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I
Si para
comenzar con la formulación de Hegel "la reflexión
filosófica no tiene otro objeto más que el de deshacerse
de lo accidental", entonces el programa de la filosofía
se convierte (y mientras más modernas son las circunstancias
más pronunciada es la tendencia) en el programa de hacer
al hombre absoluto.
En contra
de este programa de hacer al hombre absoluto que es un programa
antiguo y que ha adquirido formas definitivas en la era de los modernos
se han emprendido diversos intentos filosóficos para llegar
a comprender la naturaleza de lo accidental y sus consecuencias.
La mayoría se remontan a la propuesta de Aristóteles,
desarrollada extensamente en su Analítica, de asumir
lo accidental como aquello que no es imposible ni necesario y que,
por ende, puede ser diferente o no. Así definido, el territorio
de lo accidental (o si se quiere: de lo contingente) se convirtió
en un problema de tres maneras (por lo menos): a) como una oposición
a lo necesario; b) como una fundación de lo necesario o c)
como una búsqueda de senderos imprevistos.
"Si
necessarium, ¿unde contingens?" (Si existe lo necesario,
¿de dónde proviene lo contingente?) Este dilema cuya
forma más explícita es: si Dios, después de
todo, existe, ¿por qué entonces existen cosas finitas?
desembocó, en la tradición cristiana de la filosofía,
en el problema de la Creación y, después (cuando,
a partir de Spinoza, la naturaleza comienza a sustituir y desplazar
a lo divino de la posición de la necesidad), en el problema
de la libertad y el tema de lo indeterminado. Acaso el accidente
no es más que una necesidad abortada.
"Si
contingens, ¿unde necessarium?" (Si existe lo contingente,
¿de dónde proviene lo necesario?) Esta interrogante,
que resume preocupaciones de la doctrina de Epicuro sobre los átomos
y de la teoría de Darwin sobre las mutaciones, ha sido recientemente
radicalizada (véase por ejemplo: El azar y la necesidad
de Jacques Monod) y convertida en un punto de partida significativo
en las teorías de la evolución y la sinergía:
si el caos existe, ¿por qué existe el orden?; si hay
cosas accidentales, ¿de dónde provienen las necesarias?
Acaso la necesidad no es más que un accidente exitoso.
Para ilustrar
la tercera posibilidad, es preciso hacer notar que Aristóteles
fue el primero en observar que los accidentes pueden ocurrir como
resultado del encuentro fortuito entre cadenas de eventos determinantes
que son independientes entre sí. Una persona entierra un
tesoro para esconderlo; otra persona cava un hoyo para sembrar un
árbol: "Para una persona que cava un hoyo encontrar
un tesoro es un accidente". Un caso particularmente importante
para los seres humanos ocurre cuando algo (que a su vez está
determinado) interfiere en sus propósitos. Aristóteles
lo ilustra en su Metafísica: "Para un hombre
que no se dirigía hacia Aegina, sería un accidente
terminar en Aegina llevado por una tormenta o capturado por piratas".
Súbitamente nos sucede algo que no eligimos ni nos propusimos.
Los seres humanos no sólo somos nuestras acciones (guiadas
por intenciones), sino también nuestros accidentes.
El programa
de hacer al hombre absoluto lo niega: pretende, por encima de todo,
"deshacerse" de los accidentes para que los hombres sean
(uso la fórmula que Sartre emplea en El ser y la nada:
"la elección que yo soy"), sin excepción,
no sus accidentes, sino lo que eligen ser. Esto tiene un significado
doble. En primer lugar, el hombre es (o debería ser) el resultado
de sus intenciones. Él es la criatura actuante a la que no
le sucede nada más. Nada humano puede estar desprovisto de
intención; nada humano puede acaecer sin que haya sido fruto
de una elección previa. Sólo así nos hallamos
frente al caso en el que los seres humanos no son sus accidentes,
sino lo que efectivamente eligieron ser. En segundo lugar, esta
elección debe ser absoluta; es decir, no una elección
accidental que podría haber sido diferente o que podría
haber sido remplazada por otras intenciones. En consecuencia, todos
los seres humanos si quieren ser propios (es decir, absolutos)
deberían alentar las mismas intenciones. Sólo y sólo
en este caso podemos hablar también de que los seres humanos
no son sus accidentes, sino lo que eligieron ser.
