo. Su opinión
acerca de la affirmative action, que pone a muchos intelectuales
de izquierda en aprietos, es un ejemplo de este vaivén. Es
probable que West esté dispuesto a reemplazar el criterio
de racialidad por uno de clase en el trato preferencial, como lo
piden los conservadores. Por lo menos en principio, porque
de hecho, quienes hoy se sublevan contra la política
de cuotas raciales nunca se movilizaron por la política
social. No existe en Estados Unidos, y West lo lamenta, una verdadera
política de clase. No queda sino conformarse con aquello
que es aplicable, es decir, aquello que es políticamente
viable porque lo impulsan grupos movidos por intereses reales. Pese
a todo, la política de affirmative action, aunque
insuficiente, no deja de ser necesaria a los ojos de West; aun cuando
no garantiza una relativa igualdad, por lo menos frena la discriminación
activa: su función es, por lo tanto, esencialmente de contrapeso.
Lo que Cornel West
propone es preservar el discurso de la responsabilidad sin olvidar
la realidad de la discriminación racial; pensar "una
historia que es inseparable de la victimización sin por ello
reducirse a ella". De ahí su afán de abrir un
canal de comunicación entre conservadores y nacionalistas
que rechaza la lógica que los une, es decir, la de la alternativa
simple. Desde el punto de vista de Leon Wieseltier, la disyuntiva
no tiene escapatoria: lo uno o lo otro. Cornel West, en cambio,
se arriesga a plantear una postura que puede parecer tibia: ni lo
uno ni lo otro.
Otros intelectuales
notables emprendieron este camino "más allá del
eurocentrismo y del multiculturalismo", optando por mantener
una identidad política sin adherirse a la política
de la identidad. Toni Morrison lo recuerda en ocasión del
caso Thomas: "está claro, aun para la inteligencia más
reductiva, que los negros piensan diferente los unos de los otros;
tan claro como el hecho de que la hora de una unidad racial acrítica
ya pasó". Del mismo modo, Gates afirma que, lejos de
ser una esencia, la racialidad no es más que un tropos
y, para escapar del multiculturalismo, invoca la tradición
pluralista:
Me resisto a plantear
el debate en términos de Occidente-contra-el-resto (the-West-versus-the-rest):
es precisamente esta oposición la que el verdadero pluralismo
pone en tela de juicio. Desde la óptica pluralista, las
culturas son porosas, dinámicas, interactivas.
Gates cita además
al antropólogo francés de la etnicidad, Jean-Loup
Amselle, quien nos invita a pensar contra la pureza étnica,
el hibridismo y el mestizaje. En lo que concierne a Cornel West,
el fin del nacionalismo supone una política de coaliciones,
que por definición rebasa el concepto de una raza,
e incluso de las razas, dado que no sólo se fundamenta
en las "minorías" de clase, sino también
en las minorías homosexuales. ¿Acaso no fue éste
también el proyecto de Jesse Jackson, quien intentó
formar en 1988 una rainbow coalition?
En conclusión,
hablar de racialidad no implica necesariamente enfrascarse en el
discurso de la identidad, y lo que hoy sugieren estos intelectuales,
más allá de sus diferencias, es que los negros de
Estados Unidos no están condenados a elegir entre Louis Farrakhan
y Clarence Thomas, entre nacionalismo y conservadores. Además,
los blancos norteamericanos, antes de discutir las premisas de Cornel
West, tendrían que olvidar a Leonard Jeffries. Por lo demás,
se comprende mejor la exasperación que suscita en la actualidad
este último. Jeffries, el de mayor renombre de su generación,
ha contribuido al cuestionamiento de la controversia pública
sobre el multiculturalismo. En efecto, su racismo e ignorancia no
fueron inútiles, ya que le permitieron, pese a su pobre impacto,
ocupar un lugar privilegiado en los medios de comunicación.
Se le condenaba, sin lugar a dudas, tanto intelectual como moralmente,
pero esto no impidió que se le tomara en serio. Jeffries
reforzaba de esta manera la idea de una alternativa simple, pero
también de una opción que jugaba con éxito
a atemorizar a los blancos.
Después de la
obra de Cornel West, la alternativa ha dejado de ser simple y la
elección se complica, tal vez justamente porque, en vez de
infundir miedo, seduce con su elocuencia y su sonrisa cristianas.
