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Es cierto que esta narrativa nos enorgullece, recordando las proezas de antepasados (que, como en tiempos homéricos, son siempre retratados como infinitamente superiores a las generaciones presentes). Pero la realidad de esta historia es muy distinta: en vez de imaginarla como un árbol genealógico organizado bajo un principio de mayorazgo, habría que pensar que la "herencia intelectual" desciende por canales diversos de un "sistema de parentesco" donde priva la poligamia y la poliandria y, en el cual, muchos "padres" y muchas "madres" se hallan en el extranjero.
Jamás lograremos reinventarnos a partir de invocaciones a nuestros antepasados de las diversas "edades de oro" por las que pudo haber pasado nuestra antropología. Dichos momentos de grandeza y los ha habido nos muestran soluciones a problemas específicos que pueden o no ser los propios en el presente. La historia de la antropología en México no puede incorporarse a una narrativa simple del progreso, a una representación lineal del desarrollo, ya que las posiciones a partir de las cuales se ha hecho la antropología han variado sustancialmente. Es decir: si la historia de la antropología en México es larga, no fue generada por una sola "comunidad científica", sino que, por el contrario, los problemas antropológicos han sido enfrentados desde distintas bases institucionales y con diferentes propósitos cognoscitivos.
En este ensayo trato de explorar algunas claves para comprender los ciclos maníaco-depresivos de descubrimiento y desilusión que han caracterizado a nuestra disciplina a lo largo de la historia. No pretendo agotar el tema; más bien deseo ayudar a ubicarnos en el presente por medio de una lectura muy parcial del pasado.
La
corrupción en los inicios
Los curas
que llegaron a la Nueva España a evangelizar indios se enfrentaron
con la paradoja de quererlos conocer y a la vez ignorar, de quererse
comunicar, pero también conservar secretos. Estos dilemas
de la llamada "conquista espiritual" de México
se reflejan incluso en las actitudes hacia la traducción:
si se traducía la Biblia a las lenguas indígenas
con un espíritu purista, algunos conceptos centrales del
cristianismo eran pervertidos por el campo semántico de las
palabras, supuestamente equivalentes en lengua indígena.
Por otra parte, si decidían retener palabras claves tales
como "Dios", "ángel", "diablo",
"Espíritu Santo" y "Santísima Trinidad"
en español o en latín, entonces corrían el
riesgo simplemente de no ser entendidos. Los curas se abocaron al
aprendizaje de las lenguas y costumbres indígenas para facilitarse
la conversión al menos ésta era la legitimación
formal de su impulso para conocerlas; sin embargo, si lograban
acceder a este conocimiento y si lograban traducir y llevar el cristianismo
a los indios, la misma fe se transformaría en el proceso.
La profundidad
de este dilema no minó la confianza de los misioneros en
un principio, pues la aparente facilidad de las conversiones en
masa los llenaba de gran optimismo. No obstante, tres décadas
después de la conquista, los misioneros comenzaron a notar
la tenacidad de la "idolatría" y se preocuparon
por las formas en que sus enseñanzas estaban siendo pervertidas
por las antiguas creencias de los indios.
El tema
de la corrupción o de la "burla" a la que los indios
sometían al cristianismo sobresale incluso en las primeras
crónicas del contacto entre españoles e indígenas.
Como muchos españoles creían que los indios habían
sido apartados de Dios por el diablo, interpretaron algunas de las
prácticas indígenas como perversiones del cristianismo
y no como creaciones religiosas independientes. El sacrificio humano
era una perversión de la comunión cristiana y el politeísmo,
una burla de la devoción al único y verdadero Dios.
En este contexto, la traducción intercultural era siempre
peligrosa. Por un lado, parecía ser un instrumento indispensable
para la conversión, mientras que, por el otro, la traducción
siempre podía ser el primer paso hacia la reafirmación
de la cultura nativa y la perversión del cristianismo. Existía
una separación muy fina entre el aprendizaje necesario para
la conversión y sujeción de los indios, y el aprendizaje
como una forma de simpatía, de conservación y propagación
(a través de la escritura) de las creencias y costumbres
de los indios. El proceso de aprendizaje implicaba, necesariamente,
someterse a una lógica distinta aunque fuera de manera provisional.
Los curas podían terminar tomando el partido de los indios
y acabar siendo ellos los conversos a la fe de éstos. La
política oficial hacia el lenguaje reconoció estas
dificultades (si bien nunca logró resolverlas) y por ello
vaciló constantemente entre un afán castellanizador,
un reconocimiento de lenguas autóctonas y la promoción
del náhuatl como lingua franca.
De ahí
los dos sentidos principales de los verbos "pervertir"
o "corromper", tal y como se presentaron en ese contexto:
el de la corrupción de los signos y el de la corrupción
de la moral y de las motivaciones de los actores sociales. Estas
formas de corrupción tienen un común denominador:
ambas resultan de la asimilación de un sujeto por los objetos
de sus acciones. En el caso de la corrupción de los significados,
la inmersión de un signo en un nuevo contexto dota al signo
de nuevas connotaciones: el nuevo contexto en el que se aplica una
palabra puede corromper la intención y el sentido originales
del término. En el segundo caso, es decir, el de la corrupción
moral, las lealtades y la orientación moral de un individuo
se transforman con las nuevas relaciones sociales que éste
adquiere. Estas distorsiones de significados, de orientación
moral y de identidad siempre han sido una fuente de inspiración
creativa para la antropología. La corrupción en
cualquiera de sus sentidos produce indagaciones racionales
y genera horror y negación. En cierto modo, la corrupción
de palabras y de lealtades puede ser vista como un primer paso hacia
la comprensión de una perspectiva alternativa. Es sólo
a partir del reconocimiento de esta mezcla de horror y atracción
que podemos comprender la obra de un Diego de Landa, quien, por
una parte, dedicó su mejor esfuerzo a documentar la cultura
maya, mientras que personalmente dirigió la quema de los
escritos mayas y de los propios mayas, que "revirtieron"
a la "idolatría". Estas dos acciones la laboriosa
documentación del paganismo maya y la destrucción
de la cultura maya viva nos parecen totalmente contradictorias.
