|
A manera de ejemplo, Darnton evoca un episodio que narra con extrañas variaciones la misma tragedia: "Una historia recurrente es el caso de los padres que en un extravío de la identidad asesinan a su propio hijo. Se publicó por primera vez en una rudimentaria hoja parisina de noticias en 1618. Luego cruzó por innumerables reencarnaciones: apareció enToulouse en 1848, en Angôuleme en 1881, y finalmente en un periódico argelino moderno del que la rescató Albert Camus para reescribirla con un estilo existencialista para Letranger y Malentendu. Aunque los nombres, las fechas y los lugares varían, la forma del cuento es inequívocamente la misma en el curso de tres siglos".
Darnton se educó como historiador en las universidades de Harvard y de Oxford; actualmente es titular de la cátedra "Shelby Cullom Davis" de Historia Moderna de Europa en la Universidad de Princeton. Como Praz y Bajtin, como Gay y Huizinga, como Burke o Shattuck, Darnton figura entre los eruditos universitarios que logró salir de la botella porque supo dar con el tono de charla y la vena narrativa que han permitido que su obra interese y divierta y capture a lectores ajenos al mundo académico. Una autoridad en historia cultural de Europa del siglo XVIII, Darnton ha publicado también Mesmerism and the End of the Enlightenment (Schoken Books, 1968); The Business of Enlightenment: A Publishing History of the Encyclopédie, 1775-1800 (Cambridge, Mass., 1979); The Literary Underground of the Old Regime (Harvard University Press, 1982); La gran matanza de los gatos y otros episodios de historia cultural francesa (México, Fondo de Cultura Económica, traducción de Carlos Valdés, 1987). En colaboración con Daniel Roche preparó la edición de Revolution in Print: The Press in France, 1775-1880 (1990). Su libro más reciente es Berlin Journal, 1989-1990 (Norton, 1991).
Ovidio
nos aconseja cómo leer una carta de amor: "Si tu enamorado
se vale de un sirviente fiel para hacerte insinuaciones por medio
de recados inscritos sobre tablillas, sopesa con cautela sus palabras,
reflexiona en cada frase, procura adivinar si con hermosas expresiones
finge sentimientos o si sus ruegos provienen de un corazón
lacerado por un amor sincero". El poeta romano podría
ser cualquiera de nosotros. Ovidio habla sobre un dilema en el que
nos podemos ver a cualquier edad, que existe con vida propia más
allá de las fronteras del tiempo. Al leer sobre la lectura
en El arte de amar se tiene la sensación como de escuchar
una voz que remonta una distancia de dos mil años para dirigirse
directamente a nosotros.
Pero mientras más
escuchamos esa voz, más extraña resuena la sonoridad
de su timbre. Ovidio a continuación prescribe, en El arte
de amar, cómo arreglarse con maña para tratar
con el amante a espaldas del marido:
Está en consonancia
con la moral y la jurisprudencia que una mujer virtuosa debe temer
a su marido y permanecer vigilada por una escolta severa...
Pero aunque tus guardias
tuviesen la vista de lince de los ojos de Argos, si lo deseas
de modo ferviente te será fácil engañarlos.
Por ejemplo, ¿quién puede impedir que tu sirviente
y cómplice oculte tus misivas en su corpiño o entre
la planta del pie y la suela de la sandalia?
Supongamos que la
guardia es tan sagaz como para barruntar este tipo de ardides.
Entonces pide a tu confidente que te ofrezca su espalda para sustituir
las tablillas y convierte su cuerpo en una carta viviente.
Se sobrentiende
que la prenda amada desviste a la dócil esclava de su amante
para leer el mensaje que porta su cuerpo un estilo de comunicación
por carta en cierto modo distante del de nuestros días. A
pesar de ese falso dejo de obra intemporal, El arte de amar
nos transporta a un mundo que apenas nos es dable imaginar. Para
mejor comprenderlo es imprescindible al menos cierta familiaridad
con la mitología romana, las técnicas de composición
por escrito, la vida cotidiana del imperio. Se requiere un poco
de imaginación para ponerse en el lugar de la esposa de un
patricio romano, y para saber apreciar el contraste entre la moral
y las maneras convencionales de una sociedad entregada a la vida
mundana y al cinismo, precisamente en una época en la que
se predicaba el Sermón de la Montañaña, en
lengua bárbara y lejos del alcance de los oídos romanos.
Leer a
Ovidio nos enfrenta con el misterio de la lectura. Aunque leer es
un acto a la vez natural y extraño que compartimos con nuestros
antepasados, nuestras experiencias de lectura ni siquiera asemejan
a las suyas como lectores. Podemos disfrutar la ilusión de
viajar en el tiempo para establecer contacto con autores que vivieron
hace tres siglos. Pero aun suponiendo que los textos que hoy leemos
como antiguos se han mantenido inalterados lo que se antoja
virtualmente imposible debido a los cambios en la forma de preservar
los libros como objetos meramente físicos, nuestra
relación con esos textos difícilmente equipara a la
que tuvieron con esas obras los lectores del pasado. La lectura,
en suma, también tiene una historia. ¿Cómo
podemos recobrarla?