A veces
se me pregunta: ¿en filosofía quién abogó
o quién aboga por el programa de hacer al hombre absoluto?
Marquard, ¡nombra al caballo y al jinete! Bien puede ser que
la persona que lo pregunta se encuentre ella misma entre los caballos
y que la tradición sobre la que sostiene a sus jinetes sea
la que he debatido desde hace tiempo (y que resumo muy brevemente).
Aunque, en realidad, hay buenas (y muchas) razones para ahorrarnos
las penas de los detalles. Una lectura breve de este problema debería
evitar reflexiones de orden filológico de la filología
de Platón, de la filología de San Agustín,
de la filología de Descartes, de la filología de Fichte
y de las filologías de Marx, Apel y Habermas. El tacto nos
obliga a reconocer la convicción de aquellos filósofos
que no se sientan aludidos por esta lectura. Pero no seamos inocentes;
no nos hallamos precisamente ante figuras menores; si fuera necesario,
yo mismo reinventaría el idealismo alemán (incluidos
el marxismo y el neomarxismo). Esta también es la razón
por la que no puedo objetar a nadie la impresión de que la
posición que me propongo criticar el programa de hacer
al hombre absoluto no haya sido vindicada por alguien. ¿Tiene
acaso algo de malo? Por el contrario: mi defensa de lo accidental
no puede tener mejor aliciente que el saber que cuenta con menos
opositores de los que yo mismo suponía. En resumen: la pregunta
de a quién atribuirle el programa de hacer al hombre absoluto
nos remite a un amplio espacio de discusión.
Sin embargo,
volvería a reafirmar lo que ya he dicho: el programa de hacer
al hombre absoluto, un programa que es antiguo (y no solamente en
filosofía), se intensifica y toma una forma más pronunciada
en la era de los modernos. En los tiempos modernos, cuando ya no
nos es dado creer que la participación de Dios garantiza
la absolutidad del hombre (su vida correcta y libre de accidentes),
el proceso de hacer al hombre absoluto sólo puede estar fundado
en el hombre mismo: en su libertad y en sus opciones absolutas.
El hecho de que fue la filosofía alemana (tanto el idealismo
alemán como el marxismo) la que jugó el papel central
en este proceso, puede ser explicado con ayuda de la tesis de Plessner,
expuesta extensamente en 1939 en Die verspätete Nation,
sobre la "nación que llegó tarde". En Alemania,
según Plessner, el retraso del liberalismo en el ámbito
de la realidad fue compensado por lo absoluto en el ámbito
de la filosofía. A ello se debe (y también a que Dios,
entendido como un arbitro, abandona paulatinamente la filosofía)
que es precisamente en la era moderna cuando se llega siguiendo
el programa de hacer al hombre absoluto y continuando con la fórmula
de Sartre que cito más arriba a la definición
del hombre como la opción absoluta de si mismo. De ahí
que los seres humanos estén previstos para ser o convertirse
en absolutos.
Sin embargo,
los seres humanos no son absolutos; mas bien, son finitos. Viven
y no escogen (al menos no preponderantemente) sus propias vidas.
La razón es sencilla: están condenados a morir. Para
usar las palabras que Martin Heiddeger empleó en Ser y
tiempo: viven "hacia la muerte". Un límite
se impone sobre sus vidas: "vita brevis". La vida
humana es demasiado breve para admitir opciones absolutas. Simple
y sencillamente: los seres humanos no tienen tiempo suficiente para
escoger o para optar por rechazar lo que ya son (accidentalmente),
ni tampoco para escoger (ni escoger absolutamente) en vez de ello
algo enteramente diferente o nuevo. Su muerte siempre es más
dulce que sus opciones absolutas. El programa de hacer al hombre
absoluto se opone a la realidad del hombre, que lleva el sello indeleble
de la muerte. Abogo por ello, en la defensa de lo accidental, para
que la filosofía reconozca este hecho.
II
Repito:
el programa de hacer al hombre absoluto se opone a la realidad del
hombre, que lleva el sello indeleble de la muerte. Una parte del
programa de hacer al hombre absoluto es un intento de suprimir la
realidad humana que se le opone: en la tradición griega,
que declara a esa realidad como no genuina; en la tradición
cristiana, que declara a esa realidad como temporal, enjuiciada
previamente y sometida a un llamado escatológico o en el
programa de los modernos, que, precavida y metódicamente,
excluye a esta realidad.