Sin embargo, en realidad, son una perfecta alegoría del dilema
de los curas que descubrieron el Nuevo Mundo.
Hay una
forma sencilla de comprender esta paradoja que se da entre la voluntad
de ignorar y la voluntad de conocer: el camino al conocimiento puede
llevar al aprendiz tan adentro de la cultura del otro que ésta
puede tragárselo del todo; el placer de la experiencia del
descubrimiento y la simpatía por el "objeto", que
son necesarias para comprenderlo, pueden borrar la distancia entre
sujeto y objeto de conocimiento. El observador es seducido por la
experiencia y la experiencia subvierte a la situación del
observador, condición que fue planteada en la época
en un famoso poema del Romancero Español que versa
así:
¡Quién
hubiera tal aventura
sobre las aguas del mar
como hubo el infante Arnaldos
la mañana de San Juan!
Andando a buscar la caza
para su falcón cebar
vio venir una galera
que a tierra quiere llegar.
Las velas trae de sedas
la jarcia de oro dorsal
ánforas tiene de plata
tablas de fino coral.
Marinero que la guía
diciendo viene un cantar
que la mar ponía en calma
los vientos hacía amainar.
Los peces que vienen
a lo hondo
arriba los hace andar
las aves que van volando
al mástil vienen a posar.
Ahí habló
el infante Arnaldos
Bien oiréis lo que dirá:
"¡Por tu vida el marinero
digasme ahora tu cantar!"
Respondióle
el marinero
tal respuesta le fue a dar: ...
"Yo
no digo mi canción/sino al que conmigo va"
El conocimiento se logra
lanzándose a la experiencia como un acto de fe ciega, abandonando
al mundo de uno por otro mundo desconocido. Este sometimiento absoluto
a la experiencia ha sido estudiado bajo el rubro del "discurso
de lo maravilloso" por Stephen Greenblatt en Marvellous
possessions y por Guillermo Giucci en A conquista do maravilhoso,
quienes muestran cómo la idea propiamente americana de lo
maravilloso, de un mundo maravilloso que a diferencia de aquel
que habían retratado Marco Polo o John de Mandeville
podía ser poseído, fue una ideología
central en todo el proceso de la conquista. Podríamos agregar
que esta tensión entre el mundo de lo conocido y la seducción
de experiencias exóticas que no pueden ser narradas es el
contexto originario de nuestra antropología, cuyos momentos
de mayor sensación de descubrimiento están ligados
a la entrega del sujeto a la experiencia a través de un "trabajo
de campo" enteramente impredecible para el propio sujeto. La
historia de la antropología en América está
repleta de historias de europeos que han sido "tragados"
por los nativos (de ahí tal vez, la fascinación y
el horror por el canibalismo como elemento literario). Conquistadores
como Alvar Núñez Cabeza de Vaca, frailes como Bernardino
de Sahagún, o como los jesuitas de las misiones de Paraguay,
o el caso de Bartolomé de Las Casas son ejemplos de vidas
que fueron absorbidas por América. Los peligros políticos
que entrañaba conocer al nativo coexistían con la
necesidad de conocerlos: conocerlos para poderse comunicar, aunque
fuera mínimamente; conocerlos para poderlos dominar; conocerlos
para defenderlos de los peores abusos del colonialismo; conocerlos
para poder comprender cabalmente la posición de los europeos
en el mundo; conocerlos por la seducción de la Canción
del marinero. Ignorarlos para controlarlos; ignorarlos para
no ser absorbidos por ellos; ignorarlos para mantener "puro"
al cristianismo...
No debe sorprendernos
que muchos de los mejores "etnógrafos" del periodo
hayan sido renunciadores o bien extraños: renunciadores como
Las Casas, quien ingresó a la orden dominica por el asco
que le inspiró su papel de encomendero; o personas cuya lealtad
podía ser puesta en entredicho (como Sahagún, de quien
se piensa que era un "nuevo cristiano"), o como Alvar
Núñez Cabeza de Vaca, que perdió la perspectiva
española en sus naufragios y dejó que los indígenas
lo condujeran por el mundo como el viento levantando a una hoja
seca.
Ésta es sin
duda una de las claves para comprender la historia de nuestra antropología:
el llamado de la experiencia se impone al mundo heredado de las
categorías científicas y conduce a un viaje en que
los secretos revelados sólo se comparten entre aquellos que
se han iniciado en cuerpo y alma en la aventura. "Yo
no digo mi canción/sino a quien conmigo va". Pero a
medida que las estructuras civilizatorias del Estado y de la Iglesia
se estabilizan, el mundo de lo maravilloso cede, el "llamado
del marinero" del romance se hace más lejano, la antropología
regresa al gabinete empolvado, el antropólogo se convierte
en anticuario y en guardián de su propia tradición.
He ahí un ciclo entero de descubrimiento y desilusión,
el primero de los cuales se cierra a fines del siglo XVI,
para abrir y cerrarse en movimientos cortos y abruptos desde la
Ilustración borbónica hasta el positivismo porfiriano
y que tiene un nuevo florecimiento, especialmente frondoso, en las
décadas posteriores a la Revolución Mexicana.