Nadie ha puesto en duda aún su integridad moral; sólo
queda entonces, para que no se le tome en serio, atacarlo por su
calidad intelectual. De esta manera, el debate público volvería
a su pureza original, reencontrándose con las virtudes polémicas
de un maniqueísmo que amenaza con obstruir el diálogo
abierto por los intelectuales negros.
El
intelectual frente a sus orígenes
A Cornel West le gusta
exhibirse como un intelectual profético. El mismo Gates lo
describe como "nuestro Jeremías negro". Antes de
esbozar una sonrisa maliciosa, habría que comprender la filiación
que esta pose designa, así como el papel que adjudica al
intelectual. En primer lugar hace referencia al mundo de las iglesias
bautistas del sur (West es originario de Oklahoma). Definirse como
intelectual profético y conservar, al estilo de un orador
académico, la entonación del predicador, supone proclamar
un arraigo al mundo negro popular. Así, convertirse en intelectual
no significa romper con los orígenes. Gates también
intenta, aunque sin preservar los modales propios del "color
local", reencontrarse con sus raíces en un relato autobiográfico
reciente. Le importa demostrar que ser intelectual no es incompatible
con el hecho de ser negro: no hay necesidad de olvidar la raza para
ser intelectual.
Cornel West insiste
en que resulta inconveniente por igual dejarse definir por el color
de la piel que negarlo. El intelectual negro no es sólo el
intelectual orgánico de los negros; aspira al mismo tiempo
a desempeñar un papel dentro de la nación, independientemente
de su pertenencia racial. El intelectual profético es, por
esta razón, el que trasciende su color y el color.
Y el lenguaje de la trascendencia nos remite a la función
moral, cristiana y universal del intelectual. Esta visión
profética propone la valoración moral de la diversidad
de las perspectivas negras para elegir aquellas que se fundamentan
en la dignidad y la honorabilidad de los negros, sin que por ello
ninguna cultura sea elevada a la cima, ni tampoco arrastrada en
el fango.
A decir verdad, Cornel
West no basa su retórica solamente en la religión.
En el contexto norteamericano actual, defender una visión
moral, no obstante las tensiones raciales, es hacer un acto de fe
en el poder de un discurso intelectual trascendente. Haciendo a
un lado las dificultades raciales, el intelectual profético
se enlaza aquí con la tradición norteamericana del
intelectual que adjudica un valor moral a los asuntos públicos.
Durante años, en Estados Unidos se ha escrito mucho acerca
de la decadencia de los intelectuales. Las generaciones de intelectuales
neoyorquinos, en su mayoría judíos, como Irving Howe
y Sidney Hook, Edmund Wilson y Alfred Kazin, llegaron a su fin debido
a que la universidad impuso su lógica disciplinaria en el
discurso intelectual. Desde entonces, el medio intelectual se encerró
en sí mismo, entre las paredes de su propio campus,
en donde el radicalismo no hace sino reflejar un esplendoroso aislamiento.
En este contexto, el intelectual negro emerge, si no como un mesías,
al menos como el profeta de un renacimiento intelectual.
En todo caso, el relevo
de los intelectuales judíos por los nuevos intelectuales
negros ha intensificado la tensión racial entre negros y
judíos. Quizás esto explique en parte la intensidad
de las pasiones suscitadas en torno a la intelectualidad, sobre
todo cuando se desatan las comparaciones entre Cornel West y James
Baldwin o Lionel Trilling. Algunos, en efecto, han comenzado a trazar
paralelismos entre las vidas de ambos grupos de intelectuales, en
un intento por acercarlos y, a la vez, distinguirlos. Michael Bérubé,
por ejemplo, considera que hoy sus "herederos" no pueden
evitar enfrentarse al nacionalismo negro, al igual que los New
York intellectuals de los años treinta tuvieron que confrontar
el estalinismo. Robert Boynton, por su parte, subraya el hecho de
que si la pertenencia étnica particular de ambos grupos los
arraiga de manera similar en lo universal, sus trayectorias no sólo
son simétricas sino paralelas: "Si los neoyorquinos
dedicaron una buena parte de su carrera a descubrir su judaísmo,
los intelectuales afroamericanos, en un sentido existencial, nacieron
negros". Irving Howe descubre tardíamente la prosa yiddish,
Cornel West nace entre los ritmos del mundo sagrado negro.
