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Es él
quien maneja a los miembros de la Junta de Gobierno, el que cena
con los líderes estudiantiles, el diseñador de los
programas de cómputo y el que decide los menús. Juega
ajedrez como ninguno y, se dice, anda de amoríos con la estadista
Raquel Minesota, que la verdad parece modelo o actriz.
Por su parte, él (el rector) es el encargado de hacer (o
tratar de hacer) las paces entre las bandas de académicos,
de pasear a los visitantes distinguidos que nos honran con su presencia
(como el Premio Nobel de Álgebra, que impartió un
cursillo en nuestras aulas), de saludar con amabilidad a los subalternos
y de sacar a bailar a su esposa en el baile de fin de cursos. No
tendría para él otro calificativo que el de "estupendo".
Todo un ser humano cabal y educado: suele dar consejos a estudiantes,
trabajadores (como yo), catedráticos, maestritos e investigadores,
como la profesora Lupita, que es una adoración.
En cambio,
no podría decir lo mismo del doctor Guzmán. No niego
que sea chistoso e inteligente, qué va. Pero tiene algo de
ladronzuelo o de amable falso que me molesta. Me inhibe por guapo
o que sé yo: por reputado oceanógrafo o por ególatra.
En general
así es mi universidad. Y de alguna manera me siento orgullosa
de ella: la defiendo contra la crítica malsana de políticos
y periodistas y me da mucho que pensar.
Aunque
suene cursi, como dicho por Charito, para mí es una segunda
casa. Que sería la primera si no es porque carece de un lugar
para mi bien merecida siesta cotidiana.
Como no
quiero ser parcial en este mi relato, he de decir que en efecto
los maestros ya estaban caminando a pasos lentos cuando empecé
a correr la voz de los despidos y las nuevas contrataciones. Por
ejemplo: el químico Figueroa andaba con una nueva teoría,
de su invención, muy poco acorde con los planes de estudio:
decía que el zinc o el mercurio, ya no me acuerdo, podía
curar las cataratas. Y como la arquitecta Roca Mata se lo creyó,
el lío fue a parar al hospital y luego a los tribunales.
Otro ejemplo:
la señorita Uranga se puso un día a llorar, enfrente
de sus discípulos, porque había tenido un legrado
doloroso o algo por el estilo. O el caso del licenciado Sahagún,
quien quiso sobrepasarse con Alejandrita Mireles: aunque no prosperó
la demanda se armaron las discusiones en la Comisión de Derechos
Humanos y Acoso Sexual: llegó incluso a oídos de la
Comisión Universitaria de Amnistía. El zootecnista
Tirado, por su parte, se estampó con su coche contra el muro
sur del gimnasio oeste. Cuentan que había ingerido drogas,
aunque la verdad se ve muy decente y empecinado.
Y así:
hay muchas más historias que podría platicarles de
los catedráticos, los maestritos y los investigadores. El
hecho es que desde hace un buen tiempo andan medio adormilados y
abstraídos. Como si la Academia les valiera cuatro o cinco.
Para el
alumnado, para las autoridades y para nosotros los llamados administrativos,
los académicos de pronto empezaron a rebasar los límites
a los que nos tenían acostumbrados. Con decirles que hasta
la decana Lupita enloqueció un día en la cafetería,
junto al cajero automático. Al parecer su saldo no correspondía
con sus cuentas: hizo un numerito vergonzoso y le dio un ataque
de asma o epilepsia: no lo tengo muy claro. El chofer de la secretaria
del rector tuvo que darle respiración de boca a boca.
Además,
el problema de las pandillas de académicos ha llegado ya
a límites nunca antes vistos. La que comanda el químico
Figueroa, Los Tucanes, es la más temida, no sólo por
ser la más perniciosa, sino porque funciona como sociedad
secreta. Uno nunca sabe quién ha sido reclutado. Con decirles
que he llegado a dudar de mi jefe y del tal Irrigoyti Eyzaguirre,
pues hacen cosas extrañas: como entibiarse por las noches
en el baño sauna del gimnasio. Por supuesto que no lo he
comprobado, pero la gente lo comenta.
