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Se diría
que conocemos una gran cantidad de pormenores sobre los fundamentos
institucionales de la lectura. Disponemos de algunas respuestas
para las preguntas "quién", "qué",
"dónde" y "cuándo". Pero aún
nos eluden las respuestas a los "porqués" y los
"cómos". No hemos trazado una estrategia para comprender
mejor los procesos internos por medio de los cuales los lectores
atribuían significados a las palabras. Ni siquiera entendemos
bien a bien nuestros propios modos de leer, muy a pesar de los empeños
de psicólogos y de neurólogos para investigar los
movimientos del ojo humano y para trazar un mapa de los hemisferios
del cerebro. ¿Difiere el proceso cognoscitivo de los chinos,
que leen una escritura ideográfica, del de los hombres occidentales,
que descifran líneas? ¿Es idéntico en los israelíes,
que leen palabras sin vocales de derecha a izquierda, que en los
ciegos, que transmiten estímulos mediante las yemas de los
dedos? ¿Es similar en los naturales del Sudeste Asiático,
cuyas lenguas carecen de tiempos del verbo y ordenan la realidad
en una dimensión espacial, que en los indios del continente
americano, cuyas lenguas han sido convertidas a una forma de escritura
sólo muy recientemente y por académicos ajenos a esas
comunidades? ¿Es lo mismo para el hombre religioso, que se
siente en presencia de la Palabra, que para el especialista en diseñar
etiquetas de consumo para un supermercado?
Las diferencias
se antojan infinitas, puesto que la lectura no es solamente una
destreza, sino un modo de atribuir significados, lo que seguramente
varía de cultura a cultura. Sería disparatado alimentar
la esperanza de dar con una fórmula capaz de explicar todas
estas variantes. Pero debiera ser posible elaborar una manera de
estudiar los cambios en la lectura, al menos en el ámbito
de nuestra propia cultura. Me gustaría proponer a continuación
cinco aproximaciones a este problema.
En primer
término, creo posible averiguar un poco más sobre
los paradigmas de perfección y las presunciones del pasado
acerca de las claves del acto de leer. Podríamos estudiar
las representaciones de la lectura en la literatura contemporánea
en autobigrafías, textos polémicos, cartas, pinturas
y todo género de impresos con el propósito de descubrir
algunas nociones básicas sobre lo que la gente común
y corriente creía que sucedía al leer un libro. Recordemos
por ejemplo la gran controversia sobre el delirio por la lectura
en la Alemania de fines del siglo XVIII. Las
opiniones que lamentaron el Lesewut no se limitaron simplemente
a desaprobar su influencia sobre la moral íntima y la política.
Temían que la lectura fuese perjudicial también para
la salud pública. En un opúsculo editado en 1795,
J.G. Heinzmann enlistó los padecimientos físicos que
acarrea una lectura inmoderada: "susceptibilidad a pescar resfríos,
dolores de cabeza, debilitamiento de los ojos, salpullido, gota,
artritis, hemorroides, asma, apoplejía, dolencias pulmonares,
indigestión, estreñimiento, trastornos nerviosos,
migrañas, hipocondría y melancolía". Con
un enfoque más positivo en el debate, Johann Adam Bergk aceptó
las premisas de sus adversarios pero difirió de sus conclusiones.
Admitió como un principio de verdad que no es aconsejable
leer después de comer ni de pie. Pero si el cuerpo llega
a encontrar una postura correcta, la lectura podría convertirse
en una fuerza del bien. El "arte de la lectura" comportaba
lavarse la cara con agua helada, dar paseos al aire libre y practicar
complejos ejercicios de concentración y de meditación.
Nadie
puso jamás en duda el desgaste físico que comporta
la lectura, por la sencilla razón de que nadie trazó
una clara distinción entre el universo moral y el estrictamente
corporal de la lectura. Durante los siglos XVIII
y XIX, los lectores procuraron "digerir"
libros, embeberse en su lectura con todo su ser en cuerpo y alma.
Un puñado de radicales entendió al pie de la letra
la invitación a "digerir" libros; fue el caso de
una mujer de Hampshire, Inglaterra, que "devoró el Nuevo
Testamento, día tras día, página tras página,
emparedado entre dos rebanadas de pan con mantequilla, como remedio
para sanar". Con más frecuencia, la noción de
devorar libros adquirió la forma de un ejercicio espiritual,
de cuya preocupación por los apetitos físicos de la
lectura aún quedan indicios en ejemplares que sobrevivieron.
Los tomos de la biblioteca de Samuel Johnson, en la actualidad propiedad
de la señora Donald F. Hyde, están retorcidos y mordisqueados,
como si el devorador hubiese forcejeado con tapas y folios para
saciar su gula.