Descubrimiento
y desilusión:
Metamorfosis del papel del antropólogo
Hasta ahora he descrito
un proceso cognoscitivo que se funda en la enorme seducción
y ambivalencia que provocan quienes son ajenos a un orden normativo
en aquellos que forman parte de dicho orden. Esta ambivalencia queda
en evidencia en el propio concepto de la "posesión maravillosa",
que es internamente contradictorio: cuando lo maravilloso se posee
e ingresa a la rutina de la reproducción social, pasa a ser
plenamente conocido. La antropología se funda en la ambivalencia
de esta situación, documentando la otredad en términos
que son inteligibles desde la normatividad, glorificándola
y destruyéndola simultáneamente. Sin embargo, esta
descripción es tan sólo uno de los principios de lectura
de la historia de la disciplina, una clave que tiene que armonizar
con otras que son igualmente importantes y que quisiera explorar
a continuación.
La sensación
de distancia entre el protoantropólogo y sus sujetos es una
dramatización de la distancia que existe entre un orden normativo
y una realidad que no se le ajusta. El trabajo de campo antropológico
se presenta como un dejarse seducir por dicha realidad para al final
emerger con un recuento de su naturaleza recuento que bien
puede ser crítico del orden normativo. En este sentido, los
ciclos de descubrimiento /desilusión tienen que ser comprendidos
en relación con la emergencia de ciertos tipos de retos a
la normatividad. Aquí es donde se encuentra la segunda clave
de lectura que propongo para esta historia. Si la antropología
puede ser vista como un performance de los límites
de la normatividad dominante, entonces es necesario historizar los
tipos de mediación que han caracterizado a la historia de
la antropología mexicana.
Así, por ejemplo,
es claro que la tensión entre teoría y experiencia
que sufre el infante Arnaldo del romance no es otra cosa que la
distancia abismal que existía entre la paz de la vida pueblerina
de Castilla o de Aragón, una vida bien patrullada por la
Iglesia y por el gobierno y el vasto mundo natural y social que
se extendía más allá de sus confines. En ese
contexto, la mediación que se generaba con la entrega vital
a la experiencia de lo ajeno (con el "trabajo de campo")
produce un conocimiento que colinda, por un lado, con la herejía
y, por el otro, con la traición. Es decir, que la mediación
entre la normatividad de la vida urbana castellana y el mundo sobre
el cual se expandían sus habitantes se vive en parte como
la mediación entre un orden legal definido por el clero y
el rey, y la vasta realidad que se buscaba integrar a ese orden.
El ciclo principal de descubrimiento/desilusión que marca
este momento dura aproximadamente desde los viajes de Cristóbal
Colón hasta 1750. Después de ese momento disminuye
la curiosidad por el otro y concluye una primera "edad de oro"
de la antropología (se puede hablar de algunos ciclos menores
durante la era colonial "madura", 15701750, generados
principalmente en torno al redescubrimiento de la idolatría
y de las ruinas del pasado precolombino); termina una era de la
antropología que bien podríamos llamar "premoderna",
ya que el orden normativo de la religión era el referente
principal de la definición de la otredad y el elemento central
de lo maravilloso-americano, el oro, representaba un ideal de riqueza
premoderno.
La segunda serie de
ciclos, la serie de la modernidad, se caracteriza por una tensión
en que la religión ya no ocupa un lugar central en la mediación
antropológica. En vez de ello los puntos de referencia normativos
son el ciudadano ideal y el orden legal-republicano. La marginación
de los habitantes de México con respecto a este ideal de
ciudadano, a la posibilidad de conformar al ciudadano ideal y al
sistema social nacional son motores intelectuales importantes en
esta segunda serie de ciclos que culminan, sin duda, con el florecimiento
de la antropología moderna en la era posrevolucionaria. En
este contexto, el papel de mediación del antropólogo
se efectúa principalmente entre el Estado y "el pueblo",
es decir, el antropólogo media entre el Estado y la nación,
explorando las distancias entre el orden legal del Estado y las
realidades del "pueblo", que pretendía ser la fuente
de la soberanía.
Existe, por último,
una tercera categoría de mediación en la cual ha naufragado
la antropología, sobre todo en años recientes: la
mediación entre la cultura del consumo, promovida por el
mercado, y el desarrollo social y político de los mexicanos
como nación. Esta tercera clase de mediación, que
se basa en un reconocimiento de los límites del mercado como
mecanismo para la expresión cultural y política, ha
ganado en México importancia en las últimas décadas
y puede ser entendida ya sea en términos de la posmodernidad
(el mundo público ya no está idealmente habitado por
un ciudadano político sino por un ciudadanoconsumidor),
o en términos de la disminución del papel del Estado
en la conformación de los sujetos sociales (es decir, como
una forma más avanzada de capitalismo). En ambos casos, el
papel de mediación del antropólogo se puede ubicar
en la continuación del deseo de construir una ciudadanía
con demandas colectivas, pese a los procesos de individuación
e incluso de fragmentación del individuo característicos
del capitalismo avanzado.