El intento
moderno más representativo de excluir la realidad en este
sentido suprimiendo la realidad humana en la medida en que
no se presenta como una realidad absoluta es la llamada duda
metódica. Descartes desarrolló esta propuesta para
el ámbito de la teoría en sus Meditaciones.
La regla de Descartes sobre la duda metódica recomienda:
in dubio contra traditionem (en caso de duda rechaza la tradición).
En otras palabras: todo lo que no es absolutamente verdadero y que,
por ello, puede ser falso (es decir, el conocimiento basado en valores
de juicio), debe ser tratado como si fuera verdaderamente falso
hasta que se halla demostrado a través del scientia
more certa methodo (el método seguro de la ciencia)
"clare et distincte", que es absolutamente verdadero.
Por ejemplo: un juicio no es permitido hasta que esté prohibido
como resultado de su falsificación; y por el contrario, todo
juicio está prohibido hasta que está permitido como
resultado de su verificación. El conocimiento queda suspendido
hasta que no se convierte en conocimiento absoluto. Los teóricos
del discurso ético como, por ejemplo, Apel y Habermas
han llevado la duda metódica al territorio de la práctica:
el discurso ético aplica la duda métodica incluso
a las normas de la acción. Su regla es la sopecha: in
dubio contra traditionem sive conventiones) (en caso de duda
rechaza la tradición o las convenciones). En otras palabras:
todo lo que no sea demostrablemente bueno (por consenso de un discurso
libre entre iguales) es decir, absoluto y que, por ello,
podría ser malo (lo cual implica a todas las orientaciones
presentes de la acción), debe ser tratado como sifuera realmente
malo. Y debe ser tratado como malo hasta que no haya sido justificado,
a través del discurso absoluto, consensualmente - es decir,
absolutamente- como bueno. Mientras que esto no haya sido realizado,
toda acción guiada por convenciones debe ser suspendida y
(para legitimar la suspensión) puesta bajo sospecha. No es
que las orientaciones prácticas de la vida no estén
permitidas hasta que estén prohibidas como resultado de su
demostrada maldad, sino que están prohibidas hasta que se
hallen absolutamente permitidas como resultado de su legitimación
discursiva. En ambos casos tanto en Descartes como en el discurso
ético lo que es (o está) presente es negado
por precaución: el conocimiento "común"
(que es aceptado porque era aceptado en el pasado) y las orientaciones
"comunes" (para la acción, que son aceptadas porque
eran aceptadas en el pasado) son metódicamente canceladas
en nombre de lo absoluto. En general, la regla de este lado
negativo del programa de hacer al hombre absoluto es que la
vida debería ser descontinuada (y, sustentando a este principio,
ser vista como mala) mientras no se haya demostrado, por elección
absoluta, (el conocimiento y la justificación absolutas de
la acción), que se trata de una vida correcta. El programa
de hacer al hombre absoluto niega, sutilmente, la vida real en la
medida en que la vida real no es más que un ensemble
de prácticas comunes.
Obviamente,
este aspecto negativo del programa de hacer al hombre absoluto tampoco
puede triunfar. Los seres humanos están condenados a morir,
viven "hacia la muerte". Más allá de cualquier
giro existencialista, esta afirmación es (desde la perspectiva
de la filosofía) central y puede ser resumida (sin ambigüedades)
de la siguiente manera. En la población humana total, el
índice de mortalidad es de 100%. La muerte, por más
que dude en llegar, siempre llega demasiado pronto. La vida humana
es irremisiblemente breve para realizar el programa de hacer al
hombre absoluto, porque la muerte no nos concede el tiempo suficiente
para esperar el resultado de la elección de las orientaciones
que son necesarias para la vida. Pero si, al mismo tiempo, las orientaciones
para la vida que nos son comunes, como un resultado factual de la
historia (y que no son elecciones absolutas, sino simplemente prácticas
comunes) son pospuestas hasta que una elección absoluta alcance
a elegir las orientaciones necesarias para la vida, la conclusión
es la imposibilidad de emprender la vida antes de que termine. La
muerte es siempre más dulce que nuestras elecciones absolutas.