Durante
los siglos XVI y XVII
predominó la concepción de la lectura como ejercicio
espiritual. ¿Pero cómo se ejerció ese tipo
de lectura? Un historiador podría buscar algún norte
en los libros de ritos sacramentales de los jesuitas y en los tratados
de hermenéutica de los protestantes. Las lecturas en familia
de la Biblia se llevaban a cabo por igual en ambos lados
de la gran línea divisoria religiosa. Y como pone de manifiesto
el ejemplo de Restif de la Bretonne, la gente solía acercarse
a la Biblia con admiración temerosa, incluidos algunos
campesinos católicos. Naturalmente, Bocaccio, Castiglione,
Cervantes, Erasmo o Rabelais supieron crear otros usos para la capacidad
de la lectura de la élite. Pero para la mayoría de
la gente, la lectura siguió siendo un quehacer sagrado. Leer
era estar en presencia de la Palabra y era por añadidura
una revelación de misterios sagrados. Parece razonable afirmar,
al menos como hipótesis de trabajo, que mientras más
retrocedemos en el tiempo más nos alejamos del tipo de lectura
instrumental de nuestros días. No sólo quiero decir
que al volver lo ojos al pasado los libros que enseñan "cómo
hacerlo usted mismo" se vuelven cada vez más escasos
y que abundan los libros religiosos, sino que el propio acto de
leer es diferente. En la época de Lutero y de Loyola, la
lectura era el pórtico de entrada a la verdad absoluta.
En un
ámbito más terrenal, acaso sería plausible
indagar las presunciones que subyacen a la lectura con sólo
examinar los avisos de ocasión y los folletos publicitarios
de la venta de libros. Enseguida reproduzco algunas observaciones
representativas entresacadas de un opúsculo del siglo XVIII,
elegido al azar entre la riquísima colección que conserva
la biblioteca de Newberry: un comerciante en libros pone a la venta
una edición en cuarto de los Commentaires sur la coutume
d'Angoumois, una obra espléndida, insiste el propietario,
tanto por su calidad tipográfica como por su contenido: "Para
la impresión del texto del Coutume se usaron tipos
gros-romain; para los sumarios que preceden a los comentarios
se prefirieron tipos cícero, y para los comentarios
se eligieron tipos Saint-Agustin. El conjunto de la obra
está editada sobre un muy hermoso papel fabricado en Angoulême".
A ningún editor de nuestros días se le ocurriría
siquiera mencionar la calidad del papel o la tipografía al
anunciar un libro de derecho. Como se colige de los avisos del siglo
XVIII, los editores daban por sentado que
sus clientes tomaban muy en cuenta la calidad en la confección
y los acabados de los libros. Compradores y vendedores compartían
por igual una conciencia tipográfica que se halla a punto
de extinguirse en nuestra época.
Los dictámenes
de los censores pueden ocasionalmente ser muy reveladores, al menos
en el caso de los libros editados en los orígenes de la Francia
moderna; el censor francés no era muy competente, pero se
beneficiaba de la notable tradición del oficio. Un libro
común y corriente de viajes, Nouveau voyage aux isles
de lAmérique (París, 1722), de J.B. Labat,
contiene cuatro "aprobaciones" reproducidas íntegramente
junto al privilège. Un censor explica que el manuscrito
despertó su curiosidad: "Es difícil iniciar la
lectura sin sentir esa leve pero ávida curiosidad que nos
incita a seguir adelante". Otro de los censores recomienda
la obra "por su estilo llano y conciso" y también
porque se trata de una lectura provechosa: "En mi opinión,
nada resultará tan útil a los viajeros, a los habitantes
de los lugares descritos, a los comerciantes, y a los estudiosos
de la historia natural". A un tercer censor le pareció,
a secas, una buena lectura: "hallé un gran placer en
la lectura. Contiene un sinnúmero de curiosidades".
Los censores no cazaban como sabuesos a heréticos y revolucionarios,
como solemos suponer al volver la mirada hacia otras eras del pasado
como la Inquisición y la Ilustración. Los censores
otorgaban el sello real de aprobación a una obra, y al hacerlo
daban también algunas claves de lectura. Sus valoraciones
constituían un criterio oficial de autoridad que era a su
vez referencia obligada para otras lecturas comunes y corrientes.
¿Y
cómo leía un lector común y corriente? Mi segunda
sugerencia para acometer el problema de la lectura atañe
al estudio de los modos en que se aprende a leer. Al estudiar la
alfabetización en Inglaterra del siglo XVII,
Margaret Spufford llegó a la conclusión de que las
tareas del aprendizaje transcurrían en gran medida fuera
del salón de clase, en tabernas y en campos de labor, donde
los labradores o bien aprendían a leer de modo autodidacto
o bien se enseñaban entre sí. En el ámbito
de la escuela, los niños de Inglaterra aprendían primero
a leer y luego a escribir, en vez de adquirir ambas destrezas de
manera simultánea, como sucede en nuestros días. Con
mucha frecuencia, los niños se incorporaban a la fuerza de
trabajo antes de cumplir los siete años, es decir, cuando
estaba por iniciarse su instrucción en la escritura. De tal
manera que las buenas estadísticas basadas en la destreza
para escribir podían ser muy inferiores, mientras que los
cálculos sobre el público lector en realidad podrían
haber incluido a bastante gente que ni siquiera sabía escribir
su nombre. Esta disparidad entre los procesos de aprender a leer
y a escribir es incluso mucho más pronunciada en países
como Suecia, donde los archivos tienen información lo suficientemente
rica como para elaborar estadísticas confiables. Hacia 1770,
según Egil Johansson, la sociedad sueca estaba casi por completo
alfabetizada. Los registros de la Iglesia confirman que entre el
80 y el 95% de la población sabía leer, y aun contestar
satisfactoriamente a preguntas sobre el significado de algún
pasaje de una obra religiosa. Con todo, únicamente el 20%
sabía escribir y sólo una porción minoritaria
había pisado alguna vez la escuela. En Suecia, notése,
se había realizado una vasta campaña de alfabetización
casa por casa, sin la colaboración de profesores profesionales,
en atención a una ley expedida por la Iglesia en 1686, que
mandaba que todos los habitantes sin excepción, y particularmente
niños, labradores de campo y sirvientes domésticos,
deberán "aprender a ver y a leer con sus propios ojos
(verbigracia: ser capaces de comprender) los designios de Dios y
los mandamientos que dicta en su Sagrada Palabra".
