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- I - La masa del palacio de Axayácatl se alzaba imponente.
Una multitud la rodeaba; una multitud frenética, que alzando
sus puños en actitud de enojo, amenazaba y mostraba sus iras.... justicia, para clamar venganza: las tilmalli de lino,
adornados con hermosos bordados y cubiertas de oro y pedrería,
ópalos, turquesas, estetl y chalchihuitl de los tecutli, se
observaban entre las burdas mantas con que vestían los macehualli,
los plebeyos, cuyos cactli no eran adornados con plumas irisadas,
ni su cuerpo cubrían con refulgentes piedras preciosas...
todos sus cabezas, bajan sus brazos y suavizan su rostro. El emperador Moctecuzohma, el que ha sido humillado, al que han arrebatado su poder y su riqueza, pero que aún es respetado y temido, aparece en la azotea adornado con las lujosas vestiduras imperiales y el penacho de miríficas plumas en la testa erguida.
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país que erróneamente ha profanado y herido
y os digo y os ordeno que hagáis como lo he hecho yo que soy
vuestro rey por el mandato de Dios...
Es el noble que antes no se humillara ante la figura
augusta del monarca destronado, es el príncipe gallardo y fiero
que, aunque adornado de pedrería y oro, blande en su brazo
la macana y lleva el arco en la espalda y el carcax lleno de flechas
en el maztlatl.... - Tú, el afeminado..., tú el cobarde, no eres ya el rey.... Tú ya perdiste el poder inmenso que te diera Mexitli; ya tu caracter se ha disuelto por el temor; ya tu entereza no existe; y si bien te cubren los mantos imperiales
penales y ostentas las insignias de general, no eres ya, ni el general, ni el emperador: ¡eres el cobarde, el afeminado, el traidor, y, en nombre de los tecutli que, como yo, reniegan de su parentesco contigo, que antes les honrara, y de los plebeyos que son hoy más nobles y más príncipes que tú, te maldigo, y reniego de tu mando...
Y templando su arco, envió una flecha que zumbó a los oídos del emperador asombrado, entre la multitud, ahora más agresiva, más iracunda y más frenética, que le tiró con piedras, a él... a él que antes había sido tan sagrado como los dioses y que como ellos llevaba en la frente el signo de Dios. - II - Parpadeaban las estrellas pálidas y pequeñas,
se obscurecía la tierra y una paz profunda se extendía
por todo el valle de México.... Rielaban las aguas obscuras
del lago la luz plateada de la luna y una que otra canoa interrumpía
el monótono cuadro de las chinampas cubiertas por la vegetación
espesa y florada.
Una silueta se alejaba del centro de la gran ciudad, a través de los huecos espacios entre las hileras de las casas, ahora silenciosas y sombrías. Un bulto cargaba, alargado y sin forma definida, y se notaba en sus movimientos el deseo de no estropearlo.
Llegado al campo el indio, que era la silueta, cerca del lago, se detuvo, colocó el fardo en el suelo, que apareció ante la luz difusa y mortecina de la luna, que antes no lo alumbrara entre la sombra de las paredes de las casas; era un cuerpo humano, vestido lujosamente, adornado con plumas de quetzal y pájaros-mosca, y entre las plumas y las telas se notaba por momentos el reflejo amarillo del metal precioso. Mas una mancha cubría su pecho, una mancha, cuyo origen y aspecto habían ocultado las sombras, pero que tomó un tinte distinguible bajo los rayos plateados de la luna pálida... Era una mancha de sangre. Su rostro no tenía el brillo de los demás rostros y sus ojos estaban cerrados... Era un cuerpo humano, pero un cuerpo humano muerto....
III Era el cadáver de Motecuzohma el majestuoso, del emperador grandioso que se hiciera temer por dondequiera que pasaba con sus tropas adictas, con sus ejércitos grandes, de soldados aguerridos y valientes, que iban en busca de los prisioneros que serían llevados ante la faz insaciable de Tezcatlipoca, para que el topiltzin les extrajera el corazón en la enrojecida Techcatl o les desprendiera del cuerpo la cabeza en el sagrado cuauhxicalli...