Podríamos
empezar por examinar los testimonios de los propios lectores. En
El queso y los gusanos, Carlo Ginzburg encontró uno,
de un humilde molinero de la Friulia del siglo XVIII,
entre los documentos de la Inquisición. Para reunir pruebas
sobre el cargo de herejía, el inquisidor interrogó
a su víctima sobre sus lecturas. Menocchio respondió
con una retahíla de títulos y de comentarios detallados
sobre cada libro leído. Al comparar los textos con las interpretaciones,
Ginzburg descubrió que Menocchio había devorado una
cantidad inmensa de relatos bíblicos, de crónicas,
de libros de viajes, un acervo propio de la biblioteca de un patricio.
Menocchio no era un simple destinatario del tipo habitual de mensajes
que un orden social transmite de arriba abajo. No sólo había
leído de modo compulsivo, sino que había modificado
los contenidos de los textos a su alcance y con esas lecturas había
edificado una concepción del mundo radicalmente distante
de la visión cristiana de la vida. Si esa idea del mundo
se remonta o no hasta las antiguas tradiciones populares, como Ginzburg
afirma, es tema de otro debate; pero Ginzburg demostró, sin
dejar lugar a duda, que es plausible estudiar la lectura como se
estudia cualquier otro quehacer de la gente común y corriente
que vivió hace cuatro siglos.
En el
curso de mis propias investigaciones sobre la Francia del siglo
XVIII tropecé con un testimonio sistemático
de un lector de clase media. Se trataba de un comerciante de La
Rochelle, de nombre Jean Ranson, lector apasionado e incondicional
de Rousseau. Ranson no sólo leía con fruición
a Rousseau sino que lloraba de emoción a cada página;
a decir verdad, Ranson incorporó las ideas de Rousseau a
cada acto decisivo de la trama de su vida: al establecerse como
comerciante, al enamorarse, al contraer matrimonio y durante la
crianza de sus hijos. Lectura y vida corren de la mano con motivos
recurrentes en una caudalosa serie de cartas que Ranson escribió
entre 1774 y 1785, y que confirma que las ideas de Rousseau fueron
asimiladas profundamente al modo de vida de la burguesía
de la provincia francesa en los años del Antiguo Régimen.
Tras la publicación de La nueva Eloísa, Rousseau
recibió una cantidad abrumadora de cartas de tono parecido
a las que Ranson escribió. Ésa fue, creo, la primera
marejada de cartas de admiradores en de la historia de la literatura,
aunque es cierto que Richardson había levantado algunas olitas
en Inglaterra. Esas cartas revelan que los lectores de toda Francia
respondieron como respondió Ranson y, además, que
sus respuestas coincidieron con las reacciones que Rousseau procuró
deliberadamente inculcar en sus lectores con los dos prefacios de
su novela. Rousseau educó a su público en cómo
debería leerlo. A sus lectores les asignó papeles
y les ofreció una estrategia de lectura para someterse a
su novela. Esta novedosa manera de leer funcionó tan impecablemente
que La nueva Eloísa se convirtió en el gran
best-seller del siglo, en la fuente más importante
de la sensibilidad romántica. Esa sensibilidad se ha extinguido
en la actualidad. Ningún lector moderno recorrería
los seis volúmenes de La nueva Eloísa con el
alma en vilo y hecho un mar de lágrimas. Pero en su momento
culminante Rousseau cautivó a generaciones enteras de lectores
al provocar una revolución en el acto quieto de leer.
Los ejemplos
de Menocchio y de Ranson son un indicio de que leer y vivir, componer
una página y darle significado a la vida, estaban vinculados
de modo más íntimo en los orígenes de la historia
moderna que en nuestros días. Pero antes de extraer conclusiones
es necesario explorar con calma más archivos, comparar las
descripciones de los lectores sobre sus experiencias de lectura
con las anotaciones al margen en sus ejemplares y, cuando sea posible,
con su propio comportamiento. Era un lugar común decir que
Los sufrimientos del joven Wherter desencadenó en
Alemania una oleada de suicidios. ¿No ha llegado el momento
para hacer un nuevo repaso sobre esta "fiebre wherteriana"?
Los prerrafaelistas propiciaron en Inglaterra resoluciones análogas
al pregonar la doctrina de que la vida imita al arte, un tema que
es posible perseguir desde Don Quijote hasta Madame Bovary y
Miss Lonelyhearts. Al examinar caso por caso, la leyenda podría
ganar en solidez si se le coteja con documentos: registros auténticos
de los suicidios, diarios, cartas a los editores de las obras. La
correspondencia de los escritores y los documentos de los editores
son fuentes insuperables de información sobre los lectores
reales. Hay docenas de cartas de lectores en la correspondencia
publicada de Voltaire y de Rousseau y entre los documentos inéditos
de Balzac y de Zola.