Los procesos de mediación
entre órdenes normativos y realidades sociales "maravillosas"
(es decir, aquellos que escapan a la racionalidad dominante del
sistema normativo) pueden ser englobados en tres clases: el primero
es la mediación entre el orden religiosopolítico
y el mundo pagano; el segundo es la mediación entre los ideales
políticos de la modernidad y los sujetos políticos
reales que habitan la sociedad nacional; el tercero es la mediación
entre la forma altamente plástica en que se construyen sujetos
sociales a través del consumo y las demandas colectivas de
grupos sociales que pierden representación política
y cultural. Estos tres tipos de mediación, que podrían
ser resumidos como religiosa, estatal y mediación hacia el
mercado de consumo, tienen también implicaciones directas
en los contextos desde los cuales se escribe antropología:
Sahagún escribió en un convento; los antropólogos
de la era indigenista eran investigadores de instituciones públicas
y sus libros eran publicados por el Fondo de Cultura Económica,
la UNAM o la SEP y,
en la actualidad, hay una inserción del mercado en los contextos
de la producción antropológica que se origina en editoriales,
universidades y en las fórmulas para conseguir financiamiento.
Explorar algunas de
las ironías que emanaron de las dos formas recientes de mediación,
la moderna (mediación entre Estado y nación) y la
posmoderna (mediación entre el mercado y la reconstrucción
de lo público), me lleva a un par de anécdotas que
forman parte del abundante folklore de la disciplina, un folklore
que bien merece tener cronistas. Se trata, sin embargo, de anécdotas
que relatan eventos que están al margen del quehacer cotidiano
del estudiante o del investigador, aunque, por lo mismo, concentran
y condensan significados que son más difíciles de
percibir en la rutina cotidiana del trabajo académico.
De
cómo la "edad de oro" de la antropología
revolucionaria se agotó por banal
Se sabe que en el siglo
pasado había una tendencia a explorar las glorias del pasado
indígena y a ver lo indígena en el mundo contemporáneo
como una condición acaso redimible, pero esencialmente negativa.
Estas dos tendencias la de glorificar lo precolombino y la
de una posición crítica, pero redentora hacia la sociedad
indígena se multiplicaron con la Revolución
Mexicana y se expresaron con gran vitalidad en la antropología,
el cine, la arquitectura y la pintura posrevolucionarias. Cabría
decir que la antropología de aquella era fue "indigenista",
pero en un sentido distinto al que usualmente se emplea para dicho
término: la antropología revolucionaria y modernizante
fue indigenista en tanto que su marco de referencia normativo era
el ciudadano mexicano ideal. Desde ese punto de referencia, el "otro-maravilloso"
se definió como "indio", puesto que la antropología
mexicana no se abocó a descubrir otros fuera del territorio
nacional. (El "indigenismo" mexicano puede ser contrastado
con el "orientalismo" de la antropología de las
grandes potencias imperiales, orientalismo que emana de un contexto
extranacional para buscar la otredad y definir la esencia nacional.)
Por ello la categoría de "indio" representó
aquello que no formaba aún parte del orden normativo nacional
y moderno, pero que estaba destinado a formar parte de este orden,
ya que estaba en la raíz misma de dicha nacionalidad. Puede
afirmarse que el indio en México era el "otro"
del ciudadano normativo, de manera comparable al modo en que el
negro, el indio o el mexicano fueron los "otros" del ciudadano
normativo en los Estados Unidos de principios y mediados de siglo,
o a la forma en que "las minorías" y los "grupos
tribales" ocuparon un lugar semejante en China y en la India.
Sin embargo, gracias a la Revolución Mexicana existe una
importante diferencia entre el papel del indio en el imaginario
político mexicano y, digamos, el papel del negro en el de
los Estados Unidos de la misma época. Esta diferencia puede
resumirse de la siguiente manera: si "el negro americano"
y "el indio mexicano" fueron el otro de la normatividad
ciudadana de sus respectivos países, el indio en México
fue ubicado como el sujeto mismo de la nacionalidad, sujeto que
sería transformado por la educación y por la mezcla
racial. Así la antropología mexicana fue "indigenista"
en tanto que fue una antropología modernizadora que funcionó
dentro de una fórmula nacionalista particular.
Esta particularidad
de la antropología mexicana moderna se vuelve evidente cuando
analizamos el caso de Manuel Gamio (figura totémica del ciclo
moderno, al igual que Sahagún lo fue del ciclo premoderno)
y lo comparamos con su maestro (también ancestro totémico,
pero de la antropología norteamericana) Franz Boas. La relación
de Gamio con Boas resulta iluminadora, porque el asalto culturista
que Boas dirigió contra el racismo en los Estados Unidos
fue utilizado por Gamio para coronar al mestizo como protagonista
de la nacionalidad mexicana. A pesar de que muchos pensadores mexicanos
del siglo XIX habían fincado sus esperanzas
nacionalistas en la figura del mestizo, sus ideas no gozaban del
apoyo del mundo científico de la época, que insistía,
por el contrario, en la inferioridad racial o adquirida del indio
(y, por ende, del mestizo). Cabe hacer notar que los usos que le
dio Gamio a la crítica antirracista de Boas fueron visiblemente
distintos a los que recibió en los propios Estados Unidos.
Allí se utilizó la doctrina relativista y antirracista
para argumentar en favor del pluralismo racial y el buen trato a
los migrantes; aquí se empleó principalmente para
legitimar una nueva definición racial de la nacionalidad.
Sin embargo, vale la pena hacer notar que en los Estados Unidos
la categoría de "blanco", con su asociación
al ciudadano normativo, fue creada en esta misma época a
partir de la fusión-modernización de diversas "razas"
que antes se valoraban de manera distinta (por ejemplo, la anglosajona,
la alemana, la italiana, la polaca, etcétera).
Redimido como raza
y como valor abstracto o potencial de su cultura, el indio quedó
ubicado en la raíz misma de la nacionalidad y los indios
se transformaron en la materia prima de la ciudadanía moderna.