En rigor
se puede afirmar que el programa de hacer al hombre absoluto es
una filosofía para la vida después de la muerte que,
en esencia, deja abierta la pregunta sobre una filosofía
para la vida antes de la muerte. Pero es la vida antes de la muerte
la que requiere precisamente de una filosofía. Si la filosofía
absoluta no existe (porque se requiere un tiempo absoluto para elegirla)
y si nuestras prácticas usuales son negadas (el principio
de la negación metódica las vuelve sujetas de duda
y sospecha), se requiere entonces de una orientación que
la sustituya temporalmente. Descartes explora este problema en la
tercera parte de su Discurso bajo el rubro de la llamada
"ética provisional". La metafora que propone es
que si uno derriba una casa para construir una nueva, hay que disponer
de una habitación temporal. En mi opinión esto no
sólo es verdad (como pensaba Descartes) en relación
a la ética, sino también al conocimiento y a las orientaciones
para la vida. De ahí que en el caso del programa para hacer
al hombre absoluto, la contraparte general sea la ética provisional,
es decir una filosofía de las orientaciones provisionales
de la vida.
Nosotros,
los seres humanos, somos más nuestras prácticas comunes
que lo que elegimos ser y, sobre todo, somos más nuestras
prácticas comunes que nuestras elecciones absolutas. En consecuencia,
una filosofía de lo no absoluto sólo puede consistir
en la defensa de las practicas comunes. Esta es la razón
(también) por la que es preciso defender las prácticas
comunes es decir, las prácticas que son aceptadas porque
han sido aceptadas en el pasado contra el lenguaje de su banalización,
aún cuando este lenguaje se disfrace de aires filosóficos.
Es incorrecto afirmar que la realidad del mundo moderno el
mundo en que el acelerado indicé del cambio acelera el tiempo
en que algo se vuelve obsoleto propicia por sí sola
esta banalización. Es precisamente el mundo moderno el que
crea las opciones compensatorias a esta vorágine: la creciente
rapidez con la que se produce la obsolecencia provoca, a su vez,
que lo obsoleto devenga en sí mismo obsoleto; es decir, inédito.
Además la modernización ha devenido una práctica
común: la práctica de los usos encontrados de la modernidad.
En su crítica al pensamiento deontolólogico, Hegel
mostró que la hipertrofia deontológica tiene el efecto
de echar a perder lo que existe. De la misma manera, alguien que
sólo concede validez a las opciones absolutas trata a las
prácticas comunes injustamente. El hecho de que las prácticas
comunes no son el cielo en la tierra, lo absolutamente bueno, no
es una razón suficiente para convertirlas en el infierno
en la tierra.
III
El programa
de hacer al hombre absoluto asume que, en contraste con lo absoluto,
las prácticas comunes son accidentales. Si bien esto es verdad,
no veo por qué tenga que ser una objeción. Se convierte
en una objeción como resultado de un malentendido, según
el cual lo accidental es siempre opcional, algo que puede ser elegido
o rechazado arbitrariamente. Sin embargo, lo accidental no es tan
sólo lo arbitrariamente opciona. Lo accidental es "aquello
que podría ser diferente" y que podemos cambiar. (Por
ejemplo: uno puede tomar una taza de té o abstenerse de tomar
té y comer salami; por el hecho de no ser salami, este escrito
no es necesariamente una taza de té y podría no haberse
escrito o ser redactado de una manera distinta). A este tipo de
eventos accidentales, "aquello que podría ser diferente"
y que podemos cambiar, que son elegibles o rechazables a
discreción, los llamo lo "accidental arbitrario"
o simplemente lo arbitrario. Por otro lado, lo accidental también
es "aquello que podría ser diferente" y que no
es modificable por nosotros mismos (los golpes del destino como
las enfermedades, nacer y otros similares). Este tipo de eventos
accidentales, "aquello que podría ser diferente"
y que no es (o sólo ligeramente) modificable por nosotros,
es el destino. Aquello que se resiste, en un alto grado, a cualquier
negación y que no es (o sólo ligeramente) evadible.
Es lo que opto por llamar "el destino accidental" o lo
destinado.
Son precisamente
los accidentes de este segundo tipo, los hechos y eventos históricos
y naturales que nos dominan, los que componen nuestras vidas. Todo
comienza en el nacimiento: podríamos no haber nacido o haber
nacido en otra época, en otra parte del mundo o en una cultura
diferente; pero una vez que nacimos no podemos anular estas circunstancias.