En suma,
tendría que ser posible elaborar tanto una historia como
una teoría sobre la respuesta del lector a una obra. Posible,
pero en modo alguno sencillo; los documentos sólo muy rara
vez revelan al lector en el acto mismo de leer, es decir, en el
instante en que atribuye significados con inspiración en
los textos, amén de que los documentos son a su vez textos
que además requieren de interpretación. Muy pocos
de esos documentos son suficientemente ricos como para proporcionarnos
al menos acceso indirecto a los elementos cognoscitivos y emocionales
de la lectura, y unos cuantos casos excepcionales podrían
resultar insuficientes para reconstruir las dimensiones íntimas
de esa experiencia. Pero los historiadores del libro ya han desenterrado
una cantidad considerable de información sobre la historia
exterior de la lectura. Una vez estudiada como fenómeno social,
los historiadores podrán contestar a muchas de las preguntas
esenciales: "quién", "qué", "dónde"
y "cuándo", respuestas de inestimable utilidad
al intentar contestar las preguntas realmente complejas "por
qué" y "cómo".
Los estudios
sobre quién lee qué libros en diferentes épocas
suelen pertenecer a uno de dos enfoques principales: el macro y
el microanalítico. El macroanálisis ha reverdecido
particularmente en Francia, en donde esta escuela se nutre en una
vigorosa tradición de historia social cuantitativa. Henri-Jean
Martin, François Furet, Robert Estivals y Frédéric
Barbier han rastreado la evolución de los hábitos
de lectura desde el siglo XVI hasta el presente,
valiéndose de series estadísticas de largo plazo elaboradas
a partir del dépôt légal, de registros
de los permisos de edición y de la publicación anual
de la Bibliographie de la France. Un historiador puede advertir
en las ondulaciones de estas gráficas muchos fenómenos
deslumbrantes que cundieron como epidemia entre el público
educado durante los años que van de Voltaire a Bougainville:
la decadencia del latín, el auge de la novela, la fascinación
general por el mundo cercano de la naturaleza y por los mundos distantes
de los países exóticos. Los alemanes han elaborado
series estadísticas de mayor alcance gracias a fuentes de
información particularmente ricas: los catálogos de
las ferias del libro de Frankfurt y Leipzig, que abarcan de la mitad
del siglo XVI a mediados del siglo XIX.
(El catálogo de la Feria de Frankfurt se publicó ininterrumpidamente
de 1564 a 1749, y el catálogo de Leipzig, que data de 1594,
se puede sustituir para el periodo posterior a 1797 por el Hinrichssche
Verzeichnisse.) Aunque los catálogos tienen sus desventajas,
proporcionan un índice aproximado sobre la lectura en Alemania
desde el Renacimiento; y esas fuentes de información abundantes
han sido explotadas por una sucesión de historiadores alemanes
del libro desde que Johann Goldfriedrich publicó, entre 1908
y 1909, su monumental obra Geschichte des deutschen Buchhandels.
El mundo de la lectura en lengua inglesa no dispone de parejas fuentes
de información; pero para el periodo posterior a 1557, cuando
Londres empezó a dominar la industria editorial, los documentos
de la London Stationers Company han abastecido a H.S. Bennett,
W.W. Greg y otros historiadores con suficiente material como para
trazar la evolución del comercio del libro en lengua inglesa.
Aunque la tradición bibliográfica británica
no ha favorecido la compilación de estadísticas, hay
una gran cantidad de información cuantitativa en los catálogos
de las ventas al descubierto que se remontan a 1475. Giles Barber
ha trazado algunas gráficas al estilo francés de las
cifras de los registros de derechos aduanales, y Robert Winans y
G. Thomas Tanselle se han formado una opinión de la etapa
inicial de la lectura en Estados Unidos mediante una reelaboración
de la inmensa American Bibliography, preparada por Charles
Evans (dieciocho mil entradas para el periodo de 1638 a 1783, entre
las que se incluyen, desafortunadamente, una cantidad indeterminada
de "libros fantasmas").
Todo este
trajín para compilar y computar datos ha servido al menos
para obtener algunas pautas sobre los hábitos de lectura,
pero a veces se nos proponen conclusiones tan generales que difícilmente
convencen. La novela, como la burguesía, daría la
impresión de ir siempre en ascenso, a su vez, las gráficas
caen en picada justo en los puntos previsibles muy notablemente
en el caso de la Feria del Libro de Leipzig en el curso de la Guerra
de los Treinta Años, y en Francia durante los años
de la Primera Guerra Mundial. La mayoría de los historiadores
cuantitativos clasifican sus datos estadísticos en categorías
tan imprecisas como "artes y ciencias" y "belles-lettres",
que terminan por ser deficientes para identificar fenómenos
particulares como el Debate sobre la Sucesión, el Jansenismo,
la Ilustración o el Renacimiento Gótico esto
es, los temas que mayor atención han despertado entre los
historiadores culturales y los eruditos literarios. La historia
cuantitativa del libro tendrá que depurar sus categorías
y precisar sus enfoques antes de gozar de mayor ascendente, como
seguramente tendrá, entre las corrientes académicas
tradicionales.