Es por ello que Gamio, tras haber promovido esta visión,
se dedicó a hacer estudios de antropología aplicada
a la transformación del indio mexicano. Esta estrategia inauguró
el romance entre la antropología y el Estado revolucionario:
la supuesta "edad de oro" de nuestra antropología.
La antropología indigenista tendió hacia los estudios
de comunidad y subrayaba la separación entre las comunidades
indígenas y el proyecto nacional imperante. A veces esta
separación podía ser utilizada como una fuente de
inspiración para los proyectos nacionales (es el caso, por
ejemplo, de las investigaciones sobre las formas de gobierno indígena);
en otras, la etnografía fue utilizada para señalar
formas en que las comunidades indígenas habían sido
marginadas del "progreso". Sin embargo, en ambos casos,
la antropología indigenista no logró convertirse en
una antropología de la sociedad nacional. Acaso por ello
sería, después, acusada de servir políticamente
al Estado. En este contexto, la cuestión de la corrupción
que ya repasamos en páginas anteriores, resurgió para
argumentar que los antropólogos oficiales no estaban dejándose
seducir por las clases populares, que su alineación con el
Estado y con los métodos formales de la antropología
impedían el cuestionamiento de la relación entre la
antropología, las comunidades indígenas y el Estado.
Así, el ocaso indigenista de la "edad de oro" fue
provocado por un examen de los aspectos políticos del viejo
dilema de los curas en el Nuevo Mundo: al igual que Diego de Landa,
los indigenistas estaban preservando a la cultura indígena
en sus textos y museos para luego acabar con sus sociedades.
Por otra parte, tampoco
puede afirmarse que la crítica ejercida contra el indigenismo
por la generación del 68 se haya fundado en una auténtica
antropología de la sociedad nacional. Más bien se
colocó el problema como una cuestión de lealtades:
o se estaba con "el pueblo" y te dedicabas a cultivarlo,
o se estaba con el "Estado burgués" y le servías.
Es decir, que la crítica no fue mucho más que una
reafirmación del dilema del misionero, cuando debió
ser un llamado a realizar una antropología del contexto social
desde donde hacemos antropología. Es por ello que la crítica
sesentayochesca del indigenismo frecuentemente dio frutos intelectuales
banales, al mismo tiempo que el momento político y social
puede ser tildado de cualquier cosa menos de trivial. Quisiera ilustrar
esta paradoja con una anécdota que ocurrió a principios
de los años sesenta, más o menos cuando comenzaba
mis estudios de licenciatura, y al calor de uno de los momentos
más exaltados de la antropología mexicana: el descubrimiento
de la sociedad campesina.
A pesar de que en México
los antropólogos siempre habían estudiado a los campesinos
(la mayoría de los indígenas del país fueron
siempre campesinos), el "descubrimiento" de los campesinos
en la década de los setenta fue el resultado de un movimiento
para desexotizar a los indígenas y tratarlos como una clase,
en vez de hacerlo en términos estrictamente culturales (es
decir, como nativos premodernos). El descubrimiento al que me refiero
está ligado a la formación de una antropología
de las clases sociales en México, un acontecimiento de suma
importancia. La característica que distinguía a la
antropología de las demás ciencias sociales de esa
época que la hacía más entusiasta que
todas las demás era, desde luego, el trabajo de campo.
Es fácil comprender porqué: el trabajo de campo es
una práctica que construye un puente entre la experiencia
y la teoría, y la crisis del modelo económicopolítico
que siguió al 68 se convirtió rápidamente en
un llamado a revisar la normatividad desde la experiencia. Así,
en los años setenta, el liderazgo principal en la antropología
mexicana provino de Ángel Palerm, cuya doctrina antropológica
incluía una mística del trabajo de campo. Sin embargo,
en México el trabajo de campo era un ritual iniciático
que contrastaba de manera importante con su funcionamiento en las
antropologías de los Estados Unidos, Francia e Inglaterra,
donde el trabajo de campo ha sido históricamente una iniciación
solitaria en la que los estudiantes de posgrado, pese a que trabajan
arduamente durante años con sus profesores, reciben poca
información sobre lo que les sucedió en "el campo".
Con frecuencia, el estudiante no recibe más que algunas pistas
generales aunque posiblemente útiles como "lleve
un diario de campo" o "platique con los peluqueros, que
siempre son muy chismosos". En México, en cambio, el
trabajo de campo fue incorporado como parte formal de los programas
de entrenamiento incluso a nivel de licenciatura, donde
el estudiante salía al campo supervisado por un maestro y
junto con toda la clase. Las niñas bien de la Universidad
Iberoamericana se veían obligadas a deshacerse de sus tacones
altos y de sus medias; muchachos que habían gozado de la
seguridad y autocomplacencia de la clase media se encontraban a
merced de los campesinos.
Para utilizar comparaciones
que provienen del arsenal clásico de la antropología,
podríamos afirmar que la iniciación al trabajo de
campo en los Estados Unidos se parece a rituales de iniciación
como el Vision Quest de los indios de ese país (en
tanto que es individual y acontece enteramente fuera de la estructura
social del iniciado). La iniciación del trabajo de campo
en México, en cambio, es más afín a la de las
iniciaciones practicadas por los ndembu en África: son conducidas
por especialistas e involucran a toda una camada o generación
de iniciados. La realización del trabajo de campo en México
convocaba a abrirse a nuevas formas de experimentar el país
y las tribulaciones físicas como, por ejemplo, las
largas caminatas, el compartir una cama con una familia de campesinos
o ayudar en el quehacer de casas ajenas se convirtieron en
parte fundamental de su mística. Palerm se dice
llegó a afirmar que la antropología se hace con los
pies, caminando. El viraje de retorno a la experiencia venía
animado en esencia por un llamado político a un cambio de
orientación: ya no "mexicanizar al indio", sino
criticar al México oficial a partir de la comunión
con el pueblo. Sin embargo, este viraje, si enfatizó el papel
de la experiencia colectiva, se quedó corto como pensamiento
crítico. Como ilustración anecdótica de la
dinámica que acabó por cerrar el ciclo de descubrimiento
iniciado en el movimiento del 68 y que fue, posiblemente, el cierre
de los ciclos modernos, evoco una historia que sucedió en
verdad, pero que no me tocó en suerte presenciar.