Incluso el suicidio sucede ex suppositione nativiatatis (a
partir del supuesto de nacer). Este es un accidente que no podemos
modificar: el destino accidental del hombre. El accidente que más
afecta el destinamiento es, a menos que se conciba como la consolación
de no tener que seguir actuando nuestra propia simulación,
la muerte. El destino accidental nos condena, por nacer, a la muerte
es decir, a la brevedad de la vida que no nos concede el tiempo
suficiente para escapar, tan lejos como quisiéramos, de lo
que accidentalmente ya somos. La muerte nos obliga a "ser"
es decir, a vivir el destino accidental que el pasado
ha impuesto sobre nosotros. Una parte de este pasado es, en esencia,
los accidentes que son nuestras prácticas comunes prácticas
que, por principio, no elegimos, pero en las que estamos envueltos.
Podrían haber sido completamente diferentes, pero (vita
brevis) no podemos cambiarlas. Nuestras prácticas comunes
son más nuestros accidentes que lo que elegimos ser, pero
no son lo accidental arbitrario, sino lo accidental destinado.
Menciono
brevemente como los seres humanos pueden vivir y enfrentar lo accidental.
Uno de los caminos para enfrentar lo accidental arbitrario es el
arte: el uso de la forma para reducir la arbitrariedad. Y uno de
los caminos para enfrentar el destino accidental es la religión:
la transformación de situaciones extremas en rutinas. Ambos,
el arte y la religión, intentan dominar algo. El arte es
el dominio (acaso) sobre la contingencia arbitraria; la religión
es el dominio (acaso) sobre la contingencia destinada. Nosotros,
los seres humanos, somos más nuestros accidentes que lo que
elegimos ser. Nótese que no digo que sólo somos nuetros
accidentes, sino que no sólo somos lo que elegimos ser.
IV
Acaso
podríamos resumir lo dicho hasta aquí en las siguientes
proposiciones: Parte de la dignidad humana se halla en su habilidad
para soportar lo accidental y parte de su libertad en su capacidad
para reconocer lo accidental. Esto implica que el respeto por la
dignidad humana es, por encima de todo, compasión y que el
respeto por la libertad es, por encima de todo, tolerancia. Al mismo
tiempo, ello implica que la dignidad del hombre no es la dignidad
de una diva absoluta, que es permanentemente ofendida por no ser
tratada como Dios o como para aquellos que son única
y exclusivamente un fin de sí mismos dioses de algún
grado; y también implica que la libertad humana no es (como
el poder de la razón) una elección absoluta, para
la cual no existe nada no elegible, nada accidental. Que la dignidad
humana es o puede ser realmente dignidad y que la libertad es o
puede ser realmente libertad, es un resultado de las siguientes
consideraciones que se desprenden de la separación de poderes.
Si lo
que se ha dicho hasta aqui es correcto, la realidad del hombre es
predominantemente accidental. Lo que es accidental puede ser diferente.
Pero si puede ser diferente es, frecuentemente, así
sea por accidente, en efecto diferente. La realidad accidental es
accidentalmente por ello también diferente; convoca
simultáneamente múltiples posibilidades, es multiforme,
multicolor, diferenciada, diversificada, ambigua. Esta diversidad,
este ser ambiguo y diferenciado, representa la oportunidad fundamental
de la libertad. La misma posibilidad de la libertad fundada en (y
por) la doctrina de la separación de los poderes. En términos
de la libertad política, la separación de los poderes
políticos es tan sólo un caso particular del efecto
general que produce la ambigüedad y la diversidad de la realidad
sobre la libertad en general un caso particular del hecho
de que los accidentes que acaecen al hombre, como destinos accidentales,
no son uniformes ni monolíticos, sino que se intersectan
e interfieren uno con el otro hasta el grado de neutralizarse entre
sí. Es verdad que en la famosa tercera sección
sobre la Constitución Inglesa del Espíritu de las
leyes, Montesquieu vindica la separación de poderes la
división de los tres poderes entre el poder legislativo,
el ejecutivo y el judicial como una garantía tan sólo
de la libertad política, pero no habría que
perder de vista que Montesquieu (que, incidentalmente, llevó
el tema de la diversidad y la ambigüedad de las condiciones
de la vida humana a muchas otras áreas hasta llegar, incluso,
al estudio del clima) perteneció a la corriente de los moralistas
y que parte de la tradición escéptica.