Era Motecuzohma, el descendiente de Illuicamina... Y una llamarada se alzó y entre lo
rojizo de su fuego, fué convertido en cenizas el imperial despojo, que religiosamente fueron regadas en las aguas movedizas del lago, por el servidor, que antes fiel, lo era ahora en su muerte aunque ocultamente.
De repente, no son ya las monótonas voces de las ranas, no los augureros cantos del tecolotl, son los redobles estruendosos del teponaxtli y los cantos de guerra de los caracoles, los que se escuchan, y como por esos sonidos evocada, la movediza silueta de una caravana, se ve avanzar por una de las calles de la, hace un momento, tranquila Tenochtitlán....
Pero ¡oh rareza! la caravana es silenciosa, es fantasmal, ningún ruido la ha anunciado, a no ser los que, centinelas avizores, emitieran por el caracol sonoro o por el estruendoso teponaxtli. Y a su evocación, surgiendo también, se ven por todas las calles, las extrañas figuras de hombres que corren, con penachos de plumas en la cabeza, chimal al brazo y la macana temible en la diestra....
Pronto se reúnen, pronto se enfrentan al grupo que forma la caravana silenciosa, y pronto también, callan las ranas sus soliloquios y los tecolotl sus cantos, espantados por el sonido del cañón y de los arcabuces, por los alaridos de los combatientes y los cantos guerreros del caracol y el redoble del teponaxtli....
Los relámpagos, no azulosos y plateados, sino
rojizos y trágicos, fuljen, y es el trueno del cañón
más sonoro que el trueno del rayo....
Todo ha vuelto a quedar en silencio. Nada turba ya
la paz solemne del valle....
En la lejana serranía, ignorantes de todo, el
cenzontle, el ruiseñor y las demás aves canoras, dan
al viento las melodías de sus cantos....
Ya iluminado todo, se adivina lo sucedido en la noche
que, no obstante que había sido noche de estrellas y de luna,
había sido triste.
A su lado, Malintzin cabizbaja y triste pretende consolarle y le tiende sus
brazos, mientras que el ahuehuetl cubre con su sombra a ambos, y destaca su figura hierática y altiva. * * *
El fastidioso. Por la vía Sacra, en Roma, Horacio, el poeta latino, paseaba con el objeto de distraer su ánimo de los trabajos agobiantes que había tenido en los días anteriores.
Cuando más descuidado estaba, se dio cuenta que
a su lado iba un sujeto de aspecto repugnante, o mejor antipático,
que, al apercibirse de que el poeta había notado su presencia,
le saludó afectuosamente, expresándole sus deseos de
acompañarle en su paseo pues, para él, era imposible
pasear sin un acompañante que le sirviera para escucharle.
- Si es que yo, - hubo de contestarle Horacio - voy a visitar a unos amigos que viven al otro lado del Tíber que a ud. no conocen y por tanto, no debe ud. venir conmigo.
- Pero eso es solucionado de una manera: me presenta
ud. a ellos, y...
En lo alto. (Imitación de Leopoldo Lugones).
¡Los ensueños que tuve! ¡Mis ensueños!
¡Mis ensueños que son ambiciones y son ansias! ¡Ambiciones
de triunfo, ambiciones de premio, ambiciones de gloria; y ansias de
trabajo y de dicha y de ciencia y de amor!
que pudieron triunfar, formándose una aureola
de gloria que admiración causó. Y en ellos admiré sus manos de trabajo, callosas
y recias de unos que a la Humanidad llevaron al progreso; delicadas
y finas de otros, señalando con energía las sublimes
formas que evocar supieron sus imaginaciones geniales; y las de los
demás, arrancando, locas, a los sonoros instrumentos sus notas
melodiosas, penetrantes, emocionantes, también sublimes!
Y entonces, mi ambición se despierta, el ansia me llena y miro brotar de la multitud heterogénea de mi patria antes obscura, una legión luminosa de hombres grandes que llene de luz.