La noche anterior
se habían quedado despiertos hasta bien tarde, escribiendo
diarios, arreglando materiales, discutiendo los eventos del día.
Dalia, que había tenido broncas con su novio desde que comenzó
sus estudios en antropología, había decidido cortarlo.
Se quedó hasta altas horas platicando con Nando, con quien
(todos lo notaron) iba de la mano esta mañana al salir al
recorrido del día.
Luis (el maestro)
permitió que los estudiantes más exaltados dirigieran
la caminata. Sólo los hacía detenerse de vez en cuando
para que se fijaran en ciertos rasgos del paisaje: los contornos
de unas chinampas abandonadas; el uso que los campesinos daban a
los solares de sus casas, etcétera. El día era caluroso
y caminaron durante horas. Finalmente llegaron a Tepetlaoxtoc y
los estudiantes se dispersaron en grupos de a dos y de a tres y
comenzaron a realizar breves entrevistas con los habitantes. Notaron
y anotaron las características materiales del pueblo: tenía
un mercado los miércoles, dos farmacias y una tienda de abarrotes
grande; agua entubada en el centro, pero nada de agua ni de luz
en las orillas... El pueblo presumía de una historia que
se remontaba a los tiempos prehispánicos. Según el
boticario, el rey Tizoc venía a Tepetlaoxtoc a tomar sus
baños...
Un grupo de alumnos
entrevistó a un viejito que les contó de una vieja
riña que había entre dos barrios del pueblo: dos familias
acabaron matándose entre sí. Otro grupo entrevistó
al cura y descubrió que el santo patrono del pueblo era San
José y que su fiesta era organizada por un mayordomo (nada
querido por el cura, por cierto) que vivía en San Bartolo.
Luis, con su reconocido
buen ojo para la cocina y la bebida local, descubrió un lugar
en el que vendían aguardiente curado con nanche y compró
dos botellas para lo que quedaba del camino. Después de la
comida, procedieron a subirse a la cima de un cerro que estaba justo
afuera del pueblo. Alucinados por los descubrimientos del día
y por la combinación de agotamiento físico y aguardiente,
Luis y sus estudiantes treparon. Nando y Dalia otra vez estaban
de la manita mientras subían: ella se veía radiante
ahora que su decisión de tronar con el viejo novio estaba
tan firme como clara estaba su decisión de abocarse a la
antropología.
Llegaron a la cima
del cerro y voltearon: de ahí podían apreciar todo
el largo trayecto que habían hecho desde la mañana.
¡Suerte que había camión para el regreso! Vieron
distintos campos con variedad de sembradíos, vieron Tepetlaoxtoc
con sus barrios, y estaban en eso, cuando de pronto Julia que
estaba en la otra punta de la cima dio de voces: "¡Vengan,
miren lo que se ve de aquí!" Muy pronto se había
formado una bola donde estaba Julia y todos llamaron a Luis: habían
descubierto un enorme centro ceremonial del otro lado del cerro.
Sentados en la cima admiraron sus bellos edificios, pirámides
y calzadas. Varios se pusieron a dibujar un croquis, mientras todos
especulaban sobre quién lo habría construido. No podía
ser mexica. ¿Sería tal vez un centro ceremonial otomí?
Después de terminar los croquis, Luis y los estudiantes corrieron
cerro abajo para explorar el sitio. Dalia y Nando corrían
hasta adelante cuando, de pronto, Dalia paró en seco. Le
había dado un ataque de risa incontrolable. Nando se detuvo
y regresó con ella:
¿Qué
onda? ¿Qué te pasa?
Mira el letrero, güey, parece que acabamos de descubrir
Teotihuacan.
Me hubiera gustado
estar presente en este redescubrimiento de Teotihuacan, pero confieso
sin arrepentimiento alguno que yo también descubrí
el hilo negro más de una vez en las prácticas de campo
que realicé en aquella época. No hay arrepentimiento,
porque desde el punto de vista del estudiante, el "descubrimiento
de Teotihuacan" estaba pleno de excitación antropológica:
fue un descubrimiento personal de Teotihuacan. Fue también
un descubrimiento compartido por un grupo que estaba reconfigurando
su posición frente a la sociedad mexicana. La desilusión
sólo llegó cuando comprendió que, desde el
punto de vista de la sociedad, su descubrimiento era banal. Pero
es precisamente este hincapié en la transformación
de cohortes a través del trabajo de campo la que fue responsable
de una propensión un tanto antiintelectual de la antropología
de la época. Algunos comentaristas notaron este fenómeno:
la antropología mexicana era una de las más grandes
y animadas del mundo, pero la proporción entre el trabajo
de campo y la escritura de libros originales era relativamente baja.
