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ILÁN SEMO
Una noticia antigua y frecuente sobre la poesía de Jorge Cuesta es que su lectura contrae ciertas dificultades. Mi admiración por el Jorge Cuesta ensayista escribe Inés Arredondo hacia 1962 me llevó a su poesía. Como cualquier lector atento recibí satisfacciones a veces insospechadas, pero al intentar comprender Canto a un dios mineral me encontré con algo impenetrable... Dos décadas antes, Gilberto Owen la había definido como una poesía difícil. |
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No es casual que Cuesta recurra de vez en cuando a las páginas de los periódicos para desplegar sus ideas sobre la condición de la política. El periodismo representa, para él, una fábrica de la moralidad pública. En sus páginas se dirime una contienda cotidiana por el estatuto de las prácticas de la escritura, es decir, una disputa por el consenso entre las interpretaciones de primer orden: la interpretación del que describe. En su centro se halla la fabricación de la realidad en tanto que fetiche de lo real. El periódico funge como una asamblea dispersa de miradas la noticia, la entrevista, la editorial, el ensayo, etc. dedicada a sostener la plausibilidad léase: la invención de lo real. Y el ensayo periodístico de Cuesta vindica la crítica como un ejercicio de exhibición del fetichismo de los hechos: la política aparece como una demanda social de ficcionalización (si supiéramos la verdad, enloqueceríamos); el culto a la información significa el triunfo del empirismo (en el fervor informativo, la desconexión lo es todo); la realidad es una construcción del lenguaje (lo real en política es la palabra). Este horizonte crítico permite a Cuesta situar su reflexión de los relatos políticos de la época como una mirada sobre la historia del tiempo presente. Cuesta parte de la intuición de que toda narrativa política convertida en un gran relato sobre el tiempo funciona de la misma manera que el imaginario religioso. Su crítica al stalinismo procede de la misma manera que su crítica al fascismo: dos teologías modernas. Escribe hacia 1935: Como socialismo de Estado (fascismo) y como dictadura del proletariado (comunismo), el socialismo ha dejado de serlo, puesto que en vez de limitación y de crítica, se convierte en abuso y en mística de la autoridad ( ) Podría también alegarse que es posible que existan una religión y una mística revolucionarias ( ) (Pero) una política religiosa y mística no puede aspirar sino a conceder una significación sagrada a la autoridad. A saber, Cuesta es uno de los raros intelectuales en América Latina que intuye, una década antes de la publicación de la obra de Hanna Arendt, la aparición del fenómeno totalitario, es decir, la sacralización absoluta del principio de autoridad, más allá de los regímenes sociales a los que responde. La homologación entre el fascismo y el stalinismo le gana la acusación de reaccionario. Pero en 1935 entiende algo que a la mayor parte de la izquierda (no sólo latinoamericana) le llevará medio siglo entender: se trata, a la luz de la década de los treinta, de una lucha entre iguales. No se ha reflexionado aún en la rareza de la intuición de Cuesta. Tal vez responde a otra rareza: la Revolución Mexicana o, mejor dicho, la discursividad temprana que aparece en (y sobre) la Revolución. Quienes elaboran en los años veinte un discurso que descarta por igual el ideario fascista y la experiencia soviética (como vías para la revolución) son, paradójicamente, el cúmulo de organizaciones socialistas que abundan antes de la fundación del Partido Nacional Revolucionario: el Partido Socialista de Michoacán, que encabeza Mújica; el Partido Socialista de Chiapas. La Liga Socialista de Veracruz y, entre otros, el más destacado probablemente, el Partido Socialista de Yucatán de Carrillo Puerto. Se trata de un socialismo, digamos, constitucional o constitucionalista; una suerte de tercera vía a la mexicana, alejada de la experiencia soviética; el socialismo perdido de México, al que Jorge Cuesta dirige su polémica. Digo paradójicamente porque en toda discusión la crítica de un objeto no es más que otra forma de valorar al objeto de la crítica. Si la intuición sobre la irrupción del fenómeno totalitario se deriva inicialmente de la refutación de las características místicas y religiosas de la doctrina de Marx, el principio puede ser ampliado a otras formas de teologización del poder moderno: La autoridad democrática es una autoridad expuesta a la crítica; es una autoridad en investigación, a la que se niega una consagración terminante ( ) Si vamos al fondo de la crisis de la democracia, encontramos lo que significa en realidad el poder antidemocrático, el poder fundado en la fe: significa el poder fundado en la pasividad política, como la verdad fundada en la fe significa la verdad fundada en la pasividad intelectual. Es probable que Cuesta haya leído a Husserl a través de los textos de Caso. En última instancia sus conclusiones son similares: el principio de autoridad democrática es un principio basado en la coexistencia de disímbolas construcciones de la verdad o no es nada. La verdad fundada en la fe se traduce en un poder que reclama el monopolio sobre la verdad. Visto desde la perspectiva la crisis civilizatoria de la década de los treinta el término es de Norbert Elias, el pensamiento político de Cuesta aparece como un ejercicio de excentricidad, un esfuerzo solitario por descifrar las claves que permiten al gran relato político presentarse como una narrativa de la trascendencia: sólo a una religión le es permitido sentir que ha satisfecho todas las necesidades de la conciencia del hombre. Pero ese sentimiento es el que la Ilustración logró confinar en la esfera del interés privado durante los siglos XVIII y principios del XIX. Secularizar significó, para Kant y Voltaire, deslegitimar la religión como explicación posible de todas las necesidades de la conciencia del hombre. Acaso la historia del siglo XX también puede ser leída como la labor de una segunda secularización, dirigida a relativizar y deslegitimar al gran relato político como el centro de las discursividades modernas. El fenómeno totalitario se basó en la idea de los poderes de redención de la política. Hay en el historicismo político (casi siempre basado en la doxa de los argumentos económicos), una tentación de reificar la política como una escritura del tiempo. Lo esencial es que esta reificación no depende de las peculiaridades narrativas de uno u otro discurso político, sino de la forma como establece su relación con los otros saberes sociales. La tentación de desplazar lo político hacia el relato metasignificante parece hoy lejana, una pieza de museo de la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, es una tentación siempre a la vuelta de la esquina; el último refugio condescendiente de la nostalgia de lo absoluto.
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