Y volví a verme sólo en lo alto, encima de los techos rojos de las otras casas, menos lejos de las estrellas que parpadeaban ya. ------ o ------
Surgió, apareció, ya sólido, ya
formado, ya grande, el cuerpo de bronce de la patria. Apareció
después de tres siglos de haber estado la aleación en
el crisol, colorándose de rojo, líquida, pareciéndose
en su incandescencia al mismo fuego que la fundía y que la
hacía candente. Apareció después de tres siglos
de difícil trabajo que inundó de sudor los campos y
hasta de sangre; que hizo opacarse a la atmósfera con el humo
obscuro desprendido del constante combustible
que alimentaba la fundición; que dió a los crepúsculos un color rojo más intenso, más vivo, y que, hasta en la noche, colorando con sus llamas la transparencia de la atmósfera, hacía que se vieran rojas las estrellas.
Y después de tres siglos, los hombres que la
hicieron, palparon las formas de su cuerpo sólido y pudieron
admirar sus líneas bellas, apreciar su solidez, su tamaño
y ¡ay!, entonces también notaron el producto de sus descuidos:
los defectos que podrían hacerla, hasta inútil. No era
homogénea la mezcla. En algunas partes era sólo el metal
blanco el que se veía: el estaño; esas partes eran frágiles.
En otras sólo era el cobre rojizo, también frágil.
vuelve un nuevo trabajo arduo, difícil; vuelven nuevos trabajadores más tenaces....
Y allí se llegaron, como los caballeros se llegaban
en la fundición de las campanas a dar sus sortijas al fuego,
a dejar cuanto poseían. Allí, en la boca humeante del
crisol gigantesco, arrojaron sus espadas los militares; allí,
arrojaron los herreros sus yunques y martillos, los labradores sus
azadas, los escritores sus pequeñas plumas; allí trajeron
los párrocos humildes y los obispos altivos, las campanas pequeñas
y las grandes campanas de sus parroquias y catedrales; allí,
llegaron los poetas y arrojaron sus liras y las mujeres sus joyas;
y allí, muchos que no tenían qué arrojar, arrojaron
sus cuerpos que envolvió la llama, como la patria bandera al
cadete heroico de Chapultepec.
hacen temer un nuevo desengaño; pero vamos a intentar levantarla.
quiebra como hace un siglo
El cablegrama. (Imitación de Emilia Pardo Bazán). Eran las 9 de la noche. En ese momento, Don Francisco cerraba la ventana de su cuarto, cuya obscuridad hendía la amortiguada luz de una lámpara de petroleo. En un rincón estaba la cama que nada llamativo enseñaba y junto a la cama una mesa de noche sobre la que había una botella con agua y un vaso cuyo aspecto denotaba que solamente había sido mojado por la que deslizaría por el gaznate su dueño y no por la que limpiaría sus paredes, ahora opacas por el polvo, exteriormente.
Frente a la mesa de noche, al extremo de la cama, sentado
en una silla desvencijada, cuyo asiento de paja ya estaba roto, procedía
Don Francisco a la fastidiosa operación de desvestirse, para
entregarse sobre su cama, ni muy suave, ni muy limpia, en los brazos
halagadores de Morfeo.
colocarlo en su mesa de noche y de rodillas ante él, rezar las oraciones que venía repitiendo desde que las aprendió de su madre, 18 años en su tierruca y 11 en América, contando los dos primeros de su infancia, aunque no recordaba Don Francisco si durante ellos ya podía pronunciar las palabras de esos rezos.
Pero ¡oh sorpresa!, por más que palpaba
su pecho y rascaba su cuello, al querer tomar el escapulario, no lo
hallaba. Lo buscó por el suelo, alumbrado por la débil
luz de la lámpara de petróleo, cuyo tubo protector estaba
tan transparente como el vaso; lo buscó entre sus ropas, revolviendo
toda la que en su único armario tenía y la de la cama,
y, a duras penas, por su temprana obesidad, pudo deslizarse bajo de
ella en busca del objeto perdido.