A pesar
de sus aciertos, los historiadores cuantitativos han descuidado
algunos esquemas estadísticos significativos, y estoy seguro
de que sus hallazgos serían aún más impresionantes
si fuesen algo más que un empeño por hacer comparaciones
entre un país y otro. Por ejemplo, las estadísticas
son un indicio de que el renacimiento cultural de Alemania en las
postrimerías del siglo XVIII tiene
alguna suerte de relación con esa epidémica fiebre
de lectura denominada comúnmente Lesewut o Lesesucht.
El catálogo de Leipzig no alcanzó sino hasta 1794
el nivel que había fijado antes de la Guerra de los Treinta
Años, cuando concluyó 1 200 títulos de libros
recientemente publicados. Con la efervescencia del Sturm und
Drang, el catálogo se elevó a 1 600 títulos
en 1770; luego a 2 600 en 1780 y a 5 000 en 1800. Los franceses
siguieron un esquema diferente. La producción del libro creció
de modo estable durante un siglo después de la paz de Westphalia
(1648): un siglo de gran literatura, desde Corneille hasta la Encyclopédie,
que coincidió con la decadencia de Alemania. Pero durante
los cincuenta años siguientes, cuando las figuras prominentes
de Alemania alcanzaron la cumbre de su talento, el crecimiento francés
luce relativamente modesto. Según Robert Estivals los permisos
de edición para publicar nueve libros (priviléges
y permissions tacites) montaron a 729 en 1764, a 896 en 1770,
y a sólo 527 en 1780; los nuevos títulos propuestos
al dépôt légal en 1780 sumaron 700. Sin
duda, diferentes tipos de documentos y criterios disímiles
de medida pueden arrojar diferentes resultados, amén de que
las fuentes oficiales excluyen la enorme producción ilegal
de libros franceses. Pero cualesquiera que sean sus deficiencias,
las cifras indican un gran salto adelante en la vida literaria alemana
después de un siglo de preponderancia francesa. Alemania
tenía también más escritores, aunque la población
de las áreas franco y germano parlantes era casi la misma.
Un almanaque literario alemán, Das gelehrte Teutschland
enlistó 3 000 escritores vivos en 1772 y 4 300 en 1776. Una
publicación francesa equiparable, La France littéraire,
incluía a 1 187 autores en 1757 y a 2 367 en 1769. Mientras
que Voltaire y Rousseau se internaban en la vejez, Goethe y Schiller
alcanzaron la cresta de una ola de creatividad literaria mucho más
fértil de lo que cabe imaginar si uno se atiene exclusivamente
a las historias convencionales de la literatura.
La minuciosa
comparación de estadísticas suele ser muy útil
para trazar un mapa de corrientes culturales. Luego de tabular los
permisos de edición de libros en el curso del siglo XVIII,
François Furet confirmó una acentuada debilidad de
las antiguas ramas del saber, particularmente las humanidades y
la literatura clásica latina, dominios del conocimiento que
según las estadísticas de Henri-Jean Martin habían
reverdecido durante el siglo XVII. Después
de 1750 es notable el predominio de géneros novedosos como
los clasificados bajo el rubro de "Arts and Sciences".
Al examinar los archivos notariales parisinos, Daniel Roche y Michel
Marion se percataron de una tendencia análoga. Novelas, libros
de viajes y obras de historia natural tienden a arrumbar a los clásicos
en las bibliotecas de los aristócratas y de la burguesía
acomodada. Todos los estudios reparan en el declive significativo
de la literatura religiosa durante el siglo XVIII.
Estos estudios confirman los hallazgos de la investigación
cuantitativa en otros dominios de la historia social: el de Michele
Vovelle sobre ritos funerarios, por ejemplo, y la investigación
de Dominique Julia sobre órdenes religiosas y prácticas
de enseñanza.
Los panoramas
temáticos de la lectura alemana son un adecuado complemento
de sus pares sobre la literatura francesa. En los catálogos
de las ferias del libro de Leipzig y de Frankfurt, Rudolf Jentzsch
y Albert Ward comprobaron un pronunciado declive de los clásicos
latinos, inversamente proporcional al aumento de las novelas. Hacia
finales del siglo XIX, según Eduard
Reyer y Rudolf Schenda, los patrones estadísticos de préstamo
de libros en las bibliotecas alemanas, inglesas y norteamericanas
exhibían pautas de descenso increíblemente similares:
70 u 80% de los libros provenían de la categoría literatura
ligera (en su mayoría novelas); 10% pertenecían a
géneros como la historia, la biografía y los libros
de viajes, y menos del 1% pudo ser clasificado como obras sobre
religión. En poco más de doscientos años, el
mundo de la lectura se transformó por completo. El auge de
la novela habría compensado el declive de la literatura religiosa,
y en el caso de casi todos los géneros fue posible situar
el momento de ruptura hacia la segunda mitad del siglo XVIII,
particularmente en la década de 1770, durante los años
de la fiebre wertheriana. En Alemania se le brindó a Wherter
una recepción aún más apoteósica de
la que se ofreció en Francia a La nueva Eloísa
y a Pamela en Inglaterra. El éxito arrollador de las
tres novelas confirmó el triunfo de una nueva sensibilidad
literaria; las líneas finales de Werther darían
la impresión de proclamar el advenimiento de un nuevo público
lector y la extinción de la cultura cristiana tradicional:
"Unos jornaleros cargaron con la caja. No le acompañó
ningún clérigo".