La antropología del 68 generó esta situación
porque fusionaba los aspectos teóricos, políticos
y experimentales de la antropología en un solo gestalt:
el trabajo de campo. Las enseñanzas prácticas del
trabajo de campo no carecían de sentido o importancia. El
problema estaba en que no fueron unidas a la reflexión sobre
el porqué se produce la sensación radical de descubrimiento
en el trabajo de campo. Si este tipo de reflexión hubiera
sido una parte integral del gestalt, hubiésemos reconocido
incluso nuestra propia ingenuidad en vez de ocultarla, estaríamos
más adelantados en nuestra antropología de la nacionalidad
y los descubrimientos más aparentemente triviales del trabajo
de campo habrían llegado a ser socialmente útiles.
En su lugar, la antropología revolucionaria fue transformada
en un viaje personal que acabó por convertirse en conocimiento
práctico y que sirvió, en muchos casos, precisamente
para mediar entre "el pueblo" y el Estado: lo que comenzó
como antropología aplicada terminó como antropología
aplicada.
De
la mediación entre Estado y pueblo
a la mediación entre mercado y ciudadano
Los numerosos descubrimientos
de Teotihuacan que acontecieron en los años setenta y comienzos
de los ochenta comenzaron a restarle brío a la antropología.
Se había cerrado el ciclo moderno de descubrimiento/desilusión:
el que comenzó con Manuel Gamio y terminó con el ingreso
de Arturo Warman a la dirección del Instituto Nacional Indigenista;
que se fundó con el indigenismo y se cerró con el
descubrimiento etnográfico de las clases sociales; el que
basó su existencia en la reforma del ciudadano a través
del Estado y del Estado a través de la "conciencia de
clase". La última anécdota que quiero evocar
trata del desamparo en que se encuentra la antropología mexicana
ante la situación económica y política reciente.
Me parece que el ejemplo sugiere la posibilidad de que estamos finalmente
cerca de encontrar la salida al dilema del misionero.
A mediados de la década
de los ochenta, los que trabajábamos en las universidades
mexicanas estábamos sufriendo un acelerado proceso de proletarización.
Nuestros salarios se hacían polvo, las universidades tenían
cada día menos recursos y buena parte del glamour que
alguna vez tuvo la antropología se había esfumado.
Muchos antropólogos buscaban opciones personales e intelectuales:
desde la astrología al redescubrimiento del estructuralismo
francés, desde el psicoanálisis a poner un puesto
de tortas. En esa época fui invitado a la boda de uno de
mis colegas. La novia era también una antropóloga,
de modo que gran número de invitados serían colegas.
Aunque yo era tan sólo un humilde profesor asociado de la
UAM, sin embargo, era dueño de un traje.
Era el traje que mi madre me había comprado para mi matrimonio
y que después de casarme sólo lo usaba para pedir
trabajo. El día de la boda busqué mi traje y me percaté
de que se lo había prestado a mi tío (que estaba buscando
trabajo), así que me subí al coche y fui a su casa
a recogerlo. En el camino me iba preguntando por qué estaba
yo tomándome tantas molestias con lo del traje, si nunca
me había preocupado tanto; cuando finalmente llegué
a la boda me di cuenta de que no fui el único que sintió
un impulso irresistible al dandismo. En esa boda de antropólogos
no habían huipiles, ni huaraches, ni morrales, ni mezcal,
ni pulque, ni ponches. Sólo trajes y rosbifes y mascadas
y corbatas y jaiboles. En 1976 la mayor parte de los presentes eran
mucho más prósperos que en 1986, sin embargo, la fiesta
hubiera sido mucho menos formal. La verdad es que (en lo que a mí
se refiere, al menos) algunos de los presentes estábamos
preocupados por demostrar que aún éramos del tipo
de gente que podía ser propietaria de un traje, que podíamos
vestirnos formalmente si así lo deseábamos. Justo
en el momento en que muchos de nosotros nos enfrentábamos
con una verdadera e involuntaria inmersión en las clases
populares de México, justo en ese momento nos resistimos
a ello con nuestras mejores armas (y tal vez fuimos, por ello, mucho
más proletarios).
Esta transformación
del contexto de producción de la academia, que sucedió
paralelamente a la reducción del papel del Estado en la economía
y al fin del modelo de desarrollo autosustentado, se combinó
con el resquebrajamiento de un marxismo doctrinario y dogmático.
La antropología que había emergido de la crítica
del indigenismo fue, en buena medida, una combinación simple
entre la "mística" del trabajo de campo y una macroteoría
rígida que pretendía tener repuestas para todo. La
crisis que sufrió la antropología mexicana en los
años ochenta y de la cual aún no se acaba de reponer,
no fue resultado de la seducción del "otro", ni
de la voluntad de identificarse con "el pueblo". Se vivió,
en vez, como una mirada reflexiva muy severa, incluso autodestructiva.
Visto desde esta perspectiva,
el giro de algunos antropólogos hacia la astrología
y la esoteria en general resulta interesante, pues al igual que
el marxismo que predominó en México, la astrología
es un sistema cerrado e internamente consistente. La astrología
tiene una explicación para todo. Pero, a diferencia del marxismo,
la astrología es usualmente asumida como una búsqueda
estrictamente personal y, en cierta medida, idiosincrática.
En este nivel, el interés en la esoteria tiene lazos explicables
con el resurgimiento del interés de los antropólogos
por la psicología y, especialmente, por el psicoanálisis.
El psicoanálisis explora las motivaciones de la persona,
la astrología y otras formas de conocimiento esotérico
reconocen que los antropólogos también tenemos motivaciones
estrictamente personales. No somos ya los concientizadores del pueblo,
ni los forjadores de la patria. El giro de muchos compañeros
y estudiantes a los negocios o bien hacia escuelas ya viejas de
pensamiento antropológico que fueron ignoradas en la época
del marxismo (como el estructural-funcionalismo o el estructuralismo)
reflejan un aspecto más deprimente de nuestra historia. El
camino hacia los negocios resultó de una falta de interés
por parte del gobierno en el diálogo con el conocimiento
antropológico (y, pienso, con la intelectualidad en general).