Sin embargo, la diferencia
fundamental entre los dos grupos de intelectuales, que en parte
explica el malestar, la incomprensión o incluso la hostilidad
de algunos de sus legítimos herederos, radica en la estética.
Los intelectuales neoyorquinos descubrieron su judaísmo y
su universalidad a través de Proust, Dostoyevski y las grandes
obras literarias europeas y, particularmente, en las obras de T.S.
Eliot, Kafka y el modernismo. Los intelectuales negros, en cambio,
sin rechazar esa cultura de élites, también hacen
suya la cultura popular, así sea en su versión de
masas. Para Cornel West y Stanley Crouch, para Houston Baker y Tricia
Rose es igualmente válido estudiar la música negra,
desde el jazz hasta el rap pasando por el blues.
Black noise: los ruidos de la calle están siempre
cerca. Malcolm X, como lo demostró Michael Eric Dyson, pertenece
tanto al universo de Cornel West como al mundo de los políticos,
de los rappers, de los cineastas y de los niños de
la calle. La jerarquía cultural se diluye al menos en apariencia
y la mezcla de géneros parece ser la regla, que algunos herederos
de los gloriosos ancestros interpretan como un principio de barbarie.
Se comprende que esta
actividad intelectual sea calificada frecuentemente como una producción
de segunda. Primero porque no satisface los cánones de la
cultura del gran intelectual y, segundo, porque no responde a las
exigencias de la academia. En estos dos frentes, West se vuelve
vulnerable. Se le acusa de superficial debido a que pretende cubrir
un terreno demasiado amplio. Cornel West abarca mucho, demasiado,
opinan algunos, le falta profundidad intelectual. Quiere representarlo
todo, sin embargo, corre el riesgo de quedarse en imagen pasajera:
su legendario traje de tres piezas, al estilo de W.E.B. DuBois,
reivindica la dignidad del clero intelectual, pero para algunos
no hace más que evocar el dandismo de Tom Wolfe.
El peligro de asumir
un papel simbólico es que lo significativo puede fácilmente
caer en lo insignificante. ¿De qué manera puede un
individuo sustituir a todo un movimiento social o político?
Bogdan Denich y John Mason lo explican de la siguiente manera: "West
se desenvuelve mejor en el escenario público porque cuando
intenta sentarse a trabajar se encuentra marginado". Quizás
éste sea el precio que tiene que pagar el intelectual profético.
A fuerza de abarcar la globalidad de la experiencia negra, de querer
vincular la calle con la universidad, el ghetto con la burguesía,
el mundo blanco con el negro, West, para representar mejor su papel,
para fundirse en su propia imagen, se expone a perder público.
Sin embargo, esto no
impide que Cornel West y el intelectual negro tengan éxito
en Estados Unidos gracias a que, con el surgimiento de esta generación,
la experiencia negra vuelve a vivirse como una aventura norteamericana.
Hablar del problema negro en Estados Unidos ya no implica solamente
hablar de negros; es imprescindible hablar de un problema norteamericano.
Acaso la crisis en la que están inmersas las ciudades son
el reflejo de la crisis de la conciencia pública de todo
el país. Es probable que la función nacional del intelectual
negro, más allá de su "comunidad" de origen,
radique probablemente en la necesidad de reintroducir un punto de
vista negro.
Así, se comprende
mejor el lugar que ocupa el pragmatismo en la filosofía de
Cornel West; su libro más académico propone, en efecto,
una "genealogía del pragmatismo". Tal vez encontró
en el pragmatismo la manera de escapar al esencialismo de las razas;
por esto su interpretación del pragmatismo se asemeja más
a la de John Dewey que a la de William James, ya que traza, al mismo
tiempo, una genealogía del intelectual. Quizá su verdadero
modelo sea Reinhold Niebuhr, cuyo "pragmatismo cristiano"
anuncia una suerte de "pragmatismo profético".
Pero ante todo, el pragmatismo ofrece a West, como al mismo Rorty,
una tradición norteamericana de pensamiento, indispensable
para quien se ocupa de la experiencia nacional.
El intelectual negro
se halla obligado a pensar simultáneamente en el hecho de
ser negro y en su inserción en la sociedad norteamericana.