De modo
que a pesar de su diversidad y de sus contradicciones ocasionales,
los estudios macroanalíticos permiten vislumbrar algunas
conclusiones de carácter general, de algún modo afines
a la noción de Max Weber sobre la "desmistificación
del mundo". Este concepto, sin embargo, podría parecer
demasiado vasto como para servir de consuelo. Los amantes de la
precisión preferirían el microanálisis, aunque
por lo regular este enfoque linda con el extremo opuesto: exceso
de detalles. Un ejemplo: están a nuestra disposición
cientos de listados de títulos de los libros que se han conservado
en bibliotecas desde la Edad Media hasta nuestros días, tantos
que nadie podría siquiera abrigar la esperanza de leerlos.
A pesar de estas relaciones abrumadoras de títulos, una mayoría
de historiadores coincidiría en que el catálogo de
una biblioteca privada es útil como perfil de un lector,
aunque todos sepamos que jamás leemos todos los libros que
tenemos y, de otra parte, que en efecto leemos muchos libros que
no nos pertenecen. Examinar el catálogo de la biblioteca
de Monticello es como pasar revista a los pertrechos intelectuales
de Jefferson. Por añadidura, el estudio de las bibliotecas
particulares ofrece la ventaja de vincular el "qué"
con el "quién" de la lectura.
También
en este terreno los franceses han tomado la delantera. En un ensayo
ya clásico publicado en 1910, "Les Enseignements des
bibliothèques privées", Daniel Mornet examinó
los catálogos de las bibliotecas y llegó a conclusiones
que ponen en tela de juicio algunos de los más célebres
lugares comunes de la historia literaria. Después de tabular
títulos de libros provenientes de quinientos catálogos
del siglo XVIII, Mornet encontró un
solo ejemplar de la obra que habría de convertirse en la
biblia de la Revolución Francesa, El contrato social
de Rousseau. Las bibliotecas no sólo están abarrotadas
de libros de autores totalmente olvidados, sino que esos volúmenes
no ofrecen ningún tipo de fundamento coherente como para
relacionar ciertos tipos de lectura (la obra de los filósofos,
por ejemplo) con lectores de una clase social (la burguesía).
Setenta años y varias refutaciones después, la obra
de Mornet conserva su antiguo esplendor. A su sombra ha crecido
por cierto una vasta literatura. Ahora disponemos de estadísticas
sobre las bibliotecas de los aristócratas, los magistrados,
los curas, los miembros de la academia, los comerciantes en pequeño,
los artesanos e incluso un puñado de sirvientes domésticos.
Los académicos franceses han estudiado las lecturas de diferentes
estratos sociales en ciudades determinadas el Caen de Jean-Claude
Perrot, el París de Michel Marion y a lo largo y a
lo ancho de regiones enteras la Normandía de Jean Quéniart,
el Languedoc de Madeleine Ventre. En su mayoría, los estudios
se fían de los inventaires après décès,
registros notariales de los libros que formaban parte de los caudales
de un difunto. De maneran que adolecen de los prejuicios propios
de este tipo de documentos, en general proclives a desatender los
libros de escaso valor comercial, o que suelen conformarse con enunciados
tan imprecisos como "una pila de libros". Pero el ojo
del notario francés supo apreciar una enormidad de detalles,
más de los que acertó a pescar la mirada de los notarios
alemanes; Rudolph Schenda estima que los inventarios de Alemania
son lamentablemente pobres como orientación de los hábitos
de lectura de la gente común y corriente. El estudio alemán
más concienzudo es probablemente el panorama de inventarios
de las postrimerías del siglo XVIII en
Frankfurt am Main, elaborado por Walter Wittermann. Esta obra revela
que eran dueños de libros el 100% de los altos funcionarios,
51% de los comerciantes, 35% de los maestros artesanos y 26% de
los oficiales. Daniel Roche estableció una distribución
porcentual similar entre la gente común y corriente de París:
eran dueños de libros sólo 35% de los obreros asalariados
y de los sirvientes domésticos que aparecen en los archivos
notariales de la década de 1780. Pero Roche también
descubrió muchos otros indicios de familiaridad con la palabra
escrita. En el año emblemático de 1789 casi la totalidad
de los sirvientes domésticos podía rubricar su nombre
en los inventarios. Una cantidad apreciable de escritorios propios,
completamente equipados con utensilios de escritura y atestados
de documentos familiares. La mayoría de los tenderos y de
los almacenistas pasaron en la escuela varios años de su
infancia. Antes de 1789 ya había en París quinientas
escuelas primarias, una por cada mil habitantes, en su mayoría
gratuitas. Los parisinos eran lectores, concluye Roche, pero no
leían los libros enlistados en los inventarios. Su sed de
lectura se nutría con populibros, hojas sueltas, avisos,
cartas personales, e incluso con las señales de tránsito
de las calles. Los parisinos leían para encontrar su camino
a través de la ciudad y de su vida, pero sus modos de leer
no dejaron suficientes pistas en los archivos como para que el historiador
pudiera pisarles de cerca los talones.