Por supuesto,
para la gente de aquellos días "leer" tenía
un significado completamente diferente del que puede tener en nuestros
días y, a su vez, la noción de lectura en el norte
protestante difería de la que terminó por arraigar
en el sur católico. En los orígenes de la Francia
moderna, los niños debían aprender de manera consecutiva
sus "tres erres": primero a leer, enseguida a escribir
y al final su aritmética. Sus silabarios típicos
ABC como el Croix de Jesus y el
Croix de par dieu solían empezar, como las cartillas
modernas, por el alfabeto. Pero cada letra del abecedario tenía
un sonido diferente. El párvulo pronunciaba una vocal llana
antes de cada consonante, de modo que la p sonaba como eh-p,
en lugar de pé, que se pronuncia en la actualidad.
Al decir en voz alta una palabra, la fonética de las letras
no embonaba de modo consecutivo para formar combinaciones distinguibles
por el oído, como sucede habitualmente con las sílabas
de una palabra. De modo que al pronunciar p-a-t-,
en Páter Nóster, sonaba como ehp-ah-eht.
Pero los intríngulis fonéticos importaban en realidad
bien poco, porque las letras querían ser meros estímulos
visuales para despertar la evocación de un texto previamente
memorizado por cierto, un texto siempre en latín. Todo
el sistema de educación descansaba sobre el supuesto de que
al aprender a leer, los niños franceses jamás deberían
empezar por un texto francés. Los párvulos pasaban
directamente del alfabeto al aprendizaje en sílabas breves
y enseguida a oraciones como el Páter Nóster
y el Ave María, el Credo y el Benedicite.
Concluido el aprendizaje de estas plegarias de todos los días,
los niños se internaban a continuación en los responsos
litúrgicos recopilados en los populibros. Al concluir este
ciclo, muchos niños abandonaban la escuela. Habían
adquirido suficiente destreza con la palabra impresa como para cumplir
aceptablemente con las tareas que la Iglesia les encomendaba es
decir, colaborar con los ritos eclesiásticos. Pero a esas
alturas, los niños franceses no habían leído
un solo texto en una lengua que realmente les fuese dable comprender.
Algunos
niños ignoro cuántos, quizá una minoría
en el siglo XVII y acaso una mayoría
en el siglo XVIII permanecían
en la escuela durante un lapso suficiente como para aprender a leer
en francés. Pero incluso en ese caso, leer era a menudo maña
para reconocer un texto previamente memorizado, más que un
aprendizaje que añadía nuevos conocimientos a la formación
de los escolares. Prácticamente todas las escuelas estaban
bajo la dirección de la Iglesia, y casi todos los libros
de texto eran obras pías, como el Ecole paroissiale,
de Jacques Batencour. A principios del siglo XVIII,
los Frères des Écoles Chrétiennes dieron el
mismo libro de texto a diversos discípulos y les enseñaron
en grupo el primer paso rumbo a la uniformidad de la enseñanza,
que habría de convertirse en la norma universalmente aceptada
al cabo de un siglo. Al mismo tiempo, un puñado de tutores
empezaron a enseñar a leer a los hijos de los aristócratas
directamente en francés. Estos tutores elaboraron técnicas
fonéticas y se auxiliaron para enseñar de medios audiovisuales,
como el proyector de imágenes creado por el abate Berthaud
y el bureau tipographic de Louis Dumas. Hacia 1789, el ejemplo
se había propagado inicialmente a algunas escuelas progresistas.
Pero para la gran mayoría de los niños, saber leer
quería decir recitar de corrido, de pie ante el profesor,
un pasaje de algún texto que hubiese caído en sus
manos, mientras en los pupitres del fondo un puñado de niños
se disputaban encarnizadamente una colección de folletos
multicolores. Algunos de estos "libros escolares" reaparecían
por la noche durante la veillé, porque se trataba
de ediciones populares que figuraban entre los libros más
vendidos de la bibliothèque bleue. De modo que la
lectura al calor de la chimenea tenía muchas afinidades con
la lectura del salón de clase: ambas consistían en
la recitación de un texto previamente conocido. En lugar
de constituirse en una revelación sobre perspectivas ilimitadas
e ideas novedosas, probablemente la lectura se circunscribía
a un ámbito restringido, precisamente el círculo selecto
en el que la Iglesia postridentina deseaba mantener la lectura.