El trabajo de un hombre como West, y también de toda una
generación, es un trabajo tanto de representar como de pensar,
es decir, un trabajo de representaciones intelectuales. La tarea
es doble: se trata, por un lado, de arrancar al mundo negro del
ghetto, de su marginalidad singular, para darle un lugar
en el mundo norteamericano; pero, por el otro, de insertarlo en
el corazón de la vida nacional. Esto significa, sin lugar
a dudas, transformar ese corazón: no sólo agregar
una pieza al edificio sino modificarlo en su conjunto. El sentido
de la obra literaria de Toni Morrison es el mismo. En un solo movimiento
inscribe la memoria negra en el registro de la nación y da
una nueva lectura a la historia nacional a partir de la propia experiencia
negra. En otras palabras: escucha y hace escuchar la voz negra en
el corazón norteamericano. Nos encontramos en el terreno
de lo profético: al profeta le incumbe no tanto reformar
la nación como reformular su historia.
Entrevista
ERIC FASSIN: En Francia,
por ejemplo, Estados Unidos sirve hoy con frecuencia de contraste
para oponer al modelo republicano francés de la integración
nacional el de la democracia norteamericana del multiculturalismo.
De hecho, el modelo y el contramodelo funcionan de manera similar
en Estados Unidos (e pluribus unum), donde muchos rechazan
ahora en los mismos términos toda politización de
la diferencia por temor a que la reivindicación de la identidad
conduzca inexorablemente a la "ghettoización",
es decir, a la desintegración nacional. Dicho de otro modo,
las culturas contra la cultura, ya sea la francesa o la norteamericana.
CORNEL WEST: El problema
es que la política de la identidad rara vez se piensa desde
una perspectiva histórica. Hablar de diferencias es hablar
de subordinación, de subyugación, de servidumbre;
se trata de poder, es decir, jerarquías, opresión,
relaciones asimétricas. Desde una perspectiva socialista
y democrática, para mí es imposible hablar de identidad
o de minorías y olvidar las heridas que dejó el pasado.
En Europa, se trata de la herencia colonial, el regreso del imperio
a la metrópolis; en Estados Unidos, se trata de la herencia
de la supremacía blanca. Pero en nuestro país no hay
conciencia histórica. Es una tierra de heterogeneidad étnica
e hibridación cultural sin memoria social. También
la política de la identidad parece estar sumamente limitada.
FASSIN: En Estados
Unidos, la retórica de la identidad se formula menos en términos
de clase que de cultura, una cultura a su vez determinada por la
raza. Los movimientos homosexuales y feministas acaso lograron su
definición en referencia al movimiento de los derechos cívicos
con respecto a la cuestión negra. Por lo tanto, el lenguaje
disponible para emprender cualquier movimiento social es la identidad
cultural y no la pertenencia de clase.
WEST: En efecto, pero
no debemos remontarnos a los años sesenta, sino mucho más
atrás, a la época en que se fundó la nación
misma. La diversidad étnica ya existía en los años
1820 y 1830, cuando se desarrolló la industrialización.
La noción racial de "blanco", construida en oposición
a la noción de "negro", es precisamente lo que
permitió darle una resolución a esta heterogeneidad
étnica. La fuerza con que se impuso en aquel entonces esta
definición de identidades dificultó el desarrollo
de una política de clase que no considerara las definiciones
de raza y etnicidad. Los años sesenta no hicieron más
que retomar este viejo esquema. Por supuesto, para un socialista
democrático como yo, esto no es positivo, pero los hombres
actúan bajo circunstancias históricas que no eligen.
La izquierda teme,
con justa razón, una retórica racial que ignore las
diferencias de clase, como ocurre en los movimientos nacionalistas
negros, donde todos los negros son puestos en el mismo saco, desdeñando
deliberadamente las diferencias de clase, género o sexo.
Sin embargo, debemos reconocer que, en parte, también los
nacionalistas negros tienen razón. Es una verdad ineludible
que todos los negros están expuestos a la supremacía
blanca y que, históricamente, ésta ha configurado
la fisonomía de la cultura norteamericana.
La división
de razas es real. Por lo tanto, mi esfuerzo está encaminado,
por un lado, a tomar en cuenta este peso de la supremacía
blanca que en algunos despierta la ilusión de una homogeneidad
racial y, por el otro, a considerar no sólo las divisiones
de clase, sino también, más allá de las diferencias
raciales, las posibles alianzas y coaliciones.