En consecuencia,
el historiador debe buscar otros surtidores de información.
Las listas de suscriptores han sido una de las fuentes favoritas,
pero tienen la desventaja de incluir únicamente a los lectores
de mayores recursos. Entre fines del siglo XVII
y principios del XIX se publicaron en Inglaterra
muchos libros por suscripción, que además contienen
las respectivas listas de suscriptores. Los investigadores adscritos
al proyecto de Newcastle (Tyne) para la elaboración de una
Bibliografía Histórica se han servido de esos listados
para elaborar una sociología histórica de los lectores.
Esfuerzos similares se llevan a cabo en Alemania, particularmente
entre académicos de Klops-tock y Wieland. Quizá se
editó por suscripción una sexta parte de los libros
publicados en Alemania entre 1770 y 1810, periodo en que esta práctica
editorial alcanzó su punto culminante. Pero incluso durante
su Blütezeit, las listas de suscriptores no permiten vislumbrar
un panorama preciso de los lectores. Esos listados prescindieron
de los nombres de muchos suscriptores, incluyeron otros que no eran
lectores sino mecenas, y en términos generales representan
mejor el arte y maña de vender libros que urdió un
puñado de empresarios que los hábitos de lectura de
un público educado, según reza a la letra la crítica
devastadora que ha hecho Reinhard Wittmann sobre las investigaciones
sustentadas en las listas de suscriptores. La obra de Wallace Kirsop
sugiere que una investigación de esa naturaleza podría
ser más provechosa en Francia, dado que la edición
por suscripción gozó del favor del público
lector en las postrimerías del siglo XVIII.
Pero las listas francesas, como las otras, favorecen en términos
generales a los lectores de mayores recursos y a los libros de carácter
decorativo.
Los registros
de préstamo bibliotecario a domicilio son una opción
más adecuada para establecer relaciones entre géneros
literarios y clases sociales, pero sólo se conservan unos
cuantos. Las solicitudes de préstamo de la biblioteca ducal
de Wolfenbüttel, que abarcan desde 1666 a 1928, son realmente
extraordinarias. En opinión de Wolfang Milde, Paul Raabe
y John McCarthy esos registros serían prueba de una significativa
"democratización" de la lectura en la década
de 1760: se duplicóel número de libros solicitados
en préstamo; los prestatarios provenían de estratos
sociales inferiores (entre los que se encotraban conserjes, criados
de librea y oficiales de menor rango del ejército); y los
temas favoritos de lectura tendieron a ser más ligeros, cambiando
los tópicos doctos por las novelas sentimentales (las imitaciones
de Robinson Crusoe fueron particularmente bien recibidas).
Curiosamente, los registros de la Bibliothéque du Roi, en
París muestran que conservó durante ese mismo periodo
su número habitual de usuarios, alrededor de cincuenta al
año, incluido uno de nombre Denis Diderot. Los parisinos
no podían llevarse los libros a casa, pero a cambio disfrutaban
de la hospitalidad de una época más pausada. Aunque
el bibliotecario abría sus puertas sólo dos mañanas
a la semana, les servía opíparos banquetes antes de
regresarlos a casa. Actualmente han cambiado mucho las condiciones
en la Bibliothéque Nationale. Sus bibliotecarios han tenido
que resignarse a una ley básica de la economía: no
hay almuerzo gratuito.
Los historiadores
microanalistas han dado con muchos otros hallazgos tantos,
a decir verdad, que terminaron por topar con el mismo problema que
sus colegas macrocuantitativos: ¿cómo dar una orden
a todos esos materiales? La disparidad de la documentación
catálogos de subastas, archivos notariales, listas
de suscriptores, registros bibliotecarios en modo alguno facilita
la tarea. Si los historiadores sacan diferentes conclusiones es
en parte debido a las peculiaridades de las fuentes, más
que a las preferencias de los lectores. Y a menudo las monografías
se excluyen mutuamente: en una investigación resulta que
los artesanos son un grupo social educado, y en otra se les tilda
de analfabetos; según un autor los libros de viajes gozan
de una inmensa popularidad entre ciertos grupos sociales de una
región determinada, y en opinión de otro resulta que
el mismo género apenas tiene lectores en otras zonas. Un
cotejo sistemático de géneros, mundos circundantes,
época y región daría la impresión de
ser una conspiración orquestada precisamente para encontrar
las excepciones que refutan todas las reglas.
Un solo
historiador del libro, al menos hasta ahora, ha sido lo suficientemente
audaz como para proponer un modelo general de análisis. Rolf
Engelsing pretende que a finales del siglo XVIII
se verificó "una revolución de la lectura"
(Leserevolution). Desde la Edad Media y hasta poco después
de 1750, según Engelsing, los hombres leían "intensivamente".