"Probablemente" es el adverbio que rige esta proposición.
Sólo podemos tejer conjeturas sobre la naturaleza de la pedagogía
en sus orígenes modernos, mediante la lectura de los pocos
silabarios y los de todavía más raros libros de memorias
de la época que aún se conservan. Seguimos sin saber
a ciencia cierta qué sucedía dentro del salón
de clase. Pero sea como fuere, los labradores del campo, libroescuchas,
podrían haber construido tanto su catecismo como sus narraciones
de aventuras de modos cuya comprensión nos excede por completo.
Si la
experiencia de lectura de la gran masa de lectores rebasa al investigador,
los historiadores deberían ser capaces de capturar al menos
indicios de lo que leer significaba para ese puñado de personas
que dejaron por escrito sus experiencias como lectores. Una tercera
aproximación a la historia de la lectura consistiría
en repasar las autobiografías célebres las de
San Agustín, Santa Teresa de Ávila, Montaigne, Rousseau
y Stendhal, por ejemplo para continuar enseguida con el examen
de fuentes menos conocidas. J. M. Goulemont se apoyó en la
autobiografía de Jamery-Duval para mostrar cómo un
campesino que sabía leer y escribir podía ascender
fulgurantemente desde la tropa hasta la oficialidad del ejército
durante el Antiguo Régimen, y Daniel Roche descubrió
a un vidriero del siglo XVIII Jacques-Louis
Ménétra, que se abrió camino con la lectura
durante el itinerario de una clásica vuelta a Francia. Aunque
no llevaba muchos libros en su equipaje, Ménétra intercambió
continuamente correspondencia con otros compañeros de ruta
y con algunas de sus enamoradas. Dilapidó incontables pliegos
sueltos en ejecuciones públicas, e incluso compuso versos
burlescos para las ceremonias y farsas que puso en escena con otros
trabajadores. Ménétra contó la historia de
su vida según los cánones narrativos y el mejor estilo
de la picaresca; combinó por igual la tradición oral
(cuentos populares y versiones estilizadas de las discusiones bizantinas
entre estudiantes) con géneros de la literatura popular (las
novelas cortas de la bibliothèque bleue. A diferencia
de otros autores plebeyos Restif, Mercier, Rousseau, Diderot
y Marmontel jamás ganó presencia en la República
de las Letras. Ménétra mostró con creces que
las cartas ocupaban por derecho propio un lugar prominente en la
cultura del lector común y corriente.
El sitio
del género epistolar podría haber sido marginal, pero
los márgenes proporcionan por sí solos pistas sobre
las experiencias de lectura entre lectores comunes y corrientes.
En el siglo XVI, los comentarios al margen
de un escrito solían editarse en forma de glosas, que introducían
y guiaban al lector en su recorrido por los textos humanistas. En
el siglo XVIII, la glosa cedió su sitio
como género a la nota de pie de página. ¿Cómo
se orientaba al lector en ese ir y venir entre el texto y el paratexto
al pie de la página? Gibbon creó una distancia irónica
mediante un despliegue magistral de notas a pie de página.
Un examen cuidadoso de ejemplares anotados del siglo XVIII
de Decadencia y ruina del Imperio Romano podría revelar
la manera en que percibían esa distancia sus contemporáneos.
Por ejemplo, John Adams llenó totalmente sus libros de garabatos.
Observando sus reacciones a través de su abigarrado ejemplar
del Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres,
de Rousseau, el historiador puede percatarse de lo que pensaba de
la filosofía radical de la Ilustración de un revolucionario
retirado en el clima apacible y sedante de Quincy, Massachusetts.
A continuación, un pasaje de Rousseau en la versión
de la primera edición en inglés:
En este estado (el
estado de la naturaleza) no había ninguna clase de relación
moral entre los hombres; no podían ser ni buenos ni malos,
ni tener vicios ni virtudes. Lo más apropiado, por tanto,
sería reservarse cualquier veredicto sobre su situación...
al menos hasta que hayamos examinado si entre los hombres civilizados
predominan las virtudes o los vicios.
Y enseguida
los comentarios de Adams al margen:
Maravilla tras maravilla.
Paradoja tras paradoja. ¡Qué perspicacia tan sorprendente
la del señor Rousseau! A pesar de todo, esta grandilocuencia
con pretensiones de originalidad ha despertado en los hombres
un rechazo hacia la superstición y la tiranía.
En los
apuntes marginales de Prosper Marchand, bibliófilo de Leyden
en el siglo XVIII, Christiane Berkvens-Stevelinck
halló un excelente mirador para contemplar la República
de las Letras y trazar su mapa. Otros académicos han ensayado
una cartografía de las grandes corrientes de la historia
literaria con el método de releer los grandes libros con
los ojos que los leyeron los grandes escritores, sirviéndose
de los comentarios al margen en ejemplares de colección,
como por ejemplo el ejemplar de Diderot de la Enciclopédie
o el ejemplar de Melville de los ensayos de Emerson. Pero la pesquisa
no tendría por qué limitarse a los grandes libros
ni exclusivamente a los libros. Peter Burke examina actualmente
el graffiti de la Italia del Renacimiento. Cuando alguien
garrapatea una inscripción anónima en la puerta de
un enemigo, el graffiti actúa como un insulto ritual,
que delinea los contornos del conflicto social que dividen a las
comunidades de las castas. Cuando alguien fija ofensas semejantes
en la célebre estatua de Pasquino en Roma, estos garabatos
públicos modulan el tono de una rica e intensa cultura de
la calle. Una historia de la lectura tendría acaso que ser
capaz de adelantar a pasos agigantados de la Pasquinada y la Comedia
dellArte a Molière y de Molière a Rousseau,
y de Rousseau a Robespierre.