Entre
la fechorías de Los Tucanes, por mencionar las dos más
famosas, se cuenta que el viejito de Etimologías Grecolatinas,
el maestro Orestes García, empezó un día a
vomitar sangre porque lo habían envenenado. Charito y Monchis
juran que le administraron una sustancia preparada en el laboratorio
de Física, en la comida de fin de cursos. Aunque sobrevivió
el viejito un par de años, ya nunca pudo volver a impartir
cátedra porque no lo dejaron salir del hospital.
La otra
fechoría de Los Tucanes tiene que ver con el jefe de Estacionamientos
y Parquímetros, ya ni me acuerdo cómo se llamaba:
le inventaron que se acostaba con la esposa del doctor Guzmán
y éste le mandó a dos maestros del Departamento de
Halterofilia para que lo ablandaran en el salón de Danza
Moderna. Dicen que se les pasó la mano con el gato hidráulico
y que lo enterraron abajo del nuevo edificio de Psicología,
que estaba en construcción en ese entonces. Nadie volvió
a saber de él.
Otra de
las bandas, Los Diles Que No Me Maten, comandada por el lingüista
Canek, se dedica desde hace mucho tiempo a vender exámenes,
calificaciones y prendas íntimas, a boicotear los proyectos
de los investigadores de Mineralogía y a difundir la idea
de que el Juicio Final está más próximo de
lo que esperamos, cosa que por cierto yo no creo. Desde hace poco
les ha dado también por hablar en latín y por condenar
el aborto, práctica muy extendida entre el estudiantado y
plenamente apoyada por los practicantes de la Facultad de Medicina,
que son muy considerados en el costo de sus servicios. Tanto estudiantes
como administrativos, los tenemos en alta estima.
La pandillita
de Canek, además, cobra impuestos a los estudiantes por correr
en la pista, por besarse en público y por insinuarle cosas
a la maestra Pita Vasconcelos, miembro de la banda. Salvo los más
tímidos, todos los alumnos le proponen diversos acontecimientos
a la comunicóloga Pita, que es muy chula, según aprecian
los conocedores.
Por todo
ello y muchas cosas que no he tenido tiempo de contar o de saber,
supongo que el doctor Guzmán ha tenido motivos de sobra para
tramar lo que dicen que está tramando: correr a todos los
académicos y contratar a otros: también llenos de
prestigio, medallas, diplomas y maneras propias de coludirse y apandillarse.
En los
pasillos se escuchan muchas cosas: que el doctor quiere acabar con
las bandas para organizar la suya, que el doctor camina a pasos
rapiditos, que anda queriendo meter al Ejército para acabar
con el vandalismo, que el doctor Guzmán está tramando
su futuro político a costa de la criminalidad y de la Academia.
Se diga lo que se diga: el secretario del rector ha dado pie a los
rumoreos.
A partir
de que dejé correr la voz, las reacciones de Los Tucanes,
Los Diles Que No Me Maten y Los Sabios no se han dejado esperar:
una bomba molotov dejó ciego al odontólogo Santín,
el pobre; los árboles frutales de la huerta sur amanecieron
un día plagados: unos gusanitos anaranjados que se comían
la pulpa de las guayabas y los kiwis; el coche del doctor Guzmán
fue pintarrajeado con graffiti obsceno, y la madre del señor
rector falleció un miércoles a las diez de la noche,
día y hora en la que él suele jugar dominó
con la maestrita Pita Vasconcelos, el director de la Facultad de
Arquitectura y el jefe de Baños y Abrevaderos.
La reacción
en el sentido inverso y con no menos fuerza correspondió
a Rectoría: suspendió sin explicación de por
medio los Bonos al Mérito Académico, cerró
el restaurante-bar para maestros, llamado La Gondolita, intensificó
la búsqueda del jefe de Estacionamientos para encontrar pruebas
inculpatorias contra Los Tucanes y echó andar el programa
UFC ("Una falta y a la calle"), que significa que quienes
no impartieran puntualmente sus cátedras podrían ser
despedidos, sin importar las razones que justificaran las ausencias
o los retrasos.
La comunidad
estudiantil, ajena a toda esta guerra desatada entre autoridades
y académicos, ha resentido sus efectos: los catedráticos
no tienen tiempo para dar sus clases con verdadera entrega profesional,
se escuchan llantos tras los cubículos y explosiones eventuales
en diversos lugares del campus. Por su parte, los aborteros
están ocupados justo cuando una alumna embarazada necesita
de su auxilio y, en general, al profesorado se le ve irrefutablemente
apático, atarantado.