Disponían de unos cuantos libros la Biblia,
un almanaque, un par de obras pías pero las leían
una y otra vez, habitualmente en voz alta y en grupo, de modo que
grabaron de manera profunda en su conciencia un breve repertorio
de literatura tradicional. Hacia 1800, los hombres habrían
empezado a leer "extensivamente". Leían cualquier
clase de material impreso, en especial publicaciones periódicas
y diarios, pero los leían una sola vez, antes de irse de
bruces sobre la siguiente novedad. Engelsing no ofrece suficientes
testimonios como para apuntalar con solidez esta hipótesis.
A decir verdad, la mayor parte de su investigación se atiene
únicamente a una pequeña muestra de burghers (pequeños
comerciantes) de Bremen. Pero su enfoque tiene esa seductora sencillez
de las teorías que delimitan un antes de y un después
de, y entrega una fórmula práctica para cotejar
modos de leer tanto en los orígenes como en las postrimerías
de la historia europea. En mi opinión, su mayor debilidad
reside precisamente en que no es una concepción lineal. La
lectura no avanza en un curso de dirección única,
es decir, de una forma intensiva a otra extensiva. Creo sencillamente
que se lee de manera diferente entre diversos grupos sociales y
en diferente épocas. Hombres y mujeres han leído para
salvar su alma, para educar sus modales y maneras, para reparar
máquinas, para cortejar a un ser querido, para enterarse
de los sucesos de actualidad y también por pura diversión.
En muchos casos, pero sobre todo en el caso particular de los lectores
de Richardson, de Rousseau, de Goethe, la atención se concentró
con intensidad en un puñado de autores, en lugar de dispersarse.
Pero no estoy convencido de que el fin del siglo XVIII
representa un momento de ruptura, una época en la que se
pusieron al alcance de amplios públicos muchos géneros
de impresos, y en la que se advierte el surgimiento de una comunidad
masiva de lectores que habría de adquirir proporciones gigantescas
en el siglo XIX con la industria del papel
fabricado a máquina, las prensas impulsadas a vapor, el linotipo
y una alfabetización casi universal. Todas estas transformaciones
abrieron nuevos horizontes, pero no mediante la disminución
de la intensidad en la lectura, sino mediante la multiplicación
del surtido.
Debo confesar
que la propia concepción de una "revolución de
la lectura" me inspira cierto escepticismo. Y sin embargo,
un historiador estadounidense del libro, David Hall, explica en
términos casi idénticos a los de Engelsing la transformación
en los hábitos de lectura en Nueva Inglaterra entre 1600
y 1850. Antes del año 1800, los lectores de Nueva Inglaterra
se nutrían de una breve y venerable colección de "libros
de venta segura" la Biblia, los almanaques, el
New England Primer, Rise and Progress of Religion de Phillip
Doddridge, Call to the Unconverted de Richard Baxter,
que leían una y otra vez, en voz alta y en grupo, con excepcional
intensidad. Después de 1800, Nueva Inglaterra recibió
un verdadero aluvión de lecturas novedosas novelas,
periódicos, inocentes y risueñas variedades de literatura
infantil, y los lectores devoraron todos los géneros,
desechando una lectura tan pronto como les caía en las manos
otra. Aunque ni Hill ni Engelsing jamás han oído hablar
uno del otro, ambos dieron con una pauta general semejante en latitudes
muy distantes del mundo occidental. Tal vez es cierto que se verificó
un cambio fundamental en la naturaleza de la lectura hacia finales
del siglo XVIII. Quizá no se trató
propiamente de una revolución, pero acaso fue un signo del
fin del Antiguo Régimen el reinado de Thomas à
Kempis, Johann Arndt y John Bunyan.
El "dónde"
de la lectura es mucho más importante de lo que parece a
primera vista, porque saber situar al lector en su escenario suele
proporcionar indicios acerca de la naturaleza de su experiencia
de lectura. En la Universidad de Leyden hay un grabado, fechado
en 1610, que ilustra la biblioteca de la universidad. Ese grabado
representa libros, innumerables volúmenes de abultados infolios,
formados en altas estanterías que sobresalen del alineamineto
natural de los muros y dispuestos en una secuencia que reproduce
los encabezamientos de materia de la bibliografía clásica:
Jurisconsulti, Medici, Historici, y así sucesivamente.