Mi cuarta
sugerencia compete a las teorías literarias. Admito de antemano
que podría parecer intimidatoria, particularmente para el
villamelón. Esta recomendación viene envuelta en etiquetas
grandilocuentes: estructuralismo, deconstrucción, hermenéutica,
semiótica, fenomenología, y pasa tan rápidamente
como viene porque las escuelas de pensamiento se suceden a un ritmo
de vértigo que deja perplejo al historiador. Sin embargo,
estas tendencias comparten por igual una inquietud que podría
facilitar la de colaboración entre críticos literarios
e historiadores del libro: el interés unánime en la
experiencia de la lectura. Sea que terminen por desenterrar estructuras
profundas o por demoler sistemas completos de signos, de un tiempo
a esta parte los críticos tratan a la literatura como un
cuerpo establecido de textos. Suelen hacer hincapié en que
el significado de una obra literaria no está fijo en sus
páginas: es una atribución de los lectores. De modo
que la respuesta del lector a la obra ha terminado por convertirse
en el tema clave alrededor del cual teje sus conjeturas el análisis
literario.
La respuesta
del lector a la obra ha producido en Alemania un renacimiento de
la historia literaria como Rezeptionsästetik, bajo la dirección
de Hans Robert Jauss y de Wolfang Iser. En Francia, esta escuela
crítica ha tomado un sesgo filosófico en las obras
de Roland Barthes, Paul Ricoeur, Tzvetan Todorov, Georges Poulet.
En Estados Unidos se halla todavía en ciernes: Wayne Booth,
Paul de Man, Jonathan Culler, Geoffrey Hartman, J. Hiláis
Miller y Stanley Fish han añadido sus ingredientes para una
teoría general, pero sus debates no han llegado a ningún
consenso. Sin embargo, el conjunto de esta reflexión crítica
anuncia una nueva textología, y todos los críticos
comparten un estilo de trabajo al interpretar textos literarios.
Medítese,
por ejemplo, en el análisis literario de Walter Ong sobre
las primera líneas de Adiós a las armas:
Pasamos el fin de
verano de aquel año en la casa de un pueblo con una vista
que cruzaba sobre el río y el llano y se perdía
en las montañas. En el fondo del río había
cristales de roca y pedrejones, resecos y blanqueados por el sol,
y el agua transparente del río se deslizaba con fuerza
y se tornaba azul en los lechos.
Ong se
pregunta ¿cuál año?, ¿cuál río?
Hemingway omite las referencias precisas. Al usar de modo más
bien heterodoxo el artículo definido "el río",
en un lugar de "un río" y soltar algunos
cuantos adjetivos para fintar al lector, Hemingway daría
a entender que la descripción puede prescindir de los pormenores.
Una simple alusión parece más que suficiente, porque
es como si el narrador tuviese la certeza de que el lector estuvo
allí antes. De hecho se dirige al lector en el tono de charla
que reservamos para el confidente o el compañero de aventuras:
basta mencionar incidentalmente un detalle para despertar la evocación
del sol que caía a plomo, del sabor acre del vino, del hedor
de los cadáveres en Italia durante la primera Guerra Mundial.
Si el lector pone algún pero y un crítico anticipa
muchas objeciones del tipo de "soy una abuela de 60 años
y no sé nada sobre los ríos de Italia",
sencillamente no podrá "aprehender el libro". Pero
si acepta el papel que le asigna esa retórica literaria,
su ser exaltado a la ficción podría acrecentarse hasta
alcanzar las dimensiones del protagonista de Hemingway, y podría
también internarse en la lectura como el compañero
de aventuras del personaje en armas.
La retórica
literaria del siglo XIX procedía justamente
a la inversa. Presuponía que el lector no tenía la
menor idea sobre la historia que se le iba a contar y era por tanto
necesario orien-tarlo con pasajes ricos en descripciones o con reflexiones
introductorias. Enseguida, y a manera de ejemplo, el principio de
Orgullo y prejuicio:
Es una verdad universalmente
aceptada que un hombre soltero y acomodado debe necesitar una
mujer. Así que en cuanto aparece por cualquier parte un
hombre con estas características, por virtud de esa verdad
tan profundamente arraigada las buenas familias lo consideran
enseguida como legítima propiedad de alguna de sus hijas,
y a nadie le preocupa siquiera averiguar los planes y opiniones
del caballero sobre el particular.
Mi querido
Bennett le decía cierto día su esposa a su
propio marido, ¿te enteraste de que por fin se alquiló
la residencia de Netherfield Park?