Hasta
el reputado maestro de Técnicas Hidrobiológicas, importado
de la universidad de Idaho, confesó no saber gran cosa de
la materia y les propuso a sus pupilos un experimento poco ortodoxo:
murió una chica en consecuencia.
Con el
cierre de La Gondolita, la cafetería de los estudiantes se
ha llenado de maestros que fuman puro y beben bourbon y tequila
de las botellitas que venden los miembros de la banda de Los Manueles.
El jefe de Cafetería, Puestos de Tortas y Misceláneas
se encarga de abastecer los mejores alimentos a los profesores (abulón,
conejo estofado, lechón en pipián y helado de canela),
en perjuicio del estudiantado y la intendencia, que sólo
podemos consumir sopa de poro y papa, picadillo a la Nacajuca, arroz
con chicharitos y, de postre, papaya.
El líder
de la Asociación de Pupilos Externos (APE), un excelente
orador aunque mal psicoterapeuta, intentó averiguar qué
sucedía y, según cuentan, cuando al parecer ya tenía
los cabos atados fue reclutado por Los Tucanes o Los Diles Que No
Me Maten. Son cosas que dicen. Por eso las pongo aquí.
No muy
distintas de las que cuentan del tal Irrigoyti Eyzaguirre: que es
un joven que asegura no meterse en transas ni tener secuaces: según
yo: según mi manera de apreciar las cosas y los momentos:
él es un líder limpio, medio innato, al que le gusta
el chismorreo, la barbacoa de hoyo y la maestra Pita Vasconcelos.
Si nadie duda de su entereza sindical, ¿por qué habría
de hacerlo yo?
Es más:
en lo que respecta a nosotros los administrativos, la guerra nos
ha afectado más bien poco y nos divierte enormidades. Hace
unas semanas el tal Irrigoyti Eyzaguirre, nuestro insustituible
secretario, convocó a una asamblea para analizar la situación.
Resultó una de las más divertidas de las que se tenga
memoria. Al fin, decidimos por votación unánime conservarnos
en la retaguardia y aprovechar las turbulencias para pedir un aumento
de sueldo: ganancia de pescadores imaginativos. Con las cosas como
estaban, no era difícil que se quitaran la carga de un emplazamiento
a huelga con unos cuantos pesos. La fecha que pusimos para que respondieran
a nuestras demandas fue el último día de noviembre,
fecha eficaz por corresponder al aniversario de nuestra Casa de
Estudios, el cumpleaños del doctor Guzmán y la instructora
de aerobics.
Aunque
no nos dieron el aumento que pedimos (25 o 65 por ciento, ya no
recuerdo) desistimos de la huelga a la tercera negociación
que tuvimos con los compinches del doctor Guzmán. Nuestra
honra gremial no se vio por ello disminuida: logramos más
vales de despensa, día de asueto los miércoles de
ceniza, seguro contra despido injustificado y una hora, en vez de
los treinta minutos vigentes, de lactancia.
En medio
de tanta agua revuelta, comentamos después, no nos fue tan
mal. Años atrás, sólo habíamos conseguido
dos latas de sardinas y un bote de mayonesa en la despensa, uniformes
amarillos en vez de los violetas que las autoridades nos obligaban
a usar y aumentos salariales de inflacionados, según me explican
quienes saben de economía y gasto hogareño. Nada más.
Logramos también que la maestra de bordado fuera considerada
en el programa AS (Año Sabático).
Y la verdad
todo iba bien: sustancioso para quienes gustamos de los chismes
y los rumores, y ganancioso para los llamados administrativos. Hasta
que estalló la guerra abiertamente y se desataron los puñetazos
en las oficinas, los pasillos de las facultades y el gimnasio. La
gente se hizo de palabras, se increpó, se dio por aludida,
se mentó todo lo que a lo largo de los años había
acumulado de bilis.
Hubo agresiones
de esas calificadas "con arma blanca", además de
gisazos, piquetes, torturas con alacrán, simulacros de mordida
o quemada con cigarrillo. Cuando no hacían alardes porriles,
los académicos se quejaban de golpes bajos y mutilaciones.