Los estudiantes, dispersos por la sala, están absortos en
la lectura, los libros colocados sobre soportes de madera ensamblados
a la estantería a la altura del hombro. Todos los jóvenes
están de pie, visten una capa gruesa y un gorro para abrigarse
del frío, descansan un pie sobre la barra de apoyo para aliviar
la presión del peso del cuerpo. Leer no fue una actividad
placentera en la edad del humanismo clásico. En imágenes
que datan de siglo y medio antes "La lecture" y "La
liseuse" de Fragonard, por ejemplo, los lectores se reclinan
cómodamente sobre sus meridianas, o bien sobre sendas mecedoras
acojinadas mientras reposan los pies sobre un escabel. Los lectores
son a menudo mujeres, ataviadas con batas holgadas conocidas en
la época como liseuses. Por lo general, acarician entre las
manos un delicado tomo en dozavo y tienen la mirada perdida. Entre
Fragonard y Monet, también autor de una "liseuse"
la lectura se desplazó del saloncito íntimo de las
señoras al aire libre. El lector atiborra con libros paisajes
de campos y cumbres, escenarios entre los que puede, como Rousseau
o como Heine, sentirse en comunión con la naturaleza. La
Madre Naturaleza debió lucir un semblante desencajado unas
cuantas generaciones más tarde, cuando los jóvenes
tenientes educados en Göttingen y en Oxford leían en
las trincheras de la primera Guerra Mundial los esbeltos tomos de
poesía para los que habían encontrado un rinconcito
en sus mochilas militares. Uno de los libros que más aprecio
de mi pequeña colección es un ejemplar de Hölderlin,
Hymnen an die Ideale der Menschheit, con la inscripción:
"Adolf Noelle, enero de 1916, nord-Frankreich", obsequio
de un amigo alemán obstinado en dilucidar el enigma de Alemania.
Todavía no estoy muy seguro de entender, pero creo que una
cabal comprensión de la lectura ganaría mucho si enseñáramos
con mayor ahínco todo lo que sabemos sobre su iconografía
y sus aprestos, incluidos el mobiliario y el vestuario.
Naturalmente,
el historiador no debe interpretar esas pinturas al pie de la letra
ni presumir que representan los escenarios y las posturas que solía
elegir la gente para leer. Pero la pintura hace aparecer las presunciones
invisibles, es decir, lo que la gente aceptaba que debería
ser la lectura o la atmósfera en la que debería transcurrir.
Es indudable que en su cuadro A Father Reading the
Bible to his Children (Un padre leyendo la Biblia a sus hijos),
Greuze le dio un tono sensiblero a la lectura colectiva. Restif
de la Bretonne hizo probablemente lo propio en las lecturas familiares
de la Biblia que describe en La vie de mon père: "No
puedo recordar sin enternecerme el arrobo con el que escuchábamos
su lectura ni los sentimientos de hermandad y de nobleza que se
apoderaban de nuestra numerosa familia (en la que incluyo a los
sirvientes domésticos). Mi padre solía dar inicio
a su lectura de la Biblia con las siguientes palabras: "Niños
míos, preparen su alma; el Espíritu Santo está
a punto de dirigirles la palabra".
Pero justamente
por su sensiblería esas descripciones revelan una creencia
universalmente compartida: para la gente común y corriente
de los orígenes de la Europa moderna, la lectura era una
actividad social: transcurría en talleres de artesanos, en
graneros, en tabernas. Leer era un acto oral y no por obligación
edificante. Así por ejemplo, un labrador evoca la lectura
de una hostería del campo, según esta versión
ribeteada con tonos rosáceos y compuesta por Christian Shubart
en 1786:
Und bricht die Abendzeit,
So trink ich halt mein Schöpple Wein;
Da liest der Herr Schulmesister mir
Was Neuses aus der Zeitung für.
(Cuando ya no hay
sino noche a mi alrededor,
bebo como de costumbre un buen vaso de vino;
el profesor de la escuela suele leer para mí
una nueva al azar de las que cuentan los diarios.)
La institución
más importante de la lectura popular bajo el Antiguo Régimen
era una reunión alrededor de la fogata conocida en Francia
como veillée, y como el Spinnstube en Alemania.
Hacia la noche, mientras los niños retozaban, las mujeres
tejían y los hombres reparaban sus herramientas, cualquier
persona medianamente instruida en descifrar un texto hacía
las delicias de los presentes con las aventuras de Les quatre
fils Aymon, Till Eulenspiegel, o cualquier otro libro favorito
de la económica colección de populibros de aventuras.
Algunas de estas rudimentarias ediciones de bolsillo pedían
ser leídas con el sentido del oído o por lo menos
eso sugieren al empezar con frases del tipo de: "La historia
que usted está a punto de escuchar..." En el siglo XIX,
los grupos de artesanos, sobre todo fabricantes de cigarros y sastres,
solían turnarse a intervalos regulares para leer o empleaban
a una persona para que leyera en voz alta mientras el resto trabajaba.
En nuestros días mucha gente se entera todavía de
las noticias porque una persona lee en voz alta por medio de una
transmisión televisada. Quizá la televisión
de nuestra época no represente esa suerte de ruptura radical
con el pasado que generalmente se pretende. Sea como fuere, lo cierto
es que para la mayoría de la gente en el curso de la historia
era evidente que los libros disponían más de auditorios
que de lectores. Los libros se prestaban más para ser escuchados
que para ser leídos.
(Continúa
en Fractal n.3)
Nota y
traducción de Arturo Acuña Borbolla
Robert Darnton, "El lector
como misterio", Fractal n°
2, julio-septiembre, 1996, año 1, volumen
I, pp. 77-98
|