Este estilo
de narración va de lo general a lo particular, como en una
toma de zoom en que la cámara, emplazada originalmente
en un ángulo de visión muy amplio, se acerca rápidamente
para una toma en close-up. Coloca el artículo indefinido
primero y acto seguido aproxima al lector paulatinamente. Pero lo
mantiene siempre a distancia, porque el autor da por sentado que
el lector llegará a la historia como un extraño que
suele leer por amor a la instrucción o al entrenamiento o
a cualquier otro elevado propósito moral. Como en el caso
de la novela de Hemingway, el lector debe actuar su papel para que
la retórica literaria obre su artificio; pero este papel
es por completo diferente.
Los escritores
se las han ingeniado de mil y una maneras para despertar el interés
de los lectores en la historia que se preparan a contar. Una vasta
distancia separa al "Call me Ishmael" de Melville de la
plegaria en la que Milton implora al cielo que ilumine su prédica
"and justify the ways of God to men" ("y el camino
de Dios muestre a los hombres"). (Pero cada estilo narrativo
presupone a un lector, y cada lectura se inicia con un protocolo
inscrito dentro del texto. Sólo que el texto podría
cincelarse a sí mismo hasta cobrar una forma originalmente
insospechada, o el absorto lector podría derivar en sentido
contrario a las intenciones del autor o atribuirle significados
impredecibles a palabras familiares: de estas fuentes provienen
las infinitas posibilidades de interpretación de la escuela
crítica de la deconstrucción, así como las
lecturas que han transfigurado con su originalidad la historia cultural:
la lectura de Rousseau de Le Misanthrope o la lectura de
Kierkegaard del Génesis 22, por citar un par de ejemplos.
Al fin y al cabo e independientemente de lo que piense cada quien
sobre el tema, la lectura ha resurgido como el acto decisivo de
la literatura.
Si es
cierto que lo esencial es leer, acaso ha llegado el momento de establecer
una conexión entre teoría literaria e historia de
los libros. La teoría literaria podría revelar la
gama de potenciales respuestas a un texto es decir, a los
artificios retóricos que dan dirección a la lectura
sin predeterminarla. A su vez, la historia puede enseñarnos
qué clase de lecturas se hicieron en realidad de ciertos
libros es decir, dentro de los límites de un cuerpo
imperfecto de evidencias. Al atender a lo que dice el historiador,
el crítico literario evitaría los riesgos del anacronismo,
pues a menudo lo dejan a uno con la sensación de que deveras
creen que los lectores ingleses del siglo XVII
leían a Milton y a Bunyan con la actitud de un profesor universitario
del siglo XX. Y al tomar en cuenta la retórica
literaria, los historiadores podrían encontrar indicios sobre
el comportamiento de los lectores que de otro modo resultan desconcertantes,
como la pasión que despertaron ciertas novelas, de Clarissa
a La nueva Eloísa, y de Werther a René.
En suma, simpatizaría con una estrategia dual que combinara
por igual el análisis textual con la investigación
empírica. De esta manera debiera ser posible cotejar a los
lectores implícitos de los textos con los genuinos lectores
del pasado y, atando cabos a partir de exámenes de orden
comparativo, elaborar tanto una historia como una teoría
de la respuesta del lector a la obra.
Una historia
de esas características ganaría en solidez si se incorpora
un quinto método de análisis, sustentado en el estudio
de la bibliografía analítica. Al examinar los libros
como objetos físicos, los bibliógrafos han demostrado
que la confección tipográfica de un texto solía
inducir en gran medida el modo como era leído. Los ejemplos
más sorprendentes de ese enlace entre tipografía y
significado provienen de poemas barrocos como el que transcribo
a continuación, de Gottfried Kleiner:
Frutos.
Colmado de
a la eternidad
De aquí
Hasta que deba ir ,
Oh, concédeme florecer
Oh, haz que reverdezca,
Surtidor que purifica.
Tu sangre generosa,
Que persevera en tu amor.
y planta en mí la semilla,
de mi corazón como morada,
Tú, tesoro del alma, dispón
¡Oh, llévame de mí y entrégame a ti!
Sólo tú, mi JESÚS, ¡mi ornamento!
No consientas a nadie más venir al mundo,
Mi todo, en la tierra como en el cielo
Mi cordero elegido de DIOS
Mi prometido celestial, el más hermoso,
Aureola de mi alma,
Mi fortuna,
Mi puerto,
Mi refugio,
Mi alimento,
Mi salvación,
Mi sendero,
Mi rama,
Mi reino,
Mi árbol
Por su confección
tipográfica en forma de árbol, el poeta invita al
lector a invertir su modo habitual de acercarse a un texto y a leer
de abajo hacia arriba, como si ascendiera al cielo. En el corazón
del follaje del árbol, el lector encuentra la palabra "Jesús".