Sierras eléctricas por un lado, brazos desprendidos por el
otro: la civilización de la barbarie, como le llamó
el acupunturista Estrada.
Y se destruyeron
archivos y bibliotecas, programas básicos de la red, proyectores
de diapositivas, pizarrones y hornos de microondas. Los Manueles
robaron del almacén cantidad de cosas: sesenta kilos de arrachera
marinada, dos litros de ácido sulfúrico, una iguana
preñada, ocho toallas Pier Nerval y cinco ejemplares del
libro escrito por la maestra Pita Vasconcelos: La pubertad en
una comunidad huichol: un primer acercamiento. Se dice
que el banco de semen fue adulterado con bacterias o microbios o
microorganismos, algo así.
Ciertamente
fallecieron muchos changos, topos, erizos de mar y alacranes por
la carencia de sus sagrados alimentos. Los prados se amarillaron
y el agua de la alberca enverdeció. En el laboratorio de
Fotografía los ácidos destruyeron un retrato del hijo
del rector y la sala de conciertos se convirtió en una guarida
de ratas, que tenían antes por residencia los laboratorios
de Biología.
Las canchas
de tenis, basquetbol y golfito se transformaron en centros de reunión
para Los Tucanes, Los Manueles y Los Diles Que No Me Maten, respectivamente.
El estudiantado
interno se recluyó en los dormitorios, y el externo se dio
cita en las disco, los bares y el parque que rodean el campus.
Ocho cayeron en casa de la maestra Pita, siete en la del licenciado
Sahagún, seis en el departamento de la actuaria Conchita,
cinco en el anfiteatro, cuatro en los dormitorios equivocados, tres
en la clínica, dos en la huerta y uno en el crematorio.
Y por
supuesto se suspendieron las clases. Y dejaron de vender gelatinas,
pepitas, cacahuates y condones en las aulas. La Comisión
de Derechos Humanos y Acoso Sexual suspendió sus sesiones
colegiadas y dejó de emitir su única recomendación,
sesenta o setenta veces formulada: el despido del ortodoncista Lauro
Juárez por la violación de sesenta o setenta aspirantes
a dentistas.
Mi jefe
tuvo que cancelar sus requisiciones de abono equino, queso de puerco,
bolígrafos de tinta azul, banderas rojinegras y latas de
abulón, por mencionar sólo algunos de los muchísimos
productos que mi departamento suele surtir a la universidad.
Tuve razón
al correr la voz: el río llevaba sus aguas. Y aguas negras
eran. Por algo olía a caño.
Para decirlo
en pocas palabras: mi universidad se colapsó: los estudiantes
dejaron de asistir porque la criminalidad andaba suelta en el campus
y porque los catedráticos estaban ansiosos y con pocas ganas
de impartir las materias para las que habían sido contratados:
como especialistas: como hombres y mujeres de magisterio: como devengadores
de la misma nómina que nosotros, los intendentes, nos ganamos
con el sudor de lo que quieran. Gente proba, ellos y nosotros.
La universidad,
mi universidad, se me vino muy abajo. Lo juro. Causó en mí
una honda "desvanecencia", un síncope, una mordida
almática, por no decir espiritual y energética.
Finalmente,
presionado por los inauditos acontecimientos, el rector se reunió
con sus más allegados: su linda esposa, el procurador de
justicia de la Nación, el director de la Facultad de Filosofía
y Letras y mi jefe, que por cierto no se siente muy a gusto si no
me lleva a sus reuniones. Dicen que soy su espíritu de la
guarda.
Y me llevó
consigo.
El señor
rector expuso, yo fui testiga, sus razones: "Antes de que la
instulticia desborde los muros de nuestra Casa", dijo, "y
la sociedad entera resienta sus atroces consecuencias, es nuestro
deber supremo, como autoridades que somos, acudir a las instancias
correspondientes para que, con su auxilio, pongamos un alto a la
situación, ¿no creen? Estoy de mí seguro que
Hipócrates, Lerdo de Tejada o cualquier otro estarían
de acuerdo con esta decisión que habremos de tomar como medida
extrema a los sucesos que tiñen de negro a nuestra universidad,
¿no creen? Hago un llamado a los aquí presentes para
que propongan las soluciones consecuentes, ¿que dicen?".