El escepticismo
está fundado en la valoración de la separación
de poderes: la duda escéptica como lo dice la palabra
duda que, después de todo, contiene la idea de la multiplicidad
en su "du" (duo, dos) es precisamente el
procedimiento, conocido en la tradición escéptica
como la "diafonía isóstenes", que consiste
en permitir que dos convicciones opuestas choquen una contra la
otra de tal manera, que cada una de ellas ceda tanto poder como
sea necesario para que el individuo, la tercera entidad que llora
y ríe, se libere de ambas. Lo que sucede de esta manera con
dos convicciones es más cierto aún para múltiples
convicciones: cada una de ellas distancia al individuo de los otros.
Lo que es cierto para las convicciones es igualmente verdad para
otras fuerzas, tendencias y magnitudes de la realidad: para la libertad
que propone el escepticismo (es decir, la libertad finita) es crucial
que nunca exista sólo un poder en acción, sino siempre
una multitud de poderes que compitan pluralmente entre sí,
que se intersectan e interfieren unos con otros y que se contrapongan
recíprocamente. El principio es: "Divide et fuge"
(Divide y escapa). Para el hombre tiene la ventaja de legitimar
su libertad en la adhesión a varias convicciones: no a no-convicciones,
ni tampoco a una sola convicción, sino a varias. También
es ventajoso contar con varias tradiciones y varias historias a
la vez: no una tradición o una Historia, sino varias a la
vez, como si fueran varias almas.
La tesis
sobre la separación de poderes (generalizada en el espíritu
del escepticismo moralista) a la que apelo, consiste en que la sobredeterminación
(de los poderes) fomenta la libertad y, en consecuencia, la ambigüedad
y la diversidad generales de la realidad humana histórica
promueven la libertad. La circunstancia que lo que acaece a los
seres humanos, en la forma de accidentes, no es un solo e indivisible
accidente, sino una pléyade de accidentes (en plural), hace
posible que la suerte humana pueda devenir, accidentalmente, en
libertad (bajo la forma de libertades en plural).
Lo que
el hombre debe temer no es la determinación de supoder, sino
su indivisibilidad. Su libertad (que consiste en libertades en plural)
puede sostenerse en ese aspecto de la realidad que compensa, a través
de la diversidad, la compulsión a la unidad y que no sólo
contrapesa la obsesión por la universalización absoluta
y la tensión moderna hacia la homologación y la uniformidad,
sino la terrible compulsión hacia la unicidad (de la cual
somos presas inevitables, pues sólo contamos con una sola
y única vida). De esta manera de vivir podemos escapar si
entramos en comunicación con otros seres humanos (a los cuales
necesitamos, precisamente, por esta razón), fundando la posibilidad
de compartir y pluralizar nuestras vidas. Es preciso incorporar
a nuestras vidas el mayor número de determinantes, lo cual
significa incorporar los destinos accidentales que ejercen su efecto
decisivo a través ser percibidos. Para el ser humano el colapso
de los límites de lo que percibe es una ventaja. La más
humana de estas "reacciones límite" que se
hallan entre las que constituyen la razón humana o el esfuerzo
de abandonar el estado de idiotez son, como lo demostraron
Helmuth Plessner y Joachim Ritter, reír y llorar: la forma
amable en como reconocemos a los destinos accidentales imprevistos
que en equilibrio con otras determinantes codeterminan
la realidad humana. Al llorar y reír asumimos el reconocimiento
de lo que, oficialmente, quedó fuera de consideración,
pero que, inoficialmente, forma parte íntima de nuestra propia
historia: los accidentes que (accidentalmente) desmantelan lo que
ha sido aceptado oficialmente. Así reimos y lloramos nuestra
propia libertad. La disposición a reír y la disposición
a llorar es decir, el humor y la melancolía son
formas concretas que adoptan la compasión y la tolerancia.
Siempre rinden honor, humana y demasiado-humanamente, a la libertad
y la dignidad del hombre. Una de las implicaciones y de los resultados
de mis reflexiones es que alguien que puede reír y llorar
es libre; y alguien que ríe y llora, y que ha reído
y llorado abundantemente, tiene dignidad. Reír y llorar son,
en rigor, dos estupendas maneras sobre lo que quería llamar
la atención: la defensa de lo accidental.
Texto
extraído de la conferencia Apologie des Zufälligen
Traducido
por José Manuel Saavedra
Odo Marquard, "En
defensa de lo accidental" Fractal
n°
2, julio-septiembre, 1996, año 1, volumen
I, pp. 11-26.
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