Nacionalismo
negro y antisemitismo
FASSIN: Sin embargo,
en la historia de Estados Unidos, los negros, junto a otros, tuvieron
varias oportunidades de desempeñar un papel decisivo en la
definición de una visión nacional; por ejemplo, con
los abolicionistas en los años que precedieron a la guerra
de Secesión, o después, durante la Reconstrucción.
Y por supuesto, hace cuarenta años, cuando se instituyeron
los derechos cívicos. ¿Nos hallamos frente a una situación
opuesta? Hoy la política de identidad racial parece empeñarse,
por ejemplo, en construir coaliciones en las metrópolis.
WEST: Las contradicciones
raciales se han agudizado. Se agravaron con la presencia de los
republicanos en la década de los ochenta. Y, entre los negros,
los nacionalistas parecen llevar la delantera. Probablemente su
mérito consiste en restaurar el sentimiento de dignidad,
el respeto y el amor propio. Aunque el precio es alto; su visión
es estrecha y pesimista y rechaza cualquier alianza que desborde
los marcos raciales. Mi labor es no dejarles el terreno libre, razón
por la cual he mantenido el diálogo con ellos, como por ejemplo,
en la primavera de 1994, en Baltimore. Invitado por el leader
de la NAACP, Ben Chavis, participé
en esa cumbre histórica al lado de la organización
de los derechos cívicos y de las iglesias negras. En aquella
ocasión, como lo puntualizaron los mismos medios de comunicación,
no sólo se encontraban los dirigentes nacionalistas, sino
también los representantes del conjunto de las profesiones,
del mundo económico negro e incluso de la bolsa.
A los primeros, intento
decirles que tienen razón cuando hablan del sufrimiento y
de la desesperación de los negros, pero su propuesta de replegarse
no es una buena solución; a los segundos, me permito recordarles
que la idea de desarrollar un capitalismo negro, industrial, comercial
y financiero, tal vez sea buena y que estoy a favor de ella a corto
plazo, pero no hay que olvidar que solamente el uno por ciento de
la población domina cerca de la mitad de la riqueza nacional,
mientras la pobreza, incluida la pobreza invisible del trabajador
que subsiste sin la mínima asistencia pública, va
en constante aumento. Éste es mi papel en una reunión
de esa naturaleza.
FASSIN: Además
de esas reuniones de representantes negros, usted también
ha entablado el diálogo fuera de la comunidad negra, en particular
con los judíos.
WEST: Desafortunadamente,
el cristianismo tiene una larga historia de antisemitismo. Y la
civilización norteamericana es profundamente cristiana. Por
añadidura, nos hallamos en un periodo económico lamentable
para muchos trabajadores y las tensiones raciales han renacido.
El judío puede fácilmente convertirse en el chivo
expiatorio de un gran número de negros quienes, para explicar
su miseria, imaginan la maquinación de un complot. En lo
que a mí respecta, mi intención es retomar el diálogo
con el objeto de reanudar una alianza que desempeñó
un papel tan importante en los movimientos progresistas de los años
sesenta. En este sentido se dirigen mis conversaciones con Michael
Lerner, de Tikkun, en un intercambio cultural que culminará
con la publicación de un libro. Las dos comunidades necesitan
reencontrar juntas su dimensión profética. Pero también
intento dialogar con los hispanos, los asiáticos, en fin,
con los grupos sociales en general.
Inmigración
y pobreza negra
FASSIN: La referencia
a estos últimos grupos nos conduce a otra pregunta, la de
la nueva inmigración a Estados Unidos, la última gran
ola que ha atraído desde hace ya más de diez años
a cerca de diez millones de inmigrantes legales y seis millones
de ilegales, en su mayoría provenientes de América
Latina y Asia. Sabemos que la inmigración europea de las
generaciones anteriores bloqueó la inclusión de los
negros en el mercado de trabajo industrial en el norte. ¿No
estará sucediendo lo mismo: una alianza entre los inmigrantes
(los "morenos") y los conservadores blancos, cuyos efectos
podemos observar en la política urbana de Los Ángeles
o Miami?
WEST: A principios
de siglo, la gran mayoría de los negros del sur vivía
atrapada en un mundo agrícola sostenido por un sistema de
terror institucionalizado, primero por las leyes de Jim Crow y,
después, por la de Lynch. Hoy la situación es distinta.