Sus cuestionamientos
y aseveraciones fueron acogidas por los allí presentes con
asentimiento. Comprendimos el estado de su alma abatida y, en consecuencia,
lo consecuentamos. ¡Vaya!
A continuación
tomó la palabra el procurador: "Así es de que,
uta, pinche suegro (habíase casado con la hija del rector),
le voy a mandar unos elementos que, uta, va a ver cómo le
hacen la limpieza. Iré, rector, le juro por esta que le voy
a trapiar bien su pisito. Uta, si no. Por algo dijo el presidente
que yaeraora de recomponestacionar las cosas, ca, por esta que le
recomponestiono su escuelita. Usted sabe de que yo no me apuñalo
en estos menesteres, ca".
Lo que
siguió a la reunión de allegados ya todos lo saben:
la policía entró al campus a la mañana
siguiente y "trapió" el campus.
Algunos
integrantes de la banda de Los Tucanes intentaron oponerse a la
toma de las instalaciones con escopetas y bazucas extraídas
de la colección del MUA (Museo Universitario de Armas), pero
fueron abatidos por las fuerzas del orden. Los Diles Que No Me Maten
pidieron que no los mataran. Luego hicieron un plantón en
las afueras de Rectoría y fueron retirados con los mecanismos
de rigor. Cuando se andaban organizando para elegir quiénes
levantarían la huelga de hambre, uno de los "elementos"
del procurador recibió la orden del jefe: "Primero rodielos;
y ya questén rodiados, me los agarra y me los trai a los
sótanos. Y uta si se le escapa alguno, sargiento". "Puts,
mi lic", contestó a través del celular. "A
ver, dígame cuándo se me ha pelado alguien que usted
me haya dicho uta si se le escapa alguno, a ver, cuándo.
Si bien que sabe que yo no soy joto".
Con gran
alarde de higiene, los elementos al mando del sargento "rodiaron"
a los coludidos, verificaron que las latas de abulón no escondieran
estupefacientes e hicieron sus prácticas de tiro contra "lo
que se moviera": pájaro, fuente, mariposa o catedrático.
Luego fumaron habanos, cortejaron a los osos koala del laboratorio
de Biología y nadaron en la alberca olímpica.
Al otro
día, el presidente de la Asociación de Padres de Familia
intentó poner un desplegado en los periódicos, pero
no fue posible por órdenes de arriba. La esposa del presidente
de la APF convocó al voluntariado de
la APF, la APE y la
API a hacer una marcha protesta desde el campus
hasta el edificio de la Secretaría de Educación Privada.
Si la marcha no se llevó a cabo, fue por cuestiones ajenas
a la voluntad de los manifestantes: un plantón de los porcicultores
del sureste les impidió el paso hacia su destino.
El papá
de Rómulo OBarrios, alumno de Técnicas Hidrobiológicas,
trató de llamar al ministro de Energía y Ambulantaje
para que intercediera ante el procurador de justicia a favor de
la autonomía universitaria, pero el funcionario adujo falta
de tiempo. Su esposa, la Pequis OBarrios, se puso a hacer
una colecta en el metro.
El presidente
de la República, el psicólogo don José Galicia
de la Fuente, en obvia referencia al conflicto universitario, recalcó
furioso, en su discurso ante los banqueros del Bajío: "La
ley es la ley, aun cuando estemos en un periodo transitorio de definir
cuáles son nuestras leyes. Y nadie puede sustraerse a éstas
o aquéllas. En nuestro país, escúchenme bien,
no hay intocables. La impunidad ya ha sido erradicada de nuestra
vida constitucional. El que las debe, las paga. El que delinque
termina en las mazmorras, aunque sepa latín".
La multitud
que llenaba el recinto, conformada por campesinos cacaoteros, ya
que los dueños de los bancos invitados tuvieron compromisos
de última hora, aclamó al presidente y exclamó
a coro "José Galicia, queremos justicia". Luego,
los asistentes al evento compartieron con el mandatario sopes, huaraches
y tacos de suadero.
El químico
Figueroa, junto con otros sesenta y cinco catedráticos, maestritos
e investigadores, fueron sentenciados a purgar diversas condenas
en la cárcel: dos o tres años para unos cuantos, quince
o dieciocho para los más, veinticinco para el licenciado
Sahagún y el lingüista Canek, a quienes sorprendieron
inhalando droga en el baño noroeste de las niñas.