A su vez, la reanudación del interés en teorías
que estaban prácticamente difuntas en los lugares donde fueron
creadas, no es más que un reconocimiento tácito de
lo profundamente antiintelectual que fue nuestra antropología:
había desechado importantísimas escuelas de pensamiento
antropológico sin haberlas digerido. Así, la crisis
que yo sentí en la boda de mi amigo era en parte el resultado
de la falta de reflexión en torno a nuestro papel como intelectuales
y como antropólogos en México: pasamos del huipil
populista al reclamo del derecho a la diferencia con una gran dificultad
para concebir claramente nuestro papel como pensadores y como escritores.
No se puede decir que
el resultado de esta crisis haya sido tan sólo la autoinmolación
de la antropología. Por el contrario, comienza a surgir una
antropología orientada hacia algunas temáticas de
siempre, pero con nuevos aires teóricos y con nuevas miras
etnográficas. Pienso que hay señales del comienzo
de un nuevo ciclo de descubrimiento en una serie de trabajos fuertemente
marcados por tonos irónicos y que de manera usual evitan
el lenguaje mesiánico de los antropólogos de antaño.
Parten de un reconocimiento de la transformación cultural
profunda en la que está inmerso el país, una transformación
que es impulsada por un cambio radical en la relación entre
el mercado y los movimientos sociales, y parten también de
la necesidad de comprender la relación entre esta situación
y los viejos parámetros de la política y la cultura.
Un reconocimiento simbólico de esta transformación
en el seno mismo de la antropología se realizó en
1992, cuando por iniciativa conjunta, estudiantes y maestros de
la Escuela Nacional de Antropología invitaron a un chamán
a realizar una muy necesaria "limpia" a la escuela. El
curandero inspeccionó el predio que, es sabido, está
junto a la pirámide de Cuicuilco y frente al enorme mall
y centro comercial de Perisur y concluyó que la escuela (institución
oficial y pública) se había construido al costado
de la pirámide que proyecta "malas vibras", mientras
que toda la energía positiva de Cuicuilco se iba hacia Perisur.
La sabia vital de nuestros ancestros abandonó a la institución
de conocimiento público en favor del mercado de productos
importados. En presencia de un gran número de estudiantes,
el chamán realizó su limpia con incantaciones en náhuatl
que, significativamente, entonó al son de una melodía
de Juan Gabriel intitulada: Mi peor noche de Acapulco, y
se fue a su casa.
El diagnóstico
no pudo ser más claro: el Estado no ocupa ya el papel fundamental
en la formación cultural del ciudadano, ese papel lo ha usurpado
el mercado, que ha sabido cómo constituirse al abrigo de
nuestra nacionalidad. Sin embargo, el mercado no resuelve nuestros
problemas colectivos, porque es la antítesis del principio
mismo de la decisión colectiva, por lo cual hay que reconstruir
un conocimiento público aun reconociendo, con dejo de vergüenza,
que la primera melodía que nos viene a la cabeza a estas
alturas no fue compuesta por Nezahualcóyotl, ni por Silvestre
Revueltas, sino por Juan Gabriel. En los últimos años
se han escrito algunas historias valiosas de la antropología
mexicana, incluyendo un artículo de Pepe Lameiras, un libro
sobre la antropología rural de Cynthia Hewitt de Alcántara
y un compendio útil aunque característicamente
faraónico de muchos volúmenes publicados por
el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Además
se han publicado docenas de artículos y volúmenes
que debaten aspectos especializados del campo, por ejemplo el indigenismo,
el llamado "campesinismo" y el marxismo. La mayor parte
de estas obras han adoptado la noción de "paradigma"
de Thomas Kuhn para construir y facilitar esta historia. Este ejercicio
lleva frecuentemente a la representación del campo como un
"progreso" bastante nítido entre paradigmas.
Resumo: La antropología
mexicana puede ser también analizada en términos de
la relación muy particular (aunque de ninguna manera única)
que se da entre los antropólogos, sus sujetos de estudio
y su punto de referencia normativo. Estas relaciones tienen como
contexto común el hecho de que las tres partes de la relación
existen dentro del mismo sistema político. En México
el descubrimiento antropológico ha estado siempre a la mano
de todos. El problema central de la antropología mexicana
ha sido cómo mantener una claridad crítica frente
al problema de la "corrupción", que se remonta
a las prácticas etnográficas de los misioneros del
siglo XVI: cómo mantener una mirada
fresca frente a las formas en que las doctrinas (científicas,
políticas y religiosas) se traducen en realidades locales,
cómo comprender la orientación moral de los científicos
que están ligados al Estado; en otras palabras, cómo
nutrir una tradición crítica dentro de las tensiones
productivas que se dan entre la ciencia, el Estado y la gente. El
momento de la normatividad político-religiosa de la era colonial
ya pasó; el momento de la normatividad del ciudadano ideal
formado por el Estado redentor se agotó. Nos hallamos frente
al inicio de una antropología que se inserta en la relación
que guarda actualmente la política con el consumo masivo.
Ojalá y nos depare también un momento de osadía
intelectual.
Claudio Lomnitz, "Insoportable
levedad", Fractal n°
2, julio-septiembre, 1996, año 1, volumen
I, pp. 51-76.
clomnitz@midway.uchicago.edu
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