A estas alturas el lector está de tal modo absorto en la
retórica que la voz del poeta sustituye a su propia voz y
le permite identificarse con su éxtasis. La lectura lo ha
elevado a un estado de gracia en que se imagina invadido por el
amor de Cristo. Crece dentro de su ser como una semilla. Hace que
su vida florezca y rinda frutos en obras generosas, y al final lo
guía para ascender al paraíso. Las metáforas
de elevación, crecimiento y fecundidad sexual se nutren mutuamente
y a su vez se alimentan por obra del efecto combinado de la métrica,
que sube hasta alcanzar un crescendo en "Jesús"
en la línea 15, y de la gramática, que eleva al lector
como en vilo mediante una serie de cláusulas que culminan
con el final de la oración en la misma línea crucial,
donde el lector queda expuesto a la Palabra, y se salva.
Es realmente excepcional
que la imprenta logre dar forma a un poema de modo tan acabado,
pero cada texto tiene atributos que orientan la respuesta del lector
a la obra. La confección tipográfica puede ser decisiva
para el significado de un libro. En un estudio admirable sobre Congreve,
D.F. Mckensie explica cómo el teatro neoisabelino concupiscente
que conocíamos por las ediciones en cuarto del siglo XVII,
en su vejez experimentó un renacimiento tipográfico
para resurgir como el majestuoso teatro neoclásico recogido
en los tres volúmenes en octavo de las Obras de Congreve,
publicadas en 1710. Entre una edición y otra apenas cambió
alguna palabra, pero el novedoso diseño de los libros les
dio a las obras un gusto completamente nuevo. Se añadieron
divisiones de escenas, se reagrupó a los personajes, se resituaron
de nuevo ciertas líneas y, recobrando liaisons des scénes,
Congreve calzó sus antiguos textos en el modelo clásico
importado de los escenarios franceses. Dejar el volumen en cuarto
para tomar el volumen en octavo es como transitar de la Inglaterra
isabelina a la Inglaterra georgiana.
Roger Chartier obtuvo
conclusiones parecidas, aunque de índole sociológica,
de la metamorfosis que experimentó el clásico español
Historia de la vida del buscón, de Francisco de Quevedo.
La novela estaba destinada a un público de gustos refinados,
tanto en España donde se publicó por primera vez en
1626, como en Francia donde se reeditó en una espléndida
traducción en 1633. Pero sucedió que las editoriales
Oudot y Garnier, de Troyes, emprendieron a mediados del siglo XVII
la publicación de una colección económica de
libros de bolsillo, que sería luego el sustento del repertorio
de literatura popular conocido durante doscientos años como
la bibliothèque bleue. Los editores no vacilaron en
enmendar el texto de El buscón, pero se concentraron
primordialmente en el diseño de la colección, o en
lo que Chartier denomina la "mise en livre". Con
ese propósito desmembraron la narración en episodios
sueltos, abreviaron las oraciones, subdividieron los párrafos
y multiplicaron el número de capítulos. La nueva confección
tipográfica comportaba un tipo diferente de lectura y un
nuevo público: gente humilde sin la capacidad ni el tiempo
libre como para permanecer absorta en prolijos tractos narrativos.
Los episodios eran breves y autónomos. Era innecesario unirlos
a subtemas o a un complejo desarrollo de personajes porque ofrecían
por sí mismos material de lectura suficiente como para una
veillée. En resumidas cuentas el libro dejó
de ser una narración continua para convertirse en una colección
de fragmentos episódicos, un modelo para armarse al antojo
de cada libro-escucha. Sigue siendo un misterio cómo se produjo
exactamente esta "apropiación", porque Chartier
limita su análisis al libro como objeto físico. Pero
Chartier enseña cómo la confección tipográfica
abre inopinadamente hacia la sociología, cómo el lector
imaginario del autor se convierte a la sazón en el lector
imaginario del editor, descendiendo por la escala social del Antiguo
Régimen hasta el submundo que sería reconocido en
el siglo XIX como "le grand public".
Unos cuantos bibliógrafos
temerarios e historiadores del libro han adelantado un puñado
de conjeturas sobre las corrientes de largo aliento en la historia
del libro. Especulan que los lectores han respondido más
a la confección física de los textos que a su medio
ambiente social. De modo que tal vez sería posible aprender
un poco más sobre la historia remota de la lectura si se
pone en práctica una suerte de arqueología textual.
Puesto que no nos es dable saber con certeza cómo leían
los romanos a Ovidio, al menos tenemos derecho a suponer que el
verso, como la mayoría de las inscripciones romanas, no tenía
puntuación ni división en párrafos ni espacios
entre cada palabra. Las unidades de sonido y de significado probablemente
se parecían más a los de la palabra oral que a las
unidades tipográficas los signos, palabras y líneas
de la página impresa. La propia página como unidad
del libro data apenas del siglo tercero o cuarto a. de C. Antes
de esa fecha, para leer un libro había que desenrollarlo.
Una vez que las páginas ensambladas (el códice) reemplazaron
al rollo de escritura (el volumen), a los lectores se les facilitó
regresar o adelantar entre las páginas del libro, y los textos
fueron separados en segmentos que a su vez fueron divididos en líneas
e indexados. A pesar de todo, mucho tiempo después de que
los libros adquirieron su forma moderna, la lectura siguió
siendo una experiencia oral, ejercida en público. En un momento
y un lugar imprecisos, quizá en algunos monasterios alrededor
del siglo VII, e indudablemente en las universidades
del siglo XIII, los hombres adquirieron el
hábito de leer en silencio y a solas. El abandono de la lectura
en voz alta y en público podría haber comportado un
acomodo mental de mayor trascendencia que el advenimiento de la
palabra impresa, porque en virtud de este vuelco la lectura se convirtió
en una experiencia interior, individual.