Sus cargos: sedición, homicidio con ocultación de
cadáver en construcción, tráfico de sustancias
y animales en peligro de supervivencia, drogadicción en baño
ajeno, voyeurismo, robo de armamento, daño al patrimonio
cultural, práctica indebida del legrado, bullicio y asociación
académica delictuosa.
A la maestrita
Vasconcelos se le condonó su condena a cambio de que aceptara
casarse con el presidente de la República, que andaba viudo.
En fin:
la universidad cerró sus puertas por tiempo indefinido. Lo
que significó también una sentencia de muerte para
los pocos erizos de mar y las zarigüeyas que seguían
vivos en los laboratorios.
No sucedió
lo mismo con nosotros, los administrativos: tuvo el tal Irrigoyti
Eyzaguirre buena visión política, ya que pudo deslindar
nuestras luchas salariales de las fechorías académicas.
Como corrernos de la ex universidad era muy "oneroso",
eso dijo, nos mantuvieron a todos el salario durante casi cinco
meses, sin otro trabajo que hacer cola en la Secretaría de
Educación Privada para cobrar. Hasta que la situación
se "destensara", nos explicó, o hasta que "los
tiempos fueran propicios" para reabrir las instalaciones.
Además
de hacer cola para cobrar, dediqué ese MAS
(Medio Año Sabático) a estudiar inglés para
escalafonarme como secretaria privada cuando "los tiempos fueran
más propicios" y la cosa se "destensara".
Me nació el quinto nietecito, visité varias veces
a la maestra Lupita en el hospital y dejé de comer carne
por lo de las hemorroides. ¡Ah!, y sufrí la pérdida
de mi comadre Charito.
Hasta
donde estoy informada de primera mano, durante esos cinco meses
se coludieron el doctor Guzmán, el procurador de justicia,
El Cadáver, como se le conoce al director de la Facultad
de Defensa Personal, y la adorable esposa del rector. Entre los
cuatro hicieron grupito, consiguieron subsidios millonarios y entablaron
pláticas con las autoridades a fin de reabrir las instalaciones,
destensar la situación y lograr el momento propicio para
"olvidar el pasado", como dijo el doctor Guzmán
en una entrevista para la TV.
Y sucedió
todo de la misma manera en la que el tal Irrigoyti Eyzaguirre nos
lo había futurizado en una asamblea extraordinaria que se
llevó a cabo en una marisquería céntrica: "Nuestras
instalaciones se reaperturarán, nuestros sueldos se devengarán
con sanidad y pediremos una hora y media de lactancia y dos latas
de pulpos en su tinta en nuestras magras despensas".
El día
fijado para regresar a la chamba fue un 4 o 6 de julio, si no mal
recuerdo. Todos tratamos de trabajar ese día y los que le
siguieron, aunque no teníamos jefes, ni académicos,
maestritos e investigadores, ni estudiantado a quien servir con
nuestra vocación de servidores universitarios.
A las
dos semanas, sucedió que hubo "reubicación",
tal y como nos lo explicaron la güerita esposa del antiguo
rector y la morena amante del doctor Guzmán: "Serán
reubicados a fin de sacar adelante, con su elogiable e imprescindible
mística, el nuevo proyecto al que los hemos convocado".
Al menos
para mí, todo ha sido un aprendizaje formidable: en lo que
fue mi universidad, y hoy es el centro comercial más importante
de toda América, he aprendido a vender pantalones, sudaderas,
shorts, camisas, calzones y otras prendas de vestir
y lookear.
El doctor
Guzmán me saluda con beso en la mejilla, la primera dama
doña Pita Vasconcelos atiende mis sugerencias
y el tal Irrigoyti Eyzaguirre me manda una tarjeta en la navidad.
No hace
mucho, el lingüista Canek, que se fugó de la cárcel,
me levantó un pedido de mil trescientos pasamontañas,
quince guantes de piel, tres brasieres y unas medias de seda.
elpeor99@yahoo.com.mx
Francisco Hinojosa,
"La vida en el campus", Fractal
n°
2, julio-septiembre, 1996, año 1, volumen
I, pp. 111-125.
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