en la mano, en paños menores, sin tomar siquiera un cobertor como abrigo, pasó a la bodega o trastienda que comunicaba con su cuarto, y allí buscó también entre las latas lustrosas y sucias de manteca, entre cajas amontonadas en trincheras, atrás del barril de vino recién llegado de España, entre los bultos blancos de harina con dos salientes como orejas de cochino y entre los sacos de frijol, maíz, arroz y de
sal, amontonados desordenadamente sobre un piso negro, mugriento, en algunas partes hasta resbaladizo. Pasó después a la tienda y buscó debajo del mostrador, en los cajones, detrás de las botellas ordenadas en los tableros, de las latas de conservas, de los paquetes de cigarros, quitando todo de donde estaba para colocarlo después del mismo modo. Hasta que, con la cara bañada en sudor, lustrosa como las latas de manteca, regresó a su cuarto, y se echó sobre la cama abatido y cansado, mientras, quemado todo el petróleo que la lámpara en su receptáculo tenía, aumentando y disminuyendo su tamaño, alumbraba la llama por vez
última, la blanca carátula de su grueso
reloj, que señalaba la una de la mañana....
Más devoción tenía en ese escapulario
que en los santos de la parroquia de su pueblo natal. Su madre se
lo puso al cuello momentos antes de partir, diciéndole: "Cuídalo;
no lo pierdas. Llévalo siempre sobre el pecho que él
hará que te sonría la fortuna. Lo ha bendecido el párroco
y yo lo he besado." Y desde entonces, todas las noches se cercioraba
de que lo llevaba consigo y le rezaba las únicas oraciones
que sabía, pues su olvido de todas las cosas que no tuvieran
relación con su tienda, había hecho que
aún no se fijara en comprar una imagen sagrada que fuera motivo
de sus rezos. Cerca del medio día era, cuando entró
el muchacho del telégrafo que traía para él,
sí, para él, un cablegrama ¡Un cablegrama! El
primero que recibía en su vida. ¿Qué le anunciaría?
¿De qué mal le daría noticia?
de su escapulario. ¡No le cabía duda!
Nunca en su vida tuvo una emoción como esa. Nunca
había pasado una noche sin sueño. Nunca había
dejado de comer, dominado por una idea que le impidiera desear otra
cosa que no fuera relacionada con ella.
¡Labra, poeta, tu barro, porque es tuyo nomás! ¡labra, labra! y después por el mundo, tu palabra, turbe la paz! Bello fuera, poeta, más bello que un canto acabado
de hacer, que labraras tu vida, nomás que tu vida, poeta, y
ofrecieras a Dios en tu muerte la obra piadosa de tu ciencia fuerte,
tu verso más puro, tu mármol más vivo, tu más
dulce rosa....! ¡Bello fuera, poeta, más bello que un
canto acabado de hacer! -------------------- o --------------------
¡Poeta, funde tu campana; Será su bronce el más sonoro
Hierro también pusiste; hierro Hierro también pusiste; pero
¡Poeta, suena tu campana
APUNTES SOBRE ANDRÉ BRETON En el sueño encuentra Breton el modelo para la obra de arte. La imitación de la naturaleza la convierte el suprarrealismo en la imitación del sueño, y todavía un día descubre que la imaginación, para no distinguirse del sueño, sólo necesita fluir con libertad, sin que ninguna presión exterior la modifique y a ninguna ambición deliberada alimente. ¿Pero quién la alimenta a su vez? ¿Quién alimenta al sueño? No es la realidad, no, sino la realidad fracasada. Pero si ella lo nutre no es para completarse o para corregirse con él. Es tiempo de advertir que lo que en el sueño se completa es el sueño mismo y que aquel acto fallido al que se pretende que el sueño recompense y que en él se origina, no podrá ser, por eso mismo, sino el propio sueño fallido. La rebeldía no se manifiesta en el sueño. El tropiezo en la realidad es lo que la constituye: fracasar es la rebeldía. El sueño es como la venganza de Dios.
Las equivocaciones orales, los tropiezos, los actos
fallidos, entre los que considero el suicidio y toda clase de muerte
accidental, tienen un sentido, como el sueño. En cada tropiezo
hay voluntad de tropezar. Bienaventurados los que fracasan porque
su fracaso es el triunfo de la voluntad que se rebela.
EPITAFIOS I Agucé la razón Xavier Villaurrútia.
Los documentos publicados forman parte de la colección
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