Apenas es necesario
decir que la imprenta trajo muchas innovaciones, pero fue con seguridad
un invento menos revolucionario de lo que suele creerse. Algunos
libros tenían primeras páginas, lista de contenidos,
índices, paginación y editores que se servían
de legiones de calígrafos para engendrar múltiples
ejemplares de una obra para un público ya amplio antes de
la invención de los tipos móviles. Durante su primer
siglo de existencia el libro siguió siendo una imitación
del libro manuscrito. Ni duda cabe que fue leído de la misma
manera y por el mismo público. Pero después del año
1500, el libro impreso, el folleto, el pliego suelto, el mapa y
el cartel quedaron al alcance de nuevas clases de lectores y propiciaron
diferentes tipos de lectura. Cada vez más uniforme en su
diseño, más económico en su precio y mejor
propagado por una amplia distribución, el nuevo libro transformó
al mundo. Y no únicamente porque ofreció mayor información.
Ofreció, más bien, un modo de comprender, una metáfora
fundamental para darle sentido a la vida. Fue así como en
el siglo XVI el hombre tomó posesión
de la Palabra; en el siglo XVII, empezó
a descifrar el "libro de la Naturaleza", y en el siglo
XVIII, aprendió a leerse a sí
mismo. Con ayuda de libros, Locke y Condillac examinaron la mente
como una tabula rasa, y Franklin compuso su propio epitafio:
The body
of
B. Franklin, Printer,
Like the Cover of an old Book,
Its Contents torn out,
And stript of its Lettering & Gilding
Lies here, Food for Worms.
But the Work shall not be lost;
For it will, as he believd,
Appear once more
In a new and more elegant Edition
Corrected and Improved
By the
author.El cuerpo de
B. Franklin, Impresor,
Como las tapas de un viejo Libro,
Su lista de contenidos terminó de deshojar,
Y ya en privado de formar tipos y dorar cantos
Yace aquí, festín para gusanos.
Pero la Obra no se perderá;
Porque algún día, como solía creer,
Se reeditará otra vez
En una nueva y más fina edición,
Corregida y aumentada
por el Autor.
Preferiría no
extenuar más la metáfora, pues ya Franklin la ha hecho
hasta el cansancio, sino volver más bien a un tema que tal
vez escapó a nuestra atención. La lectura tiene una
historia. No fue siempre y en todas partes idéntica. Sería
factible concebir a la lectura como el proceso natural de buscar
y recoger información dispersa entre los surcos lineales
de una página; pero si meditamos con detenimiento, coincidiríamos
en que es necesario cernir la información, reagruparla e
interpretarla. Los esquemas de interpretación están
insertos en determinadas configuraciones culturales, que por añadidura
varían con el curso del tiempo. Como nuestros antepasados
habitaron en mundos mentales diferentes de los nuestros, es plausible
que hayan leído de diferente modo, y la historia de la lectura
puede resultar tan compleja como la propia historia del pensamiento.
Podría en efecto resultar tan compleja que las cinco recomen-daciones
que contiene este ensayo podrían extraviarnos por rumbos
distintos o ponernos a dar vueltas de modo infinito alrededor del
problema sin que lográsemos jamás internarnos en su
esencia. No hay vías rápidas ni atajos, porque la
lectura no es un quehacer transparente, como una constitución
o como un orden social a los que se puede seguir la huella en el
curso del tiempo. La lectura es una actividad que comporta una relación
peculiar por una parte el lector, por la otra el texto. Aunque
tanto lectores como textos se han modificado en concordancia con
circunstancias sociales y adelantos tecnológicos, sería
una pena rebajar la historia de la lectura a una mera cronología
de esos cambios circunstanciales. Por el contrario, debiera trascenderlos
para obligarlos a enfrentar el elemento correlativo que constituye
la entraña de esta pregunta: ¿Cómo construyen
textos diferentes las cambiantes comunidades de lectores?
Es una pregunta intrincada,
pero muchas conclusiones dependen de su respuesta certera. Quizá
sea útil recordar con cuánta frecuencia una lectura
ha modificado el curso de la historia. La lectura de Lutero sobre
Paulo, la de Marx sobre Hegel o la de Mao sobre Marx. Éstos
son algunos de los temas de mayor relieve en un proceso a la vez
más profundo y más vasto: el empeño sin fin
del hombre por encontrarle un sentido a su mundo interno y al universo
que lo circunda. Si nos fuese dable comprender cómo han leído
otros hombres, nos acercaríamos también al entendimiento
cabal de cómo le dieron sentido a su vida, y de esa manera,
con memoria de la historia, podríamos incluso satisfacer
al menos un gajo de nuestra propia sed de sentido.
Traducción
de Arturo Acuña Borbolla
Robert Darnton, "El lector como
misterio", Fractal n° 3, octubre-diciembre,
1996, año 1, volumen I,
pp. 39-63.
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