Por un lado, se halla una burguesía en ascenso para la cual
se abren horizontes, aun cuando tenga la impresión de haber
llegado a su límite y sienta que el mundo de los negocios
obstaculiza su propio éxito; por el otro, observamos un proletariado
industrial en una sociedad en vías de desindustrialización.
La pobreza no es nueva, aunque sea masiva; lo nuevo son las condiciones
de vida de una sociedad que se debate entre las armas automáticas
y las drogas. A diferencia de principios de siglo, hoy somos testigos
de una desesperación absoluta frente a la disolución
de familias y comunidades enteras.
FASSIN: Basta con pensar
en la tasa de nacimientos "ilegítimos", y no me
refiero únicamente a la población negra. ¿No
se deberá esto a una exacerbación de la crítica
de la cultura de la pobreza, incluso dentro de los medios liberales
de izquierda?
WEST: Ciertamente.
Además de los conservadores, por supuesto, habría
que contar a los neoliberales al estilo de Bill Clinton. Difundir
el lema "ayúdate a ti mismo" no cuesta mucho, pero
tampoco quiere decir mucho. Por supuesto, todos somos responsables,
y la responsabilidad no hace daño. Pero eso no resuelve nada.
Cuando Charles Murray adjudica a los nacimientos ilegítimos
la causa de la pobreza y, por si fuera poco, del crimen, y culpa
al Estado asistencial porque apoya financieramente a las madres,
me dan ganas de decirle: "¡No friegues!". Nuestras
divergencias no son solamente ideológicas, sino también
metodológicas: ¿desde cuándo el comportamiento
individual explica los fenómenos estructurales? Analicemos
el problema del desempleo, cuya verdadera magnitud no aparece en
las cifras nacionales. Se estima que el cuarenta por ciento de los
hombres negros están desempleados, lo cual habla de la necesidad
de "asistir" a un total de cinco millones de personas.
Nosotros los socialistas democráticos proponemos una visión
diferente para analizar la crisis social.
El
intelectual profético
FASSIN: Usted reivindica
el título de "intelectual profético". ¿Qué
significa para usted este término?
WEST: A diferencia
del marxismo, en el que me inspiro en ciertos aspectos, reivindico
para el intelectual una dimensión moral que implica a la
vez justicia e igualdad democráticas y, en un nivel individual,
la integridad y una vocación de servicio, es decir, de sacrificio.
Desde mi punto de vista, todo esto forma parte de la definición
de una política progresista.
FASSIN: ¿Acaso
no se propone también llegar a una población apática
y apolítica que sólo la Iglesia sabe cómo movilizar?
WEST: Contrariamente
a la filiación política, la filiación religiosa
es, sin duda alguna, excepcionalmente importante en Estados Unidos.
Este fenómeno no sucede en Francia, por ejemplo. Nueve de
diez norteamericanos creen en Dios, y uno de cada tres está
convencido de haber hablado con él por lo menos dos veces
la semana pasada. Si la religión es tan importante, como
lo observó Tocqueville, es porque se halla en el corazón
mismo de la vida asociativa, que por supuesto hace las veces de
vida pública. Por esta razón, el intelectual se ve
obligado a reflexionar sobre la vida pública y, en lo que
a mí respecta, me sitúo en la tradición de
intelectuales como John Dewey, DuBois o Michael Harrington, aquel
socialista que nos hizo repensar la pobreza en Estados Unidos. Mi
apego al pragmatismo se debe a que lo considero la fuente filosófica
más idónea para analizar la vida democrática,
en otras palabras, para reflexionar sobre lo que vale, lo que significa
esta forma de organización de la vida. Yo la asocio con el
jazz, el modelo democrático por excelencia, inventado
por las víctimas negras de la democracia norteamericana que
aspiraban al ideal democrático que les estaba vedado. Esta
clase de ejemplos nos permite comprender la sustancia de la qué
se compone una sociedad que pretende ser democrática y entender
cómo los negros, que conocieron la otra cara de esta democracia,
pudieron reencontrarla gracias al jazz.
FASSIN: ¿Una
crítica de la democracia norteamericana a partir de sus valores?
WEST: A partir de lo
mejor de sus valores, sí. Es un buen resumen de lo que intento
hacer desde hace doce años.
Traducción
de Suely Bechet
Eric
Fassin, "América en blanco y negro",
Fractal n° 3, octubre-diciembre,
1996, año 1, volumen I,
pp. 129-151.
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